viernes, 29 de agosto de 2014



Primera Lectura: del libro del profeta Jeremías 20: 7-9
Salmo Responsorial, del salmo 62: Señor, mi alma tiene sed de Tí.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los romanos 12: 1-2
Aclamación: Que el Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine nuestras mentes para que podamos comprender cuál es la esperanza que nos da su llamamiento
Evangelio: Mateo 16: 21-27

Le pedíamos al Señor, en la Antífona de entrada del domingo pasado que “nos escuche y nos responda”, ahora le “explicamos” la razón de nuestra esperanza, “porque lo invocamos sin cesar y sabemos que Él es Bueno y clemente y no niega su amor al que lo invoca.”  Preguntémonos, con sencillez, pero con verdad, si hemos hecho hábito en nuestras vidas la recomendación del Señor: “Oren sin intermisión”, si es verdad, no tardaremos en reconocer la voz del Señor que nos indique cuál es el camino a seguir.

¡Cómo nos parecemos a Jeremías!: han venido y seguirán llegando ratos de desolación, de tiniebla, de prueba y, como a él nos asalta la tentación de abandonarlo todo. En él nos vemos retratados, preferimos lo fácil, nos da miedo el rechazo, la persecución, la burla. Me entiendo y nos entiendo, el camino va de subida, es pedregoso, perdemos de vista a Aquel que nos ha elegido y nos espera y, de súbito, parecería que encontramos el remedio: “Ya no me acordaré del Señor ni hablaré en su nombre.”  Pero como al Profeta, el Lebrel del cielo nos persigue, nos “seduce”  y ¡ojalá nos dejemos seducir! Esa es la experiencia profunda de Dios, ese “fuego ardiente”  que por más que nuestra naturaleza se esfuerce por rechazarlo, no puede. Por supuesto que el Señor responde, lo que sucede es que, lamentablemente, nos da miedo escucharlo.

Que el Salmo brote del corazón a los labios y, mirándonos incapaces, supliquemos con todas nuestras fuerzas: “Señor, mi alma tiene sed de Ti.”  Soy, somos, dejados a nosotros mismos: “suelo reseco, tierra árida, sin agua” La añoranza de la naturaleza nos enseña vivamente: ¡Cómo desaparece el agua del primer aguacero por las grietas resquebrajadas! ¡Cómo va a las profundidades y renueva la vida y pronto hace aparecer los brotes!

Los brotes nacidos del Agua Viva no pueden ser otros que el “verdadero culto”, criterios nuevos, pensamiento y acción transformados para vivir conforme a la voluntad de Dios, buscando y realizando lo que le agrada, lo perfecto. Lograrlo, no es mérito nuestro, es presencia del “fuego que viene de arriba”: “Que el Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine nuestras mentes para que podamos comprender cuál es la esperanza a que hemos sido llamados.”

Jeremías, Pedro, cada uno de nosotros, estamos urgidos de esta luz para “pensar según Dios”, para aceptar lo inaceptable, por incomprensible, a nuestros ojos, a nuestros deseos, a nuestros planes: La Pasión y Muerte, el seguimiento fiel del discípulo para llegar a la Resurrección. Nos aterra lo primero porque perdemos de vista lo último.

Jesús verdaderamente se molesta e increpa a Pedro de manera inusitada: “¡Apártate de mí, Satanás y no intentes hacerme tropezar en mi camino…”  ¡Contraste de visiones y de determinación! “Tú piensas según los hombres”, “Yo no he venido sino a hacer la Voluntad del Padre que me envió…, mi alimento es hacer la Voluntad del Padre”. “Padre si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya.”

Toda su vida fue obediencia y adhesión y no puede ser otra la forma de seguir a Jesús: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga.”

Jesús, la paradoja viviente: “El que salve su vida, la perderá, pero el que la pierda por mí, la salvará”. Ábrenos, Señor, el entendimiento y el corazón, no tanto para que te entendamos sino para que te amemos y te sigamos; no para “recibir” algo por nuestras obras, sino para recibirte a Ti en la plenitud de la Gloria del Padre.

jueves, 21 de agosto de 2014

21º Ord. 24 de agosto 2014



Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 22: 19-23
Salmo Responsorial, del salmo 137: Señor, tu amor perdura eternamente.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los romanos 11: 33-36
Aclamación: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella, dice el Señor.
Evangelio: Mateo 16: 13-20.

“Inclina tu oído y respóndeme”  le decimos al Señor en la antífona de entrada; pienso que más bien sería al revés: Señor, que te escuchemos y te respondamos. Recuerdo el curso de Ejercicios que tomé en Roma, ya hace años y la precisión que hacía el P. Herbert Alphonse: “La oración del pagano es palabra, la del cristiano es escucha”.

Toda petición que hacemos tiene una finalidad y no deja de cumplirse en lo que nos une a toda la Iglesia: “Danos amar lo que nos mandas y desear lo que nos prometes, para que en medio de la inestabilidad del mundo, estén anclados nuestros corazones donde se halla la verdadera felicidad”  ¡Esa, la que nunca se acaba, la que viene de Ti, la que pacifica, centra, conduce y orienta hacia la posesión de nuestro ser en tu Ser!

Las lecturas de hoy nos hacen estremecer sanamente, ante la infinitud del Señor, a reconocerlo, alabarlo, a medir nuestra pequeñez, cierta, pero enorme porque de Él tenemos todo, y, especialmente, la gratuidad de la salvación en Cristo Jesús; por eso finaliza este fragmento con esa exclamación de Pablo: “¡A Él la gloria por los siglos de los siglos!”  Nos acercaremos a Él, no por vía intelectual: “¡Qué impenetrables son sus designios e incomprensibles sus caminos!”, sino por la afectiva, experiencial, orante, cuajada de asombro y de silencio, abierta a la efectiva acción del Espíritu desde dentro, atentos a la manifestación del Padre, dóciles en la actitud de escucha.

Hemos captado la relación entre la promesa que hace Isaías a Eleacín y la de Jesús a Pedro: “Pondré la llave del palacio de David sobre su hombro. Lo que él abra, nadie lo podrá cerrar, lo que él cierre, nadie lo podrá abrir.”  Aquella fue punctual, la de Cristo abre la universalidad eclesial, la permanencia a pesar de la incredulidad creciente, a pesar del indiferentismo, por sobre cualquier estructura que amenace la dignidad de la persona, porque su origen viene desde arriba, “del Padre de las luces”.

La pregunta: “Y ustedes ¿quién dicen que soy Yo?”, continúa resonando en el mundo y en cada uno de nosotros. No podemos contentarnos con una respuesta irrelevante, sin compromiso, que permanezca a nivel de opinión extrínseca. Pidamos que surja, con una fe firme y decidida, confiada en Dios y mantenida por el trato y el conocimiento interno de Jesús: “¡Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo!”  Aquel que ofrece frescura, novedad, creatividad, liberación, esperanza que inicia desde aquí, esfuerzo por instaurar un Reino de justicia y de paz y que cuente con nuestra adhesión incondicional, hecha acción, para convertirnos, a ejemplo suyo, en hombres y mujeres para el servicio de los demás.

Digámoselo al recibirlo en la Eucaristía, en ese encuentro profundo y silencioso. Digámoselo con humildad y llenos de confianza. ¡Ciertamente nos esc

viernes, 15 de agosto de 2014

20º Ordinario, 17 Agosto 2014.



Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 56: 1, 6-7
Salmo Responsorial, del salmo 66: Que te alaben, Señor, todos los pueblos.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los romanos 11: 13-15, 29-32
Aclamación: Jesús predicaba el Evangelio del Reino y curaba las enfermedades y dolencias del pueblo.
Evangelio: Mateo 15: 21-28.

“¡Un solo día en la casa del Señor, vale más que mil lejos de Ti!” Estar constantemente bajo su protección, vivir a su vera, “sentir la palma de su mano sobre nuestra cabeza”, como tiernamente expresa el salmo 139; ¡qué tranquilidad se experimenta cuando esta realidad se hace consciente! Desde ese contacto con Él, ciertamente se encenderán los corazones de tal forma que incendiaremos al mundo, amaremos al Señor no por lo que nos promete, y que ni siquiera alcanzamos a imaginar,  sino porque Él “lo es todo”.

Ese fuego nos abrirá los ojos para encontrar en los demás y especialmente en aquellos que más nos necesitan, la fuerza para velar por sus derechos, para luchar por la justicia e invitar a la salvación. ¡Cuántas veces hemos escuchado a los profetas recordarnos que lo que agrada al Señor no son tanto los holocaustos, sino la fidelidad y la misericordia, signos indispensables para una verdadera convivencia humana. Si la insistencia persiste, y, más hoy en día, es porque señala el camino para llegar “al monte santo y colmarnos de alegría en la Casa de Oración”, así nos convertiremos en conductores de los pueblos para que alaben al Señor.

¡Qué contraposición tan ilustrativa: el rechazo de unos se ha convertido en llamado para todos! La tristeza que expresa Pablo por el alejamiento de su pueblo, el elegido, lo ha empujado, movido por el Espíritu, a llevar la Buena Nueva a los gentiles. Sabe Pablo leer los signos de los tiempos y los interpreta de modo constructivo: al ver los judíos el gozo que llena los corazones de los “que antes eran rebeldes”, sin duda los impulsará a aceptar la misericordia que Dios siempre ofrece, porque “Él no se arrepiente de sus dones ni de su elección”.

Mirémonos atentamente: fuimos y seguimos siendo “elegidos”, porque Dios es fiel; ¿nos hemos vuelto rebeldes? Llamados a ser ejemplo y conductores de los pueblos, ¿nos desviamos del camino? ¡Demos gracias a Dios porque nos brinda la oportunidad de recapacitar, de desandar los equívocos,  de retomar la senda que lleva al “monte santo, a la casa de oración”!

Oración, confianza, fe que crecen en tierra de “gentiles”, en medio de un pueblo hostil al judaísmo, en el corazón de una mujer cananea; el más grande acicate para implorar a Dios es el amor por los demás, por los más próximos y ahí está ella, gritando, quizá sin medir la hondura de sus palabras, “Señor, hijo de David, ten compasión de mí”. Jesús la ignora, sigue caminando; los discípulos, no por compasión sino por propia conveniencia, interceden: “Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”. La respuesta de Jesús a ellos y a la mujer, nos desconcierta, probablemente nos molesten, ¿cómo es que se resiste y aun parece injuriar a la extranjera? “He sido enviado a las ovejas descarriadas de la casa de Israel…, no está bien quitar el pan a los hijos y echarlo a los perritos”; cuando la necesidad y el amor son intensos, los obstáculos se hacen pequeños: “Es cierto, pero los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.” ¡Cómo se hace presente el grito de Pablo: “¡Sé en Quién me he confiado!” La alabanza y el don no se hacen esperar: “Mujer, qué grande es tu fe, que se cumpla lo que deseas”. ¿Qué más cabría comentar después de que Jesús Camino nos redescubre el camino para llegar, como iniciamos, al Monte santo, a la Casa de Oración”? ¡Señor que puedas decir de nosotros lo que dijiste de la mujer cananea!

sábado, 9 de agosto de 2014

19° ordinario,10 agosto 2014.


Primera Lectura: del primer libro de los  Reyes, 19:9, 11-13
Salmo Responsorial, del salmo 84: Muéstranos, Señor, tu misericordia.
Segunda Lectura: del a carta del apóstol Pablo a los romanos 9: 1-5
Aclamación: Confío en el Señor, mi alma espera y confía en su palabra.
Evangelio: Mateo 14: 22-33.

Imagino al Señor respondiendo a nuestra plegaria: “Acuérdate, Señor, de tu alianza”, cómo nos dice: ¿Acaso alguien o algo puede permanecer en el olvido ante Mí?, los tengo presentes, les ofrezco siempre mi ayuda, sus voces no se apartan de “mis oídos”, son ustedes los que se olvidan de ustedes mismos y, lo que más me sorprende, es que se olvidan de Mí y de mi Alianza. Entonces oramos juntos: “haz crecer en nosotros el espíritu de hijos adoptivos tuyos, y que comencemos a gozar, ya desde ahora, de la herencia que nos tienes prometida”. Que el agua regrese a su cauce, que los corazones reconozcan el único camino, el Hijo Predilecto que nos salva de todas las tormentas, internas y externas.

En la primera lectura, la experiencia de Elías corrige cualquier imagen o concepto erróneos que hubiéramos podido concebir de Dios; ¡qué lejos de aquel Dios que infundía temor a los israelitas y que hablaba a Moisés con truenos, densas nubes y trompetas!; se nos muestra no en el huracán, o en el terremoto, no en el fuego, sino “en el murmullo de una suave brisa”. Nuestro Dios es cariño, tranquilidad, pacificación, ya no necesitamos taparnos el rostro como el profeta, necesitamos abrir los ojos para descubrirlo constantemente en Jesús: “la presencia del Dios invisible, quien me ve a Mí, ve al Padre”. A través de Jesús escuchamos las palabras del Señor, captamos que la salvación, no sólo está cerca, ya está dentro de nosotros “por el Espíritu que nos hace exclamar: ¡Abbá!, Padre”.

Esta conciencia atestiguará, como nos da a conocer San Pablo, que la luz del Espíritu es tan fuerte, que nos haría exclamar, paradójicamente, como lo hace él: “Hasta aceptaría verme separado de Cristo, si esto fuera para bien de mis hermanos”; paradoja, pues acaba de decirnos que “nada ni nadie podrá separarnos del amor de Cristo”. Es una expresión que revela el inmenso amor que tiene por la Buena Nueva, por la primera Iglesia, por su raza de la que nació Cristo, es un esforzado intento para que reflexionen y reflexionemos en la maravillosa dignación de Dios que nos ha hecho hijos adoptivos en Cristo, verdadero Dios, verdadero Hombre, “bendito por los siglos de los siglos”.  Fruto de esta experiencia, si ha sido intensa, es el Aleluya: “Confío en el Señor, mi alma espera y confía en su palabra”.

Jesús nos deja el ejemplo práctico para encontrar al Padre: “Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba Él solo allí”. Nos hace recordar lo que ya había dicho: “Nunca estoy solo, mi Padre está conmigo”. Estar sin Jesús, en medio de la tormenta, nos llenará de pavor, la bruma de las tribulaciones y trabajos nos impedirá verlo, pero aguzará nuestros oídos para escucharlo: “Tranquilícense y no teman. Soy Yo”. Bajar al mar bravío, podremos hacerlo si no quitamos la mirada en Jesús, de otra forma, nos hundiremos. Que quede en nosotros la llama de la fe para gritar, como Pedro: “¡Sálvame, Señor!”. Su mano, su misericordia y su cariño por nosotros, nos salvará, aunque nos reprenda “por haber dudado”. La luz de su presencia nos impulsará a reconocerlo: “Verdaderamente Tú eres el Hijo de Dios”.