lunes, 23 de marzo de 2009

5° Cuaresma, 29 de marzo 2009

Primera Lectura: Jeremías 31: 31 - 34
Salmo 50
Segunda Lectura: Carta a los Hebreos 5: 7 - 9
Evangelio: Juan 12: 20 - 33

¿Quién es Dios? ¿Cómo es Dios? ¿Cómo podríamos conocer de verdad a Dios? Las culturas de todos los tiempos y pueblos han buscado las respuestas a estas preguntas. Las religiones no son más que un esfuerzo gigantesco en el intento de conocer a Dios, sin que ninguna de ellas haya llegado a una respuesta evidente. El misterio profundo nos lo viene a revelar Jesucristo y el único camino para llegar a Dios es el de la FE

Descartada la evidencia inmediata, caemos en la cuenta que la respuesta no se encuentra en los libros ni en la palabra de los sabios, porque el conocimiento de Dios no cabe en los medios limitados, cargados además de condicionamientos y prejuicios. Por ello, el profeta Jeremías nos indica otro camino, cuando dice: “No tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: ‘Reconoce al Señor”. Porque todos me reconocerán, desde el pequeño al grande”. Es la promesa de que Dios mismo se da a conocer, y lo seguirá haciendo..

Reflexionando en el camino de los santos, en el camino del mismo Jesucristo, constatamos que al verdadero conocimiento de Dios, más que por el esfuerzo de la razón, se llega por la experiencia vital de todo nuestro ser, como ocurre con el amor o la felicidad. Nadie, en efecto, experimenta el amor cuando él quiere sino cuando aquél se hace presente. Del mismo modo, nadie hace la experiencia de Dios hasta que él se manifiesta, se deja encontrar de alguna manera o hace casi tangible su presencia. En este sentido el profeta Jeremías ha dicho: “Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo”.

Para conocer a Jesús, Hijo de Dios, tomemos la enseñanza del evangelio, buscar lo que se desea: “Algunos griegos...acercándose a Felipe, le rogaban: “¿Señor, quisiéramos ver a Jesús?” Felipe y Andrés fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre”. Todo lo conocerán, -lo conoceremos-, verdaderamente, hasta que creamos, como experiencia personal, en su resurrección.

Creer que Jesús ha resucitado y vive para siempre entre nosotros es el punto de partida. Los mismos apóstoles vivieron en continua desorientación sobre quién era Jesús y cuál el contenido exacto de su misión, mientras no alcanzaron experiencia viva y personal del resucitado.

Si alguno de nosotros no creyera firmemente en la resurrección de Cristo y en su vida nueva, nada sabría sobre Jesús. Necesitamos la asidua lectura meditada de los evangelios, de otra forma, nos quedaríamos en interesantes anécdotas, ni siquiera todas históricas, pero, al aceptarlas por la fe y, otra vez, por la experiencia en el trato con Él, llegaremos a confesar de corazón el triunfo final del resucitado.

Dios se revela a los hombres por medio de hechos históricos, mejor todavía que por palabras. Así, la muerte y resurrección de Jesús nos muestran que es acogida por Dios, para la salvación, la muerte y la resurrección de la humanidad. Con él morimos y con él resucitamos: “El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará”.

No es necesario demostrar científicamente nuestra fe ni entender exhaustivamente su contenido: nos basta creer en Jesús, confiarnos a él y seguirle con decisión y afecto; seguros de que Él mismo irá transformando nuestra vida en el pensamiento, el amor y la obras. Esta transformación obrada por Dios en nosotros, sirviéndose de la misión de Jesús, es la gestación de la vida nueva que tendremos en Dios, después de pasar por la muerte y de ser transformados por la resurrección.

martes, 17 de marzo de 2009

4º Cuaresma, 22 Marzo 2009.

Primera Lectura: 2º Crónicas 36: 14-16, 19-23;
Salmo 136;
Segunda Lectura: Efesios 2: 4-10;
Evangelio: Juan 3. 14-21.

¿Alegría en el tiempo fuerte de Cuaresma?, ¡por supuesto!, porque levantamos la conciencia, sentimos la fraternidad, nos reunimos, no física pero sí espiritualmente, a todos los hombres, para ponernos de pie, juntos, dejar de lado el duelo, apartarnos de aquello que nos tiene postrados en una tristeza, fruto de nuestras faltas, de nuestro alejamiento de Dios –la referencia cruza los siglos, físicamente los israelitas estaban alejados del Templo, del lugar santo, del sitio de Encuentro con Dios, exiliados y sin poder “cantar en tierra extraña, las alabanzas al Señor”-, pero ahora su Palabra anima, llena de regocijo y de consuelo, esa Palabra resuena desde entonces y nos alcanza, nos invita, nos conmueve y,, pedimos al Señor “que ya que nos ha reconciliado por medio de su Hijo, nos conceda prepararnos con fe viva a celebrar las fiestas de la Pascua”.

En la primera lectura encontramos el epílogo del libro de las Crónicas que interpreta teológicamente, la historia de Israel, historia que continuamos repitiendo todos los seres humanos, acumulando el peso terrible de los pecados. No nos extrañemos si nos molesta la palabra “pecado”, pues parecería que el mundo actual quisiera erradicarlo no sólo de las conciencias, sino aun del mismo diccionario.

Pecar es perder la perspectiva de la filiación divina y de la fraternidad humana, es persistir en el constante desear tener a cualquier precio, aun en estos momentos más difíciles, y no dudo que por ello se multipliquen los robos, los secuestros, las muertes, las venganzas y crezca, de forma alarmante, el lema: “¡Dios no existe!”, ese intento de convicción es muy cómodo, me libero de dar cuentas a nadie, ni siquiera a mí mismo, y el camino para mi acción, se ensancha sin límites. En serio no creo que con tanta facilidad se borre la Ley Natural y su complementación: la Ley Evangélica: “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti; trátalos como quisieras que te traten”, y “Ámense como Yo los he amado”, Yo, el Padre que les “he enviado a mi Hijo para que todo el que crea en Él, tenga vida eterna”.

La necesidad de rehacer el Templo, de levantar las murallas, sigue presente, ya no se trata de Jerusalén sino de ofrecerle al Señor, como recordábamos el domingo pasado, ese sitio interior donde nos encontremos diariamente con Él y Él con nosotros, para cantar con sólida confianza: “Tu recuerdo, Señor, es mi alegría”, el fundamento de esta alegría la externa claramente San Pablo: “Dios nos dio la vida con Cristo y en Cristo, por pura generosidad…, con Él nos ha resucitado y nos ha reservado un sitio en el cielo”. Nada de qué gloriarnos, “somos hechura de Dios” y nuestra meta queda definida: “para hacer el bien que Dios ha dispuesto que hagamos”.

En tanto que seamos más conscientes de esto, “elegiremos la Luz, para que se vea que nuestras obras están hechas según Dios”. Jesús nos externa la razón, ya considerada en la primera lectura, por la que el mundo, los hombres, la sociedad está en la situación en que está: “habiendo venido la Luz, prefirieron las tinieblas porque sus obras eran malas”.
La cura es tan sencilla como aprender a levantar la mirada y contemplar a Aquel que ha venido “no a condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”. ¡Danos mirarte!

martes, 10 de marzo de 2009

3º Cuaresma, 15 marzo 2009.

Primera Lectura: Éxodo 20: 1-17;
Salmo 18;
Segunda Lectura: 1ª Corintios 1: 22-25;
Evangelio: Juan 2: 13-25.

Hemos vivido, los domingos anteriores las dos naturalezas de la Persona de Cristo, en las tentaciones, su verdadera Humanidad; en la Transfiguración, su verdadera Divinidad. Hoy la liturgia nos invita a recorrer el camino de la radicalidad total que termina y se comprende, solamente, a la luz del Misterio Pascual: la Resurrección. Y una vez más, ¡qué insistencia del Señor!: la presencia de la Pasión y la Muerte, como condiciones necesarias para entender la novedad del Espíritu, la verdad de la purificación y la actuación de la Santidad de Dios en nosotros.

La Alianza se expresa en la comunicación del Decálogo. Advertimos la claridad con la que inicia: “Yo Soy el Señor, tu Dios”, no tengas dudas, no te dejes desviar, no pongas los ojos en los ídolos que nada pueden, no permitas que aniden en tu corazón intenciones extrañas, las que intentan desplazar mi Ser del tuyo y te destruyen aunque no lo percibas de inmediato; en verdad “Soy un Dios celoso que castiga la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación”, - entendamos que no es Él quien castiga sino que, al respetar el don de la libertad, advierte de las consecuencias de lo que los padres enseñan y ejemplifican -, pero es “misericordioso hasta la milésima generación de aquellos que aman y cumplen mis preceptos”; la explicitación enaltece lo noble de alianza que, al vivirla con respeto y cariño, comprobamos que la misericordia del Señor triunfa siempre.

Sin duda habremos escuchado que los mandamientos son dos trazos, uno vertical –el que mira hacia Dios- y el horizontal –que contempla a los hermanos-, ambos se cruzan en el centro del hombre, en su conciencia, para que al abrirla hacia todos los ángulos, advierta que lo que el Señor nos pide no es pesado, que consolida la interioridad de la doble relación y nos hace crecer superando los “topes” del camino. Pidamos que, convencidos, cantemos sin cesar: “Tú tienes, Señor, palabras de vida eterna”; ahí están el origen de la sencillez, la rectitud, la alegría, la estabilidad y la justicia, ¿qué más anhelamos? Lo sabemos, oremos para poder cumplir, ciertamente lo haremos “reconfortados con su amor”.

Con Pablo traspasamos, en la fe, los deseos de signos y el imperio de la lógica; en verdad si no nos fiamos de Dios, la impotencia de la comprensión nos empujaría a la locura, a la decepción, ¿quién entenderá o intentará aceptar, si no es desde la mirada de la fe, lo que va contra nuestra naturaleza: la Cruz? ¿Qué sabiduría elegimos? Vivimos en el constante cruce de caminos y cada decisión nos acerca o nos aleja más de la Verdad, por dura que nos parezca.

Jesús procede con una acción violenta a purificar “la Casa del Padre”, no permite que el sitio de Encuentro se haya convertido en un mercado. Nuestro corazón es ese “sitio de Encuentro con el Padre, con Jesús, con el Espíritu”…, sin duda habrá que purificarlo de muchas presencias inútiles que impiden la visión y la experiencia que nos prepare a la intelección de las Escrituras, que nos “hagan recordar y creer” en la Resurrección; la de Jesús y en la nuestra para seguir “Al que es Primicia de los resucitados”. (1ª Cor. 15: 20)

jueves, 5 de marzo de 2009

2º Cuaresma, 8 marzo 2009.

Primera Lectura: Génesis 22: 1-2, 9-13, 15-18;
Salmo 115;
Segunda Lectura: Carta a los Romanos 8: 31-34;
Evangelio: Marcos 9: 2-11.

Una vez más, no es Dios quien tiene que recordar que “su amor y su ternura son eternos”, somos nosotros los que tenemos que vivir en esa presencia activa para que “no nos derrote el enemigo” y que nos defienda del peor de todos que somos nosotros mismos, con nuestros caprichos, nuestra despreocupación por lo que perdura, para mantenernos firmes, abiertos los ojos para poder contemplar su Gloria en Jesucristo que nos deja ver, aceptando en la fe, su divinidad. Sabemos que para llegar a la Resurrección, es imprescindible pasar por la Pasión y por la Muerte; se vuelven a presentar las dos últimas realidades que no nos atraen, pero al escuchar al Señor, una y otra vez, y pedirle que nos convenza, Él sí lo logrará.

En la narración del Génesis constatamos que la fe lo vence todo, la confianza se convierte en fortaleza, la apertura hacia lo imposible e impensable va mucho más allá de nosotros mismos y nos pone, así simplemente, ante el Señor. ¡Cuántas veces habremos meditado e imaginado la subida de Abrahám al monte Moria, el fuego en una mano, el cuchillo, para sacrificar, en la otra y siguiéndolo, Isaac, “el hijo de la promesa”, cargando el haz de leña! ¡Obediente para, sin mapa, abandonar su tierra, peregrino de esperanzas, asombrado y gozoso al recibir al hijo prometido, al heredero…, y ahora lleno de interrogaciones en su interior, pero no indeciso, pues ha experimentado al Señor, y sabe “de Quién se ha fiado”; pero, sin duda, la angustia lo atenaza, la penumbra interior le obscurece el entorno, sabe que no entiende y lo acepta, y contra todo eso, avanza: vive el “esperar contra toda esperanza” y es ejemplo para que actuemos en consonancia. El Señor le detuvo la mano, porque comprobó, como asegura el ángel: “que temes a Dios y no le has negado a tu único hijo”, por ello –confirma la bendición- “multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y las arenas del mar…, porque obedeciste a mis palabras”. ¿Cuántos “hijos” pide el Señor que sacrifiquemos, ni siquiera son hijos de la promesa, son adherencias recogidas en el camino que hacen el fardo más pesado y entorpecen la subida hasta el Monte del Señor? Sepamos, de antemano, que ningún ángel detendrá nuestra mano, que el sacrificio será real, habrá derramamiento de sangre y humo de sacrificio, que la purificación es necesaria, si es que deseamos “ver” el rostro de Dios. Sabemos que “falta fuerza en las venas y que es muy difícil amar cuando se ama sólo con el espíritu, porque el corazón no sabe y tiembla y llora”.

“Dios está a nuestro favor, nos ha entregado a su Hijo y con Él, todos los bienes, ¿quién podrá separarnos del amor de Dios?” El que ama, contempla, como quedaron trastornados Pedro, Juan y Santiago; pero es necesario “entregar a los demás, lo contemplado”, como dice Santo Domingo; bajar del monte y hacer llegar a todos “el mandato” del Padre: “Este es mi Hijo muy amado, escúchenlo”.

Él es para todos, a todos alcanza la promesa de la Resurrección, que si bien no sabemos cómo será, sí sabemos que será. Nos acosan las mismas inquietudes que a los discípulos: “qué querrá decir eso de resucitar de entre los muertos”. La Pascua, a la que nos preparamos, nos dará la respuesta en la realización completa de la Misión de Cristo: Descansar, felices, en el Reino del Padre.

miércoles, 25 de febrero de 2009

1º Cuaresma, 1º Marzo 2009.

Primera Lectura: Gén 9: 8-15;
Salmo 24
Segunda Lectura: 1ª Pedro 3: 18-22;
Evangelio: Mc 1: 12-15.

La liturgia se abre con la invitación determinante a la oración: “Me invocarán y Yo los escucharé, los liberaré, los glorificaré”; ¿estamos convencidos o al menos queremos querer convencernos de que la unión con Dios, el reconocimiento de la realidad que somos – creaturas -, no llegará a la plenitud de la realización a base de esfuerzos de voluntad, sino de la súplica reconocida por la experiencia de aquello que nos acompaña siempre: pequeñez, desánimo, tristeza, porque las circunstancias no son como quisiéramos. Nos mueve y deseamos dejarnos mover por la petición que universalmente hacemos en la Oración Colecta: “que las prácticas cuaresmales, -las que proceden del interior a veces temeroso, otras derruido, otras más repletas de disgusto de nosotros mismos y que piden auxilio, luz y guía-, sin que dejemos de lado la penitencia que proyecta “arrepentimiento” y que no es sólo ceniza, sayal y limosna, sino que deseamos manifestar lo que anida en el corazón: “busco tu rostro, Señor”, más allá de nosotros, pero saliendo de nosotros mismos, nos conducirán, por la fuerza del Espíritu y su intensa luz, si no cerramos los ojos, “a progresar en el conocimiento de Cristo y a llevar una vida más cristiana”. ¡Somos un solo y mismo ser: carne, espíritu y “soplo divino”, que quiere “caminar por tus caminos”, por Jesús descubiertos y vividos!

Ya lo tenemos ampliamente conocido: de Ti no puede provenir la destrucción, fuimos nosotros, -humanidad entera- quienes provocamos el desorden, la muerte y el olvido. De Ti, en cambio, proviene la Creación Nueva, Alianza florecida, no sólo con Noé, sino con todos los que queramos ser como Tú quieres. Fue el Diluvio un signo “bautismal” que purificó cuanto de mal había, y en el “arrepentimiento”, -midrasch antromomórfico-
nos enseñas que no eres Tú quien debe “recordar”, sino nosotros, al ver tu signo en Arcoiris, que la Promesa es y seguirá siendo, una memoria eficaz que nos mantenga mirando hacia el cielo y traspasarlo para encontrarte siempre generoso, leal y compasivo. ¿Con qué cara pedimos que “recuerdes que son eternos tu amor y tu ternura”, que ellos superen lo que de nosotros te es patente? Te siento sonreír cuando tres veces repetimos: “Descúbrenos, Señor, tus caminos”, y escucho y escuchamos al Camino hecho Vida, quien con sólo recorrerlos nos los dejó marcados claramente.

La Justicia murió para que seamos justos, y nos trazó la vía que nos lleva, directa, hasta llegar Ti, Padre, a través de la Pasión y la muerte de tu Hijo, que en la Resurrección abren la vida; quizá los dos trazos primeros nos molestan pero que al pensarlos y ver a los demás, vernos nosotros y ver a Jesucristo, entendemos que únicamente en contacto contigo por tiempo ilimitado, llegaremos a donde ya no hay límite en el tiempo, porque éste se ha acabado. Con razón dice Pablo: “Lo interior se renueva cada día, nuestras penalidades momentáneas y ligeras nos producen una riqueza eterna, una gloria que las sobrepasa desmesuradamente.” (2ª Cor. 4: 17-18) ¡Corrijamos la meta hacia donde los ojos miran y aligeran los pasos!

Jesús se viste de nosotros y vive la tentación, más allá del monte a donde el Espíritu lo lleva y lo espera Satán, ¡con qué determinación prosigue el designio del Padre y nos deja el ejemplo de oración y constancia!; “la asistencia de los ángeles”, no es alimento externo, es fuerza de Dios en el Espíritu, ¡el que nos hace falta para escuchar la voz que advierte y asegura: “El Reino está cerca, arrepiéntanse y crean en el Evangelio!” Ayúdanos a oír, Señor, aquello que nos salva.

martes, 17 de febrero de 2009

7º Ordinario, 22 febrero, 2009.

Is. 43: 18-19, 21-22, 24-25; Salmo 40; 2ª. Cor. 1: 18-22; Mc. 2: 1-12.

La confianza nace y crece del conocimiento y del reconocimiento, ¿qué ha hecho y hace y seguirá haciendo el Señor por nosotros?, lo único que “sabe hacer”: sólo lo bueno. Palpar y saborear “el bien que nos ha hecho”, nos mantendrá tranquilos en sus manos, atentos a su Espíritu que nos irá descubriendo en cada instante, con sus inspiraciones, el camino seguro para cumplir sus designios, los que nos realizarán como seres humanos, como hijos, como hermanos.

Al escuchar al profeta Isaías, con toda seguridad entendemos, y quizá revivimos la situación de los israelitas: ellos deportados, con una identidad desconcertada, añorando las acciones liberadoras de Yahvé, lejanas pero que hacían presentes todos los días al repetir el “Shema Israel: Recuerda Israel”, no es malo el recuerdo, si lo es la nostalgia que entumece, que adormece los ojos, se solaza en la queja e impide ver lo nuevo, por eso la voz que los despierta y nos despierta: “Yo voy a realizar algo nuevo” , es el Dios verdadero, el eternamente Nuevo, que cambia los paisajes porque nos abre los oídos al grado de poder escuchar el crecer de la hierba, de descubrir oasis en todos los desiertos y comprobar que la aridez se ha ido de la tierra, porque los corazones, los de ellos, los nuestros recuperan la paz, a pesar de haber abusado de la bondad de Dios “al poner sobre Él la carga de todos los pecados y cansarlo con nuestras iniquidades”;

Su respuesta, su propuesta, no puede venir sino del mismo centro de su Ser: “he borrado tus crímenes, no he querido acordarme de tus pecados”, porque El Amor que Soy, supera toda culpa; mi cariño por ti, limpia, perdona y comunica vida. Este recuerdo es sano porque vive el presente y cuaja de esperanzas el futuro. No podremos quedarnos en la súplica: “Sáname, Señor, pues he pecado contra ti”, sino que, en acción agradecida, nos esforzaremos por invocarlo y servirlo “proclamando – admirados de ese incansable Amor -, su alabanza”.

Conscientes de haber sido marcados con el sello de Aquel que fue un ¡Sí imperturbable!, que convirtió en realidad las promesas hechas por el Padre, y nos ha dado a beber del mismo Espíritu, seremos capaces de pronunciar, ante cualquier obstáculo, un atento y constante “Amén” a Dios, recordando la entrega de María: “lo que quieras, Señor, estoy a tu servicio”, no por la garantía de lo que me espera, sino porque quiero, en algo, parecerme a Ti en tu bondad.

En la narración del Evangelio encontramos que es posible vivir esa aventura de confiar en Jesús, de avivar el dinamismo que construye, de convivir en la fe que hermana y acompaña y encuentra mucho más de aquello que buscaba. La mirada de Jesús, que aparece en varios pasajes de Marcos, se fija de inmediato “en la fe de aquellos hombres”, es lo primero que resalta: ellos están sanos, llevan en andas al enfermo, lo descuelgan desde el techo, han superado risas burlonas y murmuraciones y han compartido la intención y la acción a favor de aquel hombre impedido.

Todos se extrañan de la palabra de Jesús: “Hijo tus pecados te quedan perdonados”, va más allá que lo hecho por el leproso, la cura inicia desde dentro, levantar la camilla confirmará del todo la Misión del Mesías: ha venido a salvar al hombre entero y a confirmar que Dios es misericordia total. Los fariseos, pasivos, se quedan mudos, la gente que sabe mirar, admira: “¡Nunca habíamos visto cosa igual!” ¡Enséñanos, Señor a mirar con tu mirada y sánanos por dentro, el resto lo dejamos en tus manos!

martes, 10 de febrero de 2009

6º Ordinario, 15 Febrero 2009.

Lev. 13: 1-2, 44-46; Salmo 31;
1ª Cor. 10: 31 a 11: 1; Mc. 1: 40-45.

Peligros verdaderos nos rodean, aunque a veces no queramos verlos: temor y desconfianza en lugar de estrechos lazos que nos unan; egoísmo que clausura la entrada a otros que necesitan un momento de amor, de escucha, de ternura; deshechura interior que nos tortura a pesar de negarla; falta de sinceridad y rectitud que impiden que el Señor encuentre reposo en nuestro ser y nos conceda reposar en el suyo, que es fiel compañero y guía seguro. ¡Por eso oramos, pedimos y esperamos, sentirlo siempre cerca, como roca y baluarte que nos defienda de nosotros mismos!

Volando por los siglos, nos sentamos a escuchar lo que los sacerdotes explicaban, siguiendo las voces de Moisés y de Aarón: “Si aparecen esas escamas o una mancha brillante, ¡es la lepra!, ese tal será declarado, impuro”. La sentencia lo rompe por completo, lejos de Dios, de su familia, de la comunidad. Condenado a vagar sin esperanza confesando a gritos su impureza; ¿qué horizonte le espera?: su vida está marcada de soledad y de tristeza; seguirá cargando “el fruto del pecado”, nadie podrá acercarse, no volverá a sentir lo que es una caricia, un beso o un abrazo, está maldito y segregado. Ya leíamos el domingo pasado la corrección que hace Yahvé en el libro de Job, la enfermedad no es consecuencia de culpa personal, ni venganza o castigo, sí es clara manifestación de la presencia del mal, reflejo del absurdo querer del hombre, creatura al fin, encumbrarse hasta Dios sin contar con Dios. Esta actitud es la peor de “las lepras” y sólo hay una cura: acercarse a Jesús, humildes y confiados y pedir lo que cualquiera sin la fe, consideraría imposible: “Si Tú quieres, puedes curarme”.

¿Qué aprendimos de Jesús el domingo pasado?, su quehacer cotidiano era curar, sanar, orar, marchar en busca de todos los dolidos, ¿qué otra respuesta cabe esperar de Aquel que ha venido a enseñar con su vida que el amor es más que la ley, que el amor tiene una fuerza enorme que rompe las cadenas y que ese amor fluye de toda su Persona como río impetuoso que limpia cuanto toca y se deja tocar por Él? Escuchemos con alegría su palabra, eterna, que llega hasta nosotros, que no teme acercarse a la impureza cualquiera que ella sea; escuchemos esa voz que nos devuelve a nuestro propio ser, el que salió de sus manos completo, sin mancha, sin arruga, sin torpezas, y, gocemos la vida que renace al decirnos: “¡Sí quiero: Sana!” Mirémonos de nuevo, ¡nuevos!

Jesús le pide que no lo cuente a nadie, no quiere que confundan la misión del Mesías y la reduzcan a un poder milagroso, Él viene a algo más, a limpiar toda la suciedad del mundo al precio de su sangre; pero sí le indica que vaya y ofrezca en el templo lo prescrito por la ley para que pueda reintegrarse a la comunidad y a la familia. Pero cuando el don recibido es tan grandioso, ni el corazón ni los labios pueden guardar silencio y “divulgó el hecho por toda la región”.

Igual hemos quedado limpios, porque Él ha querido. Pienso que ahora no nos pide que guardemos el don en lo secreto sino que seamos testigos clamorosos que busquemos, por todos los caminos, encaminar a todos hacia Cristo, que cuantos nos conozcan y a cuantos conozcamos, encuentren en nosotros el gozo compartido de saber orientar cualquier acción para gloria de Dios y en grito silencioso, fincado en cada obra, invitemos a todos a “ser imitadores nuestros como nosotros lo somos de Cristo”.

miércoles, 4 de febrero de 2009

5º Ordinario, 8 febrero 2009.

Job 7: 1-4, 6-7; Salmo 146; 1ª Cor. 9: 16-19, 22-23; Mc. 1: 29-39.

La ubicación auténtica del hombre, la que lo hace crecer inmensamente: “¡caer de rodillas ante su Creador!”, saber penetrar la hondura de su ser de creatura y reconocerlo sin rodeos, ¡eso es liberación!, confesar la realidad que engendra una confianza inacabable: “Porque Él es nuestro Dios”.

Del libro de Job aprendemos, siguiendo la lectura sapiencial y didáctica, como la que encontrábamos en Jonás, ¿qué explicación dar al dolor y al sufrimiento y más cuando envuelven a un hombre justo, al que camina en rectitud y honestidad, al que confiesa todo como es en realidad, venido de Dios, y no acepta apropiarse nada, ni siquiera la salud y la vida? Es verdad que surgen la queja, la incomprensible interrogante, la inútil búsqueda de causas que expliquen la soledad amarga, pues en la confrontación de su interior no encuentra faltas, no hay ausencia de Dios, al contrario, en medio del dolor permanece el anhelo: “Recuerda, Señor, que mi vida es un soplo. Mis ojos no volverán a ver la dicha”. Dios nunca permanece ajeno al que lo invoca, parece que se tarda, pero “amanece el día”, el de Él, que ojalá sea el nuestro, por la aceptación y la confianza, y que nos acompañe hasta el fin de la vida y podamos comprender lo que desde la mirada humana sigue en la obscuridad y la pregunta, y gritar gozosos, porque al fin el Señor nos da la luz, como a Job: “Sé que mi Redentor vive y que con estos ojos, no los de otro, yo mismo lo veré” (19: 17), ya está actuando, como siempre, “el amor incansable del Señor, que cuida y que protege a quienes en Él ponemos la esperanza”.

La viva percepción de esta esperanza, la que mira con seguridad la resurrección, hace presente, el cántico del salmo: “Alabamos al Señor, nuestro Dios”; ya hemos pensado en la razón última para ello: “porque es hermoso y justo el alabarlo”, mirándolo a Él, y porque “sana, venda y tiende la mano a los humildes”, mirándonos a nosotros; completamos el círculo de partida y de llegada, no perdemos camino, mantenemos los ojos en la brújula – que es misterio de amor -, desde Dios y hacia Dios, pasando por el mundo.

La alabanza se vuelve acción, pues no puede permanecer en el silencio quien se ha sentido llamado y penetrado por Cristo; llamado que hace imposible evadir el compromiso, “¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!” Vocación desde la gratuidad que sabe que ha de responder en el mismo nivel de gratuidad y por ello se agranda la mirada con alcance universal, con abrazo que abarca a todo hombre, que acepta, alegremente, el ser débil porque “ahí reluce la fuerza de Dios” (2ª Cor. 12:10), ahí se cifra la recompensa, no como paga, sino como fruto del sarmiento adherido a la Vid: participar del Reino.
Marcos nos narra una jornada ordinaria de Jesús: servicio y más servicio, de la madrugada hasta la noche, no para de hacer patente la Buena Nueva: la liberación, el perdón, la compasión, la sanación, acción que abarca a “una, a muchos” y prosigue hasta recorrer “a toda Galilea”. Misión que se cumple cada día, sin descansos, sin flojeras, sin desvíos, ¿por qué?, lo hemos escuchado, porque ora, porque constantemente acude al Padre y en la soledad con Él, aprende y comprende el sentido y orientación de esa Voluntad que lo guía: “De madrugada, cuando todavía estaba muy obscuro, se levantó y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar”. Pienso que la pregunta es obvia: ¿buscamos esa voluntad en el silencio que se transforma en Palabra cuando viene desde el Padre?

martes, 27 de enero de 2009

4º Ordinario, 1º febrero 2009.

Deut. 18: 15-20; Salmo 94; 1ª. Cor. 7: 32-35; Mc. 1: 21-28.
Se alarga el contenido de la oración que, litúrgicamente finalizó el domingo pasado, pero que debe continuar indefinida desde el deseo y la petición, tal como lo expresa la antífona de entrada: “Reúnenos de entre todas las naciones”, que por tu gracia lleguemos a realizar esa unidad ansiada por Ti, Señor, y por todos: “Un solo cuerpo, un solo espíritu, como también es una la esperanza de la vocación con la que hemos sido llamados”; (Ef. 4: 4), unificación no sólo de las Iglesias sino de todos los hombres. Desde esta experiencia viviremos con mayor plenitud lo que pedimos: “amarte con todo el corazón, y con el mismo amor, amar a nuestros prójimos”; incapaces ni siquiera de soñarlo si no es desde Ti y contigo.

Escuchamos en la lectura del Deuteronomio una promesa que palpamos realizada en el Evangelio que nos narra San Marcos. Los israelitas temen, y lo confiesan: “No nos hable el Señor porque moriremos, háblanos tú, Moisés”. Y Dios, aquiescente y comprensivo, “pronuncia” su palabra: “Yo haré surgir en medio de tus hermanos un profeta como tú. Pondré mis palabras en su boca y él dirá lo que le mande Yo”. Un Profeta que vive entre los humanos, que camina en su historia, que habla de Dios con las palabras de Dios, que no inventa sino que comunica lo que ha recibido, y se vuelve testigo de tal calidad, que “A quien no escuche las palabras que él pronuncie en mi nombre, Yo le pediré cuentas”.

Esto fue lo que llamó la atención de los oyentes en la sinagoga de Cafarnaúm; no era cualquier palabra la que escuchaban, sino la misma palabra de Dios, que al ser pronunciada por Cristo, Palabra Encarnada, traslucía autoridad, magnificencia, claridad, cercanía, poder de convicción y de acción; por eso no es de extrañar “que quedaran asombrados, pues hablaba no como los escribas”, estos hacían referencia a otros maestros, Jesús tiene como referencia al Autor de la Ley y de la Alianza; es la Escritura viva, porque “aprendió a escuchar”, “aceptó la vocación”, y eso transmite: “Lo que el Padre me enseñó, es lo que digo”. (Jn. 8:28) “Les doy a conocer todo lo que le he oído al Padre, (Jn. 15: 15).

La promesa hecha a Moisés, llegó a cristalizar la figura ideal del profeta y creció a tal grado que sintetizó la persona del Mesías; los asistentes a la sinagoga, lo viven, de inmediato hacen referencia y, espontánea llega la pregunta: “¿Qué es esto?, ¿qué nueva doctrina es ésta?”, y más después de ser testigos de la curación de un enfermo que padecía una anormalidad psíquica, (por ello eran vistos como poseídos por un espíritu impuro); atónitos porque Jesús con su sola voz domina esa fuerza maligna que le impedía a esa persona realizar su identidad y vivir en familia. La coherencia de Jesús, su cercanía a cuantos necesitan cariño, protección y alivio, deja al descubierto en qué consiste la Buena Nueva; no es el temor del Sinaí, sino el amor comprensivo y compasivo que nos trae de Dios, que nos descubre al Padre y que de paso, nos hace comprender, a través de San Pablo, que toda vocación, todo estado de vida es importante, es valioso, “si se vive en presencia del Señor, tal como conviene”.

Que la Eucaristía en la que participamos nos ayude a vivir más profundamente nuestra fe, como lo pediremos en la oración después de la Comunión.

jueves, 22 de enero de 2009

3º Ordinario, 25 enero 2009

Jonás 3: 1-5, 10; Salmo 23; 1ª. Cor. 7: 29-31; Mc. 1: 14-20.

Termina hoy, con la celebración de la Conversión de San Pablo, la octava de oraciones por la unión de las Iglesias.

Conversión, palabra que, nacida del corazón arrepentido, engendra novedades, horizontes luminosos y ojos limpios que descubren lo ignorado hasta entonces; antes, al volverse hacia adentro, encontraban tinieblas y vacío, superficialidad y nada duradero, pero al escuchar la llamada que llega desde arriba, sea por boca de Jonás, los ninivitas, sea por la luz que derriba en el caso de Pablo, todo cambia: valores, actitudes, entusiasmo, esfuerzo que exige sacrificio, confianza que surge vigorosa y derriba, porque la fe la impulsa, los muros que asfixiaban y que, ni unos ni otro, advertían.

¡Cómo va madurando la Palabra – el Señor que no deja de invitarnos -, dentro del ser humano, aunque al principio choque con el rechazo! Cada uno es testigo de sí mismo y sin duda confiesa, en el silencio íntimo, que el llamamiento quema porque duele lo profundo del yo que tiene que aprender a romperse para que salga a luz todo lo nuevo; para decirle a Dios, con actos, que queremos cambiar, que no nos satisface tanta palabra vana que hemos pronunciado; tampoco vestirnos de sayal y de ceniza y aparentar por fuera; cierto que en Nínive fue signo y “convirtió al Señor”, que “al ver sus obras no les envió el castigo”. No olvidemos el lenguaje “sapiencial y didáctico” del libro de Jonás, el modo pedagógico en el que Dios se nos da a conocer como perdón y amor, nunca como castigo…, que su Palabra nos ayude a madurar en el aprendizaje.

Regresemos a Pablo, hombre de carne y hueso, de pasiones violentas, de formación legal e intransigente, sin duda busca la verdad, pero el Señor le sale al encuentro como quien Es, La Verdad, y frente a tal resplandor que penetra la entraña e ilumina todas las intenciones del corazón, no hay otra respuesta: “¿Qué debo hacer, Señor?” La ceguera de fuera ha curado la interna; la obediencia guía ahora sus pasos; la oración de Ananías le quita las escamas y le anuncia la misión que le espera: “El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conocieras su voluntad, vieras al Justo y escucharas sus palabras, porque deberás atestiguar ante todos los hombres lo que has visto y oído”. La conversión es plena, se realiza el bautismo, reconoce que Jesús es el Señor y él queda limpio de sus pecados. Algo muy parecido sucede con nosotros si queremos escuchar y mirar y aceptar el encargo de decir y vivir la Verdad; hemos sido elegidos, simplemente porque el Señor nos quiere. Hace tiempo que se inició el proceso, ¡que no lo interrumpamos!

“El tiempo apremia”, “este mundo que vemos es pasajero”, la experiencia de Pablo se une a los cuatro primeros: Pedro, Andrés, Santiago y Juan y captan que escuchar la Voz significa seguirla; ¡encontrarse con Cristo no deja alternativa!, sin que violente la libertad del ¡sí!

El Amor no requiere decirse, se transforma en unión de intereses y vidas que saltan al vacío sin dejar de mirarse, sin más explicaciones rompe las ataduras, todas ellas, y aprende a mantener el ritmo de los pasos, los que con Él culminen en el Reino.

viernes, 16 de enero de 2009

2º Ordinario, 18 enero, 2009

1º Samuel 3: 3-10, 19; Salmo 39; 1ª. Cor. 6: 13-15, 17-20;
Jn. 1: 35-42.

El Señor, en la Epifanía ilumina a todos los hombres, con su Bautismo los purifica, con su Voz, que llama constantemente, los guía; los que lo aceptan, son llamados “hijos de Dios” que invitan a la tierra entera a que entone himnos en su honor. Si nos encontramos entre ellos, nuestros días transcurrirán en su paz.

Finalizó el tiempo de Navidad, inicia el Tiempo Ordinario, semana tras semana, meditaremos, paso a paso, las acciones, los dichos, las enseñanzas, la voz de Jesucristo. Oírlo, sentirlo cercano a cada hombre, encontrar dónde vive y aprender a pasar toda la tarde escuchándolo, nos hará comprender la inquietud que lo invade: ¡Conóceme, acéptame, sígueme!

En Samuel admiramos una fe obediente, que supera flojeras, que tres veces se yergue, presurosa, en medio de la noche, que no pone pretextos y en su constancia abre, todavía sin saberlo, su interior para que el Espíritu del Señor halle en él su morada.

Responder al llamado en silencio expectante, delinea lo que ha de ser la oración cristiana: “Habla, Señor, tu siervo te escucha”. ¡Interioridad, discernimiento; percepción de la Voz, para superar los ruidos que adentro provocamos y los que desde fuera aturden!

Captada, sin temores, la llamada, hace surgir la respuesta a tono con el Salmo: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”, y completamos alegres y sinceros: “Lo que deseo: tu ley en medio de mi corazón”.

El Señor nos habla en muchas formas, la paciencia es necesaria, seguimos como escuchas, pero el amor nos urge a salir al encuentro; no interrumpir los pasos tras aquel al que Juan señaló como “El Cordero de Dios”; que el asombro lo alcance y los labios enuncien la pregunta que inicie el diálogo profundo: “¿Dónde vives, Rabí?” Su respuesta nos llevará con Él, “Vengan a ver”. Con Él descubriremos que son posibles la paz y la amistad.

La convivencia pone el corazón a disposición de Dios. Haber “visto” a Jesús en su pobre morada nos invita a ofrecernos para que nos habite. La comunicación con Él, y el descubrir la Verdad, harán brotar el ansia de decirla a los otros.

La experiencia vivida exigirá anunciarla para que todo aquel que la oiga, pueda sentir el mismo pero diverso gozo, según el nombre con que La Voz lo nombre. Ya lo sabemos, el que pone nombre a los seres, es dueño de los mismos; el Padre nos ha nombrado hijos en el Hijo, por tanto “ya no somos dueños de nosotros mismos”, “somos miembros de Cristo y nos hacemos con Él un solo espíritu”. ¡Glorifiquemos a Dios con nuestro ser entero!

jueves, 8 de enero de 2009

2º Navidad, El Bautismo del Señor, 11 Enero 2009.

Is. 55: 1-11; Salmo 12; 1ª Jn. 5: 1-9; Mc. 1: 7-11.

“Después de que Jesús se bautizó, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo se posó sobre Él, y resonó la voz del Padre que decía: Éste es mi Hijo amado, en quien he puesto todo mi amor”. Materia para reflexionar íntimamente es a lo que orienta la Antífona de Entrada. Jesús se ha hecho en todo igual a nosotros menos en el pecado; Él no precisa del Bautismo de arrepentimiento, pero desea comenzar su vida pública mostrándose “como simple hombre” (Filip. 2: 7); se ha preparado durante 30 años en la soledad, en el anonimato, en la constante relación con el Padre. No con palabras sino con actitudes sencillas, humildes, irá corrigiendo, y ahora comienza, las expectativas mesiánicas del pueblo de Israel: nada de poder, ni exterminio, ni temor a la ira de Dios, (algo totalmente impensable), “ni el hacha tocando la base de los árboles, y todo árbol que no da buen fruto será cortado y echado al fuego” (Mt. 3:10), sino amigo de los hombres, derrochador de misericordia y comprensión, cercano a los pobres, débiles, enfermos y desvalidos, por eso “se abren los cielos”, para significar que la Alianza, la Promesa sigue en pie, que la gratuidad venida desde el Padre, continua llegando a todos los hombres: “como bajan del cielo la lluvia y la nieve y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar…, así será la palabra que sale de mi boca, no volverá a mi sin resultados, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión”.


La Palabra del Padre confirma a Jesús como Su Palabra que unirá cielo y tierra, que nos enseñará a comprender que “sus pensamientos no son nuestros pensamientos, ni nuestros caminos son sus caminos”. El único camino para llegar al Padre es y será, exclusivamente, Jesucristo, y para que se acreciente nuestra fe, nos permite escuchar la gran Revelación: “Tú eres mi Hijo amado, Yo tengo en ti mis complacencias”. Cristo que llega a “cumplir la misión que el Padre le ha encomendado”. Él es “la fuente de la que sacaremos agua con gozo, para nuestra salvación”; es quien nos ofrece, “trigo, vino y leche, sin pagar”; “préstenme atención, vengan a mí, escúchenme y vivirán”.

¿En qué gastamos y nos gastamos?, ¿caminamos por senderos derechos, proseguimos en la tarea de preparar, constantemente, el camino del Señor?, ¿aceptamos la nueva visión que Jesús nos trae, sabiendo que no concuerda con nuestros sentimientos, con nuestros apetitos, con nuestras inclinaciones y deseos?

Sacudamos la modorra interior y tomemos muy en serio la Palabra que se expresa en San Juan: “Nuestra fe es la que nos da la victoria sobre el mundo. Porque ¿quién es el que vence al mundo? Sólo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios”. Ya hemos sido bautizados no solamente en agua, sino en agua y con el Espíritu. Hemos recibido la semilla, el germen que, si lo dejamos crecer, precisamente, por la acción y obra del Espíritu, nos hará capaces de irnos configurando a la imagen del Hijo de las complacencias del Padre y seremos “verdaderos hijos por adopción” (Rom. 8; 15)´

Ha llegado el más fuerte, el que ha vencido a la muerte y al pecado con su muerte, su sangre y el Espíritu. La gratuidad, a pesar de serlo, pide nuestra respuesta en reciprocidad y ésta consiste en que no solamente creamos que “Jesucristo es el Hijo de Dios”, sino en que vivamos según su ejemplo, para que el Padre pueda decir de cada uno de nosotros: “éste es mi hijo muy amado, esta es mi hija muy amada, en ellos tengo mis complacencias”. Nuestra meta: ¡Vivir a gusto de Dios!, como lo hizo Jesucristo.

martes, 16 de diciembre de 2008

4º Adviento, 21 Diciembre 2008.

2º Samuel 7: 1-5, 8-12, 14. 16; Salmo 88; Rom. 16: 25-27; Lc. 1: 26-38.

El Señor nos esclarece más y más la razón de nuestra alegría, la invitación que nos dejaba algo perplejos la semana pasada, pues nos sentíamos como sin luz, sedientos, perdidos en el camino, hoy se ve iluminada por la misma Palabra de Dios a través de Isaías, Palabra que anuncia, para nosotros, lo que ya es Historia, pero que la humanidad tuvo que aguardar siglos para contemplarlo: “Destilen, cielos, el rocío, y que las nubes lluevan al Justo; que la tierra se abra y haga germinar al Salvador”. Unión de lo divino y lo humano, el cielo, que sensiblemente imaginamos “arriba”, y la tierra, nuestro barro, nuestra pequeñez, nuestra debilidad, pero que recibe una fuerza tal que, por la presencia activa del Dios Trinitario, es cuna humana de Jesús, el Emmanuel, el que realiza, desde la Encarnación hasta la Resurrección y Ascensión, sin olvidar el paso amargo de la Pasión y de la Cruz, la total afirmación del “Dios con nosotros”.

En la primera lectura, David desea construir una “casa” para Yahvé, pero a través de Natán, Dios mismo le hace cambiar la visión: no quiero un espacio reducido, mi casa son los hombres, mi casa no son piedras inanes, es mi Pueblo, ustedes “piedras vivas en las que se va edificando el templo espiritual” (1ª. Pedro 2: 5); especialmente es “la dinastía que te prometo, es tu hijo y es Mi Hijo”, “es el trono y el reino que será estable eternamente”. Ya está gestado el Misterio que se mantuvo secreto durante siglos y que ahora ha quedado de manifiesto, en Cristo Jesús, “para atraer a todas las naciones a la obediencia de la fe”. Sin duda resuenan las palabras de Jesús: “Dichosos ustedes porque oyen”; el misterio aunque siga siendo misterio, ahora nos permite entrever su contenido porque el Señor se ha hecho presente entre nosotros; pero no basta con oírlo, la respuesta ha de ser: aceptar a Jesús “todo entero”, sin convencionalismos, sin partijas, en la radicalidad de su entrega, de su amor, de su obediencia al Padre. Por eso, “el Hijo de las complacencias del Padre”, ya heredó y convirtió la promesa en realidad “al heredar el trono que será estable eternamente”. Están abiertas las puertas del Reino, e invitados todos los hombres a pasar el umbral y unirse al canto de alabanza con todos los que han aceptado y seguirán aceptando, -confiamos contarnos entre ellos-, ingresar a la Gloria: “Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor”.

En los domingos anteriores, personajes sin tacha, que no pusieron “peros” al Espíritu de Dios, Isaías y Juan Bautista, nos mostraron cómo prepararnos a la venida del Señor. Al concluir el Adviento, María centra nuestra atención; Ella es el último eslabón en la larga cadena de personas a las que Dios invitó a colaborar para hacer posible que el Verbo de Dios, Jesús, se hiciera hombre. ¡Cuánto debemos aprender de Ella!

María, “llena de Gracia”, aprendió a decidir desde la fe y la confianza, desde la penumbra de lo incomprensible, pues no puede acceder a la evidencia que proviene de la clara manifestación del ser, y acepta la palabra del ángel, testigo que sabe lo que dice y dice lo que sabe, al fin y al cabo cumplidor de la misión recibida de parte de la Trinidad, y se deja cobijar por “la sombra del Espíritu”.

La total disponibilidad de María, aun cuando le sea imposible entender todo lo que encierra la petición de Dios –Él siempre pide permiso para entrar a los corazones-, accede a salir de sí misma y deja que Dios disponga de su vida: “Yo soy la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que has dicho”. Dios quiso y quiere tener necesidad de los hombres. Que en cada uno de nosotros, como en María, “Jesús se haga carne y habite desde nosotros, para todos los hombres y mujeres de nuestro mundo”.

martes, 9 de diciembre de 2008

3º Adviento, 14 Diciembre 2008

Is. 61: 1-2, 10-11; Salmo Lc. 1 “Magnificat”; 1ª. Tess. 5: 16-24; Jn. 1: 6-8, 19-28.

Estamos a mitad del Adviento, tiempo de preparación que nos ha sugerido penitencia, austeridad, conversión y ahora se abre la liturgia con una exclamación de Alegría; es el gozo que florece en rosa: “Estén siempre alegres en el Señor, se lo repito, estén alegres. El Señor está cerca”.
¡Señor, Tú conoces mejor los tiempos que vivimos: violencia, secuestros, seres que vienen desde Ti y han olvidado la sensibilidad con que los creaste, problemas económicos y a pesar de ellos, consumismo desbordado; ¿a cuántos inocentes has recibido últimamente, lastimados, heridos, balaceados?, y nos pides que estemos alegres!, ¿de dónde provendrá la fuerza que provoque y mantenga la alegría?

Buscamos en nuestros interiores y encontramos vacío; ansiamos una paz que no puede brotar desde nosotros; se ha perdido el amor entre los hombres y con él la convivencia y la sonrisa franca; nos acechan temor y desconfianza, la mirada se nubla y el corazón se seca, ¿dónde encontrará su estancia la alegría?

Bordeamos tu misterio y el nuestro, nos urge tu presencia, con ella, como guía, podremos traspasar la nube que nos cerca y encontrar, en claridad, la Luz de tu Palabra.
Para ello te pedimos “¡danos un corazón nuevo!”, una inteligencia limpia y transparente que discierna, separe, “y conserve lo bueno”. Así podremos penetrar la promesa y su entraña; llegar a las raíces del ser que somos para Ti, “ungidos por tu Espíritu”, como nuevos profetas, captaremos tu mensaje de salvación, de cura, de liberación y gracia y entonces llegaremos al fondo, donde nace la fe, el cauce que desborda toda limitación y que llena de paz el ser entero: “espíritu, alma y cuerpo”, para prorrumpir en cantos de alabanza y gratitud; revestidos de Ti, con corona y vestido de bodas, surgirá, como árbol frondoso, la auténtica alegría. ¡Es otro el nivel al que nos llamas! “Tú eres fiel y cumples tu promesa”.

Pensando en los testigos, encontramos cuatro voces en bello tetragrama: el Profeta, María, Juan y Jesús; acordes componen la sinfonía perfecta que teje la esperanza. La relación entre Dios y el ser humano se transforma, es el tono concreto de Isaías, vuelve a ser una alianza de amor, cimiento firme en donde crezca el Reino.

María que al aceptar, confiada, la propuesta de Dios, exulta en el júbilo que sólo puede llegar por el Espíritu.

Juan, interrogado, niega y afirma, “Yo no soy el Mesías, ni Elías ni el profeta”; no rehuye la confesión personal: “¿Qué dices de ti mismo?”, su afirmación es clara: “La voz que grita en el desierto: enderecen el camino del Señor”. Pudiendo hacerse pasar por el Mesías, rodeado del apoyo y admiración del pueblo, opta por la verdad, por lo que es, por lo que quizá desde la obscuridad de la fe, ha recibido como misión: ser heraldo y advertir que “El que viene, ya está entre ustedes”, ¡abran los ojos, el corazón y los oídos, pues de otra forma no lo reconocerán! (¿Qué decimos nosotros de nosotros?)

Jesús, el Esperado, “el Hijo de las complacencias del Padre”, no habla ahora, pero ya prepara la presentación definitiva al citar en la Sinagoga de Cafarnaúm, las palabras que hoy hemos escuchado de Isaías y afirma, sin rodeos. “Esta escritura que acaban de oír se ha cumplido hoy”. (Lc. 4: 16-21)

Con esta compañía y con sus vidas, resuenan nuevamente, ahora comprendidas, las palabras con que abrimos la liturgia: “Estén siempre alegres en el Señor, se lo repito, estén alegres. El Señor ya está cerca”. Señor que podamos decir: ¡ya estás dentro!

miércoles, 3 de diciembre de 2008

2º de Adviento, 7 Diciembre 2008.

Is. 40: 1-5, 9-11; Salmo 84; 2ª. Pedro 3: 8-14; Mc. 1: 1-8.
“Mirar y oír”, nos pide la antífona de entrada; captar y aceptar que la “voz del Señor es alegría para el corazón”. Prosigue el juego de “los encuentros”; el Señor que viene, nosotros que, esperanzadamente, lo esperamos. Jesús ya vino, sigue viniendo y volverá definitivamente. Nuestra vida se va desarrollando entre dos realidades: la historia y el proyecto; entre ellas, nuestro presente que rápidamente se vuelve historia y que, ojalá, llene de luz los momentos que sigan, sean cuantos sean, porque, fincados en la Palabra de Dios, sabemos que nos acercamos al consuelo, sabemos que han sido purificadas nuestras faltas, no por méritos nuestros, sino por su misericordia.
Oigamos, con corazón dispuesto, “la voz que clama”: preparen el camino del Señor, que el páramo se convierta en calzada, que no se encuentren honduras tenebrosas ni cimas egoístas prepotentes, nada de senderos con espinas ni curvas que retrasen la llegada. Que retumbe, sonora, en los oídos, la Buena Nueva, la Noticia que deshace los nudos y aleja los temores; no es un desconocido quien se acerca, es el Señor que en su bandera ya tiene grabada la señal de ¡Victoria!; triunfa no a base de fuerza ni violencia, sus armas son la ternura y la bondad. La imagen del Pastor se vuelve realidad: “llevará en sus brazos a los corderitos recién nacidos y atenderá solícito a las madres”. ¿En qué mejores manos podemos descansar, seamos pequeños o adultos, pecadores o esforzados sinceros que, en verdad, deseamos encaminar los pasos y deseos, ya no sólo a la voz sino aún más allá, a la Palabra que le da sentido y cumplimiento?

Al meditar el Salmo, lentamente, hallamos la súplica cumplida: “La misericordia se ha mostrado por entero, entre nosotros habita el Salvador”. Con Jesús en el pesebre y en la vida, llegaron la paz y salvación; se han unido, de modo inseparable, la justicia y la paz que tanto deseamos; Él abre ancho el camino para que, siguiendo sus pasos, podamos dar la dimensión exacta a las creaturas, -todas y cada una relativas-, y evitar los tropiezos que impidan coronar los esfuerzos por llegar, con la Gracia, al goce de la Gloria.

San Pedro nos recuerda que el tiempo es solamente nuestro, que vamos de un “antes” a un “después”; una invención que atrapa y nos enreda, nos agita y preocupa, nos sirve de pretexto para impedir confrontaciones serias y alargar decisiones indefinidamente: “después pensaré y podré realizarlo”…, en vez de pisar realidades, vivimos en conceptos, en “terrenos aéreos” que podemos manejar al antojo, hacer y deshacer la exigencia molesta y convertirla en sueño, en lejano deseo, en ausencia que borra el esfuerzo y la entrega, en vano intento de evitar el encuentro final con el Señor que está a la espera de cumplir su promesa hecha mucho antes del “tiempo” y durará “sin tiempo”.

¡Nos urge estar en sintonía de eternidad! ¡Ya la estamos viviendo! “Vamos dando pasos “sin tiempo”, en “tiempo apenas” pues “somos una conjunción de tierra y cielo”. Aceptar el concepto y volverlo concreto. Retornar a la actitud de escucha de esa “voz que clama” pero no en un desierto, sino en seres capaces de florecer en actos de amor y cercanía, de conversión constante, que confían en la fuerza del Espíritu y descubren tras la voz, La Palabra. Así “prepararemos el camino del Señor”.

martes, 25 de noviembre de 2008

1º Adviento, 30 Noviembre 2008.

Is. 63: 16-17, 19; 64: 2-7; Salmo 79; 1ª. Cor. 1: 3-9; Mc. 13: 33-37.

La búsqueda de Dios ya ha sido encuentro, y es Él, como, sin fin, lo hemos comprobado, quien da el paso hacia nosotros; siglos de espera, de súplica, de esperanza no quedan defraudados. Gozosos y admirados, constatamos que Dios, Padre amoroso, nunca olvida su alianza.

Isaías contempla a la Ciudad y al Templo derruidos, mira al Pueblo, y a sí mismo, a todos los elegidos y en ellos a todos los hombres de la tierra, que llevan y llevamos un “corazón endurecido”; eran y somos “como trapo asqueroso, como flores marchitas”, pecadores impuros y lejanos de la justicia y la verdad, paja inerte que arrebata el viento; “nadie invoca el nombre del Señor ni se refugia en Él”; todo es tiniebla y desolación; mas se eleva el grito de la fe que halla pronta respuesta: “rasgas los cielos y bajas, eres, Señor, nuestro Padre, vuelve a moldearnos con tus manos de incansable alfarero”.

Reconocer de dónde viene la verdadera sabiduría, es don de Dios. Abrir los ojos es dejar que la luz nos ilumine para “mirar su favor y ser salvos”. Por eso cantamos en el Salmo su manifestación y su poder, su visita y protección, la elección que ha hecho de nosotros y cómo nos guarda y nos renueva; sólo por Él conservamos la vida, y con la gracia y la paz que nos ha concedido por medio de Jesucristo, “crecemos en el conocimiento de la Palabra y en la fidelidad del testimonio”, hasta el día de su advenimiento para que “nos encuentre irreprochables”.

Pablo nos ha recordado que “no carecemos de ningún don”, el Señor Jesús utiliza una parábola en la que se presenta a Sí mismo como el hombre que reparte dones y tareas, advierte a todos que “velen y estén preparados porque no saben cuándo llegará el momento”, y luego sale de viaje. Cristo vino “habitó entre nosotros”, algunos no lo recibieron y siguen sin recibirlo, otros afirmamos que lo hemos recibido y que por ello, “nos hace capaces de ser hijos de Dios”, (Jn. 1: 12).

En su primera “venida” abrió caminos, ensanchó corazones, hizo resplandecer la Verdad que brotaba de Él con fuerza suficiente para ofrecer la purificación a todo hombre; si hemos profundizado en la realidad de “ser hijos de Dios”, trataremos de ser coherentes a esa filiación, a la fidelidad en el testimonio y a la actitud de “vigías y porteros” alerta, que estamos “esperando la segunda venida del Señor”, esa actitud impedirá que “nos encuentre durmiendo”, nos ayudará a “poner nuestro corazón no en las cosas pasajeras, sino en los bienes eternos”, (Oración después de la Comunión) y a hacerle caso al Señor que por tres veces nos advierte: “Velen”.

Adviento es tiempo de preparación y esperanza, es tiempo para hacer, con especial finura, el examen de nuestra conciencia y de mejorar nuestra pureza interior para recibir a Dios en Jesucristo; tiempo para pensar, con detenimiento, ¿Quién viene, de dónde viene y para que viene?

Que Jesús mismo, en la Eucaristía que celebramos, nos llene de estas actitudes positivas, para que su llegada produzca frutos de amor y de salvación.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

34º Ord. Cristo Rey, 23 Novembre, 2008.

Ez. 34: 11-12, 15-17; Salmo 22; 1ª. Cor. 15: 20-26, 28; Mt. 25: 31-46.

Finaliza el Tiempo Ordinario con la Festividad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo. Es la coronación del Año litúrgico del Ciclo A. El próximo domingo inicia el Adviento, continuará la invitación para acompañar a Jesús en su “acampar entre nosotros”, a permanecer atentos a la escucha de su voz que nos guía como Pastor, Rey y Soberano; imágenes que utiliza el Profeta para que percibamos la cercanía de Dios, quien, lo sabemos, “aun antes de saber que lo sabíamos”, toma la iniciativa de la búsqueda y el encuentro, del cuidado, del robustecimiento, de la participación de su vida, de poner a nuestro alcance la paz, el bienestar, la felicidad, la seguridad, la novedad siempre nueva, el camino hacia verdes praderas y hacia fuentes tranquilas, y, también, no podemos ignorarlo, a prever el momento final de rendir cuentas, el juicio.

Ya Homero llamaba a los soberanos “pastores de los pueblos”, cuánto más aplicable el título a Jesucristo, “el Cordero inmolado, digno de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. A Él la gloria y el imperio por los siglos de los siglos”. Es la realización perfecta del Pastor, jamás buscó su propio bien, nunca obró por egoísmo, se enfrentó a todos los poderes buscando siempre el bien de los hombres y mujeres marginados, pobres, inútiles y despreciados, “nos rescató, no a precio de oro ni plata, sino por su sangre derramada” (1ª.Pedro. 1: 18-19); “dichosos los que han lavado sus vestiduras con la sangre del Cordero, estarán ante el trono de Dios, sirviéndole día y noche”. (Apoc. 7: 14)

Es Jesús, la Piedra sobre la que todo está fundado, el que libera de toda esclavitud, “primicia de los resucitados”, único Puente para volver a la vida, Mediador entre el Padre y la humanidad, ejemplar del hombre nuevo, Vencedor del mal y de la muerte, Consumador de toda perfección para que “Dios sea todo en todas las cosas”.

Preguntémonos si es Dios, si es Cristo, quien reina en nuestro corazón, si de verdad sentimos en el interior la inhabitación del Espíritu Santo, si en nuestro caminar tenemos a Dios y a Cristo como un mero “factor significativo”, que aparece en algunos momentos de la vida: bautizos, primeras comuniones, bodas, sepelios, que en la alegría o la tristeza, en la angustia y la impotencia, lo traemos brevemente a la memoria, nos conmovemos y después olvidamos. O bien es un “factor determinante”, el que orienta nuestras decisiones para buscar, encontrar y vivir según su voluntad, el que mantiene nuestra mirada hacia el Reino. Mejor aún si ya ha llegado a ser en nosotros “factor único”, de modo que no elijamos sino lo que sea para su Mayor Gloria, entonces sí que habremos escuchado claramente y seguido la Voz del Pastor, Rey y Guía.

El Evangelio de hoy es el mismo que leímos y meditamos el día de la conmemoración de los fieles difuntos. Ellos ya fueron examinados, confiamos en la misericordia de Dios que hayan sido aprobados, pues supieron, de antemano, como ahora nosotros, las preguntas de la evaluación final: ¿Amaste a cuantos encontraste en tu vida?, ¿serviste de enlace entre ellos y Yo?, ¿aceptaste a todos sin distinción y especialmente a los más necesitados?, entonces: “Ven bendito de mi Padre, toma posesión del Reino preparado para ti desde la creación del mundo”. “Entonces irán los justos a la vida eterna”. ¡Señor contamos con tu gracia para que nuestras respuestas ya sean correctas desde ahora!

miércoles, 12 de noviembre de 2008

33º Ordinario, 16 noviembre 2008

Lecturas del día
+ Proverbios 31: 10-13, 19-20, 30-31;
+ Salmo 127;
+ 1ª. Tess. 5: 1-6;
+ Mt. 25: 14-30.

Dios nos abre “su corazón”, ¿de qué otra forma podríamos conocer sus designios?, y al escucharlo, nos reconforta y nos anima, cuanto viene de Él nos llega envuelto en la Paz, “en la que el mundo no puede dar”, la que ayuda a vencer toda aflicción y esclavitud, la que mantiene encendida la lámpara de la oración y la confianza, la que fija el rumbo para lograr la felicidad verdadera; felicidad que todo ser humano desea y aun cuando sea don del Señor, nuestro trabajo y servicio, como seres comprometidos con El, con los demás, con la creación entera, no pueden quedarse al margen.

Las lecturas de la liturgia de hoy ejemplifican, sapiencialmente, la necesidad del trabajo productivo, constante, fiel, generoso, de tal forma, que atienda a propios y extraños. Muy llamativo el que en una cultura que no tenía en gran aprecio a la mujer, ésta sirva como puntal para engarzar las virtudes, las actitudes, las acciones y la practicidad de quien acepta y vive su misión en la tierra, de quien ha aprendido a usar de los bienes y pone los talentos recibidos a disposición de todos. La mujer ideal que presenta el Libro de los Proverbios, la que todos desearíamos conocer y enriquecernos con su trato, tiene como corona, más allá de los encantos y la hermosura, “el temor del Señor”, temor que no provoca rigidez ni encogimiento porque pueda traer un castigo, sino que ha nacido, y perdura, de la convicción del servicio por amor a Aquel de quien todo lo ha recibido y que le hará evitar cuanto pudiera empañarlo.

El Salmo llama dichoso al hombre que ha encontrado a una mujer con tales cualidades, también el “es dichoso porque teme al Señor”, porque mantiene el mismo tono de espiritualidad y el complemento de interioridades hace que la bendición del Señor venga sobre ellos; de sobra sabemos que la bendición encierra mucho más que “el decir bien”, y si abraza a la “trinidad en la tierra”: Dios, el esposo, la esposa, asegura su permanencia. Pidamos al Señor que multiplique su Gracia sobre los matrimonios para que vivan esta íntima comunicación, que es mutuo enriquecimiento, y se prolonga en los hijos.

El fragmento de la Carta de Pablo y el Evangelio, sacuden nuestra modorra; la primera, para que tengamos presente la trascendencia y la vocación de ser “hijos de la luz y del día”, y, consecuentemente, vivamos “sobriamente aguardando el día del Señor”; Jesús, desde la parábola, relato al alcance de todos, quiere que estemos en constante vigilancia, en actividad, en responsabilidad creativa, “esperando su regreso”, porque, ya nos advierte que los talentos infructuosos, egoístas, temerosos del riesgo, acabarían, junto con nosotros, “arrojados a las tinieblas, al llanto y la desesperación”.

En cambio los trabajados con entusiasmo, fueren cuantos fueren, precisamente por la fidelidad en lo poco, pero puestos al servicio del Reino, que no es otra cosa que al servicio de los demás, serán doblados y abrirán el horizonte ilimitado.

La incertidumbre de lo incierto, se transforma en certidumbre de lo cierto: escuchar del mismo Señor el balance positivo, que por su Gracia, nos da la inacabable felicidad: “Te felicito, siervo bueno y fiel. Entra a tomar parte en la alegría de tu Señor”.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

32º Ordin. Dedicación de la Basílica de Letrán. 9 nov. 2008.

Ez. 47: 1-2, 8-9, 12; Salmo 45; 1ª. Cor. 3: 9-11, 16-17; Jn. 2: 13-22.

Conmemorar, traer a la memoria, hacer presente lo que fue y sigue siendo; el domingo pasado hicimos presentes a todos nuestros hermanos difuntos que siguen siendo, el Señor pronuncia sus nombres, porque si “llama a los astros y responden ¡Presentes!”, (Baruc 3: 35), ¿cómo podría olvidar los nombres de sus hijos? Revivamos la historia como “maestra de la vida”. Hoy celebramos la Dedicación de la Basílica de Letrán, la Catedral del Papa como Obispo de Roma, sede-símbolo de la unidad, Ella, “la Madre de todas las Iglesias”, no tanto por la antigüedad de su edificación, que también aceptamos, sino por la referencia que brota como fuente y se expande por el mundo entero: desde Pedro…, luego, en el siglo IV reciben la Basílica Melquíades, después Silvestre…, ahí se celebran cinco Concilios Ecuménicos…, hasta Benedicto XVI, eslabones que seguirán articulándose mientras el mundo dure y harán patente la promesa de Jesús: “Yo estaré con ustedes hasta el final de los siglos”, (Mt. 28:20).

¿Qué podemos aprender?: la necesidad de orar por la Iglesia y por todos los cristianos, para que ni ella ni nosotros nos quedemos apesgados en una mirada triunfalista, piramidal y engarzada con las políticas de poder, sino que volvamos a los pasos de Jesús: “No he venido a ser servido sino a servir y a dar mi vida por la salvación de la multitud”. (Mt. 20:28) Que la Iglesia, nosotros, hagamos realidad la petición dirigida al Padre Celestial: “que tu pueblo te venere, te ame y te siga, se deje guiar por Ti para llegar hasta Ti”.

Penetrando la visión de Ezequiel, encontramos “el agua que brota del templo, que baja por las laderas, que todo lo sana, que da vida, que produce frutos abundantes y duraderos”, es la salvación que viene de Dios, el agua a la que el mismo Jesús hace referencia: “Del que crea en Mí manarán ríos de agua viva”, y esto lo decía “refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en Él”. (Jn. 7: 38-39) La pregunta surge, inquietante, retadora: ¿es la Iglesia, somos nosotros, soy yo, no sólo reflejo, sino, verdad que va y vamos y voy, con la fuerza del Espíritu, “regando las laderas, sanando, purificando, haciendo brotar flores y frutos, hojas medicinales”? Tema fecundo para examinar y orar y discernir, para retomar ánimos porque se trata de una tarea, un cometido que, si bien nos compete como colaboradores, es obra de Dios, fundamentados en Cristo, Piedra Angular, pero fieles arquitectos, como Pablo quien nos exige, sensatamente: “Que cada uno se fije cómo va construyendo”. Dábamos gracias al Padre, escuchando a San Juan el domingo pasado, porque “no sólo nos llamamos, sino que somos hijos suyos”…Hoy San Pablo nos hace comprender la magnitud todavía más majestuosa que cualquier Basílica: “¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?” Creer y actuar esta revelación debe cambiar el mundo, al menos nuestro entorno: ¡Dios está en mí y está en cada hermano!

Actuemos de tal forma que el Señor Jesús no tenga que venir a expulsar de “la Casa de su Padre”, que recalquemos, somos cada uno, a mercaderes, ovejas y bueyes, a volcar las mesas del dinero, sino que nos encuentre convertidos en “casa de oración”, e igual que los discípulos, sepamos “recordar sus palabras y confirmar nuestra fe en la Escritura”.

miércoles, 29 de octubre de 2008

31º.Los Fieles Difuntos, 2 noviembre 2008

Sabiduría: 3: 1-9; Salmo 26; 1ª. Jn. 3: 14-16; Mt. 25: 31-46.
Continuamos la alegría de ayer en que conmemoramos la festividad de Todos los Santos, gozosos con cuantos “alaban al Hijo de Dios”. Santos no son únicamente los que veneramos en los altares, aquellos que han sido canonizados por ser ejemplo de fidelidad en el seguimiento de Jesucristo, sino cuantos el Padre ha recibido en el Reino y cuyas interioridades, decisiones, esperanzas y realizaciones sólo Él conocía, aquellos que ya vieron cumplida su esperanza, la que nos impulsa y alienta a no desfallecer para unirnos a la Iglesia triunfante, fiados en la abundante misericordia de nuestro Dios; Él, misteriosa pero realmente, nos hace participar de su vida divina, como dice San Juan (1ª.Jn. 1:1): “Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos”. Oteando el horizonte de eternidad, que escapa a nuestro conocimiento e imaginación, nos asegura la verdad más maravillosa: “seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es”.

Le pedíamos a Dios, en la oración del domingo pasado: “aumento de fe, esperanza y caridad”, la asistencia y fuerza necesarias para cumplir sus mandamientos y llegar al “monte donde ya está preparado el festín con platillos suculentos y vinos exquisitos”; banquete en el que sabemos que conviviremos con cuantos hemos amado, más todavía, con cuantos han amado a Jesús y han vivido su mensaje, “donde ya no habrá pena ni dolor, donde nadie estará triste, y nadie tendrá que llorar”. (Canon Niños III)

Hoy, al recordar a “los que nos han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz” (Canon Romano), los contemplamos y nos contemplamos como lo que somos: caminantes, peregrinos en busca de la Patria, sabedores de que “no tenemos aquí ciudad permanente, andamos en busca de la futura”. (Hebr. 13:14) Por la fe, que hemos pedido al Señor que nos la aumente, por la fe cuyas huellas han dejado nuestros seres queridos porque no se detuvieron en el camino, porque supieron levantarse de tropezones y olvidos, damos la dimensión exacta a la muerte, realidad incomprensible sin la seguridad de la resurrección, “si creemos que Jesús murió y resucitó, así también creemos que Dios llevará con el a los que mueren en Jesús”.
¿Cómo aprenderemos a “morir en Jesús”? San Juan nos responde en su carta: “Conocemos lo que es el amor, en que Cristo dio su vida por nosotros. Así también debemos dar la vida por nuestros hermanos”. Y “dar la vida”, no implica lo cruento del martirio, es, simplemente, hacer presente lo que escuchamos en el Evangelio el domingo pasado: “El segundo es semejante al primero: ama a tu prójimo como a ti mismo”, entonces nos prepararemos para el momento del juicio, recordando lo aplicado a San Juan de la Cruz: “en el atardecer de tu vida te examinarán del amor”, contenido tan concretamente explicitado por Jesús hoy: “cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron”.
Recordemos el cariño con que trataron a tantos nuestros difuntos y avivemos la esperanza de que hayan escuchado de labios de Jesús el llamado final: “Vengan, benditos de mi Padre; tomen el Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo”. Oremos con ellos y que ellos oren por nosotros, pues “ya ven a Dios tal cual es”, para que el Señor nos reúna, a todos, en el Reino eterno de su Gloria.

miércoles, 22 de octubre de 2008

30º Ordinario, 26 octubre 2008.

Éx. 22: 20-26; Salmo 17; 1ª. Tes. 1: 5-10; Mt. 22: 34-40.

¿Buscamos señales que nos confirmen la rectitud del camino en que andamos?, la Antífona de entrada las enciende: “Alegría porque buscamos al Señor”; si alguno se retrasa, surge el imperativo que endereza: “Busquen la ayuda del Señor, busquen continuamente su presencia”. Tres veces nos urge el verbo a movernos, porque cómodamente acomodados nada llegará mágicamente. Profundicemos en el fruto: “alegría”, y subrayemos el adverbio: “continuamente”. El encuentro con Dios es conjunción de dos Personas, Él nos busca desde siempre, no cesa de hacerse encontradizo, somos nosotros los que nos mostramos remisos y retrasamos “la alegría” que proclamamos desear tanto. ¿Tememos, acaso, tratar de ser lo que queremos ser?, repitamos con corazón consciente, la petición que juntos expresamos en la oración: “Aumenta en nosotros la fe, la esperanza y la caridad…”, actitudes, virtudes, disposiciones verticales que facilitan, desde nosotros, ese encuentro con Dios, con esas fuerzas “cumpliremos con amor sus mandatos” y llegaremos, gozosos, al único final que colme nuestro ser: a Dios mismo en el Reino de los cielos.

Amar a Dios en tono abstracto, está siempre al alcance, sin esfuerzo, vamos llenando la vida con ilusiones bellas; ¡qué fácil es soñar sin que los pies se cansen, sin que el sudor cubra la frente, sin que los huesos crujan, sin fatiga en la mente, sin movernos del sitio en que soñamos!

El verdadero amor, el que desciende y asciende en vertical, si no se muestra activo en forma horizontal, es falso y vano; busquemos en nosotros las señales que arriba pretendíamos: escuchemos al Señor: “No hagas sufrir ni oprimas al extranjero, no explotes a las viudas ni a los huérfanos…”, los he tomado a mi cuidado y “cuando clamen a mí, Yo escucharé, porque soy misericordioso”. Aleja de tu vida abusos, usuras y despojos; haz visible tu amor, ayuda a ser y a crecer, ilumina sus vidas como Yo he iluminado la tuya; te convertí en “mis manos” para alargar mis dones, ¡no las cruces!

En la carta de Pablo vemos las concreciones: los tesalonicenses fueron fuente que regó con su fe y con sus actos las provincias romanas de la Grecia y fueron difusores de la Palabra y de la Vida, su ejemplo convenció y dirigió los pasos vacilantes hasta el encuentro con el Dios vivo; la esperanza los mantuvo despiertos, preparados para la resurrección.

¡Rompamos al fariseo que traemos dentro, no hagamos al Señor preguntas necias, esas, cuyas respuestas sabemos de memoria! No indaguemos, con cara de inocencia, para obtener la clasificación exacta: “¿Cuál es el principal mandamiento?”, porque no son 631 como en el Libro de la Alianza, sólo son 10, que Jesús, paciente y comprensivo, nos reduce a dos, que todos conocemos, que los “teólogos de la Ley”, habrían explicado muchas veces, el “shema Israel”, que repetían mínimo dos veces al día: “El Señor nuestro Dios es el único Señor; amarás al Señor tu Dios, con todo el corazón” , como está en Deuteronomio 6: 4-5. Pero Jesús completa con el otro precepto, por tantos olvidado, incluidos nosotros: “El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. (Lev. 19: 18). Nos parece escuchar lo que dijo en otra ocasión: “haz esto y vivirás”, porque “en estos dos mandamientos están sostenidos toda la Ley y los Profetas”. ¡La señal luminosa está encendida, no queramos quedarnos en tinieblas!

miércoles, 15 de octubre de 2008

29º Ordinario, Domingo de las Misiones, 19 octubre 2008.

Is. 56: 1, 6-7; Salmo 66; 1ª. Tim. 2: 1-8; Mt. 28: 16-20.

Podemos decir que es “nuestro domingo”, “el domingo especial de la Iglesia”, el domingo del “envío universal” que eso significa Misión.

El Señor Jesús ha completado la Obra del Padre, ha convivido con nosotros, nos “ha dado a conocer todo lo que ha oído del Padre” (Jn. 15: 15), nos llama amigos, ciudad construida en la cima de una montaña, luz que alumbre, por las obras, a los demás hombres para que den gloria al Padre que está en los cielos, Viña escogida, sarmientos que quieran permanecer unidos a la vid para dar frutos abundantes que perduren, fermento en la masa, semillas que crezcan de tal forma que los pájaros puedan hacer nido en “nuestras ramas”.

Podríamos encontrar muchas otras referencias y enriquecerlas con las vivencias de los Apóstoles y de la Iglesia Primitiva que tenía la conciencia de “poseer una sola alma y un solo corazón”, que “se alimentaba con la oración en común, con la Palabra viva y con el Pan compartido”, que hacía vibrar los interiores de quienes la miraban, al grado de exclamar: “miren cómo se aman”. (Hech. 2: 42-47) Iglesia que había nacido del último deseo de Jesús: “Ámense los unos a los otros como Yo los he amado”, (Jn. 13: 34-35); deseo y ejemplo que permanecen activos y que Él sigue aguardando que se conviertan en signo convincente de una comunidad que alienta, que contagia alegría, que ora y trabaja para que surja una humanidad nueva guiada por la unidad de la fe y la promoción de la justicia.

Los cimientos aparecen, en el mensaje que Yahvé proclama por boca de Isaías: “Velen por los derechos de los demás, practiquen la justicia…”, tan actual como lo es su Palabra; tan comprometedora para todo tiempo, y si cabe, más, en la época y circunstancias que vivimos y que envuelven, prácticamente al mundo entero, pues no solamente parece, es real la despreocupación por esos derechos universales, por la justicia que libera, que, de vivirse honestamente, se convertirá en camino que unirá a todos los pueblos, que conducirá a la paz y a la profunda alegría.

Lo que por nuestras propias fuerzas no podemos lograr, sí lo pueden la fe y la oración “por todos los hombres y en particular por los jefes de Estado”, por todos aquellos que tienen la responsabilidad de procurar la paz y el respeto; así estaremos en consonancia con la Voluntad de Dios “que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad…, que el mundo se vea libre de odios y divisiones.”

Señor, ¿es lo que esperas de nosotros? Escuchamos su respuesta: “Como el Padre me envió, así los envío a ustedes” (Jn. 20: 21), “Vayan a todas las naciones y enseñen”. Somos Iglesia Peregrina, partícipes de la misión salvífica, fincados en la fe y en la esperanza, en el conocimiento que, con la luz del Espíritu Santo, tratamos de comunicar en fidelidad al Evangelio, en relación Trinitaria, “bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, para cumplir “todo lo que Yo les he mandado”.

El envío y el reto nos sobrecogen, pero Jesús, conocedor de nuestra debilidad y nuestros miedos, nos conforta, nos asegura, nos fortalece: “Sepan que Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. ¡Gracias, Señor!, sólo así podremos “evangelizarnos para evangelizar”.

martes, 7 de octubre de 2008

28º Ordinario, 12 Octubre 2008.

Is. 25: 6-10; Salmo 22; Filip. 4: 12-14, 19-20; Mt. 22: 1-14.

Iniciamos la liturgia dirigiéndonos a Dios desde una proposición condicional: “Si conservaras el recuerdo de nuestras culpas…”, condicional que se purifica con una adversativa que nos llena de paz; “pero Tú eres Dios de perdón”. ¿En Quién sino en Él encontraremos la salvación, la definitiva, la aceptación gratuita al Banquete?

Ya prevemos en la oración la petición que impedirá que, una vez en la sala de la boda, nos mire el Señor sin el traje de fiesta: “que tu Gracia nos inspire y acompañe siempre”, para que podamos hacer vida la Vida del Reino: reconocerte como Padre y servirte, redivivo, en cada uno de nuestros hermanos.

¡Alegría, convivencia, gozo, canto, música, exquisitez, ausencia de temores, de lágrimas, de muerte!, imagen, muy a nuestro alcance, de lo que nos espera. Estar con Dios tiene que ser dinamismo y fiesta porque Él está con nosotros y nosotros con Él; su “mano reposará” en cada ser humano, no sólo sobre “el monte de Jerusalén”, el Señor Dios es “para todos los pueblos”, no solamente no habrá, ¡ya no hay velo que cubra y obscurezca!, porque “la ciudad no necesita la luz del sol ni de la luna, ya que la gloria de Dios la ilumina, y su lámpara es el Cordero”. (Apoc. 21: 22)

Brilla con nuevo resplandor nuestra esperanza expresada en el Salmo: “Habitaré en la casa del Señor toda la vida”, la causa que la fortalece nos llega desde Aquel que nos guía, la condición: ¡reconocer su Voz!: “El Señor es mi pastor, nada me falta, hacia fuentes tranquilas me conduce y repara mis fuerzas…, Él llena mi copa hasta los bordes”. El camino está trazado, más aún se ha convertido en el Único Camino: Jesús que avanza por llanos y montañas, por senderos escabrosos y a veces difíciles, pero no hay otro; es el que nos llevará, seguros, al Banquete, a la Casa del Padre, a la casa de todos.

Aprendamos, como Pablo, a vivir en la escasez y en la abundancia, a agradecer al Señor en toda ocasión, a encontrar que “en Él, todo lo podemos”, y de modo específico a socorrer a quien lo necesite, conscientes de que, de una u otra forma, “remediará todas nuestras necesidades”.

En la parábola del banquete de bodas, Jesús retoma el mensaje de Isaías, el mensaje del Padre: “todo está preparado”, y ¡con cuánta esplendidez!: es la boda del Hijo, el encuentro proyectado entre Dios y la Humanidad en Cristo Jesús; parece que la fiesta se frustra, los invitados se niegan, unos presentan sus excusas, otros llegan hasta el rechazo violento: agresión y muerte a los mensajeros; de verdad reacción inentendible; pero el Rey, - el Dios siempre Mayor – encuentra soluciones que den paso a la fiesta: “salgan a los cruces de los caminos y conviden a todos los que encuentren, “malos y buenos” , hay sitio para todos, la invitación es universal, se extiende hasta el último hombre. Dentro de la parábola “la cólera del rey”, no deja de estremecerme, no puedo imaginar a mi Dios violento, lo que sí me aplico es ¿cómo intentar pasar inadvertido “sin el traje de fiesta”? En casos semejantes, el rey proporcionaba todo lo necesario a aquel que nada tenía, ¿por qué no lo pidió? Nosotros recibimos el traje regalado: estamos “revestidos de Cristo”, en Él nos reconocerá el Padre…, ¿lo cuidamos con esmero?

lunes, 29 de septiembre de 2008

27º Ordinario, 5 octubre, 2008.

Is. 5: 1-7; Salmo 79; Filip. 4: 6-9; Mt. 21: 33-43.

“Todo depende de tu voluntad. Señor, nadie puede resistirse a ella”. Es verdad, somos creaturas, “hechura de Dios” que gozaremos de esa realidad tanto cuanto aceptemos que “la creación es una dependencia para la libertad”; no es contradicción, es lo más nuestro de nuestro ser: seremos auténticamente libres desde la total aceptación de nuestra cuádruple relación con Dios: creaturas, contingentes, relativos, hijos e hijas; de no convertirla en vida, aunque nunca dejaremos de ser “hechura de Dios”, nos estaremos resistiendo a su Voluntad; somos los únicos que, usando mal del precioso don de la libertad, podemos romper el plan de Dios: “Ninguna creatura estorba a su compañera, nunca desobedecen las órdenes de Dios”, (Eclesiástico 18: 28), por eso le pedimos que continúe “dándonos más de lo que merecemos y deseamos, perdone nuestras ofensas y nos otorgue lo que necesitamos”, para realizar siempre lo que espera de nosotros.

Por tercer domingo consecutivo encontramos la comparación de la Viña; primero fueron los contratados por el dueño, a diversas horas y comentábamos que nunca es tarde para trabajar por el Reino; después la petición del padre a los hijos para que fueran a trabajar, y con seguridad nos vino a la mente la palabra de Jesús: “No el que me dice, Señor, Señor – ya voy – sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos”; ahora “el canto a la viña”, poema de contrastes, desde el cariño del amado que limpia, prepara, construye, confía y aguarda, hasta le decepción: “¿Qué más pude hacer por mi viña que no lo hiciera?”; los frutos jamás aparecieron.
La reacción es violenta: rompe y derriba, deja esa tierra querida a su propia suerte que, alejada de la mano protectora, producirá solamente “abrojos y espinas”. Israel, “la plantación preferida”, se convirtió en erial porque la justicia ya no encontraba lugar en sus corazones. “El dolor y la tristeza” del Dueño, del Señor, parece que no acaba, sigue buscando frutos en el nuevo Israel, en la Iglesia, en cada uno de nosotros. Que encuentre nuestra súplica humilde: “vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala; protege la cepa plantada por tu mano…, ya no nos alejaremos de Ti…, míranos con bondad y estaremos a salvo”. Aquí encontraremos “la Paz de Dios que sobrepasa toda inteligencia”, entonces la fidelidad nos sostendrá para buscar y cumplir “lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable y honroso”. Volviendo sobre la no contradicción: “la creación, una dependencia para la libertad”, hallamos su profundo sentido: somos de Dios y para Dios.

Jesús hace la aplicación de Isaías, la actualiza, compromete a los Jefes del pueblo, y en ellos a todo ser humano, a conocer y reconocer “la historia de la Historia”; nadie es simple espectador, todos somos actantes, libres para aprender y decidir, libres para aceptar y proseguir, libres para escoger o desechar la Piedra que sostenga, con firmeza, el proyecto de casa que queremos. El tiempo aún es nuestro, mientras tengamos tiempo.

¡Señor, Tú nos plantaste, nos has cuidado con un esmero que sólo encontramos en Ti, nos llenas de gracias y oportunidades, iluminas las mentes y enciendes los corazones!, una vez más te pedimos nos des “aquello que necesitamos” para que nunca perdamos el Reino, sino que demos frutos que duren para siempre.

lunes, 22 de septiembre de 2008

26º ordinario, 28 septiembre 2008.

Ez. 18: 25-28; Salmo 24; Filip. 2: 1-11; Mt. 21: 28-32.

“Podrías, Señor, hacer recaer sobre nosotros todo el rigor de tu justicia…”. Ese tiempo condicional podría hacernos temblar como resultado de un sincero examen de conciencia, de una introspección profunda, de un recorrer nuestras intenciones y más aún nuestras acciones, porque ¿quién habrá que encuentre en su ser la transparencia total?; lo que ciertamente encontramos es que “hemos desobedecido tus mandatos, hemos pecado contra Ti”; reconocer el desvío es el principio para corregir el camino, eso ya es Gracia, y continuará actuando positivamente al afianzarnos en que Dios “hace honor a su nombre y nos trata conforme a su inmensa misericordia”. Experimentar su presencia, su cercanía, su comprensión, evitará que “desfallezcamos en la lucha por obtener el cielo que nos ha prometido”. No está de más recordar que el cielo no es un sitio, es donde el Señor está, y que inicia aquí, en el cumplimiento de su voluntad.

¡Cómo nos parecemos a Israel cuando nos atrevemos a juzgar a Dios sin habernos visto previamente! ¡Con qué facilidad encontramos culpables a quienes achacar los males, las desgracias, los infortunios y dejamos de lado nuestra responsabilidad al tomar decisiones! Seguirá siendo un misterio la conjunción de nuestra libertad y la acción que Dios nos ofrece para la salvación; el profundo respeto que manifiesta por nuestro ser y al mismo tiempo la paciente espera de nuestra respuesta que anhela en el versículo 23, poco antes de lo que hoy leímos: “que enmendemos nuestra conducta y vivamos”.

¡Vivir en paz y en convivencia, en la seguridad, toda la que pueda darnos una conciencia, avalada por la fuerza del Espíritu Santo, recta y honesta, que pide “encontrar sus caminos para tener todos, los mismos sentimientos que Cristo Jesús, evitar rivalidades y buscar el interés de los demás antes que el propio”.

Aquí está condensado el trabajo en la viña, para realizarlo, no de cualquier manera, sino conforme al Ejemplar: Cristo Jesús, “que no fue un ambiguo sí y no; mas en Él ha habido únicamente un sí” (2ª.Cor. 1: 19), “para mí es alimento cumplir el designio del que me envió y llevar a cabo su obra” (Jn. 4:34), hasta “la muerte y una muerte de cruz”. Sin duda temblamos otra vez, pero ahora por el horizonte abierto y experimentado por Jesús: por la Cruz y Pasión a la gloria de la Resurrección, temor que amainará porque el Señor aumenta y afianza nuestra esperanza: que a salario de Gloria no hay trabajo pequeño.

El Señor nos hace la misma pregunta que a los fariseos: “¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?” ¿Con qué hijo nos identificamos? ¿Con el de las promesas amables que tratan de tranquilizar al Padre y a la propia conciencia, pero quedan al viento? ¿Ofrecemos la Paz, decimos el Amén, pedimos ser perdonados y todo se vuelve viejo cada día sin llegar a la vida?, o ¿con el de la actitud, inicialmente rebelde y egoísta, pero que aprovechó la capacidad para reflexionar, rectificar el camino y cumplir con la voluntad del Padre?

Muchas voces persisten invitándonos, sabemos que no podemos contentarnos con oírlas; todo tiempo es tiempo para crecer en coherencia de amor, pensamiento y acción. ¡Ya hemos visto!

Pidamos que la conversión prosiga como un “sí” continuado.