martes, 11 de septiembre de 2018

24° Ordinario, 16 Septiembre, 2018.


Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 50: 5-9
Salmo Responsorial, del salmo 114: Caminaré en la presencia del Señor.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Santiago 2: 14-18
Aclamación: No permita Dios que yo me gloríe en algo que no sea la cruz de Jesucristo, por el cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo.
Evangelio: Marcos 8: 27-35

“Concede la paz a los que esperamos en Ti, cumple las palabras de los profetas”. La esperanza es el lapso que va de la ilusión a la consecución; ¿brilla nuestra ilusión con llama de futuro seguro? ¿Nos sabeos fincados en roca sólida?

De la experiencia en su misericordia y en su amor, obtendremos las fuerzas para poder servirle, según nos lo va revelando Jesús en sus dichos y hechos. ¿No guardamos, allá, muy dentro, la imagen de un Mesías glorioso, triunfador, amoldable a los criterios del éxito, del aplauso y del esplendor? Decimos “conocerlo y amarlo”, pero al compararlo con Su propia realidad, vemos que lo hemos reducido a nuestra medida y la talla le queda chica, ahí no cabe Cristo.

El Cántico del Siervo sufriente que evoca la primera lectura, vuelve a estremecernos, se nos rompen los sueños fáciles y las imágenes nos dan miedo. Olvidamos, demasiado pronto, el renglón inicial: “El Señor me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia, ni me he echado para atrás”. La descripción que sigue nos transporta a lo vivido por Cristo en su Pasión. Ni el Profeta, ni Pedro, ni los discípulos conocían el final, nosotros sí. Momentos difíciles que iluminan la verdadera fe si los meditamos con pausa, si seguimos el ritmo, si nos adentramos en el fruto increíble de “haber escuchado la Palabra: El Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido. Cercano está el que me hará justicia, ¿quién luchará contra mí? ¿Quién me acusa? Que se me enfrente. El Señor es mi ayuda, ¿quién se atreverá a condenarme?” El precio es alto, pero la victoria es segura. Rumiando en el corazón, como María, algo llegaremos a entender para expresar, sinceros, en el Salmo: “Caminaré en la presencia del Señor”.

En este caminar van de la mano la Fe y las obras, el ser hombre y cristiano sin división alguna, todo entero, en cualquier parte, a todas horas, abierto a todo hermano, alejados los ojos de la tentadora  recompensa y fijo el corazón en paso firme que da la convicción.
La fidelidad pondrá, con gran sorpresa, en nuestros labios, el grito de San Pablo: “No permita Dios que me gloríe en algo que no sea la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo”.

Ya no vacilaremos ante la pregunta que nos hace Jesús, desde aquel tiempo: “¿Quién dice la gente que soy Yo?” No buscaremos subterfugios, ni pretextos, ni escudos que impidan adentrarnos en nuestro propio yo, aduciendo opiniones extrañas que no nos comprometan. El Señor nos ha dado lo que sus allegados no tenían: Conocer el final del camino, el triunfo inobjetable de su Resurrección, las ocultas veredas que los desconcertaban y, que a pesar del tiempo, aún nos desconciertan pero que son el sello de Aquel “que escuchó las palabras y no se resistió”.

La confesión de Pedro, sincera y explosiva, no se mantuvo acorde con las obras; temió las consecuencias e intentó disuadir a Jesús. La Pasión y la muerte hacen añicos los aires de grandeza: ¡Ese no es el Mesías que yo imaginaba! Jesús, al reprenderlo nos reprendes ¿cuánto existe en nosotros de oposición al Reino? Fortalece nuestra esperanza de conversión.

jueves, 6 de septiembre de 2018

23º Ordinario, 9 septiembre 2018.-


Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 35: 4-7
Salmo Responsorial, del salmo 145: Alaba, alma mía, al Señor.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Santiago 2: 1-5
Aclamación: Jesús predicaba el Evangelio del Reino y curaba las enfermedades y dolencias del pueblo.
Evangelio: Marcos 7: 31-37

El Señor es, al mismo tiempo Justo y Bondadoso, algo que nos parecería lógicamente imposible. Justo porque a cada quien le reconoce sus esfuerzos; Bondadoso porque, sean las que fueren, limpia nuestras culpas. Observamos su Ser y el nuestro y comprendemos que es el Único que puede “ayudarnos a cumplir su voluntad”.

En la oración, no importa que repitamos la reflexión, le pedimos a Dios: “protege a tus hijos que tanto amas”. Y realmente lo hace. ¡Cuánto hemos deformado la realidad de Dios con imágenes e ideas peregrinas! Nos dice San Agustín: “Si tienes una imagen de Dios, bórrala, ese no es Dios”. La pregunta incesante se hace presente: ¿Cómo eres, Señor?, no te puedo alcanzar… La respuesta nos llega Encarnada: En Jesús se nos hace presente, tangible, visible, cercano; es Jesús quien nos enseña a ser audaces, a volar más allá de la imaginación pequeña y transitoria: “Cuando oren, digan: Padre nuestro”. (Mt. 6:9) Y el Espíritu, por labios de San Juan, nos lo confirma: “Miren qué magnífico regalo nos ha hecho el Padre: que nos llamemos hijos de Dios y además lo somos”. (1ª Jn. 3: 1) Invitación a crecer en la fe, a confiar y actuar de manera coherente: oro, pido, me arropo en el Padre, desde Él, como nos recordaba Santiago: “Provienen todos los bienes”.

Ya Isaías anunciaba la salvación total: “Ánimo, no teman; los ojos de los ciegos se iluminarán, los oídos de los sordos se abrirán, los cojos saltarán como venados y la lengua del mudo cantará”. Jesús, el Mediador convierte en realidad la profecía; al recorrer los campos de Palestina, va dejando una estela de paz, de sonrisa y  cariño que vuelve al hombre a su ser primigenio: otros necesitaron que les abriera los ojos, que les consolidara las piernas, que reavivara su cuerpo; hoy su palabra “abre” los sentidos que todos necesitamos que nos cure. ”La fe llega por la palabra”, (Rom. 10: 17), ¿cómo escuchar con los oídos tapados? El sordo vive aislado, no sabe del mundo ni del hermano, las señas no le bastan, la soledad lo abraza y lo margina. Al mudo o “tartamudo”, se le tapia la comunicación y se le aumenta el desamparo. ¡Señor, la sordera y la mudez me acechan, impiden escuchar la invitación y pronunciar el compromiso, devuélveme al mundo y a tu mundo!

Sin saberlo, escuché tu Palabra el día de mi Bautismo: “Effetá”. “Que a su tiempo sepas escuchar su Palabra y profesar la fe, para gloria de Dios Padre”. Ya tocaste mis oídos y mi lengua para que sea capaz de “Anunciar las maravillas que el Señor me ha hecho”, ahora, toca mis ojos y mi corazón. ¡La vida será vida que viene desde Ti y me lleva a encontrar al hermano! Que reconozcamos, juntos: “Todo lo haces bien”, y lo sigues haciendo. ¡Gracias, Jesús, por ser como eres!

sábado, 1 de septiembre de 2018

22° Ordinario, 2 Sept. 2018


Primera Lectura: del libro del Deuteronomio 4: 1-2, 6-8
Salmo Responsorial, del salmo 14: ¿Quién será grato a tus ojos, Señor?
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Santiago 1: 17-18,21-22,17
Aclamación: Por su propia voluntad, el Padre nos engendró por medio del Evangelio, para que fuéramos, en cierto modo, primicias de sus creaturas.
Evangelio: Marcos 7: 1-8, 14-15, 21-23.

Invocar a Dios y ser escuchado, no son dos acciones separadas; su amor nos responde de inmediato, no precisamente conforme a lo que solicitamos, sino según lo que necesitamos. Ya nos lo advertía San Agustín: “cuando oramos, si no obtenemos lo que pedimos es o bien porque pedimos mal o bien porque pedimos lo que no nos conviene”

De lo que sí podemos estar completamente seguros es, que si buscamos su Amor, lo encontraremos en seguida, o mejor, él nos encontrará a nosotros, nos llenará con su Gracia y así podremos perseverar.

Intentemos “dejar a Dios ser Dios”, Él nos mostrará el camino para vivir la verdadera religión, para re-ligarnos con Él. “Hemos hecho la prueba y hemos visto qué bueno es el Señor”, recitábamos en los tres domingos anteriores; sabemos que está con nosotros, ahora urge preguntarnos si nosotros estamos con Él. La vía para saberlo es fácil: tenemos su Palabra y al considerar el lenguaje hebreo, “palabra y hecho” van tan unidas que es imposible escuchar la palabra sin que ésta impulse a la acción, al grado que quien no realice lo oído, da muestra cierta de no haber escuchado la palabra.

En el Deuteronomio, Moisés, heraldo de Yahvé, cierra toda escapatoria: “Escucha, Israel, los mandatos y preceptos que te enseño para que los pongas en práctica y vivas en paz”. Los Mandamientos son Sabiduría de Dios, no quites ni añadas nada. Son sabiduría práctica, envuelven la vida del hombre y trascienden toda historia y toda época; Palabras que siguen siendo vida para Israel y para toda comunidad humana. Podemos recitar de memoria los Diez Mandamientos, los hemos escuchado, ahora, con honestidad, preguntémonos si son realidad en nuestras vidas.

¿Se nos aplica, con todas sus consecuencias, el Salmo que hemos recitado? “¿Quién será grato a tus ojos, Señor?” Aquel que cumple, que es honrado, justo, no desprestigia ni hace mal al prójimo, presta sin usura, no acepta sobornos y ayuda al inocente. “éste es agradable a los ojos de Dios”. La Palabra ha surtido su efecto, se ha convertido en acción; el hombre re-ligado con Dios, sirviendo al prójimo, llega a ser “primicia de las creaturas”. Lograr este ritmo de vida, no es voluntarismo descarnado, es Gracia, como nos recuerda Santiago: “Todo don perfecto viene de arriba, del Padre de las luces”.

“Engendrados por medio del Evangelio”, no convirtamos nuestro interior en monstruo informe. Con una conciencia iluminada por la fe, con un Cristo vivo allá dentro: conocido, amado e imitado, pondremos toda ley humana donde debe de estar: al servicio de la Palabra divina y nunca como subterfugio que nos desvíe de la autenticidad y nos haga sentirnos “contentos” con las apariencias, con el “cumplimiento” partido (cumplo y miento).

¿Qué sale de nuestro interior? ¿Quién llena nuestro corazón, quién guía nuestras intenciones, nuestras convicciones?  Volvamos a la autenticidad, al gozo del ideal de ser “yo mismo” y no otro; realidad y no máscara. Lo fácil y deslumbrante, lo exitoso, es pasajero, en cambio la “Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de dos filos que penetra hasta la médula de los huesos”.  Pidámosle al Señor que de veras nos parta, que deje al descubierto nuestro ser para que se oree, se purifique y crezca según su Voluntad.