viernes, 4 de mayo de 2018

6º de Pascua, 6 mayo, 2008.-


Primera Lectura: del libro los Hechos de los Apóstoles 10:25-26, 34-35, 44-48
Salmo Responsorial, del salmo 97: EI Señor nos ha mostrado su Amor y su lealtad. -Aleluya.
Segunda Lectura: de la primera carta de apóstol Juan 4: 7-10
Aclamación: El que me ama, cumplirá mi palabra, dice el Señor; y mi Padre lo amará y vendremos a él.
Evangelio: Juan 15: 9-17.

“Voces de júbilo” llenan nuestras vidas. El júbilo nos llega por la victoria de Jesús, nuestro Hermano, nuestro ejemplo, nuestro Camino; esa alegría debe perdurar siempre, es el fruto de la paz que nos vino a traer para que se haga efectiva en la transformación de nuestras vidas, a tal grado que nadie tenga que preguntarnos si somos discípulos de Cristo, porque lo captarán mirando nuestras obras: “hechas a la luz para gloria del Padre”.

Alegría que viene del Espíritu, ese “soplo universal” que inspira a todo ser humano: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad”. Indecible la sorpresa de Pedro al ser testigo de que el Espíritu Santo descendía sobre los paganos. Comprendió, en toda su grandeza que “La Palabra de Dios no está encadenada”. Recordó que “El Espíritu va donde quiere, no lo ves, como al viento, pero sientes sus efectos.”  Ahí estaba, actuando frente a él y escuchando cómo aquellos hombres “proclamaban las grandezas de Dios”. ¿Quién puede oponerse al Espíritu? ¡Lástima que nos resistamos a su ímpetu, a sus mociones y no nos presentemos como instrumentos listos para transformar el mundo! Bajo la luz de Dios todo cambia de aspecto, todo brilla, todo es bello, todo es posible…, ¡aun nuestra conversión!

El Salmo continúa animándonos a la alegría. ¿Quién no estará alegre al ver cómo el Señor nos ha mostrado, nos muestra y nos seguirá mostrando su amor y su lealtad? La Revelación sigue en presente, faltan oídos que la escuchen y corazones que le den albergue. Abramos el interior y dejemos que nos inunde, con toda su potencia, la realidad que tanto ansiamos: El Amor, motor incansable, fuerza transformadora que alimenta lo que, a la mirada puramente racional e inmediata le parece imposible: “Amarnos los unos a los otros”, simplemente para ser como Dios, porque “Dios es amor”. Con Él y desde Él se limpiarán los ojos, se olvidaran heridas y rencores, se ensanchará el horizonte y, de verdad, constataremos que todo es bello. Trataremos de reproducir en cada ser humano, más aún en cada creatura, lo que ese Amor ha hecho de nosotros: existir y crecer.

Probablemente, Jesús, no nos pida la vida de una manera cruenta, como Él la ofreció al Padre por nosotros, pero sí la actitud bondadosa, amable, servicial, pronta y atenta, la del amigo de ojos transparentes, la que no esconde engaños, la que confía y comunica cuanto el Señor le ha hecho percibir de su presencia, como el mismo Jesús en relación al Padre.

Esto es vivir en el amor y en la apertura, es el seguir el rastro de sus huellas, es cumplir su mandato y estar constantemente agradecidos porque puso su morada entre nosotros.

“No son ustedes los que me han elegido, soy Yo quien los ha elegido y los he destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca”. Desde la eternidad fue hecha la elección, se ha concretado en un momento exacto: este, en el que somos y seguimos siendo. Es tiempo de revisar los frutos y preguntarnos, simplemente, ante Él, si están maduros.

viernes, 27 de abril de 2018

5° Pascua, 29 abril de 2018


Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 9: 26-31
Salmo Responsorial, del salmo 21: Bendito sea el Señor. Aleluya.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Juan 3: 18-24
Aclamación: Permanezcan en mí y yo en ustedes, dice el Señor; el que permanece en mí, da fruto abundante.
Evangelio: Juan 15: 1-8.

Continuemos cantando las maravillas del Señor, la realidad de su victoria envuelve a toda la tierra.  Había dicho a sus discípulos: “Un poquito y no me verán y otro poquito y me volverán a ver”. A nosotros nos ha tocado el tiempo de “verlo” en la creación entera, en la presencia constante de su acción a través del Espíritu Consolador, en el crecer de la Iglesia, en la confirmación de la fe, en la multiplicación de aquellos que han creído y se entregan a difundir la Buena Nueva, a ser testigos de la Resurrección y del inefable Amor que nos demuestra.

Algo extraña la petición de  la Iglesia en la Oración Colecta; pide “que nos mire con amor de Padre”, ¿es que podría mirarnos de otra forma?; más bien pedirle que en verdad lo miremos con  ojos de hijos  y así tendríamos el cambio de horizonte, el que nos lleva más allá de lo inmediato y nos libera de ataduras terrenas, para hacernos, si no merecedores , porque, ¿quién podría merecer la herencia eterna?, sí capaces de “ser semejantes a Él, porque lo veremos cara a cara”, como nos recuerda San Juan.

La presencia de Dios, el haberse encontrado con Él, en Jesús, infundió valor a Pedro para proclamar, superando todo miedo, su confesión de fe; ahora la vemos actuando en San Pablo, con ella supera suspicacias, rechazos iniciales, desconfianzas y, el antes enemigo, ahora “habla con valentía, en el nombre de Jesús”. Consideremos un momento la verdad de las palabras de Cristo: “lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios”. El punto de partida para la conversión, para que la posibilidad se vuelva realidad es: dejarnos guiar por el Espíritu; “Él es quien consolida en la fidelidad”.  Fidelidad que nace en la conciencia honesta y recta, la que vive en el sí, sin reticencias, la que no solamente dice de amor y se queda en palabras, sino que va más allá y lo realiza.

Tentaciones, embates, flaquezas, nos pueden hacer perder la mirada de hijos, otra vez el Señor, por boca de San Juan, nos reanima: “Dios es más grande que nuestra conciencia”; Él mismo nos ayudará a permanecer en Él, para que Él permanezca en nosotros.

La viña y los cuidados requeridos para que dé frutos buenos, eran conocidos por todos los coetáneos de Jesús. La comparación les entra por los ojos, renueva la experiencia, miran la poda y prevén la floración pujante.

Cristo se apropia todo el panorama: “Yo soy la vid, mi Padre el viñador, ustedes los sarmientos”. Cortar lo innecesario, ¡es necesario!, pero más necesario aún: ¡permanecer unidos al tronco que alimenta! ¿Es complicado sacar las conclusiones?

¡Cómo necesitamos que Cristo nos grabe su palabra, con fuego ardiente en nuestros interiores: “Sin Mí no pueden hacer nada”! Con Él, en cambio, daremos gloria al Padre y manifestaremos al mundo cómo han de ser los verdaderos hijos.

¡Señor, corta y ayúdame a cortar todo lo que me sobra!

sábado, 21 de abril de 2018

4° de Pascua, 22 abril, 2018.-


Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 4: 8-12
Salmo Responsorial, del salmo 117: La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. -Aleluya.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Juan 3: -2
Aclamación: Yo soy el Buen Pastor, dice el Señor; Yo conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí.
Evangelio: Juan 10: 11-18.

Que sigan el gozo y la alabanza; el amor del Señor llena toda la tierra y en ella, nuestros corazones. Su poder no aterra, siempre tranquiliza, pacifica; no es el poder del mundo sino el poder del amor el que lo precede, lo guía y nos guía a la cercanía, a la unión, al Reino, a la plenitud del Espíritu.

Reencontramos esa plenitud del Espíritu, como fuente de vida en el caminar audaz y decidido de la primitiva Comunidad cristiana y concretamente, en Pedro quien culmina su profesión de fe en Jesucristo. Clarifica, sin apropiarse lo que es del Señor, que no es él quien ha curado al paralítico, sino Aquel que es “la piedra angular, el desechado, el crucificado”, Jesús “resucitado de entre los muertos”, en cuyo nombre, y sólo en Él, encontramos todos, la salvación. Sabe Pedro, deduce, por las miradas que lo cercan, cuál puede ser el desenlace; pero no se arredra. Casi de inmediato vendrán las amenazas, los azotes, mas todo ello envuelto en el gozo de poder participar en los padecimientos de Cristo. ¡Cómo se acordaría de las palabras del Maestro: “La verdad los hará libres”! La Verdad que incomoda, revuelve, trastoca los valores cómodamente aceptados, pide la apertura, y en una palabra: la conversión. No hay otro camino que el de Cristo.

De nuevo bullen en nuestro interior, sentimientos encontrados: ¿fe y confianza, lucidez para proclamar la Verdad?, o ¿temor al cambio, miedo a las consecuencias, preferencia por la posición adquirida que pensamos nos asegura en el tener, pero que impide nuestro correr hacia el ser? Tenemos mucho para reflexionar personal, familiar, comunitaria y socialmente; discernir para decidir. El Salmo nos anima: “Te damos gracias, Señor, porque eres Bueno, porque tu misericordia es eterna. Más vale refugiarse en el Señor que poner en los hombres la confianza”. Ni estamos solos ni luchamos por una utopía; el Señor nos precede, ¿le creemos?

¿Deseamos más luz? San Juan la enciende: “Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos”. ¿Nos considera el mundo como suyos? Entonces no reflejamos la imagen del Hijo rechazado; nuestras obras no van conforme al Reino, no hacen ruido que despierte y que avive las conciencias, ni siquiera las nuestras. Ese no es el camino para encontrarnos con el Señor “cara a cara, ni ser semejantes a Él”. Quedarnos contemplando nuestra debilidad a nada nos conduce; La Gracia y el tiempo están de nuestro lado, ¡partamos decididos!

Jesús, el Buen Pastor, jamás detuvo el paso; ni siquiera ante la misma muerte; siguió siempre adelante, no descuida a ninguno, quiere acoger a todos, no cesa de llamarnos. Él sabe dónde están las aguas cristalinas y el abundante pasto, el banquete exquisito y la paz duradera, el sendero seguro y el triunfo sobre el lobo.

Lo sabe todo porque ha escuchado al Padre; reconoce su voz y nos la entrega. La verdad, suena triste: “Doy la vida por mis ovejas” ¡y hay tantas sordas, porque hay muchas otras voces que las aturden y les impiden percibir la que dice cariño, seguridad, paz y vida eterna!

Su súplica-deseo: “a todas las dispersas es necesario que las traiga para que haya un solo rebaño y un solo Pastor”, tiene que resonarnos hasta el fondo y, desde ahí, confiados en su voz hecha Palabra, nos atrevamos a decirle: ¡Escuché tu llamada, aquí estoy, Señor, quiero seguirte!