martes 31 de enero de 2012

5° Ordinario, 5 de febrero 2012.

Primera Lectura: del libro de Job 7: 1-4, 6-7
Salmo Resposorial, del salmo 146:  Alabemos al Señor, nuestro Dios.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 9: 16-19, 22-23
Aclamación: Cristo hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestros dolores.
Evangelio: Marcos 1: 29-39. 

Desde esta realidad concreta, en muchos aspectos desconcertante, donde brotan la interrogación y el sufrimiento, con una fe que todo lo supera, hagamos como la Antífona de entrada nos invita: “Entremos y adoremos de rodillas al Señor, creador nuestro, porque Él es nuestro Dios.”  En Él están nuestra esperanza y nuestra fuerza; si buscamos solamente  en nosotros la salida, entraremos a un callejón obscuro.  

¿Qué vemos en el mundo, en nuestro México, en la región que habitamos?: Violencia, fraternidad quebrada, brújulas locas. Esta experiencia que golpea el interior inerme, nos fuerza, al palpar esta niebla, a orar con fervor a nuestro Padre: “Que tu amor incansable nos cuide y nos proteja, porque hemos puesto en Ti, nuestra esperanza.” De ninguna manera es tomar el camino fácil, no es pasotismo que se desentiende; es todo lo contrario, ya que confiamos “en el amor incansable de nuestro Creador”, aceptamos, con ello, el compromiso de caminar a su lado, de mirar a hombres y criaturas, como Él los mira: de ser, todos los días, cristianos nuevos que sienten, como Pablo, el ansia de la vida verdadera, la que tiene por carril a Jesucristo: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!”   

Sabemos que no basta la palabra, no basta con gritar a voz en cuello que Cristo vive y que nos aguarda. Para reunir las piezas y ayudar a los hombres a rehacerse, es preciso “hacerse todo a todos a fin de ganarlos a todos”. Debilidad con debilidad es fortaleza por ser de donde viene. ¡Qué luz esplendorosa brillaría del ser de cada uno, si el faro que alumbrara cada paso fuera este!: “¡Todo lo hago por el Evangelio!” La recompensa viene por sí sola: Estar injertados en Cristo, para siempre. 

El realismo de Job nos atenaza, el hombre justo que tiene al sufrimiento como “compañero inseparable de jornadas”; el hombre que se pinta y nos pinta en la ardua batalla, que no encuentra sosiego, que cuenta los meses de infortunio y las horas de la noche, una a una, aguardando las luces de la aurora: “¿Cuándo será de día?” Parecería que la dicha hubiera huido de sus ojos y la esperanza desaparecida; pero no flaquea, la fe en Dios va hasta el extremo del soplo de la vida: “Sé que mi Redentor vive y que con estos ojos, no los de  otro, yo mismo lo veré.” (19: 17) ¡La resurrección está presente! 

Marcos, después de haber mostrado la autoridad de Jesús como Maestro y dejado en claro que ha venido a combatir al maligno, ahora, en una especie de “sumario”, un tanto hiperbólico, nos deja ver otra faceta: la de taumaturgo. Dios, en Jesús, está de nuestro lado para luchar contra el mal y el sufrimiento: primero una acción familiar: cura a la suegra de Pedro y ésta, de inmediato “se puso a servirles”, ¡gratitud activa! Luego “el pueblo que se apiña” y regresa a casa alborozado, limpio de demonios y de males.  

Después el Señor desaparece: “salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar.” ¡Lección que profundiza! Para anunciar la Buena Nueva: imprescindible el contacto con el Padre. ¿Captamos el camino de la cura de todos nuestros males? Jesús, en el silencio, se refuerza: “No hablo por mí mismo, lo que he escuchado del Padre es lo que digo” (Jn. 12: 49). Nuestra misión se nutre de la escucha de Aquel que sigue hablando y si le hacemos caso, partiremos con Cristo a “predicar el Evangelio a todo el mundo.”

martes 24 de enero de 2012

4° Ordinario, 29 enero, 2012.

Primera Lectura: del libro del Deuteronomio 18: 15-20
Salmo Responsorial, del salmo 94: Señor, que no seamos sordos a tu voz.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 7: 32-35
Aclamación: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció.
Evangelio: Marcos 1: 21-28.
Universalizamos la petición que hicimos durante la octava de oraciones por la unión de las Iglesias: “Reúnenos de entre todas las naciones y que nuestra gloria sea el alabarte.” ¿Cuál es la Gloria del Señor?: “Ámense como Yo los he amado”, y al percibir nuestra impotencia para vivir como Él lo espera, le pedimos nos conceda “amarlo con todo el corazón, pues solamente así podremos “con ese mismo amor, amar a nuestros prójimos.” Sin Él será imposible cumplir su mandamiento.
Para situarnos en la primera lectura: Yahvé Dios se ha comunicado por medio de prodigios y señales al Pueblo de Israel, éste ha experimentado de cerca su presencia, especialmente en el Sinaí y todavía tiembla: “No queremos volver a oír la voz del Señor nuestro Dios, ni volver a ver otra vez ese gran fuego, pues no queremos morir.” La imagen inmediata que aún los estremece, les impide percibir al Dios Justo, Bueno y Compasivo, y piden un intermediario, alguien que hable en el nombre del Señor, a un Profeta como Moisés. Dios, complaciente, lo acepta y en esta aceptación envuelve la promesa del Gran Intermediario: Jesucristo quien será no sólo portador de la palabra, sino La Palabra misma. Lo anunciado por Moisés, sigue vigente: “A quien no escuche las palabras que él pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas”.
¡Con qué necesidad pedimos en el Salmo!: “Señor, que no seamos sordos a tu voz.” Conscientes, aceptamos que el saber compromete; pero si no sabemos de Ti, ¿qué sabremos del mundo y de nosotros? En cambio, teniéndote en el centro de la vida, “Aclamaremos al Dios que nos salva; nos acercaremos con júbilo y sin miedo”. La visión ha cambiado, el gozo se acrecienta porque “Tú eres nuestro Dios y nosotros tu pueblo”. Esta verdad vibrante hará imposible que el corazón se endurezca.
El domingo pasado San Pablo advertía: “El tiempo apremia” y “este mundo que vemos es pasajero”; congruente a su palabra va su ejemplo: “Vivir constantemente y sin distracciones en la presencia del Señor, tal como conviene”. En Corinto sonó a sorpresa, y aun ahora sigue sonando, la invitación al celibato, a la virginidad, precisamente para “vivir sin preocupaciones, ocupados en las cosas del Señor”. Entendámoslo bien: la vocación es personal, el camino de realización se multiplica, ni la más mínima sombra de desprecio por el matrimonio; es otra vía de santificación y crecimiento, lo que importa es “vivirla en presencia del Señor”.
En el Evangelio, San Marcos, después de narrarnos la vocación de los primeros discípulos, presenta, escuetamente, como suele, pero con precisión, a Jesús Maestro. Entra en la sinagoga y “se pone a enseñarles”. Para eso ha venido y lo cumple. De inmediato resuena la primera lectura: “Haré surgir de en medio de ustedes un Profeta”. Los presentes lo oyen y se admiran. En ese mismo sitio ha habido muchas voces, pero ahora encuentran la Palabra, de ahí su exclamación: “Habla como quien tiene autoridad y no como los escribas”.
Los maestros de la Ley, hacían referencia a maestros anteriores, Jesús no necesita eso, su fundamento es el Autor de la Ley y de la Alianza; es la Escritura viva: porque “aprendió a escuchar” y eso transmite: “Lo que el Padre me enseñó, es lo que digo”. (Jn. 8:28) “Les doy a conocer todo lo que le he oído al Padre”. (Jn. 15: 15) y vuelve a resonarnos la primera lectura: “A quien no escuche las palabras que él pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas” ¡.Señor, haznos escuchas!
Una última referencia: dice San Agustín “los demonios también creen y tiemblan”, reconocen, ya tarde, al Señor: “Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús lo calla y lo expulsa. El demonio, con violencia, se retira; un rumor estupefacto se levanta: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta? Este hombre tiene autoridad para mandar a los espíritus inmundos y le obedecen.”
Te pedimos, Señor, que expulses a los “demonios” que nos cercan y que nuestros corazones tengan siempre presente lo que hace tantos años nos recuerda el Concilio Vaticano II: “Acompañen la oración a la lectura de la Sagrada Escritura, porque a Él hablamos cuando oramos, y a Él oímos cuando leemos las palabras divinas”. (Dei Verbum # 25)

lunes 16 de enero de 2012

3° Ordinario. 22 enero 2012

Primera Lectura: del libro del profeta Jonás 3: 1-5, 10
Salmo Responsorial, del salmo 24: Descúbrenos, Señor, tus caminos.
Segunda Lectura: de la primera carta del  apóstol Pablo a los corintios 7: 29-31
Aclamación: El Reino de Dios está cerca, dice el Señor; arrepiéntanse y crean en el Evangelio.
Evangelio: Marcos 1: 14-20.
¿Proseguimos entonando el cántico al Señor? ¿Cuánto tiempo dedicamos a contemplar el esplendor de su belleza? ¿De verdad nos dejamos cautivar por su presencia? Son preguntas que nos hacen adelantar la reflexión a la que nos invita San Pablo en el pequeño fragmento de la Carta a los Corintios: “El tiempo apremia”, el tiempo sigue, y nosotros con él; no cambia, todas las horas del reloj son iguales, en ritmo acompasado, repetido y sin repetirse, camino circular que no termina. Avanza sin saberse, regresa y recomienza; cronos imperturbable que nos lleva en sus alas, ¿hacia dónde?
No es tanto este tiempo el que interesa, sino el “kairós”, el momento oportuno, la respuesta atinada, la dirección exacta, la decisión valiente, la que, midiendo el riesgo, se atreve a recorrerlo, y al hacerlo, sale de la rutina empantanada y traza una senda lineal que toca el cielo.
Jonás lo había entrevisto, ese “kairós” de Dios, y tuvo miedo; huyó temporalmente, pero el Señor persigue hasta alcanzar. Jonás acepta ser portavoz de destrucción y muerte: “Dentro de cuarenta días Nínive será destruida”. Se apropió la palabra y una ilusión morbosa lo envolvió, se quedó con el “cronos” y olvidó el “kairós”. Se llenó de tristeza por el fracaso de sus predicciones; pero Dios no es así: “viendo sus obras y cómo se convertían de su mala vida…, no les mandó el castigo”, se mostró como ES, con designios de paz y de perdón. Los ninivitas captaron que el “kairós” es exacto, y lo aceptaron. Pensemos un momento: ¡Cuánto “kairós” perdido en nuestro “cronos”!
La súplica del Salmo nos anima: “Descúbrenos, Señor, tus caminos”, porque solos, nos perdemos en una absurda maraña de deseos; Contigo, en cambio, hermanaremos el tiempo y la distancia. Nuestros pasos serán eternidad presente, “porque este mundo que vemos es pasajero”. ¡Alcánzanos, Señor, haz que lleguemos!
El eterno “kairós” ya se ha cumplido. Jesús, “en Quien el Padre encuentra todas sus complacencias”, está entre nosotros, y sale a nuestro encuentro, y nos llama, igual que a sus discípulos Simón, Andrés, Santiago y Juan. No es necesario el diálogo, la Presencia lo suple y lo supera. La vocación es clara: “¡Síganme!” En sus interiores se desató un viento de aceptación y de obediencia. La Prestancia de Aquel que agrada al Padre, de alguna forma se hizo transparencia, y “dejándolo todo, lo siguieron”.
El futuro es inédito, todavía incomprensible: “Los haré pescadores de hombres”. No se preguntan: ¿qué quieres de nosotros? Comprenderán -¿comprenderemos?- que no busca sus cosas, sino su ser entero, disponible, para esparcir la Nueva de la paz, de la concordia, hasta entregar la vida por el Reino.
Repitamos la Oración y que el Espíritu nos levante en vuelo: “Conduce nuestra vida por el camino de tus mandamientos para que, unidos a tu Hijo amado, podamos producir frutos abundantes.”

martes 10 de enero de 2012

2° Ordinario. 15 enero, 2012.

Primera Lectura: del primer libro del profeta Samuel 3: 3-10, 19
Salmo Responsorial, del salmo 39:  Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 6: 13-15, 17-20
Aclamación: Hemos encontrado a Cristo, el Mesías. La gracia y la verdad nos han llegado por él.
Evangelio: Juan 1: 35-42.
El Señor ha venido, se ha manifestado al pueblo de Israel, más aún, su Epifanía ilumina a todos los hombres. El esperado, se hace presente en la plenitud de los tiempos. Los que lo reciben, son llamados “hijos de Dios” e invitan a la tierra entera a que entone himnos a su gloria. ¿Se unen nuestras voces a este canto?
Si es así, nos mediremos desde la mirada paternal de Dios y nuestros días transcurrirán en su paz. ¿Qué más desea desear una creatura?
Comenzamos hoy el “ciclo ordinario”; 34 semanas en que seguiremos, paso a paso, las acciones, los dichos, la enseñanza, la voz de Jesucristo. Escucharlo, mirarlo y admirarlo, hará resonar en nosotros su reclamo: ¡Conóceme, acéptame, sígueme!
La primera lectura es anuncio, ejemplaridad, obediencia en una fe naciente, verdadero abandono, disposición para que el Espíritu del Señor halle morada. Tres veces Samuel se muestra solícito al servicio del sacerdote Elí: “Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste”? Tarde, pero al fin Elí comprende que otra Voz es la que llama y en su propuesta abre el camino a la oración cristiana: si otra vez te llama, responde: “Habla, Señor, tu siervo te escucha”. ¡Silencio, interioridad, atención a las mociones; percibir lo inimaginable: Dios de verdad nos habla! Para oírlo necesitamos acallar muchas voces que distorsionan la Voz de la Palabra. “Samuel creció y el Señor estaba con él”. ¡Nacidos para ser portadores de Dios!
El Salmo acrecienta el compromiso, si brota desde dentro: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Reconocemos creaturidad y filiación: “Lo que deseo: tu ley en medio de mi corazón”. Dios ya se ha inclinado hacia nosotros y ha puesto el canto nuevo en nuestros labios; en Cristo aprenderemos la letra y la tonada: “Aquí estoy”.
Aunque el Señor nos hable en otras voces, “de su Voz semejanza”, no basta la inactiva paciencia, nos apremia el salir a su encuentro, soltar las inquietudes, que los pasos persigan al que Juan señalaba como “El Cordero de Dios”, que la inquietud lo alcance y los labios pronuncien, titubeantes, la primera pregunta: “¿Dónde vives, Rabí?” Su respuesta atañe a todo hombre: “Vengan a ver” Y fueron y hallaron la paz y la amistad,
la verdad que contagia.
“Escuchar” significa ponerse a disposición de Dios. “Ver”, no es más que abrir los ojos y responder con fe. “Ir”, es salir de nosotros, dejar el territorio y encaminar la vida hacia donde el Señor quiere. “Seguir”, denota esfuerzo, peregrinar renunciando al propio mapa. “Quedarse” con Jesús es estar en comunión con Él, pedir y permitir la transformación en discípulo para que Él viva en nosotros y su Espíritu nos convierta en ecos creíbles de la Buena Nueva, “miembros vivos de su Cuerpo y Templos del Espíritu para glorificar a Dios con todo nuestro ser.”

martes 3 de enero de 2012

Epifanía, 8 de enero 2012.

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 60: 1-6
Salmo Responsorial, del salmo 71: Que te adoren, Señor, todos los pueblos.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los efesios 3: 2-3, 5-6
Aclamación: Hemos visto su estrella en el oriente y hemos venido a adorar al Señor.
Evangelio: Mateo 2: 1-12.

“¡Miren, ya viene el Señor de los ejércitos! En su mano están el Reino, la Potestad y el Imperio.”

Mirar constantemente, descubrir los signos, encontraremos siempre lo que consolida la fe. Iluminados por esa fe, no perderemos el camino para llegar a contemplar, “cara a cara”, la hermosura de su Gloria.

Este pasaje de San Mateo es ¿una historia real o es un cuento de niños? Es un cuento, lleno de cariño del Niño Dios para los niños del Reino.

Mateo narra al modo oriental enseñando que ese Niño ante el que se postran hombres venidos de lejanas tierras es el mismo del que habla Isaías. Y al mismo tiempo nos enseña lo mismo que Juan va a decir en el prólogo de su evangelio: “Que vino a los suyos (los judíos) y no le recibieron”. Ninguna autoridad religiosa o civil se postra ante el Niño Dios, solo aquellos Magos venidos del Oriente.

Mateo hace Teología, y la Teología es necesariamente “ciencia de los niños”, de esas gentes sencillas y humildes, de esos pequeños, a los que el Padre les revela los infinitos misterios guardados por siglos eternos en su corazón de Dios: “Te doy gracias, Padre, porque has revelado estas cosas a los sencillos y humildes”

Para entender y entrar en el Reino de los cielos tenemos que hacernos como niños, allá no puede entrar nadie que no nazca de nuevo comenzando por ser niño otra vez. La Teología no cabe en programas de computadoras. Se estudia de rodillas, como los Magos se pusieron ante el Niño.

Hoy es el día de las estrellas. Día de la ilusión del que cree en lo maravilloso, del que entiende el asombro que hay en aquel dicho japonés: “Cuando una flor nace, el universo entero se hace primavera”. Día del que sabe apreciar la grandeza de lo pequeño. Del que no desprecia la luz vacilante de la estrella de la Fe, y sabe aceptar en un Niño a Dios, y con alegría se pone a sus pies y le entrega todo lo que tiene, como los Magos.

Cuantos hombres han querido ver a Dios a la luz del sol de mediodía y no han conseguido más que quemarse la retina, sin caer en la cuenta que Dios es demasiada luz para que quepa en nuestro entendimiento y que necesitamos de la mediación de la estrella de la Fe para llegar a Él sin abrasarnos. A veces decimos que nos falta Fe, lo que nos falta es sencillez de niño para aceptar la estrella que lleva a Dios y aceptar a Dios bajo la forma de Niño.

San Ignacio nos invita a entrar en casa de José y María, junto con los Magos y que hablemos con el Niño Dios. Y le digamos: “Señor, también yo vengo caminando por el desierto de la vida, tratando de seguir la estrella de la Fe, pero se me oculta con frecuencia. Y sin embargo aquí me tienes creyendo en Ti como en mi Dios. No me da vergüenza admitirlo, aunque muchos lo nieguen.

Yo no tengo nada que ofrecerte como estos Reyes. Sólo te entrego en propia mano mi carta a los Reyes. Como eres pequeño y no sabes leer te digo lo que te pongo en ella: Te pido que me hagas niño. Niño que se confíe totalmente a su Padre, Dios. Niño que crea y espere en Ti sin límites. Niño que pase por el mundo dando cariño y sonrisas, y confiando en que hay todavía bondad en los hombres de buena voluntad.

Agranda la puerta, Padre, porque no puedo pasar. La hiciste para los niños, yo he crecido a mi pesar. Si no me agrandas la puerta, achícame por piedad. Vuélveme a la edad bendita en que vivir es soñar.

sábado 31 de diciembre de 2011

Santa María, Madre de Dios. 1° Enero 2012

Primera Lectura: del libro de los Números, 6: 22-27
Salmo Responsorial, del salmo 66: Ten piedad de nosotros, Señor, y bendícenos.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los gálatas 4: 4-7
Aclamación: En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres, por boca de los profetas. Ahora, en estos tiempos, nos ha hablado por medio de su hijo.
Evangelio: Lucas 2: 16-21.
Aclamamos a María, Madre de Dios por haber aceptado, con su “¡fiat!, ser la Madre de Jesús, el Hijo Eterno del Padre, el Engendrado antes de los siglos pero que quiso, conforme al designio de Dios, comenzar a ser lo que nunca había sido: hombre, sin dejar de ser lo que siempre ha sido, es y seguirá siendo: Dios.

María en su fe, en su obediencia, en la confianza sin medida, se convierte en el Puente para que el Salvador, el Mesías anhelado, viva como uno de nosotros, en todo igual, menos en el pecado. Continuamos ante el misterio insondable del Amor de Dios por nosotros, palpamos su cercanía: El invisible, se hace visible en Cristo Jesús.

El acto de fe que tiene como actitudes fundamentales el conocer y el confiar, cree no por la Veracidad de Aquel que lo comunica: María, Madre de Dios, ¿quién podría, desde el proceso “racional”, penetrar esta maravilla?, en verdad “hay razones del corazón que la razón no entiende”, y menos aún si provienen del “Corazón de Dios”.

La Bendición que escuchamos en el Libro de los Números, nos alcanza a todos los que confiamos y queremos confiar en Dios: bendición que va acompañada de multitud de favores, de protección, de sincero interés para que progresemos, pero sobre todo de Paz. Bendición que necesitamos, no solamente para los días aciagos, sino para cada momento de nuestra existencia; ya nos advierte el mismo Señor: “invoquen así mi nombre y Yo los bendeciré”. Nos perdemos en mil vericuetos internos y externos y olvidamos que la salvación la tenemos al alcance del corazón y de los labios.

San Pablo enuncia, sin más: “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos”. Antes fue promesa de herencia, ahora, en Cristo, por María, ya es realidad; liberados de cualquier atadura para poder decir, sin miedo, con asombro, a Dios: “¡Abba!”, es decir: Padre. De siervos a hijos, de hijos a herederos en virtud de la gratuidad de Dios.

María, que a ejemplo tuyo, sepamos “guardar los recuerdos en el corazón”, eso nos posibilitará, un día, la magnitud de su comprensión; es lo que ha hecho la Iglesia: descubrir en Navidad y en la Pascua, que es en la debilidad donde actúa el poder de Dios. Como los pastores, seamos audaces para proclamar cuanto hemos recibido de parte de Dios en Jesucristo

miércoles 21 de diciembre de 2011

Natividad del Señor, 25 diciembre 2011.

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 9: 1-3
Salmo Responsorial, del salmo 95: Hoy nos ha nacido el Salvador.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a Tito 2, 11-14.
Aclamación:  Les anuncio una gran alegría: Hoy nos ha nacido el Salvador, que es Cristo, el Señor.
Evangelio: Lucas 2, 1-14

¡El tiempo se ha cumplido! “Tú eres mi Hijo, hoy te engendré Yo”. Luz, Vida, Esperanza, Camino, Verdad, Paz, Guía y podríamos continuar sin parar, enumerando los atributos-realidades que no son de Cristo, son Cristo mismo.
A pesar de tanta confusión o precisamente por ella, la humanidad entera está hambrienta de luz y de verdad, de fraternidad, de gozo, paz y serenidad.
El misterio de la interioridad del hombre dejará de serlo cuando aceptemos el misterio de Dios hecho Hombre que esta noche se nos hace patente y nos invita a recorrer el camino de regreso a la gloria del Padre; entonces dejaremos de ser misterio para nosotros al sumergirnos, inundados de su luz, en el misterio de Dios.
Para cosechar necesitamos haber sembrado, para repartir el botín, debimos haber vencido. Cristo nos provee de semilla abundante, de armas imbatibles para la lucha “que no es contra hombres de carne y hueso, sino contra las estratagemas del diablo, contra los jefes que dominan las tinieblas, contra las fuerzas espirituales del mal”. Revistámonos con ellas: “el cinturón de la verdad, la coraza de la honradez, bien calzados y dispuestos a dar la noticia de la paz, embrazado el escudo de la fe que nos permitirá apagar las flechas incendiarias del enemigo; el casco de salvación y la espada del Espíritu, es decir la Palabra de Dios” (Ef. 6: 12-17), solamente así conseguiremos que su Humanidad engrandezca la nuestra.
¡Increíble: un Niño “ha quebrantado el yugo que nos esclavizaba”! ¿No es absurdo, una vez libres, regresar a las ataduras? Abramos ojos y oídos para escuchar al “Consejero admirable, a Dios poderoso, al Padre amoroso, al Príncipe” que viene a reinar “en la justicia y el derecho para siempre”; ofrezcámosle como trono inicial, la interioridad de nuestro ser.
Hoy todo ha de ser canto, proclamación, alegría y regocijo porque “nos ha nacido el Salvador”. Viene el que ES la Gracia, con Él aprenderemos a vivir en constante religación, a renunciar a los deseos mundanos, a ser sobrios, justos y fieles a Dios, a practicar el bien. Verdaderamente no tenemos excusa si actuamos de otra forma.
Hagámonos, como dice San Ignacio en la contemplación del Nacimiento, “esclavitos indignos” y extasiémonos mirando a las personas, escuchando sus palabras, rumiando en nuestros corazones la grandiosidad en la pequeñez, el incomprensible silencio de “Aquel por quien fueron hechas todas las cosas, y sin Él nada existiría de cuanto existe”. (Jn.1: 3). Pidamos que entre con toda su fuerza y rompa nuestra ansia loca de tener sin tenerlo a Él. Verdaderamente “nos enriqueció con su pobreza”
No podemos menos de unirnos al coro de todo el universo para entonar el Himno de la Gloria, de la Alegría, de la Paz porque Dios en su Hijo Jesucristo, hermano nuestro, ha rehecho nuestros corazones, nuestros ideales y orientado hacia Él nuestras vidas.

lunes 12 de diciembre de 2011

4º Adviento, 18 Diciembre, 2011.

Primera Lectura: del segundo libro del profeta Samuel 7: 1-5, 8-12, 14, 16
Salmo Responsorial, del salmo 88: Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor.
Segunda Lectura: lectura la carta del apóstol Pablo a los romanos 16: 25-27
Aclamación: Yo soy la esclava del Señor; que se cumpla en mí lo que me has dicho.
Evangelio: Lucas 1: 26-38.
 ¿No nos sentimos, como dice el Salmo 63:2: “como tierra agostada, sedienta, sin agua”?, pues repitamos la plegaria-deseo que recitamos en la Antífona de Entrada: “Destilen, cielos, el rocío, que la nubes lluevan al Justo, que se abra la tierra y germine al Salvador”. Oteamos el horizonte y observamos que las nubes están cuajadas de esperanza, que la tierra ya se ha refrescado con el mejor Rocío, que se ha abierto la tierra y está entre nosotros “El Deseado de los collados eternos”: Jesucristo.

Jesús, anuncio prometido y realizado; lo hemos conocido y queremos seguirlo conociendo; Como seres eminentemente sensibles, no deja de estrujarnos el contenido de nuestra petición: “que por su Pasión y su Cruz, lleguemos a la gloria de la Resurrección”. La verdad es que su Pasión inició con la Encarnación y prosiguió durante toda su vida mientras convivió con los hombres, y lo sigue haciendo aunque no lo merezcamos. Si a nosotros nos cuesta trabajo la relación interpersonal, maginemos lo que le costó a Él la incomprensión, el desaire, la indiferencia, pero siguió adelante. A base de oración, de contemplarlo y pedirlo, alguna vez llegaremos a aceptar que la muerte es el camino hacia la Resurrección, que “sin efusión de sangre, no hay redención”, (Hebreos 9: 22), y a superar nuestra lógica inmediatista y encerrada para que veamos la claridad del horizonte que supera todo horizonte. Aceptar a Jesús es aceptarlo “todo entero”, sin exclusiones, sin convencionalismos, en la radicalidad de su amor, de su obediencia al Padre, de su entrega ilimitada.

¿Quién sino el Espíritu nos podrá conceder “fuerzas para vivir el Evangelio”? y “dar gloria al Dios infinitamente sabio, por Jesucristo nuestro Señor”.
“Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios, para Dios no hay imposibles” (Mt. 19: 26) ¡Cómo lo constatamos en la lectura del Evangelio de hoy! En María y con ella, pasamos del asombro a la pregunta, a la escucha, a la disponibilidad absoluta de un corazón que no pone trabas a la “invitación del Espíritu”

Culminemos con Ella la preparación de este santo Advenimiento; Ella es el mejor ejemplo, de cuantos desearíamos, para dejarnos en las “manos de Dios”.
La Fe no se basa en la claridad del contenido del comunicado sino en la entera confianza depositada en el Comunicador, y todavía más, cuando nos hace partícipes de la decisión amorosa, compasiva, eficaz de la Trinidad: “El Señor Dios le dará el trono de David su Padre…, el Espíritu te cubrirá con su sombra…, el Santo que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios.”

¡Nuestro Padre Dios se nos entrega en su Hijo Jesucristo!, que nos cubra de nuevo el asombro de lo incomprensible, que, en medio de nuestras tinieblas, se hace Luz; jamás desde nosotros, pero sí en nosotros, si, como lo hizo María, nos atrevemos a decir: “Cúmplase en mí lo que has dicho”.

Que esa “fuerza del Espíritu”, que hemos recordado, nos vuelva atentos escuchas de lo que Dios quiere de cada uno de nosotros, y como María, lo llevemos a cabo.

martes 6 de diciembre de 2011

3° Adviento, 11 Diciembre 2011.

Primera Lectura: del libro de Isaías 61: 1-2, 10-11
Salmo Responsorial, de Lucas 1: Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los tesalonicenses  5: 16-24
Aclamación: El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres.
Evangelio: Juan 1: 6-8, 19-28. 

En medio de la preparación austera del Adviento, hoy escuchamos el grito de Alegría, tanta, que la liturgia sugiere utilizar ornamento color rosa; la razón, la hemos estado viviendo: ¡El Señor está cerca!
“Mira Señor a tu pueblo que espera con fe el nacimiento de tu Hijo…, concédele celebrar este gran misterio con un corazón nuevo y con inmensa alegría”. El Misterio seguirá siendo misterio: ¡Dios hecho hombre!, y, por más que intentemos comprenderlo, jamás lo lograremos, ¡nos sobrepasa! El gozo brota del testimonio Increado del Padre, de Jesús que, viendo junto con el Padre y el Espíritu Santo, la desorientación en que se encontraba la humanidad entera, acepta comenzar a ser lo que nunca había sido: hombre, sin dejar de ser lo que siempre ha sido y será: Dios. “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Único, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna”, como atestigua el mismo Jesús en Jn. 3: 16. Así se vio realizada la súplica del profeta Isaías: “Cielos, destilen el rocío, nubes derramen al Justo, ábrase la tierra y germine al Salvador, y con Él, florezca la justicia”. (45: 8)
El mismo profeta anuncia lo que acontecerá en Jesús: “El Espíritu del Señor me ha ungido y me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres, a curar a los de corazón quebrantado, a proclamar el perdón a los cautivos, la libertad a los prisioneros y a pregonar el año de gracia del Señor”. ¿No es esto causa de una profunda y duradera alegría?, ¿quién de nosotros no tiene el corazón quebrantado?, ¿quién no necesita la liberación? La promesa se ha cumplido, los brotes de la Alianza, han aparecido por todas las naciones. “Año de Gracia”, reiterativo, presente, sin término, “para que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento del Señor”.
María nos acompaña y en su cántico encontramos la forma de presentarnos ante nuestro Padre: “Mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador”, porque ha reconocido la realidad de su creaturidad y desde ella brilla la fuerza arrasadora del Espíritu, la transformación sin límites, la aceptación de ser aceptada. Esa presencia la invoca Pablo: “Estén alegres, esto es lo que Dios quiere en Cristo Jesús…, no impidan la acción del Espíritu Santo…, disciernan todo, pero quédense con lo bueno”, no viene de ustedes –de nosotros- la capacidad, sino de “Aquel que es fiel y cumplirá la promesa”.
La pregunta que hacen las autoridades a Juan el Bautista, deberíamos hacérnosla a nosotros mismos: “¿Qué dices de ti, quién eres tú?” La honestidad, la verdad que libera, brota espontánea: “Soy la voz del que clama en el desierto”. Nada de atribuciones falsas, todo es ausencia de soberbia; todo es claridad. Sólo soy una voz, pero la Palabra viene detrás, más aún “ya está en medio de ustedes”. Una voz sin palabra es incomprensible, es grito, es alarido, es queja; en cambio, articulada, consciente, como expresión de la Palabra, se transforma en luz, en advertencia, en profundidad y en compromiso. Sólo es posible pronunciarla en total adherencia e identificación con Ella; con la humildad del reconocimiento de su origen, y después, retirarse para que, en el silencio de los interiores, resuene salvadora y santificadora. ¿Somos voces que anuncian y preparan el constante sonar de la Palabra? El Agua del Espíritu, está lista, ¿encontrará dispuestas nuestras almas?

miércoles 30 de noviembre de 2011

2° de Adviento. 4 Diciembre, 2011.

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías: 40: 1-5, 9-11
Salmo Responsorial, del salmo 84: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos al Salvador.
Segunda Lectura: de la segunda carta del apóstol Pedro 3: 8-14
Aclamación: Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos, y todos los hombres verán al Salvador.
Evangelio: Marcos 1: 1-8.
En un rejuego de encuentros, proseguimos la preparación del Adviento para recibir a Aquel que ya vino, que viene cada día, y volverá de manera definitiva.
Hoy, (ayer) 3 de diciembre, celebramos el encuentro de alguien que se unió al Señor y caminó a su lado: san Francisco Xavier; preparó y finalizó su jornada pleno de fidelidad, de amor, de constancia, de creatividad y de entrega; ahora nos aguarda para el estrecho abrazo “Juntos en el Señor”.
Vivió, intensamente lo que hemos pedido al Señor en la oración Colecta: “Que las responsabilidades terrenas no impidan la sintonía del paso hacia el encuentro, y la sabiduría que viene desde el cielo, nos disponga a recibirlo y a participar de su propia vida”. No era otro el deseo que bullía en su corazón y que, con la Sabiduría que llega desde arriba, llevó a la realidad. Ésta le pidió renuncias, oración, superación de desalientos y contrariedades, y lo hizo buscar y encontrar una soledad acompañada por el Amigo fiel que no abandona.
Su meta “Consuelen, consuelen a mi pueblo, háblenle al corazón y díganle que ya terminó el tiempo de su servidumbre”. Su voz resonó en la lejana India y en Japón, se sintió “fuego que enciende otros fuegos”, y no dudó en consumirse para alumbrar a todos.
Con los carismas recibidos, totalmente unido al Señor, Javier, se esmeró en “Llevar la luz de Cristo Nuestro Señor.
Firmeza y decisión en el empeño, sin detenerse a recoger los pedazos de ser regados en el campo. “Aplanó montañas y rellenó valles”, a cuantos quisieron escuchar, les anunció: “Aquí está Dios. Miren que llega el Señor”. Peregrino de eternidad, hizo suya la encomienda de Cristo: “Vayan por todo el mundo y enseñen a todas las naciones”.
El reto está en presente: ¡Iglesia de Cristo, Compañía de Jesús, vuelve a la fuente!, a la oración, al discernimiento, a la creatividad, a la auténtica universalidad…, en una palabra: a la santidad.
Para el Señor el tiempo todo tiempo es propicio, y su paciencia a todos nos abraza. “Confiamos en las promesas del Señor”, confiamos en la certeza de su Reino de justicia, de amor y de paz, y, para ser coherentes, deseamos, personal y comunitariamente, aprender y vivir de verdad: “en todo amar y servir.”.
La advertencia del Bautista encontrará en nosotros terreno propicio: “Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos”, para poder clamar, sin vanagloria: “Detrás de mí viene Otro que es más poderoso que yo”. Así lo realizó Xavier; cuantos lo conocieron, encontraron, detrás de él, a Cristo. ¡Que lo encuentren en nosotros todos aquellos con quienes entremos en contacto!

miércoles 23 de noviembre de 2011

1º Adviento. 27 Nov. 2011.

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 63: 16-17, 19; 64: 2-7
Salmo Responsorial, del salmo 79:  Señor, muéstranos tu favor y sálvanos.
Segunda Lectura: de la primera carta a los Corintios 1: 3-9
Aclamación: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.
Evangelio: Marcos 13: 33-37. 
 
“Los que esperan en Ti, no quedan defraudados”. Iniciamos el Año Litúrgico con el Adviento, con la esperanza renacida, con el anhelo expectante de quien aguarda al Amigo, al Hermano, al Bienhechor, al Salvador.

Adviento, “tiempo fuerte” de reflexión, de reactivación del interior, de discernimiento, de examen de la coherencia entre fe y actos.
Celebrábamos el domingo pasado la fiesta de Cristo Rey y, sin dudar ni poder dudar, todos querremos estar a su derecha en el juicio de las naciones.

La interrogante personal nos confronta: ¿nos hemos preocupado por las obras de misericordia?, ¿lanzamos el corazón por delante, en bien de “los más insignificantes”? ¿Oteamos el horizonte, el definitivo? Una y otra vez el Señor nos recomienda estar despiertos, preparados, porque la imaginación y el deseo nos pueden engañar y hacernos suponer que la “lejanía del Encuentro” es la que querríamos, cuando éste puede estar ya muy cercano. 

Escuchando al profeta Isaías, la humanidad entera y cada uno de nosotros, nos identificamos con el pueblo de Israel: olvidadizos, alejados, pecadores, desagradecidos, malos administradores de nuestra libertad. Que este reconocer no sea estéril, que se convierta en plegaria: “Vuélvete, por amor a tus siervos, que son tu heredad”. En petición filial que manifiesta una disponibilidad tal, que nos dejemos en manos del Padre, para que nos moldee de nuevo, como el alfarero lo hace con el barro maltrecho. 

Como respuesta de su parte, “ya rasgó los cielos y descendió; ya salió a nuestro encuentro para que practiquemos alegremente sus mandatos”. Partió la historia en dos. Realizó lo prometido por todos los profetas, “volvió sus ojos hacia nosotros y nos ha fortalecido”. ¿Va acorde la nuestra?: “Ya no nos alejaremos de Ti, consérvanos la vida y alabaremos tu poder”. 

Si hemos imitado y revivido el actuar de Israel, tomemos mejor el ejemplo de la comunidad de Corinto que, si conmovió el corazón de Pablo, más habrá “conmovido” el Corazón de Dios.

El Apóstol reconoce que toda gracia, toda paz, llegan desde el Padre por medio de Cristo Jesús; y da rienda suelta a su gozo: “Continuamente agradezco a mi Dios los dones divinos que les ha concedido por medio de Cristo Jesús…, enriquecidos en todo lo que se refiere a la palabra y al conocimiento…, Él los hará permanecer irreprochables hasta el día de su advenimiento.”  

¡Qué  cambio de perspectiva! El que había de venir, ¡ya vino!, y…  ¡volverá! Recordando su primer advenimiento, cuando se hizo uno de nosotros, preparamos el segundo, para hacernos como Él, afianzados “en Dios que es quien nos ha llamado a la unión con su Hijo Jesucristo, y Dios es fiel”.   

Colmados de sus dones, conscientes de la encomienda recibida, fortalecidos, ni más ni menos que con la fidelidad de Dios mismo, permaneceremos despiertos, alerta. Y como el amor no duerme, ni siquiera dormita, al oír sus pasos y escuchar su llamada, cualquiera que sea la hora, “saldremos con alegría al Encuentro del Señor”.

lunes 14 de noviembre de 2011

34, Fiesta de Cristo Rey, 20 noviembre 2011

Primera Lectura: del libro del profeta Ezequiel 34: 11-12, 15-17:
Salmo Responsorial, del salmo 22: El Señor es mi pastor, nada me faltará.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los Corintios 15: 20-26, 28
Aclamación: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino que llega, el reino de nuestro padre David!
Evangelio: Mateo 25: 31-46.

Magnitud del Reinado de Jesucristo: “poder, riqueza, sabiduría, fuerza, honor, gloria e imperio”, ponen de manifiesto la victoria conseguida sobre el pecado y la muerte. Siete reconocimientos (número que denota la perfección total) al Cordero Inmolado Realización de lo que Él mismo prometió, cumplió y pedimos poder percibir: “Confíen, Yo he vencido al mundo”. (Jn. 16:33). Victoria que no reluce en todo su esplendor, no porque Jesús haya dejado de hacer lo que el Padre le había encomendado, sino porque nosotros tenemos que completar esa misión, y, no podremos hacerlo si no reina plenamente en cada uno, si aún permanecemos en la esclavitud, si no nos desvivimos en su servicio y alabanza.

Servicio y alabanza que se traducen en el fiel seguimiento de sus pasos. ¡Con qué claridad lo expresa San Ignacio en los Ejercicios!: “El que quiera venir conmigo ha de ser contento de trabajar como Yo, de velar como Yo, para que siguiéndome en la lucha, me siga después en la victoria”. Lucha, combate, esfuerzo que convenció a San Pablo: “Ahora me alegro de poder sufrir por ustedes, y completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia.” (1ª Col: 1: 24).

¿De verdad deseamos ese cambio de mentalidad, esa orientación nueva, ese descubrir lo que está más allá de los ojos, esa alegría diferente e incomprensible para quienes no han tenido la oportunidad de conocer a Cristo o no han querido darse tiempo para acercarse a Él? La invitación persiste, y, aun cuando la sociedad actual lo ignore, no quiera admitirlo, la desea allá en el fondo, busca con ansiedad entre las creaturas, sin encontrar respuesta. Nosotros hemos sido inconscientes al dejarla en el aire, ¿lo seguiremos siendo? Rehusarnos a aceptarla, vivirla y compartirla, será exponernos a ser tachados de “fementidos caballeros”, en palabras de Ignacio.

Reino que está en el mundo, que lo único que quiere es iluminar al mundo, “y que el mundo no reconoció” (Jn. 1: 10), “pero a cuantos lo recibieron, los hizo capaces de ser hijos de Dios” (Jn. 1: 12) ¡Ciudadanos del Reino!, ¿activos o pasivos?, ¿aguerridos o cobardes temerosos e insensibles? No hay vuelta atrás, ya estamos en camino y “el camino llega por sí mismo hasta su término”. “Voy hacia Dios en Dios, es mi destino, y Dios hacia mi encuentro avanza, en medio de los dos, Camino hecho silencio, el Ser de la Palabra”.

Palabra que ha sido pronunciada y se ha dicho a Sí misma para ser escuchada: “Vengan, benditos de mi Padre y tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde antes de la creación del mundo…” ¡Presentes ante Dios, antes de ser! Para llegar al ser que no termina, necesitamos entretejer la trama en los hermanos: “Yo les aseguro que cuanto hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron.”

El Reino será allá, aquí comienza. Es la batalla diaria que supera cuanto de egoísmo e indiferencia nos envuelve; que sólo será posible injertados en Cristo, “primicia de los muertos y los resucitados” para, junto con Él, someternos al Padre, “y así Dios será todo en todas las cosas.”

Recordando a San Juan de la Cruz renovaremos bríos: “Al atardecer de la vida te examinarán del Amor.”

jueves 10 de noviembre de 2011

33º Ordinario, 13 noviembre 2011.

Primera Lectura: del libro de los Proverbios 31: 10-13, 19-20, 30-31
Salmo Responsorial, del salmo 127: Dichoso el que teme al Señor.
Segunda Lectura: de la primeta carta del aopstol Pablo a los Tesalonicenses 5: 1-6
Aclamación:  Permanezcan en mí y yo en ustedes, dice el Señor; el que permanece en mí da fruto abundante.
Evangelio: Mateo 25: 14-30.
La Antífona de Entrada evita que surja en nuestra mente una falsa concepción de Dios, de Él no pueden brotar sino “designios de paz; me invocarán y los escucharé, los libraré de toda esclavitud donde quiera que se encuentren.” ¡Cuántas veces hemos considerado que de la Fuente de Bondad no puede manar sino Bondad!
Nuestra respuesta no puede ser otra que la aceptación de sus mandatos, ellos son las mojoneras del camino para que no nos desviemos, para que encontremos la felicidad, la que perdura, la que, solamente, se consigue en el servicio fiel a su voluntad y en la entrega a los hermanos.
El sendero es fácil si estamos llenos de Dios; cuando encontramos piedras, espinas y abrojos, si prestamos atención, percibimos que nosotros mismos las hemos colocado, de nuestras manos ha salido la mala semilla; todavía es tiempo de escardar, de limpiar, de emparejar. ¿Capacidad para ello? Ya el Señor nos la dio de sobra, lo que no sabemos, recordando a las vírgenes descuidadas, es si nos alcanzarán las horas para entregar los frutos, por eso cualquier demora o exceso de confianza, pueden ser decisivos.
El canto de alabanza a la mujer hacendosa, que entona el Libro de los Proverbios, es un preludio a la parábola que utiliza Jesús; el Salmo, como variaciones sobre el mismo tema: “dichosa la que, con manos hábiles, teje lana y lino, que maneja la rueca, que abre las manos al pobre y desvalido”; talentos recibidos para alegrar la vida de los otros.
“Dichoso el hombre que confía en el Señor”. La bendición de arriba será su compañía y la verá, fecunda, con su mujer al lado. Basta abrir los ojos para encontrar a Dios en todas partes, y con Él encontrar la anhelada felicidad .
San Pablo ha dedicado largas, profundas horas al trato con Jesús; de Él ha aprendido lo que ya meditamos: lo incierto de lo cierto, y, de su amor confiado, porque es conocido, deshace las angustias de aquellos que quisieran saber la precisión del tiempo de llegada del Señor de los cielos. ¿Para qué preocuparse del tiempo cuando éste ya no exista? ¡Es ahora el momento de alejar las tinieblas, de espabilar el sueño, de vivir sobriamente y llenarnos de luz!
No es Dios el que se ha ido; Él no sale de viaje. Entrega los talentos y está a la expectativa. Mira cómo nos miramos las manos enriquecidas con sus dones y, más, con su confianza. Oímos, quedamente, lo que su amor pronuncia: “No son ustedes los que me han elegido a Mí, sino que Yo lo elegí para que vayan y den fruto y ese fruto perdure”. (Jn. 15: 16) Lo recibido es para que el Reino crezca. El don ya fue gratuito, para que haya cosecha se necesitan creatividad y esfuerzo. Temor y ociosidad jamás tendrán cabida, y si acaso aparecieran, están ya condenados.
Una doble mirada, a lo que he hecho y hago, pero con los ojos puestos en Aquel que vive de la entrega; siguiendo sus pisadas evitaré “el ser echado fuera”.
¡Confiaste en mí, Señor, y de ti espero responder a esa confianza!

martes 1 de noviembre de 2011

32º Ordinario, 6 Noviembre 2011.

Primera Lectura: del libro de la Sabiduría 6:12-16
Salmo Responsorial, del salmo 62: Señor, mi alma tiene sed de ti.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los tesalonicenses 4: 13-18
Aclamación: Estén preparados, porque no saben a qué hora va a venir el Hijo del hombre.
Evangelio: Mateo 25: 1-13.
¿Cuándo no han llegado hasta el Señor nuestras plegarias? La respuesta es sencilla: cuando hemos cerrado labios y corazón. Sin duda nos acordamos de Dios cuando la necesidad nos aprieta, cuando la tentación ronda incansable, cuando el dolor nos muerde…, es bueno, pero no suficiente, demuestra que hay fe en nuestro corazón, que sabemos a quién acudir en el momento en que el camino se vuelve pesado, cuando no encontramos respuestas en ninguna creatura y menos en nosotros mismos; más parecería un trato convenenciero que una relación amorosa que en serio dejara “en sus manos paternales todas nuestras preocupaciones”.

La oración es plática confiada con el Amigo, con quien conoce nuestras necesidades y aguarda, deseoso, que las expongamos confiadamente. No es un monólogo inútil; es la aplicación de la verdadera Sabiduría: el saborear el amor de Dios, el buscarlo con todas nuestras fuerzas, salir a su encuentro y hallarlo siempre a la puerta de nuestras vidas. Esa Sabiduría Encarnada no sólo nos espera sino que vino hasta nosotros: el fruto de ese encuentro conjunta nuestra voluntad con la suya y el resultado es lanzarnos a la trascendencia, a la plenitud y a la paz, en la total posesión de nuestro ser en el suyo. Esto es captar la “benevolencia del Señor”, quiere todo el bien para nosotros; todavía más, coopera, ilumina y guía nuestras decisiones para lograr y realizar el Proyecto de nuestros proyectos: ¡Llegar a Él! “La sed será saciada”, “la añoranza, será realidad”, “la bendición colmada no terminará”, “el júbilo será nuestra túnica, desde los labios nos cubrirá por completo”.
Ciertamente no ignoramos “la suerte de los que se duermen en el Señor”. “Jesús, primicia de los resucitados, nos arrebatará con Él para estar siempre a su lado.” ¿Necesitaríamos alguna consolación mayor? Las palabras están confirmadas por la vida de Aquel que vino para que tuviéramos Vida.
En el Evangelio Jesús nos previene, no es ninguna amenaza, nos hace pisar, con firmeza, nuestra realidad de creaturas: “Estén preparados porque no saben ni el día ni la hora”. Aceptamos la certeza más de la muerte. Realidad que conmueve, que agita el interior, que, quizá sin pensar, quisiéramos borrar del futuro y que, a pesar de todos los esfuerzos, sabemos que está en camino, que nos cruzaremos con ella, pero no nos vencerá…, pues confiamos en tener “aceite para la lámpara” y que ésta se encontrará encendida cuando llegue el Esposo y “entraremos al banquete de bodas”. La seguridad nace de nuestra adhesión a Cristo, quien, como nos dice San Pablo: “como último enemigo, aniquilará –ya aniquiló con su muerte- a la muerte.” (1ª Cor. 15: 26)
La oración, la fidelidad, la cercanía son la previsión para mantenernos encendidos: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero.” (Salmo 119 (118)): 105).

“El que consulta a Dios, recibirá su enseñanza; el que madruga por él, obtendrá respuesta.” (Eclesiástico 32: 14) San Pedro, con la experiencia viva, nos afianza: “Esta voz, llegada del cielo…, hacen bien en prestarle atención como a lámpara que brilla en la obscuridad, hasta que despunte el día y el lucero nazca en sus corazones”. (2ª Pedro 1: 19). “Quiero estar consciente al preinstante de verte para poner en Ti el consentimiento y repetirte el ¡sí! definitivo”.

miércoles 26 de octubre de 2011

31º Ordinario, 30 Octubre, 2011.

Primera Lectura: del libro del profeta Malaquías 1: 14, 2: 2, 8-10
Salmo Responsorial, del salmo 130: Señor, consérvame en tu paz.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a ls tesalonicenses 2: 7-9, 13
Aclamación: Su Maestro es uno solo, Cristo, y su Padre es uno solo, el del cielo, dice el Señor.
Evangelio: Mateo 23: 1-12.
“¡Señor, no me abandones!”, exclamamos en la Antífona de Entrada, porque sabemos que son muchas las circunstancias externas e internas, que sin Ti, no podremos superar, y, cada respuesta fallida, esa que se guía por mundanos criterios, por ambiciones desmedidas, por fatales apariencias, por hipocresías, nos impedirá realizar la finalidad innata que tenemos todos los humanos: Servirte y Alabarte, y acabaremos separándonos de Ti y de nosotros mismos, “sumergidos”, paradójicamente, en la detestable superficialidad de dejar pasar, de dejar hacer. ¡Cuán apropiada la Oración Colecta para experimentar que, de verdad, estamos colgados de las manos de nuestro Padre Dios!
Malaquías, aunque lanza la diatriba directamente al grupo sacerdotal, a los descendientes de Leví, porque no actúan de acuerdo a la alianza, involucra a todo el pueblo que ha perdido la conciencia de “filiación divina”, que no vive la fraternidad, que no reconoce su único origen: “¿Acaso no tenemos todos un mismo Padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios?” Palabras pronunciadas hace 26 siglos y que tienen tal vigencia que, ojalá, sacudan nuestros interiores y alejen de nosotros la necesidad de preguntarnos: “¿Por qué nos traicionamos como hermanos?” Reflexión que haga brotar, con transparencia, la súplica del Salmo: “Señor, consérvanos en tu paz.” Esa paz dulcificará nuestros ojos, romperá nuestras ansias de grandeza, nos llenará de tranquilidad y de silencio porque esperamos en Ti, Dios nuestro.
Jesús prosigue su viaje hacia Jerusalén, hacia el cumplimiento total de la misión aceptada. Habla a todos, a las multitudes y a los discípulos y continúa desenmascarando a los escribas, a los fariseos, a los doctores de la Ley, no los desacredita, son intérpretes de la Alianza, pero, como eco de Malaquías, les echa en cara lo que más desdice de un servidor de la Palabra: “Dicen una cosa y hacen otra.” Realidad que alcanza, no solamente a los sacerdotes, sino, a todo cristiano, a todo ser humano y, de manera especial, a cuantos detentan autoridad y no la aprovechan para servir sino para ser servidos. Todos los que buscan –buscamos- el parecer y no el ser; la alabanza, la reverencia, los títulos, los privilegios. Todos cuantos, con pasmosa facilidad, enjuiciamos y condenamos, criticamos en los demás lo que deberíamos corregir primero en nosotros; quisiéramos cambiar el mundo sin abandonar nuestra esfera de cristal.
Oremos por todos los sacerdotes, por todos los dirigentes de los pueblos, por los padres de familia para que, a ejemplo de San Pablo, sean –seamos- capaces, no sólo de palabra sino con una acción motivadora y sostenida por el Espíritu, tratar a todos “con la misma ternura con la que una madre estrecha en su regazo a sus pequeños.”
Uno es nuestro Padre: Dios. Uno es nuestro Guía y Maestro: Cristo, y “nosotros todos somos hermanos.” ¿Queremos reensamblar este “mundo roto”, ¿aquí está la pauta!: Abrir nuestro encierro y mirar atentamente la realidad del otro. Como dice, desde su propia experiencia, Ladislaus Boros: “Busqué a Dios y no lo hallé; busqué mi alma y no la encontré; busqué al hermano y encontré a los tres.”

martes 18 de octubre de 2011

DOMUND, 23 octubre 2011.

Primera Lectura: del libro del profeta Zacarías: 8: 20-23
Salmo Responsorial, del salmo 66
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los Romanos 10: 9-18
Evangelio: Marcos 16: 15-20.

Domingo de las misiones, “del envío, de la participación más plena de lo que vino a traer Jesús a la tierra: la Buena Nueva de la paz, de la fraternidad, de la salvación, del Reino”. “Padre, como Tú me enviaste al mundo, así los envío Yo”. (Jn. 17: 18)
  
¿A qué los envía y nos envía?, “a contar a los pueblos la gloria de Dios, a que todas las naciones conozcan las maravillas del Señor…” Los Apóstoles y la Primera Comunidad cristiana cumplieron, hasta el derramamiento de su propia sangre, esta misión. Verdaderamente cayeron en la cuenta como pedimos al Señor que ocurra con nosotros, que estaban y hora estamos llamados a trabajar por la salvación de todos, que cooperemos para que se realice el “sueño” de Dios: una sola familia y una humanidad nueva en Cristo”.

Ya sabemos cómo surge inmediata, la, si no oposición, sí la ansiedad por encontrar la respuesta al ¿cómo? Sigamos al Espíritu que inspira a Zacarías: “los habitantes de una ciudad dirán a los de otra: vayamos a orar ante el Señor”. Es comunicación, es oráculo, es profecía; sin duda el pueblo respondió, se sintió invitado, comprendió lo que significaba ser “elegidos del Señor” y se convirtieron en guías; sus obras iluminaban, invitaban y convencían: “diez hombres de cada lengua tomarán por el manto a un judío: queremos ir contigo, hemos oído que Dios está con ustedes”. No es simple repetición del oráculo, es apropiación del contenido a nuestra realidad personal, comunitaria, social, es pregunta que toca nuestro interior para que respondamos con autenticidad: ¿soy de los que llevan a los demás a adorar al Señor porque soy luz que ilumina, sal que sazona, camino que conduce?, esto es participar del envío que ya hizo y sigue haciendo Cristo a la Iglesia entera, para que se reconquiste y sea –seamos- capaces de conquistar el mundo entero para que forme parte activa, íntima, del Reino del Padre; ¡qué gozo el que un día podamos todos escuchar desde todos los rincones de la tierra: “Dios está con nosotros”!
  
En el fragmento de la Carta a los Romanos: Pablo nos entrega un completo análisis del acto de fe y de la evangelización que lo hace posible: la fe es principio de salvación, por adhesión interna y, consecuentemente, por confesión externa, no es un acto individualista y solitario, es una actitud manifiesta que construye comunidad; imposible sin saber en Quién se cree, por ello el conocimiento llega por la predicación y ésta, con la fuerza del mismo Cristo hace posible la apertura del corazón que superará la tentación de endurecimiento. Se nos hace presente la petición reiterada durante la segunda semana de Ejercicios: “conocimiento interno de mi Señor Jesucristo que por mí se hace hombre, para que más lo ame y lo siga”, conocer el bien es quererlo de inmediato, conocer al Sumo Bien ya es poseerlo porque nos arrebatará de tal forma que nada ni nadie podrá separarnos de Él. ¿Cómo no comunicar esta experiencia de paz y de plenitud, así nos convertiremos en “mensajeros que recorren los montes para llevar la buena noticia”.
  
Unámonos a la Iglesia misionera con nuestra oración, nuestra acción de gracias y con nuestros dones que ayuden a tantos que, lejos de su patria, esparcen la semilla de Cristo.