miércoles, 15 de septiembre de 2010

25° Ordinario, 19 Septiembre 2010.

Primera Lectura: del libro del profeta Amós 8: 4-7
Salmo Responsorial, del salmo 112: Que alaben al Señor todos sus siervos.
Segunda Lectura: de la 1ª carta del apóstol San Pablo a Timoteo 2: 1-8
Aclamación: Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza.
Evangelio: Lucas 16: 1-13.


Las palabras de Yahvé por boca de Amós, podrían, ser el titular de cualquier periódico de nuestros días, aunque quizá la mayoría de los lectores y los no lectores evitarían reflexionarlas y mucho más aplicárselas: “Escuchen esto los que buscan al pobre sólo para arruinarlo…Disminuyen las medidas, aumentan los precios, alteran las balanzas. obligan al pobre a venderse, -los compran y los venden como si fueran cosas-, hasta venden el salvado por trigo”. La clara sentencia de Dios no puede hacerse a un lado: “No olvidaré jamás ninguna de estas acciones”.  

¡Cómo entran en juego las consecuencias de la libertad, la pérdida de la visión de fraternidad, el pensarnos imperecederos, la creencia de que lo único que cuenta es poseer, adquirir en esta vida, todo cuanto sea posible! Si nosotros olvidamos, el Señor “no olvida”, que no es lo mismo que “no perdona”, lo hará si recapacitamos y tratamos de realizar lo que dijimos tanto en la antífona de entrada como en la oración colecta: “nos escuchará en cualquier tribulación en que me llamen”, y, sin duda la mayor tribulación es no aprender o no querer llamarlo desde aquello que nos impide crecer como personas, como auténticos seres humanos: la egolatría, la pasión por las riquezas y las posesiones terrenas que impiden “descubrir y amar a los hermanos”, y en ellos amar a Dios. “El que dice que ama a Dios a quien no ve y no ama a quien ve, es un mentiroso”. (1ª. Jn. 4: 20) 

La parábola del administrador infiel,  que escuchamos en el Evangelio, ha suscitado, desde antiguo, bastante perplejidad, si no la analizamos a fondo. Salta a la vista que Jesús no alaba, en boca del amo, la habilidad de quien lo ha defraudado; y más, porque no se sabe dónde acaba la parábola. Obviamente Jesús no puede alabar la deshonestidad ni la estafa; si continuamos atentamente la lectura, encontramos un fuerte llamado de atención a cuantos nos decimos cristianos; es Jesús mismo quien nos “reprende”: “los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios, que los que pertenecen a la luz”. ¿Dónde está nuestra habilidad para encontrar respuestas rápidas e inteligentes para enfrentar al mundo actual, para ser portadores de la verdad, para invitar con palabras y obras a que todo ser humano se deje invadir por la Luz?, o ¿también nosotros participamos, de algún modo, disimulada, solapadamente, de los criterios que impulsan a tener, a acumular, a aprovechar las circunstancias, aunque el prójimo sea pisoteado, rebajado, tirado a la cuneta como ser inservible? Sigamos escuchando: “Gánense amigos con ese dinero tan lleno de injusticias, - y aun cuando sea fruto de un trabajo honesto, compartan, den, ayuden, hagan un mundo más humano-, para que cuando ustedes mueran, los reciban en el cielo”. Que suene viva en los oídos y en el interior la sentencia de Pablo: “Dios ama al que da con alegría” (2ª. Cor. 9: 7) 

Sigamos los deseos del Señor conforme expresa Pablo, y de manera especial en estas fiestas del Bicentenario: “Hagamos oraciones, plegarias, súplicas y acciones de gracias, en particular, por los jefes de Estado y demás autoridades…”  Todos lo tenemos al alcance de la intención y de la fe: lo que nos sobrepasa, lo que los hombres no podemos, Él sí lo puede: “¿Entonces quién podrá salvarse? Lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios; para Dios no hay nada imposible”. (Mt. 19: 26) 

Jesús, en esta Eucaristía dejamos en tus manos todas nuestras preocupaciones, sabemos que nos escuchas.