sábado, 10 de noviembre de 2018

32º Ordinario, 11 Noviembre, 2018.-.


Primera Lectura: del primer libro de los Reyes 17: 10-16;
Salmo Responsorial, del salmo 145: El Señor siempre es fiel a su palabra
Segunda Lectura: de la carta a los hebreos 9: 24-28
Aclamación: Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Evangelio: Marcos 12: 38-44.

Con la imaginación podemos ver a nuestro Padre Dios, sonríe  amablemente,   cuando le decimos: “que llegue hasta ti nuestra súplica; acoge nuestras plegarias”. Sonrisa que confirma que de verdad hemos orado, hemos dirigido confiadamente hacia Él nuestra oración. Multitud de respuestas, venidas desde su Palabra, llenan nuestra memoria: “Pidan y recibirán, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá”. (Mt. 7:7). “Aunque una madre olvide al hijo de sus entrañas, Yo no me olvidaré de ti”. (Is. 49:15). “El Padre sabe de antemano lo que ustedes necesitan”. (Mt. 6: 32), ¿puede caber alguna duda de que nos oye, de que nos tiene presentes? Al permitir que esta esperanza  se convierta en viva realidad en nosotros, actuaremos acordes a lo pedido, unidos a toda la Iglesia: aprender a “dejar en tus manos paternales todas nuestras preocupaciones”, y, a “entregarnos con mayor libertad a tu servicio”. ¿Dónde estaremos más seguros y de dónde obtendremos la gracia para ser congruentes y enlazar necesidad, súplica y actuación?

Las lecturas de hoy nos presentan espejos donde podamos mirarnos de cuerpo entero, encontramos  seres que nos interpelan valerosamente, si los consideramos con sinceridad  harán estremecernos  al constatar el abismo que hay entre nuestro querer y nuestro ser, entre el deseo y la realización, y nos acicatean para reducir la distancia entre el aquí y el hacia allá, nos hacen palpar cómo viven aquellos que están “colgados de Dios”, y, por eso, son capaces de mirar antes al otro que a sí mismos. ¡Cómo necesitamos experimentar, sin miedo, con audacia, el desprendimiento y la confianza! Creer en serio, como lo vivió Pablo: “que hay más gozo en dar que en recibir”, (Hech. 20: 35), como la viuda de Sarepta, que no dudó en servir primero al profeta Elías con lo último que le quedaba, dispuesta a morir junto con su hijo; confió y no quedó defraudada. Percibió, de alguna manera, que “El Señor es siempre fiel a su palabra”, y “ni la harina faltó ni la vasija de aceite se agotó”. ¡Descúbrenos, Señor, tus caminos, porque el ansia de seguridad, de guardar lo que creemos tener, impide la aventura de crecer!

Jesús, en el Evangelio, nos muestra cómo analizar las acciones, cómo enriquecernos al mirar con ojos nuevos a los demás: “El Señor no juzga por las apariencias” (Is. 11:3), ve las intenciones del corazón: “Esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobraba; pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir”. Dos moneditas, las de menor valor, no aumentarían el tesoro.. Jesús no exalta la eficacia del hecho sino la grandeza de corazón y la confianza. Volver al espejo y preguntarnos: ¿qué damos y con qué intención?

El último espejo, el perfecto, el que refleja la imagen del Padre: Cristo Jesús, fiel a una misión incomprensible sin fe y sin amor. Él no da pan, agua, monedas, va siempre más allá, a donde quiere que lo sigamos; se da Él mismo de una vez para siempre, no para incrementar el tesoro del templo, sino para purificarnos de toda mancha, para abrir las puertas del Templo Eterno, para volver por nosotros “que lo aguardamos y ponemos en Él nuestra esperanza”.

Tres espejos para analizar el reflejo de nuestra vida, para medir nuestras intenciones, para que, con la ayuda del Espíritu, “quitemos de nosotros toda afección que desordenada sea”.

Invitación que clama: ¡Abandona el simple parecer y abrázate al ser!

domingo, 28 de octubre de 2018

30° Ordinario, 28 Octubre 2018.-.


Primera Lectura: del libro del profeta Jeremías 31: 7-9
Salmo Responsorial, del salmo 125: Cosas grandes has hecho por nosotros, Señor
Segunda Lectura: de la carta a los hebreos 5: 1-6
Aclamación: Jesucristo, nuestro salvador, ha vencido a la muerte y ha hecho resplandecer la vida por medio del Evangelio
Evangelio: Marcos 10: 40-52.

Buscar, aunque sea a tientas, con la mente y el corazón puestos en la meta. No podemos caminar por la vida sin una meta precisa, nos perderíamos. Quien siente la inquietud de llegar, pondrá los medios para conseguir lo anhelado, no solamente unos medios, Tenderá la mano y encontrará seguridad de donde asirse. La presencia del Señor es visible aun en la obscuridad más densa; intentemos hacer real la antífona de entrada: “Busquemos continuamente su presencia”.

Colgados del amor, en alas de la fe y de la esperanza, nos sentiremos como flechas lanzadas por el Arquero experto que nos oriente al centro mismo de los seres, a Dios, que nos espera para dársenos a Sí mismo, no como premio, sino como don gratuito, que llena, que rebosa, que transforma en luz nuestras tinieblas; completará así el círculo perfecto, salimos de Él y a Él volvemos. “Los cantos de alegría y regocijo” son prenda clara de que el Camino sale a nuestro encuentro. Es un Camino amplio, todos caben; el Corazón de Dios es grande, acoge a todos los que sufren: “cojos, ciegos, mujeres en cinta y aquellas que acaban de dar a luz”. Es un Camino llano y sin tropiezos, es la mano buscada y encontrada, es el cariño del Padre que funde, en un abrazo inacabable, a todo ser humano que acepte reconocerse como hijo.

No es sólo Israel, el Pueblo liberado, somos también nosotros, que miramos y admiramos “las grandes cosas que ha hecho por nosotros”; ha roto cadenas más pesadas que las de la esclavitud, de la lejanía, de la ilusión quebrada, del horizonte oculto a la mirada, del alma solitaria; ha roto las cadenas del olvido y se ofrece a romperlas sin cansarse, para formarse un Pueblo nuevo, limpio de pecado. Regresarán la risa y la alegría, las que superan todos los pesares, porque al levantar los ojos, miraremos los campos florecidos, las espigas fecundas, las aguas abundantes y claras.

Lo que fue signo y promesa en la voz del profeta, se torna en plenitud palpable en Jesucristo; ya no serán sacrificios de corderos, ni incienso, ni cantos de alabanza agradecida, sino la Sangre de Aquel que nos conoce y que no duda un instante en ofrecerla para que sirva como riego fecundo y nos lave por dentro; el nuevo y eterno sacerdocio ha quedado instaurado: “Tú eres sacerdote eterno como Melquisedec”.

El sacerdocio antiguo pedía primero perdón por sus pecados; Jesús, el único Justo, “el Hijo, eternamente engendrado”, la transparencia misma, en el que todo es gracia, el que nos lleva al Padre, se entrega libremente y es, a un mismo tiempo, Víctima, Sacerdote y Altar; con Él “el retoño renace” y nos pide, simplemente: ¡ayúdenlo a crecer!

Son del mismo Jesús los pasos que resuenan muy cerca de nosotros; como Bartimeo, sentados al borde del camino, escuchemos, desde la obscuridad, la mano que anhelamos, la que salva y levanta, y gritamos sin miedo: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!” Nos urge la  insistencia de una fe que confía, que no hace caso de aquellos que la quieren callar. Imploramos más fuerte. Sabemos que Jesús siempre atiende al que con fe lo invoca. Seguimos escuchando: “¡Ánimo!, levántate, porque Él te llama”.  Arrojamos el manto, todo aquello que estorba nuestro encuentro; damos el salto decidido hacia la Voz que aguarda, y, ya cerca de Él, pedimos lo que tanto nos falta: “Maestro, que pueda ver”.


Las maravillas del Señor continúan al alcance de un corazón deseoso; la claridad, la luz y los colores, darán vida a la vida, y Él mismo nos dará la fuerza necesaria para mantenernos humildes y sencillos para seguir sus pasos.

jueves, 18 de octubre de 2018

DOMUND, 21 octubre 2018.-


Primera Lectura: de libro del profeta Isaías 53: 10-11
Salmo Responsorial, del salmo 32: Muéstrate bondadoso con nosotros, Señor
Segunda Lectura: de la carta a los hebreos 4: 14-16
Aclamación: Jesucristo vino a servir y a dar su vida por la salvación de todos.
Evangelio: Marcos 10: 35-45.

Domingo de las Misiones, liturgia que insiste en la total actitud de servicio activo, sincero, universal, desinteresado; confianza en la plegaria, “porque tú Señor, me respondes”, porque, en plásticas comparaciones nos recuerda que el Señor nos cuida, nos guía, nos protege, y asegura para que nuestra voluntad aprenda la docilidad, y  el servicio.

El pequeño fragmente del Cántico del Siervo de Yahvé que escuchamos de Isaías, habla de un personaje desconocido pero perfectamente aplicable a Jesús; anuncia, siglos  antes, lo que fue realidad en la entrega del Señor por nosotros, que lo sabemos y quizá por  sabido  no lo dejamos penetrar hasta el fondo para que nos sacuda de agradecimiento: “con sus sufrimientos justificará mi siervo a muchos, cargando con los pecados de ellos”, ejemplaridad de amor y de servicio, ya nos contamos entre los justificados… ¿Cómo decimos en el Salmo: “muéstrate bondadoso con nosotros, Señor”?, ¿podemos esperar más muestras de su bondad?

Más elementos nos da la Carta a los Hebreos: Jesús, Hijo de Dios, ha querido ser igual a nosotros,  ningún ser humano podrá decir que ha sufrido más que Él, y Él sin merecerlo; verdadero sacerdote que no ofrece sacrificios extraños sino que se entrega a Sí mismo;  identificado con nosotros nos muestra el camino para encontrar la gracia en el momento oportuno; ¡otro vivo ejemplo de servicio!

Sin duda habremos escuchado ese dicho: “el que no vive para servir, no sirve para vivir”, lo aceptamos, lo repetimos, admiramos a los que lo realizan, sería bueno preguntarnos qué tanto lo bajamos a nuestra realidad; contemplemos a Jesús que no se contenta con palabras, que va hasta el extremo de lo que predica y se adjudica, sin vacilaciones: “El Hijo del hombre vino a servir y a dar su vida por la redención de todos”; no lo comprendieron los discípulos aturdidos por el deseo del poder como estrado del éxito, del encumbramiento y  del aplauso. Juan y Santiago “no saben lo que piden”, se han quedado en sí mismos; igual los otros 10, enojados y, sin duda, envidiosos…, lejos del Corazón de Cristo…, al igual que nosotros. ¡Ilústranos, Señor, que entendamos y aceptemos tus proyectos tan opuestos a nuestra idolatría!

Tenemos mil ejemplos de los que te han tomado en serio y han sacrificado y lo siguen haciendo: “el pasarla bien” y las comodidades, su patria, su lengua y su cultura para dar a conocer la alegría del Evangelio, aún a precio de su sangre; bendícelos y bendícenos. 

domingo, 14 de octubre de 2018

28º Ordinario, 14 Octubre 2018.-


Primera Lectura: del libro de la Sabiduría 7: 7-11
Salmo Responsorial, del salmo 89: Sácianos, Señor, de tu misericordia.
Segunda Lectura: de carta Hebreos 4: 12-13
Aclamación: Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Evangelio: Marcos 10: 17-30.

“Si conserveras el recuerdo de nuestras culpas…” tu Espíritu todo lo conoce, nuestra creaturidad no se te esconde y desde ella reconocemos que “eres un Dios de perdón”. De ese perdón que necesitamos, del que olvida para siempre; de otra forma “¿quién habría que se salvara?”

Semana tras semana, día tras día, nos hace presente su amor, su misericordia, su comprensión, la necesidad que tenemos de su Gracia para descubrir que, en el servicio a los hermanos, se funda la mirada universal, la que, aun cuando encuentre obstáculos, los supera.

Lecturas y oraciones se orientan hacia el tú, hacia el hermano, parecería que Dios se hace a un lado y nos pide profundizar en los valores que miran hacia el “otro”, todo “otro”, para llegar al totalmente Otro, hasta Él.

Imposible escudriñar el corazón sinceramente sin la Sabiduría que viene de Dios, la que hace “saborear” los manjares distintos que alientan al paso trascendente que pone en su sitio a las creaturas, por muy bellas que sean. La que con su resplandor enseña a discernir, después de haber mirado y admirado, y preferir “la Luz que no se apaga”. Si con ella llegamos hasta el fondo del ser, -incluido mi yo, que siempre me acompaña-, encontraremos el gozo ya anunciado: “Todos los bienes me vinieron con ella; sus manos me trajeron bienes incontables”. Saciados así, de su presencia, júbilo será toda la vida.

Nos recuerda la Carta a los Hebreos que: “La Palabra de Dios es viva y eficaz, penetrante como espada de dos filos que divide la entraña”. Podemos preguntarnos, ¿cómo es que habiéndola escuchado, continuamos enteros? Ella deja al descubierto pensamientos, intenciones y anhelos; aun los más escondidos se vuelven transparentes a sus ojos. No el temor sino el realismo puro, afianzado en “el Dios del perdón”, nos  prepararán cada momento, para dar cuenta de ellos.

San Marcos nos presenta a Jesús que confronta, ¿cuáles son tus valores?, ¿deseas la vida eterna?: Guarda los mandamientos, y en la enumeración que hace, olvida los primeros, va directo a aquellos que dicen con el “tú”: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no cometerá fraudes, honra a tu padre y a tu madre”. El mensaje está claro: la vía que lleva al Padre, pasa antes por el hermano. Si pudiéramos decir, honestamente: “Todo lo he cumplido desde muy joven”, sentiríamos la mirada cariñosa de Jesús y dejaríamos que su Palabra quitara de nosotros lo que impide seguirlo más de cerca: “Una cosa te falta: vende cuanto tienes, da el dinero a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo, después, ven y sígueme”…,, el hombre se fue apesadumbrado porque tenía muchos bienes.

La exclamación que oímos de Jesús, no es violenta, pero sí es tajante; su mirar alrededor contagia de tristeza: “Hijitos, ¡qué difícil es para los que confían en las riquezas, entrar en el Reino de Dios!” El hombre no fue creado para poner el corazón y los valores en aquello que se queda en la tierra, que le corta las alas y que le rompe el vuelo. No bastan los deseos, por muy altos que sean.

No es fácil aprender a abandonarlo todo, más bien es imposible “a esta carne mimada”, pero hay Alguien que mira y apoya y entusiasma: “Para Dios todo es posible”. La jerarquía de valores, ¡ya está recuperada!