sábado, 21 de noviembre de 2020

Cristo Rey, 22 noviembre 2020.-


Primera Lectura:
del libro del profeta Ezequiel 34: 11-12, 15-17
Salmo Responsorial,
del salmo 22: El Señor es mi pastor, nada me falta.

Segunda Lectura:
de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 15: 20-26, 28
Evangelio:
Mateo 25: 31-46.


El Año litúrgico termina con la festividad de Cristo Rey. El próximo domingo inicia el Adviento, continuará la invitación para acompañar a Jesús en su “acampar entre nosotros”, a permanecer atentos a la escucha de su voz que nos guía como Pastor, Rey y Soberano; imágenes que utiliza el Profeta para que percibamos la cercanía de Dios, quien, lo sabemos, “aun antes de saber que lo sabíamos”, siempre toma la iniciativa en la búsqueda y el encuentro, en el cuidado y robustecimiento, en la participación de su vida; se pone  a nuestro alcance; ofrece la paz, el bienestar, la felicidad, la seguridad, la novedad siempre nueva, el camino hacia verdes praderas y las fuentes tranquilas. No podemos ignorar ni dejar de prever el momento final del rendir cuentas: el juicio.
 


Los antiguos consideraban a los soberanos “pastores de los pueblos”, cuánto más es aplicable el título a Jesucristo, “el Cordero inmolado, digno de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor., a Él la gloria y el imperio por los siglos de los siglos”. Es la realización perfecta del Pastor, jamás buscó su propio bien, nunca obró por egoísmo, se enfrentó a todos los poderes buscando siempre el bien de los hombres y mujeres marginados, pobres, inútiles y despreciados, “nos rescató, no a precio de oro ni plata, sino por su sangre derramada”“dichosos los que han lavado sus vestiduras con la sangre del Cordero, estarán ante el trono de Dios, sirviéndole día y noche".


Es Jesús, la Piedra sobre la que todo está fundado, el que libera de toda esclavitud, “primicia de los resucitados”, único Puente para volver a la vida, Mediador entre el Padre y la humanidad, ejemplar del hombre nuevo, vencedor del mal y de la muerte, consumador de toda perfección para que “Dios sea todo en todas las cosas”.


Preguntémonos si es Cristo, quien reina en nuestro corazón, si de verdad sentimos en el interior la inhabitación del Espíritu Santo, si en nuestro caminar tenemos a Dios y a Cristo como un mero factor significativo que aparece en algunos momentos de la vida: bautizos, primeras comuniones, bodas, sepelios, un rato en la alegría o la tristeza, en la angustia y la impotencia; lo traemos brevemente a la memoria, nos conmovemos y después olvidamos. O bien es un factor determinante que orienta nuestras decisiones para buscar, encontrar y vivir según su voluntad, el que mantiene nuestra mirada hacia el Reino; o todavía mejor aún si ya ha llegado a ser en nosotros factor único, de modo que no elijamos sino lo que sea para su Mayor Gloria, entonces sí que habremos escuchado y seguido la Voz del Pastor, Rey y Guía.


El Evangelio de hoy lo leímos el día de la conmemoración de los fieles difuntos. Ellos ya fueron examinados, confiamos en la misericordia de Dios que hayan sido aprobados, pues supieron, de antemano, como ahora nosotros, las preguntas de la evaluación final: ¿Amaste a cuantos encontraste en tu vida?, ¿serviste de enlace entre ellos y Yo?, ¿aceptaste a todos sin distinción y especialmente a los más necesitados?, entonces: “Ven bendito de mi Padre, toma posesión del Reino preparado para ti desde la creación del mundo”. ¡Señor contamos con tu gracia para que nuestras respuestas ya sean correctas desde ahora!

sábado, 14 de noviembre de 2020

33° Ord. 15 de noviembre de 2020


Primera Lectura:
del libro de los Proverbios 31: 10-13, 19-20, 30-31
Salmo Responsorial, del salmo
127:
Dichoso el que teme al Señor.
Segunda Lectura:
de la carta del apóstol Pablo a los tesalonicenses 5: 1-6
Evangelio: Mateo 25: 14-30.

La Antífona de Entrada evita, desde el inicio, que surja en nuestra mente una falsa concepción de Dios, sobre todo al escuchar y meditar el Evangelio. De Dios no pueden brotar sino “designios de paz, no de aflicción; me invocarán y los escucharé, los libraré de toda esclavitud donde quiera que se encuentren.” ¡Cuántas veces hemos considerado que de la Fuente de Bondad no puede manar sino Bondad!

Nuestra respuesta no puede ser otra que la aceptación de sus mandatos, ellos son las mojoneras del camino para que no nos desviemos, para que encontremos la felicidad, la que perdura, la que, solamente, se consigue en el servicio fiel a su voluntad y a la entrega a los hermanos.

El sendero es fácil si estamos llenos de Dios; cuando encontramos piedras, espinas y abrojos, si prestamos atención, percibiremos que nosotros mismos los hemos colocado, de nuestras manos ha salido la mala semilla; todavía es tiempo de escardar, de limpiar, de emparejar. ¿Capacidad para ello? Ya el Señor nos la dio de sobra, lo que no sabemos es si nos alcanzarán las horas para entregar los frutos, por eso cualquier demora, puede ser decisiva.

El canto de alabanza a la mujer hacendosa, que entona el Libro de los Proverbios, es un preludio a la parábola que utiliza Jesús; “dichosa la que, con manos hábiles, teje lana y lino, que maneja la rueca, que abre las manos al pobre y desvalido”; talentos recibidos para alegrar la vida de los otros.

El Salmo, como variaciones sobre el mismo tema: “Dichoso el hombre que confía en el Señor”. La bendición de arriba será su compañía y la verá, fecunda, con su mujer al lado. Basta que abramos los ojos para encontrar a Dios en todas partes, y con Él encontrar el gozo anhelado.

San Pablo ha dedicado largas horas al trato con Jesús; de Él ha aprendido lo que ya meditamos: lo incierto de lo cierto y del amor confiado porque es conocido; deshace las angustias de aquellos que quisieran saber la precisión del tiempo de la llegada del Señor de los cielos. ¿Para qué preocuparse del tiempo cuando éste ya no exista? ¡Es ahora el momento de alejar las tinieblas, de espabilar el sueño, de vivir sobriamente y llenarnos de luz!

No es Dios el que se ha ido; Él no sale de viaje. Entrega los talentos y está a la expectativa. Mira cómo nos miramos con manos enriquecidas con sus dones y, más, con su confianza. Oímos, quedamente, lo que su amor pronuncia: “No son ustedes los que me han elegido, soy Yo quien los elegí para que vayan y den fruto y ese fruto perdure”. (Jn. 15: 16).

Lo recibido es para que el Reino crezca. El don ya fue gratuito, mas para que haya cosecha se necesitan creatividad y esfuerzo. Temor y ociosidad jamás tendrán cabida, y si acaso aparecen, de antemano estarán condenados.

Una doble mirada, a lo que he hecho y hago, pero con los ojos puestos en Aquel que vive de la entrega; siguiendo sus pisadas evitaré “el ser echado fuera”.

¡Confiaste en mí, Señor, ¡y de ti espero corresponder sin falta!

sábado, 7 de noviembre de 2020


Primera Lectura:
del libro de la Sabiduría 6:12-16
Salmo Responsorial,
del salmo 62:
Segunda Lectura:
de la carta del apóstol Pablo a los tesalonicenses 4: 13-18
Evangelio:
Mateo 25: 1-13.

¿Cuándo no han llegado hasta el Señor nuestras plegarias? La respuesta es sencilla: cuando hemos cerrado labios y corazón. Sin duda nos acordamos de Dios cuando la necesidad nos aprieta, cuando la tentación ronda incansable, cuando el dolor nos muerde…, es bueno, pero no suficiente, demuestra que hay fe en nuestro corazón, que sabemos a quién acudir en el momento en que el camino se vuelve pesado, cuando no encontramos respuestas en ninguna creatura y menos en nosotros mismos; más parecería un trato convenenciero que una relación amorosa que en serio dejara “en sus manos paternales todas nuestras preocupaciones”.


La oración es plática confiada con el Amigo, con quien conoce nuestras necesidades y aguarda, deseoso, que las expongamos confiadamente. No es un monólogo inútil; es la aplicación de la verdadera Sabiduría: el saborear el amor de Dios, el buscarlo con todas nuestras fuerzas, salir a su encuentro y hallarlo siempre a la puerta de nuestras vidas. Esa Sabiduría Encarnada no sólo nos espera, sino que viene hasta nosotros: el fruto de ese encuentro conjunta nuestra voluntad con la suya y el resultado es lanzarnos a la trascendencia, a la plenitud y a la paz, en la total posesión de nuestro ser en el suyo. Esto es captar la “benevolencia del Señor”, Él quiere todo el bien para nosotros; todavía más, coopera, ilumina y guía nuestras decisiones para lograr y realizar el proyecto de nuestros proyectos: ¡Llegar a Él! “La sed será saciada”, “la añoranza, será realidad”, “la bendición colmada no terminará”, “el júbilo será nuestra túnica, desde los labios nos cubrirá por completo”.
 

Ciertamente no ignoramos “la suerte de los que se duermen en el Señor”. “Jesús, primicia de los resucitados, nos arrebatará con Él para estar siempre a su lado.” ¿Necesitaríamos alguna consolación mayor? Las palabras están confirmadas por la vida de Aquel que vino para que tuviéramos Vida.

En el Evangelio Jesús nos previene, no es ninguna amenaza, nos hace pisar, con firmeza, nuestra realidad de creaturas: “Estén preparados porque no saben ni el día ni la hora”. Aceptamos la certeza de la muerte. Realidad que conmueve, que agita el interior, que, quizá sin pensar, quisiéramos borrar del futuro, pero, a pesar de todos los esfuerzos, sabemos que está en camino, que nos cruzaremos con ella, pero no nos vencerá…, pues confiamos en tener “aceite para la lámpara” y que ésta estará encendida cuando llegue el Esposo, solo así “entraremos al banquete de bodas”. La seguridad nace de nuestra adhesión a Cristo, quien, como nos dice San Pablo: “como último enemigo, aniquilará –ya aniquiló con su muerte- a la muerte.” (1ª Cor. 15: 26)

La oración, la fidelidad, la cercanía son la previsión para mantenernos encendidos: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero.”

“El que consulta a Dios, recibirá su enseñanza; el que madruga por él, obtendrá respuesta.” San Pedro, con la experiencia viva, nos afianza: “Esta voz, llegada del cielo…, hacen bien en prestarle atención como a lámpara que brilla en la obscuridad, hasta que despunte el día y el lucero nazca en sus corazones”.

Ojalá deseáramos lo que mi hermano Mauricio, casi en vísperas de su partida, pedía: “Quiero estar consciente al preinstante de verte para poner en Ti el consentimiento y repetirte el ¡sí! definitivo”.

sábado, 31 de octubre de 2020

Todos Santos, 1° nov. 2020.-


Primera Lectura:
del libro del Apocalipsis 7: 2-4, 9-14
Salmo Resposorial,
del salmo 23: Esta es la clase de hombres que te buscan,  Señor.
Se
gunda Lectura:
de la primera carta del apóstol Juan 3: 1-3
Evangelio:
Mateo 5: 1-19.

Domingo de alegría que ha nacido y es fecundada por la fe hasta que alcance la plenitud al encontrarnos con Dios. ¡Creo en la resurrección de los muertos y en la Vida Eterna! ¡Creo que existe la verdadera felicidad y que nuestra vida no es “un ¡ay! entre dos nadas”! ¡Creo que el Padre nos creó para que participáramos de su Bondad, de su cariño, de sus abrazos y de su mirada! ¡Creo en la Comunión de los santos, y, en esa Comunión estrecharé a todos mis seres queridos! Crecerá, junto con la alegría, la admiración al encontrar a tantos hombres y mujeres que supieron amar más a los otros que a sí mismos, porque sabiéndolo o sin saberlo, amaron a Dios en Jesucristo presente en cada hombre y mujer a quien amaron, por quien se preocuparon, a quien atendieron y apoyaron. Agradeceré, ya jubiloso, su intercesión por mí cuando aún era peregrino.

Fe perseverante en que la Gracia siempre ha sido y será más fuerte que mis flaquezas y mis inconstancias. Fe en que encontrarás en mí, Señor, “el sello de pertenencia a Ti”, de aceptación de tu Historia en mi historia y que me asegurará, gratuitamente, hacer trascender mi propia historia, porque “la salvación viene de nuestro Dios y del Cordero”.   

Confío que me cuentes “en esa inmensa muchedumbre que nadie puede contar y que hermana para siempre a hombres de todas las naciones y razas, de todo los pueblos y lenguas”. Me has “lavado en tu Sangre”, que, en el día señalado, me encuentres “con el manto blanqueado”, como fruto seguro de tu amor predilecto; no será por mis méritos, Tú y yo lo sabemos, sino por tu misericordia inacabable que perdona, que sana y capacita para que pueda ser “de la clase de hombres que te buscan, Señor”.

Me sé en el camino, porque Tú, Jesús, has abierto el camino que nos conduce al Padre y al conjuntar el texto de san Pablo en Rom. 8: 16, con el que acabo de leer en 1ª Jn. 3: 1-2, se ensancha el corazón; puedo llamar a Dios, sin ningún titubeo: “¡Abba!”, “¡Padre!”, porque Tú intercediste para que el Espíritu residiera en mí y que “no sólo me llame sino que sea hijo”, y si hijo, heredero, coheredero contigo de la gloria “que me haga semejante”, y “poder contemplarte”” –no sé cómo, ya me enseñarás a abrir los ojos- “tal cual Eres”. Puesta en Ti mi esperanza, seré purificado.

 Que ese Espíritu me ayude a rehacer mi escala de valores, a vivir los que Tú me propones para “bien aventurarme”; felicidad y dicha diferentes al programa que acosa desde fuera, el que insiste en el éxito, el tener y el valer por sobre los demás; el tuyo, en cambio, apunta a lo profundo, revuelve las entrañas, porque buscar el Reino es volcarme, por entero, a los otros, deshacerme de mí y caer en la cuenta del presente que afirmas al abrir y cerrar las Bienaventuranzas: “la pobreza de espíritu”,  ya es el Reino; “la constancia en la fidelidad ante las oposiciones”“ya es  el Reino”. Mi carne se rebela, mi espíritu se aquieta, porque vale más tu Palabra, tu actuar, siempre coherente, que todas las promesas que nacen de este mundo y en él se quedan.

Mi alegría y mi salto de contento, se unirán, para siempre a todos los que en fe caminaron y siguieron tu ejemplo. Lléname de tu Espíritu para que el Padre me acoja como hijo.

 

sábado, 24 de octubre de 2020

30°. Ord. 25 octubre 2020.-


Primera Lectura:
del libro del Éxodo 22: 20-26
Salmo Responsorial,
del salmo 17
Segunda Lectura:
de la carta del apóstol Pablo a los tesalonicenses 1: 5-10
Evangelio:
Mateo 22: 34-40.

¿Buscamos señales que nos confirmen la rectitud del camino en que andamos?, la Antífona de entrada las enciende: “Alegría porque buscamos al Señor”; si alguno se retrasa, surge el imperativo que endereza: “Busquen la ayuda del Señor, busquen continuamente su presencia”. Tres veces nos urge el verbo a movernos, porque cómodamente acomodados nada llegará mágicamente. Profundicemos en el fruto: “alegría”, y subrayemos el adverbio: “continuamente”. El encuentro con Dios es conjunción de dos Personas, Él nos busca desde siempre, no cesa de hacerse encontradizo, somos nosotros los que nos mostramos remisos y retrasamos “la alegría” que proclamamos desear tanto. ¿Tememos, acaso, tratar de ser lo que queremos ser?, repitamos con corazón consciente, la petición que juntos expresamos en la oración: “Aumenta en nosotros la fe, la esperanza y la caridad…”, actitudes, virtudes, disposiciones verticales que facilitan, desde nosotros, ese encuentro con Dios, con esas fuerzas “cumpliremos con amor sus mandatos” y llegaremos, gozosos, al único final que colme nuestro ser: a Dios mismo en el Reino de los cielos.

Amar a Dios en tono abstracto, está siempre al alcance, sin esfuerzo, vamos llenando la vida con ilusiones bellas; ¡qué fácil es soñar sin que los pies se cansen, sin que el sudor cubra la frente, sin que los huesos crujan, sin fatiga en la mente, sin movernos del sitio en que soñamos!

El verdadero amor, el que desciende y asciende en vertical, si no se muestra activo en forma horizontal, es falso y vano; busquemos en nosotros las señales que arriba pretendíamos: escuchemos al Señor: “No hagas sufrir ni oprimas al extranjero, no explotes a las viudas ni a los huérfanos…”, los he tomado a mi cuidado y “cuando clamen a mí, Yo escucharé, porque soy misericordioso”. Aleja de tu vida abusos, usuras y despojos; haz visible tu amor, ayuda a ser y a crecer, ilumina sus vidas como Yo lo     he hecho con la tuya; te convertí en “mis manos” para alargar mis dones, ¡no las cruces!

En la carta de Pablo vemos las concreciones: los tesalonicenses fueron campo que regó con su fe y con sus actos igual que las provincias romanas de la Grecia y fueron difusores de la Palabra y de la Vida, su ejemplo convenció y dirigió los pasos vacilantes hasta el encuentro con el Dios vivo; la esperanza los mantuvo despiertos, preparados para la resurrección.

¡Rompamos al fariseo que traemos dentro, no hagamos al Señor preguntas necias, esas, cuyas respuestas sabemos de antemano! No indaguemos, con cara de inocencia, para obtener la clasificación exacta: “¿Cuál es el principal mandamiento?”, porque no son 613 como en el Libro de la Alianza, sólo son 10, que Jesús, paciente y comprensivo, nos los reduce a dos, que todos conocemos, que los “teólogos de la Ley”, habrían explicado muchas veces, el “shema Israel”, que repetían mínimo dos veces al día: “El Señor nuestro Dios es el único Señor; amarás al Señor tu Dios, con todo el corazón” , como está en Deuteronomio 6: 4-5; pero Jesús completa con el otro, por tantos olvidado, incluidos nosotros: “El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. (Lev. 19: 18). Nos parece escuchar lo que dijo en otra ocasión: “haz esto y vivirás”, porque “en estos dos mandamientos están sostenidos toda la Ley y los Profetas”. ¡La señal luminosa está encendida, no queramos quedarnos en tinieblas!    

sábado, 17 de octubre de 2020

29°. Ord. 18 octubre 2020.-

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 45: 1, 4-6
Salmo Responsorial,
del salmo 95
Segunda lectura:
de la carta del apóstol Pablo a los tesalonicenses 1: 1-5;
Evangelio: Mateo 22: 15-21.


La Antífona de entrada hace que nos interroguemos si, en el diario caminar, ponemos las condiciones para que se realice esa causal: “Te invoco porque Tú me respondes”. ¿Al orar, nos sentimos cobijados por el Señor? Si encontramos una respuesta afirmativa, ¡buena señal!, nuestra voluntad va encaminada para que, “quitando toda afección desordenada”, seamos cera moldeable y “le sirvamos de todo corazón.
 

Su Palabra, su Gracia, nos ha preparado para reconocerlo como el Único Dios, no desde un monoteísmo estático, sino alerta para admirar y admirarnos de su presencia en nuestro mundo, interno y externo.
 

Ciro el persa, no lo conocía; sin duda dotado de una naturaleza sensible a las mociones del Espíritu, percibió, sin saberlo, y lo más admirable, actuó como “ungido del Señor a quien ha tomado de la mano”, para ser instrumento de liberación para su pueblo Israel. Lo que Dios dice de Ciro, lo dice de cada ser humano, lo dice de mí: “te llamé por tu nombre, te di título de honor, aunque tú no me conocieras”. ¿No fue Él quien nos llamó a la existencia y nos dio el mejor título: “hijos de Dios”? ¿Ha habido alguien que lo conociera primero? ¿Regresamos “a Dios lo que es de Dios”? ¿Proclamamos, de palabra y de obra, que “Él es el Señor y no hay otro”? Misión que nos engrandece al aceptarla y vivirla en plenitud, “para ser en Ti, como al principio era”. Con esta actitud, ferviente y convencida, cobra toda su fuerza el Salmo: “Cantemos la grandeza del Señor”.
 

Pablo, en el escrito más antiguo del Nuevo Testamento, enaltece el sentido de Iglesia “congregados por Dios Padre y por Jesucristo, el Señor”. Además, expresa el camino imperdible para vivir según Dios: “las obras que manifiestan la fe, los trabajos emprendidos por el amor, la perseverancia que da la esperanzaTodo es posible “con la fuerza del Espíritu Santo que produce abundantes frutos”. ¡Sintamos cómo el Señor “nos cuida como a la niña de sus ojos”! 

En el Evangelio Jesús enfrenta, con maestría, no podía ser de otra forma, las acechanzas, las envidias, las trampas. Fariseos y herodianos, enemigos entre sí, se alían para “hacerlo caer y poder acusarlo”. Una duda, una ambigüedad de parte de Jesús, y saldrían triunfantes. Un “sí” al tributo al César, lo alinearía entre los colaboracionistas. Un “no”, entre los revolucionarios…, piensan que no tiene salida; pero nunca quisieron entender con Quién trataban.

La frase de Jesús quizá sea de las más conocidas, mas su mirada, su enseñanza van mucho más lejos. La moneda es necesaria para las transacciones pasajeras, la imagen del César en ella, intenta la absolutización de la creatura y la postergación de Dios, triste gran absurdo que nos envuelve.

¡Vayan, vayamos al interior!, ni condena ni sacraliza las relaciones económicas, sino que las sitúa en el terreno que les corresponde: medio de organización. La claridad reluce; la contextualización, ubica, la creaturidad, comprende: “A Dios lo que es de Dios”, y como todos somos suyos, nosotros sí que no tenemos salida…

domingo, 11 de octubre de 2020

28ª. Ord. 11 Octubre 2020


Primera
Lectura: del libro del profeta Isaías 25: 6-10
Salmo Responsorial,
del salmo 22
Segunda lectura:
de la carta del apóstol Pablo a los filipenses 4: 12-14, 19-20
Evangelio:
Mateo 22: 1-14

La Antífona de entrada nos prepara para constatar la universalidad del amor de Dios, que, al serlo, nos incluye a todos; “en Dios no hay acepción de personas”, su perdón y su misericordia, son como Él, inagotables; por eso brota en nosotros, seamos como seamos, algo que sobrepasa la esperanza: la certeza. Mi Padre bueno, me ama, me comprende, me acoge, me invita, me proporciona el vestido de fiesta, me espera para acompañarme, para enseñarme, para inspirarme la concreción exacta de mi respuesta a Él en el amor y en el servicio a los demás, a todos, como Él: sin peros, sin condiciones excluyentes. ¡No es una utopía! “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”.

El Profeta nos confirma: “El Señor del universo, preparará un festín con platillos suculentos para todos los pueblos”. Un banquete es momento de convivencia, de amistad, de cercanía; eso es lo que nos prometió y ya cumplió, más aún, sigue invitándonos a la claridad, a la alegría, a la plenitud. En verdad “¡Aquí está nuestro Dios!”   ¡Cómo no repetir convencidos: “El Señor es mi Pastor, nada me puede faltar”! Nos conduce a los mejores prados, a las aguas más cristalinas, a su propio Corazón traspasado de donde manan “ríos que saltan hasta la vida eterna”.

Manifestación clara de esa apertura infinita de Dios: la acción del Espíritu Santo en el Concilio Vaticano II,   Iglesia, luz del mundo, Iglesia Ecuménica, Iglesia en diálogo con todos, Iglesia continuadora de la Revelación, Iglesia de la libertad y el crecimiento, Iglesia, estandarte de Cristo Vivo. ¿Queremos más pruebas del amor de Dios, de la predilección por los hombres, de la esperanza que sigue teniendo en cada uno de nosotros? Imposible asistir al “Banquete de Bodas” sino en Iglesia, en comunidad, en mutua aceptación, en apoyo constante, vestidos y “revestidos de Cristo” (Gál. 3: 27)

Jesús, como verdadero hombre, sabe lo que significa un banquete y más un banquete de bodas; se refiere a “las suyas con la humanidad entera”, por eso invita a todos.

Con la misma claridad con que lo hizo el domingo pasado, echa en cara a los sumos sacerdotes y a los ancianos las consecuencias del rechazo de los profetas enviados a preparar el Reino. Cabe preguntarnos si de alguna forma los reencarnamos al vivir una fe anclada en la aceptación solamente intelectual, encerrada, temerosa del compromiso. ¿Qué tan rápido salimos a los cruces de los caminos a invitar, a cuantos encontremos, al Banquete? Nuestras acciones hablan por nosotros, ¿vamos con entusiasmo, sabedores del significado del convite?, ¿ayudamos a proporcionarles “el vestido de fiesta”?

Estar “adentro” no necesariamente implica el quedarse, por eso, volviendo a San Pablo, que nuestra actitud convencida sea: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”.

domingo, 4 de octubre de 2020

27°. Ord. 4 octubre 2020.-


Primera Lectura:
del libro del profeta Isaías 5: 1-7
Salmo Responsorial,
del salmo 79: La viña del Señor es la casa de Israel. 
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los filipenses 4: 6-9
Evangelio:
Mateo 21: 33-43.

¡Somos hechura de Dios y Él no hace seres a medias; estamos muy bien hechos, aunque a ratos, tristemente, ¡mal aprovechados! “Y vio Dios que todo lo que había hecho estaba muy bien hecho”, y nosotros: ¡corona de la Creación! Simplemente detenernos a considerar esta realidad, tratando de dejarnos impresionar por la gratuidad, por la delicadeza, por ser, de verdad “imagen y semejanza de Dios”, debe de exultar nuestro corazón y cantar a voz en cuello: “Eres el Señor del Universo.”

Nuestro desaprovechar lo que  nos ha concedido Dios, nos insta a pedir perdón y juntamente a solicitarle que Él, que todo lo penetra, hasta lo más íntimo de nuestra intimidad, nos conceda “aquellas gracias que necesitamos y ni siquiera sabemos expresar”, sabedores que “el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inenarrable por los consagrados para que actuemos como Dios quiere”. (Rom. 8: 27-28)

Tercer domingo que nos encontramos con la viña. Recordemos para situarnos: el dueño sale, a través del día a contratar trabajadores: el pago no es conforme a lo trabajado, sino según la largueza y bondad del Señor de la viña. El siguiente: ya no son jornaleros sin los hijos los invitados a colaborar; las respuestas dispares, la conclusión, que el mismo Jesús ha dejado a los escribas y fariseos, “cumplió el que fue”. ¿Algo hemos adelantado en el proceso de discernimiento, de reflexión, de superación del egoísmo? ¿Al menos tenemos, en frase de San Ignacio: “los deseos de tener los deseos” de que nuestro “ya voy, Señor”, ¿se vuelva realidad?

El canto de Isaías a la Viña, “la casa de Israel”, nos hace regresar a la primera consideración: la delicadeza, el amor, la ternura de Dios para con su Pueblo, y, extensivamente, para cada ser humano: “¿Qué más pude hacer por ti, que Yo no lo hiciera? Esperaba que dieras uvas buenas y las diste agrias”. Esmero, trabajo, confianza en la respuesta de Israel, en la respuesta de la humanidad, en mi respuesta; ¡Dios, respetuoso y expectante! Los resultados, lamentables, trágicos, destructivos: en lugar de “justicia y derecho”, “violencia y lamentos.” La reacción de Yahvé, nos admira, nos desconcierta: “derribaré la tapia, la arrasaré, será pisoteada, se convertirá en erial…”, y en verdad el Reino del Norte y luego Jerusalén fueron sometidos a la esclavitud y deportados por los asirios. ¡Hasta dónde nos llevan las consecuencias del olvido, de la negación al amor! ¿Tenemos que llegar a los límites para elevar el corazón y pedirle: “Señor, vuelve tus ojos, contempla la viña que plantaste, visítala…, ya no nos alejaremos de ti, ¿míranos con bondad y estaremos a salvo?” 

Jesús retoma el canto a la viña, recorre la historia: los profetas enviados, fueron asesinados, la súplica del Salmo ha sido olvidada, el rechazo violento al Hijo, se acerca cada vez más, será sacado fuera de la viña y morirá más allá de las murallas de Jerusalén.

La pregunta directa a los sumos sacerdotes y a los ancianos no puede tener sino una respuesta: “Dará muerte terrible a esos desalmados, y arrendará la viña a otros viñadores que le entreguen frutos a su tiempo.” Pensamiento lineal y acorde que Jesús utiliza para que reflexionen y reflexionemos: ¿descartamos la Piedra Angular o construimos sobre ella? ¿Dejaremos que el Reino nos sea arrebatado o intentaremos, con todo nuestro empeño, y, seguros de que Él “nos dará las gracias que necesitamos y ni siquiera sabemos expresar”, para producir los frutos “de justicia y de derecho”?

La delicadeza de Dios sigue en presente, y seguirá, si no se lo impedimos: “Que la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, custodie nuestros corazones y pensamientos en Cristo Jesús… busquemos lo verdadero, lo noble, lo justo, lo puro, lo amable y el Dios de la paz estará con nosotros.”

Ya no es la Viña la arrasada, sino Cristo Jesús que se dejó arrastrar hasta la Cruz y con su muerte nos dio nueva vida. “No he venido a destruir sino a construir.” ¡Constrúyenos, Señor!