martes 20 de marzo de 2012

5° Domingo de Cuaresma, 25 marzo, 2012.

Primera Lectura: del libro del profeta Jeremías 31: 31-34
Salmo Responsorial, del salmo 50:  Crea en mí, Señor, un corazón puro.
Segunda Lectura: de la carta a los Hebreos 5: 7-9
Aclamación:  El que quiera servirme, que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor.
Evangelio: Juan 12: 20-33.
“Señor, hazme justicia. Defiende mi causa; Tú eres mi Dios y mi defensa”. ¿Alguien nos condena para pedir justicia?, ¿alguien nos persigue para pedir defensa? ¡Ciertamente sí!

Hay enemigos al descubierto, que atacan impunemente, confiados en su fuerza y su poder, en la amplitud de sus tentáculos que llegan a nuestra propia casa y la inundan de ideas e incitaciones que proponen, por una parte, que todo es fácil de conquistar sin esfuerzo, sin sacrificio, sin compromiso; y por otra, si no lo conseguimos, que es lícita la violencia, el odio, la trampa y la rapiña, la mentira e incluso el homicidio. Basta hojear el periódico o escuchar las noticias: ejecuciones, asesinatos, robos, enfrentamientos, guerras, desavenencias, ausencia de hermandad y comprensión. Deducimos, con tristeza: ¡el mal sigue triunfando! Permanecemos tranquilos porque parecería que no nos ha afectado; pero la realidad es otra; va minando los valores, la fidelidad, la convicción, la trascendencia, la dignidad del ser humano. Nos grita, desde los cuatro puntos cardinales, que Dios no es necesario, que es patraña molesta, que sojuzga y limita, que para ser libres hemos de lanzarlo ¡a la basura!

Hay otros, aún más peligrosos: los que llevamos dentro: egoísmo, liviandad, cerrazón, soberbia, autosuficiencia, subjetivismo presuntuoso que nos nublan los ojos, peor aún, el corazón. “Defiéndeme, Señor, de mí mismo”. Si no eres Tú “mi Dios y mi defensa”, sucumbirá mi fe; ya lo he vivido; tu Alianza se me ha roto desde dentro, como a los israelitas.

¡Cumple en mí y en los que amo, la promesa que hiciste! “Pon tu ley en lo más profundo de las mentes, grábala en los corazón, que reconozcamos que Tú eres nuestro Dios y nosotros pueblo”. ¡Que llegue pronto el día en que todos, desde el más pequeños hasta el mayor, te conozcamos! Por eso te pedimos en el Salmo: “Crea en mí, crea en nosotros, un corazón nuevo”, semejante al de Cristo “que a pesar de ser Hijo, aprendió a obedecer”. Su angustia y su grito, son genuinos, humanos, piden vida, igual que nuestros gritos. ¿Los oíste? Sin duda, y con su muerte nos diste Nueva Vida, la Salvación que dura, la que saldó la deuda, la que nos encamina, seguros, a tu encuentro.

Más que gritar, aprender a mirar. Conviértenos en puentes que lleven a Jesús, como Andrés y Felipe que condujeron a aquellos griegos a la Fuente, “porque te conocían”.

Regresa a nuestras mentes esa necesidad de escucha, de guardar la Palabra y “rumiarla en el corazón”, a ejemplo de María. “Si el grano de trigo no muere, queda infecundo, pero si muere da mucho fruto”. Vuelve la paradoja, la realidad a la que la carne se resiste: “morir para vivir”. No se trata del éxito a los ojos del mundo, del “parecer” que tanto nos predican ejemplos incontables y anuncios insidiosos, sino del “hombre nuevo”, el que da fruto a los ojos de Dios.

Sabemos de memoria tu sentencia: “El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna”. ¡Cuánto enemigo llevo conmigo! ¿Despreciarme?, no es masoquismo, lo acertado: justipreciar los seres y a mí mismo; usarlos con respeto sin perder la mirada al Infinito.

La Voz que glorifica, enciende nuestros ánimos, nos sitúa en la esperanza firme de tu triunfo: “Ha llegado la hora en que el príncipe de este mundo será arrojado fuera”. Victoria sobre la muerte con tu Muerte. En el madero, ¡locura pertinaz!, está la vida.
Desde tu Cruz, Señor, abrázanos con fuerza, sólo en ella morirá nuestro egoísmo.

miércoles 14 de marzo de 2012

4° domingo de Cuaresma, 18 marzo 2012.

Primera Lectura: del segundo libro de las Crónicas 36: 14-16, 19-23
Salmo Responsorial, del salmo 136: Tu recuerdo, Señor, es mi alegría.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los efesios 2: 4-10
Aclamación: Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.
Evangelio: Juan 3: 14-21.

A mitad de tiempo de oración y penitencia, la liturgia inserta el Domingo de la Alegría: “Alégrate, Jerusalén, y todos ustedes los que la aman, reúnanse…, quedarán saciados con la abundancia de sus consuelos”. Alegría fundamental, profunda, alentadora: la razón: “Dios nos ama” y nos ama no porque lo merezcamos, no porque lo amemos como deberíamos, más bien hemos hecho todo lo posible por alejarnos de Él, por alejarlo de nosotros, sino porque “Dios es Amor”. Nos creó para mirarse en nosotros, para que lo miráramos en los otros, para que lo miráramos en nuestro corazón.

Una vez más, su Palabra, por los profetas, por los acontecimientos, por su propio Hijo, nos echa en cara la deshechura que hemos perpetrado en el mundo que nos dio, en la ruptura de las relaciones fraternas y por haber dejado en el olvido la verdadera Piedad, esa virtud que nos une íntimamente a Él.

Un padre y menos aún Nuestro Padre, no puede desear nada malo para sus hijos, pero sí le interesa que recapacitemos y que volvamos a Él por uno o por otro camino: el del desgarramiento por las desgracias o el del reconocimiento de su Amor, de su Paciencia, de su Bondad, de su llamado constante “porque tiene compasión de su pueblo y quiere preservar su santuario”. Lo inesperado, ocurre: “El Señor inspiró a Ciro, rey de los persas” y ¡ojalá nos diera escuchar de todos los jefes de los pueblos, palabras semejantes!: “Todo aquel que pertenezca al Pueblo del Señor, que parta a reedificar su Santuario”. No violencia, sino hermandad; no separatismo sino solidaridad. ¡Volver a construir el mundo, volver a construir nuestros corazones!

Es verdad: “estábamos muertos por nuestros pecados, pero Él nos dio la vida por Cristo y en Cristo”. La alegría de hoy y de siempre, tiene un fundamento sólido: “la misericordia y la compasión de Dios; no nuestros méritos sino su gratuidad”. En nuestras vidas, sin duda, hemos meditado en el contenido de la Fe: es un don recibido que busca “un encuentro personal con el Dador del don”. ¿Qué mejor momento para activarla? Si acaso la sentimos desfallecida, rogar humildemente: “¡Creo, Señor, dame Tú la fe que me falta!”

El don se hace palpable, Cristo nos lo revela, abre la intimidad del Padre y nos enseña en Sí mismo, ese amor inabarcable: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Dios no se contenta con darnos mil muestras de amor y de ternura, Él toca los extremos, nos da lo más preciado: ¡A Su Hijo! La alegría y la confianza están de nuestro lado, porque Cristo “no ha venido a condenar sino a salvar”.

Miremos hacia arriba y encontraremos no al signo que curaba sino al Hijo de Dios, al Justo traspasado que espera que a su Luz actuemos todos, y en Él nos convirtamos en serie interminable de escalones por los que el mundo y los hombres, volvamos a nuestro Principio; allá, en donde la Alegría será completa.

martes 6 de marzo de 2012

3er domingo de Cuaresma, 11 marzo, 2012.

Prmera Lectura: del libro del Exodo 20, 1-17
Salmo Responsorial, del salmo 19: Tú tienes, Señor, palabras de vida eterna
Segunda Lectura: de la primeta carta del apóstol Pablo a los corintios 1, 22-25
AclamaciónTanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.
Evangelio: Juan  2, 13-25
“Infúndenos, Señor, un Espíritu nuevo”. Lo prometiste cuando revelaras tu santidad y ya la has manifestado en Jesucristo. ¿Por qué no sentimos el viento de sus alas en nosotros? Sin tu Espíritu, ¿cómo nos sentimos? Progresamos, es cierto, pero de una manera chata, obscura y egoísta. Nos gloriamos de los triunfos técnicos y científicos, pero, ¿dónde han quedado el pensamiento, la religiosidad, los valores? Fincamos nuestro triunfo en la investigación y en el poder, en una comunicación inacabable de datos, cifras, estadísticas y predicciones con la que creemos dominar el mundo, y en vez de ser “Señores”, celosos cuidadores del ser y de los seres, nos hemos convertido en “amos” esclavizantes y soberbios.

Dudo mucho, Señor, que aceptes como realidad lo que te proponemos en la petición que elevamos: ¿“ayuno, oración y misericordia como remedio del pecado”? ¿Es que en verdad “reconocemos nuestras miserias y nos agobian nuestras culpas”? Si lo confesáramos en serio, seríamos otros a tus ojos y a los nuestros porque de inmediato nos sentiríamos “reconfortados con tu amor”. No es esta la humanidad que Tú quisiste, hemos roto tus planes; no hemos obedecido tus mandatos, tus leyes y preceptos y nos hemos encerrados como ostras, creyendo que la perla allá escondida, era en sí misma suficiente. ¿Capacidad?, nos la has dado a torrentes. Repartes con mano generosa para hacernos capaces de construir un mundo nuevo. Tu Palabra alumbra cada día, marca las mojoneras del único camino, “es vida eterna”.

Para guiar a tu Pueblo, y, con él a nosotros, entregas el Decálogo: síntesis que todo lo contiene: en verticalidad: filial adoración; en horizontalidad: fraternidad activa; en interioridad: aceptación consciente, nada queda al acaso, Tú todo lo previste, nos dejaste a nosotros la respuesta; pero sin Ti no la daremos ni personal ni colectivamente.

¿Otra nueva propuesta sin quedar marginada la primera? Sonó y sigue sonando a locura inconcebible. Ni aunque venga de Ti y se haya hecho en Cristo realidad palpable, eso de Cruz y Muerte, nos aterra, no cabe en nuestras mentes, nos repugna, por eso nos unimos al clamor del “escándalo”: ¿Cómo puede ser Dios fuerte en la debilidad? Va contra toda regla de la lógica humana: ¡lo débil no puede sostenerse! Lógica que en Cristo se nos quiebra y con Él comienza a brotar la nueva.

Nos pedías “conversión”, ahora vislumbramos el modo: audacia y reciedumbre, “¡quiten todo de aquí y no conviertan en mercado la casa de mi Padre!”. Casa que es todo el mundo, y cada hombre. ¡Qué limpieza conlleva ser “morada de Dios”!
La novedad del Espíritu que supera lo externo: oro, ropajes, edificios, ofrendas y holocaustos, que ahora exige “odres nuevos para el vino nuevo”, que ante la indignación de aquellos que confían en los ritos, ofrece el propio ser en sacrificio: “Destruyan este templo y en tres días lo reedificaré”. Anuncio que libera, que rompe las cadenas y confirma en su restauración, la nuestra.

Los discípulos tardaron en llegar, pero llegaron. A la luz de la Resurrección, se hizo luz en sus mentes: “El celo de tu casa me devora” y creyeron en Jesús y en la Escritura.

miércoles 29 de febrero de 2012

2° Cuaresma, 4 Marzo, 2012

Primera Lectura: del libro del Génesis 22: 1.2, 9-13, 15-18
Salmo Responsorial, del salmo 115: Siempre confiaré en el Señor.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los romanos 8: 31-34
Aclamación: En el esplendor de la nube se oyó la voz del Padre, que decía: “Este es mi Hijo amado: escúchenlo”.
Evangelio: Mateo 9: 2-10. 

“Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas…” ¿Podría, Quien es todo bondad y cariño, dejarnos en el olvido? Somos nosotros quienes hemos de tenerlo presente. “Con Él a mi lado, jamás vacilaré”, es Él, no yo, “quien derrotará al enemigo”. Proclives a la dispersión, no escuchamos al que está, no solamente junto, sino dentro de nuestro ser; sabedores de ello, le pedimos: “escucharlo en su Hijo y abrir los ojos para contemplar su gloria”.

Domingo de las paradojas del Amor. Cuando todo navega en mar tranquilo, el conocimiento, la afectividad, la ternura, parecen florecer naturalmente; pero que no se haga presente el sufrimiento, porque perdemos la pisada, nubes negras ocultan la frescura de la anterior mirada, el corazón se vuelve pensativo y amargo, la sonrisa se borra y pinta entre las cejas la interrogante indescifrable. ¿Qué sucede conmigo, con el otro o la otra?, todavía más, ¿dónde quedó el Otro que dice que me ama, me cuida y me protege?

Es ahora el tiempo propicio, el de volver, otra vez, al silencio que habla y que ilumina, de regresar a la actitud de escucha, de atención permanente, de confiar más allá, más lejos todavía.

Abraham no imaginaba el dolor que venía; mecía entre sus brazos “la promesa hecha carne”, fruto de sus entrañas, constatación palpable de lo que fue esperanza. De pronto, la Voz que lo estremece: “Abraham, Abraham”. Su respuesta es segura, resuena pronta y clara “sabe en Quién se ha confiado”: “Aquí estoy”, disponibilidad sin trabas, como la de Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha”. La paradoja crece, perturba el corazón y la conciencia, pero no se detiene, da el paso dolorido, de manera inmediata, incomprensible y nos muestra la realidad del que vive “colgado del Señor”. “Toma a tu hijo Isaac, al que tanto amas, vete a la región de Moira y ofrécemelo en sacrificio.” La angustia hace achicar los huesos, al ser entero. La Fe supera todo cuestionamiento: “no te entiendo Señor, es la promesa, la que Tú me entregaste, ¿y quieres que la mate?” Al Señor no se le piden cuentas, se  escucha y ama hasta lo incomprensible. No se trata de un juego, el dolor purifica, aquilata, hace ver lo invisible: “El Señor no abandona a sus fieles”. Sabemos la secuencia, Abraham no la sabía y por ello, por su actitud confiada, nos dice la Carta a los Hebreos: “Se le apuntó en justicia. Pensaba que poderoso es Dios para levantar a los muertos.” (11: 19), y no fue defraudado. ¿Cuántos Issacs he de sacrificar sabiendo que no detendrás mi brazo? ¡Auméntame la fe!

Meditando un momento con San Pablo: “¿Qué podrá separarnos del Amor del Mesías?” “Si Dios está a nuestro favor, ¿quién estará en contra nuestra?”. ¿Y todavía dudamos? 

Jesús se Transfigura, nos enseña su Gloria, porque fue el Gran Escucha; es Quien resume todo, porque su vida, paso a paso, fue de agrado del Padre; otra vez el Espejo donde hemos de encontrar, rediviva en nosotros, su figura.

La Pasión y la Muerte, - vuelve la paradoja -, son camino de Resurrección y de Vida.

No podemos permanecer en el ocio de la contemplación sin compromisos, asombrada, deleitable y gustosa. Bajemos la montaña y preparemos el diario sacrificio, aunque no lo entendamos, para resucitar. Quizá sigamos preguntando: “¿Qué querrá decir eso de resucitar de entre los muertos?”. Con Abraham respondamos, como nos pide el Padre: ¡“Escuchando”!. Ya Él se encargará de lo que sigue.

miércoles 22 de febrero de 2012

1° Cuaresma, 26 febrero, 2012.

Primera Lectura: del libro del Génesis: 9: 8-15
Salmo Reponsorial, del salmo 24:
Descúbrenos, Señor, tus caminos.
Segunda Lectura: de la pirmera carta del apóstol Pedro 3: 18-23
Aclamación: No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Evangelio: Marcos 1: 12-15. 

“Invocar al Señor, Él nos escucha, nos libra, nos sostiene”. El domingo pasado, en la lectura de Isaías, nos invitaba a volver al desierto y Él nos precede, ahí nos hablará de un amor más fuerte, más profundo, del que busca y encuentra un espejo completo en que mirarse en oración, en ayuno y en silencio. ¿De qué otra forma encontrará en nosotros su propia forma?  

Fuimos testigos de la curación interna y externa del paralítico, aprendimos lo que es la auténtica caridad: llevar hasta Cristo al que no tiene fuerzas para ir, y convencernos de que en ocasiones seremos la parte activa y en otras la pasiva, “dejarnos llevar”, saber escuchar, aprender a aprender de los demás y de nuestra parte, darnos a conocer como seguidores de Cristo, como personas que en verdad tienen la fe puesta en Él. 

El tiempo de Cuaresma proporciona, si nos metemos dentro, “que el conocer se trueque en entender cuando es querido”. Descubrir, con ojos nuevos, los signos de la Alianza, la comunión con todas las creaturas, retomar la Creación en nuestras manos, incluidos nosotros, y crecer y crecer, ya sin ninguna amenaza debida a nuestras culpas, bajo un cielo distinto con un arco brillante: Es el Señor que preside nuestros pasos y aleja todo miedo. 

Me atrevo a imaginar una leve sonrisa en Jesús, antes de su respuesta, cuando en el salmo clamamos: “Enséñanos, Señor tus caminos”. ¿Qué no lo saben, no han oído que “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”? ¡Simplemente caminen, pisen sobre las huellas que he dejado!  ¡Suban al Arca y escapen de la muerte! La entrega de mi Ser por cada uno, asegura su llegada hasta Dios. “Dejen atrás toda inmundicia y acepten el compromiso de vivir con una buna conciencia ante mi Padre”. ¡Resurrección que glorifica!  

Volvamos al espejo, al que refleja a todo ser humano que en verdad quiera serlo. La Misión se prepara en el silencio, en profundo contacto con el Padre, en la experiencia viva de ser Hombre, de tener hambre y ser tentado, de ver, en soledad, su ser rasgado, de superarlo todo, con fuerza duplicada en el Espíritu, sin apropiarse nada, para salir después, agradeciendo al Padre su constante presencia, a pregonar la libertad de vida “porque el Reino ha llegado”. 

La invitación persiste, acompañando al tiempo y al espacio, y llega, apremiante, hasta nosotros: “Conviértanse y crean en el Evangelio”. 

¡No media conversión, sino completa!, ¡ni una fe que se queda esbozada entre los labios!, sino una decisión que mira hacia el futuro, consciente de los riesgos, cada uno, “fijos los ojos en el rumbo que nos diera, ir camino al Amor, simple y desnudo”.

miércoles 15 de febrero de 2012

7° Ordinario, 19 febrero, 2012.

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 43: 18-18, 21-22, 24-25
Salmo Resposorial, del salmo 40:Sáname, Señor,pues he pecado contra ti.
Segunda Lectura: de la segunda carta del apóstol Pablo a los corintios 1: 18-22
Aclamación:El Señor me ha enviado para anunciar a los pobres la buena nueva y proclamar la liberación a los cautivos.
Evangelio: Marcos 2: 1-12. 

Liturgia de perdón, liturgia de reestructuración del hombre integral, salud que nos abraza, por eso “confiamos en el Señor, por el bien que nos ha hecho”. Reconocer es un primer paso, agradecer y actuar se siguen consecuentes: “docilidad a las inspiraciones – que son constantes -, para hacer siempre la voluntad del Señor.” 

Cierto absurdo rencor contra nosotros, inconfesado pero presente, tristeza y desánimo por haber hecho añicos nuestros planes, resultan actitudes morbosas que destruyen; oigamos lo que pide el Señor: “No recuerden lo pasado ni piensen en lo antiguo, Yo voy a realizar algo nuevo”. ¡Atención, silencio que atesora! “¿No está brotando? ¿No lo notan?” Ecología que sintoniza con la naturaleza: ¡Qué maravilla captar a la tierra que revive, sentir la savia que sube y reverdece, refrescar los oídos con murmullos del agua y la vista con desiertos que cubre la maleza! “¿No lo notan?” Todo recuerda a Dios, a Él  conduce. No hemos atendido, y, resarcir nuestro ser, es imposible; pero no para Él: “Por amor a Mí mismo he borrado tus crímenes y no quiero acordarme de tus faltas.”

El Bien desciende desde arriba, como lluvia temprana, que limpia y que da vida. La única propuesta que llega a nuestros labios: la petición confiada: “Sánanos, Señor, hemos pecado”.  

Vivir entrelazando el ¡sí! y el ¡no!, es atar al Espíritu, tachar la pertenencia e impedir el “Amén”; cerrar el horizonte de esperanza, romper la garantía y continuar vagando, desnudos, por la vida. ¡Cuánto desgasto inútil!  

La ambigüedad no es propia de los seres que aman. Un ¡Sí!, audaz y sostenido, como Cristo lo fue y lo sigue siendo, hará de nuestras vidas faro resplandeciente que invite a mucha gente a dejar las tinieblas, a vestirse de luz y a cantar con nosotros “todo el bien recibido”. 

Pobres, convalecientes y cautivos – no entre barrotes sino en egolatría -, esperan la Palabra que libera; aprender a esbozarla, y luego, pronunciarla por entero. Es Cristo, quien, siempre al lado de los hombres, se acerca con ternura, penetra los secretos y ensalza la fe que fortifica: “Viendo la fe de aquellos hombres”, - la caridad que carga con los otros, comunidad que hermana -, devuelve el brillo al alma y luego sana el cuerpo; reintegra al hombre a su esplendor primero.  

El milagro está hecho. La esperanza se alarga y consolida: “El Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados”. Una vez más el asombro se apodera de todos los presentes: “¡Nunca habíamos visto cosa igual!”  

¡Señor, yo soy un paralítico, aunque oculte el camastro! ¡Necesito a los otros! ¡Te necesito a Ti! Si no quiero moverme, incita a que me lleven y haz que lo acepte. Llegar a tu presencia, siempre presente, devolverá la paz a mis entrañas, todavía más, las que están más adentro y me darás las fuerzas para decirte: “Amén”.

martes 7 de febrero de 2012

6°Ord. 12 feb. 2012.

Primera Lectura: del libro del Levítico 13: 1-2, 44-46
Salmo Responsorial, del salmo 31: Perdona, Señor, nuestros pecados.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 10: 31 a 11: 1
Aclamación: Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.
Evangelio: Marcos 1: 40-45.
Refugio, fuerza, fortaleza y guía, ¿es Ese el Dios que me acompaña?, ¿es Él a quien invoco y le abro el corazón para que more y lo llene de rectitud sincera? Entonces sí aprendí la lección del silencio y de la escucha que me enseñó Jesús, hace ocho días; con Él, no temeré la lepra del pecado. Si ésta retornara, con humilde confianza, le rogaré de nuevo: Señor, ¿quieres sanarme? Aunque me encuentre rasgado y nauseabundo, escucharé la voz que tranquiliza: “Sí quiero, queda sano”.
Me siento a saborear el gozo que me embarga a mi regreso de este encuentro, limpio mi ser completo, y a Él mismo le pido la constancia para mostrarme, a toda hora, digno del Padre.
Entendamos la mente del Levítico, sentencia que segrega del trato afable con Dios y con los hombres. El leproso lleva a cuestas el fruto del mal y del pecado, no es digno ni de ser mirado; toda caricia huye de su lado; vagará por el mundo, la cabeza rapada, cubierto de jirones y gritando a los vientos que está contaminado. Las cuevas apartadas albergarán su llanto en soledad amarga y sin consuelo. ¿Sentimos lo que ese desdichado? La realidad molesta, nos molesta; quizá nos preguntemos: ¿es tan dura la Ley?, ¿no hay misericordia? No nos desesperemos, sigamos entendiendo la Escritura: el pueblo va creciendo en la fe y la comprensión, todavía es niño y necesita de muchas andaderas. El mal, el sufrimiento, la tristeza, no son directamente consecuencias de la repulsa personal a Dios; venimos arrastrando el resultado de un hecho histórico social que todo lo rompió; pero no quedó así, llegó Jesús, el hombre sin pecado, quien, con su ser maltrecho y traspasado, crucificó la deuda en el madero y nos volvió, limpios, al camino que conduce al Padre. No tuvo miedo de tocar las llagas, todavía más: arrancó todo aquello que nos mancha y se envolvió con ello, borró toda deuda con su sangre, para dejarnos libres y sin trabas.
Al mirar todo esto, y mirarnos por dentro, la súplica sube hasta los cielos:”Perdona, Señor, nuestros pecados”. Lo hizo y continua dispuesto: “Sí quiero, queda sano”. ¿Corremos a contar sus maravillas? ¿Nos ofrecemos a nosotros mismos como sacrificio para ser purificados? ¡Qué gozo para Él si a todos les dijéramos: “¡Sean imitadores míos como yo lo soy de Cristo!”

martes 31 de enero de 2012

5° Ordinario, 5 de febrero 2012.

Primera Lectura: del libro de Job 7: 1-4, 6-7
Salmo Resposorial, del salmo 146:  Alabemos al Señor, nuestro Dios.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 9: 16-19, 22-23
Aclamación: Cristo hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestros dolores.
Evangelio: Marcos 1: 29-39. 

Desde esta realidad concreta, en muchos aspectos desconcertante, donde brotan la interrogación y el sufrimiento, con una fe que todo lo supera, hagamos como la Antífona de entrada nos invita: “Entremos y adoremos de rodillas al Señor, creador nuestro, porque Él es nuestro Dios.”  En Él están nuestra esperanza y nuestra fuerza; si buscamos solamente  en nosotros la salida, entraremos a un callejón obscuro.  

¿Qué vemos en el mundo, en nuestro México, en la región que habitamos?: Violencia, fraternidad quebrada, brújulas locas. Esta experiencia que golpea el interior inerme, nos fuerza, al palpar esta niebla, a orar con fervor a nuestro Padre: “Que tu amor incansable nos cuide y nos proteja, porque hemos puesto en Ti, nuestra esperanza.” De ninguna manera es tomar el camino fácil, no es pasotismo que se desentiende; es todo lo contrario, ya que confiamos “en el amor incansable de nuestro Creador”, aceptamos, con ello, el compromiso de caminar a su lado, de mirar a hombres y criaturas, como Él los mira: de ser, todos los días, cristianos nuevos que sienten, como Pablo, el ansia de la vida verdadera, la que tiene por carril a Jesucristo: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!”   

Sabemos que no basta la palabra, no basta con gritar a voz en cuello que Cristo vive y que nos aguarda. Para reunir las piezas y ayudar a los hombres a rehacerse, es preciso “hacerse todo a todos a fin de ganarlos a todos”. Debilidad con debilidad es fortaleza por ser de donde viene. ¡Qué luz esplendorosa brillaría del ser de cada uno, si el faro que alumbrara cada paso fuera este!: “¡Todo lo hago por el Evangelio!” La recompensa viene por sí sola: Estar injertados en Cristo, para siempre. 

El realismo de Job nos atenaza, el hombre justo que tiene al sufrimiento como “compañero inseparable de jornadas”; el hombre que se pinta y nos pinta en la ardua batalla, que no encuentra sosiego, que cuenta los meses de infortunio y las horas de la noche, una a una, aguardando las luces de la aurora: “¿Cuándo será de día?” Parecería que la dicha hubiera huido de sus ojos y la esperanza desaparecida; pero no flaquea, la fe en Dios va hasta el extremo del soplo de la vida: “Sé que mi Redentor vive y que con estos ojos, no los de  otro, yo mismo lo veré.” (19: 17) ¡La resurrección está presente! 

Marcos, después de haber mostrado la autoridad de Jesús como Maestro y dejado en claro que ha venido a combatir al maligno, ahora, en una especie de “sumario”, un tanto hiperbólico, nos deja ver otra faceta: la de taumaturgo. Dios, en Jesús, está de nuestro lado para luchar contra el mal y el sufrimiento: primero una acción familiar: cura a la suegra de Pedro y ésta, de inmediato “se puso a servirles”, ¡gratitud activa! Luego “el pueblo que se apiña” y regresa a casa alborozado, limpio de demonios y de males.  

Después el Señor desaparece: “salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar.” ¡Lección que profundiza! Para anunciar la Buena Nueva: imprescindible el contacto con el Padre. ¿Captamos el camino de la cura de todos nuestros males? Jesús, en el silencio, se refuerza: “No hablo por mí mismo, lo que he escuchado del Padre es lo que digo” (Jn. 12: 49). Nuestra misión se nutre de la escucha de Aquel que sigue hablando y si le hacemos caso, partiremos con Cristo a “predicar el Evangelio a todo el mundo.”

martes 24 de enero de 2012

4° Ordinario, 29 enero, 2012.

Primera Lectura: del libro del Deuteronomio 18: 15-20
Salmo Responsorial, del salmo 94: Señor, que no seamos sordos a tu voz.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 7: 32-35
Aclamación: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció.
Evangelio: Marcos 1: 21-28.
Universalizamos la petición que hicimos durante la octava de oraciones por la unión de las Iglesias: “Reúnenos de entre todas las naciones y que nuestra gloria sea el alabarte.” ¿Cuál es la Gloria del Señor?: “Ámense como Yo los he amado”, y al percibir nuestra impotencia para vivir como Él lo espera, le pedimos nos conceda “amarlo con todo el corazón, pues solamente así podremos “con ese mismo amor, amar a nuestros prójimos.” Sin Él será imposible cumplir su mandamiento.
Para situarnos en la primera lectura: Yahvé Dios se ha comunicado por medio de prodigios y señales al Pueblo de Israel, éste ha experimentado de cerca su presencia, especialmente en el Sinaí y todavía tiembla: “No queremos volver a oír la voz del Señor nuestro Dios, ni volver a ver otra vez ese gran fuego, pues no queremos morir.” La imagen inmediata que aún los estremece, les impide percibir al Dios Justo, Bueno y Compasivo, y piden un intermediario, alguien que hable en el nombre del Señor, a un Profeta como Moisés. Dios, complaciente, lo acepta y en esta aceptación envuelve la promesa del Gran Intermediario: Jesucristo quien será no sólo portador de la palabra, sino La Palabra misma. Lo anunciado por Moisés, sigue vigente: “A quien no escuche las palabras que él pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas”.
¡Con qué necesidad pedimos en el Salmo!: “Señor, que no seamos sordos a tu voz.” Conscientes, aceptamos que el saber compromete; pero si no sabemos de Ti, ¿qué sabremos del mundo y de nosotros? En cambio, teniéndote en el centro de la vida, “Aclamaremos al Dios que nos salva; nos acercaremos con júbilo y sin miedo”. La visión ha cambiado, el gozo se acrecienta porque “Tú eres nuestro Dios y nosotros tu pueblo”. Esta verdad vibrante hará imposible que el corazón se endurezca.
El domingo pasado San Pablo advertía: “El tiempo apremia” y “este mundo que vemos es pasajero”; congruente a su palabra va su ejemplo: “Vivir constantemente y sin distracciones en la presencia del Señor, tal como conviene”. En Corinto sonó a sorpresa, y aun ahora sigue sonando, la invitación al celibato, a la virginidad, precisamente para “vivir sin preocupaciones, ocupados en las cosas del Señor”. Entendámoslo bien: la vocación es personal, el camino de realización se multiplica, ni la más mínima sombra de desprecio por el matrimonio; es otra vía de santificación y crecimiento, lo que importa es “vivirla en presencia del Señor”.
En el Evangelio, San Marcos, después de narrarnos la vocación de los primeros discípulos, presenta, escuetamente, como suele, pero con precisión, a Jesús Maestro. Entra en la sinagoga y “se pone a enseñarles”. Para eso ha venido y lo cumple. De inmediato resuena la primera lectura: “Haré surgir de en medio de ustedes un Profeta”. Los presentes lo oyen y se admiran. En ese mismo sitio ha habido muchas voces, pero ahora encuentran la Palabra, de ahí su exclamación: “Habla como quien tiene autoridad y no como los escribas”.
Los maestros de la Ley, hacían referencia a maestros anteriores, Jesús no necesita eso, su fundamento es el Autor de la Ley y de la Alianza; es la Escritura viva: porque “aprendió a escuchar” y eso transmite: “Lo que el Padre me enseñó, es lo que digo”. (Jn. 8:28) “Les doy a conocer todo lo que le he oído al Padre”. (Jn. 15: 15) y vuelve a resonarnos la primera lectura: “A quien no escuche las palabras que él pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas” ¡.Señor, haznos escuchas!
Una última referencia: dice San Agustín “los demonios también creen y tiemblan”, reconocen, ya tarde, al Señor: “Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús lo calla y lo expulsa. El demonio, con violencia, se retira; un rumor estupefacto se levanta: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta? Este hombre tiene autoridad para mandar a los espíritus inmundos y le obedecen.”
Te pedimos, Señor, que expulses a los “demonios” que nos cercan y que nuestros corazones tengan siempre presente lo que hace tantos años nos recuerda el Concilio Vaticano II: “Acompañen la oración a la lectura de la Sagrada Escritura, porque a Él hablamos cuando oramos, y a Él oímos cuando leemos las palabras divinas”. (Dei Verbum # 25)

lunes 16 de enero de 2012

3° Ordinario. 22 enero 2012

Primera Lectura: del libro del profeta Jonás 3: 1-5, 10
Salmo Responsorial, del salmo 24: Descúbrenos, Señor, tus caminos.
Segunda Lectura: de la primera carta del  apóstol Pablo a los corintios 7: 29-31
Aclamación: El Reino de Dios está cerca, dice el Señor; arrepiéntanse y crean en el Evangelio.
Evangelio: Marcos 1: 14-20.
¿Proseguimos entonando el cántico al Señor? ¿Cuánto tiempo dedicamos a contemplar el esplendor de su belleza? ¿De verdad nos dejamos cautivar por su presencia? Son preguntas que nos hacen adelantar la reflexión a la que nos invita San Pablo en el pequeño fragmento de la Carta a los Corintios: “El tiempo apremia”, el tiempo sigue, y nosotros con él; no cambia, todas las horas del reloj son iguales, en ritmo acompasado, repetido y sin repetirse, camino circular que no termina. Avanza sin saberse, regresa y recomienza; cronos imperturbable que nos lleva en sus alas, ¿hacia dónde?
No es tanto este tiempo el que interesa, sino el “kairós”, el momento oportuno, la respuesta atinada, la dirección exacta, la decisión valiente, la que, midiendo el riesgo, se atreve a recorrerlo, y al hacerlo, sale de la rutina empantanada y traza una senda lineal que toca el cielo.
Jonás lo había entrevisto, ese “kairós” de Dios, y tuvo miedo; huyó temporalmente, pero el Señor persigue hasta alcanzar. Jonás acepta ser portavoz de destrucción y muerte: “Dentro de cuarenta días Nínive será destruida”. Se apropió la palabra y una ilusión morbosa lo envolvió, se quedó con el “cronos” y olvidó el “kairós”. Se llenó de tristeza por el fracaso de sus predicciones; pero Dios no es así: “viendo sus obras y cómo se convertían de su mala vida…, no les mandó el castigo”, se mostró como ES, con designios de paz y de perdón. Los ninivitas captaron que el “kairós” es exacto, y lo aceptaron. Pensemos un momento: ¡Cuánto “kairós” perdido en nuestro “cronos”!
La súplica del Salmo nos anima: “Descúbrenos, Señor, tus caminos”, porque solos, nos perdemos en una absurda maraña de deseos; Contigo, en cambio, hermanaremos el tiempo y la distancia. Nuestros pasos serán eternidad presente, “porque este mundo que vemos es pasajero”. ¡Alcánzanos, Señor, haz que lleguemos!
El eterno “kairós” ya se ha cumplido. Jesús, “en Quien el Padre encuentra todas sus complacencias”, está entre nosotros, y sale a nuestro encuentro, y nos llama, igual que a sus discípulos Simón, Andrés, Santiago y Juan. No es necesario el diálogo, la Presencia lo suple y lo supera. La vocación es clara: “¡Síganme!” En sus interiores se desató un viento de aceptación y de obediencia. La Prestancia de Aquel que agrada al Padre, de alguna forma se hizo transparencia, y “dejándolo todo, lo siguieron”.
El futuro es inédito, todavía incomprensible: “Los haré pescadores de hombres”. No se preguntan: ¿qué quieres de nosotros? Comprenderán -¿comprenderemos?- que no busca sus cosas, sino su ser entero, disponible, para esparcir la Nueva de la paz, de la concordia, hasta entregar la vida por el Reino.
Repitamos la Oración y que el Espíritu nos levante en vuelo: “Conduce nuestra vida por el camino de tus mandamientos para que, unidos a tu Hijo amado, podamos producir frutos abundantes.”

martes 10 de enero de 2012

2° Ordinario. 15 enero, 2012.

Primera Lectura: del primer libro del profeta Samuel 3: 3-10, 19
Salmo Responsorial, del salmo 39:  Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 6: 13-15, 17-20
Aclamación: Hemos encontrado a Cristo, el Mesías. La gracia y la verdad nos han llegado por él.
Evangelio: Juan 1: 35-42.
El Señor ha venido, se ha manifestado al pueblo de Israel, más aún, su Epifanía ilumina a todos los hombres. El esperado, se hace presente en la plenitud de los tiempos. Los que lo reciben, son llamados “hijos de Dios” e invitan a la tierra entera a que entone himnos a su gloria. ¿Se unen nuestras voces a este canto?
Si es así, nos mediremos desde la mirada paternal de Dios y nuestros días transcurrirán en su paz. ¿Qué más desea desear una creatura?
Comenzamos hoy el “ciclo ordinario”; 34 semanas en que seguiremos, paso a paso, las acciones, los dichos, la enseñanza, la voz de Jesucristo. Escucharlo, mirarlo y admirarlo, hará resonar en nosotros su reclamo: ¡Conóceme, acéptame, sígueme!
La primera lectura es anuncio, ejemplaridad, obediencia en una fe naciente, verdadero abandono, disposición para que el Espíritu del Señor halle morada. Tres veces Samuel se muestra solícito al servicio del sacerdote Elí: “Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste”? Tarde, pero al fin Elí comprende que otra Voz es la que llama y en su propuesta abre el camino a la oración cristiana: si otra vez te llama, responde: “Habla, Señor, tu siervo te escucha”. ¡Silencio, interioridad, atención a las mociones; percibir lo inimaginable: Dios de verdad nos habla! Para oírlo necesitamos acallar muchas voces que distorsionan la Voz de la Palabra. “Samuel creció y el Señor estaba con él”. ¡Nacidos para ser portadores de Dios!
El Salmo acrecienta el compromiso, si brota desde dentro: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Reconocemos creaturidad y filiación: “Lo que deseo: tu ley en medio de mi corazón”. Dios ya se ha inclinado hacia nosotros y ha puesto el canto nuevo en nuestros labios; en Cristo aprenderemos la letra y la tonada: “Aquí estoy”.
Aunque el Señor nos hable en otras voces, “de su Voz semejanza”, no basta la inactiva paciencia, nos apremia el salir a su encuentro, soltar las inquietudes, que los pasos persigan al que Juan señalaba como “El Cordero de Dios”, que la inquietud lo alcance y los labios pronuncien, titubeantes, la primera pregunta: “¿Dónde vives, Rabí?” Su respuesta atañe a todo hombre: “Vengan a ver” Y fueron y hallaron la paz y la amistad,
la verdad que contagia.
“Escuchar” significa ponerse a disposición de Dios. “Ver”, no es más que abrir los ojos y responder con fe. “Ir”, es salir de nosotros, dejar el territorio y encaminar la vida hacia donde el Señor quiere. “Seguir”, denota esfuerzo, peregrinar renunciando al propio mapa. “Quedarse” con Jesús es estar en comunión con Él, pedir y permitir la transformación en discípulo para que Él viva en nosotros y su Espíritu nos convierta en ecos creíbles de la Buena Nueva, “miembros vivos de su Cuerpo y Templos del Espíritu para glorificar a Dios con todo nuestro ser.”

martes 3 de enero de 2012

Epifanía, 8 de enero 2012.

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 60: 1-6
Salmo Responsorial, del salmo 71: Que te adoren, Señor, todos los pueblos.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los efesios 3: 2-3, 5-6
Aclamación: Hemos visto su estrella en el oriente y hemos venido a adorar al Señor.
Evangelio: Mateo 2: 1-12.

“¡Miren, ya viene el Señor de los ejércitos! En su mano están el Reino, la Potestad y el Imperio.”

Mirar constantemente, descubrir los signos, encontraremos siempre lo que consolida la fe. Iluminados por esa fe, no perderemos el camino para llegar a contemplar, “cara a cara”, la hermosura de su Gloria.

Este pasaje de San Mateo es ¿una historia real o es un cuento de niños? Es un cuento, lleno de cariño del Niño Dios para los niños del Reino.

Mateo narra al modo oriental enseñando que ese Niño ante el que se postran hombres venidos de lejanas tierras es el mismo del que habla Isaías. Y al mismo tiempo nos enseña lo mismo que Juan va a decir en el prólogo de su evangelio: “Que vino a los suyos (los judíos) y no le recibieron”. Ninguna autoridad religiosa o civil se postra ante el Niño Dios, solo aquellos Magos venidos del Oriente.

Mateo hace Teología, y la Teología es necesariamente “ciencia de los niños”, de esas gentes sencillas y humildes, de esos pequeños, a los que el Padre les revela los infinitos misterios guardados por siglos eternos en su corazón de Dios: “Te doy gracias, Padre, porque has revelado estas cosas a los sencillos y humildes”

Para entender y entrar en el Reino de los cielos tenemos que hacernos como niños, allá no puede entrar nadie que no nazca de nuevo comenzando por ser niño otra vez. La Teología no cabe en programas de computadoras. Se estudia de rodillas, como los Magos se pusieron ante el Niño.

Hoy es el día de las estrellas. Día de la ilusión del que cree en lo maravilloso, del que entiende el asombro que hay en aquel dicho japonés: “Cuando una flor nace, el universo entero se hace primavera”. Día del que sabe apreciar la grandeza de lo pequeño. Del que no desprecia la luz vacilante de la estrella de la Fe, y sabe aceptar en un Niño a Dios, y con alegría se pone a sus pies y le entrega todo lo que tiene, como los Magos.

Cuantos hombres han querido ver a Dios a la luz del sol de mediodía y no han conseguido más que quemarse la retina, sin caer en la cuenta que Dios es demasiada luz para que quepa en nuestro entendimiento y que necesitamos de la mediación de la estrella de la Fe para llegar a Él sin abrasarnos. A veces decimos que nos falta Fe, lo que nos falta es sencillez de niño para aceptar la estrella que lleva a Dios y aceptar a Dios bajo la forma de Niño.

San Ignacio nos invita a entrar en casa de José y María, junto con los Magos y que hablemos con el Niño Dios. Y le digamos: “Señor, también yo vengo caminando por el desierto de la vida, tratando de seguir la estrella de la Fe, pero se me oculta con frecuencia. Y sin embargo aquí me tienes creyendo en Ti como en mi Dios. No me da vergüenza admitirlo, aunque muchos lo nieguen.

Yo no tengo nada que ofrecerte como estos Reyes. Sólo te entrego en propia mano mi carta a los Reyes. Como eres pequeño y no sabes leer te digo lo que te pongo en ella: Te pido que me hagas niño. Niño que se confíe totalmente a su Padre, Dios. Niño que crea y espere en Ti sin límites. Niño que pase por el mundo dando cariño y sonrisas, y confiando en que hay todavía bondad en los hombres de buena voluntad.

Agranda la puerta, Padre, porque no puedo pasar. La hiciste para los niños, yo he crecido a mi pesar. Si no me agrandas la puerta, achícame por piedad. Vuélveme a la edad bendita en que vivir es soñar.

sábado 31 de diciembre de 2011

Santa María, Madre de Dios. 1° Enero 2012

Primera Lectura: del libro de los Números, 6: 22-27
Salmo Responsorial, del salmo 66: Ten piedad de nosotros, Señor, y bendícenos.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los gálatas 4: 4-7
Aclamación: En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres, por boca de los profetas. Ahora, en estos tiempos, nos ha hablado por medio de su hijo.
Evangelio: Lucas 2: 16-21.
Aclamamos a María, Madre de Dios por haber aceptado, con su “¡fiat!, ser la Madre de Jesús, el Hijo Eterno del Padre, el Engendrado antes de los siglos pero que quiso, conforme al designio de Dios, comenzar a ser lo que nunca había sido: hombre, sin dejar de ser lo que siempre ha sido, es y seguirá siendo: Dios.

María en su fe, en su obediencia, en la confianza sin medida, se convierte en el Puente para que el Salvador, el Mesías anhelado, viva como uno de nosotros, en todo igual, menos en el pecado. Continuamos ante el misterio insondable del Amor de Dios por nosotros, palpamos su cercanía: El invisible, se hace visible en Cristo Jesús.

El acto de fe que tiene como actitudes fundamentales el conocer y el confiar, cree no por la Veracidad de Aquel que lo comunica: María, Madre de Dios, ¿quién podría, desde el proceso “racional”, penetrar esta maravilla?, en verdad “hay razones del corazón que la razón no entiende”, y menos aún si provienen del “Corazón de Dios”.

La Bendición que escuchamos en el Libro de los Números, nos alcanza a todos los que confiamos y queremos confiar en Dios: bendición que va acompañada de multitud de favores, de protección, de sincero interés para que progresemos, pero sobre todo de Paz. Bendición que necesitamos, no solamente para los días aciagos, sino para cada momento de nuestra existencia; ya nos advierte el mismo Señor: “invoquen así mi nombre y Yo los bendeciré”. Nos perdemos en mil vericuetos internos y externos y olvidamos que la salvación la tenemos al alcance del corazón y de los labios.

San Pablo enuncia, sin más: “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos”. Antes fue promesa de herencia, ahora, en Cristo, por María, ya es realidad; liberados de cualquier atadura para poder decir, sin miedo, con asombro, a Dios: “¡Abba!”, es decir: Padre. De siervos a hijos, de hijos a herederos en virtud de la gratuidad de Dios.

María, que a ejemplo tuyo, sepamos “guardar los recuerdos en el corazón”, eso nos posibilitará, un día, la magnitud de su comprensión; es lo que ha hecho la Iglesia: descubrir en Navidad y en la Pascua, que es en la debilidad donde actúa el poder de Dios. Como los pastores, seamos audaces para proclamar cuanto hemos recibido de parte de Dios en Jesucristo

miércoles 21 de diciembre de 2011

Natividad del Señor, 25 diciembre 2011.

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 9: 1-3
Salmo Responsorial, del salmo 95: Hoy nos ha nacido el Salvador.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a Tito 2, 11-14.
Aclamación:  Les anuncio una gran alegría: Hoy nos ha nacido el Salvador, que es Cristo, el Señor.
Evangelio: Lucas 2, 1-14

¡El tiempo se ha cumplido! “Tú eres mi Hijo, hoy te engendré Yo”. Luz, Vida, Esperanza, Camino, Verdad, Paz, Guía y podríamos continuar sin parar, enumerando los atributos-realidades que no son de Cristo, son Cristo mismo.
A pesar de tanta confusión o precisamente por ella, la humanidad entera está hambrienta de luz y de verdad, de fraternidad, de gozo, paz y serenidad.
El misterio de la interioridad del hombre dejará de serlo cuando aceptemos el misterio de Dios hecho Hombre que esta noche se nos hace patente y nos invita a recorrer el camino de regreso a la gloria del Padre; entonces dejaremos de ser misterio para nosotros al sumergirnos, inundados de su luz, en el misterio de Dios.
Para cosechar necesitamos haber sembrado, para repartir el botín, debimos haber vencido. Cristo nos provee de semilla abundante, de armas imbatibles para la lucha “que no es contra hombres de carne y hueso, sino contra las estratagemas del diablo, contra los jefes que dominan las tinieblas, contra las fuerzas espirituales del mal”. Revistámonos con ellas: “el cinturón de la verdad, la coraza de la honradez, bien calzados y dispuestos a dar la noticia de la paz, embrazado el escudo de la fe que nos permitirá apagar las flechas incendiarias del enemigo; el casco de salvación y la espada del Espíritu, es decir la Palabra de Dios” (Ef. 6: 12-17), solamente así conseguiremos que su Humanidad engrandezca la nuestra.
¡Increíble: un Niño “ha quebrantado el yugo que nos esclavizaba”! ¿No es absurdo, una vez libres, regresar a las ataduras? Abramos ojos y oídos para escuchar al “Consejero admirable, a Dios poderoso, al Padre amoroso, al Príncipe” que viene a reinar “en la justicia y el derecho para siempre”; ofrezcámosle como trono inicial, la interioridad de nuestro ser.
Hoy todo ha de ser canto, proclamación, alegría y regocijo porque “nos ha nacido el Salvador”. Viene el que ES la Gracia, con Él aprenderemos a vivir en constante religación, a renunciar a los deseos mundanos, a ser sobrios, justos y fieles a Dios, a practicar el bien. Verdaderamente no tenemos excusa si actuamos de otra forma.
Hagámonos, como dice San Ignacio en la contemplación del Nacimiento, “esclavitos indignos” y extasiémonos mirando a las personas, escuchando sus palabras, rumiando en nuestros corazones la grandiosidad en la pequeñez, el incomprensible silencio de “Aquel por quien fueron hechas todas las cosas, y sin Él nada existiría de cuanto existe”. (Jn.1: 3). Pidamos que entre con toda su fuerza y rompa nuestra ansia loca de tener sin tenerlo a Él. Verdaderamente “nos enriqueció con su pobreza”
No podemos menos de unirnos al coro de todo el universo para entonar el Himno de la Gloria, de la Alegría, de la Paz porque Dios en su Hijo Jesucristo, hermano nuestro, ha rehecho nuestros corazones, nuestros ideales y orientado hacia Él nuestras vidas.

lunes 12 de diciembre de 2011

4º Adviento, 18 Diciembre, 2011.

Primera Lectura: del segundo libro del profeta Samuel 7: 1-5, 8-12, 14, 16
Salmo Responsorial, del salmo 88: Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor.
Segunda Lectura: lectura la carta del apóstol Pablo a los romanos 16: 25-27
Aclamación: Yo soy la esclava del Señor; que se cumpla en mí lo que me has dicho.
Evangelio: Lucas 1: 26-38.
 ¿No nos sentimos, como dice el Salmo 63:2: “como tierra agostada, sedienta, sin agua”?, pues repitamos la plegaria-deseo que recitamos en la Antífona de Entrada: “Destilen, cielos, el rocío, que la nubes lluevan al Justo, que se abra la tierra y germine al Salvador”. Oteamos el horizonte y observamos que las nubes están cuajadas de esperanza, que la tierra ya se ha refrescado con el mejor Rocío, que se ha abierto la tierra y está entre nosotros “El Deseado de los collados eternos”: Jesucristo.

Jesús, anuncio prometido y realizado; lo hemos conocido y queremos seguirlo conociendo; Como seres eminentemente sensibles, no deja de estrujarnos el contenido de nuestra petición: “que por su Pasión y su Cruz, lleguemos a la gloria de la Resurrección”. La verdad es que su Pasión inició con la Encarnación y prosiguió durante toda su vida mientras convivió con los hombres, y lo sigue haciendo aunque no lo merezcamos. Si a nosotros nos cuesta trabajo la relación interpersonal, maginemos lo que le costó a Él la incomprensión, el desaire, la indiferencia, pero siguió adelante. A base de oración, de contemplarlo y pedirlo, alguna vez llegaremos a aceptar que la muerte es el camino hacia la Resurrección, que “sin efusión de sangre, no hay redención”, (Hebreos 9: 22), y a superar nuestra lógica inmediatista y encerrada para que veamos la claridad del horizonte que supera todo horizonte. Aceptar a Jesús es aceptarlo “todo entero”, sin exclusiones, sin convencionalismos, en la radicalidad de su amor, de su obediencia al Padre, de su entrega ilimitada.

¿Quién sino el Espíritu nos podrá conceder “fuerzas para vivir el Evangelio”? y “dar gloria al Dios infinitamente sabio, por Jesucristo nuestro Señor”.
“Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios, para Dios no hay imposibles” (Mt. 19: 26) ¡Cómo lo constatamos en la lectura del Evangelio de hoy! En María y con ella, pasamos del asombro a la pregunta, a la escucha, a la disponibilidad absoluta de un corazón que no pone trabas a la “invitación del Espíritu”

Culminemos con Ella la preparación de este santo Advenimiento; Ella es el mejor ejemplo, de cuantos desearíamos, para dejarnos en las “manos de Dios”.
La Fe no se basa en la claridad del contenido del comunicado sino en la entera confianza depositada en el Comunicador, y todavía más, cuando nos hace partícipes de la decisión amorosa, compasiva, eficaz de la Trinidad: “El Señor Dios le dará el trono de David su Padre…, el Espíritu te cubrirá con su sombra…, el Santo que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios.”

¡Nuestro Padre Dios se nos entrega en su Hijo Jesucristo!, que nos cubra de nuevo el asombro de lo incomprensible, que, en medio de nuestras tinieblas, se hace Luz; jamás desde nosotros, pero sí en nosotros, si, como lo hizo María, nos atrevemos a decir: “Cúmplase en mí lo que has dicho”.

Que esa “fuerza del Espíritu”, que hemos recordado, nos vuelva atentos escuchas de lo que Dios quiere de cada uno de nosotros, y como María, lo llevemos a cabo.

martes 6 de diciembre de 2011

3° Adviento, 11 Diciembre 2011.

Primera Lectura: del libro de Isaías 61: 1-2, 10-11
Salmo Responsorial, de Lucas 1: Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los tesalonicenses  5: 16-24
Aclamación: El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres.
Evangelio: Juan 1: 6-8, 19-28. 

En medio de la preparación austera del Adviento, hoy escuchamos el grito de Alegría, tanta, que la liturgia sugiere utilizar ornamento color rosa; la razón, la hemos estado viviendo: ¡El Señor está cerca!
“Mira Señor a tu pueblo que espera con fe el nacimiento de tu Hijo…, concédele celebrar este gran misterio con un corazón nuevo y con inmensa alegría”. El Misterio seguirá siendo misterio: ¡Dios hecho hombre!, y, por más que intentemos comprenderlo, jamás lo lograremos, ¡nos sobrepasa! El gozo brota del testimonio Increado del Padre, de Jesús que, viendo junto con el Padre y el Espíritu Santo, la desorientación en que se encontraba la humanidad entera, acepta comenzar a ser lo que nunca había sido: hombre, sin dejar de ser lo que siempre ha sido y será: Dios. “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Único, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna”, como atestigua el mismo Jesús en Jn. 3: 16. Así se vio realizada la súplica del profeta Isaías: “Cielos, destilen el rocío, nubes derramen al Justo, ábrase la tierra y germine al Salvador, y con Él, florezca la justicia”. (45: 8)
El mismo profeta anuncia lo que acontecerá en Jesús: “El Espíritu del Señor me ha ungido y me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres, a curar a los de corazón quebrantado, a proclamar el perdón a los cautivos, la libertad a los prisioneros y a pregonar el año de gracia del Señor”. ¿No es esto causa de una profunda y duradera alegría?, ¿quién de nosotros no tiene el corazón quebrantado?, ¿quién no necesita la liberación? La promesa se ha cumplido, los brotes de la Alianza, han aparecido por todas las naciones. “Año de Gracia”, reiterativo, presente, sin término, “para que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento del Señor”.
María nos acompaña y en su cántico encontramos la forma de presentarnos ante nuestro Padre: “Mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador”, porque ha reconocido la realidad de su creaturidad y desde ella brilla la fuerza arrasadora del Espíritu, la transformación sin límites, la aceptación de ser aceptada. Esa presencia la invoca Pablo: “Estén alegres, esto es lo que Dios quiere en Cristo Jesús…, no impidan la acción del Espíritu Santo…, disciernan todo, pero quédense con lo bueno”, no viene de ustedes –de nosotros- la capacidad, sino de “Aquel que es fiel y cumplirá la promesa”.
La pregunta que hacen las autoridades a Juan el Bautista, deberíamos hacérnosla a nosotros mismos: “¿Qué dices de ti, quién eres tú?” La honestidad, la verdad que libera, brota espontánea: “Soy la voz del que clama en el desierto”. Nada de atribuciones falsas, todo es ausencia de soberbia; todo es claridad. Sólo soy una voz, pero la Palabra viene detrás, más aún “ya está en medio de ustedes”. Una voz sin palabra es incomprensible, es grito, es alarido, es queja; en cambio, articulada, consciente, como expresión de la Palabra, se transforma en luz, en advertencia, en profundidad y en compromiso. Sólo es posible pronunciarla en total adherencia e identificación con Ella; con la humildad del reconocimiento de su origen, y después, retirarse para que, en el silencio de los interiores, resuene salvadora y santificadora. ¿Somos voces que anuncian y preparan el constante sonar de la Palabra? El Agua del Espíritu, está lista, ¿encontrará dispuestas nuestras almas?