viernes, 7 de febrero de 2025

5°. ORD. 9 febrero 2025.-


Primera Lectura:
del libro del profeta Isaías 6: 1-2, 3-8
Salmo Responsorial 137: Cuando te invocamos, Señor, nos escuchaste.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 15: 1-11
Evangelio: Lucas 5: 1-11

 Se alarga, por tercer domingo la invitación universal, para reconocer al Señor como creador; a profundizar en la realidad innegable de nuestra creaturidad engrandecida por el llamamiento del mismo señor. 

Invitación que aguarda una respuesta, disyuntiva innegable: aceptación o rechazo; al considerar la procedencia y querer ser sensatos, nos acogemos al Señor y le pedimos que conserve y proteja lo que ya nos ha dado: ¡ser sus hijos!, por ello nuestra esperanza es firme. 

El domingo pasado considerábamos tres ejemplos de realización de un programa concreto sin detenerse a medir consecuencias: jeremías, pablo, Cristo mismo. Hoy la liturgia nos ofrece tres llamamientos, tres vocaciones, tres respuestas. 

  ¿A quiénes llama Dios? La respuesta inmediata sería: a quienes Él quiere, la pensada detenidamente: a todos. No podemos negar que hay invitaciones especiales, y en ellas reluce la doble libertad: la de Dios y la del hombre; aparecen circunstancias especiales en las que se manifiesta el llamamiento, en ninguna hay, ni puede haber, coacción de parte de Dios, en las tres que recordamos, brilla la benignidad libérrima de Dios. Quien elige a Isaías, de estirpe sacerdotal, a Pedro, inculto pescador y a Pablo – quien dice de sí mismo “soy como un aborto, porque perseguí a la Iglesia. De verdad que en Dios no hay acepción de personas. 

 El Señor ayuda a que lo descubramos, sin querer negar la posibilidad, ya que para Él todo es posible; difícilmente nos enviará un serafín con un carbón encendido para que purifique corazón y labios; tampoco presenciaremos una pesca tan inesperada y abundante, tan en contra de lo que concluye la lógica de un pescador que había pasado la noche en vano y que sabía que de día sería aún más difícil; ni aparecerá una luz celestial que nos deslumbre, ni una voz que resuene tan adentro que haga imposible la no conversión. 

Asimilamos la conciencia de “ser hombres de labios impuros”, pedimos humilde y conmovidamente a Jesús: “apártate que soy un pecador”, y aceptamos con Pablo, “por la gracia de Dios soy lo que soy”.  

Tres experiencias verdaderamente fuertes de la presencia de Dios a las que siguieron tres respuestas de donación total: Isaías, no duda, responde: “¡aquí estoy, señor, ¡envíame!”  Pedro y sus compañeros, azorados y sacudidos, dejan ver su interior con los hechos: “dejándolo todo, lo siguieron”. Pablo, sin vanas presunciones, fincado en la fuerza de Dios, acepta “haber trabajado más que todos”, pero no se lo atribuye a sí mismo: “su gracia no ha sido estéril en mí”.  

 Dios quiso y quiere “tener necesidad de los hombres”, que seamos sus manos para distribuirlo a quienes lo necesitan, sus labios para anunciarlo en todas las lenguas del planeta, sus pies para llevar la buena nueva a todos los rincones de la tierra… ¡qué condescendencia de Dios: hacerse mendigo de los hombres! 

Oigamos que repite: “¿a quién enviaré? ¿quién irá de parte mía?”. La respuesta también es gracia, ¡pidamos no ser insensibles a esa voz! Hemos recibido la vida para comunicarla, no la dejemos escondida.

sábado, 1 de febrero de 2025

LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR. 2 FEBRERO 20’25.-


Primera Lectura:
del profeta Malaquías 43 1-4; 
Salmo Responsorial, del salmo 23
Segunda Lectura: de la carta a los Hebreos 2: 1414
Evangelio: Lucas 2: 22-40-

CELEBRACIÓN DE LA LUZ, DE LA LLEGADA DEL MENSAJERO, DE LA PRESENTACIÓN DEL MESÍAS, EL ESPERADO DE ISRAEL; PRESENTACIÓN NO ANTE LAS AUTORIDADES CIVILES NI RELIGIOSAS, NO ANTE UNA LEY QUE AHOGABA (Y QUE SIN EMBARGO VIENE A CUMPLIR); SINO ANTE DOS CORAZONES SENCILLOS, LLENOS DE FE Y DE ESPERANZA QUE NO HAN PUESTO TRABAS A LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU; ANTE DOS ANCIANOS SIMEÓN, QUE LLEVA EN SU PROPIO NOMBRE EL RITMO DE SUS PASOS: “DIOS HA ESCUCHADO”, Y ANA, QUIEN ES UN “REGALO DE DIOS”, REGALO DESCONOCIDO, SILENCIOSO, QUE EN EL MOMENTO JUSTO, HABLA, DA TESTIMONIO Y REPRESENTA AL VERDADERO ISRAEL, ESE PEQUEÑO RESTO QUE AGUARDABA LA LIBERACIÓN INTERIOR NO SÓLO DE ISRAEL SINO DEL MUNDO ENTERO.

MALAQUÍAS DESCRIBE, VIVAMENTE, LA MISIÓN DE AQUEL QUE VIENE: FUEGO QUE FUNDE, QUE DERRITE, QUE LIMPIA DE ESCORIA, QUE PURIFICA NO SÓLO CORAZONES SINO LOS SERES ENTEROS PARA QUE LA OFRENDA SEA DIGNA DEL SEÑOR. 

LA EJEMPLARIDAD NOS DEJA MUDOS; YA NO SERÁ LA OFRENDA “COMO EN LOS AÑOS ANTIGUOS”, YA NO PICHONES, NI TÓRTOLAS, SINO EL HERMANO MAYOR, EL QUE LLEVA NUESTRA MISMA SANGRE, EL AUTÉNTICO REPRESENTANTE DE FAMILIA, NUESTRO SUMO SACERDOTE QUE CONTINUA EL RUMBO MARCADO DESDE SU ENTRADA EN LA HISTORIA HUMANA: POBREZA Y OBEDIENCIA, POR ESO ESCUCHARÁ, MÁS TARDE, LA VOZ DE ACEPTACIÓN DEL PADRE: “ESTE ES MI HIJO MUY AMADO EN QUIEN TENGO TODAS MIS COMPLACENCIAS; ESCÚCHENLO”. QUIENES HAN HECHO CASO, YA HAN ENTONADO EL CANTO DE SIMEÓN, LA MEJOR DESPEDIDA DE ESTE MUNDO, PORQUE LLENARON SUS OJOS CON LA LUZ DE LA SALVACIÓN. MARÍA ESCUCHA Y GUARDA EN SU CORAZÓN CADA PALABRA; EL DOLOR PREANUNCIADO NO LE ATERRA, PORQUE LA LUZ HABITA EN ELLA, MÁS AÚN, NOS HARÁ PARTÍCIPES DE SUS RAYO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS, CON SU AYUDA SEREMOS CAPACES DE PERSEVERAR EN EL TRIPLE CRECIMIENTO, A EJEMPLO DE SU HIJO: “EN EDAD”, QUE NO NOS COSTARÁ TRABAJO; “EN SABIDURÍA”, QUE REQUERIRÁ ESFUERZO, Y “EN GRACIA”, QUE, AUNQUE GRATUITA, PIDE CERCANÍA AL FUEGO PARA PERMANECER ILUMINADOS.

EL BAUTISMO NOS ENCENDIÓ, PRESENTÉMONOS AHORA CON JESÚS Y CON MARÍA Y PIDAMOS SER TESTIGOS CREÍBLES DEL AMOR Y DE LA FE.

sábado, 25 de enero de 2025

3°. Ord. 26 enero 2025

 

Primera Lectura: del libro del profeta Nehemías 8: 2-6, 8-10
Salmo Responsorial, del salmo 18:
Tú tienes, Señor, palabras de vida eterna.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios
Evangelio: Lucas 1: 1-4, 14-21

Permanece nuestra expectativa-deseo: “todos los hombres de la tierra, canten al Señor un cántico nuevo”.  La novedad está en el reconocimiento de la gratuidad, de sabernos amparados por el “esplendor de su gloria”; canto que brota simplemente al percibir nuestro ser de creaturas que se goza en el Creador. Canto admirado y agradecido.

Desde el conocimiento de nuestra limitación, bajamos a nuestra realidad y pedimos lo que no podríamos lograr por nosotros mismos: “producir frutos abundantes”, y comprendemos que sólo de Él puede llegar la ayuda para dar esos frutos, unidos íntimamente a Jesucristo. Casi espontáneamente hacemos la referencia a lo que el mismo Jesús nos dice en el evangelio de San Juan: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos, así como el sarmiento no puede dar fruto si no está adherido a la vid, así ustedes sin mí, no pueden hacer nada” (15: 4-5).

Unidos a Él por el conocimiento de la revelación, por la escucha de su palabra. La alegría de saber el camino, de comprender la profundidad de la ley, de acercarnos a la interioridad de Dios que se nos manifiesta, queda plasmada en la lectura del libro de Nehemías. El entendimiento, iluminado por la verdad mueve a la voluntad a elegir bien, y como hemos meditado en incontables ocasiones, “la palabra de dios es viva y eficaz”, lo vemos en la reacción del pueblo al descubrir el poder de esa palabra: “no estén tistes, porque celebrar al Señor es nuestra fuerza.”  Conciencia que se prolonga en el salmo: “Tú tienes, Señor, palabras de vida eterna”, en ellas hay perfección, rectitud, sabiduría, verdad, plenitud, refugio y salvación.

“Los hombres no somos islas”, dice Thomas Merton; nos necesitamos unos a otros, tan fuertemente como nos lo explica San Pablo en el fragmento que escuchamos de la carta a los corintios: somos muchos, pero formamos un solo cuerpo y tenemos a cristo como cabeza; tal como experimentamos en la vida, que donde va la cabeza, va el cuerpo, y donde está el cuerpo está la cabeza, de idéntica forma debería de ser nuestro proceder, acordes, unidos, identificados con cristo, para ejercer en bien de todos, –como analizábamos el domingo pasado-, los dones con que dios dotó a cada uno. Multiplicidad de cualidades que confluyen al mismo fin: construir, con la gracia del Espíritu, la totalidad del cuerpo de Cristo. En el mejor de los sentidos, ¡no hay escape posible, si de verdad deseamos llevar a término nuestro caminar en el mundo.

San Lucas, después de haberse informado minuciosamente de todo, desde el principio, nos presenta el programa de Jesús. El cristianismo no consiste en leyes, preceptos y normas, no puede contentarse con escuchar, (recordemos que para el pueblo hebreo el escuchar ya es realizar), nos urge pasar a la acción: conocer, amar y seguir los pasos de Jesús: con la unción del Espíritu, conforme a la complacencia del padre, viene “para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y anunciar el año de gracia del Señor”. En Él se cumple la profecía de Isaías y en nosotros, si es que aceptamos su programa, debe de continuarse. Éste, no otro, es el camino para proseguir la construcción del Cuerpo Místico.

Como Jesús vino a sembrar libertad, luz y gracia, no solamente en Galilea sino en el mundo entero, queremos, asombrados y agradecidos, cuidar y acrecentar lo que él sembró, iniciando en nuestros interiores para impulsar a cuantos nos vayamos encontrando en la vida, a trabajar para que esa luz, esa libertad y esa gracia, alcancen la plenitud. Conscientes de la magnitud de la empresa, volvemos a pedir que Jesús nos mantenga adheridos a él para poder “dar frutos abundantes”. 

 

 

sábado, 18 de enero de 2025

3° Ord- 18 enero 2025.- Bodas de Caná


Primera Lectura:
del libro del profeta Isaías 62: 1-5
Salmo Responsorial, del salmo 95:
Cantemos la grandeza del Señor.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 12: 4-11
Evangelio: Juan. 2: 1-11

 

Todavía con el sabor del amor y del misterio que el padre nos ha revelado en Jesucristo, comenzamos la serie de domingos ordinarios, con la atención despierta, con la expectación constante para seguir creciendo en la profundización del significado de todo lo que en este tiempo de anuncio, navidad, epifanía, bautizo del señor hemos vivido.

 

Ansiamos de verdad que la antífona de entrada se vuelva realidad: “que se postre ante el Señor la tierra entera, que todo ser viviente alabe al Señor”. ¿Llegará el día en que la humanidad entera aprenda a levantar los ojos, a doblar las rodillas agradecidas por tanto bien recibido, a dejarse guiar por el amor paterno y a comprender que solamente así transcurrirán los días en paz y en armonía? Tú mismo lo prometes, Señor y tu palabra es verdadera: “por amor a mi pueblo” – que somos todos – “haré surgir la justicia, y la salvación brillará como antorcha”.  Nuestra esperanza, espera, a pesar de vivir largos lapsos de obscuridad y angustia. No más desolación, ni sombra de abandono; no se trata de ti, somos nosotros los que hemos tergiversado el camino y damos pasos de ciego en medio de la luz, por eso deseamos escuchar tu palabra que alumbra, entusiasma y anima: “a ti te llamarán mi complacencia´, y a tu tierra ´desposada´”. ¿Puede haber algo que cause más alegría que el sabernos complacencia de Dios?, ¿puede un esposo enamorado olvidar el día de su boda? ¡Renuévanos, Señor, la memoria para poder cantar tus grandezas y especialmente la mejor de todas: “que nos has llamado a participar de la gloria de nuestro Señor Jesucristo”!

 

El Espíritu ha derramado dones a raudales, todos “para el bien común”, para que, ayudándonos los unos a los otros, reencontremos el camino de la vida, la comunidad que supera las divisiones porque es el mismo espíritu el que actúa en nosotros, de él vienen la posibilidad de la justicia y la seguridad de la salvación. ¿Reconocemos y usamos los que nos ha dado?  Pienso que sería un magnífico comienzo del año nuevo.

 

En el evangelio de hoy, San Juan nos muestra, en María, un modelo de quien pone en acción los dones personales para bien de los demás.

 

Jesús y María han sido invitados a una boda; la alegría llena el recinto y parecería que nadie se ha dado cuenta de algo que resultaría bochornoso, de algo que rompería la alegría de la fiesta, pero… ahí está María, la mujer perspicaz, la atenta, la cuidadosa, la que vela por todos, la silenciosamente humilde y confiada; se acerca a Jesús y le dice: “ya no tienen vino”. Asimila la respuesta desconcertante de su hijo: “Mujer, ¿qué podemos hacer tú y yo? Todavía no ha llegado mi hora”, y con el amor y la confianza  de Madre de Jesús y Madre nuestra, intercesora inigualable, indica a los servidores: “hagan lo que él les diga”.

 

Ya escuchamos y conocemos la consecuencia. Agua convertida en un vino mejor que el primero. Asombro de los sirvientes que había hecho caso a María y a Jesús, y el reproche admirado al novio, de parte del encargado de la fiesta.

 

Dos actitudes deberían seguir latiendo en nosotros: continuar escuchando a maría que nos repite: “hagan lo que él les diga” y la mente y el corazón abiertos de los discípulos que creyeron.

 

viernes, 10 de enero de 2025

El Bautismo del Señor. 12 de enero de 2015


P
rimera Lectura: del libro del profeta Isaías 40: 1-5, 9-11
Salmo Responsorial, del salmo 10
3: Bendice al Señor, alma mía.
Segunda Lectura: de la segunda carta del apóstol Pablo a Tito 2: 11-14; 3: 4
Evangelio: Lucas 3: 15-16, 21-

Celebrábamos, el domingo pasado la Epifanía, la manifestación de Dios; esta manifestación es y ha sido siempre, desde la creación, “Tú que llamas a los seres del no ser para que sean”, cada creatura es presencia del Creador y desde cada una de ellas podemos aprender a llegar hasta el Señor; pero nuestra miopía, nuestra falta de relación, de comprensión, lo han impedido: “desde que el mundo es mundo, lo invisible de Dios, es decir, su eterno poder y su divinidad, resulta visible pare el que reflexiona sobre sus obras…” (Rom 1: 20) como sabio conocedor de nuestra flaqueza, le habla a Noé, a Abrahám, a Moisés, comunica su palabra por boca de los profetas, por los signos de liberación, en ocasiones difíciles de comprender en “nuestro ahora”: “todo el pueblo percibía los truenos y relámpagos, el sonar de las trompetas y la montaña humeante. Y el pueblo estaba aterrorizado, y se mantenía a distancia. Dijeron a Moisés: háblanos tú y te escucharemos, que no nos hable Dios, que moriremos”. (Éx 20: 18-19), nos parece un Dios temible e inalcanzable. La historia es de rechazo, de alejamiento, de olvido, ¡tan parecida a la nuestra! “no hicieron caso, me dieron la espalda, rebelándose, se taparon los oídos para no oír”. (Zac 7: 11)

El señor nos quiere, es persistente, continúa ofreciendo su amor y su amistad a su pueblo, y en él a todos los hombres, porque en el proceso de salvación todos estamos involucrados; las palabras que escuchamos de Isaías nos llenan de esperanza: “consuelen, consuelen a mi pueblo, hablen al corazón de Jerusalén, -al corazón de todos los hombres-, ha terminado el tiempo de su servidumbre, preparen el camino del Señor…” y la Epifanía acompaña el correr de la historia, Dios, como “el lebrel del cielo”, sigue nuestras huellas; pero…, no nos dejamos alcanzar, queremos ignorar que nos quiere “presa” de su amor y salvación. Y llega al colmo: “llegada la plenitud de los tiempos, Dios envió a su hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley para liberar a los que estábamos bajo la ley, para que recibiéramos la condición de hijos”. (Gál 4: 4) con la anunciación, encarnación y nacimiento de Jesús, nueva epifanía, intenta ofrecernos Dios, señales más claras del interés que tiene por nosotros: “tanto amó Dios al mundo, que le envió a su hijo único para que tenga vida eterna y no perezca ninguno de los que creen en Él”. (Jn 3: 16) los ángeles fueron heraldos, los pastores y “los magos”, testigos; herodes, a pesar suyo, también es testigo del nacimiento de alguien diferente: ¡ha llegado el mesías.

Hoy una triple conjunción nos conmueve y confirma, ya no son los ángeles que cantan, ya no es la estrella, son los cielos mismos que se abren, la paloma que desciende, la voz del padre que escucha la “oración de Jesús” que nos trae el espíritu y el fuego y nos sella como pertenencia de Dios. El bautismo de Juan sólo conseguía una preparación interior, el instaurado por Cristo nos abre el camino hasta el Padre, pues a cada uno de nosotros se aplica, como cuerpo de Cristo, la bendición que desciende sobre él como nuestra cabeza: “Tú eres mi hijo, el predilecto; en Ti me complazco”. 

Que nuestra vida, como bautizados, sea una vida en la que Dios se complazca, así seremos manifestación de dios como verdaderos hijos suyos. Que el Señor Jesús, hecho pan y vino en la mesa eucarística, continúe alimentándonos e instruyéndonos para que vivamos, como él, ¡a gusto del Padre!

miércoles, 18 de diciembre de 2024

4°- Adviento, 22 diciembre 2024.-


Primera Lectura:
del libro del profeta Miqueas 5: 1-4
Salmo Responsorial, del salmo 79: Señor, muéstranos tu favor y sálvanos
Segunda Lectura: de la carta a los hebreos 10: 5-10
Evangelio: Lucas 1: 39-45

Todas las creaturas están a la expectativa, lo capta y anuncia Isaías, lo hemos escuchado en la antífona de entrada: “destilen, cielos, el rocío, y que las nubes lluevan al justo, que se abra la tierra y haga germinar al salvador”. Hoy el profeta Miqueas retoma el grito de esperanza: la luz que desvanece las tinieblas de un horizonte obscuro lleno de corrupción e injusticia, y “se remonta a los tiempos antiguos”, tan antiguos como la eternidad de Dios y nos descubre su designio de paz y de unidad, el que estuvo desde el inicio de la creación, y se manifestará en todo su esplendor “cuando dé a luz la que ha de dar a luz”.

Siete siglos después se cumple la promesa: Jesús, el buen pastor, guiará a su pueblo, a toda la humanidad, “con la fuerza y majestad de Dios”; fuerza y majestad totalmente distintas a las que imaginamos los hombres: “de ti, Belén de Efratá, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel”. Desde el silencio aparece el retoño, ya expresará Jesús: “el reino de Dios no aparece con ostentación, ni podrán decir: míralo aquí o allí; porque, miren, ¡dentro de ustedes está!” (Lc 17: 20-21) de la misma forma llega él, se hace uno con nosotros en una aldea perdida, humilde, olvidada. “no quisiste víctimas ni ofrendas; en cambio, me has dado un cuerpo. Aquí estoy, dios mío; vengo para hacer tu voluntad”. Los antiguos sacrificios se han suprimido y cristo nos enseña a vivir según la voluntad del padre, y con la ofrenda de su propio cuerpo, en una alianza nueva y eterna, “quedamos santificados”.

Contemplemos la escena que presenta San Lucas, toda ella se centra en dos mujeres que van a ser madres, los varones adultos están ausentes, los pequeños, ocultos a los ojos, se hacen presentes en la participación del gozo en el Espíritu Santo. Ejemplo del encuentro que estamos preparando.

María lleva en sí al que es la alegría del Padre, de los ángeles, de cuantos quieran ser como ella que ha sabido escuchar y confiar: “aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”, actitud preaprendida de Jesús, hijo de Dios e hijo suyo; proclamación de una fe que, de inmediato, se manifiesta en los actos: “María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea, y saludó a Isabel”. Servicio, atención, delicadeza, claros signos de la presencia de Jesús a quien ya lleva en su seno y que provoca el salto de gozo de Juan Bautista, que llena del Espíritu a Isabel y le inspira la primera bienaventuranza: “dichosa tú que has creído, bendita entre todas las mujeres, bendito el fruto de tu vientre”. Bienaventuranza que seguimos proclamando en el Ave María.

Que la pregunta de Isabel, hecha asombro, se repita desde nuestro interior: “¿quién soy yo, para que la madre de mi señor venga a verme?” María, la primera evangelizadora, la portadora de la buena nueva, el arco de la alianza, nos trae a Jesús y nos lleva hacia Él, recibirla es recibirlo. Aceptemos la fuerza del Espíritu, que ambos nos comunican; destrabe nuestros labios y anunciemos, con fe entusiasmada, la promesa y el cumplimiento de la salvación.

sábado, 14 de diciembre de 2024

3°. Adviento, 15 diciembre 2024.-



Primera Lectura:
del libro del profeta Sofonías 3: 14-18
Salmo Responsorial, del salmo 12: El Señor es mi Dios y salvador.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los filipenses
4, 4-7
Evangelio:
Lucas .3: 10-18

“¡Estén siempre alegres en el Señor; se lo repito, estén alegres. El Señor está cerca!” Alegría plena, espera esperanzada que superó lo esperado, porque, “el Señor está no solamente cerca”, sino ya en medio de la humanidad, dentro de nosotros, hecho nuestra carne.

Alegría, que cambia el morado y se viste de rosa. No cesan la reflexión ni el recorrer los caminos del arrepentimiento; es fiesta adelantada porque el corazón y el ánimo proclaman el reencuentro, la confianza y el sentido del gozo que se prolonga más allá de una fecha, que supera nuestros estrechos límites espaciotemporales, lanza fuera el temor y el desfallecimiento, reconoce mucho más que el perdón y mira la realidad iluminada por una luz que no podríamos imaginar desde nuestro ser pequeño: ¡soy, somos cada uno, para dios: “gozo y complacencia”! ¿Aceptamos, aun rodeados de imperfecciones y de olvido, “ser causa de la alegría de Dios”? ¡El asombro de tal luz nos deslumbra y enaltece! Amados desde siempre, elegidos, creados, redimidos y adoptados, ¿ensombreceremos esa alegría divina?

En el fragmento que escuchamos de la carta a los filipenses, encontramos el eco de la antífona de entrada y vuelve a insistir en que estemos alegres porque el Señor todo lo llena. Es una alegría que llega como flor mañanera y con sólo mirarla, se iluminan los ojos, el corazón y el deseo de ser benevolentes, de reflejar el amor recibido y ser agradecidos por la paz que nos llega de manera gratuita y “sobrepasa toda inteligencia”.

Con esta actitud consciente, a ejemplo de María, aceptamos el don con decisión irrevocable de no perderlo nunca y de esmerarnos en darlo a conocer por nuestras obras.

Participemos de la “expectación” del pueblo hebreo y presentemos “en toda ocasión nuestras peticiones a dios, en la oración y la súplica”, para que en todos los hombres renazca la esperanza de un mundo más humano, más hermano “que ponga su corazón y pensamientos en Cristo Jesús”. Empresa nada fácil, pero recordemos que “para Dios nada es imposible”.

Si entusiasma la voz de Juan Bautista, ¿qué no hará la palabra? La voz responde con claridad a la pregunta “¿qué debemos hacer?”: exhorta a compartir lo que se tiene, a vivir en justicia, a no abusar de nadie. La palabra lo resumirá todo en la ley evangélica: “ámense los unos a los otros como yo los he amado”. (Jn. 13: 34) no basta el agua, precisamos del fuego del Espíritu para cumplir su mandato, y el mismo Jesús nos lo ha traído y junto con el Padre, nos lo ha enviado, ¡ésta es la buena nueva!

Cuando llegue el momento de la siega, si hemos permanecido fieles al Espíritu, nos encontraremos con Cristo en el granero, alejados de la paja que consume el fuego.

sábado, 7 de diciembre de 2024

2°. Adviento, 8 diciembre 2024.


Primera Lectura:
del libro del profeta Baruc 5: 1-9
Salmo Responsorial, del salmo 125: Grandes cosas has hecho por nosotros, Señor.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los filipenses 1: 4-6, 8-11
Evangelio: Lucas 3: 1-6

Cuando el corazón oye la voz de Dios no puede menos de alegrarse; ¡cómo necesitamos del silencio para poder escuchar su palabra en medio del aturdimiento de las cosas que nos rodean! Danos sabiduría, Señor, para saber distinguir, para saber elegir, para llenarnos de tu propia vida.

Nuestra realidad no es muy diferente a la que vivía Israel cuando el profeta Baruc los incita a la alegría ¿alegría en el destierro, en la pobreza, en la penuria, en babilonia, en la lejanía de la ciudad santa? ¡Sí!: “Vístete para siempre con el esplendor de la gloria que Dios te da; alégrate pues tus hijos, que salieron como esclavos, volverán como príncipes”. Todas las creaturas están para servirte, el camino será llano, la frescura de los árboles te dará sombra; el Señor es tu pastor “te escoltará con su misericordia”.

Volviendo los ojos a nosotros: ¿alegría en las angustias económicas, en medio de los conflictos sociales, junto a hermanos que padecen hambre, frío, segregación? ¿Alegría en un mundo roto, donde los pasos tropiezan en subida, donde los árboles no pueden dar sombra porque están talados? ¿Vestirnos de gloria ante lo incierto del mañana, la escalada de precios, la sordera de los poderosos, la impotencia creciente ante el ansia de poder que destruye a los hombres? ¿Alegría cuando, junto con Dios, nos sentimos desterrados, lejos de la paz y la justicia? ¡Sí!, porque la palabra se sigue pronunciando con la misma fuerza creadora y liberadora del inicio: “en el principio existía la palabra y la palabra estaba en Dios y la palabra era Dios, nada fue hecho sino mediante la palabra y cuanto existe subsiste en ella”.

Palabra que en Jesucristo se hace carne, como uno de nosotros, que viene a enseñarnos con su vida y su entrega, el camino que desemboca directo al corazón de cada uno, que conmueve y remoza, que convierte y transforma, que nos hace reconocer, más allá de lo que nos aprieta y acongoja, que “el Señor ha hecho grandes cosas por nosotros”, es quien alimenta la sólida alegría, la que supera todo, la que sabe que ha elegido el camino correcto aun cuando las circunstancias parecieran decirnos lo contrario.
 

Fidelidad y convicción, las que comunica pablo a los filipenses; oración que hermana y mantiene tenso ese lazo de unión: “siempre pido por ustedes”, descubre la razón, además del afecto: “lo hago con alegría porque han colaborado conmigo en la causa del evangelio”. La Buena Nueva es el dinamismo porque en el centro está cristo Jesús; la seguridad es plena porque “aquel que comenzó en ustedes esta obra, la irá perfeccionando siempre”. Ni son ellos solos, ni somos nosotros solos, es la gracia, es “el conocimiento y la sensibilidad espiritual”, lo que nos hará producir “frutos de justicia para gloria y alabanza de Dios”.
 

Lucas nos sitúa en el tiempo y en la historia, en el momento del reinicio de la voz que viene a anunciar que la palabra ha llegado; resuena en el desierto, en la meditación, en el silencio interior y exterior. Rellenar los valles, abajar las colinas: ni humildad inactiva ni soberbia altanera; horizonte sin límites que “permita a todo hombre ver la salvación de Dios”.

sábado, 30 de noviembre de 2024

1°. Adviento, 1 de diciembre 2024.-


Primera Lectura:
del libro del profeta Jeremías 33: 14-16
Salmo Responsorial, del salmo 24: Descúbrenos, Señor, tus caminos.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los tesalonicenses 3:12, 4
Evangelio: Lucas 21: 25-28, 34

¡Adviento!, el Señor que ya vino, ahora llega nuevamente, el dios siempre presente que se pone a nuestro alcance en Jesucristo. Quiere que analicemos el sentido cristiano del tiempo y de la historia.

Jeremías anima a la confianza; de parte del Señor anuncia lo que cumple: “nacer y renacer del retoño pujante”, que continúa abriendo caminos de justicia hasta que reine la paz.

El avanzar no es fácil, los enemigos son poderosos. En el entonces del profeta, Nabucodonosor asediaba a Jerusalén, pero Dios es fiel y “los que esperan en Él no se verán defraudados”. Cierto que a la victoria, la precede la lucha, pero qué diferencia de armas a armas, y de victoria a victoria; allá, escudos, lanzas, espadas y flechas tras, una muralla fortificada, más que con piedras, con la fe en Yahvé.

Escuchamos la exhortación de Pablo a los tesalonicenses y nos revestimos de la mirada del cristiano, la que ve hacia el futuro: “conserven sus corazones irreprochables en la santidad ante Dios, nuestro Padre, hasta el día en que venga nuestro Señor Jesús, en compañía de todos sus santos”. 

Ésta es la actitud, la única, que mantendrá llenos de paz y de esperanza nuestros corazones, la que, ante los vaticinios estremecedores del final de los tiempos, nos hará fijarnos con mayor atención en las palabras de Jesús mismo: “levanten las cabezas porque se acerca su liberación”, lo profetizado por Jeremías llegará a su total cumplimiento: “el Señor es nuestra justicia”.

Alejados de cuanto nos aleje de Él, “velando en oración, podamos comparecer, seguros, ante el hijo del hombre”. Con el ejemplo e intercesión de cuantos han sabido elegir y mantenerse bajo la bandera de cristo, reafirmemos nuestra fe y nuestra confianza: “estando el Señor a mi lado, jamás vacilaré”.

viernes, 22 de noviembre de 2024

Cristo Rey, 24 noviembre 2024.-


Primera Lectura:
del profeta Daniel 7: 13-14
Salmo Resposorial, del salmo 92: Señor, Tú eres nuestro rey.
Segunda Lectura: del libro del Apocalipis 1: 5-8
Evangelio: Juan 8: 33-37.

¡Cristo Rey del Universo!, y llega a nuestros corazones la inquietante pregunta, ¿de verdad lo aceptamos como tal? Realidades, conceptos, vivencias contrapuestas que nos quitan la seguridad con la que creemos pisar el mundo en que vivimos. En la antífona de entrada encontramos, ojalá profundicemos, los cimientos del Reino que durará para siempre. Cristo recibe lo que en su entrega ha conquistado: “poder, riqueza, sabiduría, fuerza, honor, gloria e imperio”, siete que simboliza la totalidad. Él es “la piedra angular” que “recapitula todo cuanto existe en el cielo y en la tierra” (Col. 1: 29). En Él, y, solamente desde Él, nos vemos liberados de la esclavitud y encontramos el dinamismo que impulsa al servicio universal, filial y agradecido al Padre, para hacer vida, ya en esta vida, la alabanza, el reconocimiento y el gozo que permanecerán para siempre.

Ambas lecturas, la de Daniel y la de Juan manifiestan la realidad de un reino que rompe las concepciones que se apoyan en el poder, la riqueza y el vasallaje. Un reino que orienta las decisiones y nos muestra el camino para que llegar a ser; que nos convierte en Reino para el Padre. ¡Imposible entenderlo sin conocer y amar a aquel que nos lo anuncia, no con retórica vacía, sino con cada acto de su vida, hasta la muerte y la resurrección!

De frente a la verdad, no repitamos la acción de Pilato, porque la confrontación nos hace elegir el camino más fácil: la huida, pidamos valentía, audacia y fe, para abrir oídos y corazón a su Palabra: “soy Rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”, que sigue resonando, “porque mis palabras no pasarán”, como escuchábamos el domingo pasado.

Esa verdad, que aprieta y compromete a ser testigos fieles, a ser coherentes con la interioridad y la palabra y, más aún, con nuestras acciones como proyección de nuestro ser completo; no es doctrina teórica, es llamada que transforma la vida y nos lanza, conscientes de la presencia de su Espíritu en nosotros, a ser transformadores del mundo a nuestro alcance y cooperar en la construcción de un reino universal, reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz.

Pidamos a María Reina, para que como ella, sepamos discernir y elegir, confiar y caminar siguiendo los pasos de “aquel que es el primogénito de los muertos y el primogénito de los resucitados”; que quitemos la escoria y las mentiras que ensombrecen el auténtico seguimiento de Jesús, para que resuene como eco repetido e incesante, allá, en lo profundo de la entraña: “conocerán la verdad y la verdad los hará libres”.

¡Cristo Eucaristía, fortalece nuestra fe! Que creamos, en serio en ti y en tu promesa: “confíen, Yo he vencido al mundo y estaré con ustedes todos los días”.