sábado, 6 de agosto de 2016

19° Ord. 7agosto 2016.--



Primera Lectura: del libro de la  Sabiduría 18: 6-9
Salmo Responsorial, del salmo 32: Dichoso el pueblo escogido por Dios.
Segunda Lectura: de la carta a los Hebreos 11: 1-2, 8-19
Aclamación: Estén preparados porque no saben a qué hora va a venir el Hijo del Hombre.
Evangelio: Lucas 12: 32-48.     

 “Acuérdate, Señor, de tu Alianza”; Él no puede recordar porque jamás olvida, su conocimiento es intuitivo: “captación global del ser en presencia del ser” y como todo está en su presencia, todo lo conoce; mejor es decirle: Señor, haz que tu Alianza esté viva en nuestros corazones, e3lla que es es “nueva y eterna”, eso hará crecer en nosotros la realidad de hijos adoptivos y gozar, desde ahora, de la herencia eterna.

  Nos dice claramente el escritor de la Carta a los Hebreos: “La Fe es la forma de poseer, lo que se espera y conocer realidades que no se ven”; todo el capítulo es un enorme número de testigos que “murieron firmes en la fe”, no vieron y “creyeron en los bienes prometidos, los vieron desde lejos y se gozaron en ellos”, prosiguieron su camino porque se sabían peregrinos, “añoraban una patria mejor: la del cielo”. Es igual la encrucijada de nuestro camino: “vamos de pasada”, igualmente buscamos la patria eterna donde ya no habrá pena ni llanto, donde llegaremos, en verdad al hombre perfecto. Esta convicción apacigua nuestros temores. La Fe no es claridad meridiana, es la aceptación de su contenido fincados en el Testigo, así con mayúsculas: Cristo, el Amor increado.

 El Aleluya vuelve a recordarnos nuestra condición de peregrinos: “Estén preparados porque no saben a qué hora vendrá el Hijo del hombre”, dispuestos a abrir a cualquier hora, con las alas preparadas para emprender el vuelo, a pesar de que el ser se estremezca y tiemble, recordando siempre, pero más en esa hora incierta que  “Dios tiene poder hasta para resucitar a los muertos”.

Jesús mismo nos recuerda: “Salí del Padre y vuelvo al Padre; voy a prepararles un lugar y vendré y los llevaré conmigo”.

Para sabernos preparados, pidamos: Señor, ayúdanos a reconocer tu paso por nuestra historia, a dar frutos que permanezcan para siempre; con tu Gracia, llegaremos al final del camino y nos darás el último abrazo.