viernes, 30 de enero de 2026

4° Ord - 1febrero 2026.-

Primera Lectura: del libro del profeta Sofonías 2, 1-12-13
Salmo Responsorial, del salmo 145: Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 1: 26-34
Evangelio: Mateo 5:1-12.

El martes terminó la octava de oraciones por la unión de las Iglesias, hoy le pedimos al Señor que nos reúna de entre todas las naciones para agradecer su poder y cantar sus alabanzas. Todo ser humano está en “la mira de Dios” en orden a la salvación, nos rodea a todos con un infinito abrazo de su paternidad y, para tratar de asemejarnos a Él, pedimos en la oración “amarlo con todo el corazón y con el mismo amor, amar a nuestros prójimos.”

En la visión cristiana, si es que en verdad queremos tenerla, no cabe la acepción de personas; nuestras relaciones interpersonales no deben guiarse por simple empatía o romperse por antipatía; hay en nuestros corazones algo mucho más grande, el Señor, el Dios siempre mayor, si permitimos que su gracia actúe, seremos capaces de vivir lo que hemos pedido: un corazón, una visión, una actuación auténticamente universales.

Las tres lecturas de hoy confirman una única línea, la de Dios, iniciada desde la antigua alianza y reafirmada por Pablo, quien vive con profunda convicción el ejemplo y el mensaje del Señor Jesús.

“¿Quién será grato a tus ojos, Señor?: el que procede honradamente, el que no juzga, el que no miente, el que no es altanero”. Es tan fuerte la palabra profética, al fin y al cabo, palabra de Dios, que trasciende los tiempos y las épocas. Cala la realidad, descubre los secretos más íntimos. No tolera las acciones destructivas contra los hermanos, hace reflexionar para que nos unamos a ese “pequeño resto”, para que la justicia y la humildad nos plenifiquen. La humildad es la verdad, nuestra verdad de ser creaturas, de ser hijos, de ser hermanos; de ella brotarán la justicia, el respeto y la paz.  ¿De verdad deseamos vivir tranquilos?, sometamos a juicio nuestro proceder, ¿es fraterno o sigue los criterios de la sociedad que nos rodea, en la que estamos enclavados y cuyo único interés es el poseer, el poder, la primacía, la triste pero total ausencia de los demás en su vida.   ¡Qué diverso es el camino de dios, va, y si vamos con él, contracorriente! “No escogió a sabios y poderosos de este mundo…, sino a los pobres, a los débiles, a los ignorantes, a los que nada valen”. Contrastes golpeantes, condena flagrante del “parecer”. Nuestra única gloria es estar ya injertados en Jesucristo y gozar “en él nuestra santificación y redención”. ¡qué bien aprendió Pablo el “sermón del monte”, sin haberlo escuchado!

Al exponer el camino del reino, Jesús no utiliza el lenguaje legislativo, no da mandamientos, señala la senda que conduce a la felicidad plena, y lo hace desde él mismo, con su ejemplo. Invita a que nos centremos en lo que vale y permanece: “dichosos, bienaventurados, los pobres de espíritu”, sólo desean vivir ¡a gusto de Dios! Dichosos los que lloran ante la injusticia y la impiedad que han olvidado a Dios, los pobres y necesitados porque, libres de toda atadura,  ponen toda su confianza en el señor; los que sufren porque se sienten asociados a la pasión de cristo; los que con un corazón limpio trabajan por el bien de todos. Es un programa de vida exigente y radical, tan opuesto a los criterios del mundo, que nos advierte el mismo Jesús: “los perseguirán, los injuriarán, dirán cosas falsas de ustedes, por causa mía, pero alégrense porque su recompensa será grande en los cielos.”

El contenido y la invitación sin duda trastornan muchos de nuestros planes; las incomodidades, quizá nos atemoricen, pero, o miramos con intensos ojos de fe nuestra realidad desde la vida y la entrega de Jesús y nos lanzamos, confiados en que él y el espíritu nos sostendrán, o nos veremos arrastrados por el contrasentido que nos rodea.

La decisión de correr el riesgo y la aventura, está en nosotros, en ese ¡sí!, sin 
reticencias.

viernes, 23 de enero de 2026

3ª. Ord.25 enero 2026.-


Primera Lectura
: del libro del profeta Isaías 8: 23-9: 3
Salmo Responsorial, del salmo 26: El Señor es mi luz y mi salvación.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 10-13, 17
Evangelio: Mateo 4: 12-23

La antífona de entrada parece un eco que se prolonga desde la del domingo pasado: “canten al Señor un cántico nuevo”, la razón la hemos ido descubriendo a través de la liturgia: “porque hay brillo y esplendor en su presencia”.  Donde está Dios no puede haber tinieblas, ni obscuridad, ni titubeos.

Juan Bautista ha pedido: “enderecen los caminos, que toda montaña sea aplanada y todo valle rellenado”, alejen las intenciones torcidas, abajen la mirada soberbia, llenen de entusiasmo los desánimos, “ya llega el que existía antes que yo”. Es Jesús sobre quien ha descendido el Espíritu Santo, es Él quien conduce nuestra vida por la senda de sus mandamientos y unidos a Él produciremos frutos abundantes.

Siempre me ha atraído considerar la sagrada escritura como dos    grandes pilares, el Antiguo y el Nuevo Testamento y Cristo como el arco que los une. Desde Moisés y los profetas hasta Juan, todo va referido al momento de la plenitud de los tiempos. “en múltiples ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, nos ha hablado por su Hijo…” (hebr. 1:1).  En la primera lectura, Isaías abre el horizonte geográfico, “desde Zabulón y Neftalí, que se llenarán de gloria camino del mar, más allá del jordán, en la región de los paganos”.  Tiempos de crisis, de asedio militar de los asirios, de deportación, de tristeza y obscuridad…, pero resuena la voz profética: “ese pueblo vio una gran luz”.

San Mateo retoma esa voz que habla en pretérito, para aquellos un presente ansiado, y nos muestra a Jesús que inicia su predicación precisamente en “la Galilea de los paganos”; no donde bautizaba Juan, no en Nazareth su pueblo natal, va a Cafarnaúm a la ribera del lago, en cruce de caminos, ciudad abierta al mar, desde donde partirá la salvación para todos los pueblos.

Todavía resuena en la memoria el salmo 39 que cantábamos el domingo anterior: “aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Esto es lo que quiero, tu ley en medio de mi corazón”, que ahora complementamos con la última frase del 26: “ármate de valor y fortaleza y en el Señor confía”. Juan ha sido encarcelado, Jesús no se arredra: “comenzó a predicar. Diciendo: conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los Cielos”. Escuchándolo no podemos quedarnos sentados en las tinieblas, Cristo luz, sigue brillando, sigue llamando a la humanidad, a la Iglesia, a cada uno de nosotros, como llamó a sus primeros discípulos que, “dejándolo todo, lo siguieron”.

Ponernos, decididos, al servicio de Dios y buscar la unidad en la fe y en el amor. Que esta sea nuestra petición primordial, el día 25 comienza la octava de oración por la unión de las Iglesias, y la otra no menos necesaria: ¡danos vocaciones según tu corazón!, que las familias propicien la entrega de los hijos e hijas a la vida consagrada.

 

viernes, 16 de enero de 2026

2º ordinario, 18 enero 2026.-


Primera Lectura:
del libro del profeta Isaías 49: 3, 5-6
Salmo Responsorial, del salmo 39: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Segunda Lectura: de la primera carta a los corintios 1: 1-3
Evangelio: Juan 1: 29-34

El Señor, en la Epifanía ilumina a todos los hombres, con su bautismo los purifica, con su voz, que llama constantemente, los guía; los que lo aceptan, son llamados “hijos de Dios” que invitan a la tierra entera a que entone himnos en su honor. Si nos encontramos entre ellos, nuestros días transcurrirán en su paz.

Finalizó el tiempo de Navidad, inicia el tiempo ordinario, semana tras semana meditaremos, paso a paso, las acciones, los dichos, las enseñanzas, la voz de Jesucristo. Oírlo, sentirlo cercano a cada hombre, encontrar dónde vive y aprender a pasar toda la tarde escuchándolo, nos hará comprender la inquietud que lo invade: ¡conóceme, acéptame, sígueme!

Isaías adelantó el canto del siervo sufriente, que nos anima a aceptar la realidad total de Jesucristo, captada, sin temores, la llamada, hace surgir la respuesta a tono con el salmo: “aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”, y completamos alegres y sinceros: “lo que deseo: tu ley en medio de mi corazón”.

El Señor nos habla en muchas formas, la paciencia es necesaria, seguimos como escuchas, pero el amor nos urge a salir al encuentro; no interrumpir los pasos tras aquel al que Juan señaló como “el cordero de Dios”; que el asombro lo alcance y los labios enuncien la pregunta que inicie el diálogo profundo: “¿dónde vives, Rabí?”  Su respuesta nos llevará con Él, “vengan a ver”. Con él descubriremos que son posibles la paz y la amistad.

La convivencia pone el corazón a disposición de Dios. Haber “visto” a Jesús en su pobre morada nos invita a ofrecernos para que nos habite. La comunicación con Él, y el descubrir la verdad, harán brotar el ansia de decirla a los otros.

La experiencia vivida exigirá anunciarla para que todo aquel que la oiga, pueda sentir el mismo pero diverso gozo, según el nombre con que la voz lo nombre. Ya lo sabemos, el que pone nombre a los seres, es dueño de los mismos; el Padre nos ha nombrado hijos en el Hijo, por tanto “ya no somos dueños de nosotros mismos”, “somos miembros de Cristo y nos hacemos con Él un solo Espíritu”. ¡Glorifiquemos a Dios con nuestro ser entero!