martes, 20 de octubre de 2009

30° Ordinario, 25 Octubre 2009

Primera Lectura: del libro del profeta Jeremías 31: 7-9;
Salmo 125: Grandes cosas has hecho por nosotros, Señor.
Segunda Lectura: de la carta a los Hebreos 5: 1-6
Evangelio: Marcos 10: 40-52.

Buscar, aunque sea a tientas, pero con la mente y el corazón puestos en la meta. No podemos caminar por la vida sin la meta precisa, de seguro nos perderíamos. Quien siente la inquietud de llegar, pondrá los medios, no solamente unos medios, para conseguir lo anhelado. Tenderá la mano y encontrará seguridad de donde asirse. La presencia del Señor es visible aun en la obscuridad más densa; intentemos hacer real la antífona de entrada: “Busquemos continuamente su presencia”.

Colgados del amor, en alas de la fe y de la esperanza, nos sentiremos como flechas lanzadas por el Arquero experto que nos orienta al centro mismo de los seres, a Dios, que nos espera para dársenos a Sí mismo, no como premio, sino como don gratuito, que llena, que rebosa, que transforma en luz nuestras tinieblas; completará así el círculo perfecto, salimos de Él y a Él volvemos. “Los cantos de alegría y regocijo” son prenda clara de que El Camino sale a nuestro encuentro. Es un Camino amplio, todos caben; el Corazón de Dios es grande, acoge a todos los que sufren: “cojos, ciegos, mujeres en cinta y aquellas que acaban de dar a luz”. Es un Camino llano y sin tropiezos, es la mano buscada y encontrada, es el cariño del Padre que funde, en un abrazo inacabable, a todo ser humano que acepte reconocerse como hijo.

No es sólo Israel, el Pueblo liberado, somos también nosotros, que miramos y admiramos “las grandes cosas que ha hecho por nosotros”; ha roto cadenas más pesadas que las de la esclavitud, de la lejanía, de la ilusión quebrada, del horizonte oculto a la mirada, del alma solitaria; ha roto las cadenas del olvido y se ofrece a romperlas sin cansarse, para formarse un Pueblo nuevo, limpio de pecado. Regresarán la risa y la alegría, las que superan todos los pesares, porque al levantar los ojos, miraremos los campos florecidos, las espigas fecundas, las aguas claras y abundantes.

Lo que fue signo y promesa en la voz del profeta, se torna en plenitud palpable en Jesucristo; ya no serán sacrificios de corderos, ni incienso, ni cantos de alabanza agradecida, sino la Sangre de Aquel que nos conoce y que no duda un instante en ofrecerla para que sirva como riego fecundo y nos lave por dentro; el nuevo y eterno sacerdocio ha quedado instaurado: “Tú eres sacerdote eterno como Melquisedec”.

El sacerdocio antiguo pedía primero perdón por sus pecados; Jesús, el único Justo, “el Hijo, eternamente engendrado”, la transparencia misma, en el que todo es gracia, el que nos lleva al Padre, se entrega libremente y es, a un mismo tiempo, Víctima, Sacerdote y Altar; con Él “el retoño renace” y nos pide, simplemente: ¡ayúdenlo a crecer!

Son del mismo Jesús los pasos que resuenan muy cerca de nosotros; como Bartimeo, sentados al lado del camino, escuchemos, desde la obscuridad, la mano que anhelamos, la que salva y levanta, y gritemos sin miedo: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!” Nos urge la insistencia de una fe que confía, que no haga caso de aquellos que la quieren callar. Imploremos más fuerte. Sabemos que Jesús siempre atiende al que con fe lo invoca. Sigamos escuchando: “¡Ánimo!, levántate, porque Él te llama”. Arrojemos el manto, todo aquello que estorbe nuestro encuentro; demos el salto decidido hacia la Voz que aguarda, y, ya cerca de Él, pidamos lo que tanto nos falta: “Maestro, que pueda ver”.

Las maravillas del Señor continúan al alcance de un corazón deseoso; la claridad, la luz y los colores, darán vida a la vida, y Él mismo nos dará la fuerza necesaria para mantenernos humildes y sencillos para seguir sus pasos.

lunes, 12 de octubre de 2009

29º, Domingo de las Misiones, 18 octubre 2009.

Primera Lectura: Del libro del profeta Zacarías 8: 20-23

Salmo 66: Muéstrate bondadoso con nosotros, Señor
Segunda Lectura: De la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 10: 9-18
Evangelio: Marcos 16: 15-20.

Nos invita la antífona de entrada a que “contemos a los pueblos las maravillas del Señor”. La experiencia personal, el haber constatado en nuestras vidas que el Señor sigue realizando maravillas, es manantial del que fluye, de modo natural, la comunicación gozosa de haber sido encontrados por Aquel que es la Paz, la Armonía, la Salvación. Experiencia que no se contenta con discursos y cantos, sino que se muestra en la acción específica de ser testigos creíbles del mensaje de la Buena Nueva, del llamamiento que Jesús nos hace a todos, como Iglesia, para formar en Él y con Él, una humanidad nueva, una familia unida por la fraternidad.

El profundo sentido de “misión”, de misionero, de enviado, no ha variado, continúa vigente y nos atañe a todos. Sigue siendo necesario, como lo fue en la primitiva comunidad cristiana y en la Historia de la Iglesia, que hombres y mujeres, habiéndose dejado llenar por el amor del Padre y de Jesús, e impulsados por la fuerza del Espíritu, imiten –imitemos lo más de cerca posible- la entrega total al Evangelio, “recorriendo los montes como mensajeros que llevamos buenas noticias”. Historia que es presente y estamos escribiendo como cristianos y como Iglesia. ¿Cuál es el contenido de lo que pronunciamos, si es que de verdad queremos vivir el compromiso?, ¿cuál es el fundamento que sostiene las acciones que emprendemos? No puede ser otro que “La Piedra Fundamental”: Cristo Jesús y su fidelidad a la voluntad del Padre: “No he venido a hacer mi voluntad, sino la voluntad de Aquel que me envió” (Jn. 5: 30). “Como el Padre me ha enviado, así también los envío Yo” (Jn. 20: 21), entonces comprendemos que la Iglesia y, reconozcámonos como Iglesia, aparece, desde el primer momento como la comunidad de los discípulos cuya razón de ser es la actuación, en el tiempo, de la misión del mismo Cristo: la evangelización del mundo entero.

Interiorizamos, que no solamente nos llamamos sino que queremos ser cristianos, que al estar en contacto con las personas, descubran en nosotros ese “algo especial”, se acerquen a nosotros y nos “tomen del manto” porque han percibido “que Dios está con nosotros y nosotros con Dios”. Que nuestra fe contagie, que nuestra oración invite, y constaten que nuestra esperanza, al estar firme en el Señor, “nunca defrauda”. Esta es nuestra forma de ser portadores de la Buena Nueva, del sentido de trascendencia, del camino que une en la mirada y en la fe para “hacer que su Voz resuene en todos los rincones de la tierra”, a través de nosotros. Revivimos nuestro sacerdocio bautismal en unión con Cristo Sacerdote, Cristo Profeta y Cristo Rey y abrimos espacios en el mundo para que éste conozca, encuentre o reencuentre a Cristo Mediador.

Para poder “predicar el Evangelio a toda creatura”, necesitamos aprender del mismo Jesucristo, escuchar su palabra, conocer sus acciones, tratarlo en la oración y pedirle que tengamos, no sólo el deseo, sino la actitud de poseer un corazón, una mirada, una preocupación universal que a nadie excluya, “para que todos los hombres lleguen al conocimiento de la Verdad”.

No pidamos “milagros”, mejor pidamos “ser el milagro que convierta al mundo”.

martes, 6 de octubre de 2009

28º Ordinario, 11 Octubre 2009

Primera Lectura: Sabiduría 7: 7-11
Salmo 89: Sácianos, Señor,de tu misericordia.
Segunda Lectura: De la carta a los Hebreos 4: 12-13
Evangelio: Marcos 10: 17-30

Olvidar, perdonar, salvar de manera definitiva, solamente Tú, Señor. Concédenos que la tristeza y la amargura, el desánimo que nos empuja a devaluarnos por la conciencia de nuestras faltas y pecados, queden borrados por la presencia de tu misericordia, de otra forma “¿quién habría, Señor, que se salvara?”

Ojalá, convencidos, insistamos en la oración que abre el interior hacia los demás, los que tenemos a nuestro alcance y los lejanos a los que nos une la realidad humana y la misión bautismal: “Que te descubramos en todos y –de verdad- te amemos y sirvamos en cada uno”. Es muy fácil pedirlo y aun aceptarlo en la mente, necesitamos que lata en el corazón y viva en las obras; ahí está la “Sabiduría”, la auténtica, la que nos llega a través del Espíritu, si permitimos que la Palabra “penetre hasta la médula de los huesos y divida la entraña”. Recibirla es constatar que “con ella nos llegan todos los bienes”, los que perduran, los que pesan más que todas las riquezas de la tierra, la que mide y discierne creaturas y contorno, la que ilumina, “con luz que no se apaga”, que “el ser para los otros” es el camino que acerca a Jesucristo, que evita el ansia posesiva de “mis cosas, mi yo y mi egoísmo”.

La espada corta y rasga, le tememos; pero ella limpia y “deja al descubierto las intenciones de nuestro corazón”, nos quita la confianza en la falsa coraza que nos daban los bienes conseguidos, derrumba merecimientos “comerciales”, y nos impulsa a cambiar la mirada, a ir más allá del mero cumplimiento…, el Reino es mucho más.

Seguro que anhelamos la mirada amorosa de Jesús que nos llama, que ha trazado el camino con su propia pisada, que espera de nosotros la respuesta precisa que supera horizontes terrenos, que escucha, acoge y vive la invitación concreta: “Ve, y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en los cielos. Después, ven y sígueme”. ¿Qué sucedió en el joven que “se acercó corriendo y se arrodilló ante Jesús”? No bastaron palabras ni mirada envueltas en cariño, pudo más lo cercano, lo pensado como algo seguro, y se alejó con la tristeza rodeándole las manos, el corazón, la mente y el camino.

El comentario de Jesús nos estremece, su mirada ha variado, su Palabra incita, sin violentar, a examinarnos por dentro, todos juntos, individual y colectivamente: “Hijitos, ¡qué difícil es para los que confían en las riquezas, entrar en el Reino de Dios!”. No bastan los deseos, por muy altos que sean.

"Síganme”, ¿abandonado todo, especialmente a este “yo” que tanto cuido?; ¡qué difícil romper las ataduras que con tanto trabajo hemos unido!, si esta es la consigna, “¿quién puede salvarse?”.

Sintamos, oigamos la Palabra, captemos la mirada, otra vez cariñosa, que nos llevan a la esperanza que toca la certeza: “Es imposible para los hombres, mas no para Dios. Para Dios todo es posible”. ¡Que Jesús Eucaristía, nos repita la promesa y le creamos!

martes, 29 de septiembre de 2009

27º Ordinario, 4 Octubre 2009

Primera Lectura: Génesis 2: 18-24
Salmo127: Dichoso el que teme al Señor
Segunda Lectura: Carta a los Hebreos 2: 9-11
Evangelio: Marcos 10: 2-16.

En la antífona de entrada, Esther ha decidido presentarse ante el rey Asuero, sin haber sido llamada, sabe que se expone a morir, pero está dispuesta a todo por el bien de su pueblo perseguido; antes, ora, ayuna y pone toda su confianza en Dios: “Todo depende de tu voluntad, Señor, y nadie puede resistirse a ella. Tú eres el Señor del universo”. Ella vive lo que reconocemos en la oración: “Tú que nos concedes más de lo que merecemos y esperamos”, en verdad, ¿qué podemos merecer si todo lo hemos recibido?, por eso continuamos: “Danos aquellas gracias que necesitamos y no hemos sabido pedirte”.

Algo sabemos, y por eso insistimos: Ilumina los corazones de todos los hombres para que comprendamos tu Palabra, tu Proyecto, la huella del Amor que has puesto en nuestros corazones y descubramos que tu Gracias es eficaz y vivamos con ella: “No está bien que el hombre esté solo”, nos has formado según la realidad de tu Ser, que es Comunicación; que cada hombre, como Adán redivivo, busque el rostro que repita el suyo, que al pasar revista a los seres sin escuchar un corazón presente, encuentre la respuesta, a su lado, sonriente: “Ésta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne”, no es posesión, es compañera, es vida, es esperanza que acompasa y guía, es realidad que resume todos los anhelos de saber que los pasos toman un ritmo nuevo, de dos en uno, el caminar seguro; de un “yo” hacia otro “yo” en “tú” ya convertido, hasta el pleno nosotros, de tal manera unidos que rige en firmes trazos el futuro.

Sin esta convicción alimentada por la fe, no hay lazo que perdure; los ojos se desvían, la carne se estremece y la ilusión se apaga. En cambio, con tu Voz y Presencia resonando en lo íntimo, se mantendrá encendido el ¡Sí!, pronunciado al unísono: “te acepto porque te amo”, amor que supera altibajos sensibles, circunstancias adversas, disgustos momentáneos, ofuscaciones que nublan la alegría del encuentro primero, para esbozar de nuevo el grito del asombro al escuchar el “tú”, mi “yo”, pronunciado con un labios estrenados; sólo así entenderemos y vivirán coherentes su vocación, los que así la encontraron, a la luz del proyecto venido desde Ti: “Lo que Dios ha unido que nada ni nadie lo separe”.

Te pedimos, Señor, que cuides y despiertes la conciencia de nuestra creaturidad y le indiques el camino a seguir. Señor respetas y amas a tu propia creación y en nosotros los hombres, lo que más nos asemeja a Ti: la libertad; pero no permaneces impasible ante nuestros desvíos; constantemente nos sale al encuentro tu amor inacabable porque somos tu imagen. Que cada ser humano refleje su origen y su meta, que comprenda, que busque y que encuentre en la comunicación sincera y en la entrega sin límites, la identificación con Jesús “autor y guía de nuestra santificación”, el camino que lleve a la hermandad perfecta.

Contigo, viviendo en nuestro interior, no cabrán excusas ni pretextos, resplandecerá la sencillez del niño, nacido transparente, sin dobleces, sin miradas esquivas, con la sonrisa entera porque sabe qué mano lo acaricia y lo bendice.

Te pedimos, otra vez, la abundancia de tu Gracia para saber amarnos mutuamente y sentir que tu Amor, que eres Tú mismo, va llegando en nosotros a la plenitud.

martes, 22 de septiembre de 2009

26º ordinario, 27 septiembre 2009

Primera Lectura: Números 11: 25-29
Salmo 18: Los mandamientos del Señor alegran el corazón.
Segunda Lectura: De la carta del aposto Santiago 5: 1-6
Evangelio: Marcos 9, 38-43, 45, 47-48.

El domingo pasado nos decía claramente el Señor: “Los escucharé en cualquier tribulación en que me llamen”, y haciéndole caso le suplicamos que “no nos trate como merecen nuestros pecados”, que gracias a “su perdón y misericordia, no desfallezcamos en la lucha por obtener el cielo”, ese cielo que no es más que la eternidad junto a Él, poder “mirarlo cara a cara”. ¿Cómo veremos “la cara de Dios”?, no lo sé, pero si Él lo promete como nos dice por san Pablo en 1ª Cor 13: 12, tenemos fe en que su Palabra es Verdad. Ella nos fortalecerá y no permitirá que desfallezcamos en el camino, nos animará para continuar esforzándonos de modo que nada terreno nos impida proseguir, ni riquezas que deslumbran, ni lujos inútiles aun cuando agraden, ni oro ni plata ni vestidos, y menos aún desviarnos por la senda de la injusticia y la opresión; nos recordará constantemente que “la apariencia de este mundo es pasajera” (1ª Cor. 7: 31), entonces ¿qué creatura puede emular la grandeza del Señor?, Él permanece para siempre, ¿nos expondremos, insensatamente, a perderlo y a perdernos?

La primera lectura y el Evangelio dejan en claro que “la palabra de Dios no está encadenada” (2ª Tim. 2: 9). Moisés se ha quejado, no puede él solo cargar con el pueblo y pide a Dios ayuda, el Señor responde conforme a lo prometido: “en cualquier tribulación en que me llamen, los escucharé”. Hemos de preguntarnos, una vez más, qué tanto llamamos al Señor, qué tanto confiamos en la eficacia de su promesa y en la prontitud de su respuesta. “Tomó del espíritu de Moisés, -que es el Espíritu que el mismo Dios le había concedido- y lo dio a los setenta ancianos”. Dos de los elegidos no acudieron a la cita, sin embargo el Espíritu se mueve, su Sabiduría “siendo una sola, todo lo puede; sin cambiar en nada, renueva el universo, y, entrando en las almas buenas de cada generación, va haciendo amigos de Dios y profetas; pues Dios ama a quienes conviven con la Sabiduría. Alcanza con vigor de extremo a extremo y gobierna el universo con acierto”, (Sab. 7: 27ss) y se posó también sobre los ausentes que “comenzaron a profetizar”. La visión de Moisés, envuelta en gratitud, apacigua el celo exclusivista de Josué, porque es la visión de Dios: “Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos ellos el Espíritu del Señor”.

Jesús no puede proceder de manera diferente, tiene y Es el mismo Espíritu de Dios Trinitario que “no tiene acepción de personas” (Rom. 2: 11), es universal, delicado, respetuoso y profundamente visionario, por eso responde a Juan, que “sigue pensando según los hombres y no según Dios”: “no se lo prohíban…, todo aquel que no está contra nosotros, está a nuestro favor”. Quien intenta liberar a cualquier hombre del mal y le ayuda a reencontrar su propia dignidad, está trabajando por el Reino, aunque no lo sepa. La conciencia de este gozo crece porque está renaciendo, por caminos insospechados, una humanidad nueva. La exclusividad de la verdad no es nuestra, es del Absoluto y Él la reparte para el bien común. A nosotros nos toca vivirla con intensidad, con coherencia, con armonía ejemplar, de modo que no haya en nuestras vidas ninguna ocasión de escándalo que pueda lesionar la fe de los sencillos. “Córtate la mano, el pie, sácate el ojo”, no se refieren a una acción física, sino a la purificación de nuestras intenciones que conduzcan nuestras obras, porque nuestra eternidad y la de los que nos rodean, está en juego. La llegada al Reino vale más que todos los bienes de la tierra.

martes, 15 de septiembre de 2009

25° ordinario, 20 septiembre 2009.

Primera Lectura: Del libro de la Sababiduría 2: 12, 17-20
Salmo 53: El Señor es quien me ayuda.
Segunda Lectura: Del libro del apóstol Santiago 3: 16, 4: 3
Evangelio: Marcos 9: 30-37

“Yo soy la salvación de mi pueblo…, los escucharé en cualquier tribulación en que me llamaren”. Al sentirnos inmersos en una realidad social tan alejada de la conciencia de pertenecer a Dios, ¿no es la hora precisa, urgente, para orar, pedir, confiar, llamar, insistir, y descubrir que de verdad nos escucha? Cuánto debemos sopesar las últimas palabras del apóstol Santiago: “Si no alcanzan es porque no se lo piden a Dios. O si piden y no reciben, es porque piden mal”.

¿Cuánto ha crecido nuestra confianza en la oración?, ¿cuánto ha crecido aquella semilla de la Fe recibida, gratuitamente, en el Bautismo? “La fe, creyendo, crece”, dice Santo Tomás de Aquino. Pero, ¿en qué “dios” creemos?, ¿nos comportamos como los idólatras ante figuras que “tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen, tienen pies y no caminan, tienen boca y no hablan”?, (Salmo 135), si nuestra concepción es tan plana, tan material, tan simplemente humana, entendemos que no pueda escucharnos ni tampoco podamos escucharlo, ni para qué esforzarnos en amar lo que es insensible, frío e impasible. En cambio si la fe es auténtica, producirá frutos de paz, de solidez, de increíble resistencia ante las adversidades que acosan al “justo”, porque está llena de “la sabiduría de Dios”, del Dios verdadero que nos manifiesta, por mil caminos, que “mira por nosotros”.

Con Él y desde Él recibiremos “el temple y valor” necesarios para ser testigos de la verdad y la justicia al precio que sea. Empeño nada fácil, y me atrevo a decir, menos aún ahora, pues nos exponemos a ser tildados de “extraños, raros y antisociales”, contrarios a “los valores” que deshumanizan y dominan las mentalidades y actitudes que nos rodean: poder, sexo, dinero, parecer; mentalidades que “usan” a las personas en vez de acogerlas con cariño, con entrega, con ansias de comunicarles vida y horizontes que les hagan sentir su dignidad.

No estamos muy lejos de aquella incomprensión que mostraron los discípulos, los cercanos, los que llevaban tiempo de convivir con Jesús, los que creían conocerlo pero lo encerraron en una idea preconcebida y totalmente nacida de perspectivas personales; seguían y seguimos “pensando según los hombres y no según Dios”.

Vivamos la escena, metámonos en ella, actuemos sinceramente: Jesús los lleva –y nos lleva- aparte, quiere que lo conozcamos, que al aceptarlo nos encaminemos al Padre, que le permitamos entrar en el corazón, en la mente y lo proyectemos en las obras. ¡Con qué atención y sin pestañear siquiera, escuchamos las confidencias de un amigo, su grito de apoyo y comprensión; guardamos silencio respetuoso o preguntamos, con delicadeza, lo no comprendido! Jesús deja entrever su interior, anuncia, por segunda vez, lo que le espera; es algo muy superior a los enfrentamientos que ha tenido con los escribas y fariseos, a la ocasión en que quisieron despeñarlo, a las preguntas capciosas con que lo han acosado, habla del sufrimiento y de la Pasión, de la muerte, y vuelve a anunciar la Resurrección. Los discípulos –nosotros- dejamos pasar de largo lo importante: la angustia del otro, se enfrascan -nos enfrascamos- en trivialidades, no entienden ni entendemos y para evitar la consecuencia de la verdad, seguimos teniendo miedo de pedir explicaciones”. ¿Nos hemos dejado tocar por esa comunicación, casi en secreto?, ¿han y hemos intentado “tener los mismos sentimientos que Cristo Jesús”, como nos pide San Pablo en Filipenses 2: 5? ¿De qué discuten los discípulos?, no los juzguemos, comencemos por analizarnos a nosotros mismos y descubramos lo que Jesús ya nos había enseñado: “De lo que hay en el corazón, habla la boca”, (Lc. 6: 45). Que al menos la vergüenza de haberlo relegado nos deje mudos. “¿Quién es el mayor?”, la respuesta llega acompañada del ejemplo: “Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. El niño, el transparente, el sin dobles intenciones, el marginado, el olvidado, el que refleja mi presencia, el que es como Yo que vivo pendiente de la voluntad del Padre. Entonces se nos abrirán los ojos y me encontrarán en él y al encontrarme, encontrarán al Padre.

¿Esperamos mayor claridad en el camino a seguir?, por ello hemos pedido: “Concédenos descubrirte y amarte en nuestros hermanos para alcanzar la vida eterna”.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

24° Ordinario, 13 Septiembre, 2009.

Primera Lectura: Isaías 50: 5-9;
Salmo114: Caminaré en la presencia del Señor
Segunda Lectura: Carta del Apostol Santiago 2: 14-18;
Evangelio: Marcos: 8: 27-35

Hay páginas difíciles en el Evangelio, las conocemos y quisiéramos borrarlas: esas que hablan de sacrificio, de Pasión y de Muerte…, sigamos leyendo y encontraremos el triunfo final: la Resurrección.

Isaías en el tercer cántico del Siervo Sufriente, nos ayuda a preparar una seria confrontación con nuestro corazón, nuestras ideas y nuestra vida. ¿Qué modelo de Mesías esperamos?, ¿el fácil, el acomodaticio, el triunfador, el que no sacuda las interioridades y permita contemplar un paisaje florido, llano, sin cuestas, sin dificultades, ni sinsabores, ni sacrificios?

El domingo pasado Jesús pronunció el “¡Ábranse!” a nuestros oídos y nuestra lengua, de la misma forma “hizo oír su palabra y modeló la lengua del Siervo Sufriente”. Le hizo sentir su cercana presencia, el apoyo, la comprensión y la fuerza, la seguridad para enfrentar a cualquier adversario: “El Señor es mi ayuda, ¿quién se atreverá a condenarme?”

Aunque la carne tiemble, atrevámonos a pedirle al Señor tener la experiencia de su cercanía, de ella nacerán las fuerzas necesarias para servirle sin reparos, ni reticencias, nacerá la luz que dé a luz palabras sinceras de fe y reconocimiento verdadero; porque es fácil enlazar respuestas que vengan de otros labios, de aquellos que se escudan en rumores, pero que o no lo conocen o no quieren conocerlo, y enredados con ellos, evitamos la búsqueda interior, la mirada de frente, y hacemos nuestro lo que no compromete: “Algunos dicen…”, y nuestro yo se queda al margen, contento con ideas, descripciones e imágenes más o menos cercanas; en el fondo, tememos acercarnos al misterio que se encierra en Jesús.

A pesar de la pronta respuesta de Pedro, ni él ni los demás comprenden la realidad del verdadero Mesías. De momento todo se entenebrece, el anuncio del rechazo y la muerte, provoca sobresalto, incita a buscar seguridad, la persuasión intenta, al prever consecuencias personales, que Jesús cambie el rumbo; la reacción del Señor nos parece violenta, pero su fidelidad al Padre y la conciencia concreta de haber aceptado la misión, hace vida el anuncio de Isaías: “no he opuesto resistencia ni me he echado para atrás”, completará el camino y aquello de “resucitará al tercer día”, comenzarán a entenderlo después de la Pascua y llegarán a lo profundo con el fuego del Consolador en Pentecostés. ¡Qué difícil es “no juzgar según los hombres y aprender a juzgar según Dios”! Señor, que nunca oigamos de tus labios mirándonos fijamente: “¡Apártate de Mí, Satanás!”

¡Cuánto por caminar, examinar y hacer coincidir la palabra con las obras!, que hablen menos la mente y las promesas, que suene menos la proclamación vacía y florezcan, regadas por tu Sangre, las decisiones firmes, las que, a pesar del temblor y la obscuridad que a ratos nos circundan, subrayen y confirmen “esa renuncia al yo” para abrazar la cruz, pero contigo y encontrarme, así, abrazando a todos mis hermanos.

Sé que solo no puedo, “aumenta la esperanza de los que en Ti confían, y a todos danos la paz” que orienta los pasos que van hacia el encuentro.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

23º Ordinario, 6 septiembre 2009.

Primera Lectura: Isaías 35: 4-7;

Salmo 145: Alaba Alma mía al Señor.
Segunda Lectura: Carta de Santiago 2: 1-5;
Evangelio: Marcos 7: 31-37

El Señor es, igualmente Justo y Bondadoso, algo que nos parecería lógicamente imposible. Justo porque a cada quien le reconoce sus esfuerzos; Compasivo porque, sean las que fueren, limpia nuestras culpas. Observamos su Ser y el nuestro y comprendemos que es el Único que puede “ayudarnos a cumplir su voluntad”.

En la oración, no importa que repitamos la reflexión, le pedimos a Dios que “nos mire con amor de Padre”. ¿No puede mirar de otra forma? ¡Cuánto hemos deformado la realidad de Dios con imágenes e ideas peregrinas! Nos dice San Agustín: “Si tienes una imagen de Dios, bórrala, ese no es Dios”. La pregunta incesante se hace presente: ¿Cómo eres, Señor?, no te puedo alcanzar… La respuesta nos llega Encarnada: En Jesús se nos hace presente, tangible, visible, cercano, es Jesús quien nos enseña a ser audaces, a volar más allá de la imaginación pequeña y transitoria: “Cuando oren, digan: Padre nuestro”. (Mt. 6:9) Y el Espíritu, por labios de San Juan, nos lo confirma: “Miren qué magnífico regalo nos ha hecho el Padre: que nos llamemos hijos de Dios y además lo somos”. (1ª Jn. 3: 1) Invitación a crecer en la fe, a confiar y actuar de manera coherente: oro, pido, me arropo en el Padre, desde Él, como nos recordaba Santiago: “Provienen todos los bienes”.

Ya Isaías anunciaba la salvación total: “Ánimo, no teman; los ojos de los ciegos se iluminarán, los oídos de los sordos se abrirán, los cojos saltarán como venados y la lengua del mudo cantará”. Jesús, el Mediador convierte en realidad la profecía; al recorrer los campos de Palestina, va dejando una estela de paz, de sonrisa y cariño que vuelve al hombre a su ser primigenio: otros necesitaron que les abriera los ojos, que les consolidara las piernas, que reavivara su cuerpo; hoy su palabra “abre” los sentidos que todos necesitamos que nos cure. ”La fe llega por la palabra”, (Rom. 10: 17), ¿cómo escuchar con los oídos tapados? El sordo vive aislado, no sabe del mundo ni del hermano, las señas no le bastan, la soledad lo abraza y lo margina. El mudo o “tartamudo”, tapia la comunicación y aumenta el desamparo. ¡Señor, la sordera y la mudez me acechan, impiden escuchar la invitación y pronunciar el compromiso, devuélveme al mundo y a tu mundo!

Sin saberlo, escuché tu Palabra el día de mi Bautismo: “Effetá”. “Que a su tiempo sepas escuchar su Palabra y profesar la fe, para gloria de Dios Padre”. Ya tocaste mis oídos y mi lengua para que sea capaz de “Anunciar las maravillas que el Señor me ha hecho”, ahora, toca mis ojos y mi corazón. ¡La vida será vida que viene desde Ti y me lleva a encontrar al hermano! Que reconozcamos, juntos: “Todo lo haces bien”, y lo sigues haciendo. ¡Gracias, Jesús, por ser como eres!

viernes, 28 de agosto de 2009

22° Ordinario, 30 agosto 2009.

Primera Lectura: Deuteronomio 4: 1-2, 6-8;
Salmo 14: ¿Quién será grato a tus ojos, Señor?
Segunda Lectura: Carta de Santiago 1: 17-18,21-22,17;
Evangelio de Marcos 7: 1-8, 14-15, 21-23.

Orar es, dice el catecismo de Ripalda: “elevar el alma a Dios y pedirle mercedes”.”Todo el que pide recibe y al que llama se le abre…”, (Mt. 7: 7-8). La Palabra de Dios es Verdad, creamos que está pendiente de nosotros, de nuestra búsqueda, y, que su amor nos responde de inmediato, pero necesitamos detenernos a analizar qué es lo que pedimos, con un horizonte que vaya mucho más allá de nuestro pequeño mundo de necesidades personales. “El Padre sabe lo que nos hace falta, antes de que se lo pidamos”. (Mt. 6: 8), a Él le agrada que confiemos en su bondad, en su largueza, en su generosidad; que confiemos, de verdad en que es nuestro Padre. Su Gracia, que es Él mismo, que es la Trinidad actuante, nos hará perseverar en la decisión de vivir tomados de “su mano”.

Los tres domingos anteriores, espero nos hayamos interiorizado en la invitación del salmo y “habremos hecho la prueba y visto qué bueno es el Señor”, lo habremos comprobado, no de oídas, sino vivencialmente, “que su Bondad llena la tierra”, (Salmo 119: 64), que nos abraza a cada uno, como somos, personales y concretos, únicos, pequeños, limitados, pero hijos e hijas. Esta experiencia viene desde la escucha de su Palabra que se muestra patente por sus obras y espera de nosotros la respuesta libre y coherente al gozo de tenerla. Continuamos la historia, la verdadera, cuando Dios entra en ella y aceptamos caminar a su lado: “Escucha, Israel, los mandatos y preceptos que te enseño para que los pongas en práctica y vivas en paz”. Mandamientos que son Sabiduría de Dios, no queramos “enmendarle la plana”.

Sabemos los Mandamientos de memoria, ahora nos preguntamos si son faros que guían nuestras vidas, si son el camino para “mostrarnos gratos a sus ojos”.

Nos ha dado otro regalo, que su Palabra surta efecto y se convierta en acción. Mirándonos desde Dios y mirándolo a Él, sirvamos al hermano, para llegar, así, a concretar su deseo: “ser primicia de las creaturas”. Otro faro reluce y nos recuerda que “todo don perfecto viene de arriba, del Padre de las luces”, camino seguro sin desviaciones.

La tradición no es mala, el grave error es no discernir si aún nos lleva a Dios, si no nos ha encerrado en “culto inútil”. Jesús no se opone a esas tradiciones, las orienta y las supera. Es el corazón lo que necesitamos “lavar”, y al decir corazón, nos dice: el ser entero, tu propio “yo”, el que toma decisiones, el que proyecta lo que tienes dentro.

Nuestra preocupación primera es revisar el pasado, y hacer palpable, ahora, la aceptación audaz de Jesucristo, sin ocultarnos con el velo de tradiciones humanas, por muy venerables que pudieran parecer. ¡Señor ayúdanos a mirarte sin miedo de nosotros, sin reticencias que quieren adaptarte a lo fácil! ¡Danos un corazón nuevo del que broten frutos de justicia y santidad! ¡Danos apertura a tu Espíritu que limpia por entero nuestro ser de creaturas!

jueves, 20 de agosto de 2009

21º Ordinario, 23 Agosto 2009.

Primera Lectura: Josué: 24: 1-2,15-17, 18.
Salmo 33: Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor.
Segunda Lectura: Carta de San Pablo a los Efesios 5: 21-32.
Evangelio: Juan 6:55, 60-69.

Regresa, con insistencia de aquel que se percibe, conoce y palpa pequeño e indigente, la súplica confiada: “Salva a tu siervo que confía en Ti”.

Urgidos de la paz, anhelando aquello que nos haga pregustar la felicidad verdadera, en medio de los miedos, de la inseguridad que nos rodea, encontramos la indicación exacta: “amar lo que nos mandas, Señor”; amar que es “servir” nacido del conocer que lleva a la decisión personal, liberadora, de no tener los ojos y el corazón sino puestos en Ti.

¿Puede haber felicidad entre los hombres, entre nosotros, que parecería que no la buscamos o que nos extraviamos por caminos diferentes? Al reflexionar, una vez más, sobre el egoísmo, sobre el exceso de individualismo que pinta por entero a la sociedad y a cada uno de nosotros, pedimos al Señor, porque sabemos que “puede darnos un mismo sentir y un mismo querer”. El amor propio es reacio, por eso continúa nuestra súplica: Tú puedes cambiarnos y lograr que desde nuestro interior “amemos lo que nos mandas y anhelemos lo que nos prometes”. Tus mandatos parecerían pesados, pero cuando ha crecido el amor, se clarifica el contenido de la elección: la decisión para lograr el Bien Mayor.

Josué en la primera lectura, proclama su elección, la que ha aprendido de la irrupción de Dios en la historia del hombre. ¿“Quién es el Señor? ¿Quién los sacó de Egipto?”. Tradición hecha vida que comparte y que invita: “Si no les agrada servir al Señor, sigan aquí y ahora a quién quieren servir…, en cuanto a mí toca, mi familia y yo serviremos al Señor”. El ejemplo, testimonio de un ser que sabe en Quién ha puesto su confianza, fortalece el compromiso, rompe las ataduras que pudieran desviarlo y contagia al pueblo para que dé la respuesta acorde a la Bondad que los ha guiado; así surge espontánea, sincera, al menos de momento, aunque después la fragilidad la rompa: “Lejos de nosotros abandonar al Señor”. La memoria regresa al presente los pasos del pasado. ¡Que nuestro decir no se pierda en los tiempos; que ilumine con luz nueva el ahora constante en que vivimos!

Tres veces, en domingos sucesivos, el Salmo nos impele a “hacer la prueba y ver qué bueno es el Señor”, el Espíritu no obra por casualidad; ¿qué nos quiere decir con su insistencia?

En la lectura de la Carta de San Pablo brilla el profundo significado del matrimonio, tan lejano en el mundo actual y tan necesario para que encuentre el fundamento real que puede sostenerlo; Cristo y la Iglesia en unidad indisoluble, por sobre las limitaciones, infidelidades y desvíos, Él se entregó a sí mismo para presentar a la Iglesia “sin mancha ni arruga ni nada semejante sino santa e inmaculada”. Esposo y esposa en mutua entrega que busca, sin medida, el bien y el gozo del amado. ¿No está presente otra vez la fuerza del Espíritu?

Jesús no ceja, su palabra suena definitiva: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”.Los oyentes “se escandalizan: duras son estas palabras, ¿quién podrá soportarlas?”, acto seguido, lo abandonan; elección que evade el compromiso de aceptar la entrada “del Espíritu y la Vida”. La pregunta de Jesús a sus discípulos nos abarca: “¿También ustedes quieren dejarme?” Antes de responder, analicemos con de Pedro la actitud que, una vez más conlleva el compromiso: “Señor, ¿a Quién iremos?, Tú tienes Palabras de vida eterna”. ¡Señor haznos coherentes con la fe en Ti, danos ese mismo “sentir y querer”!

martes, 11 de agosto de 2009

20º Ord. 16 agosto 2009.

Primera Lectura: Proverbios 9: 1-6;
Salmo 33: Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor.
Segunda Lectura: Carta de San Pablo a los Efesios 5: 15-20;
Evangelio : Juan 6: 51-58.

“Un solo día en tu casa, es más valioso que mil en cualquier otra parte”, al reflexionar en este fragmento del salmo 83, ¿nos damos cuenta de que somos “casa de Dios”? Detengámonos y sopesemos lo que Jesús nos dice en el Evangelio de San Juan: “El que me ama hará caso de mi mensaje, mi Padre lo amará y los dos vendremos y viviremos con él”. (14: 24) Vivo porque vivo en Ti, porque vives en mí, si esta realidad no enciende el fuego del amor, no sé qué podrá encenderlo. Es valioso que está a nuestro alcance porque Dios ya nos lo otorgó como don, como alargamiento de su Ser, nos ofrece, junto con él, multiplicidad de bienes que no podemos imaginar; pienso que bastaría con que rumiáramos lentamente ese: “ser morada donde Dios habita”, para que el gozo creciera sin medida y a su medida el compromiso de amar lo que Dios ama, es decir “a todas las cosas en Él y a Él en todas las cosas”. Aquí radica la Sabiduría como el arte de vivir bien, de buscar y enseñar aquello que ayuda al ser humano a orientarse en este mundo y a actuar mejor; “a comer y a beber el vino en el banquete de convivencia que Dios mismo ha preparado”. Participación y fraternidad de una humanidad nueva.

San Juan utiliza un lenguaje fuerte, insiste en la necesidad de alimentar la comunión con Jesucristo. Sólo así experimentaremos en nosotros su propia vida. En definitiva, es necesario comer a Jesús: « El que me come a mí, vivirá por mí».
La afirmación tiene un tono que a los judíos sonó todavía más agresivo cuando dice que hay que comer la carne de Jesús y beber su sangre. El texto no es simbólico, es realista. « Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él».
Invitación y lenguaje que ya no producen impacto entre los cristianos. Habituados a escucharlo desde niños, tendemos a repetir lo que venimos haciendo desde la primera comunión. Todos conocemos la doctrina aprendida en el catecismo: en el momento de comulgar, Cristo se hace presente en nosotros por la gracia del sacramento de la eucaristía.

Por desgracia, todo puede quedar en doctrina pensada y aceptada; pero, con frecuencia, nos falta la experiencia de incorporar a Cristo a nuestra vida concreta. No sabemos cómo abrirnos a Él para que nutra con su Espíritu nuestra vida y la vaya haciendo más humana y más evangélica.
Comer a Cristo es mucho más que acercarnos, rutinariamente, a realizar el rito sacramental de recibir el pan consagrado. Comulgar con Cristo exige un acto de fe y apertura de especial intensidad, que se vive sobre todo en el momento de la comunión sacramental, pero tiene que proyectarse también en otras experiencias de contacto vital con Jesús.

Lo decisivo es tener hambre de Jesús. Buscar, desde lo más profundo, encontrarnos con Él. Abrirnos a su verdad para que nos marque con su Espíritu y haga crecer lo mejor que hay en nosotros. Dejarle que ilumine y transforme las zonas de nuestra vida que están todavía sin evangelizar. Esto es “distinguir los signos de los tiempos” y “entender cuál es la voluntad de Dios”; entonces brotarán, espontáneamente los himnos de gratitud y de alabanza al Padre en el nombre del mismo Señor Jesucristo.

Alimentarnos de Jesús es volver a lo más genuino, lo más simple y más auténtico de su Evangelio; interiorizar sus actitudes más básicas y esenciales; encender en nosotros el instinto de vivir como él; despertar nuestra conciencia de discípulos y seguidores para hacer de Él el centro de nuestra vida. Sin cristianos que se alimenten de Jesús, la Iglesia languidece sin remedio. Que María, cuya Asunción celebramos, interceda para que aprendamos a “subir”.

miércoles, 5 de agosto de 2009

19º Ord. 9 Agosto, 2009

Primera Lectura: Primer libro de los Reyes 19: 4-8
Salmo 33: Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor.
Segunda Lectura: Carta de San Pablo a los Efesios 4: 30 a 5: 2
Evangelio: Juan 6: 41-51.

Tu Alianza, Señor, es para siempre, el olvido, la distracción no dicen contigo. Nos conoces, Señor, convierte nuestros corazones para elevarnos hasta Ti. Necesitamos del Pan que da fuerzas, que cambia el interior, que nos permite crecer como hijos tuyos, así, al reconocer en nosotros a Jesús, nos aceptarás en la vida “otra”.

No sabemos cuánto dure el camino que sigue hasta llegar a Ti. Si medimos desde nuestra pequeñez, aun, antes de iniciarlo, sentiremos temor y evitaremos el esfuerzo. Crisis de fe como sufrió el Profeta a pesar de saberse eco de tu Palabra, y, por la nula respuesta de su pueblo, por su propia flaqueza, te pide: “Basta ya, Señor. Quítame la vida, no valgo más que mis padres”.

Dormir es escaparse, avestruz que se refugia en el agujero; mas el Señor no cede, lo despierta dos veces, le aviva la conciencia y le da lo necesario para el largo camino: “Levántate, come y bebe”. Cuando el Señor alimenta, surgen fuerzas insospechadas.

Si a Elías, lleno de Ti, así lo sacudiste para que desapareciera el marasmo ¡cuánto tendrás que despertarnos para quedar convencidos de que Tú eres el Único camino! ¡Ayúdanos a intentar lo que dijimos en el salmo:“haz la prueba y verás qué bueno es el Señor”

Contigo dentro, “no contristaremos al Espíritu con el que nos has marcado para el día de la liberación final”. Nuestro trato se iluminará con comprensión, servicio, perdón y amor lo más semejante al tuyo. Nos sabemos débiles e incapaces de iniciar este ascenso y menos aún de perseverar en él sin Ti, Padre, sin Jesús, sin el Espíritu que proviene de Ti.

Imaginar es sumamente fácil; en el abstracto nada cuesta. La imaginación engañosa impide bajar a la realidad, porque ésta sí duele, pide trabajo, dominio, poder de escucha, fe, confianza, ¿dónde llenarnos de entusiasmo, cómo ser fuertes y constantes? Jesús Tú nos lo enseñas, ya estás Tú mismo, todo entero, como Pan en la mesa, “el Pan vivo que ha bajado del cielo”, ¿te creeremos?

Aquellos que tocaban tu manto, de inmediato sanaban, ¿qué explicación te damos si después de comerte, nos sentimos enfermos de duda y de pereza? Ayúdanos a darte la respuesta que esperas para sentir en nosotros que contigo somos otros, certeza que se erige en tu propia Palabra: “Yo les aseguro que el que cree en Mí, tiene vida eterna”.

Si Jesús no nos alimenta con su Espíritu de creatividad, seguiremos atrapados en el pasado, viviendo nuestra religión desde formas, concepciones y sensibilidades nacidas y desarrolladas en otras épocas y para otros tiempos que no son los nuestros. Entonces, no podrá contar con nuestra cooperación para engendrar y alimentar la fe en el corazón de los hombres y mujeres de hoy.

miércoles, 29 de julio de 2009

18º Ordinario, 2 agosto 2009.

Primera Lectura: Éxodo 16: 2-4, 12-15;
Salmo 77: El Señor les dio pan del cielo.
Segunda Lectura: Carta de San Pablo a los Efesios 4: 17, 20-24;
Evangelio: Juan 6: 24-35

Para que se convierta en realidad lo que hemos pedido en la oración: “renovados conforme a la imagen de tu Hijo”, no existe otro camino que la ayuda de la Gracia. Entramos, una vez más en ese misterio de la acción de Dios en nosotros, en la experiencia insubstituible de que dos causas: Dios y nuestra decisión, nuestra respuesta, confluyen a un mismo efecto: ser y comportarnos como hijos de Dios a ejemplo del Hijo Primogénito, Cristo Jesús; “revestidos de justicia y santidad de verdad”. Sabemos de nuestra impotencia y nos acogemos al amor del Padre que no violenta, sino que invita a confiar, a creer.

Desde esta plataforma de la fe, al leer el Éxodo, escuchamos, meditamos y aceptamos que el Señor, es El Señor nuestro Dios; Él a pesar del rechazo y de las murmuraciones, “es compasivo y misericordioso”, y aun cumple los caprichos de su pueblo: “les da pan por alimento”.

Esta actuación nos ayuda a enlazar el proceso creciente y pedagógico de la Revelación que culmina en el capítulo 6º de San Juan, que muchos autores han nombrado como “El Sermón del Pan de Vida”.

La gente busca a Jesús, hay algo en Él que los atrae, no solamente porque ha saciado su hambre, aunque el mismo Jesús se lo eche en cara. Vislumbran en Él algo más, pero no saben aún lo que buscan; el mismo Señor tratará de orientarlos aunque de momento no comprendan. Siento que es un momento propicio para detenernos y preguntarnos: ¿qué buscamos en Jesús, a Quién y para qué lo buscamos, qué esperamos de Él, qué espera de nosotros?

Jesús nos involucra en la conversación. Aclara desde el principio: el pan material es importante. Él nos ha enseñado a pedir a Dios «el pan de cada día» para todos. Pero necesitamos mucho más. Jesús nos ofrece un alimento que puede saciar para siempre nuestra hambre de vida. La gente, y ojalá nosotros con ella, pregunta: « y ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere? »; ¿prácticas, ritos, oraciones, mandamientos?

La respuesta de Jesús toca el corazón del cristianismo: «la obra que Dios quiere es ésta: que crean en el que Él ha enviado». Dios sólo quiere que creamos en Jesucristo, el gran regalo que ha dado al mundo. Ésta es la nueva exigencia. En esto han de trabajar. Lo demás es secundario. Necesitamos descubrir de nuevo que toda la fuerza y la originalidad de la Iglesia están en creer en Jesucristo y seguirlo. No podemos quedarnos en la actitud de adeptos de una religión de "creencias" y de "prácticas". La fe no es cumplimiento de códigos superiores a las del antiguo testamento. No. La identidad cristiana está en vivir un estilo de vida que nace de la relación viva con Jesús. Cristiano es el que quiere pensar, sentir, amar, trabajar, sufrir y vivir como Jesús. ¡Cuánto necesitamos al Espíritu!

Para subsistir en medio de una sociedad ausente de Dios, nos urge, más que nunca, el conocimiento, del que brotará el amor, de y a Cristo el Señor: Pan que no perece y Agua que salta hasta la vida eterna..

jueves, 23 de julio de 2009

17º ordinario, 26 junio 2009

Primera Lectura: Segundo Libro de los Reyes 4: 42-44;
Salmo 144: Bendeciré al Señor eternamente.
Segunda lectura: Carta de San Pablo a los efesios 4: 1-6;
Evangelio: Juan 6: 1-15.

Admirar, adorar y amar al Único Dios, consolida la fraternidad e impulsa a ir más allá de la mirada, a compartir lo poco o mucho que tengamos, a ser sabios en el uso de los bienes de la tierra, de manera que no sean tropiezo para alcanzar los bienes que perduran.

Los profetas vivieron siempre “a la sombra de Dios”, a la altura del llamamiento que habían recibido; la claridad de percepción, que venía desde dentro, les hacía ver de otra manera la inmediatez de la realidad, esa, la que la pequeña y limitada lógica consideraría ya impuesta e insuperable; sentían constante la presencia del Señor, presencia actuante que abre horizontes insospechados, acalla dudas y quiebra impotencias.

Eliseo recibe el regalo de un hombre sin nombre, pero que cree en Dios y lo manifiesta en la acción, “traía, para el siervo de Dios, como primicias, veinte panes de cebada y grano tierno en espiga”. El profeta abre el corazón y las manos a los demás: “Dáselos a la gente para que coman”. La lógica sin fe, reclama: “¿para cien hombres?”. La confianza responde en la certeza: “Esto dice el Señor: comerán todos y sobrará”; y así fue. Una vez más comprobamos que “el Señor es fiel a sus promesas, abre sus manos generosas y sacia de favores a todo viviente”. ¡Cuánto necesitamos crecer en la apertura, en la fe y en la confianza, que en sí mismas llevan el signo de multiplicación!

Del Evangelio de Marcos que escuchamos el domingo pasado, en el que Jesús “se conmovió al verlos como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles muchas cosas”, la liturgia pasa al de Juan como continuación más detallada de lo que seguiría en Marcos: la multiplicación de los panes.
Según la versión de Juan, el primero que piensa en el hambre de aquel gentío que ha acudido a escucharlo es Jesús. Esta gente necesita comer; hay que hacer algo por ellos. Así era Jesús. Vivía pensando en las necesidades básicas del ser humano.
Felipe revive la impotencia del criado de Eliseo: son pobres, no pueden comprar pan para tantos. Jesús lo sabe. Los que tienen dinero no resolverán nunca el problema del hambre en el mundo. Se necesita algo más que dinero.

Jesús les va a ayudar a vislumbrar un camino diferente. Antes que nada, es necesario que nadie acapare lo suyo para sí mismo si hay otros que pasan hambre. Sus discípulos tendrán que aprender a poner a disposición de los hambrientos lo que tengan, aunque sólo sea «cinco panes de cebada y un par de peces».

La actitud de Jesús es la más sencilla y humana que podemos imaginar. Pero, ¿quién nos va enseñar a nosotros a compartir, si solo sabemos comprar? ¿Quién nos va a liberar de nuestra indiferencia ante los que mueren de hambre? ¿Hay algo que nos pueda hacer más humanos? ¿Se producirá algún día ese "milagro" de la solidaridad real entre todos?

Jesús piensa en Dios. No es posible creer en él como Padre de todos, y vivir dejando que sus hijos e hijas mueran de hambre. Por eso, toma los alimentos que han recogido en el grupo, «levanta los ojos al cielo y dice la acción de gracias». La Tierra y todo lo que nos alimenta lo hemos recibido de Dios. Es regalo del Padre destinado a todos sus hijos e hijas. Si vivimos privando a otros de lo que necesitan para vivir es que lo hemos olvidado. Es nuestro gran pecado aunque casi nunca lo confesemos. Al compartir el pan de la eucaristía, los primeros cristianos se sentían alimentados por Cristo resucitado, pero, al mismo tiempo, recordaban el gesto de Jesús y compartían sus bienes con los más necesitados. Se sentían hermanos. No habían olvidado todavía el Espíritu de Jesús

miércoles, 15 de julio de 2009

16º Ord. 19 julio 2009

Primera Lectura: Jeremías 23: 1-6;
Salmo 22;
Segunda Lectura: Carta de San Pablo a los Efesios 2: 13-18;
Evangelio: Marcos 6: 30-34

La experiencia de siglos y la menos larga pero muy personal, nos hace dirigirnos al Señor para expresarle: “Señor, Tú eres mi auxilio”, que deberíamos completar lo más honestamente posible: “el único apoyo de mi vida”. Cuántas veces nos hemos decepcionado y, a nuestra vez, decepcionado a los que confiaban en nosotros; pero al sentir que pisamos tierra firme, la desconfianza desaparece, al captar la razón que nos sostiene, al constatar que la fidelidad del Señor dura por siempre “porque Él es bueno”. De Él y sólo de Él obtendremos ese triple lazo que nos une directamente con Dios: la fe, la esperanza y el amor, para intentar parecernos a Él en la fidelidad.

La dura crítica de Jeremías envuelve a cuantos detentan poder, sea civil, sea religioso, porque no se han preocupado por el pueblo, porque, siguiendo su egoísmo, se han enriquecido y han olvidado a los más necesitados. Al recordar que “la Palabra de Dios no está encadenada”, ¿cómo resuena en nuestro mundo actual?, ¿a qué nos impulsa, dentro y fuera del ser Pueblo de Dios? Es verdad que nos sostiene la esperanza prometida: “YO mismo reuniré al resto de mis ovejas…, ya no temerán ni se espantarán y ninguna se perderá”. El futuro que anunciaba Jeremías es pasado que se mantiene como presente para nosotros en Jesucristo, el Rey al que llamarán: “El Señor es nuestra justicia”.

Rey y Pastor que cuida, alimenta y enseña, a los que escogió “para que estuvieran con Él”, y, como parte fundamental de esa enseñanza les ejemplifica lo que es desvivirse por todos y renunciar al descanso y aun a la comida, para atender a la multitud “que andaba como ovejas sin pastor”; ya les dará pan, pero antes se dedica a enseñarles muchas cosas”. La verdadera compasión –sentir con el otro- se deja ver, de inmediato, en la acción. Lo aprendieron los apóstoles, , ¿lo aprenderemos nosotros y todos aquellos que, de una o de otra forma, deberían tener más cuidado y cercanía con los pobres, segregados y repudiados porque son un estorbo y una carga? A Jesús nunca le estorba la gente. ¿A qué compromiso nos incita? “A romper la barrera que nos separa: el odio”, a realizar en nosotros, con la fuerza del Espíritu, lo que encierra su nombre de Rey y Pastor: “El Señor es nuestra justicia”. Un día tendremos que revisar ante Jesús, nuestro único Señor, cómo miramos y tratamos a esas muchedumbres que se nos están marchando poco a poco de la Iglesia, tal vez porque no escuchan entre nosotros su Evangelio y porque ya no les dicen nada nuestros discursos, comunicados y declaraciones. Un día el rostro de esta Iglesia cambiará. Jesús tiene fuerza para transformar nuestros corazones y renovar nuestras comunidades

jueves, 9 de julio de 2009

15º ord. 15 julio 2009.

Primera Lectura: Amós 7: 12-15
Salmo 84: Muéstranos, Señor, tu misericordia.
Segunda Lectura: De la Carta a los Efesios 1: 3-14
Evangelio: Marcos 6: 7-13

“Yo quiero acercarme a ti, Señor, y saciarme de gozo en tu presencia”; detengámonos un instante, si fueran más, mejor, para descubrir si esa súplica llega desde lo más hondo de nuestro ser; de ser verdad, nada nos hará extraviar el camino porque el mismo Jesús nos muestra, nos llena de su gracia para que no llevemos, como adorno, el nombre de cristianos.

Para colaborar en su proyecto del reino de Dios y prolongar su misión es necesario cuidar un estilo de vida, aceptar que habrá incomprensiones, atropellos, persecuciones, invitaciones, no muy amigables para que nos apartemos de aquellos que, consciente o inconscientemente, no quieren vivir la realidad de Dios y menos aún la manifestación de la Buena Nueva en y por Jesucristo. Si queremos atenernos a nuestras condiciones, podremos hacer muchas cosas, pero no introduciremos en el mundo su espíritu. No fue solamente a Amós a quien Dios dirige esas palabras, siguen resonando en cada cristiano que quiera serlo en serio: “Ve y profetiza”. Nos queda claro que no es elección nuestra, es el Señor quien “nos saca de junto al rebaño”, es la experiencia que muchas veces hemos meditado: “Yo los elegí para que vayan y den fruto y su fruto perdure”.

En el momento en que aceptemos con plenitud este llamamiento, reconoceremos lo que ya nos recordaba San Pablo el domingo pasado: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte porque reluce en mí la fuerza de Dios”. El fragmento de la carta a los Efesios confirma esa elección, convertida ya en bendición, en filiación, en solicitud de respuesta a tanto bien recibido. Y sigue el raudal que viene desde el cielo: “marcados con el Espíritu Santo prometido, garantía de nuestra herencia”; esa herencia es Dios, ya que no puede dar menos que a Sí mismo.

¿En el relato de Marcos, ¿quiénes son los discípulos para actuar en nombre de Jesús?, ¿cuál es su autoridad? Jesús al enviarlos, «les da autoridad sobre los espíritus inmundos ». No les da poder sobre las personas que irán encontrando en su camino. Tampoco él ha utilizado su poder para gobernar sino para curar.

Como siempre, Jesús está pensando en un mundo más sano, liberado de las fuerzas malignas que esclavizan y deshumanizan al ser humano. Sus discípulos introducirán entre las gentes su fuerza sanadora. Se abrirán paso en la sociedad, no utilizando el poder sobres las personas, sino humanizando la vida, aliviando el sufrimiento de las gentes, haciendo crecer la libertad y la fraternidad. Llevarán sólo «bastón» y «sandalias», como caminantes, no atados a nada ni a nadie, con esa agilidad que tenía Jesús para hacerse presente allí donde alguien lo necesitaba. El báculo de Jesús no es para mandar, sino para caminar. «Ni pan, ni alforja, ni dinero”, tampoco llevarán «túnica de repuesto” Llevan consigo algo más importante: el Espíritu de Jesús, su Palabra. Su vida será signo de la cercanía de Dios a todos, sobre todo, a los más necesitados. ¿Nos atreveremos algún día a hacer en el seno de la Iglesia un examen colectivo para dejarnos iluminar por Jesús y ver cómo nos hemos ido alejando de su espíritu?

miércoles, 1 de julio de 2009

14º ordinario, 5 julio 2009.

Primera Lectura: Ezequiel 2: 2-5;
Salmo 122: "Ten piedad de nosotros, ten piedad"
Segunda Lectura: Segunda Carta a los Corintios 12: 7-10;
Evangelio: Marcos 6: 1-6.

“Recordar los dones del amor del Señor”, tenerlos presentes, es vivir en atmósfera de fe. Él ya nos liberó y nos ha ofrecido “su alegría” que culminará en la “felicidad eterna”. La liturgia de hoy nos invita a preguntarnos qué tanto creemos en Jesús, qué tan atentos estamos a su Palabra, o nos comportamos “como raza rebelde”. Si encontramos trazos de lo último, pidamos con ahínco, repitiendo el Salmo, como el peregrino ruso: “Ten piedad de nosotros, ten piedad”.

Pablo nos deja ver su interior, la fragilidad, la tentación, la experiencia de creatura lábil, una naturaleza como la nuestra. ¿Seguimos su ejemplo de oración?, sin duda necesitaremos más de tres veces para escuchar, allá dentro, la voz que conforta: “Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta en la debilidad”, así llegaremos convencidos a proclamar, sin soberbia, porque nos sentimos avalados por el Espíritu: “Cuando soy débil, soy más fuerte, porque se manifiesta en mí el poder de Cristo”.

El relato de Marcos no deja de ser sorprendente, Jesús es rechazado por aquellos que creían conocerlo mejor. Llega a su ciudad, a Nazaret, nadie le sale al encuentro. Su presencia sólo despierta asombro; ignoran de dónde le ha venido tal sabiduría. Se preguntan de dónde le viene la capacidad de hacer milagros, pero nadie se acerca a pedir la salud, la paz, la conversión. Se han quedado en un conocimiento externo de Jesús: es un trabajador nacido en una familia de la aldea, lo demás les resulta “desconcertante”. Se resisten a abrirse al misterio que se encierra en su persona, no le aceptan como portador del mensaje y de la salvación de Dios. Jesús les recuerda un refrán que, probablemente, conocen todos: « No desprecian a un profeta mas que en su tierra, entre sus parientes y en su casa ».

Entremos en el corazón de Jesús y sintamos la tristeza que lo invade, está “extrañado de la incredulidad de aquella gente”. ¿Encontrará en nosotros consuelo, acogida, fe, cariño y compromiso, disponibilidad para que realice verdaderos milagros de conversión, de crecimiento de fraternidad, de comprensión y solidaridad? Volvamos con Pablo a pedir mil veces y más que nos dé la gracia de recibir su Gracia.

¿Cómo estamos acogiendo a Jesús los que nos creemos « suyos »? En medio de un mundo que se ha hecho adulto, ¿no es nuestra fe demasiado infantil y superficial? ¿No vivimos demasiado indiferentes a la novedad revolucionaria de su mensaje? ¿No es extraña nuestra falta de fe en su fuerza transformadora? ¿No tenemos el riesgo de apagar su Espíritu y despreciar su Profecía?

Ésta es la preocupación de Pablo de Tarso: « No apaguen el Espíritu, no desprecien el don de Profecía. Revísenlo todo y quédense sólo con lo bueno » (ª Tess. 5: 19-21). ¿No necesitamos mucho de esto los cristianos de nuestros días?

lunes, 22 de junio de 2009

13° Ordinario, 28 de junio, 2009.

Primera Lectura: Sabiduría 1: 13-15, 2: 23-24;
Salmo 29: Te alabaré Señor eternamente
Segunda Lectura: Segunda carta a los Corintios 8: 7-9, 13-15
Evangelio: Marcos 5: 21-43.

Nos alegramos ante un espectáculo que nos ha conmovido, que nos ha hecho vivir la plasticidad, la armonía, el ritmo. Nuestra vida toda debería de ser un sonoro aplauso de admiración ante la Creación, ante la maravilla de nuestro cuerpo, ante las, casi increíbles, capacidades de nuestro espíritu, porque reconocemos la mano providente de Dios. ¿Cómo no vamos a sentirnos dichosos si percibimos con plena conciencia la presencia del Creador?

El agradecimiento surge de la admiración silenciosa, meditativa; es como quien abre un regalo y lo disfruta aun antes de terminar de quitar la envoltura: “El Señor nos ha dado la luz para que vivamos en ella y la irradiemos, para que nos alejemos del error para que busquemos el esplendor de la verdad”.

En Génesis, la Palabra misma nos descubre la realidad: “Y vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno.” (Gén 1: 31) El Hacedor de la vida no puede estar asociado con la muerte, de manera exquisita “nos ha creado a su imagen y semejanza”, partícipes, de manera increíble, de su misma vida divina: “Todo lo creó para que subsistiera. Las creaturas del mundo son saludables”. ¿Cómo explicar ese “misterio de iniquidad”, (2ª Cor. 2: 7), esa ruptura de relaciones paternales, filiales, fraternas y racionales? Lo deduce San Pablo: “juzgaron inadmisible seguir reconociendo a Dios, rompieron, -y seguimos rompiendo-, toda regla de conducta, llenos de injusticias, perversidad, justicia y maldad, de envidias, homicidios y discordias, de fraudes y depravación…, arrogantes, con inventiva para lo malo, rebeldes a sus padres, sin conciencia, sin palabra, sin entrañas, sin compasión”. (Rom. 1: 28-31). Parecería que el apóstol estuviera contemplando nuestra sociedad. Ojalá dijera de nosotros lo que admira en los Corintios: “Se distinguen en todo: en fe, en palabra, en sabiduría, en diligencia para todo y en amor…”. La razón: “enriquecidos con la pobreza de Cristo”.
El canto del Aleluya nos conforta: “Jesucristo ha vencido la muerte y ha hecho resplandecer su luz sobre nosotros”.

No busquemos más, la solución es Jesucristo. En Él encontraron la salud, la alegría, la paz, tanto la mujer hemorroisa como Jairo, por caminos diferentes, llegaron a la Fuente de la Salvación. Doce años de sufrimiento, de segregación porque se consideraba “impura”, doce años de tortura y de angustia, doce años de búsqueda infructuosa, encontraron respuesta, silenciosa desde una fe envidiable, humilde, confiada, actuante: “pensando que con sólo tocarle el vestido se curaría”; el Señor no defrauda cuando el corazón es el que se acerca. ¿Cómo no nos curará de todos nuestros males, cómo no nos dará fuerzas para sobrellevarlos con fortaleza, ya que no solamente lo tocamos sino que entra en nosotros por la Eucaristía? “Tu fe te ha curado. Vete en paz y queda libre de tu enfermedad”. ¡Cura, Señor, nuestro “flujo” hacia fuera y ayúdanos a concentrarnos en Ti!

Jairo, supera otra clase de problemas: él es el jefe de la sinagoga, ¿qué dirán, si hace pública su fe en Jesús? Nada importa cuando la angustia aprieta: va a su encuentro y recibe, juntamente, la luz interior y la vida de su hija. Las burlas no cuentan cuando la brújula apunta al Norte y la confianza se ve consolidada. ¡Cuánto por aprender de estos dos ejemplos de Fe y de confianza! ¡Purifícanos, Jesús, y ayúdanos a encontrar la Vida verdadera!

lunes, 15 de junio de 2009

12° Ordinario, 21 junio, 2009

Primera Lectura: Job 18: 1, 8-11;
Salmo 106;
Segunda Lectura: Segunda carta a los Corintios 5: 14-17;
Evangelio: Marcos 4: 35-41.

En las Sagrada Escritura vamos encontrando rasgos de nuestra propia historia, la personal, la que tenemos que enfrentar, aun cuando no lo quisiéramos; preguntas que nos hace Dios mismo, reproche de parte de Jesús. En nuestro mundo, peligros que nos envuelven por todas partes: enfermedades, “epidemia”, secuestros, asaltos, corrupción, muerte. ¿Cómo reaccionamos ante lo que va mucho más allá de nuestras posibilidades para encontrar soluciones satisfactorias?, ¿hacia dónde volver nuestra mirada?

Repitamos la antífona de entrada, y pidamos la fuerza del Espíritu para que la convicción sea auténtica: “Firmeza es el Señor para su pueblo, defensa y salvación para sus fieles. Sálvanos, Señor, vela sobre nosotros y guíanos siempre”, ahí está el camino seguro, no cueva de resguardo, sino fortaleza para ver hacia delante. Sentiremos miedo, como los apóstoles, como el mismo Jesús en el huerto ante la pasión, los sufrimientos y la muerte, pero, con Él, superaremos la cobardía que, aunque nos apene, confesamos presente.

Aprendamos de Job, escuchemos al Señor. Leamos los capítulos 38 a 41 y nos reconciliaremos con nuestra realidad de creaturas; aceptaremos que el misterio del cosmos y la historia de cada hombre, con sus enigmas e incógnitas, están en manos de Dios. No de un Dios que nos habla desde la tormenta y que tendría “poder” para aniquilarnos, sino del Dios Creador, del Dios pacificador, del Dios que nos revela Jesucristo y afirmaremos con Job: “Te conocía sólo de oídas, ahora te han visto mis ojos; por eso me retracto y me arrepiento echándome polvo y ceniza”. (41: 5-6) De verdad podremos decirlo si hemos intentado “verlo” en y a través de Jesucristo: “Imagen del Dios invisible, nacido antes de toda creatura, modelo y fin del universo creado, Él es antes que todo y el universo tiene en Él su consistencia”. (Col. 1: 15-16)

El fragmento de Pablo a los corintios nos muestra el criterio de nuestros “quereres y pensares”, “es el amor de Cristo el que nos apremia” y hace que desaparezcan los juicios meramente humanos, es el “vivir como creaturas nuevas, porque vivimos según Cristo”. Egoísmos, miopías y encerramiento del yo, “han pasado y todo es nuevo”. La novedad redescubierta es que Dios mismo “nos ha arraigado en su amistad”, amistad que nos hace vivir en la reciprocidad del amor, tan universal como el de Dios, de modo que abrace a todos los hermanos. Ahí está la indicación de Jesús: “Vamos a la otra orilla”; hacia tierra extraña y hostil, necesitan atravesar el lago, la tormenta acecha, Jesús duerme, la barca se inunda, los discípulos temen.., es la realidad que ahora vivimos, el cristianismo se encuentra en medio de una fuerte tempestad y el miedo se ha apoderado de nosotros, nos enfrentamos a una cultura extraña, el encuentro nos atemoriza, el futuro es incierto, olvidamos que Jesús nos acompaña. Nos confesamos impotentes. ¡Despertemos al Señor, para que Él nos despierte; no temamos su reproche, será salvífico y revivificará nuestra fe!

Jesús todavía puede sorprendernos, su voz “calmará la tempestad” y acallará nuestros miedos. El Resucitado sigue actuando en nuestro mundo y está esperanzado en nuestra adhesión, a Él y al Reino, para inaugurar una fase nueva en la historia del cristianismo.

Esperar los milagros, sería infantil, grosero, superficial e inútil, más fruto del temor, que del amor sincero, la confianza y la fe. No es que dejes de escuchar la voz de nuestra angustia: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?”, más bien quieres que demos otro paso, no querer a Dios a nuestro servicio, sino el que nos aleje de lo fácil, el que encuentre en el milagro de tu entrega, la revelación del amor que Dios nos tiene.

Tu reproche, purifica: “¿Por qué tienen tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” Si Tú estás en mi barca, aunque parezcas dormido, con saber que ahí estás, debe bastarme: “Con el Señor a mi lado jamás temerá mi corazón.” Que seamos audaces y valientes, totalmente confiados como Santa Teresa: “Nada te turbe, nada te espante. Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta.”

miércoles, 10 de junio de 2009

11° Ordinario, 14 Junio, 2009

Primera Lectura: Ezequiel 17: 22-24;
Salmo 91;
Segunda Lectura: Segunda carta a los Corintios 5: 6-10;
Evangelio: Marcos 4: 26-34.

Necesitamos un momento de reposo, de atención a nuestro entorno, el de dentro y el de fuera; preguntarnos qué luce en nuestra vida: ¿consolación, paz y entusiasmo o bien tristeza, lejanía, abulia y desesperanza que entume? El Señor está atento, no se le ocultan los pasos que damos, sean hacia Él o solamente hacia nosotros, estos en un olvido lastimoso e inútil. La oración que enciende la confianza, que anima a la aventura del salto hacia el vacío, - sabemos que no hay vacío -, ya que “el Señor escucha nuestras voces y clamores y llega en nuestra ayuda, sin jamás rechazarnos”, consolida la fe que ilumina el qué y para qué, el hacia dónde de nuestras decisiones; ¿qué tan fuerte es el grito?, ¿atraviesa las nubes, supera sequedades y aprende a aguardar como la tierra “las lluvias tempranas y las tardías”? (Santiago 5: 8) ¿Nos insta a crecer en el Señor, de donde viene nuestra fuerza, porque somos, realmente, conscientes de que “sin su gracia nada puede nuestra humana debilidad”?

Dejemos revivir en nosotros la presencia del Espíritu, la inhabitación de la Trinidad, la de Jesús, intimidad, realidad que al venir a nosotros, como alimento, convertido en pan y vino que nos nutre e intenta transformarnos en retoños que crezcan y florezcan, que den sombra y cobijo, en primer lugar a nuestros seres y que inviten a todos al sosiego, la paz y el descanso. Su promesa conforta, no es voz al viento: “Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré”. Si la historia es “la maestra de la vida”, en frase de Cicerón, repasemos la nuestra, la de Israel, la de la humanidad entera y analicemos los resultados. No encontraremos mejor respuesta que la del Salmo: “¡Qué bueno es darte gracias, Señor!” Nos harás “capaces de dar fruto en la vejez, frondosos y lozanos”.

Que la inquietud se esfume, el consuelo amanezca y el Señor nos convenza de que nunca está lejos de nosotros. Aceptamos nuestro ser de peregrinos desterrados camino de la Patria. Preparemos desde ahora el encuentro y tengamos presentes las palabras de la Carta a los Hebreos, que explicitan lo dicho por Pablo a los Corintios: “Por cuanto es destino de cada hombre morir una vez, y luego un juicio, así también el Mesías se ofreció una sola vez, para quietar los pecados de tantos; la segunda vez, ya sin relación con el pecado, se manifestará a los que lo aguardan para salvarlos”. (9: 27-28) La gracia y nuestra adhesión a Cristo, harán que “la misericordia triunfe sobre el juicio”.

Es fácil entender cuando el Señor explica: Nos dio ya un dinamismo que duerme en la semilla, pidamos que despierte, que germine, que dé fruto; que seamos pacientes porque el Espíritu “enterrado en nosotros”, prosigue su tarea; los tallos, las espigas y los granos, conformes a su ritmo, sin que sepamos cómo, pero estando dispuestos, llegarán a su tiempo.

La fe, ya lo sabemos es un regalo, pero trigo y cizaña crecen juntos, esforcémonos para que el riego llegue abundante al primero y, con mucha prudencia, tratemos de ayudar al Señor, a arrancar la segunda; Él mismo Jesús nos advierte que la empresa no es simple, (Mt. 13:29) hay peligro de convertir el campo en yermo. ¡Señor para no tener que arrancar hierba mala, ayúdame a no sembrarla!

martes, 2 de junio de 2009

La Santísima Trinidad, junio 7, 2009.

Primera Lectura: Deuteronomio 4 32-34;

Salmo 32;
Segunda Lectura: Carta a los Romanos 8: 14-17;
Evangelio: Mt. 28: 16-20.

En la Antífona de entrada, confesamos, aceptamos y creemos lo que nos convierte en discípulos de Cristo, lo que nos abre, desde el misterio, a la vida Trinitaria. No sabemos cómo, pero estamos en el núcleo mismo de la Revelación maravillosa que nos ha hecho Cristo: Dios no es un Dios solitario, silencioso, incomunicado sino todo lo contrario: es familia, el ejemplo de la vivencia total del amor, de la participación, de la creatividad inacabable. Pero este Amor no es excluyente ni egoísta, no es un Amor “entre tres”, es la expansión misma de ese Amor que contagia, vivifica, anima y, en una palabra, crea y nos crea para compartir esa vida divina. Aceptamos el misterio que sobrepasa toda lógica terrena y que nos encontramos ante la imposibilidad de “comprender” la profundidad de la Realidad Máxima, ¿quién será capaz de entender la infinitud de Dios?, lo será no quien trate de llegar a Él a través del discurso reflexivo, sino quien se interese en saber algo sobre el Amor.

La fiesta de la Santísima Trinidad nos pone en presente lo que olvidamos con demasiada frecuencia: que Dios sólo es Amor y su gloria y su poder consisten solamente en Amar. Nos hace recordar la frase de San Ireneo: “La gloria de Dios consiste en que el hombre viva”.
La inquietud, el anhelo, el ansia por adentrarnos en el sentido del amor, ha acompañado y acompaña a la humanidad desde que comenzó a pensar y a pensarse, a experimentar y a experimentarse, a vislumbrar la grandeza que somos y el empequeñecimiento al que hemos llegado: “hechos a imagen y semejanza de Dios”; por lo tanto muy bien hechos, pero a ratos mal aprovechados, por olvido, por superficialidad, por egoísmo, por apesgamiento a las creaturas que nos deslumbran y que nos impiden entrar más adentro de nosotros mismos y sentir de dónde viene esa necesidad de amar y ser amados, de acoger y ser acogidos, de disfrutar cuando compartimos una amistad que nos impulsa a crecer, a dar y recibir vida; en esos momentos saboreamos el “amor trinitario” de Dios, amor que brota y que proviene de Él, y sabemos que viene de Él, porque al rebuscar en nosotros no encontramos veta alguna.

Persiste la inquietud, ¿cómo, de dónde puede nacer esa capacidad de amar a quienes no pueden o no quieren corresponder, de dar sin apenas recibir, de aceptar, sinceramente, a lo pobres y pequeños, de entregar el entusiasmo y la vida para intentar construir un mundo nuevo? Si aún no lo hemos experimentado, pidamos la oportunidad de hacerlo y encontraremos una fuerza, un impulso, una coherencia, una entrega que, quizá, ni siquiera hemos soñado.
Este Dios familia, comunidad, don, gozo, alegría, es el que nos revela Jesucristo para que nos dejemos “guiar por el Espíritu de Dios, - y por esa presencia invisible pero real -, podamos llamar Padre a Dios”; esta filiación gratuita, nos convierte en “herederos suyos y coherederos con Cristo”. De permitir en nosotros esa grandeza, entenderemos y aceptaremos, aunque nuestra corporalidad se estremezca, que “si sufrimos con El, seremos glorificados junto a Él”.

Entonces enseñaremos lo aprendido, esparciremos su deseo, completaremos su misión bautizando, proclamando y testimoniando que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. La confianza se afianza en su Palabra: “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo”.

Pentecostés, 31 mayo 2009.

Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles: 2: 1-11;
Salmo 103;
Segunda Lectura: Primera carta a los Corintios12: 3-7, 12-13;
Evangelio: Juan 20: 19-23.

“El Espíritu del Señor ha llenado la tierra; Él da unidad a todas las cosas y se hace comprender en todas las lenguas”. Vivimos en una sociedad en la que lo espiritual no evoca gran cosa; lo espiritual se considera como etéreo, inverificable, irreal; en esta sociedad – en nosotros con ella -, aparece fuertemente el interés por lo material, lo práctico, lo útil, lo eficaz. Resulta difícil y, a ratos, incomprensible, hablar de la fuerza del Espíritu, pues encontramos resistencias ideológicas y afectivas. En verdad necesitamos regresar a “la Fuente de Vida”, permitir que ese Espíritu, Dios mismo, penetre y ventile nuestros interiores, nos airee y proyecte, desde dentro, hacia una dimensión trascendente.

Parece una misión imposible ya que sentimos que los hombres actuales estamos programado para la producción y el consumo, encerrados en una atmósfera asfixiante para el espíritu y el vacío existencial ha llegado a ser un denominador común; sin interioridad, llevando una vida sin sentido, incapaces de dar cabida a la felicidad, ausentes de razones para vivir y preocuparnos de los demás, porque no queremos aceptar la condición de creaturas, limitadas, ¡sí! pero creadas para la plenitud, con tal que nos arriesguemos a abrirnos a la acción del Espíritu, con tal que abramos, o dejemos que el Señor nos abra, los ojos de la fe. Nuestro grito y súplica a la vez: “Ven Espíritu Divino; mira el vacío del hombre, si Tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento”.

Si no hay Espíritu, crecerá el miedo, cerraremos las puertas, nos sentiremos paralizado por el temor, igual que los discípulos: “Estaban reunidos en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos”, sin Jesús y carentes del Don del Espíritu. ¡Qué cambio cuando el Espíritu, Dios mismo, está presente! Antes: miedo, apatía, inacción, duda, silencio, ineficacia, falta de fe y de confianza; en cuanto “el viento que viene desde arriba” los enciende con “fuego nuevo”, experimentan el cambio -ese que nosotros mismos deseamos-, crecen la audacia y la necesidad de dar testimonio de la Fuente de Vida que los impulsa, de decir al mundo que Dios ES, que Jesús vive y proclamar fuerte y alegremente: “las maravillas de Dios”.

En este mundo que no cree en el Espíritu, ¿sabemos, los cristianos, testimoniarlo y dar razón de nuestra esperanza? ¿Hacemos viva la palabra que nos reanima, “los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Hemos recibido, no un espíritu de esclavitud para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos que nos hace gritar: ¡Abba!, ¡Padre”? (Rom. 8: 14-17)

Jesús, da la paz a los apóstoles y los y nos hace partícipes de la vida divina mediante el perdón que llena de “esa paz que el mundo no puede dar”. (Jn. 14: 27)

Si las palabras no nos conmueven, tomo una ilustradora reflexión de J. A. Pagola: “Medita lealmente y con rigor la existencia, detente en las experiencias más profundas del gozo o del dolor, en los momentos culminantes del amor o de la soledad, ¿no sientes que en el fondo de cada uno de nosotros hay un misterio último, inexpresable, que estamos casi siempre rehuyendo?”

lunes, 18 de mayo de 2009

La Ascensión del Señor, 24 mayo 2009.

Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 1: 1-11;
Salmo 46;
Segunda Lectura: Carta de San Pablo Efesios 4: 1-13;
Evangelio: Marcos 16: 15-20.

La antífona de entrada nos anticipa el fin del relato que leímos en Hechos de los Apóstoles: no podemos quedarnos inmóviles “mirando al cielo”, con un sabor amargo de separación y despedida, y menos aún con un corazón frustrado porque nada de los que esperábamos ha sido como lo esperábamos. ¿Cuánto de terreno existe en nuestra visión y trato con Cristo, con qué profundidad vamos, aunque sea poco a poco, penetrando en la totalidad del Misterio de Jesús, en una mirada global que se esclarecerá con la llegada del Espíritu Santo. Mirada que no se inició con la llamada del mismo Jesús a los discípulos, a cada uno de nosotros, sino desde el instante de su Encarnación, lo oculto de su vida oculta, sus andares por la tierra anunciando el Reino, su Pasión, su Muerte, su Resurrección y ahora, su glorificación: “nadie sube al cielo excepto el que bajó del cielo”. (Jn. 3: 13) Verdaderamente ahora “Todo está cumplido”, (Jn. 19: 30)

En el camino que finalizará con su despedida, el Señor instruye a los discípulos, y como siempre, en ellos a nosotros; igual que ellos, necesitamos crecer en la fe, mirar más allá de los anhelos terrenos, sentir que la debilidad propia de nuestra naturaleza, es capaz de ser fortalecida: “Aguarden a que se cumpla la promesa del Padre…, dentro de pocos días serán bautizados en el Espíritu Santo”. De sobra sabemos que “Dios es fiel a sus promesas”; ésta la sigue cumpliendo, en la Iglesia, en los Sacramentos, en la Eucaristía. El Espíritu de Dios, que es Dios, como el Padre y Jesucristo, está presente, la Santísima Trinidad, misteriosa pero, eficazmente, nos guía, nos conduce y nos ilumina continuamente. De verdad necesitamos la luz del Espíritu par seguir confiando “en la eficacia de su fuerza poderosa” Llamados a ser uno en Cristo para que se cumpla su Palabra: “en Él nuestra alegría será plena”.

Ayúdanos, Señor, a comprender lo que dijiste en ese largo “testamento” preñado de sentido de trascendencia, de cariño y de entrega: “Si me amaran, se alegrarían conmigo de que me vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo”. (Jn. 14: 28) Aceptar tu realidad humana como la nuestra y nuestra vocación de eternidad, como la tuya. La exhortación de Pablo nos hace pisar la realidad para llegar a la Realidad: “llevar una vida digna del llamamiento que hemos recibido; humildes, amables, comprensivos, - simplemente como Tú -, unidos en el amor y en la certeza de que el Espíritu nos conjunta para formar un solo cuerpo”.

Tú sí puedes decir: “me voy pero me quedo”; ya no hay fronteras terrenas ni limitaciones espaciales, te nos entregas a todos y tu llamamiento persiste, incesante, de modo que no exista quien no haya escuchado de Ti y del Reino. Lo sabemos pero nos lo recuerdas: ha llegado la hora de la Iglesia, Tú quisiste tener necesidad de los hombres y nos sentimos, debemos sentirnos contentos porque, desde Ti, todas nuestras acciones cobran sentido, tienen horizonte y se encaminan a la meta que ya lograste en Ti y para todos.

Te pedimos que sigas reforzando la fe de la Iglesia, la nuestra y que tengamos los ojos abiertos para constatar que “actúas con nosotros y confirmas la predicación”; en verdad no te pedimos milagros, sino que nos conviertas a cada uno en un milagro de tu presencia en el mundo.

miércoles, 13 de mayo de 2009

6º de Pascua, 17 mayo, 2009

Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 10:25-26, 34-35, 44-48;
Salmo 97;
Segunda Lectura: Primera carta de Juan 4: 7-10;
Evangelio: Juan Jn. 15: 9-17.

Ya fuimos elegidos como heraldos del Amor que no debe encontrar límites en ninguna creatura, y menos aún, en ningún hombre, el único ser capaz de responder con libertad y conciencia a las “exigencias” del Amor. Es una alegría que brota, si la fe sigue actuando, por el triunfo de Jesús sobre el pecado y sobre la muerte. Alegría de sabernos ya resucitados con Él, porque confiamos en su Palabra: “Para que donde esté Yo, estén también ustedes”. (Jn. 14: 4)

Sigue prolongándose la culminación del “quehacer” de Cristo: su Resurrección; el centro de la esperanza viva y el inicio de nuestra transformación, inacabable mientras dure el camino; transformación que, de ser auténtica, no podrá dejar de manifestarse en nuestras obras, ese es el trasfondo de la petición que hacemos en la Oración junto con toda la Iglesia.

Al lado de Pedro y sus acompañantes, necesitamos vivir el asombro cotidiano del actuar del Espíritu. Solamente perciben la acción creadora de Dios los que mantienen los ojos de la fe abiertos, “lo verdaderamente importante se mira, no con los ojos, sino con el corazón”, y ese “descender del Espíritu Santo sobre los que estaban escuchando el mensaje”, no se capta con la retina, tan empañada de pequeñeces, sino adhiriéndose al canto de alabanza, a la proclamación de las maravillas de Dios. Aprender de Dios mismo lo que significa, sin pliegues ni reticencias, la universalidad; El Señor no es prerrogativa de nadie, Él no soporta muros que separen, “en Él no hay distinción de personas, acepta al que lo teme (filialmente) y practica la justicia, sea de la nación que fuere”. ¿Quién puede oponerse al Espíritu?... la respuesta es trágica: ¡yo!, en mi alocada libertad, en mi enconado egoísmo, puedo impedir que el Espíritu me mueva y remueva cuanto me rodea. ¡Señor concédeme querer no querer seguir así!

El Salmo nos reanima, reaviva el asombro y nos invita a unirnos al coro de gratitud, porque Dios “nos ha mostrado su amor y su lealtad”. San Juan responde a las inquietudes que han acompañado al hombre: ¿Quién es Dios?, no desde la filosofía, sino desde la iniciativa y el dinamismo: “Dios es Amor”, Dios es relación, Dios es cercanía, Dios es entrega, pues nos da lo más preciado: a su Hijo, para que nosotros seamos hijos suyos. ¿Se puede pedir más? “Nacidos de Dios para conocerlo y amarlo”, para encontrar en Él lo que nada ni nadie puede darnos, ese anhelo que, día a día, nos acompaña: la felicidad.

El cristianismo no es teoría, no es una serie de doctrinas, es la concreción pura: “Permanezcan en mi amor”, lo haremos si “cumplimos sus mandamientos, como Jesús cumplió los del Padre y permanece en su amor”. No multiplica preceptos, con sencillez recalca: “Éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como Yo los he amado.” Y la promesa se va cristalizando: “para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena”. Vivir, proclamar, difundir y proyectar esa “alegría”, desde nosotros mismos es imposible, pero lo haremos fincados en sus palabras: “Yo los elegí para que vayan y den fruto y su fruto permanezca”. ¡Qué seguridad!: “Cuanto pidan en mi nombre, el Padre se lo concederá”. Te pedimos, Padre: ¡renueva tu Reino de justicia, de amor y de paz!

martes, 5 de mayo de 2009

5° Pascua, mayo 10 2009

Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 9: 26-31,
Salmo 21;
Segunda Lectura: Primera carta de Juan 3: 18-24;
Evangelio: Juan 15: 1-8.

Permanezcamos con los ojos abiertos, éstos abrirán las mentes y los corazones, para seguir cantando las maravillas del Señor. Contemplar y reflexionar: proseguir la conjunción de sentidos, razón y fe es darle la correcta finalidad a nuestro ser humano que mira la creación, busca las causas y acepta la revelación para encontrar en el diario caminar el Amor con que Dios nos mira y gozarnos en la realidad de la filiación divina, inmerecida, pero, ya realizada por la entrega de Cristo y la fuerte y constante acción del Espíritu Santo.

Escuchando la narración de los Hechos de los Apóstoles, ojalá aprendamos a no quejarnos de la incomprensión que, muchas veces simplemente imaginamos, sino a ser apoyo para los que se sienten solos, desconocidos. Fácilmente imaginamos a los discípulos de Jerusalén mirando con desconfianza a Pablo, ¡no pueden explicarse lo que sucede!: el perseguidor sostiene ahora nuestra misma visión de Jesús. Seamos como Bernabé que habla y explica, a quien tiene que hacerlo, para que todos recuerden las palabras de Jesús: “Para Dios nada es imposible”, (Mc. 10:27); la aceptación del testimonio da enorme confianza a Pablo y, como oíamos a Pedro el domingo pasado, la audacia y la libertad se apoderan de él, toca las fronteras peligrosas, lo amenazan de muerte. Pablo, sin duda, habrá recordado las palabras de Ananías: “Yo le enseñaré cuánto tiene que sufrir por Mí”, (Hechos 9:16). Los hermanos actúan (cuánto nos hace falta esto) y lo envían a Tarso, ahí está la presencia del Espíritu que cuida y guía y consolida a la Comunidad, y, bajo este impulso, ésta “crece y se multiplica”.

San Juan vive lo que enseña: “amemos de verdad y con las obras”. Lo vio con Bernabé y Pablo; reflexiona en la conversión de éste, comprende que obraba con una conciencia honesta: “fidelidad al propio interior” y constata que: “Dios es más grande que nuestra conciencia”; mira cómo el Señor hace que las conciencias honestas se vuelvan rectas, Pablo es un claro ejemplo: de perseguidor, a Apóstol de las gentes.

Ahora estamos en una situación difícil, magnífica ocasión para que crezca la fe en la oración, para que hagamos caso al Espíritu: “si hacemos lo que le agrada, ciertamente obtendremos de Él todo lo que le pidamos”, porque hablar del Espíritu es hablar del Padre, es hablar de Jesucristo, es permanecer en la Vida Trinitaria.

Jesús, atento observador, se adapta a su pueblo, sabe que conocen los cuidados que requiere una viña: limpieza, poda y cariño, habla sobre seguro, pero cambia las coordenadas, ya no se trata de cualquier viña: “Yo soy la vid, mi Padre el viñador, ustedes los sarmientos”. Cortar a tiempo, quizá sea doloroso, pero necesario; solamente así la savia se concentrará y dará fruto a su tiempo. Lo inútil: ¡al fuego! ¡Lo imprescindible: permanecer unidos al tronco que alimenta! Las consecuencias brillan por sí mismas.

“¡Sin Mí no pueden hacer nada!” ¿De verdad creemos y aceptamos su Palabra? Vuelven a resonar las escritas por San Juan, pero ahora desde los labios del que Es la Palabra: “Si permanecen en Mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá”. ¿Tendríamos que pensar mucho para tomar la decisión correcta?
¡Ilumínanos, Señor y danos el ímpetu para ofrecerte aquello que impida la Gloria del Padre! Corta lo que sea; sabemos que restañarás las heridas y nos ayudarás a dar fruto.