domingo, 6 de junio de 2021

10 Ordinario, 6 junio 2021.-


Primera Lectura:
del libro del Génesis 3: 9-15
Salmo Responsorial,
del salmo 129: Perdónanos, Señor, y viviremos.
Segunda Lectura:
de la segunda carta del apóstol Pablo a los corintios 4: 13-5; 1
Evangelio:
Marcos 3:20-35. 

Imploramos al Señor que nos inspire deseos de justicia y de santidad, sin duda nos escucha, con todo, debemos insistir para que nos ayude a cumplir lo anhelado. Todavía cabría preguntarnos si de verdad surgen de nuestros corazones esos deseos, si aceptamos todas las consecuencias que conlleva la búsqueda de la justicia, la divina, una justicia que busca con ahínco ayudar al necesitado, dar mucho más de lo que se pide, ir más allá de lo que juzgamos posible, darnos a los demás, y sin trabas, al Señor. 

La lectura de Génesis nos pone en contacto con el nacimiento del pecado, del mal, de la elección tergiversada que ha hecho y sigue haciendo la humanidad, que hemos hecho y seguimos haciendo nosotros; igual que a Adán, nos pregunta “¿Dónde estás?”, no físicamente sino interiormente, ¿cómo está tu relación conmigo, contigo, con los demás? Pensamos que podemos escondernos de Dios, que podemos acallar la claridad de conciencia con que Él nos ha creado y encontrar pretextos que orienten la culpabilidad hacia los otros, y, tristemente, a los más cercanos, y que rompen las relaciones de fraternidad; más aún, intentamos culpabilizar al mismo Señor: “La mujer que me diste me ofreció y comí…”, que en el fondo es un reproche: si no me la hubieras dado, no hubiera pecado. 

La sentencia a la serpiente, “personificación del mal”, pone de manifiesto el futuro cauce de nuestras relaciones: “te arrastrarás, comerás polvo, acecharás el talón”: tiene que ver con nosotros, con la humanidad entera: el pasto más pequeño te ocultará el horizonte de trascendencia, te apegarás a los bienes perecederos, combatirás contra tu hermano…, se ha roto el plan amoroso de Dios, ¿fue un equívoco dotarnos de libertad?, ¿ha perdido fuerza el amor que Él depositó en nosotros? La respuesta la tenemos experiencialmente a la vista, la hermandad se ha ausentado, lo inmediato nos asedia y nos vence, parece que el mal triunfa en todas partes; pero Dios no se desanima, su Amor sigue en presente y la promesa de restauración brilla; Dice a la serpiente: “Pondré enemistad entre ti y la mujer y un descendiente te pisará la cabeza, acabará con el mal”. ¡Ya está delineada la misión de Cristo, su triunfo total: “Confíen, Yo he vencido al mundo”

La Fe mira hacia el futuro, primero a la plenitud de los tiempos, con la Encarnación, con la actuación, siempre acorde a la voluntad del Padre, Jesús,  Heraldo de la Buena Nueva, Fundador de la nueva humanidad con su vida, con su muerte, con su resurrección, con la maravilla de poder llamar a Dios “Abbá”, Padre. Y más lejos, como nos dice San Pablo en la segunda lectura, nos dará un cuerpo nuevo, libre del pecado y de la muerte: “Sabemos que Aquel que resucitó a Jesús nos resucitará también a nosotros con Jesús y nos colocará a su lado”, por eso no nos acobardamos, la restauración de nuestro ser se realiza cada día y con ello la gloria de Dios se extiende más y más. Ciertamente sabemos que nuestra morada terrenal se desmorona, pero “Dios nos tiene preparada en el cielo una morada eterna”

Quizá siga asaltándonos el desánimo, pero nuestra confianza en el poder del Espíritu superará cualquier obstáculo, aun el más peligroso que somos nosotros mismos; sintámonos miembros de esta nueva familia, porque de verdad “Tratamos de cumplir la voluntad de Dios”. ¡Dejémonos contagiar con la locura de eternidad!

sábado, 29 de mayo de 2021

Santísima Trinidad. 30 mayo 2021.-


Primera Lectura:
del libro del Deuteronomio 4 32-34
Salmo Responsorial,
del salmo 32: Dichoso el pueblo escogido por Dios.

Segunda Lectura:
de la carta del apóstol Pablo a los romanos 8: 14-17]
Evangelio:
Mateo 28: 16-20.

Estamos en el Centro mismo del cristianismo: uno más uno más uno, igual a UNO; donde la lógica y las matemáticas quedan mudas, el Amor habla, se explaya, deja al descubierto la intimidad de Dios.

Siglos de reflexión y disquisiciones han sido incapaces de penetrar el misterio; lo que sucede es que ese no es el camino para llegar a Dios. Para encontrarnos con Él, la vía es la Fe hecha humildad, sencillez y aceptación. Permitir que la Palabra hecha Carne nos ilumine. Jesucristo, en quien reside la Plenitud, al hablarnos de Sí mismo, nos descubre al Padre y al ascender a los cielos, el Padre y Él nos envían al Consolador, al Espíritu de Verdad que nos confirma en todo lo nos ha dicho.

El intento comparativo que han buscado los Santos y los teólogos, queda siempre incompleto. La Santísima Trinidad es como el sol, que es el mismo, pero su luz, sus rayos, su calor, procedentes de él, son él, pero diferentes; es como la fuente: el manantial, el agua que corre y empapa la vida, es la misma, pero son diferentes… ¿Qué entendimos de la esencia de Dios? ¡Nada! Todo esfuerzo por penetrar lo impenetrable queda trunco.

Diez y nueve siglos mantuvieron Israel la Fe en un Dios Único: “Reconoce, pues, y graba en tu corazón que el Señor es el Dios del cielo y de la tierra y que no hay otro”. Fundado en un monoteísmo “monolítico”, valga la comparación, para superar la tentación que provenía de los pueblos politeístas circundantes; pero muy lejano a la realidad que nos trae Jesús, al llegar la plenitud de los tiempos. Dios no es ni solitario ni lejano, es compañía, es comunicación, es, en la encantadora frase de San Juan “Amor”. Imposible amar en soledad, imposible Amar sin compartir, imposible Amar sin donarse. ¿Quién podría penetrar la intimidad de Dios, sino “El Espíritu que lo penetra todo”“Nadie conoce mejor el interior del hombre que el espíritu del hombre que está en el hombre, nadie conoce mejor el interior de Dios que el Espíritu de Dios que es Dios”. Ya ha recorrido el velo y el resultado es La Revelación de Dios.

“La fe cristiana confiesa que hay un solo Dios, por naturaleza, por substancia y por esencia”. (Catecismo Católico, n. 200) ¿Cuántas veces nos hemos santiguado, ¿cuántas hemos recitado el Credo? Y de ese incontable número, ¿cuántas veces nos hemos detenido a considerar lo que hacemos y lo que confesamos? “Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo”, Tres Personas distintas y un solo Dios verdadero. Inútil estrujar el pensamiento, es la Fe en el Testigo Primordial, en Jesús, la que nos da un atisbo y hace estremecer todo nuestro ser al pronunciar la Palabra que nos engendra: “Padre”. Comenzamos a entender, de verdad, lo que nos decía San Pablo: “anhelando que se realice plenamente en nosotros nuestra condición de hijos de Dios”, (Rom. 8: 23). Si hijos, “herederos y coherederos con Cristo”; en la adhesión completa, aunque nos estremezca; “porque si sufrimos con Él, seremos glorificados junto a Él.”  Si el temor nos acosa, el Espíritu nos libera para ir por todo el mundo “ir a todas las naciones, enseñándoles a cumplir todo cuanto Jesús nos ha mandado.” La misión universal vuelve a relucir, nuestra impotencia nos puede hacer flaquear, pero “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, con la certeza de que Jesús estará con nosotros hasta el fin de los siglos, nos arriesgamos.

sábado, 22 de mayo de 2021

Pentecostés, 23 mayo 2021.-



Primera Lectura:
del libro de los Hechos de los Apóstoles 2: 1-11
Salmo Responsorial,
del salmo 103
Segunda Lectura:
de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 12: 3-7, 12-13;
Evangelio:
Juan 20: 19-23.

La vida, las obras, las palabras de Cristo rebosan sinceridad, definitivamente hacemos bien en confiar: “Dentro de poco me volverán a ver”, y lo vieron; “Dentro de pocos días serán bautizados con el Espíritu Santo”, y lo cumple. “El Señor siempre fue un Sí”.

Nos reunimos cada semana bajo la acción del Espíritu, es Cristo mismo que lleva a plenitud otra de sus promesas: “No los dejaré huérfanos. Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. “Recibirán la fuerza del Espíritu y serán mis testigos hasta los últimos rincones de la tierra”. Ese puñado de hombres medrosos, escondidos, temblorosos, decepcionados, ¿será capaz de cumplir esa misión? Nosotros, herederos no sólo del nombre sino de la vida íntima de Cristo, ¿seremos capaces de cumplir nuestra misión? ¡Jamás, sin la conmoción del Espíritu! Con el “ruhaj” de Dios, con el aliento de Dios, con el mismo con el que creó el universo, viene a renovar la tierra, a “encender los corazones con el fuego de su amor”.

Nos sabe humanos, desconfiados, expectantes de signos y prodigios y se acopla a nuestro ser: “De repente se oyó un gran ruido que venía del cielo, como cuando sopla un viento fuerte, que resonó por toda la casa donde se encontraban. Aparecieron lenguas de fuego que se distribuyeron y se posaron sobre ellos, se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otros idiomas, según el Espíritu los inducía a expresarse”. Suceso que conmueve, que convoca, que asombra, que convierte. Se congregan gentes de 16 países diferentes, diversidad de lenguas conjuntadas en una: “Proclamar las maravillas del Señor”. La Babel invertida, la dispersión reunida, porque el Espíritu es Uno y “el Señor, que hace todo en todos, es el Mismo”.  Inicia el cumplimiento de la oración-deseo que escuchábamos de labios de Jesús, el 4° domingo de Pascua: “Tengo otras ovejas que no son de este redil, es necesario que las traiga, que escuchen mi voz para que haya un solo rebaño bajo un solo pastor”.

La Iglesia se consolida con la llegada del Espíritu Santo. Nosotros solos no podríamos ni imaginarlo, pero sí con Él que es “Luz que penetra las almas, dador de todos los dones, que lava, fecunda y cura”. 

En la lectura del Evangelio, San Juan, vuelve sobre el tema: el miedo arrincona, atrinchera, paraliza. Jesús rompe toda barrera, con su presencia trae la paz: “la paz sea con ustedes”, lo repite dos veces para que el temblor se aquiete en sus discípulos. “Ellos se llenaron de alegría” al ver al Señor. ¿Puede ser otra la reacción de un ser humano ante Su Señor? ¿Qué tanto compartimos y difundimos la alegría del Evangelio?

De discípulos los convierte en Apóstoles, en Enviados. Para que esa paz se extienda, se derrame de manera que alcance a todo ser humano. Jesús, profundo conocedor del hombre, les confiere, y con ellos a la Iglesia, el poder de perdonar los pecados, el camino de reencuentro con Él y con el Padre, por la acción del Espíritu Santo. ¡Cuánto hemos de revalorar el Sacramento de la Reconciliación! “Sin tu inspiración divina, los hombres nada podemos y el pecado nos domina.”  ¡Señor, danos tu paz y tu alegría, y con ellas, un corazón agradecido! Verdaderamente te quedaste con nosotros, que nunca te perdamos de vista.

sábado, 15 de mayo de 2021

La Ascensión del Señor. 16 mayo, 2021.-


Primera Lectura:
del libro de los Hechos de los Apóstoles 1: 1-11
Salmo Responsorial,
del salmo 46: Entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono. Aleluya.
Segunda Lectura:
de la carta del apóstol Pablo a los efesios 4: 1-13;
Evangelio
: Marcos 16: 15-20. 

Es bueno “mirar al cielo”, pero con los pies en la tierra. Aprender a ser, como nos dice San Gregorio: “hombres intramundanos y supramundanos a la vez”. Entre las creaturas, especialmente entre los hombres, a ejemplo de Jesús, sin huir contrariedades, molestias, incluso la muerte, porque vislumbramos, más aún, sabemos que “su triunfo es nuestra victoria, pues a donde llegó Él, nuestra Cabeza, tenemos la seguridad de llegar nosotros, que somos su cuerpo.” Esta es la forma de ser lo que somos para llegar a ser lo que seremos; ahora aquí en la entrega incondicional al Reino; después allá, adonde Cristo nos ha precedido. 

Camino al monte de la Ascensión, el Señor Jesús refuerza nuestra confianza: “Aguarden a que se cumpla la promesa del Padre…, dentro de pocos días serán bautizados en el Espíritu Santo”. Hemos aprendido, en la lectura de la Sagrada Escritura y en la experiencia personal, que “Dios es fiel a sus promesas”; ésta también la cumplió y la sigue cumpliendo, “iluminando nuestras mentes para que comprendamos cuál es la esperanza a la que hemos sido llamados, la rica herencia que Dios da a los que son suyos.”

¿Aprenderemos a confiar “en la eficacia de su fuerza poderosa”? Convocados a ser uno en Cristo para participar de su Plenitud.

Como respuesta a la pregunta que le hacen los discípulos: “Señor, ¿ahora sí vas a restablecer la soberanía de Israel?”, imagino a Cristo esbozando una sonrisa comprensiva, no en balde ha sido un ser totalmente intramundano, ha convivido con los hombres, les ha abierto su corazón y no han aprendido a “mirar hacia arriba”. ¿Qué clase de reino esperan todavía? ¿La riqueza, el poder, el engrandecimiento? ¡Qué pronto han olvidado aquella lección cuando discutían ente ellos sobre ¿quién era el mayor? “No sea así entre ustedes, porque el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”. Ni lo que, sin duda, supieron que respondió a Pilatos: “Mi Reino no es de este mundo”. Ya les y nos enviará al Espíritu para comprender cuanto les y nos ha dicho. De su mismo Espíritu brotará la fortaleza para cumplir la encomienda: “Serán mis testigos hasta los últimos rincones de la tierra.”  Los ángeles los sacan del asombro y les confirman que “ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo, volverá, como lo han visto alejarse”. ¡Revivamos con fe lo que diariamente decimos en la Misa!: “que vivamos libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la venida gloriosa de nuestro Salvador Jesucristo”. 

Sin dejar de mirar al cielo, es hora de volver a los hombres y de anunciar la Buena Nueva; es la hora de la Iglesia, es nuestra hora de “ir y enseñar a todas las naciones”. Su Palabra ya es promesa cumplida: “Yo estaré con ustedes, todos los días, hasta el fin del mundo”. 

La pléyade ejemplar de los que le han sido fieles, nos anima, aunque no hagamos milagros, ni curemos enfermos, ni expulsemos demonios. Aunque nos digan que vamos en sentido contrario, que es una utopía creer en el amor y en la bondad, en el servicio desinteresado, en la fraternidad 16universal, y el mundo nos grite que abramos los ojos y veamos el mal, el odio y la violencia que persisten, mostremos con las obras que el Señor “actúa con nosotros” y afirma nuestros pasos. ¡Alguien que vale la pena, nos espera, preparemos el encuentro final ya desde ahora!

sábado, 8 de mayo de 2021

6°. Pascua, 9 mayo 2021.-


Primera Lectura:
del libro de los Hechos de los Apóstoles 10:25- 26, 34-35, 44-48
Salmo Responsorial,
del salmo 97: EI Señor nos ha mostrado su Amor y su lealtad. - Aleluya.

Segunda Lectura:
de la primera carta del apóstol Juan 4: 7-10
Evangelio:
Juan 15: 9-17.
 

“Voces de júbilo” llenan nuestras vidas. El júbilo nos llega por la victoria de Jesús, nuestro Hermano, nuestro ejemplo, nuestro Camino; esa alegría debe perdurar siempre, es el fruto de la paz que nos vino a traer para que se haga efectiva en la transformación de nuestras vidas, a tal grado que nadie tenga que preguntarnos si somos discípulos de Cristo, porque lo captarán mirando nuestras obras: “hechas a la luz para gloria del Padre”. 

Alegría que viene del Espíritu, ese “soplo universal” que inspira a todo ser humano: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad”. Indecible la sorpresa de Pedro al ser testigo de que el Espíritu Santo descendía sobre los paganos. Comprendió, en toda su grandeza que “La Palabra de Dios no está encadenada”. Recordó que “El Espíritu va donde quiere, no lo ves, como al viento, pero sientes sus efectos.”  Ahí estaba, actuando frente a él y escuchando cómo aquellos hombres “proclamaban las grandezas de Dios”. ¿Quién puede oponerse al Espíritu? ¡Lástima que nos resistamos a su ímpetu, a sus mociones y no nos presentemos como instrumentos listos para transformar el mundo! Bajo la luz de Dios todo cambia de aspecto, todo brilla, todo es bello, todo es posible…, ¡aun nuestra conversión!

El Salmo continúa exaltando la alegría. ¿Quién no estará alegre al ver cómo el Señor nos ha mostrado, nos muestra y nos seguirá mostrando su amor y su lealtad? La Revelación sigue en presente, faltan oídos que la escuchen y corazones que le den albergue. Abramos el interior y dejemos que nos inunde, con toda su potencia, la realidad que tanto ansiamos: El Amor, motor incansable, fuerza transformadora que alimenta lo que, a la mirada puramente racional e inmediata le parece imposible: “Amarnos los unos a los otros”, simplemente para ser como Dios, porque “Dios ES AMOR”. Con Él y desde Él se limpiarán los ojos, se olvidarán heridas y rencores, se ensanchará el horizonte y, de verdad, constataremos que todo es bello. Trataremos de reproducir en cada ser humano, más aún en cada creatura, lo que ese Amor ha hecho de nosotros: existir y crecer.

Probablemente, Jesús, no nos pida la vida de una manera cruenta, como Él la ofreció al Padre por nosotros, pero sí la actitud bondadosa, amable, servicial, pronta y atenta, la del amigo de ojos transparentes, la que no esconde engaños, la que confía y comunica cuanto el Señor le ha hecho percibir de su presencia, como el mismo Jesús en relación al Padre.

Esto es vivir en el amor y en la apertura, es el seguir el rastro de sus huellas, es cumplir su mandato y estar constantemente agradecidos porque puso su morada entre nosotros.

“No son ustedes los que me han elegido, soy Yo quien los ha elegido y los he destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca”. Desde la eternidad fue hecha la elección, se ha concretado en un momento exacto: este, en el que somos y seguimos siendo. Es tiempo de revisar los frutos y preguntarnos, simplemente, ante Él, si están maduros.

domingo, 2 de mayo de 2021

5°. Pascua, 2 mayo 2021.-


Primera Lectura:
del libro de los Hechos de los Apóstoles: 9: 26-31
Salmo Responsorial,
del salmo 21: Bendito sea el Señor, Aleluya.

Segunda Lectura:
de la primera carta del apóstol Juan 3: 18-24
Evangelio:
Juan 15: 1-8.

Continuemos cantando las maravillas del Señor, la realidad de su victoria envuelve a toda la tierra.  Había dicho a sus discípulos: “Un poquito y no me verán y otro poquito y me volverán a ver”. Nosotros podemos “verlo” en la creación entera, en la presencia constante de su acción a través del Espíritu Consolador, en el crecer de la Iglesia, en la confirmación de la fe, en la multiplicación de aquellos que han creído y se entregan a difundir la Buena Nueva, a ser testigos de la Resurrección y del inefable Amor que nos demuestra.

Pedimos al Señor “que nos mire con amor de Padre”, y luego caemos en la cuenta de que no puede mirarnos de otra forma, mejor pidamos que lo miremos con ojos de hijos y así descubriremos el camino seguro que nos lleve más allá de lo inmediato, nos libere de ataduras terrenas, nos prepare para recibir la herencia eterna.

En el libro de los Hechos, hemos admirado la fuerza del Espíritu que infundió en San Pedro el valor y la audacia para proclamar su    fe; ahora admiramos la acción de esa gracia en San Pablo convertido; Bernabé ayuda a superar suspicacias, rechazos iniciales, desconfianzas y, el antes considerado como enemigo, ahora convive con los Apóstoles y “predica abiertamente en el nombre de Jesús”. Recordamos las palabras de Cristo: “lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios”. El punto de partida para la conversión, para que la posibilidad se vuelva realidad es: dejarnos guiar por el Espíritu; “Él es quien consolida en la fidelidad”.  Fidelidad que nace en la conciencia honesta y recta, la que vive en el sí, sin reticencias, la que no solamente dice de amor sino que lo realiza.

Tentaciones, embates, flaquezas, nos pueden hacer perder la mirada de hijos, otra vez el Señor, por boca de San Juan, nos reanima: “Dios es más grande que nuestra conciencia”; Él mismo nos ayudará a permanecer en Él, para que Él permanezca en nosotros.

En el Evangelio, la viña y los cuidados requeridos para que dé frutos buenos, eran conocidos por todos los coetáneos de Jesús. La comparación les entra por los ojos, renueva la experiencia, ya miran la poda y prevén la floración pujante que dará lo esperado.

Cristo se apropia todo el panorama: “Yo soy la vid, mi Padre el viñador, ustedes los sarmientos”. Cortar lo innecesario, ¡es necesario!, pero más aún: ¡permanecer unidos al tronco que alimenta! ¿Es complicado sacar las conclusiones?

¡Cómo necesitamos que Cristo grabe su palabra con fuego ardiente en nuestros interiores: “Sin Mí no pueden hacer nada”! Con Él, en cambio, daremos gloria al Padre y manifestaremos al mundo cómo han de ser los verdaderos hijos.

¡Señor, corta y ayúdame a cortar todo lo que me sobra!

domingo, 25 de abril de 2021

4° de Pascua, 25 abril, 2021.-


Primera Lectura:
del libro de los Hechos de los Apóstoles 4: 8-12
Salmo Responsorial,
del salmo 117: La piedra  que  desecharon  los constructores es ahora la piedra angular. Aleluya.
Segunda
Lectura: de la primera carta del apóstol Juan 3: -2
Evangelio:
Juan 10: 11-18. 

Deben de persistir el gozo y la alabanza al Señor, la maravilla de su amor llena toda la tierra y en ella, nuestros corazones. Su “poder” no aterra, sino que tranquiliza, pacifica; no es el poder del “mundo”, sino el poder del amor el que lo precede, lo guía y nos guía a la cercanía, a la unión, al Reino, a la plenitud del Espíritu. 

Reencontramos esa plenitud del Espíritu, como fuente de vida en el caminar audaz y decidido de la primitiva Comunidad cristiana, y hoy, concretamente, en Pedro quien culmina su profesión de fe en Jesucristo. Clarifica, sin apropiarse lo que es del Señor; ha curado al paralítico en el nombre de Aquel que es “la piedra angular, el desechado, el crucificado”, Jesús “resucitado de entre los muertos”, en cuyo nombre, y sólo en Él, encontramos todos la salvación. Sabe Pedro, deduce, por las miradas que lo cercan, cuál puede ser el desenlace; pero no se arredra. Casi de inmediato vendrán las amenazas, los azotes, pero todo lo envuelve en el gozo de poder participar en los padecimientos de Cristo. ¡Cómo se acordaría de las palabras del Maestro: “La verdad los hará libres”! La Verdad que incomoda, revuelve, trastoca los “valores del mundo” cómodamente aceptados, y pide la apertura, la conversión. No hay otro camino que el de Cristo.

De nuevo bullen en nuestro interior, sentimientos encontrados: ¿fe y confianza, lucidez para proclamar la Verdad?, o ¿temor al cambio, miedo a las consecuencias, preferencia por la posición adquirida que pensamos nos asegura en el “tener”, pero que impide nuestro correr hacia el “ser”? Tenemos mucho para reflexionar personal, familiar, comunitaria y socialmente; discernir para decidir.

El Salmo nos anima: “Te damos gracias, Señor, porque eres Bueno, porque tu misericordia es eterna. Más vale refugiarse en el Señor que poner en los hombres la confianza”. Ni estamos solos ni luchamos por una utopía; el Señor nos precede, ¿le creemos? 

¿Deseamos más luz? San Juan la enciende: “Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos”. ¿Nos considera “el mundo” como suyos? Entonces no reflejamos la imagen del Hijo rechazado; nuestras obras no van conforme al Reino, no hacen ruido que despierte y que avive las conciencias, ni siquiera las nuestras. Ese no es el camino para encontrarnos con el Señor “cara a cara, ni ser semejantes a Él”. Quedarnos contemplando nuestra debilidad, a nada nos conduce; la Gracia y el tiempo están de nuestro lado, ¡partamos decididos! 

Jesús, el Buen Pastor, jamás detuvo el paso; ni siquiera ante la misma muerte; siguió siempre adelante, no descuida a ninguno, quiere acoger a todos, no cesa de llamarnos. Él sabe dónde están las aguas cristalinas y el abundante pasto, el banquete exquisito y la paz duradera, el sendero seguro y el triunfo sobre el lobo. 

Lo sabe todo porque ha escuchado al Padre; reconoce su voz y nos la entrega. La verdad, suena “triste”: “Doy la vida por mis ovejas” ¡y hay tantas sordas, porque hay muchas otras vocees que las aturden y les impiden percibir la que dice cariño, seguridad y paz y vida eterna! 

Su súplica-deseo: “a todas las dispersas es necesario que las traiga para que haya un solo rebaño y un solo Pastor”, tiene que resonarnos hasta el fondo y, desde ahí, confiados en su voz hecha Palabra, nos atrevamos a decirle: ¡Escuché tu llamada, aquí estoy, Señor, ¡quiero seguirte!

sábado, 17 de abril de 2021

3°. Pascua, 18 abril 2021.-


Primera Lectura:
del libro de los Hechos de los Apóstoles 3: 13-15, 17-19
Salmo Responsorial,
del salmo 4: En ti, confío Señor. Aleluya.
Segunda Lectura:
de la primera carta del apóstol Juan 2: 1-5
Evangelio:
Lucas 24: 335-48. 

Jesús sabe lo que sucede en nuestro interior, de preocupa por nosotros:” ¿Por qué se alarman? ¿Por qué surgen tantas dudas en su corazón?»

Cuántos hombres y mujeres de nuestros días responderíamos inmediatamente enumerando razones y factores que provocan el nacimiento de mil dudas y vacilaciones en la conciencia del hombre moderno que desea creer.

Es bueno recordar que muchas de nuestras dudas, aunque quizá las percibamos hoy con una sensibilidad especial, son dudas de siempre, vividas por hombres y mujeres de todos los tiempos.

No olvidar lo que con tanto acierto dice Jaspers: «Todo lo que funda es oscuro». La última palabra sobre el mundo y el misterio de la vida se nos escapa. El sentido último de nuestro ser nos preocupa.

Pero, ¿qué hacer ante interrogantes e inquietudes que nacen en nuestro corazón? Cada uno ha de recorrer su propio camino y buscar a tientas, con sus propias manos, el rostro de Dios. Pero es bueno recordar algunas cosas válidas para todos.

Reconocer y aceptar que el valor de la vida depende del grado de sinceridad y fidelidad con que vive cada uno de cara a Dios. No es necesario que hayamos resuelto todas y cada una de nuestras dudas para vivir en verdad ante Él.

Comprender que para que muchas de nuestras dudas se diluyan, es necesario que nos alimentemos interiormente con oración y sacramentos. Desde estas fuentes comenzaremos a comprender algo, si nos dejamos arrebatar por el misterio.

Anhelar el querer creer, ya es una manera humilde pero auténtica de vivir en verdad ante Dios. a pesar de las interrogantes que nos asedian sobre el contenido de dogmas o verdades cristianas, - no se trata de evidencias inmediatas.

Quisiéramos vivir algo más grande y gozoso y nos encontramos con nuestra pobre lógica que desea todo claro y rectilíneo. Quisiéramos asirnos a una fe firme, serena, radiante y vivimos una fe oscura, pequeña, vacilante.

Si en esos momentos, sabemos «esperar contra toda esperanza», creer contra toda increencia y poner nuestro ser en manos de ese Dios a quien seguimos buscando a pesar de todo, sí hay fe en nuestro corazón; somos creyentes. Dios entiende nuestro pobre caminar por esta vida.  

Jesús Resucitado nos acompaña y seguirá acompañándonos hasta el fin de los tiempos. Una vez más pidamos como el padre del niño epiléptico: “¡Creo, Señor, ¡aumenta mi fe!”

domingo, 11 de abril de 2021

2º de Pascua, 11 abril 2021.-


Primera Lectura:
del libro de los Hechos de los Apóstoles 4: 32-32
Salmo Responsorial
, del salmo 117: La misericordia del Señor es eterna. Aleluya

Segunda Lectura:
de la primera carta del apóstol Juan 5: 1-6
Evangelio:
Juan 20: 19-31.

Abrir el corazón a la alegría y a la gratitud, porque Dios nos ha llamado a su Reino, y ese llamamiento se hizo concreto en cada uno de nosotros el día de nuestro nacimiento y sigue resonando cada día. ¡Dios me llama en Jesús y me confía la misma misión, cómo no voy a alegrarme! Para que esa alegría sea profunda, venida desde arriba, la oración colecta nos recuerda, en nuestra petición, la riqueza que nos llega, y queremos que permanezca, por el bautismo, que es purificación; por el Espíritu que es nueva vida; por la Sangre que es salvación. Al crecer en conciencia, trataremos de reproducir, no a la letra lo que era la comunidad ideal en la comunicación de bienes, pero sí en la participación en la oración y en la Eucaristía para ser verdaderos testigos de la Resurrección del Señor, y de la nuestra, anunciada en la suya.

En la carta de San Juan encontramos la identificación de fe y amor: “el que cree en Jesús, ha nacido de Dios”, y “el que ha nacido de Dios, ama al Padre y ama también a los hijos”; aparece un conjunto familiar arropado por la misma fuerza, la que nos ayuda a superar diferencias porque limpia la mirada y nos da la victoria sobre el mundo, sobre el egoísmo; porque nos edifica en la Verdad, en el Espíritu, y nos habitúa a tener presente la trascendencia.

Otro punto luminoso para nuestra alegría, a pesar y por sobre nuestras infidelidades, vacilaciones, olvidos, pecados, yerros, es que “la misericordia del Señor es eterna”; ¿qué haríamos, a dónde iríamos?, sin el perdón de Dios sólo experimentaríamos el vacío y la soledad. ¡Maravillosa es la creación y más maravillosa aún la Redención, “obra de la mano de Dios, un milagro patente”; nacer y renacer, recibimos lo primero sin saberlo, lo segundo sin merecerlo por eso exclamamos: “es el triunfo del Señor”, ¡que continuemos festejándolo!

Jesús nos pide lo mismo que a Tomás, que “no dudemos, que creamos”; queremos “pruebas”, no confiamos en el testimonio de la comunidad, en la experiencia de los hermanos, por eso no tenemos esa paz que el Señor da con su presencia; rompemos la fraternidad  al pensar consciente o inconscientemente que el único criterio válido es el nuestro; Jesús nos comprende, nos invita a superar la duda, a recorrer ese camino, muchas veces obscuro, para llegar hasta Él; nos une, como a Tomás, en la misma misión y en el ámbito de la Paz que siempre vienen con Él; a que sintamos, desde dentro la alegría de su Resurrección y la recepción del Espíritu Santo que hagan florecer  la aceptación total de su Persona más allá de lo que pudiera dar la visión física: “Señor mío y Dios mío”.