viernes, 13 de septiembre de 2019

24º Ordinario, 15 Septiembre 2019.-.


Primera Lectura: del libro del Éxodo 37: 2-11, 13-14;
Salmo Responsorial, del salmo 50: Me levantaré y volveré a mi padre.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a Timoteo 1: 12-17
Aclamación: Dios ha reconciliado consigo al mundo, por medio de Cristo, y nos ha encomendado a nosotros el mensaje de la reconciliación
Evangelio: Lucas 15: 1-32

“A los que esperan en Ti, Señor, concédeles tu paz…”, y también a los que no esperan porque no te han encontrado o habiéndote encontrado tomaron otro camino.
 Pedirle al Señor que  “cumpla su palabra”, con todo respeto me parece una osadía, ¿puede acaso caber la infidelidad en Dios?, ¡nunca!; recordando la 2ª Carta a Timoteo (2: 13), nos dice San Pablo: “si somos infieles, Él permanece fiel, porque no puede negarse a Sí mismo”.

Otra, al parecer contradicción, lo que pedimos en la oración: “Míranos con misericordia”, ¿puede mirarnos de otra manera? Si alguna vez hubiera llegado a nuestras mentes la duda de que Dios siempre nos mira con misericordia, con comprensión, con esperanza, con cariño, espero se haya despejado al escuchar las lecturas de la liturgia de este domingo.

En Éxodo, con un lenguaje totalmente antropomórfico, nos presenta el hagiógrafo “la ira de Dios”, sentimiento inadmisible en nuestro Padre, manantial de bondad. Haciendo la translación, para entender un poco hasta dónde llega su amor, ese amor que ha captado vivamente Moisés, encontramos en éste volcada la interioridad del Dios invisible, pero captable a través de sus acciones. “Invita a recordar a Yahvé”, que “es su pueblo, el que sacó de Egipto…, la Alianza, la Promesa, la descendencia”; el Señor desea que calibremos las consecuencias de perdernos, como se perdió, por momentos el Pueblo elegido, y se apartó, como nos apartamos, al idolatrar a una creatura…, el final es siempre el mismo: “El Señor se apiadó y renunció al castigo con que había amenazado a su pueblo.”  Subrayo el antropomorfismo, pues Dios no amenaza, Dios no castiga, “su misericordia dura por siempre”, somos nosotros los que provocamos el vacío en la búsqueda al olvidarlo y contentarnos con / suplantaciones absurdas.

Y continúan las demostraciones de esa Misericordia inacabable. Pablo y espero que nosotros, junto con él, “da gracias a Quien lo ha fortalecido, a Jesucristo por haberlo considerado digno de confianza…, fui blasfemo, perseguí a la Iglesia, pero Dios tuvo misericordia de mí, pues obré por ignorancia… su Gracia se desbordó sobre mí –se desborda incesantemente sobre nosotros-, por Jesucristo que vino a salvar a los pecadores, yo el primero, para servir de ejemplo”. ¿Nos dice algo comprometedor esta confesión? Entonces entonemos, alegres y agradecidos, el canto que al reconocer, alaba: “Al rey eterno, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén”.

El Señor constantemente está “creando en nosotros un corazón puro, un espíritu nuevo”, para que, como Él, salgamos a buscar lo que está perdido, quizá comenzando con nuestro propio corazón; como el pastor, al que tienen sin cuidado las matemáticas, “uno” es más que “99”, ya que nada es comparable al gozo del hallazgo de lo amado. Toda la actividad el ama de casa, por “una moneda”: “Alégrense conmigo, encontré la moneda que se me había perdido”. Y la parábola, que nos sabemos de memoria: el hijo pródigo,  igual que su hermano mayor,  ambos estaban perdidos; el Padre sale al encuentro de los dos: el abrazo de cariño, de perdón, de comprensión, enlaza a todos; el joven es estrechado tiernamente, el mayor es convencido pacientemente.

¿Puede quedar alguna duda de que Dios nos ama, que Jesucristo se entregó por todos, y especialmente por “los perdidos”?

No sé dónde nos situemos cada uno de nosotros. Sí afirmo con certeza total, que me siento redimido por Cristo, amado por el Padre y comprometido con los hermanos.

¡Que el Señor nos enseñe a ser misericordiosos como Él es misericordioso!

sábado, 7 de septiembre de 2019

23º ordinario, 8 septiembre 2019.-


Primera Lectura: del libro de la Sabiduría 9:13-19
Salmo Responsorial, del salmo 89: Tú eres, Señor, nuestro refugio
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a Filemón 9-10, 12-17
Aclamación: Señor, mira benignamente a tus siervos y enséñanos a cumplir tus mandamientos.
Evangelio: Lucas 14:25-33

Bondad que ilumina, impulsa, ayuda a encontrar y a seguir el camino que conduce a la verdadera libertad, la que sabe elegir mirando el horizonte y no se deja deslumbrar por el brillo de lo inmediato, la que prefiere lo que perdura, la que saborea, desde ya, la herencia eterna; ¿cuál es esa fuente y dónde se encuentra, sino en el Señor? Esto y más encierra lo que juntos oramos en la antífona de entrada y pedimos en la oración colecta. Podemos añadir: ¡Señor que continuemos experimentando la acción de tu presencia en nuestras vidas!

El libro de la Sabiduría, no puede hablarnos sino de Sabiduría, del saborear aquello que purifica y endereza, de lo que invita a que, lo que desde nuestra experiencia conocemos, cuando no nos hemos acogido al soplo del Espíritu; entonces hemos constatado que nuestros pensamientos son insubstanciales, inseguros, equivocados, porque la brújula de nuestro ser, dejada a sí misma, con enorme facilidad desbarra. Reflexión que se convierte en súplica que corrija, guíe y asegure.  Es el camino que rotura y recorre el salmo, y nosotros con él: la vida es brevedad del sueño, es florecer caduco, es tiempo que se esfuma, pero no caerá en el vacío si tu amor, cada mañana nos llena y si tu júbilo, Señor, resuena en lo más hondo para ser sinfonía de amor con la creación entera.

En la breve carta de San Pablo a Filemón, al considerar la molestia de éste por la pérdida del “esclavo”, le hace ver que el mismo apóstol lo ha engendrado para Cristo, precisamente en la cárcel. El reenvío va acompañado con un título netamente cristiano: “recíbelo como hermano…, recíbelo como a mí mismo”. La apertura a todos, aun a aquellos que pudieran habernos causado algún mal. ¡Cómo resuena el mandato de Cristo: “ámense como yo los he amado”!

En el evangelio, San Lucas continúa presentándonos “la subida de Jesús a Jerusalén”, se encamina a completar su misión por la Pasión, la Cruz y la Resurrección. Le acompaña una gran multitud, Él aprovecha para recordar las condiciones para seguirlo de verdad: el desprendimiento de todo, la auténtica renuncia a todo, no como contraposición sino en comparación de superioridad del amor hacia Él sobre cualquier otro amor; no es negación sino relativización; el Absoluto pide fidelidad a toda prueba

Las dos parábolas ponen de manifiesto la necesidad del discernimiento, si no lo hay, las consecuencias serán nefastas: una construcción inacabada, una batalla perdida antes del enfrentamiento. ¡Qué importante saber elegir los medios y no solamente unos medios.

Los dos renglones finales reafirman la radical sentencia del Señor: “el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”. Quizá le preguntemos balbucientes: ¿y qué nos queda, Señor?, su respuesta da sentido a todo: ¡Les quedo Yo!

domingo, 1 de septiembre de 2019

22° Ordinario, 1° Sep. 2019.-


Primera Lectura: del libro del Eclesiástico 3: 19-21, 30-31
Salmo Responsorial: del salmo 67: Dios da libertad y riqueza a los cautivos.
Segunda Lectura: de la carta a los hebreos 12: 18-19, 22-24
Aclamación: Tomen mi yugo sobre ustedes, dice el Señor, y aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón.
Evangelio: Lucas 14: 1, 7-14.

Desde la antífona de entrada, descubrimos el mensaje central de la liturgia de este domingo: “la humildad”, que no es sino el reconocimiento de la verdad, sin ambages, sin segundas intenciones, en la meridiana claridad de nuestro ser, aceptado plenamente como don.

Quien pide piedad, reconoce que está necesitado de perdón y de ayuda: “Dios mío, ten piedad de mí…, Tú eres bueno y clemente y no niegas tu amor a quien te invoca.” Surge de nuevo la pregunta que conmueve mi realidad: ¿invoco sin cesar a mi Padre Bueno?, ¿a Dios misericordioso de quien todo bien procede?; si podemos darnos una respuesta afirmativa, ya estamos cerca del Señor, pero continúa nuestra súplica: “que podamos crecer en tu gracia y perseveremos en ella”.

El ser reiterativos en la reflexión, no molesta: “lo bueno, repetido, es dos veces bueno”, entonces sigamos el consejo del Sirácide; “En tus asuntos procede con humildad…, hazte tanto más pequeño cuanto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor; porque sólo el Señor es poderoso y sólo los humildes le dan gloria”. Reconocer la fuente de todo bien, recordar que somos administradores, no dueños; que no cesamos de aprender y que las lecciones y consejos nos llegan de todas partes, de modo especial de los demás; percibimos que somos “seres relacionales” en contacto constante con las creaturas, con los seres humanos, con nuestro propio yo, con el Padre de las luces. ¿Cuál es el centro de esas relaciones?: ¿mi “yo” activo pero centrado, que mide circunstancias y consecuencias, que no se engolfa en la soberbia?, ojalá sea otra vez respuesta afirmativa, de no ser así “estaremos arraigados en la maldad”, habremos cerrado las puertas y ventanas a la escucha y encorvados sobre nosotros mismos, será imposible tener ojos para los demás y para Dios. Engreimiento que mata calladamente, que aísla, que, tristemente, desprecia, rompe el “hacia Allá”; tener, y, peor aún, cultivar esta actitud, nos aleja de toda vida.

Felizmente sabemos el camino de retorno; la Carta a los Hebreos sigue iluminándonos: Dios no puede infundir temor, es un Dios festivo que ya ha escrito nuestros nombres en el cielo, que nos brinda el libre acceso para estar con los que ya alcanzaron la perfección, y recalca lo que ya sabemos: ese acceso es “Cristo Jesús, el Mediador de la nueva alianza”. Tiene que resonar en la memoria del corazón el dicho del mismo Jesús: “Nadie va al Padre si no es por Mí”. Y su invitación-ejemplo que cantamos en el Aleluya: “Tomen mi yugo, aprendan de Mí que soy manso y humilde de corazón”.

El Evangelio no es una lección de protocolo, es el resultado de mirarnos y mirar a los demás, de tomar nuestro sitio con toda sencillez y, al mismo tiempo, de no ser falsos ni calculadores. Al banquete del Reino no se entra “empujando a los otros”; ¡qué bien se adapta aquello de León Felipe!: “Voy con las riendas tensas y refrenando el vuelo, porque lo importante no es llegar antes y solo, sino juntos y a tiempo”.

La segunda lección: vivir la plenitud de la gratuidad, así como es Dios, así como la vivió Jesús: dando y dándose…, no es fácil; nos apegamos a tantas cosas, tanto a nosotros mismos, que perdemos la visión de la esperanza que da la fe: la trascendencia que aquí comienza, desde los otros: “ellos, los pobres, los marginados, los desposeídos, no tienen con qué pagarte, pero ya se te pagará, cuando resuciten los justos”.