jueves, 27 de mayo de 2010

La Santísima Trinidad, mayo 30, 2010.

Primera Lectura: del libro de los Proverbios 8: 22-31
Salmo Responsorial, del Salmo 8: ¡QUé admirable, Señor, es tu poder!
Segunda Lectura: de la carta del apostol San Pablo a los Romanos Rom. 5: 1-5;
Evangelio: Juan 16: 12-15.

“Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”; el Misterio de Dios que Él mismo nos ha revelado; Misterio que no podríamos ni siquiera imaginar y que nos descubre la profunda Comunicación en la que Dios vive y de la que nos hace partícipes.

Los teólogos se han esforzado por encontrar fórmulas que nos acercaran, al menos un poco, a la misma profundidad de Dios y nos quedamos con conceptos, vinculaciones, procesiones, diferencias y unidad, que poco nos dicen de Aquel que nos sobrepasa.

Nuestro cristianismo es Trinitario, Dios no es solitario, es Familia. Buscamos, desde Jesucristo, hacer referencia a la gran revelación que nos trajo.

¿Quién eres, Señor, cómo eres? La respuesta no nos llena de ideas, Jesús, como lo hizo con sus discípulos, como lo hace con nosotros a través del Evangelio, nos ofrece una vía de contacto existencial, de acercamiento desde la Fe, desde el trato íntimo con Él, porque encontrarnos con Jesús es encontrarnos con el Padre y con el Espíritu Santo.

Es lo que fueron aprendiendo sus discípulos, es lo que nos sigue enseñando, no conceptos fríos e inalcanzables, sino la vivencia diaria, el proceso lento pero profundo, la paciencia y la confianza para aceptar a Dios como Es, imposible de imaginar pero “palpable” a través de sus obras, a través de “su enviado, Jesucristo”. En Él descubrimos la Bondad, la Compasión, la Misericordia y el Amor: “Al Padre nadie lo ha visto nunca, el Hijo Unigénito es quien nos lo ha revelado” (Jn. 1: 18) Jesús nunca actúa sino siguiendo la Voluntad del Padre: “que el mundo sepa que amo al Padre y que cumplo exactamente su encargo”. (Jn. 14: 31) Su testimonio es claro: “Si Yo no hago lo que me encarga mi Padre, no se fíen de mí, pero si lo hago, aunque no se fíen de mí, fíense de mis obras; así sabrán de una vez que el Padre está conmigo y Yo estoy con mi Padre” (Jn.10: 37-38). Que resuenen en nuestros corazones las palabras dirigidas a Felipe: “Quien me ve a mí, está viendo al Padre. ¿No crees que Yo estoy con el Padre y el Padre está conmigo?” (Jn. 14: 9) Aun así, nuestro entendimiento vacila, Señor, ¿cómo podremos comprender?; atendamos y confiemos: “Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios”. (Mt. 19: 26)

Mantengámonos en paz con Dios por mediación de nuestro Señor Jesucristo, con la esperanza que no defrauda, “porque Dios ha infundido en nuestros corazones su amor por medio del Espíritu Santo, que Él mismo nos ha dado”.

El Espíritu que es la Vida de Dios, ese Espíritu prometido y enviado por Jesús, ese Espíritu que está en Jesús es el que nos descubre Quién es Dios.

Jesús Palabra del Padre, nos ilumina para que atisbemos la Vida Trinitaria: Él regresa al Padre y ambos nos envían al Espíritu. “Todo lo que tiene el Padre es mío”, posee todo lo que el Padre posee; “El Espíritu me glorificará, porque primero recibirá de mí lo que les vaya comunicando”. Más íntimo que mi misma intimidad, Guía seguro, si me dejo conducir, a la Verdad Plena.

Al recorrer la Liturgia de la Misa, reconozcamos, confirmemos la presencia Trinitaria, desde el inicio mismo, al santiguarnos, hasta la despedida en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

¡Qué la intimidad de esta presencia crezca a lo largo de lo que nos reste de vida, y al iniciar cada actividad, sean el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo Quienes la presidan!

miércoles, 19 de mayo de 2010

Pentecostés, 23 mayo 2010.

Primera Lectura: Hech. 2: 1-11;
Salmo Responsorial, del salmo 103: Envía, Señor, tu Espíritu a renovar la tierra. Aleluya.
Segunda Lectura: de la 1ª carta de SAn Pablo a los  Corintios 12: 3-7, 12-13
Evangelio: Juan 20: 19-23.

¿Llegaremos a comprender algún día, en esta tierra, el significado del amor de Dios? A partir de la antífona de entrada nos llega la invitación, fuerte, fiel, para que profundicemos esa realidad que va más allá de la limitada inteligencia humana: “El amor de Dios ha sido infundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que habita en nosotros”. Jesús ha cumplido su palabra: “Les conviene que Yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito; en cambio, si me voy, Yo se lo enviaré” (Jn. 16: 7) Y lo ha hecho, lo ha enviado a renovar la tierra, a darle la configuración primigenia, tal como salió, como salimos, de “las manos de Dios”; dejémonos habitar, dejémonos conducir, aprendamos a escuchar en el silencio de la profundidad de Dios en nosotros y constataremos que “somos otros” a través del amor y la unidad, de los dones abundantes que nos otorga para que surja una humanidad nueva, “en justicia y santidad verdaderas”. Es Su obra, “no opongamos resistencia al Espíritu que nos selló para el día de la liberación”. (Ef. 4: 30)

San Lucas nos lleva a Jerusalén, es la fiesta judía de Pentecostés, 50 días después de la Pascua, hay una multitud de personas “venidas de todas partes del mundo”. Nos hace testigos del Don del Espíritu Santo como el “Viento de la creación” y el “Hálito divino” que insufló Dios a los primeros hombres, Vida, Fuego, Presencia de Dios en Israel y en el mundo que lleva a cabo el deseo de Cristo: “Fuego he venido a traer a la tierra y qué quiero sino que arda”. (Lc. 12: 49). Fuego que despierta y acucia la comprensión entre los hombres: los sonidos son diferentes, pero la intelección es la misma, todos escuchan “las maravillas de Dios”.

¡Señor, consolídanos en la unidad!, que tratemos de recibir tu regalo, que encuentre en nuestros corazones sitio preparado donde posarse: “Envía, Señor, tu Espíritu a renovar la tierra”.

Precisamente de esa solidaridad, de esa ayuda mutua, de esa colaboración, fruto del Espíritu, nos habla Pablo en el fragmento de la Primera Carta a los Corintios: todos para todos, cualquier cualidad, por pequeña que parezca, la pongamos en acción para el bien común; hay Alguien que nos guía y nos une, más allá de todos nuestros esfuerzos: “El Espíritu que es el mismo”, “Dios que hace todo en todos, es el mismo”. Invitación, tarea, misión, continuidad de un Cristo vivo en nosotros para formar Un solo Cuerpo. ¡Dejémonos impresionar por esta dignación de Dios en Cristo por el Espíritu!

Jesús nos da, con abundancia, la Paz que nos aquieta y nos llena de esperanza. Nos conoce, como conocía a sus Apóstoles, y aun así nos quiere, y repite el envío, no cualquiera, sino el que Él recibió y cumplió: “Cómo el Padre me envió, así los envío a ustedes”. Y vuelve, otra vez, el soplo creador de lo nuevo: “Reciban el Espíritu Santo”, y con Él la seguridad de volver siempre a la amistad del primer encuentro con el Amor que perdona y acepta, que confía y acompaña, que conduce y espera. ¡Haz, Señor, que te aceptemos y contigo, al Padre, al Espíritu, a la Iglesia que te pedimos renueves siempre!

martes, 11 de mayo de 2010

La Ascensión del Señor. 16 Mayo 2010.

Primera Lectura : Hechos de los Apóstoles 1: 1-11
Salmo Responsorial, del salmo 46: Entre voces de júbilo Dios asciende a su trono. Aleluya.
Segunda Lectura: de la carta a los Hebreos 9: 24-28, 10: 19-23
Evangelio: Lucas 24: 46-53.

En este día de la Ascensión, Jesús realiza lo que nos dice el Salmo 19: 6:“Salió como un héroe, contento a recorrer su camino”; llega a la meta, entra en la Gloria que tenía desde antes de la Creación.

La oración nos recuerda la petición que hicimos, como Iglesia, el domingo del Buen Pastor, que se realice lo que nos ofreció: para que donde Él esté, estemos también nosotros: Cabeza y Cuerpo Místico unidos de modo inseparable y eterno

En el libro de los Hechos de los apóstoles, San Lucas expresa brevemente, el último adiós de Jesús. En la dedicación a Teófilo, afirma que ha escrito “todo lo que Jesús hizo y enseñó hasta el día en que ascendió al cielo”. Tiene muy presentes los momentos en que “Jesús dio numerosas pruebas de que estaba vivo”, sigue reinando el ambiente de la Pascua. La instrucción es muy sencilla: “Aguarden a que se cumpla la promesa de mi Padre, y sean bautizados en el Espíritu Santo”. De verdad lo necesitaban, como lo necesitamos nosotros, para que enderece las mentes y superemos lo material, que, ni por asomo se nos ocurra preguntar: “Señor, ¿ahora sí vas a restablecer la soberanía de Israel?”, que aprendamos a ver, como Él, los designios del Padre, que aprendamos a confiar, como Él, en las decisiones del Padre. La respuesta de Jesús a sus discípulos, los y nos deja con la misma incógnita: “A ustedes no les toca conocer el tiempo y hora que el Padre ha determinado con su autoridad; pero el Espíritu Santo cuando descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos hasta los últimos rincones de la tierra.” Mejor atiendan a la misión que les encomiendo; ¡los necesito activos! Con intensa mirada de fe no alegramos con el triunfo del Señor y cantamos desde lo más profundo el Salmo: “Entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono. Aleluya”

El Sacerdocio de Cristo confirma la Nueva Alianza. La presencia de la Nueva Creación que hemos recordado los dos domingos anteriores en la lectura del Apocalipsis, ya es realidad: “Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos…, nos abrió un camino nuevo y viviente a través del velo, que es su propio cuerpo”. Por eso estamos seguros, “al frente de la casa de Dios, tenemos un sacerdote incomparable”, y podremos acercarnos con sinceridad, con una conciencia limpia, con esperanza inquebrantable, porque sabemos que las promesas de Dios ya se cumplieron, lo que nos falta es revestirnos de ellas.

Jesús se va, pero antes de su partida, les refresca la memoria para que no olviden lo que Él ha cumplido: Todo lo ha realizado como “El Hijo amado del Padre”: sembrar sin interrupción, dar un Amor sin límites, el dolor en su pasión, la angustia real de la muerte, el logro victorioso de la resurrección y ahora “la vuelta al Padre”. Jesús es la plenitud de la Revelación; su Persona y su doctrina no pueden separarse.

Se eleva, los y nos bendice, ha terminado su tiempo en el mundo, desde el Padre enviará al Consolador, al que es “la Fuerza de lo alto” que los y nos hará capaces de ser testigos fidedignos de que Cristo “Es el Señor”. El tiempo de la Iglesia ha comenzado con los mejores auspicios, regresemos alabando con gozo al Padre, Él nos ayudará, con ese Espíritu, a continuar la misión que comenzó el Hijo.

martes, 4 de mayo de 2010

6° de Pascua, 9 de Mayo, 2010.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 15: 1-2, 22-29
Salmo Responsorial, del salmo 66: Que te alaben, Señor, todos los pueblos. Aleluya.
Segunda Lectura: del libro del Apocalipsis 21: 10-14, 22-23
Evangelio: Juan 14: 23-29.

El júbilo sigue presente, la fuerza de su eco resuena y llega a toda la tierra porque: “¡El Señor, ha redimido a su pueblo!” La Iglesia canta, la comunidad canta, cada corazón agradecido, canta y todos nos sentimos comprometidos a dejar en claro, con nuestras obras, que la alegría es sinceridad y convicción de que Jesús Resucitado es la raíz, las flores y los frutos de una vida renovada, fraterna y servicial.

La lectura de Hechos de los Apóstoles nos liga a la realidad de la Iglesia, entonces como ahora, constituida por seres humanos, frágiles, a veces temerosos de perder lo adquirido como si fuera posesión en exclusiva. Aparece un conflicto concreto, surgen altercados, opiniones diversas: “los convertidos del paganismo deben aceptar la Ley de Moisés y el signo que los una al Pueblo elegido, la circuncisión” Sentimientos y visiones personales contrapuestas, sin duda con buena intención, pero no conforme al Espíritu. Es necesario clarificar que el Evangelio es la Buena Nueva que nos trajo Jesús, quien, sin hacer menos las tradiciones de la Antigua Alianza, las supera, y así, abre el mensaje “a toda raza, lengua, pueblo y nación”. (Apoc. 5: 9-10)

La solución se encuentra en comunidad, en actitud de escucha, en oración, en la experiencia de fe, en la presencia de Dios y de Jesús que han enviado al Espíritu. ¡Actitudes que necesitamos en la Iglesia actual, la que vivimos, la que formamos, pero abiertos totalmente a la acción de Dios! ¡Que podamos expresar con humildad porque la unción nos viene desde arriba: “El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponerles más cargas que las estrictamente necesarias”. Meditábamos el domingo pasado las palabras de la Nueva Creación: “Ahora Yo voy a hacer nuevas todas las cosas”. ¡Señor que aprendamos a discernir con docilidad tus decisiones, y a cumplirlas!

La visión que nos presenta el Apocalipsis, debería llenarnos del fulgor que lo inspira; reafirmar en nosotros la pertenencia a la universalidad de la acción redentora que mira a los cuatro puntos cardinales, que tiene una Única Luz, la de Dios y del Cordero, la que une Antigua y Nueva Alianza, Patriarcas y Apóstoles, todos, sin excepción, fincados en “Cristo, la piedra angular, sobre quien se construye todo lo nuevo y duradero”.

Jesús, continuando su sermón de despedida, insiste, en lo único que perdura: el amor y subraya las consecuencias, aquel que ama: “cumple su palabra” y prosigue con algo que aumenta la profunda alegría: “Mi Padre lo amará, vendremos a él y haremos en él nuestra morada”. ¡Ser morada de Dios, vivir de la vida de Dios Trinitario!

Todavía sube más el tono de alegría: nos deja “Su Paz para que no nos acobardemos”, nos promete estar, no solamente cerca, sino dentro de nosotros con la fuerza del Espíritu Santo Consolador “que nos recordará todo”.

Toda despedida es triste pero Jesús nos pide que nos alegremos porque ha cumplido con la Misión encomendada por el Padre; su ida ya es promesa de regreso: “volveré a su lado”. Con Él, en estos tiempos difíciles que sufrimos como Iglesia, nos sentiremos fuertes para presentarnos, con palabras y obras, como hijos de la Luz y sus fieles discípulos, guiados por el Espíritu que animó, paso a paso, toda su vida.

martes, 27 de abril de 2010

5º de Pascua, 2 mayo 2010.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 14: 21-27,
Salmo Responsorial, del salmo 144: Bendeciré al Señor eternamente. Aleluya.
Segunda Lectura: del libro del Apocalipsis 21: 1-5
Evangelio: Juan 13: 31-35.

La novedad hecha cántico, porque hemos dejado que la alegría pascual nos abriera los ojos de la fe en Cristo Resucitado, propicie la experiencia constante de la mirada del Padre que nos confirma en “la verdadera libertad”, y nos ofrece ya, “la herencia eterna”.

Oremos de verdad para que nuestra Fe vaya creciendo; sabemos que es don de Dios pero, juntamente, aceptación nuestra que o se proyecta en las obras o se irá marchitando. Sabemos, aceptamos; mas ¿cuántas veces sin llegar al compromiso personal que envuelva al comunitario y se convierta en misionero? Si nos rodea la “sensación” de Dios, ese hálito experimentable aunque inexplicable, nos ayudará a mirar más allá de lo que vemos y nos proyectaremos como verdaderos hijos.

Pablo y Bernabé la viven, y animan, exhortan a los primeros cristianos a “perseverar en la fe”; a nadie ocultan la realidad que la acompaña: “hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”. No fueron menores las dificultades que ellos enfrentaron a las que enfrentamos nosotros, las superaron con la oración y el ayuno, con la solidaridad y la alegre participación de cuanto Dios había obrado por medio de ellos, fieles seguidores del Espíritu, que inspira a Pablo a afirmar: “Sostengo que los sufrimientos del tiempo presente son cosa de nada comparados con la gloria que va a revelarse reflejada en nosotros” (8: 18). Entusiasmo para compartir con cuantos se encuentran, -nos encontremos-, la presencia y acción de Dios en la comunicación del Evangelio.

“Mi Padre es un trabajador y Yo también trabajo”, (Jn. 5: 17), Dios en acción constante porque la conservación es la creación continuada; Él, sin tener que “mirar al futuro”, nos asegura la realidad final: “un cielo nuevo, una tierra nueva, una nueva Jerusalén, engalanada como una novia”; “Esta es la morada de Dios con los hombres, vivirá con ellos y serán su pueblo”; su promesa abarca al universo sin limitaciones: “Ahora Yo voy a hacer nuevas todas las cosas”.

En el capítulo 13 de San Juan, después del Lavatorio de los pies, comienza el “discurso de despedida”, el testamento de Jesús, la oración sacerdotal. Jesús acepta totalmente su “Ahora”, la de la entrega final que da sentido a la glorificación, sin rodeos, de la muerte como partida, acompañada de la seguridad del regreso: “Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes…, pero volveré para llevarlos conmigo para que donde esté Yo, estén también ustedes” (14: 3-4).

Y brotan las palabras desde un corazón profundamente conmovido, las del adiós mientras nos vemos de nuevo, palabras nunca vacías, palabras avaladas por su vida, por su andar “haciendo el bien”, palabras que confirman que el Camino roturado es la verdad y la vida, que ratifican “el mandamiento siempre nuevo” porque junto a nosotros habrá un ser humano concreto en quien hacer luz la Ley Evangélica que, casi a modo de súplica, nos entrega: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”. Va mucho más allá del “amar a los demás como me amo a mí mismo”, es cambiar la mirada, la intención, los deseos y poner todo en Cristo que nos amó primero y dejó claro ejemplo de que “el tú” es el que vale, el que da la dimensión definitiva al ser de ser cristianos: “En esto reconocerán que son mis discípulos: en que se aman los unos a los otros”.

La ocasión de vivirlo nos acompaña cada instante. El entonces “Ahora” de Jesús, es el “ahora” nuestro para anunciar con hecho y palabras que el Reino ha triunfado sobre el mal, que la fe es actuante, que la esperanza sigue mirando el horizonte y sabe de “lo nuevo”, que supera angustias y zozobras, que crea comunidad, que une, que procura el mutuo apoyo, que cultiva y que riega, sin perderse en ensueños, “esa morada de Dios entre los hombres” donde todos nos sepamos pertenencia de Dios.

Confiemos en que Jesús, ya vencida la muerte, nos ayude a vencer nuestros temores y a crecer más y más en la fe y en la confianza.

martes, 20 de abril de 2010

4° de Pascua, 25 Abril 2010.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles13: 14, 43-52;
Salmo Responsorial, del Salmo 99: El Señor es nuestro Dios y nosotros su pueblo. Aleluya
Segunda Lectura: del libro del Apocalipsis 7: 9, 14-17;
Evangelio: Juan 10: 27-30.

Debe seguir creciendo el gozo de una Pascua vivida en la esperanza, con la certeza iluminada por la fe, que experimenta la verdad del amor constante, la prueba de que el Señor ha resucitado y nos guía para “que el pequeño rebaño llegue seguro a donde está su Pastor resucitado”, deseo que se hace oración.

Jesús es el Hijo y vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo; el Misterio de la Santísima Trinidad, la gran Revelación que nos trae Jesucristo. Si reflexionamos en cuántas ocasiones invocamos a la Trinidad, de manera especial durante la celebración de la Eucaristía, seremos más conscientes de la participación de la íntima comunicación divina hacia la cual marchamos cada segundo, para ser como Cristo: “Del Padre salí y vuelvo al Padre”, (Jn. 16: 28)

La petición del mismo Jesús nos anima y confirma: “Padre, quiero que a donde esté Yo, estén también ellos conmigo y contemplen esa gloria que Tú me has dado, porque me amabas ya antes que el mundo existiera”. (Jn. 17: 24)

Los Apóstoles han escuchado con atención, han aprendido y han retenido la Palabra y la misión encomendada: “Así nos lo ha ordenado el Señor, cuando dijo: Yo te he puesto como luz de los paganos, para que lleves la salvación hasta los últimos rincones de la tierra”. De manera semejante al Señor: van a los suyos y ellos no los reciben; el pueblo de Israel es el destinatario inicial, pero al “rechazar la Palabra y no juzgarse digno de ella,” la luz toma otro rumbo, se hace brillante para los paganos y en ellos, para toda la humanidad a la que nos unimos cantando: “El Señor es nuestro Dios y nosotros su pueblo”. Al escuchar el gozo de nuestros corazones, Pablo y Bernabé “no tendrán que sacudirse el polvo de los pies como testimonio contra nosotros”.

Formemos parte activa de la visión apocalíptica de San Juan, que no puede ser más clara: “Una muchedumbre que nadie podía contar; individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas”, de parte de Dios no hay exclusiones; De parte de nosotros, que suba la oración confiada para que no haya hombres que se cierren al llamamiento de fraternidad y de paz, que saboreemos, todos, con anticipación la vida que nos aguarda junto al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, junto a todos aquellos que queremos y ya han emprendido el viaje a la Patria, y porque “no amaron tanto la vida que temieran la muerte y por eso ahora reinan eternamente”. La Promesa ya se ha cumplido en Cristo y en nuestros hermanos, en Él confiamos para que se realice en nosotros: “No habrá hambre ni sed, ni sol abrasador, ni llanto, ni tristeza ni angustia, porque el Señor será nuestro Pastor que nos conduce a las fuentes de agua viva”. Que el Señor, llene nuestros corazones de fe y esperanza, porque sin ellas, será vano todo esfuerzo.

Las palabras de Jesús en el Evangelio, renuevan el llamamiento y el triple proceso, que se convertirá en reciprocidad: conocer, escuchar y seguir. El Buen Pastor no es sólo una imagen, es la Realidad que, con la Gracia, pone a nuestro alcance la única seguridad imperecedera, la ansiada felicidad, la que perdurará más allá del tiempo y del espacio: “estar en manos de Cristo y saber que nadie nos podrá arrebatar de ellas”; y todavía más, “en las manos del Padre, que es superior a todos, y menos aún habrá quien intente arrebatarnos”.

La conclusión tiene que hacer crecer, inconmensurable, el asombro al escuchar de labios del mismo Jesús, la proclamación de su identidad con el Padre: “Somos Uno”, y la consecuencia: quiere que estemos con Ellos para siempre.

martes, 13 de abril de 2010

3° de Pascua, 18 abril 2010.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 5: 27-32, 4’-41
Salmo Responsorial, del salmo 29: Te alabaré, Señor, eternamente. Aleluya.
Segunda Lectura: del libro del Apocalipsis 5: 11-14
Evangelio: Juan 21: 1-19.

Himno que nace de la aceptación de lo que ya ha ido más allá de lo imaginable: El Señor ha resucitado; ¡sí!, no es otro, es el mismo que pendió de la Cruz, murió, fue traspasado, sepultado y “custodiado para que no desapareciera”, y ahora está vivo, por eso: “Aclamen al Señor todos los habitantes de la tierra, canten, denle gracias”. Su actuar sigue en presente, su ejemplo sigue invitando a superar toda tristeza, a renovar los bríos que, sabemos de sobra, no pueden provenir de nosotros, como lo supieron los Apóstoles, sino del Espíritu que llena toda la tierra, que fortalece, anima y provoca a “obedecer a Dios antes que a los hombres”, a exponernos al rechazo, al sufrimiento, y a aceptarlo todo con “la felicidad de haber padecido por el nombre de Jesús”. Van y vamos guiados por el primer Testigo, el mismo “Espíritu que Dios da a quienes lo obedecen”. ¡Vaya que te necesitamos! ¡Ven y planifícanos!

La visión de Juan confirma a Jesús como el Mediador, el acceso al Padre, la Realidad y no sólo la figura del Cordero cuya sangre nos ha redimidos, digno de recibirlo todo: “el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza”. Tras la ardua lucha la victoria completa.: el Padre “ha rehabilitado al Ajusticiado”, pone de manifiesto lo que su Voz nos ha transmitido en el Bautismo y en la Transfiguración: “Éste es mi Hijo muy amado, ¡escúchenlo!” Escucharlo y seguirlo es vivir lo que nos ha conseguido: “la dignidad de ser hijos de Dios”.

En el Evangelio encontramos a Pedro y otros seis discípulos de regreso a su diario quehacer, lo que sabían pescar. ¿Recordarían las palabras de Jesús?, “Cuando me vaya les enviaré al Espíritu Santo; Él les confirmará cuanto les he dicho”.

Pasan una noche frustrante que engendra el mal humor, la respuesta cortante a un desconocido que amable les pregunta: “¿Han pescado algo?”, “¡No; la invitación que sigue, desata un proceso que quizá sí recuerden: “Lancen las redes a la derecha…”: palabra que resuena con eco interior, indicación precisa que hace olvidar la fatiga, obediencia que ha aprendido y… el regreso del signo que descifra con claridad el significado: “¡Es el Señor!”. En la playa, los sorprende la delicadeza de Jesús: pan y pescado preparados: “Vengan a almorzar”. Y traigan de lo suyo; cercanía que desborda.

Al finalizar el desayuno, relucen la sutileza y el respeto propios de Jesús: “¿Simón, hijo de Juan, me amas más que estos? ¡Tres preguntas! Las respuestas, son ahora mesuradas! Tres veces confirma Jesús a Pedro en el amor y en la misión: “Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos”.

Recordamos ahora, vivimos la respuesta que le dimos y tratamos de darle a Jesús al preguntarnos: “¿Quién dices que Soy Yo”? Y ¿ante la actual? “¿Me amas más que estos?”

Me acojo a la última respuesta de Pedro: “Tú lo sabes todo”, Tú sabes que quiero amarte.

De nuevo en contacto

Después de la pausa por las "vacaciones" de Semana Santa y Pascua del buen Federico Brehm seguimos compartiendo la Palabra de Dios que alimenta, acompaña, fortalece, ilumina, guía... al que se deje tocar.

Estatua de San Ignacio de Loyola, Instituto Cultural Tampico, donde actualmente P. Fritz presta su servicio.

martes, 23 de marzo de 2010

Domingo de Ramos. 2010.

* Bendición de las palmas: Lc. 19: 28-40

. Por un momento los judíos viven lo que anhelaban: ¡la llegada del Mesías Victorioso! La actitud de Jesús muestra que no es lo que pensaban: “...un rey, apacible, montado en un burro, un burrito, hijo de animal de yugo”, pero no entendieron el mensaje. La emoción del momento fue fugaz, pues esos mismos que ahora lo aclaman: “¡Hosanna!, ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!, gritarán días después: “¡Crucifícalo!” Ante el coraje de los fariseos, el Señor responde: “Si estos callaran, las piedras gritarían”.

. Que el Señor fortalezca nuestros corazones para que no nos envuelvan la ingratitud y la superficialidad, y que nuestro júbilo sea porque vamos asimilando, “los sentimientos de Cristo Jesús”.

. Textos de la Misa:
Primera Lectura: del profeta Isaías 50:4-7;
Segunda Lectura: de la carta de San Pablo a los Filipenses 2: 6-11;
Evanegilio de la Pasión: Lucas 22: 14-23, 56.

Es una liturgia larga, pero ¡bien lo merece el Señor y mucho lo necesitamos nosotros! Orar, meditar, contemplar y quedarnos admirados.

. Isaías, en uno de los cuatro cantos del “Sirvo Sufriente”, muchos años antes, nos describe a Jesús. Pablo en la carta a los Filipenses, nos hace recapacitar en el fruto de la obediencia al Padre: el himno cristológico: ese es el camino del amor por nosotros, la causa de su exaltación en la Resurrección. Durante el relato de la Pasión, apliquemos las realidades contempladas. En ella está condensada la confesión fundamental de la fe cristiana: “Jesucristo es el Señor”.

. La oración Colecta, el Prefacio y la oración sobre las Ofrendas nos hacen mantener el ritmo en el mismo tono: por la Pasión, la Cruz y la Muerte, hacia la Resurrección.

Lucas narra lo sucedido. Sorprende la extensión del relato de un solo día de la vida del Señor.

. Acompañemos a Cristo en esta máxima prueba. “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.” (Jn. 15:13)

. Mientras escuchamos, vayamos captando las actitudes de Cristo y las de los personajes que intervienen. ¿Con quiénes nos identificamos y por qué, que hacer para cambiar de actitud?

. En un momento de silencio permitamos que se asienten en nuestro interior las vivencias que el Espíritu haya suscitado.

. Escuchamos la Pasión, en la liturgia dominical, para que nuestros corazones vivan en la semana lo que Cristo hizo por nosotros y para que comprendamos cómo inicia el camino de la Pascua.

. El próximo domingo reviviremos el culmen de esta entrega: “Por eso Dios le dio un nombre sobre todo nombre” (Filip. 2: 9).

. Solamente asemejándonos a Cristo en la entrega lo seguiremos en la resurrección.

. Pidamos esta actitud para recibir el don nuevo de Cristo y de su Espíritu.

lunes, 15 de marzo de 2010

5° de Cuaresma, 21 de Marzo, 2010.

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 43: 16-21;

Salmo Responsorial, del Salmo 125: Grandes cosas has hecho por nosotros, Señor.
Segunda Lectura: de la carta de San Pablo a los Filipenses 3: 7-14
Evangelio: Juan 8: 1-11.

Celebramos el último domingo de Cuaresma, ¿hemos recorrido todos esos días con un ánimo esforzado que ha buscado ansiosamente la conversión interior? ¿Hemos orado, ayunado, propiciado el encuentro cariñoso con los demás? ¿Hemos sido misericordiosos, “lanzando el corazón por delante?

Sin duda, lo digo por experiencia personal, nos ha faltado entusiasmo, atención, interiorización; permitir que la palabra de Dios, en Isaías, nos haga comprender que la mirada, si bien iluminada por el pasado, la dirijamos conscientes hacia el futuro.

No se trata de olvidar “las maravillas que el Señor ha hecho con nosotros”, sino proyectarlas, como un aliciente siempre activo, hacia el porvenir que descubre, si mira con detenimiento, si contemplamos admirados, que el Señor es “siempre nuevo”, que nos invita a descubrir paisajes alentadores, a abrir los oídos internos para poder “escuchar el brote nuevo”, y ver cómo todo cambia: “ríos en el desierto, bestias salvajes que captan y agradecen la delicadeza del Señor”, entonces, desde lo antiguo, vestido de futuro, “proclamaremos las alabanzas de un pueblo que Él se ha formado”.

Damos el salto del sueño y la ilusión, a la realidad: Dios nos ha liberado de lo más peligroso, de nosotros mismos, de nuestra pasividad, del adormecimiento, del temor al sacrificio, de la visión materialista que nos ha hecho tener como necesario lo superfluo, para ser, como escuchábamos el domingo pasado “creaturas nuevas”.

Panorama difícil que arredra y estremece, por ello oramos fuerte y confiadamente: “Ven en nuestra ayuda para que podamos vivir y actuar siempre con aquel amor que impulsó a tu Hijo a entregarse por nosotros”. ¿De dónde sino de Él podremos obtener la gracia y la convicción para decir, a ejemplo de Pablo: “Nada vale la pena en comparación con el bien supremo que consiste en conocer a Cristo Jesús. Por su amor he renunciado a todo y lo considero como basura con tal de ganar a Cristo y vivir unido a Él”? ¿Dónde encontrar el ánimo y la decisión “para compartir sus sufrimientos y asemejarnos a Él en su muerte con la esperanza de resucitar de entre los muertos”? El que corre en el estadio tiene la mira puesta en la meta, ¿cuál es la nuestra? Ojala podamos afirmar, con hechos, que es “el trofeo al que Dios, por medio de Jesús, nos llama desde el cielo”. Es obra de la gracia el querer y el cumplir; una vez más “Dejémonos reconciliar con Dios”, de Él viene la abundante misericordia.

Jesús mismo nos da la prueba del amor y del perdón. No le importa que hayamos caído sino que nos esforcemos por levantarnos. No mira nuestro pasado sino que nos abre a nuestro futuro. Las transgresiones, los yerros, los pecados, quedan borrados porque “no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva”.

El pasaje que hemos leído nos anima: “El Hijo del hombre no ha venido a condenar sino a perdonar”. No se desentiende del mal, lo purifica. No se escuda en la dureza de la ley, la supera. Con una tierna dureza a todos nos confronta: “El que esté sin pecado, que tire la primera piedra”, y deja que su palabra remueva la realidad personal; “los acusadores comenzaron a escabullirse, empezando por los más viejos”, el silencio, otorga…

Sintamos sobre nosotros la mirada que limpia, que reconoce el mal, pero renueva: “Yo tampoco te condeno. Vete y no vuelvas a pecar”. Perdón que compromete y que invita a vivir con la esperanza puesta en el futuro. “Aún es tiempo, conviértanse y crean en el Evangelio”.

martes, 9 de marzo de 2010

4º Cuaresma, 14 de marzo, 2010.

Primera Lectura: del libro de Josué 5: 9, 10-12
Salmo Responsorial, del Salmo 33: Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor.
Segunda Lectura: de la segunda carta del apóstol San Pablo a los Corintios 5: 17-21
Evangelio: Lucas 15: 1-3, 11-32.

“Alégrate, Jerusalén y todos los que la aman. Regocíjense”. Cántico de enorme alegría en medio de la austeridad del camino cuaresmal. Encontramos lo que hemos buscado: “El rostro del Señor”. Continuemos andando para sentir intensamente que el resultado es claro: “Hicimos la prueba y vimos qué bueno es el Señor”; sacudimos las hojas y aparecieron los frutos, no por méritos propios sino por la acción mediadora de Aquel “que nos reconcilió con Dios: Jesucristo”.

El pueblo de Israel llevaba tatuadas en las entrañas, las maravillas que el Señor Dios fue manifestando para que se viera “liberado del oprobio”. La libertad ansiada, la posesión dichosa, la promesa cumplida, lo sacia de frutos nuevos; la Pascua, “el paso del Señor”, sigue con él, su presencia jamás terminará.

Israel olvidó, los hombres olvidamos, Dios, en cambio nos tiene entre sus manos y “escucha el clamor de los pobres y los libra de todas sus angustias”. ¿Hasta cuándo obraremos en consonancia con la fe que pronuncian los labios?, por eso suplicamos, pedimos con urgencia: “concédenos prepararnos con fe viva y entrega generosa a celebrar las fiestas de la Pascua”.

La reconciliación, aun cuando comience desde una profunda actitud reflexiva sobre el vacío en que nos ha dejado un camino sin rumbo, no obtiene el fruto anhelado sino por Cristo; en Él, y sólo en Él, podemos “abandonar lo viejo” y ser “creaturas nuevas”.

Magnífica oportunidad para aceptar nuestra realidad de pecadores y acudir a Aquel que nos devuelve la paz; de Dios viene la invitación que se hace presente en el Sacramento – hoy tan olvidado – de la confesión; releamos las palabras de Pablo: “Dios reconcilió al mundo consigo y renunció a tomar en cuenta los pecados de los hombres, y a nosotros nos confirió el mensaje de la reconciliación…, es como si Dios mismo los exhortara a ustedes”, e invoca el nombre por el que somos salvados: “En nombre de Cristo les pedimos que se dejen reconciliar con Dios”. Espontánea llega a mi mente la frase de mi hermano en uno de sus últimos poemas: “¡Déjame que me atrapes!”

Infinidad de veces hemos intentado “imaginar” el ser de Dios. Jesús, en la parábola que nos narra San Lucas, nos enseña “lo que ha aprendido del Padre”. Creador, sí, Absoluto, sí, pero coherente con su creación: respeta nuestra libertad de “hijos pródigos” que pensamos que la libertad total es el camino de la felicidad, que los límites anulan la verdad de nuestro ser, que la vida es una y hay que disfrutarla…, y aguarda, paciente, el resultado de nuestra experiencia: el sabor de la lejanía, de la soledad, del hambre, del ansia de cariño. Atisba el horizonte para salir al encuentro de la silueta que arrastra, penosamente, su existencia; los abrazos y besos, el vestido, las sandalias, el anillo y la fiesta, nos hablan más que las palabras, de la ternura, el cariño y el corazón ardiente. ¡Aún es tiempo de volver y de fundirnos entre sus brazos!

Quizá “el hijo pródigo” no escuchó lo que dijo a su hermano: “Era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”. ¿Nos resuena que el “estar” del hermano mayor no basta si no se ha abierto al amor?

Ignoramos si el menor se quedó en la casa, ignoramos si el mayor entró a la fiesta, lo que no podemos ignorar es el Amor del Padre que a todos nos invita, más aún, nos ruega que vivamos en fiesta, y si es necesario, que seamos la causa de la fiesta.

martes, 2 de marzo de 2010

3º Cuaresma, 7 Marzo 2010.

Primera Lectura: del libro del Éxodo 3: 1-8,13-15
Salmo Responsorial, del Salmo 102: El Señor es compasivo y misreicordioso
Segunda Lectura: de la primera carta del apostol San Pablo a los Corintios 10: 1-6, 10-12
Evangelio: Lucas 13: 1-9.

“Mírame, Dios mío y ten piedad de mí”; la soledad y la aflicción nos empujan a la desolación, a la tristeza, al obscurecimiento del horizonte… ¿Qué nos responde el Señor, no qué nos respondería, sino en presente, ahora, en nuestro momento concreto? “Conozco sus sufrimientos, he oído sus quejas…, he descendido para librarlos”.

Dios es “fuego que transforma pero no consume”, necesitamos acercarnos para que su llama nos abrase, darnos la oportunidad, aun cuando fuera por mera curiosidad, para que el misterio nos invada, para escuchar y aprender el nombre de Dios: “Yo Soy”. Aquel “que Es, que Era y que Vendrá”, (Apoc. 1: 8), sale a nuestro encuentro; una vez más constatamos que la iniciativa parte de Él, que el llamamiento y la misión vienen de Él, que es un Dios presente, cercano, que acompaña, guía e instruye. Para escucharlo necesitamos quitarnos “las sandalias”, ésta es la verdadera humildad y el reconocimiento de nuestra creaturidad, despojarnos de todo lo que pueda impedir su actuar, su elección, verdaderamente, “dejar a Dios ser Dios”, sin tratar de imponerle nuestro paso, nuestra limitación, nuestro temor; dejarle expresarse desde nuestros balbuceos, y confiar en que su grandeza nos hará capaces de lo que considerábamos imposible desde nuestra perspectiva.

Moisés se había considerado liberador, confió en sus propias fuerzas y fracasó; huyó y olvidó los primeros impulsos, pero el Señor Dios le hace recordar y le confiere, desde el fuego, la fuerza para que lleve a cabo la misión que había soñado; la ilusión del hombre se ha trocado en acción de Dios. ¡Aceptar, libre y confiadamente, ser portadores de la libertad que el Señor ofrece, sin detenernos a pensar en las dificultades y oposiciones que, propios y extraños, levanten contra nosotros! Repetirnos íntimamente: “No teman Yo estoy con ustedes”.

En el Evangelio, Jesús nos hace reflexionar sobre dos realidades trágicas, históricas: la represión brutal de Herodes y el derrumbamiento de la torre de Siloé; el mal no puede provenir de Dios, Él no castiga, sí nos advierte de las consecuencias, tanto de las que provienen de la libertad errada del hombre, como de la violencia desatada de la naturaleza. Nos hace comprender que “las cosas suceden”, pero afina y orienta lo que nuestra lógica hubiera deducido equivocadamente: “¿Piensan que lo sucedido a los galileos o a los 18 que perecieron en Siloé, fue por ser más pecadores que el resto que habitaba en Jerusalén? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante.” Nuestros actos y decisiones van delineando nuestro camino, lo externo, lejos de nuestro alcance, vuelve a presentarse como “signo” que hemos de discernir. A los habitantes de Haití, de Chalco, de Chile, no podemos considerarlos “más pecadores”; mirarnos en el espejo y volvamos a escuchar la invitación: “Arrepiéntete y cree en el Evangelio”.

La otra realidad: ¡ya somos higuera plantada en el campo de Dios!, no basta con producir frondoso follaje, el Dueño busca frutos y frutos que perduren; aún es tiempo y más con tal intercesor, Jesús, que intercede constantemente ante el Padre: “No la cortes, aflojaré la tierra, la abonaré para ver si da fruto. Si no, el próximo año la cortaré”. ¡No sabemos ni el día ni la hora; sí sabemos que el camino ya está trazado hacia la eternidad! ¡Señor Jesús, contigo podré dar frutos!

lunes, 22 de febrero de 2010

2º Cuaresma, 28 febrero, 2010.

Primera Lectura: del libro del Génesis 15: 5-12, 17-18;
Salmo Responsorial, del Salmo 26: El Señor es mi luz y mi salvación.
Segunda Lectura: de la carta de San Pablo a los Filipenses 3: 17 a 4: 1
Evangelio: Lucas 9: 28-36.

“Busco tu rostro, Señor no me lo escondas”; si la búsqueda es sincera, el encuentro es seguro; el Señor no juega con nosotros, nos llama constantemente y nuestra expectativa, anhelante, es “poder verlo”. Comprendemos que no se trata de un mirar físico, sino de una experiencia interior, tan fuerte como la de Abraham, como la de Pedro, Juan y Santiago, como la que tuvieron en sus días, tanto Moisés, “con quien hablaba Dios como se habla con un amigo” (Éx. 33:11), como Elías, “hombre de Dios, profeta cuya palabra se cumple”, (1° Rey. 17: 24), separado de Eliseo “por un carro de fuego, con caballos de fuego, subió al cielo en el torbellino”, (2° Rey. 2: 11-12). Idéntico es nuestro destino: hablar con Dios como con un amigo y llegar a su lado para “contemplar su gloria”.

El inicio de la Fe, lo hemos meditado muchas veces, está en la actitud de escucha; Dios nos habla de muchas maneras, de Él proviene siempre la iniciativa, Él propone la Alianza y conforme a la respuesta, cumple la promesa. Abraham escuchó y creyó “Abraham se fió de Dios y esto le valió la rehabilitación, y se le llamó amigo de Dios”. (Sant. 2: 23). El brasero que consume a los animales sacrificados, evoca en el humo la invisibilidad de Dios y en el fuego, su presencia visible. Dios pasa y confirma el pacto.

Las etapas de la Antigua Alianza llegaron a su culmen en el que vuelve a aparecer la necesidad de hacer crecer en nosotros, con la ayuda del Espíritu, la actitud de escucha: “En múltiples ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los Profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por su Hijo, al que nombró heredero de todo, lo mismo que por Él había creado los mundos y las edades”. (Heb. 1: 1-2) La palabra da a luz nuestro interior, La Palabra Encarnada, que nos abre al conocimiento de Dios; es Cristo, el Único Mediador, “por quien obtenemos la redención, el perdón, el que nos hace visible al Padre” (Col 1:15-17).

Intentemos contemplar la escena de La Transfiguración. Lucas lo propone a la luz de las teofanías del Antiguo Testamento, pero su núcleo está claramente dirigido, como un anticipo, a la Pascua. La presencia de Moisés y Elías: la Ley y los profetas, señalan que en Jesús está la culminación de la Revelación. Veamos el sitio: un monte, soledad, intimidad, oración, contacto con el Padre, compañía y comunicación, en contraste con el aislamiento, la lejanía, el ayuno, las tentaciones, que considerábamos el domingo pasado, y nos permitía ver con claridad la Humanidad de Cristo; hoy somos testigos admirados de su Divinidad, de su Filiación Divina, de la convicción que guía su vida para salvación de todos. Escuchemos el contenido de su conversación con Moisés y Elías: “Hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén”. Igual que los discípulos, estamos adormilados, no entendemos o no queremos entender, nos quedamos en el gozo del momento, un tanto egoísta, y queremos “construir tres tiendas”, mantenernos alejados de la misión encomendada, “sin saber lo que decimos”. Los envuelve y nos envuelve una nube que nos aterra; pero no nos encontramos solos, ahí está Jesús y la Voz del Padre que insiste: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. Para salir del marasmo, pedimos, humildemente a nuestro Padre: “alimenta nuestra fe con tu Palabra y purifica los ojos de nuestro espíritu…solamente así seremos capaces de contemplar tu gloria y colmarnos de alegría”. Seguro que el Señor nos hará partícipes de la experiencia profunda del conocimiento auténtico de Jesucristo y podremos decir con Pablo: “sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo”. Ya desde ahora, “ciudadanos del cielo”, porque aceptamos vivir como seguidores de Cristo, y en Él ponemos nuestra esperanza de ser “transformados de un cuerpo miserable, en cuerpo glorioso como el suyo”. Nos queremos arrepentir y creer en el Evangelio.

¡Que el Señor nos ayude a mantenernos fieles!

lunes, 15 de febrero de 2010

1° Cuaresma, 2 febrero 2010.

Primera Lectura: del libro del Deuteronimio 26: 4-10;
Salmo Responsorial, del Salmo 90: Tú eres mi Dios y en ti confío.
Segunda Lectura: de la carta del apostol San Pablo a los Romanos: 10: 8-13
Evangelio: Lucas 4: 1-13.

El miércoles de Ceniza nos hace reconocer la temporalidad que llevamos en el ser. Nos incita, suave y fuertemente, a acompañar a Jesús, a ir con Él en su experiencia humana de una vida ordinaria, oculta, orante, silenciosa, totalmente entregada al anuncio de la Buena Nueva, a aceptar que el polvo del camino nos envuelva en tolvaneras, a abrazar, “haciendo contra el amor carnal y mundano”, y vencer toda tentación para llegar a la realidad del sacrificio hasta la Pasión y la Cruz, para poder resucitar con Él.

Invocamos, llamamos, a quien nos puede y quiere escuchar, para que nos proteja y nos ayude a “progresar en su conocimiento” para vivir acordes a la fe que profesamos, y que ésta se proyecte en obras.

La Historia de Salvación dice nuestra propia historia. La lectura del Deuteronomio es la historia del Pueblo de Israel: elegido, bendecido, oprimido, liberado, plantado, gozoso, por el cumplimiento de la promesa. Historia de fidelidad y de infidelidad, de agradecimiento y de olvido, de presencia de Dios y de lejanía del corazón, pero que lo ha experimentado en el proceso de su caminar. Cada paso se repite en nuestras vidas y ojala respondamos como lo hacían los “cercanos a Yahvé” cuando les preguntaban por su fe: respondían “aman”, “sabemos en Quién estamos apoyados”, y, sin escudarse en conceptos, que no comprometen, relataban las acciones de Dios por las que lo sentían cercano, bondadoso, misericordioso, constante en su cariño; en las que descubrían “su mano poderosa y su brazo protector”, por eso al presentar sus primicias, “se postraban ante Él para adorarlo”. Releían su historia desde Dios y la revivían; si nosotros no podemos contar nuestra historia como salvación, señal de que sabemos muy poco de Dios.

El Señor jamás está lejos, lo tenemos al alcance de la boca y del corazón: aceptación desde lo más íntimo y profesión como testimonio de vida. Resumen del credo cristiano que nos lleva al centro de la esperanza: la Resurrección: luz que orienta ojos, corazón y pasos desde Cristo “primicia de los resucitados”.

Jesús, “en todo igual a nosotros menos en el pecado”, sabe lo que es la tentación, no sólo las que nos narra hoy Lucas quien subraya: “el diablo se retiró de él, hasta que llegara la hora”.

Contemplemos y reflexionemos el proceso y las respuestas que hemos escuchado. La fortaleza proviene del silencio orante, del dominio del instinto, de la fidelidad a la voluntad del Padre. Acepta y refiere a Dios todo: su experiencia “como hijo de Adán” y la seguridad de ser “Hijo del Padre”.

Sus tentaciones, son las nuestras: autonomía sin límites, tener y consumir, poder y soberbia, vanidad y gloria que nos honra a los ojos de los demás. La actitud de Jesús nos ilustra: no entrar en diálogo con la tentación, apoyados en Dios, ser tajantes, todo lo contrario a lo que nos narra Génesis 3, dentro del “midrash”, Eva dialoga, se enreda y cae, y, nosotros con ella y con Adán. La misma Palabra de Dios en la Escritura, pone las palabras exactas en nuestros labios para rechazar todo aquello que nos aparte del Señor.

Ninguna decisión mirándonos sólo a nosotros mismos; aceptar vivamente a Dios como el único Absoluto; alejar la presunción, sin dejar de confiar totalmente en Aquel que sabemos nos ama y nos protege.

Que la fe avive nuestra súplica, la aprendida desde Jesús: “no permitas que cedamos a la tentación y líbranos de todo mal”.

martes, 9 de febrero de 2010

6º Ordinario, 14 febrero, 2010.

Primera Lectura: del libro del profeta Jeremías 17: 5-8;

Salmo Responsorial, del Salmo 1: Dichosos el hombre que confìa en el Señor.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol San Pablo a los Corintios 15: 12, 16-20;
Evangelio: Lucas 6: 17, 20-26.

Hablar de Dios, nos dice San Agustín, sólo con mucho respeto y por analogías, ¿cómo expresar al inexpresable? Dios no es ni roca ni fortaleza inexpugnable, ni baluarte, pero ¡cómo nos sentimos seguros al profundizar en el hondo sentido del contenido de tales comparaciones! Él es tranquilidad, seguridad y guía; con enorme confianza le pedimos: Tú, Señor, “Prometiste venir y morar en los corazones rectos y sinceros”, ven a nuestro interior, transfórmalo de tal forma que “nos haga dignos de esa presencia tuya”.

Si estás de corazón en cada cosa, con cuánta mayor razón en cada ser humano. ¡Vivir la realidad de tu presencia en mí, de mi presencia en Ti, me dará la fuerza necesaria para ser constante en el esfuerzo!

Jeremías nos habla en presente, no es una voz lejana dirigida sólo al Pueblo de Israel; la Palabra de Dios traspasa las edades, los tiempos y los sitios, es universal y nos pide que consideremos la realidad del paralelismo: “Maldito el hombre que confía en el hombre, y en él pone su fuerza y aparta del Señor su corazón”, será excluido de la promesa, se quedará estéril, será infeliz porque su fundamento es endeble. En cambio: “Bendito el que confía en el Señor y en Él pone su confianza”.

Viene a continuación la comparación que, sensiblemente, nos ilustra con la feracidad de la naturaleza, “será como árbol plantado junto al agua, que hunde en la corriente sus raíces, que da fruto a su tiempo y nunca se marchita”; convirtámonos en hombres “que ponen su confianza en el Señor”, y vivamos el gozo intenso al saber, que Tú estás nosotros y nosotros contigo.

San Pablo nos sitúa en el centro de la Revelación que ha culminado en Cristo: la Resurrección. Procede a base de absurdos condicionales: “Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó. Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe. Si nuestra esperanza en Cristo se redujera tan sólo a las cosas de esta vida, seríamos los más infelices de los hombres. Pero no es así, Cristo resucitó como primicia de todos los muertos.” Misterio pascual, alegría que corona toda la entrega de Jesús y que nos envuelve, no en una esperanza utópica, sino en la certeza de que con Él daremos frutos eternos. Así entenderemos y superaremos lo que va en contra de nuestra visión inmediatista: persecución e insulto, maldición y rechazo, porque nos habremos aventurado a tomar en serio el Evangelio; saborearemos desde ahora, la recompensa sin medida: nuestros nombres escritos en el libro de la Vida.

Ignorar la Palabra, por dura que parezca, nos envolverá en“¡los ayes!”, por habernos dejado atrapar por las creaturas, por haber olvidado que el presente se esfuma, que las cosas se acaban, y habremos quebrado la línea trascendente al cambiarla por el gozo ilusorio.

Bienaventuranzas, paradoja que rompe los criterios, que invita a la conversión y al seguimiento de Cristo que lloró, fue pobre, sufrió y trabajó por la paz y la reconciliación, fue perseguido y entregó su vida por servir al bien y a la justicia. “Bienaventurado” es aquel que se aventura bien, que busca y encuentra el Camino y lo sigue. ¿Cuál es nuestra decisión? Volvamos a pedir ser hombres y mujeres “de rectitud y sinceridad de vida”. El Espíritu nos ayudará a cambiar la escala de valores que vivimos.

martes, 2 de febrero de 2010

5º Ordinario, 7 febrero 2010

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 6: 1-2, 3-8
Salmo Responsorial, del Salmo 137: Cuando te invocamos, Señor, nos escuchaste.
Segunda Lectua: de la primera carta del apostol San Pablo a los Corintios 15: 1-11
Evangelio: Lucas 5: 1-11.

Por tercer domingo consecutivo la liturgia nos propone la vocación universal, la gratuidad del llamamiento de Dios a cada hombre, para reconocerlo como ¡El Señor!

Toda invitación: Palabra que viene desde fuera, espera una respuesta, y ésta no puede ser sino un sí o un no. Solicitar tiempo para pronunciar el ¡sí!, es no haberle dado la dimensión exacta, más aún, considerando de dónde y de Quién procede esa Palabra.

La santidad, la gloria, lo inalcanzable de Dios nos sobrepasa, nos sentimos creaturas paralizadas, inmóviles ante su presencia; reconocemos, como lo hace Isaías, que “somos hombres de labios impuros, que habito en un pueblo de labios impuros”; como Pablo “somos como un aborto, porque perseguí a la Iglesia de Dios”, -persecución, en nuestro caso, que es desapego, que es olvido, que es alejamiento, que es omisión-; como Pedro: “Apártate de mí que soy un pecador”, y aquí todos lo aceptamos con sincera humildad, con la conciencia clara de habernos antepuesto, de habernos quedado en la línea experiencial inmediata, en la tentación, nunca lograda, de “querer ser dios, al margen de Dios”. Sin embargo la llamada persiste más allá de todo dato lógico que la haría parecer imposible. Dios llama a quienes Él quiere, la realidad es que nos quiere a todos como colaboradores eficaces en la propagación del Evangelio, en el pronunciamiento de su Palabra que perdona, purifica y envía. Contemplamos, en las tres lecturas, que hay invitaciones especiales, notemos que en cada una, otra vez, se escucha la Palabra que llega desde fuera, como Voz o como signo que no constriñe, sino que deja en total libertad la respuesta del hombre.

La invitación, trae consigo la capacidad de la aceptación, ambas son Gracia; el Señor se muestra grande en nuestra pequeñez, en nuestra incuria, en nuestra debilidad, y las supera con tal que reconozcamos y “aceptemos ser aceptados”, acogidos, elegidos por Él, y nos dará lo necesario para mantenernos en su servicio y en el servicio de los hombres, podremos experimentar con Pablo:“por la Gracia de Dios soy lo que soy”, diremos, quizá temblando, como Isaías: “¡Aquí estoy, Señor, envíame!”, renunciaremos como Pedro “a la ciencia de propio cuño”: “Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero confiado en tu Palabra, echaré las redes”.

Tres ejemplos de Fe sin límites, de lanzarse, no al vacío, sino a la plenitud de Dios, de confianza plena en Aquel que todo lo transforma, aun lo que a nuestros ojos y como fruto de nuestra experiencia parece imposible de superar. Escuchar, ser purificado y enviado; consecuencia: la donación total, del estupor, al seguimiento: Isaías no deja que la Palabra quede en el vacío: “¿A quién enviaré? ¿Quién irá de parte mía”. Pedro y sus compañeros: “dejándolo todo, lo siguieron”. Pablo, afianzado en la fuerza de Dios, proclama, sin presunciones, “haber trabajado más que todos”, pero reconoce con humildad y gozo: “Su Gracia no ha sido estéril en mí”.


Enfilemos la barca “Mar adentro”, sintamos que el Señor nos acompaña, que es Su obra y que al confiar en nosotros, no sólo nos promete, sino que nos llena de su Espíritu para colaborar en la misión que Él recibido y aceptado del Padre.

martes, 26 de enero de 2010

4° Ordinario, 31 enero, 2010.

Primera Lectura: del libro del profeta Jeremías 1: 4-5, 17-19
Salmo Responsorial, del Salmo70: Señor, tú eres mi esperanza.
Segunda Lectura: de la primera carta del apostol San Pablo a los Corintios 12:31 a 13: 13
Evangelio: Lucas 4: 21-30.

Supongo que habremos tenido presente la Octava de Oración por la unión de las Iglesias; la intención sigue siendo clara, que el Señor “nos reúna de entre todas las naciones”, para que haya un solo rebaño bajo un solo Pastor; que nos convenzamos que son más los lazos que nos unen que las diferencias que nos separan, hacia un ecumenismo que haga presente la realidad del Reino, la Buena Nueva, la Liberación.

La elección de Jeremías nos hace pensar en la misión profética de la Iglesia, nos pinta, de cuerpo entero, la vida de Jesús: engendrado antes de todos los tiempos, consagrado por Voluntad del Padre para ser La Piedra Angular, para darnos a conocer “cuanto ha oído del Padre”. Nos recuerda la realidad personal, la de cada ser humano, sépalo o no: “Te conozco desde antes de que nacieras”; pero más particularmente a quienes nos ha concedido conocerlo, porque desde el Bautismo, participamos de la función profética: “cíñete, prepárate, ponte en pie y anúnciame”. Sabemos que navegamos contra corriente, que, si somos fieles, nos harán la guerra, “pero no podrán con nosotros, pues Dios Padre está a nuestro lado para salvarnos”.

¡Necesitamos auténticos profetas! ¿Nos atreveremos a pedirle al Señor que derrame su Espíritu sobre nosotros, que nos ayude a superar el miedo a las contradicciones, a las persecuciones, a las incomprensiones, a la misma muerte? El profeta es “elegido por Dios, es alguien del pueblo, hace ver las faltas, las corrige, pero intercede por el pueblo”.

No es una misión “agradable”, preferimos la seguridad, quedarnos en el anonimato, decirnos cristianos “en secreto”, para no ser segregados de una sociedad que sólo quiere oír lo agradable, lo que no remueva las conciencias, lo que la deje en paz…, y ¿qué obtenemos?, dejar inconclusa la invitación que ya nos dio a conocer Dios, no hacemos realidad el contenido del Salmo: “Señor, Tú eres mi esperanza; desde mi juventud en Ti confío. Desde que estaba en el seno de mi madre, yo me apoyaba en Ti y Tú me sostenías. Proclamaré tu justicia y a todas horas tu misericordia. Me enseñaste a alabarte desde niño, y seguir alabándote es mi orgullo”. ¿Es, en verdad, nuestra actitud?

Jeremías, Jesús, Pablo y muchos más, encendidos por el Espíritu, “aspiraron a los dones más excelentes”, sin despreciar los demás carismas, los superaron y aceptaron, con “el Amor”, todas las consecuencias, hasta le misma muerte. Nos mostraron, y, continúan mostrándonos, que todo es nada sin amor, porque éste es como Dios mismo: eterno, “no pasa nunca”. ¡Qué fácil es sentirnos puros, transparentes, magnánimos, desde el rincón de la comodidad que nos hemos construido! Los problemas aparece en la confrontación, cuando, lejos de inventar palabras bellas, “disculpamos, confiamos, esperamos y soportamos sin límites”, cuando somos “comprensivos, serviciales justos y verdaderos”, entonces comenzaremos a “ver a Dios”, aunque sea como en un espejo obscuro, sin bruñir, pero preparamos, el camino para “conocer a Dios como Él nos conoce”. Volvamos la mirada hacia Jesús, Él no se arredra. Acepta “la aprobación y la admiración de su sabiduría”, pero no cede a los halagos. Se pronuncia como quien Es, la Verdad que llega a los corazones y los remueve; le entristece el rechazo y supera las amenazas, el descontento de quienes no quieren convertirse ni dar el paso liberador de la fe. Sabe que el Padre “está para salvarlo”… y “pasando por en medio de aquellos que querían despeñarlo, se alejó de allí”. ¡Ya llegará el momento del testimonio supremo que abrazará, con gozo, para la salvación de todos!

miércoles, 20 de enero de 2010

3° Ordinario (Ciclo C), 24 enero 2010,

Primera Lectura: del libro del profeta Nehemías 8: 2-6, 8-10
Salmo Responsorial, del Salmo 18: Tú tienes, Señor, palabras de vida eterna.
Segunda Lectura: Primera carta a los corintios 12: 12-30
Evagelio: Lucas 1: 1-4, 14-21.

“Cantemos al Señor un cántico nuevo”. Novedad teñida de reconocimiento por la gratuidad, rodeados por el “esplendor de su gloria”. El canto brotará constante al percibir nuestro ser de creaturas que se goza en el Creador.

El Señor quiere que “produzcamos frutos abundantes”, y sabemos, por experiencia, que sólo de Él puede llegar la ayuda para hacerlo. Nos llega a la memoria lo dicho por el mismo Jesús: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos, así como el sarmiento no puede dar fruto si no está adherido a la vid, así ustedes sin Mí, no pueden hacer nada”. (15: 4-5)

El conocimiento de la Revelación, nos llega por la escucha de su Palabra; en ella y por ella crecen la alegría de saber el camino, el comprender un poco más la rectitud y perfección de la Ley, el acercarnos a la interioridad de Dios manifiesta, como verdadera liturgia, en la lectura del libro de Nehemías: alabanza que abre el contacto con Dios: “No estén tistes, porque celebrar al Señor es nuestra fuerza”, gozo y arrepentimiento. Sentimiento que se prolonga en el salmo: “Tú tienes, Señor, palabras de vida eterna”, en ellas hay perfección, sabiduría, verdad, plenitud, refugio y salvación.

San Pablo en el fragmento que escuchamos de la Carta a los Corintios, continúa con la comparación de Iglesia-Cuerpo: somos muchos, pero formamos un solo cuerpo y tenemos a Cristo como Cabeza; donde va la cabeza, va el cuerpo, y donde está el cuerpo está la cabeza, de igual manera debería de ser nuestro proceder, acordes, unidos, identificados con Cristo, para ejercer en bien de todos, –como analizábamos el domingo pasado-, los dones con que Dios dotó a cada uno. Multiplicidad de cualidades que confluyen al mismo fin: construir, con la Gracia del Espíritu, la totalidad del Cuerpo de Cristo. En el mejor de los sentidos, ¡no hay escape posible, si de verdad deseamos llevar a término nuestro caminar en el mundo!

San Lucas, presenta, de manera ordenada, “la historia de las cosas que pasaron entre nosotros”, no con un simple afán histórico, sino “para que veas la verdad de lo que se te ha enseñado”: el programa de Jesús. Seguir a Cristo, ser cristiano, no consiste en leyes, preceptos y normas. La Iglesia, y nosotros como Cuerpo vivo, no podemos contentarnos con escuchar, urge pasar a la acción: conocer y amar a Jesús; con la unción del Espíritu, conforme a la complacencia del Padre. Su proclamación es nítida: “llevar a los pobres la Buena Nueva, anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, dar libertad a los oprimidos y anunciar el año de gracia del Señor”. En Él se cumple y en nosotros debe continuarse, la profecía de Isaías. Éste, no otro, es el camino para proseguir la construcción del Cuerpo Místico. Son muchos los que necesitan escuchar palabras y ver obras que los alienten y llenen de esperanza.

Dentro de la octava de oración por la unión de las Iglesias, queremos cuidar y acrecentar lo que el Señor Jesús vino a sembrar. Una vez más le presentamos nuestra interioridad para que ese Reino de Amor, de Justicia, de Libertad y de Paz, continúe realizándose como el “Hoy” que ha anunciado la profecía y Jesús asegura que está en presente. Que Él nos ayude para que fructifique a través de cada día.

miércoles, 13 de enero de 2010

2° Ordinario, (Ciclo C) 17 Enero, 2010

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 62: 1-5;
Samo Responsorial, del Salmo 95: Cantemos la grandeza del Señor
Segunda Lectura: de la primera carta de apóstol San Pablo a los Corintios 12: 4-11
Evangelio: Juan 2: 1-11.

Comenzamos la serie de domingos del Tiempo Ordinario, no porque nada suceda, es una denominación litúrgica que diferencia Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua, Pentecostés; pero como se trata del Señor que nos sigue hablando, buscando, mostrando signos, todo día es extraordinario, todo día es oportunidad para crecer en el conocimiento y amor de Dios, para encontrar el significado de su palabra y de sus gestos en Jesucristo.

En medio de tanta perturbación, de la deshumanización, de la soledad de muchos corazones, anhelamos que la antífona de entrada se vuelva realidad: “Que se postre ante el Señor la tierra entera, que todo ser viviente alabe al Señor”. No llegará, ya llegó, el día en que la Palabra y la acción de Dios abracen a la humanidad entera y ésta quiera, en verdad, abrir los ojos y los oídos y apropiarse el deseo del Señor: “Por amor a mi pueblo” – por amor a cada ser humano – “haré surgir la justicia, y la salvación brillará como antorcha”. Aquí radica nuestra confianza, a pesar de los tiempos de obscuridad y angustia. No más lamentaciones, ni sombras de abandono: “A ti te llamarán ´Mi complacencia´, y a tu tierra ´Desposada´”. ¿De verdad experimentamos estar en “las manos” de Dios?, ¿somos conscientes de su preocupación por nosotros?, ¿aquilatamos el peso de gloria que nos manifiesta al “llamarnos a participar de la gloria de nuestro Señor Jesucristo”? Como respuesta espontánea entonaríamos siempre el estribillo del Salmo: “Cantaríamos sin cesar las grandezas del Señor”.

El fragmento de la carta a los Corintios nos impulsa a pensar “en comunidad”, todos recibimos “el mismo Espíritu”, y, aunque las manifestaciones sean diversas, cuanto somos y tenemos, debería estar orientado “hacia el bien común”. ¡Qué lejos estamos de esa realidad!, de sólo pensar en quitar los obstáculos que rompen la posibilidad de una humanidad auténticamente fraterna, “transcurrirían nuestros días en la paz”.

En el Evangelio de hoy, encontramos a Jesús, a María, a los discípulos, compartiendo la alegría de una boda. Se unen a la alegría, a la comida que une, al departir que conoce y se deja conocer, que enriquece y se enriquece; son seres humanos en toda la extensión de la palabra y la realidad.

María, como Madre, capta lo que ni el maestresala ha percibido, se aproxima a su Hijo y le dice: “Ya no tienen vino”. La respuesta de Jesús, como muchas otras que habrá escuchado y seguirá escuchando, a pesar del desconcierto, la asimila y su corazón de Madre inventa la solución: “Hagan lo que Él les diga”. Conocemos el desenlace: María “ha adelantado la hora del Señor”. La fidelidad de los sirvientes, ante lo inusitado, nos deja palpar a un Dios, en Jesucristo, que alimenta la alegría de los hombres.

Pienso que mucho podemos aprender de este “signo”: permitir al Señor que nuestra agua, vida insípida, se transforme en “vino nuevo” que dinamice, desde nuestro interior, el entorno en que vivimos y aumente en nosotros la confianza en las indicaciones de María, una Madre que busca siempre lo mejor para sus hijos: “Hagamos lo que Jesús nos diga”, cercanos a Él y a Ella, seguros de que, aun cuando en ocasiones nos pudiera parecer difícil lo que nos pide, ¡creamos!

viernes, 8 de enero de 2010

3º. Después de Navidad, el Bautismo del Señor, 10 enero 2010.

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 40: 1-5, 9-11
Salmo Responsorial, del Salmo103:
Segunda Lectura: de la segunda carta de Pablo a Tito 2: 11-14; 3: 4-7
Evangelio: Lucas 3: 15-16, 21-23.

Celebrábamos, el domingo pasado la Epifanía, la manifestación de Dios; esta manifestación es y ha sido siempre, desde la creación, “Tú que llamas a los seres del no ser para que sean”, cada creatura es presencia del Creador y desde cada una de ellas podemos aprender a llegar hasta el Señor; pero nuestra miopía, nuestra falta de relación, de comprensión, lo han impedido: “Desde que el mundo es mundo, lo invisible de Dios, es decir, su eterno poder y su divinidad, resulta visible pare el que reflexiona sobre sus obras…” (Rom. 1: 20)
Como sabio conocedor de nuestra flaqueza, le habla a Noé, a Abrahám, a Moisés, comunica su palabra por boca de los profetas, por los signos de liberación, en ocasiones difíciles de comprender en “nuestro ahora”: “Todo el pueblo percibía los truenos y relámpagos, el sonar de las trompetas y la montaña humeante. Y el pueblo estaba aterrorizado, y se mantenía a distancia. Dijeron a Moisés: háblanos tú y te escucharemos, que no nos hable Dios, que moriremos”. (Éx. 20: 18-19), nos parece un Dios temible e inalcanzable. La historia es de rechazo, de alejamiento, de olvido, ¡tan parecida a la nuestra! “No hicieron caso, me dieron la espalda, rebelándose, se taparon los oídos para o oír”. (Zac. 7: 11)

El Señor nos quiere, es persistente, continúa ofreciendo su amor y su amistad a su pueblo, y en él a todos los hombres, porque en el proceso de salvación todos estamos involucrados; las palabras que escuchamos de Isaías nos llenan de esperanza: “Consuelen, consuelen a mi pueblo, hablen al corazón de Jerusalén, -al corazón de todos los hombres-, ha terminado el tiempo de su servidumbre, preparen el camino del Señor…” Y la Epifanía acompaña el correr de la historia, Dios, como “el lebrel del cielo”, sigue nuestras huellas; pero…, no nos dejamos alcanzar, queremos ignorar que nos quiere “presa” de su amor y salvación. Y llega al colmo: “Llegada la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley para liberar a los que estábamos bajo la ley, para que recibiéramos la condición de hijos”. (Gál. 4: 4) Con la Anunciación, Encarnación y Nacimiento de Jesús, nueva Epifanía, intenta ofrecernos Dios, señales más claras del interés que tiene por nosotros: “Tanto amó Dios al mundo, que le envió a su Hijo único para que tenga vida eterna y no perezca ninguno de los que creen en Él”. (Jn. 3: 16)


Los ángeles fueron heraldos, los pastores y “los magos”, testigos; Herodes, a pesar suyo, también es testigo del Nacimiento de Alguien diferente: ¡Ha llegado el Mesías!

Hoy una triple conjunción nos conmueve y confirma, ya no son los ángeles que cantan, ya no es la estrella, son los cielos mismos que se abren, la paloma que desciende, la voz del Padre que escucha la “oración de Jesús” que nos trae el Espíritu y el fuego y nos sella como pertenencia de Dios. El Bautismo de Juan sólo conseguía una preparación interior, el instaurado por Cristo nos abre el camino hasta el Padre, pues a cada uno de nosotros de aplica, como Cuerpo de Cristo, la bendición que desciende sobre Él como nuestra Cabeza: “Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco”.

Que nuestra vida, como bautizados, sea una vida en la que Dios se complazca, así seremos manifestación de Dios como verdaderos hijos suyos. Que el Señor Jesús, hecho Pan y Vino en la mesa eucarística, continúe alimentándonos e instruyéndonos para que vivamos, como Él, ¡a gusto del Padre!

viernes, 1 de enero de 2010

Epifanía. 3 enero 2010.

Primera Lectura: del profeta Isaías 60: 1-6
Salmo Responsorial, del Salmo 71
Segunda Lectura: de la carta de San Pablo a los Efesios 3: 2-3, 5-6
Evangelio: Mateo 2: 1-12.

Epifanía: El Señor se manifiesta a todas las naciones; el Pueblo elegido se ha transformado en la Humanidad entera, no hay fronteras que limiten la Palabra de salvación.

Una Estrella más luciente que el sol, para los que queramos abrir los ojos de la fe; Estrella que alumbra el camino para evitar desviarnos; Estrella que guía, aunque de momento la perdamos entre nubarrones de olvido, siempre volverá a aparecer para agrandar el gozo, para llegar al sitio exacto del encuentro, para llenarnos de paz que nadie pueda arrebatarnos; para contemplar la Gloria que nos aguarda y durará para siempre.

Este pasaje de San Mateo es un “midrash”, una realidad, como una tela adornada para que entendamos “el lenguaje de Dios”, Él se acopla al nuestro. Es una narración llena de cariño del Niño Dios para los niños del Reino.

Mateo nos presenta al Niño ante el que se postran hombres venidos de lejanas tierras; ante Jesús, Dios y Hombre, Aquel del que nos dice San Juan en el prólogo de su evangelio: “Vino a los suyos (los judíos) y no le recibieron”. Ninguna autoridad religiosa o civil se postra ante el Niño Dios, solo aquellos “Magos” venidos del Oriente.

Mateo presenta un misterio, una reflexión teológica, y la teología es necesariamente “ciencia de los niños”, de los sencillos y humildes, de los pequeños, a los que el Padre revela los misterios guardados por siglos, por eso dirá Jesús mucho más tarde: “Te doy gracias, Padre, porque has revelado estas cosas a los sencillos y humildes y las has ocultado a los sabios y prudentes de este mundo”. (Mt. 11:25)

Para tratar de penetrar el misterio de Dios y su presencia entre nosotros, tenemos que hacernos como niños, nacer de nuevo, ser niño otra vez. Acercarnos de rodillas, como los “Magos” se postraron ante el Niño.

Hoy es el día de las estrellas. Día de la ilusión del que cree en lo maravilloso, del que entiende el asombro que hay en aquel dicho japonés: “Cuando una flor nace, el universo entero se hace primavera”.

Cuantos hombres han querido ver a Dios a la luz del sol de mediodía y han quedado deslumbrados, ciegos porque es demasiada luz para que quepa en nuestro entendimiento y necesitamos la mediación de la estrella de la Fe para llegar a Él. A veces decimos que nos falta Fe, lo que nos falta es sencillez y humildad para aceptar a Jesús, verdadero Dios, hecho “pobre débil y pequeño”, como yo.

Entremos en casa de José y María, junto con los Magos y hablemos con el Niño. Digámosle: “Señor, también yo vengo caminando por el desierto de la vida, tratando de seguir la estrella de la Fe, que pierdo con frecuencia; aquí me tienes creyendo en Ti como en mi Dios. No me da vergüenza admitirlo, aunque muchos te nieguen”.

Yo no tengo nada que ofrecerte como estos “Reyes”. Sólo te entrego en propia mano mi carta. Como eres pequeño y no sabes leer te digo lo que he escrito: Te pido que me hagas niño. Niño que se confíe totalmente a su Padre Dios. Niño que crea y espere en Ti sin límites. Niño que pase por el mundo dando cariño y sonrisas, y confiando en que hay todavía bondad en los hombres de buena voluntad.

Agranda la puerta, Padre, porque no puedo pasar. La hiciste para los niños, yo he crecido a mi pesar. Si no me agrandas la puerta, achícame por piedad. Vuélveme a la edad bendita en que vivir es soñar.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Santa María Madre de Dios, 1° enero 2010.

Primera Lectura: del libro de los Números 6: 22-27
Del Salmo 66: Ten piedad de nosotros, Senor, y bendicenos.
Segunda Lectura: de la carta de San Pablo a los Gálatas 4: 4-7
Evangelio: Lucas 2: 16-21.

¿Costumbre, rutina? ¡Aguardamos el 1º de Enero para decir a voces: Feliz Año Nuevo!, si detenemos por un momento el paso y el pensamiento, captamos que “lo nuevo” es cada instante y lo grandioso de la novedad es que, al fijarnos en el tiempo, comprendemos que en sí mismo, mirando el segundero del reloj, “no es, es y deja de ser”, en un paso rítmico e interminable que recorre, acompasado, carátulas y vidas, como un algo que se va, se va y no retorna.

¿Qué novedad es ésta, que no es; esa a la que apenas miro y ya se ha ido? La que señala el camino que acaba y no termina, la que nos hace conscientes de estar viviendo entre la trama del espacio y aquello que llamamos tiempo, magnitudes que estrechan la visión y por lo mismo invitan a romperla porque el latido sigue, porque el horizonte de la esperanza se abre en infinito y urge, no a acelerar el paso, no podemos, ya que él mismo nos lleva hasta el final concreto, desconocido en sí, pero seguro en el encuentro cuando se rompan, en silencio, lo que llamábamos el espacio y el tiempo y comencemos, sin otra referencia externa, a vivir la intensidad total, fuera de miedos, de distancia y relojes, el hacia dónde, que el Señor imprimió, desde el principio, en lo profundo del ser de cada uno. Ésta es la novedad: ¡ya estamos viviendo la Eternidad!

La “bendición de Dios” nos acompaña, “hace resplandecer su rostro sobre nosotros, nos mira con benevolencia y nos concede la paz”. ¿Qué mejor augurio podemos desear par el año que inicia? El mismo Señor nos enseña a invocar su nombre.

“La plenitud de los tiempos”, no hace referencia temporal, indica la maduración progresiva de la historia que ha alcanzado la plenitud necesaria para que Dios, en Cristo, por María, llegue hasta nosotros la filiación divina, en un hermano, en un hombre cuyo nombre nos salva y enaltece: Jesús, el Salvador, Hijo de Dios e Hijo de María. Jesús por Quien y en Quien podemos llamar a Dios ¡Padre!, y ser herederos del Reino que ¡ya está entre nosotros!

Seamos como los pastores: corramos y encontremos a María a José y al Niño y salgamos, con una nueva luz, a proclamar que la salvación ha llegado; ese es el distintivo del cristiano: contemplar, llenarse de Dios en Cristo y en María y promulgar con alegría que ya no somos esclavos sino hijos.

Imitemos también a María, la creyente, la fiel y obediente, la que se da tiempo y da tiempo a Dios “guardando y meditando todas estas maravillas en su corazón”, la discípula excelsa que escucha y pone en práctica la Palabra de Dios.

Antiguamente se celebraba en este día El Santo nombre de Jesús: “El Señor salva”, hoy están unidas las dos festividades: la circuncisión, momento en que se imponía el nombre al nuevo miembro de la comunidad judía, que abarca ahora a la comunidad humana, y la de María, Madre de Dios al haber dado a luz, con la fuerza del Espíritu Santo, al Hijo Unigénito de Dios. Vuelve a relucir la Buena Nueva: “hemos sido transladados de las tinieblas a su luz admirable”.

sábado, 26 de diciembre de 2009

La Sagrada Familia, 27 diciembre 2009.

Primera Lectura: del primer libro del profeta Samuel 1: 20-22, 24-28;
Salmo Responsorial, del Salmo 83:
Segunda Lectura: de la primera carta del apostol San Juan 3: 1-2, 21-24
Evangelio: Lucas 2: 41-52.

Día de la Familia Cristiana, día que nos invita a confrontar los criterios de educación que, constatamos, contradicen los ejemplos de sencillez, acompañamiento, servicio y dedicación a lo cotidiano en bien de la armonía, la comprensión y el verdadero amor, vividos en Nazaret por Jesús, María y José.

No se trata de idealizar, de forma abstracta, los valores de la familia; ni siquiera de intentar seguir el modo de vida de la Sagrada Familia. Los tiempos y las épocas cambiantes, piden ahondar en el proyecto familiar entendido y vivido desde el espíritu de Jesús; conforme a ese espíritu surge la exigencia de cuestionar y aun transformar esquemas y costumbres que, quizá, estén arraigados en nuestras familias. El reto es encontrar los modos, para que Dios esté presente en la más pequeña pero verdadera Iglesia.

Ana, madre de Samuel, ha orado para que el Señor le conceda un hijo; no guarda el gozo para sí misma, acabado el tiempo de la lactancia, va al templo y lo “entrega”, “lo ofrece para que quede consagrado de por vida al Señor”. Sin duda no es necesario “ofrecer a todos para que vivan en el Templo”, pero sí, hacernos y hacer conscientes a los hijos de que están, de que estamos, ya consagrados “al servicio de Dios”; de que existe una gran Familia, la humanidad entera, cada ser humano en concreto, que participa de la filiación divina, fruto “del amor que nos ha tenido el Padre”. El deseo de cualquier padre es ver crecer a sus hijos en los valores que perduran, en los que encaminan, no a una identificación impuesta, sino a una realización aceptada, por reflejo y convicción, para que sepan discernir y elegir lo que erige al ser humano en una persona digna y confiable. Dios no impone, propone y respeta la decisión personal; pero ¡cuánta luz, tiempo de silencio, oración, guía, espejo, son necesarios para captar y realizar el proyecto de Dios para cada uno de ellos, para mí y cada uno de nosotros!

Jesús no es “un muchacho rebelde”, sencillamente enseña los modos y caminos; sin duda sabe que causará dolor y angustia en María y José; pero hay Alguien que está por sobre los lazos de la sangre: el Padre, realidad que ellos comprenderán mucho más tarde.

Jesús los ha abandonado sin avisar; María y José, después de tres días de búsqueda, lo encuentran en el Templo. El reproche es dulce pero verdadero: “Hijo mío, ¿por qué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia”. La respuesta es inesperada: “¿Por qué me buscaban, no sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?” Igual que nosotros, “ellos no entendieron”. Ante lo incomprensible, sigamos el ejemplo de María “que conservaba todas estas cosas en su corazón”.

No ha iniciado Jesús la brecha generacional, ha iluminado la meta, no rompe los lazos familiares, los abre a toda la familia humana; primero está la solidaridad social más fraterna, justa y solidaria, tal como lo quiere el Padre. Regresa a Nazaret “y siguió sujeto a su autoridad”. El Niño, ser humano como nosotros, “crecía en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y delante de los hombres”. ¡Que Él conceda a todo niño, a todo joven, a todo adulto, seguir creciendo “hasta que seamos semejantes a él”.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Natividad del Señor, Misa de media noche, 25 diciembre 2009.

Primera lectura: del libro del profeta Isaías 9: 1-3
Salmo responsorial, del Salmo 95: Hoy nos ha nacido el Salvador.
Segunda Lectura: de la carta de San Pablo a Tito 2: 11-14
Evangelio: Lucas 2: 1-14.

¡El tiempo se ha cumplido! “Tú eres mi Hijo, hoy te engendré Yo”. Luz, Vida, Esperanza, Camino, Verdad, Paz, Guía y podríamos continuar sin parar, enumerando los atributos-realidades que no son de Cristo, son Cristo mismo.

La humanidad entera está hambrienta de luz y de verdad, de fraternidad, de gozo, paz y serenidad; ¿dónde encontrarla en medio de las tinieblas?

El misterio del hombre empezará a esclarecerse cuando aceptemos el misterio de Dios hecho Hombre que esta noche se nos hace patente y nos invita a recorrer el camino de regreso a la gloria del Padre; entonces dejaremos de ser misterio para nosotros al dejarnos inundar de la luz del misterio de Dios.

“El que poco siembra, poco cosecha, el que mucho siembra, cosecha mucho” (2ª. Cor. 9: 6), y para repartir el botín, debemos luchar y vencer. El Señor nos da semilla abundante, nos provee de armas para la lucha “que no es contra hombres de carne y hueso, sino contra las estratagemas del diablo, contra los jefes que dominan las tinieblas, contra las fuerzas espirituales del mal”. Revistámonos con ellas: “el cinturón de la verdad, la coraza de la honradez, bien calzados y dispuestos a dar la noticia de la paz, embrazado el escudo de la fe que nos permitirá apagar las flechas incendiarias del enemigo; el casco de salvación y la espada del Espíritu, es decir la Palabra de Dios” (Ef. 6: 12-17), solamente así conseguiremos que su Humanidad engrandezca la nuestra.

¡La realidad supera nuestra imaginación: un Niño “ha quebrantado el yugo que nos esclavizaba”! Una vez libres, es absurdo regresar a las ataduras. Pidamos tener oídos abiertos para escuchar al “Consejero admirable, a Dios poderoso, al Padre amoroso, al Príncipe” que viene a reinar “en la justicia y el derecho para siempre”; ofrezcámosle la interioridad de nuestro ser, que ahí comience a reinar.

Hoy todo es canto, proclamación, alegría y regocijo porque “nos ha nacido el Salvador”. Viene el que ES la Gracia, con Él aprenderemos a vivir religados a Dios, renunciando a los deseos mundanos; aceptaremos ser sobrios, justos y fieles, y a practicar el bien. No hay excusa para actuar de otra forma.

Intentemos, como invita San Ignacio en la contemplación del Nacimiento, volvernos “esclavitos indignos” y extáticos miremos a las personas, escuchemos sus palabras, rumiemos en nuestros corazones la grandiosidad en la pequeñez, el incomprensible silencio de “Aquel por quien fueron hechas todas las cosas, y sin Él nada existiría de cuanto existe”. (Jn.1: 3). Que llegue, con toda su fuerza, y rompa las ansias locas de tenernos sin tenerlo a Él. ¿Comprendemos, en verdad, que” siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza?” (2ª. Cor. 8: 9-10)

No podemos menos de unirnos al coro de todo el universo para entonar el Himno de la Gloria, de la Alegría, de la Paz porque Dios en su Hijo Jesucristo, hermano nuestro, ha rehecho nuestros corazones, nuestros ideales y orientado hacia Él nuestras vidas.