viernes, 23 de julio de 2021

17°. Ordinario, 25 julio 2021.-17°. Ordinario, 25 julio 2021.-


Primera Lectura:
del primer libro de los Reyes 4: 42-44
Salmo Responsorial,
del salmo 144: Bendeciré al Señor eternamente

Segunda Lectura:
de la carta del apóstol Pablo a los efesios 4: 1-6
Evangelio:
Juan 6: 1-15. 

Admirar, adorar y amar al Único Dios, consolida la fraternidad e impulsa a ir más allá de la mirada, a compartir lo poco o mucho que tengamos, a ser sabios en el uso de los bienes de la tierra, de manera que no sean tropiezo para alcanzar los bienes que perduran. Los profetas vivieron siempre “a la sombra de Dios”, a la altura del llamamiento que habían recibido; la claridad de percepción, que venía desde dentro, les hacía ver de otra manera la inmediatez de la realidad, esa, la que la pequeña y limitada lógica consideraría ya impuesta e insuperable; sentían constante la presencia del Señor, presencia actuante que abre horizontes insospechados, acalla dudas y quiebra impotencias. 

Eliseo recibe el regalo de un hombre sin nombre, pero que cree en Dios y lo manifiesta en la acción, “traía, para el siervo de Dios, como primicias, veinte panes de cebada y grano tierno en espiga”. El profeta abre el corazón y las manos a los demás: “Dáselos a la gente para que coman”. La lógica sin fe, reclama: “¿para cien hombres?”. La confianza responde en la certeza: “Esto dice el Señor: comerán todos y sobrará”; y así fue. Una vez más comprobamos que “el Señor es fiel a sus promesas, abre sus manos generosas y sacia de favores a todo viviente”. ¡Cuánto necesitamos crecer en la apertura, en la fe y en la confianza, que en sí mismas llevan el signo de multiplicación! 

Del Evangelio de Marcos que escuchamos el domingo pasado, en el que Jesús “se conmovió al verlos como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles muchas cosas”, la liturgia pasa al de Juan como continuación más detallada de lo que seguiría en Marcos: la multiplicación de los panes. Según la versión de Juan, el primero que piensa en el hambre de aquel gentío que ha acudido a escucharlo es Jesús. Esta gente necesita comer; hay que hacer algo por ellos. Así era Jesús. Vivía pensando en las necesidades básicas del ser humano. Felipe revive la impotencia del criado de Eliseo: son pobres, no pueden comprar pan para tantos. Jesús lo sabe. Los que tienen dinero no resolverán nunca el problema del hambre en el mundo. Se necesita algo más que dinero. Jesús les va a ayudar a vislumbrar un camino diferente. Antes que nada, es necesario que nadie acapare lo suyo para sí mismo si hay otros que pasan hambre. Sus discípulos tendrán que aprender a poner a disposición de los hambrientos lo que tengan, aunque sólo sea «cinco panes de cebada y un par de peces». 

La actitud de Jesús es la más sencilla y humana que podemos imaginar. Pero, ¿quién nos va enseñar a nosotros a compartir, si solo sabemos comprar? ¿Quién nos va a liberar de nuestra indiferencia ante los que mueren de hambre? ¿Hay algo que nos pueda hacer más humanos? ¿Se producirá algún día ese "milagro" de la solidaridad real entre todos? 

Jesús piensa en Dios. No es posible creer en él como Padre de todos, y vivir dejando que sus hijos e hijas mueran de hambre. Por eso, toma los alimentos que han recogido en el grupo, «levanta los ojos al cielo y dice la acción de gracias». La Tierra y todo lo que nos alimenta lo hemos recibido de Dios. Es regalo del Padre destinado a todos sus hijos e hijas. Si vivimos privando a otros de lo que necesitan para vivir es que lo hemos olvidado. Es nuestro gran pecado, aunque casi nunca lo confesemos. Al compartir el pan de la eucaristía, los primeros cristianos se sentían alimentados por Cristo resucitado, pero, al mismo tiempo, recordaban el gesto de Jesús y compartían sus bienes con los más necesitados. Se sentían hermanos. No habían olvidado todavía el Espíritu de Jesús.

viernes, 16 de julio de 2021

16 Ordinario, 18 julio 2021.-


Primera Lectura:
del libro del profeta Jeremías 23: 1-6
Salmo Responsorial, del salmo 22: El Señor es mi pastor, nada me falta.

Segunda Lectura:
de la carta del apóstol pablo a los efesios 2: 13-15
Evangelio:
Marcos 6: 30-34

La experiencia de siglos y la menos larga pero muy personal, nos hace dirigirnos al Señor para expresarle: “Señor, Tú eres mi auxilio”, que deberíamos completar lo más honestamente posible: “el único apoyo de mi vida”. Cuántas veces nos hemos decepcionado y, a nuestra vez, decepcionado a los que confiaban en nosotros; pero al sentir que pisamos tierra firme, la desconfianza desaparece, al captar la razón que nos sostiene, al constatar que la fidelidad del Señor dura por siempre “porque Él es bueno”. De Él y sólo de Él obtendremos ese triple lazo que nos une directamente con Dios: la fe, la esperanza y el amor, para intentar parecernos a Él en la fidelidad. 

La dura crítica de Jeremías envuelve a cuantos detentan poder, sea civil, sea religioso, porque no se han preocupado por el pueblo, porque, siguiendo su egoísmo, se han enriquecido y han olvidado a los más necesitados. Al recordar que “la Palabra de Dios no está encadenada”, ¿cómo resuena en nuestro mundo actual?, ¿a qué nos impulsa, dentro y fuera del ser Pueblo de Dios? Es verdad que nos sostiene la esperanza prometida: “YO mismo reuniré al resto de mis ovejas…, ya no temerán ni se espantarán y ninguna se perderá”. El futuro que anunciaba Jeremías es pasado que se mantiene como presente para nosotros en Jesucristo, el Rey al que llamarán: “El Señor es nuestra justicia”. 

Rey y Pastor que cuida, alimenta y enseña, a los que escogió “para que estuvieran con Él”, y, como parte fundamental de esa enseñanza les ejemplifica lo que es desvivirse por todos y renunciar al descanso y aun a la comida, para atender a la multitud “que andaba como ovejas sin pastor”; ya les dará pan, pero antes se dedica a enseñarles muchas cosas”. La verdadera compasión –sentir con el otro- se deja ver, de inmediato, en la acción. Lo aprendieron los apóstoles, , ¿lo aprenderemos nosotros y todos aquellos que, de una o de otra forma, deberían tener más cuidado y cercanía con los pobres, segregados y repudiados porque son un estorbo y una carga? A Jesús nunca le estorba la gente. ¿A qué compromiso nos incita? “A romper la barrera que nos separa: el odio”, a realizar en nosotros, con la fuerza del Espíritu, lo que encierra su nombre de Rey y Pastor: “El Señor es nuestra justicia”. Un día tendremos que revisar ante Jesús, nuestro único Señor, cómo miramos y tratamos a esas muchedumbres que se nos están marchando poco a poco de la Iglesia, tal vez porque no escuchan entre nosotros su Evangelio y porque ya no les dicen nada nuestros discursos, comunicados y declaraciones. Un día el rostro de esta Iglesia cambiará. Jesús tiene fuerza para transformar nuestros corazones y renovar nuestras comunidades.

sábado, 10 de julio de 2021

15° Ordinario, 11 julio 2021.-15° Ordinario, 11 julio 2021.-


Primera Lectura:
del profeta Amós 7: 12-15
Salmo Responsorial, del salmo 84: Muéstranos, Señor, tu misericordia.

Segunda Lectura:
de la carta del apóstol Pablo a los efesios 1:3-14
Evangelio:
Marcos 6: 7-13

“Sáciame de gozo en tu presencia”; detengámonos un instante, si fueran más, mejor, para descubrir si esa súplica llega desde lo más hondo de nuestro ser; de ser verdad, nada nos hará extraviar el camino porque el mismo Jesús nos muestra, nos llena de su gracia para que no llevemos, como adorno, el nombre de cristianos.

Para colaborar en su proyecto del reino de Dios y prolongar su misión es necesario cuidar un estilo de vida, aceptar que habrá incomprensiones, atropellos, persecuciones, invitaciones, no muy amigables para que nos apartemos de aquellos que, consciente o inconscientemente, no quieren vivir la realidad de Dios y menos aún la manifestación de la Buena Nueva en y por Jesucristo. Si queremos atenernos a nuestras condiciones, podremos hacer muchas cosas, pero no introduciremos en el mundo su espíritu. No fue solamente a Amós a quien Dios dirige esas palabras, siguen resonando en cada cristiano que quiera serlo en serio: “Ve y profetiza”. Nos queda claro que no es elección nuestra, es el Señor quien “nos saca de junto al rebaño”, es la experiencia que muchas veces hemos meditado: “Yo los elegí para que vayan y den fruto y su fruto perdure”.

En el momento en que aceptemos con plenitud este llamamiento, reconoceremos lo que ya nos recordaba San Pablo el domingo pasado: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte porque reluce en mí la fuerza de Dios”. El fragmento de la carta a los Efesios confirma esa elección, convertida ya en bendición, en filiación, en solicitud de respuesta a tanto bien recibido. Y sigue el raudal que viene desde el cielo: “marcados con el Espíritu Santo prometido, garantía de nuestra herencia”; esa herencia es Dios, ya que no puede dar menos que a Sí mismo.

En el relato de Marcos, ¿quiénes son los discípulos para actuar en nombre de Jesús?, ¿cuál es su autoridad? Jesús al enviarlos, «les da autoridad sobre los espíritus inmundos». No les da poder sobre las personas que irán encontrando en su camino. Tampoco él ha utilizado su poder para gobernar sino para curar.

Como siempre, Jesús está pensando en un mundo más sano, liberado de las fuerzas malignas que esclavizan y deshumanizan al ser humano. Sus discípulos introducirán entre las gentes su fuerza sanadora. Se abrirán paso en la sociedad, no utilizando el poder sobres las personas, sino humanizando la vida, aliviando el sufrimiento de las gentes, haciendo crecer la libertad y la fraternidad. Llevarán sólo «bastón» y «sandalias», como caminantes, no atados a nada ni a nadie, con esa agilidad que tenía Jesús para hacerse presente allí donde alguien lo necesitaba. El báculo de Jesús no es para mandar, sino para caminar. «Ni pan, ni alforja, ni dinero”, tampoco llevarán «túnica de repuesto” Llevan consigo algo más importante: el Espíritu de Jesús, su Palabra; su vida será signo de la cercanía de Dios a todos, sobre todo, a los más necesitados. ¿Nos atreveremos algún día a hacer en el seno de la Iglesia un examen colectivo para dejarnos iluminar por Jesús y ver cómo nos hemos ido alejando de su espíritu?

sábado, 3 de julio de 2021

14°. Ordinario, 4 julio 2021.-


Primera Lectura:
del libro del profeta Ezequiel 2: 2-5
Salmo Responsorial,
del salmo 122: Ten piedad de nosotros, ten piedad.

Segunda Lectura:
de la segunda carta del apóstol Pablo a los corintios 12: 7-10
Evangelio:
Marcos 6: 1-6

“Recordar los dones del amor del Señor”, tenerlos presentes, es vivir en atmósfera de fe. Él ya nos liberó y nos ha ofrecido “su alegría” que culminará en la “felicidad eterna”. La liturgia de hoy nos invita a preguntarnos qué tanto creemos en Jesús, qué tan atentos estamos a su Palabra, o nos comportamos “como raza rebelde”. Si encontramos trazos de lo último, pidamos con ahínco, repitiendo el Salmo, como el peregrino ruso: “Ten piedad de nosotros, ten piedad”.

Pablo nos deja ver su interior, la fragilidad, la tentación, la experiencia de creatura lábil, una naturaleza como la nuestra. ¿Seguimos su ejemplo de oración?, sin duda necesitaremos más de tres veces para escuchar, allá dentro, la voz que conforta: “Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta en la debilidad”, así llegaremos convencidos a proclamar, sin soberbia, porque nos sentimos avalados por el Espíritu: “Cuando soy débil, soy más fuerte, porque se manifiesta en mí el poder de Cristo”.

El relato de Marcos no deja de ser sorprendente, Jesús es rechazado por aquellos que creían conocerlo mejor. Llega a su ciudad, a Nazaret, nadie le sale al encuentro. Su presencia sólo despierta asombro; ignoran de dónde le ha venido tal sabiduría. Se preguntan de dónde le viene la capacidad de hacer milagros, pero nadie se acerca a pedir la salud, la paz, la conversión. Se han quedado en un conocimiento externo de Jesús: es un trabajador nacido en una familia de la aldea, lo demás les resulta “desconcertante”. Se resisten a abrirse al misterio que se encierra en su persona, no le aceptan como portador del mensaje y de la salvación de Dios. Jesús les recuerda un refrán que, probablemente, conocen todos: «No desprecian a un profeta mas que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».

Entremos en el corazón de Jesús y sintamos la tristeza que lo invade, está “extrañado de la incredulidad de aquella gente”. ¿Encontrará en nosotros consuelo, acogida, fe, cariño y compromiso, disponibilidad para que realice verdaderos milagros de conversión, de crecimiento de fraternidad, de comprensión y solidaridad? Volvamos con Pablo a pedir mil veces y más que nos dé la gracia de recibir su Gracia.

¿Cómo estamos acogiendo a Jesús los que nos creemos «suyos»? En medio de un mundo que se ha hecho adulto, ¿no es nuestra fe demasiado infantil y superficial? ¿No vivimos demasiado indiferentes a la novedad revolucionaria de su mensaje? ¿No es extraña nuestra falta de fe en su fuerza transformadora? ¿No tenemos el riesgo de apagar su Espíritu y despreciar su Profecía?

Ésta es la preocupación de Pablo de Tarso: «No apaguen el Espíritu, no desprecien el don de Profecía. Revísenlo todo y quédense sólo con lo bueno» ¿No necesitamos mucho de esto los cristianos de nuestros días?  

sábado, 26 de junio de 2021

13°. Ord. 27 junio 2021.-


Primera Lectura:
del libro de la Sabiduría 1: 13-15, 2: 23-24
Salmo Responsorial,
del salmo 29: Te alabaré, Señor, eternamente.
Segunda Lectura:
de la segunda carta del apóstol Pablo a los corintios
Evangelio
: Marcos 5: 21-43. 

Aplaudimos con júbilo al admirar un espectáculo que nos ha conmovido, que nos ha comunicado plasticidad, armonía, ritmo. ¡Cómo no lo vamos a hacer diariamente, al estar en contacto con la Creación, con la maravilla de nuestro cuerpo, con las incalculables potencias de nuestro espíritu, y reconocer en todo ello la mano providente de Dios! ¡Alegría inacabable de la creatura que siente la presencia del Creador!  En incontables ocasiones hemos meditado el dicho de San Ireneo: “La Gloria de Dios es que el hombre viva y viva feliz”. 

Contentos, agradecidos, porque “somos hijos de la luz, porque Él nos ha sacado de las tinieblas del error y nos conduce al esplendor de la verdad”. “No somos hijos de las tinieblas; somos hijos de la luz”. 

Lo que Dios hace “está bien hecho”, entonces ¿por qué existen las aflicciones, la enfermedad, la tristeza, la muerte? La Sabiduría divina nos responde con toda claridad: “Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera. Las creaturas del mundo son saludables”. El Señor, el gran ecólogo, el Arquitecto perfecto, el que invita a la Vida, el que goza al ver en cada uno Su propia imagen, no puede ser el origen de lo roto, de lo partido; hemos sido nosotros, al dialogar con la tentación, los introductores del pecado y de la muerte; hemos tergiversado las relaciones paterno-filiales, las fraternas, las racionales y estérilmente buscamos, desde nosotros, el camino del retorno. 

¿Por qué la pregunta ancestral sigue acuciándonos si ya tenemos la respuesta?: el pecado, el olvido de Dios, la ausencia de alegría profunda y duradera, vienen por la falta de fe y de caridad, falta de amor concreto y servicial, de no haber hecho nuestro el ejemplo de Jesucristo, “que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para hacernos ricos con su pobreza”. Bien lo clarifica San Pablo: “no se trata de que vivamos en la indigencia, sino en la justicia”, en la equidad, en una fraternidad vivificante; esto implica renuncia personal en bien de los demás, sin ella, será imposible disminuir la pobreza 

La enfermedad, la muerte, la impotencia, encuentran solución en Jesucristo. “Hija, tu fe te ha curado Vete en paz y queda sana de tu enfermedad.”  Doce años de sufrimiento han quedado borrados. En Jairo un doble paso: acude a Jesús superando obstáculos sociales y posturas religiosas, recordemos que era jefe de la sinagoga: “Mi hija está agonizando. Ven a imponerle las manos para que se cure y viva”. El segundo, el anuncio de que la hija ha muerto, hasta le impide hablar. Es Jesús quien reanima la esperanza: “No temas, basta que tengas fe”. La incredulidad no es cosa “nueva”, “Se reían de él”. Jesús entra y toma de la mano doce años dormidos y con su amor y su voz, los despierta. Vida, salud y alegría, no pueden ser otras las actitudes de Aquel que dio su vida por nosotros. ¿Crecerán nuestra fe y nuestra confianza en el Señor que vence hasta la misma muerte? 

viernes, 18 de junio de 2021

12°. Ordinario, 20 junio 2021.-


Primera Lectura:
del libro de Job 18: 1, 8-11

Salmo Responsorial, del salmo 106:
Demos gracias al Señor por sus bondades.

Segunda Lectura: de la segunda carta del apóstol Pablo a los corintios. 5: 14-17

Evangelio: Marcos 4: 35-411
 

En las Sagrada Escritura vamos encontrando rasgos de nuestra propia historia, la personal, la que tenemos que enfrentar, aun cuando no lo quisiéramos; preguntas que nos hace Dios mismo, reproche de parte de Jesús. En nuestro mundo, peligros que nos envuelven por todas partes: enfermedades, epidemia, secuestros, asaltos, corrupción, muerte. ¿Cómo reaccionamos ante lo que va mucho más allá de nuestras posibilidades para encontrar soluciones satisfactorias?, ¿hacia dónde volver nuestra mirada?

Repitamos la antífona de entrada, y pidamos la fuerza del Espíritu para que la convicción sea auténtica: “Firmeza es el Señor para su pueblo, defensa y salvación para sus fieles. Sálvanos, Señor, vela sobre nosotros y guíanos siempre”, ahí está el camino seguro, no cueva de resguardo, sino fortaleza para ver hacia delante. Sentiremos miedo, como los apóstoles, como el mismo Jesús en el huerto ante la pasión, los sufrimientos y la muerte, pero, con Él, superaremos la cobardía que, aunque nos apene, confesamos presente.

Aprendamos de Job, escuchemos al Señor. Leamos los capítulos 38 a 41 y nos reconciliaremos con nuestra realidad de creaturas; aceptaremos que el misterio del cosmos y la historia de cada hombre, con sus enigmas e incógnitas, están en manos de Dios. No de un Dios que nos habla desde la tormenta y que tendría poder para aniquilarnos, sino del Dios Creador, del Dios pacificador, del Dios que nos revela Jesucristo y afirmaremos con Job: “Te conocía sólo de oídas, ahora te han visto mis ojos; por eso me retracto y me arrepiento echándome polvo y ceniza”. (41: 5-6) De verdad podremos decirlo si hemos intentado “verlo” en y a través de Jesucristo: “Imagen del Dios invisible, nacido antes de toda creatura, modelo y fin del universo creado, Él es antes que todo y el universo tiene en Él su consistencia”. (Col. 1: 15-16)

El fragmento de Pablo a los corintios nos muestra el criterio de nuestros quereres y pensares, “es el amor de Cristo el que nos apremia” y hace que desaparezcan los juicios meramente humanos, es el “vivir como creaturas nuevas, porque vivimos según Cristo”. Egoísmos, miopías y encerramiento del yo, “han pasado y todo es nuevo”. La novedad redescubierta es que Dios mismo “nos ha arraigado en su amistad”, amistad que nos hace vivir en la reciprocidad del amor, tan universal como el de Dios, de modo que abrace a todos los hermanos. Ahí está la indicación de Jesús: “Vamos a la otra orilla”; hacia tierra extraña y hostil, necesitan atravesar el lago, la tormenta acecha, Jesús duerme, la barca se inunda, los discípulos temen.., es la realidad que ahora vivimos, el cristianismo se encuentra en medio de una fuerte tempestad y el miedo se ha apoderado de nosotros, nos enfrentamos a una cultura extraña, el encuentro nos atemoriza, el futuro es incierto, olvidamos que Jesús nos acompaña. Nos confesamos impotentes. ¡Despertemos al Señor, para que Él nos despierte; no temamos su reproche, ¡será salvífico y revivificará nuestra fe!

Jesús todavía puede sorprendernos, su voz calmará la tempestad y acallará nuestros miedos. El Resucitado sigue actuando en nuestro mundo y está esperanzado en nuestra adhesión, a Él y al Reino, para inaugurar una fase nueva en la historia del cristianismo.

Esperar los milagros, sería infantil, grosero, superficial e inútil, más fruto del temor, que, del amor sincero, la confianza y la fe. No es que dejes de escuchar la voz de nuestra angustia: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?”, más bien quieres que demos otro paso, no querer a Dios a nuestro servicio, sino el que nos aleje de lo fácil, el que encuentre en el milagro de tu entrega, la revelación del amor que Dios nos tiene.

Tu reproche, purifica: “¿Por qué tienen tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” Si Tú estás en mi barca, aunque parezcas dormido, con saber que ahí estás, debe bastarme: “Con el Señor a mi lado jamás temerá mi corazón”. Que seamos audaces y valientes, totalmente confiados como Santa Teresa: “Nada te turbe, nada te espante. Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta.”

domingo, 13 de junio de 2021

11°. Ord. 13 junio 2021.-


Primera Lectura:
del libro del profeta Ezequiel 17: 22-24
Salmo Responsorial,
del salmo 91: ¡Qué bueno es darte gracias Señor!

Segunda Lectura:
de la segunda carta del apóstol Pablo a los corintios 5: 6-10
Evangelio:
Marcos 4: 26-34.

Aun cuando el Señor jamás nos abandona, lo hemos escuchado dos domingos seguidos: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”, tenemos experiencias de desolación, de sequedad, de lejanía que nos hacen clamar por su presencia. Es tiempo de detenernos a reflexionar, a discernir, como nos enseña San Ignacio, para descubrir la causa de esos sentimientos: ¿nuestras culpas, cierta tibieza, una prueba que el Señor permite “para que no pongamos nido en casa ajena”? La situación nos empuja a dejar la oración, la súplica, la confianza, el paso “obscuro y seguro de la fe”. Creamos a los maestros del espíritu y redoblemos el esfuerzo, la petición concreta que nos sugiere la antífona de entrada: “Escucha mi voz y mis clamores y ven en mi ayuda, Dios salvador mío”. Que resuenen fuerte las palabras de Pablo: “coherederos con Cristo si sufrimos con Él, para ser glorificados con Él”. Aparece, otra vez, el fantasma que rehuimos, porque deseamos un Cristo fácil, hecho a la medida, lejos de la sangre y de los clavos, lejos de las heridas y la muerte. ¿Cómo superar las debilidades de la carne? Atentos a la Oración Colecta, la respuesta está clara: 

“Ayúdanos con tu gracia, sin la cual nada puede nuestra humana fragilidad”. ¿Nos lanza esta realidad entre sus manos? ¿Reconocemos “que el espíritu está pronto, pero la carne es débil”? ¿Tratamos de vigilar, al menos, una hora con Cristo? Los discípulos no lo hicieron y, al llegar la prueba, sucumbieron. ¿Por qué somos reacios a la voz de la historia?

Ezequiel nos recuerda que el Señor está cerca, le interesa su Pueblo, le interesamos todos; de un pequeño retoño hace surgir un bosque, “en él anidarán todos los pájaros, descansarán al abrigo de sus ramas”. Somos ese retoño, esa es “la esperanza a la que hemos sido llamados”. No es promesa vana ni palabra al viento: “Yo, el Señor, lo he dicho, y lo haré”.  Escucharlo, nos motiva a repetir, con alegría, lo que hemos dicho en el Salmo: “¡Qué bueno es darte gracias, Señor! Celebrar tu nombre, pregonar tu amor cada mañana y tu fidelidad, ¡todas las noches!”  La inquietud ha decrecido, el consuelo amanece y el Señor nos convence que nunca está lejos de nosotros. Reemprendemos el camino hacia la Patria, conscientes de nuestro ser de peregrinos, guiados por la fe y por la esperanza, donde el Señor aguarda. No aceptaremos al temor de compañero, porque el soplo del Espíritu, aunado a nuestro esfuerzo, hará que “la misericordia triunfe sobre el juicio”.

¡Qué fácil entender cuando el Señor platica! La fuerza que duerme en la semilla, de pronto se despierta, y sin que se sepa cómo, comienza a germinar. Todo es espera de noches y de días, ningún grito apresura su crecida, va siguiendo su tiempo, florece y cuaja en fruto.

El Reino, nos dice Jesús, es como ella, parece pequeñito; encierra un asombroso dinamismo que, al encontrar la tierra removida, el agua suficiente y el clima favorable, crecerá de tal forma que las aves harán nido en sus ramas. La fe es don regalado, limpiemos la parcela, arranquemos yerbas y espinas que puedan impedir el crecimiento; que la esperanza y la paciencia sean el riego que fecunde hasta alcanzar el fruto apetecido por Dios y por nosotros.

domingo, 6 de junio de 2021

10 Ordinario, 6 junio 2021.-


Primera Lectura:
del libro del Génesis 3: 9-15
Salmo Responsorial,
del salmo 129: Perdónanos, Señor, y viviremos.
Segunda Lectura:
de la segunda carta del apóstol Pablo a los corintios 4: 13-5; 1
Evangelio:
Marcos 3:20-35. 

Imploramos al Señor que nos inspire deseos de justicia y de santidad, sin duda nos escucha, con todo, debemos insistir para que nos ayude a cumplir lo anhelado. Todavía cabría preguntarnos si de verdad surgen de nuestros corazones esos deseos, si aceptamos todas las consecuencias que conlleva la búsqueda de la justicia, la divina, una justicia que busca con ahínco ayudar al necesitado, dar mucho más de lo que se pide, ir más allá de lo que juzgamos posible, darnos a los demás, y sin trabas, al Señor. 

La lectura de Génesis nos pone en contacto con el nacimiento del pecado, del mal, de la elección tergiversada que ha hecho y sigue haciendo la humanidad, que hemos hecho y seguimos haciendo nosotros; igual que a Adán, nos pregunta “¿Dónde estás?”, no físicamente sino interiormente, ¿cómo está tu relación conmigo, contigo, con los demás? Pensamos que podemos escondernos de Dios, que podemos acallar la claridad de conciencia con que Él nos ha creado y encontrar pretextos que orienten la culpabilidad hacia los otros, y, tristemente, a los más cercanos, y que rompen las relaciones de fraternidad; más aún, intentamos culpabilizar al mismo Señor: “La mujer que me diste me ofreció y comí…”, que en el fondo es un reproche: si no me la hubieras dado, no hubiera pecado. 

La sentencia a la serpiente, “personificación del mal”, pone de manifiesto el futuro cauce de nuestras relaciones: “te arrastrarás, comerás polvo, acecharás el talón”: tiene que ver con nosotros, con la humanidad entera: el pasto más pequeño te ocultará el horizonte de trascendencia, te apegarás a los bienes perecederos, combatirás contra tu hermano…, se ha roto el plan amoroso de Dios, ¿fue un equívoco dotarnos de libertad?, ¿ha perdido fuerza el amor que Él depositó en nosotros? La respuesta la tenemos experiencialmente a la vista, la hermandad se ha ausentado, lo inmediato nos asedia y nos vence, parece que el mal triunfa en todas partes; pero Dios no se desanima, su Amor sigue en presente y la promesa de restauración brilla; Dice a la serpiente: “Pondré enemistad entre ti y la mujer y un descendiente te pisará la cabeza, acabará con el mal”. ¡Ya está delineada la misión de Cristo, su triunfo total: “Confíen, Yo he vencido al mundo”

La Fe mira hacia el futuro, primero a la plenitud de los tiempos, con la Encarnación, con la actuación, siempre acorde a la voluntad del Padre, Jesús,  Heraldo de la Buena Nueva, Fundador de la nueva humanidad con su vida, con su muerte, con su resurrección, con la maravilla de poder llamar a Dios “Abbá”, Padre. Y más lejos, como nos dice San Pablo en la segunda lectura, nos dará un cuerpo nuevo, libre del pecado y de la muerte: “Sabemos que Aquel que resucitó a Jesús nos resucitará también a nosotros con Jesús y nos colocará a su lado”, por eso no nos acobardamos, la restauración de nuestro ser se realiza cada día y con ello la gloria de Dios se extiende más y más. Ciertamente sabemos que nuestra morada terrenal se desmorona, pero “Dios nos tiene preparada en el cielo una morada eterna”

Quizá siga asaltándonos el desánimo, pero nuestra confianza en el poder del Espíritu superará cualquier obstáculo, aun el más peligroso que somos nosotros mismos; sintámonos miembros de esta nueva familia, porque de verdad “Tratamos de cumplir la voluntad de Dios”. ¡Dejémonos contagiar con la locura de eternidad!