viernes, 25 de noviembre de 2022

1° de Adviento, 27 noviembre 2022.-



Primera Lectura:
del libro del profeta Isaías 2: 1-5
Salmo Responsorial, del salmo 121: Vayamos con alegría al encuentro del Señor.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los romanos 13: 11-14
Evangelio: Mateo 24: 37-44 

Adviento: ¡que llega! En actitud de cumplidos centinelas que aguardan, no al enemigo, sino al Amigo; conciencia del ser creaturas dentro de la historia y de que Cristo Jesús también quiso compartir nuestro ser histórico; llegó en la humildad de nuestra condición para elevarnos a ser hijos de Dios, ya llegará, ¡cualquier día!, revestido de la Gloria de Dios. Ahora nos advierte que estemos vigilando. Esa venida no es, ni puede ser motivo de angustia para quienes, por su gracia, nos gloriamos de creer en Él; regreso que trae esperanza, paz y triunfo, a condición de que nos encuentre “despiertos, vestidos de luz, lejos de las obras de las tinieblas, como quien vive en pleno día”, claramente: “revestidos de Cristo que impedirá que demos ocasión a los malos deseos”. 

Isaías, viviendo en tiempos aciagos del exilio, probablemente no pronuncia esta visión profética, más bien fueron sus sucesores, el segundo o tercer Isaías, pero, sin duda él participa del sueño de paz universal, de unión de todos los pueblos, de la conjunción final de todos los hombres en una sola familia que sube, jubilosa, “al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob, a Sión, de donde parten las indicaciones para caminar por sus sendas”.  La concreción del fruto es el anhelo de todo hombre que busca la verdad: “El encuentro jubiloso con el árbitro de todas las naciones”, porque ha puesto los medios: “no espadas sino arados, no lanzas sino podaderas, no guerra sino fraternidad consciente”. Este será el único modo de caminar “a la luz del Señor”. Así tendrá sentido el cántico: “Vayamos con alegría al encuentro del Señor”.

Los domingos anteriores han preparado nuestras mentes y nuestros corazones, han iluminado la realidad de nuestra realidad: “somos peregrinos, vamos de pasada”, “no tenemos aquí ciudad permanente”,   entendemos que cada instante nos acerca, preparémoslo o no, a ese “encuentro”, ojalá ardientemente deseado, él será la culminación de todos los esfuerzos, para que la Gracia que nos obtuvo y sigue ofreciendo el Señor Jesús, no quede estéril, sino que dé frutos abundantes que perduren por toda la eternidad. 

Jesús Maestro, propone como una dinámica del espejo; sabe que sus oyentes conocen la Escritura y, con toda probabilidad, han reflexionado sobre los sucesos vividos en el seno de la familia, alguna muerte de un pariente, quizá un robo, y de ahí nos hace brincar hasta la trascendencia, para que dejemos que los signos de los tiempos toquen el interior y nos proyecten, lo más conscientemente, hasta el fin del camino. 

¿Por qué la insistencia de su parte?, porque no nos atrae pensar en que un día, “el menos pensado”, nos presentaremos ante “el Árbitro de las naciones, el Juez de pueblos numerosos”. Con cierta frecuencia, al menos yo, imagino que ese día está lejos, y más lo pensarán los más jóvenes; atendiendo al ejemplo que trae a la memoria el Señor: “Así como sucedió en tiempos de Noé…”, todo seguía igual, “comían, bebían, se casaban, - dejaban que la vida transcurriera sin preocupaciones, sin mirar hacia dentro – hasta el día en entró en el arca…”; de dos durmiendo o en la molienda, “uno tomado, otro dejado”…, ¿quién?, ¿cuándo?, ¿seré el elegido?..., Y completando: ¿vigilo mi casa como lo que soy: “morada de Dios”, o permito el saqueo?

Él nos conoce y por ello nos advierte: “Estén preparados”, y nosotros le pedimos: “¡Despiértanos del sueño, Señor! Que advirtamos, más a fondo el significado del signo que eres Tú: “La Salvación está más cerca”, queremos crecer en el creer y actuar en consonancia.

viernes, 18 de noviembre de 2022

Festividad de Cristo Rey. 20 noviembre, 2022.


Primera Lectura:
del segundo libro del profeta Samuel 5: 1-3
Salmo Responsorial,
del salmo 121: Vayamos con alegría al encuentro del Señor.

Segunda Lectura:
de la primera carta del apóstol Pablo a los colosenses 1: 12-20
Evangelio:
Lucas 23: 35-43.

Es el domingo de la paradoja que confunde nuestros deseos e intereses, nuestras perspectivas, pero que, iluminados, desde la visión de Cristo, nos ayuda a comprender la magnitud del Amor del Padre, que, por nosotros, se ha hecho palpable en la entrega total del Hijo. 

En la Antífona de Entrada encontramos siete reconocimientos que, sólo pueden atribuirse al Cordero Inmolado; el siete como símbolo de plenitud y nos abre el Reino junto al Padre. No lo captaron ni las autoridades, ni el pueblo, ni siquiera sus discípulos, nosotros aún nos vemos envueltos en la penumbra del misterio, y por eso pedimos: “que toda creatura, liberada de la esclavitud, sirva a su majestad y la alabe eternamente.”  ¡Limpia los ojos del corazón para que veamos! 

David, es profecía y figura del Mesías, elegido por Dios, rey y pastor, conquistador de Jerusalén, unificador del reino del norte y del sur, pero no deja de ser una realeza terrena con todos los límites y debilidades del ser humano. La de Cristo es de orden divino y trascendente, y se realiza en la medida en la que, quienes lo queremos reconocer, nos alejemos del desorden, del mal y del pecado.  Cristo, Ungido, nos participa de esa unción para que seamos “Pueblo elegido, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo de su propiedad.”   La luz aparece y por eso cantamos: “Vayamos con alegría al encuentro del Señor”. 

Que crezca esa luz y nos permita penetrar la profundidad del himno que entona San Pablo: “Aquel que es el primogénito de toda creatura, Fundamento de todo, donde se asienta cuanto tiene consistencia, Cabeza de la Iglesia, Primogénito de entre los muertos, Reconciliador de todos por medio de su Sangre.”  La paradoja endereza nuestras mentes, nos abre el horizonte, aunque nos sacuda con violencia, complementa lo escuchado en los domingos anteriores: “Morir para vivir.” 

¡Cómo habrá luchado Jesús para superar la última tentación, repetida tres veces: “¡A otros ha salvado, que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios!“. Los soldados se burlan mientras le ofrecen el brebaje: “¡Sálvate a Ti mismo!”.  “Sálvate a ti y a nosotros”, grita uno de los ladrones. 

¡Qué fácil hubiera sido, para Él, bajarse de la Cruz! ¡Al darles gusto, hubieran creído en Él!, pero ese no era el camino, no era esa la Voluntad del Padre, y Jesús ya la había aceptado: “No se haga mi voluntad sino la tuya.”   ¡Qué difícil, aceptar este Reino tan diferente a los que conocemos! Sin lujo, sin poder, sin ejército, sino a través de una muerte cruel, deshonrosa, como fracaso de un desdichado… Este es nuestro “Camino, Verdad y Vida,  oímos, meditamos y sabemos pero allá, donde las ideas no duelen. 

Una vez más te pedimos: “auméntanos la fe”, para escuchar de Ti, en el último encuentro, como eco de esperanza, desde nuestro arrepentimiento que te quiere querer: “Yo te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso”.  

viernes, 11 de noviembre de 2022

33º ordinario, 13 noviembre 2022.--

Primera Lectura: del libro del profeta Malaquías 3: 19-20
Salmo Responsorial, del salmo 97: Toda la tierra ha visto al Salvador
Segunda Lectura: de la segunda carta del apóstol Pablo a los tesalonicenses 3: 7-12
Evangelio: Lucas 21: 5-19. 

Celebramos el último domingo del tiempo ordinario, el próximo será la Fiesta de Cristo Rey con la q
ue finalizará el año litúrgico. 

Hace ocho días todo estaba teñido de “Vida Nueva”, del camino y llegada a la Patria; nada importó a los jóvenes perder los miembros y la vida porque la seguridad de la Resurrección ya la sentían internamente; esta certeza los fortaleció.

El Señor Jesús, único Puente para llegar al Padre, nos lo mostró como ES: “Dios de vivos”, y San Pablo nos exhortó a que permitamos que el Señor dirija nuestros corazones “para amar y para esperar, pacientemente, su venida.

Hoy, Jeremías, en la antífona de entrada, nos prepara para que con ánimo aquietado, miremos hacia la escatología y descubramos, mejor redescubramos que el Señor “tiene designios de paz, no de aflicción”, y sigamos invocándolo porque “nos escuchará y nos librará de toda esclavitud”. Ésta es la forma de preparar lo que, sin ella, sería de temer: “El día del Señor, como ardiente horno”; pero con ella: “brillará el sol de justicia que trae la salvación en sus rayos”.

De manera espontánea vuelve la pregunta que nos hicimos: ¿cómo y qué espero, no para el fin del mundo, sino para mi encuentro personal con Dios, para el fin de mi mundo, el ahora encerrado en la trama del espacio y el tiempo? Pidamos que nos atraviese, de parte a parte, la reflexión de San Juan: “En el amor no existe el temor; al contrario, el amor acabado echa fuera el temor, porque el temor anticipa el castigo, en consecuencias, quien siente temor aún no está realizado en el amor”.y nos daremos la respuesta adecuada…, si no la tenemos, aún hay tiempo para prepararla.

Las palabras de Jesús en el Evangelio, nos alertan para que continuemos analizando los “signos de los tiempos”; no es que ya estemos al final, pero parecería que la humanidad entera quisiera adelantarlo si continuamos destruyendo el planeta. ¡Cuánto egoísmo y ausencia de conciencia! ¡Cuánta soberbia y ansia de riqueza! ¿Pensamos, en serio, que lo único que nos acompañará en el último vuelo, serán las horas dedicadas a los demás? ¿Aceptamos que la valentía del testimonio a favor de Jesús y de los valores del Evangelio, nos deben causar molestias? La persecución por estar del lado de la justicia y de la verdad, será señal de que estamos bajo la Bandera de Cristo, “sin embargo, no teman, no caerá ningún cabello de la cabeza de ustedes. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida”.

¡Señor que resuene constantemente en nosotros la Voz del Espíritu!: “Escribe: Dichosos los que mueren en el Señor; cierto, dice el Espíritu: podrán descansar de sus trabajos, pues sus obras los acompañarán” (Apoc. 14: 13).

sábado, 5 de noviembre de 2022

32 Ord. 6 noviembre 2022.-


Primera Lectura
: del segundo libro de los Macabeos 7, 1-2, 9-14
Salmo Responsorial, del salmo 16: Al despertar, Señor, contemplaré tu rostro.
Segunda Lectura: de la segunda carta del apóstol Pablo a los tesalonicenses 2: 16 – 3:5
Evangelio: Lucas 20: 27-38.

Insiste la Antífona de Entrada: Dios escuche nuestras súplicas, “¿El que hizo el oído no va a oír? Hemos de preguntarnos qué tan constante es nuestra súplica, nuestra oración, la viva presencia de Dios en nuestras vidas. Escuchamos el eco de la advertencia de Jesús: “Oren sin intermisión.” Y del Salmo: “Al despertar, contemplaré tu rostro”. Vivir en la conciencia de futuro, de trascendencia, de sabernos caminantes no hacia “otra vida” sino hacia “La Vida Otra”, de la permanencia real de nuestro ser para siempre: “Para ser como en Ti al principio era”. Recordamos el Libro de la Sabiduría: “Si algo hubieras aborrecido no lo hubieras creado. Amas a todas tus criaturas.” Señal inequívoca de su Amor por nosotros: la existencia, ¿conmueve nuestra interioridad?: ¿permanece viva la conciencia de que vamos hacia Él? 

De la primera lectura, nos fijamos en el testimonio de vida eterna: de Resurrección: los jóvenes martirizados han aprendido de labios de su madre la rectitud y la fuerza de la fe: “Tú nos arrancas la vida presente, pero el Rey del Universo nos resucitará a una vida eterna, puesto que hemos muerto por fidelidad a sus leyes.” Y el cuarto, con el que termina el relato de hoy: “Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida.” Participamos de la vida divina y ésta es inmortal. Bajemos a nuestro interior y preguntémonos ¿por qué nos afanamos tanto por lo que no dura?

El Salmo nos confirma en esta fe: “Al despertarme, espero saciarme de tu vista”. Lo contemplamos con nuestros ojos. Ya lo decía Job: “Sé que mi Redentor vive y con estos ojos lo contemplaré, yo, no otro…”, (19:25-27), como contemplaron a Jesús Resucitado los Apóstoles. No sabemos cómo será el hecho mismo de la resurrección, pero sabemos que será. Y en esta fe y esperanza caminamos.

Pablo insiste en la gratuidad de la Gracia, de la Vida Eterna, por los méritos de Cristo; por Él tenemos el “consuelo eterno y una feliz esperanza” Y al final nos conforta, como él mismo se siente confortado: “Que el Señor dirija sus corazones para que amen a Dios y esperen pacientemente la venida de Cristo.”

¡Qué diferencia tan grande con los que no tienen esperanza! Los saduceos, fundamentalistas, arraigados exclusivamente en el Pentateuco, “se ríen de la resurrección” y proponen una trampa a Jesús. Aducen la Ley del Levirato (Deut. 25: 5-10), mantienen la visión inmediatista: Dar descendencia al nombre del hermano, físicamente ya que todo termina en esta tierra. Jesús responde de inmediato: “En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni morirán, porque serán como los ángeles e hijos de Dios, pues Él los habrá resucitado.” Será una vida verdaderamente biológica, pero de otro nivel; y se nos se presenta Cristo Primogénito de los Resucitados, “vean, un fantasma no tiene carne y huesos como ven que yo tengo…, y todavía para tranquilizarlos más: ¿tienen algo de comer?”; este salto sobrepasa nuestra lógica, pero se confirma la Fe: Él está ahí, presente, conversando, comiendo, seguramente riendo con los.

La conclusión deja mudos a los saduceos y nos pinta de certeza la esperanza, la cita es tajante: “Dios de Abrahám, Dios de Isaac, Dios de Jacob, Dios no es Dios de muertos sino de vivos, para Él todos viven.” 

Miramos nuestro interior: ¿vivimos con el Dios vivo? ¿Hacemos creíbles nuestras acciones haciendo realidad las palabras del mismo Jesús?: “El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá.” Y, “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y Yo lo resucitaré el último día.” San Pablo nos anima: “Los padecimientos de esta vida no son comparables con el peso de gloria que se revelará en nosotros.”

viernes, 28 de octubre de 2022

Domingo 31° Ordinario, 30 octubre 2022.--


Primera Lectura:
del libro de la Sabiduría 11:22, 12:1
Salmo Responsorial, del salmo 144; Bendeciré al Señor, eternamente.
Segunda Lectura: de la segunda carta del apóstol Pablo a los tesalonicenses 1:11-2,2
Evangelio: Lucas 19: 1-10

Al considerar la Antífona de Entrada, nos percatamos de que el Señor no sólo no nos deja, sino que sale a nuestro encuentro constantemente. Al mirarnos a nosotros mismos, brota la súplica, precisamente porque nos conocemos, para que nos aleje de todo aquello que pudiera apartarnos de Él: criaturas, dinero, ambiente, sociedad, superficialidad, egoísmo. La respuesta de los corazones sinceros no se hace esperar. ¿Al menos procuramos tener un corazón sincero, orientado a lo que dura, a lo que proporciona la paz, o nos quedamos apesgados a lo que pensamos es la felicidad? 

El Libro de la Sabiduría nos centra en la experiencia de ser criaturas: El Señor es el hacedor de todo, el mundo entero con todas sus riquezas puestas en la balanza, pesa menos que un grano de arena. Regresamos a meditar lo relativo de las cosas, todas ellas, y redescubrimos al Absoluto. Qué ánimo tiene que embargarnos lo que dice a continuación: “Aparentas no ver los pecados de los hombres para que se arrepientan. Tú amas cuanto hiciste, no aborreces nada de cuanto has creado, pues si lo hubieras aborrecido no lo hubieras creado.” Necesitamos experimentar profundamente ese Amor eterno del Señor por cada uno de nosotros: El Señor me tiene eternamente presente, ¿cuál es mi respuesta a su cariño, a su delicadeza, a su predilección?

Mínimo, cantar, profundizar diariamente en el estribillo del Salmo: “Bendeciré al Señor eternamente.” Ya estamos en el camino de eternidad y tenemos que acostumbrar a nuestro interior a Alabar, Bendecir y Servir al Señor mientras duren nuestros pasos peregrinos para continuar haciéndolo con todos los que le han sido fieles y ya gozan de Él sin temor de perderlo.

Orar unos por otros, como nos dice San Pablo, para “que el Señor nos haga dignos de la vocación a la que hemos sido llamados… su poder, su gracia, su presencia nos asegurará en el camino directo hacia Él: siempre afianzados en el Único Mediador: Cristo Jesús.

En el Evangelio, simplemente tratemos de encontrar la mirada de Jesús, como la encontró Zaqueo: esa mirada dulce, penetrante, invitadora, comprometedora, que si lo hacemos, encontraremos la fuerza para hacer lo que hizo aquel jefe de publicanos y rico. De qué forma impulsa a superar todos los obstáculos el solo deseo “de ver a Jesús”. No le importó el que se rieran de él, sujeto con renombre, ricamente vestido, subiendo a un árbol, desenredando su manto, con tal de “ver a Jesús”. Las consecuencias las hemos escuchado, cuando el corazón sana, toda creatura, comenzando con el dinero, toma su estatura precisa ante al Absoluto.

Preparémonos siempre para ese “encuentro”, que es posible en cualquier momento y para escuchar: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa.” El Señor nos creó muy bien hechos, no nos desaprovechemos. Pidámosle que esté constantemente presente ese deseo de verlo y de encontrarlo en cada creatura, y de manera especial en nuestros semejantes: “La realidad del rostro divino se transparenta en el rostro humano, porque cada hombre es mi hermano.” Vivir en cristiano es abrirnos a todos, es cortar de tajo toda murmuración, toda interpretación que descalifique. Sintámonos acogidos por las palabras de Jesús: “El Hijo del hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido.” Si acaso alguna vez hemos equivocado la senda, ya sabemos donde reencontrarla.

miércoles, 19 de octubre de 2022

30° ordinario, 23 octubre 2022.-


Primera Lectura:
del libro del Eclesiástico 35: 15-17, 20-22
Salmo Responsorial, del salmo 33

Segunda Lectura: de la segunda carta del apóstol Pablo a Timoteo 4: 6-8, 16-18
Evangelio: Lucas 18: 9-14. 

¿Se alegra, con toda sinceridad, mi corazón porque busco continuamente la ayuda del Señor, porque anhelo estar en su presencia? ¿Cómo es mi trato con Dios, ha pasado a ser para mí un factor determinante, ojalá, único, a quien acudo antes de cualquier elección, a quien reconozco como mi Señor? ¿Es mi oración un monólogo o un diálogo humilde y confiado que pide la solidificación de la fe, la esperanza y el amor para enderezar el camino y seguir sus mandamientos, para agradarlo y recibir de Él la corona prometida a cuantos esperan, con amor, su venida? 

¿Cuál es la realidad, mi realidad a la que me enfrento?, esa “verdadera historia” que pide San Ignacio, la que es y como es, abierta en abanico, sin intentar solapar mi pequeñez con las minúsculas acciones, sin duda buenas, pero que distan, años luz, de lo que Él espera de mí. De ninguna manera se trata de un juicio condenatorio global, sino de que analice, con franqueza, si estoy viviendo el “cumplimiento” partido: “cumplo y miento”, o bien he profundizado en mi interior y me encuentro, sin rodeos, “pecador”. Viene a cuento lo que dice San Agustín: “pecador no es tanto el que peca, sino el que se sabe capaz de pecar”, de hacer a un lado a Dios y ponerse en el centro del propio ser hasta la acción, dictada por la intención: en la soberbia, en el apropiarse de lo que no es suyo, esgrimirlo como propio, como algo que le pertenece y que guarda, de manera larvada, el desprecio a los demás. 

Por más que lo intente, “el Señor no se deja impresionar por apariencias…, escucha las súplicas del oprimido…, la oración del humilde – aquel que reconoce la verdad -, que atraviesa las nubes y, mientras no obtiene lo que pide, permanece sin descanso y no desiste hasta que el justo Juez le hace justicia”. Esta es la oración que oye Dios: “Señor, apiádate de mí que soy un pecador”. Sé que no habrá cambios espectaculares en mi vida, no prometo nada, me voy conociendo y he constatado que esos propósitos, hechos mil veces, yacen olvidados en papeles amarillentos, simplemente estoy aquí para que me mires como sólo Tú sabes hacerlo: con misericordia, perdón y comprensión. ¡Mírame para que alguna vez pueda mirarte! ¡Aparta de mí la tentación de “la ilusión de la inocencia”, la que me haría, como incontables veces lo ha hecho, sentirme superior ¡: Yo no soy como los demás”

Que aprenda de los que te han servido fielmente, de Pablo, que siente en todo momento que “has estado, estás y permanecerás a su lado”, para luchar bien en el combate, para continuar caminando hacia la meta, perseverante en la fe, esperanzado en recibir el premio prometido; sin enorgullecerse por sus méritos, pues sabe de dónde proviene la capacidad de pronunciar y mantener el ¡sí! del compromiso para llegar, sostenido por ti, al Reino celestial y proclamar: ¡Gloria al Único que la merece! 

¡Señor, que regrese, que regresemos, justificados, porque Te hemos reconocido como nuestro Dios y nuestro Padre, porque nos hemos reconocido pecadores, necesitados pero reanimados, seguros de tu amor y tu perdón pues ya nos has mirado y fortalecido con el Pan que da la Vida en esta Eucaristía, en ella te nos das en Jesucristo, tu Hijo y Hermano nuestro!

 

sábado, 15 de octubre de 2022

29º. Ordinario, 16 octubre 2022.-


Primera Lectura:
del libro del Éxodo 17:8-13

Salmo Responsorial, del salmo 120: El auxilio me viene del Señor, que hizo el Cielo y la Tierra.
Segunda Lectura: de la segunda carta del apóstol Pablo a Timoteo 3: 14-4:2
Evangelio: Lucas 18: 1-8. 

La invocación con que se abre la liturgia de hoy, nos descubre la ternura de Dios. ¡Cómo tenemos a nuestro alcance, si lo invocamos, la posibilidad de sentirnos, tiernamente, bajo su cuidado: “como la niña de tus ojos, bajo la sombra de tus alas”! Comparaciones que comprendemos, aun cuando Dios ni tenga ojos ni tenga alas;  el salmo las utiliza para iluminar la relación, siempre cercana del Señor, para con aquellos que “lo invocan” –lo invocamos y atendemos como Él nos atiende. Con Él y desde Él obtendremos la fortaleza y la constancia para “ser dóciles a su voluntad” y encontrar el modo de “servir con un corazón sincero”. 

Nos conocemos, o al menos pensamos que nos conocemos, y encontramos en nosotros actitudes de una autosuficiencia que a la postre nos engaña, nos defrauda y nos induce al desánimo. Al detenernos a escuchar y profundizar la Palabra de Dios, captamos que todas las lecturas invitan a la oración, a la confianza, a la perseverancia, a examinar, con mucha atención, ¿cómo está nuestra relación de intimidad con Él; cómo está la Fe activa?, esa que pedíamos, junto con los apóstoles que Jesús hiciera crecer: “¡Señor, aumenta nuestra fe!”, no desde lo cuantitativo, sino desde lo cualitativo; la que hemos recibido como   regalo, pero que necesita el cuidado y atención de nuestra parte para actuar en consonancia, la que parte desde el trato, el conocimiento, la aceptación, la que genera el compromiso…, que si no insistimos, se obscurecerá en medio de las preocupaciones que acaparan nuestra atención, nos envuelven y nos hacen olvidar lo fundamental. 

Bella imagen la de Moisés con los brazos levantados en actitud de súplica, de confianza, de la seguridad que da la conciencia de que Dios está con su Pueblo; al estar con Él, Él está con nosotros; al prescindir de Él, comienza la derrota. Momento de preguntarnos si elevamos, no solamente los brazos, sino el ser entero, hacia la altura “de donde nos viene todo auxilio”, como signo de confianza y abandono en Aquel “que protege nuestros ires y venires, ahora y para siempre” , si pedimos ayuda a los demás para que nos sostengan o volvemos a la encerrona de la estéril autosuficiencia. Una vez más encontramos en las personas del Antiguo y Nuevo Testamento que la oración es necesaria y en sí misma es eficaz en la búsqueda de orientación de nuestras vidas hacia Dios. No es nuestra palabra la primera, el Padre ya ha hablado por Su Palabra que “es útil para enseñar, para reprender, para corregir y para educar en la virtud, a fin de que el hombre esté preparado para toda obra perfecta”. En nuestra oración ya está Dios, ya está Jesús presente; conocen nuestras necesidades pero “les gusta” que las expresemos “sin desfallecer”. 

Un juez inicuo “que no teme a Dios ni respeta a los hombres”, se determina a hacer justicia “por la insistencia de la viuda”, ¡cuánto más Aquel que es la Justicia y el Amor sin límites, nos escuchará “si clamamos día y noche”! 

La última frase que pronuncia Jesús, quizá nos haga temblar, pero también adentrarnos más y más en la realidad que vivimos: “cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?”. Regresemos a la oración y renovemos nuestra súplica: “haz que nuestra voluntad sea dócil a la tuya y te sirvamos con corazón sincero”, firmes en Cristo Jesús. 

sábado, 8 de octubre de 2022

28° ordinario, 9 octubre 2022.-.


Primera Lectura:
del segundo libro de los Reyes 5: 14-17
Salmo Responsorial, del salmo 90: El Señor, nos ha mostrado su amor y su lealtad.
Segunda Lectura: de la segunda carta del apóstol Pablo a Timoteo 2: 8-13
Evangelio: Lucas 17: 11-19

La insistencia, para que nos convenzamos, permanece: Dios es “un Dios de perdón”, ¿hacia dónde nos volveríamos si “conservara el recuerdo de nuestras faltas”?, la verdad es fuerte y nos hace reflexionar: “¿quién habría que se salvara?” La respuesta es clara: ¡nadie! Nuestra actitud, si hemos reflexionado, será la de aquellos que están “colgados de Dios” y de su Gracia, para sentirnos acompañados siempre y podamos actuar en consonancia: “descubriéndolo, amándolo y sirviéndolo en cada prójimo”.

El compromiso, a primera vista, se presenta como un camino obvio, fácil, al alcance de cualquiera, pero, lo hemos comprobado en el recorrido de nuestra propia historia, lo que tenemos enfrente, ¡no lo vemos o lo complicamos y acabamos por descartarlo!

Analicemos el proceder de Naamán, y descubramos lo que hay de él en nosotros: inicialmente se guía sensatamente: escucha, presenta al rey su petición, pues le ha impresionado la palabra de la doncella israelita “si mi amo fuera a ver al profeta, él lo curaría de la lepra”; emprende el camino, lleva regalos para el profeta, su imaginación lo acicatea: ¡me librará de esta ignominia de la lepra! Presenta la carta y se sorprende por la reacción del rey de Israel, probablemente Naamán pensaba que todo el pueblo sabía de la existencia de Eliseo, y de los prodigios que Yahvé realizaba por su medio.

Eliseo, hombre de Dios, vive de la fe y la confianza, “colgado de Dios”. Naamán, extranjero, ignorante –sin culpa-, imagina según sus criterios y se desanima al escuchar la proposición de Eliseo: “Báñate siete veces en el Jordán y quedarás limpio”. No entiende –la Fe supera la lógica-, el enojo y la desilusión se apoderan de él; pero sus criados le invitan a reflexionar; accede, con humildad obedece y “su carne quedó limpia como la de un niño”. ¡Sanado de la lepra y de la ignorancia!, entiende y agradece: “Ahora sé que no hay más Dios que el de Israel”; ha experimentado lo inesperado aunque ansiado, y proclama su fe, fruto del encuentro con Dios Salvador: “A ningún otro dios volveré a ofrecer sacrificios”.

A nosotros, también, constantemente “el Señor nos muestra su amor y su lealtad”, al reconocerla y revivirla, proclamemos vivamente el Aleluya: “Demos gracias, siempre, unidos a Cristo Jesús, esto es lo que Dios quiere”.   

Jesús nos aguarda, ¡curados de tantos males!, a que regresemos, no solamente a darle las gracias, sino para, exultantes, “alabar a Dios en voz alta”.

Jesús, con el Padre y el Espíritu Santo, “Nos ha rescatado cuando aún éramos pecadores”, nos conserva en la existencia, nos llena de oportunidades para reintegrarnos a la Comunidad, a la familia, al profundo sentido de la vida; por su muerte nos ha dado vida para que captemos que no somos extranjeros ni advenedizos, “sino ciudadanos del cielo”.  

Jesús mismo nos ha enseñado a pedir; repasemos el Padre Nuestro, pero juntamente a ser agradecidos, a reconocer que el Señor es Dios; que el Gloria, que tantas veces hemos recitado, lo meditemos para que, lentamente, en contacto con la Trinidad, proyectemos que ¡“el agradecimiento es la memoria del corazón! Escuchemos con ánimo renacido: “¡Levántate y vete. Tu fe te ha salvado!”.

Mucho por aprender: saber escuchar, obedecer, moderar la imaginación, ser humildes y reconocer para regresar, alabar y bendecir a Dios. ¿De qué lepra nos tiene que curar el Señor?

jueves, 29 de septiembre de 2022

27° ordinario, 2 octubre, 2022.-.


Primera Lectura:
del libro del profeta Habacuc 1: 2-3; 2: 2-4
Salmo Responsorial, del salmo 94
Segunda Lectura: de la segunda carta del apóstol Pablo a Timoteo1: 6-8, 13-14
Evangelio: Lucas 17: 5-10. 

Es verdad, todo depende de la voluntad de Dios, pero como Él es respetuoso de su creación, no nos violenta y, aun cuando veamos que lo congruente sería “no resistirnos a su voluntad”, porque quiere nuestro bien, podemos desviarnos, ignorarla, resistirnos y no tener la disponibilidad de “recibir más de lo que merecemos y esperamos”; este egoísmo y desperdicio nos hace regresar a lo que hemos estado considerando los domingos pasados: “que tu misericordia nos perdone y nos otorgue lo que no sabemos pedir y que Tú sabes que necesitamos”. 

No es algo nuevo en nuestra relación de creaturas e hijos, con nuestro Padre Dios; es la constante lucha para que nos reubiquemos en cada instante de la vida, nos desnudemos de las intenciones desorientadas y sintamos el gozo de ser comprendidos y, sobre todo, amados; que captemos en verdad “aceptar ser aceptados”. 

Habacuc, junto con todo el pueblo, sufre la invasión de los babilonios, puede situarse hacia el siglo VI a.C. Violencia y destrucción que provocan la queja del profeta, queja que aqueja a todo ser humano: “¿Hasta cuándo, Señor?”, grito que se eleva esperando inmediata respuesta que remedie los males, la opresión y el desorden; pero que no expresa un compromiso personal de acción para resolver los conflictos. No hay duda de que Dios es Dios y que dirige nuestras acciones, si lo dejamos; no hay duda de que la respuesta final será su firma; pero, ¿cuándo será?, en la hora veinticinco, ahí constataremos la promesa del mismo Cristo: “Confíen, Yo he vencido al mundo”, (Jn. 16: 30)  ¡Cómo nos cuesta “dejar a Dios ser Dios”!; ¡cuán lejos estamos de convertir en vida el último versículo: “el justo vivirá por su fe”. 

Nos añadimos a la súplica de los discípulos: “Auméntanos la fe”, y con ellos nos quedamos pensativos ante la respuesta de Jesús: “Si tuvieran fe como un granito de mostaza…”, esa actitud que describe la Carta a los Hebreos: “Es la fe garantía de lo que se espera, la prueba de realidades que no se ven”. (11: 1) 

¿Dónde nos encontramos en esa relación con Dios?, ¿es Él para nosotros un factor significativo, que sólo tomamos en cuenta cuando nos acechan las penas, las desgracias, la tentación y, pasada la tormenta, volvemos a guardarlo en el desván? ¿Es el Señor, un factor dominante, - que rige y dirige la conciencia -, presente antes de tomar cualquier decisión? O, lo que Él desea: ¿es factor único, a ejemplo de los que viven colgados de su Voluntad; “de los que beben del agua que Él da, y se convierte en fuente que brota para la vida eterna”?, como anuncia a la samaritana. (Jn. 4: 14). ¿Qué respondemos? 

Recordando a Santo Tomás de Aquino: si “la fe crece ejercitándola”; de manera cotidiana se nos presentan oportunidades para hacerlo, para poner al descubierto nuestras intenciones, nuestro proyecto de vida, la urgencia, como dice Pablo a Timoteo, “de reavivar el don que recibimos, de amor, de fortaleza y moderación, precisamente para “dar testimonio de nuestro Señor”, nunca nosotros solos, sino “con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros”; pienso, con sinceridad, que urge a la sociedad actual encontrar en nosotros a esos cristianos dispuestos a “dar razón de nuestra esperanza”, (1ª. Pedro 3: 15); cristianos que no consideramos nuestro contacto con Dios como un contrato, pues ¿quién podría exigir una paga “por ser amado”?, sino que, pendientes de su voluntad, la del Amo Bondadoso, podamos decirle: “siervos inútiles somos, lo que estaba mandado hacer, eso hicimos”, ¿qué sigue, Señor?