sábado, 13 de noviembre de 2021

33°. Ordinario, 14 noviembre 2021.-


Primera Lectura:
del libro de Daniel 12: 1-3
Salmo Responsorial, del salmo 15:
Enséñanos, Señor, el camino de la vida.
Segunda Lectura: de la carta a los Hebreos 10: 11-14, 18

Evangelio: Marcos 13: 24-32.
 

El Señor nos responde a la súplica que elevamos el domingo anterior, sus palabras transpiran bondad: “Yo tengo designios de paz, no de aflicción”, pero la condición persiste: Si me invocan “los escucharé y los libraré de toda esclavitud”. De parte de Él: seguridad asertiva que aguarda de nosotros que purifiquemos la condición “si”, para pasar del murmullo apenas perceptible, a la acción que acepta el compromiso: “con tu ayuda cumpliremos tus mandatos y podremos encontrar lo que, una y otra vez anhelamos: la felicidad verdadera”.Con sencillez confieso que me admiro de mí mismo, no con la admiración que deslumbra y alienta por haber encontrado esa luz perseguida, sino porque, habiendo meditado y pedido, creyendo estar perfectamente convencido, no crece en mí la respuesta esperada, la que no pone límites, la que acepta el abrazo, la que confía en el Padre. 

Daniel, profeta apocalíptico, me avisa: ¡El tiempo que no cabalga en la esperanza, trota vacío! Ya no tienes pasado, ni siquiera presente, estás lanzado, de manera constante, hacia el futuro; considera el segundo que vives, lo ves y ya no es, lo mismo pasa con todos los que siguen: ¡sin ser, dejan de ser apenas siendo! ¿Persigo un despertar amanecido, aun cercado de angustia? ¿Quisiera permanecer en polvo o convertirme en resplandor eterno? 

El dilema del ser, que es el mío, que no puedo traspasar a nadie, que me compete, que seguirá la ruta que le indiqué, que pende de la ilusión alimentada con el querer de Dios sobre mi vida, para considerar todas las opciones, y elegir la única que llega a completar el círculo: ¡Salí de Dios y a Él regreso! El estribillo del salmo, me recuerda: “Enséñanos, Señor, el camino de la vida”. Enseñanza que no se aprenda el tono solamente, sino que lo vuelva paso duradero. 

Vuelvo los ojos a Jesús, el Centro de todo cuanto existe; me lleno de su decisión inquebrantable; confío en su entrega que nos abraza a todos y asegura la victoria final, más allá del pecado y de la muerte. Le pido que resuene en mí, de manera creciente, lo que San Pablo expresa: “El justo vivirá de la fe” (Rom. 1: 17). 

Todo lo que comienza, tiene un fin, y yo, creatura entre creaturas, debo de estar atento al brote de la higuera y distinguir los tiempos de la espera; al fruto que se anuncia, preceden circunstancias que estremecen y aterran, pero hay una Voz que todo lo supera, la que convoca a los hombres al momento del triunfo de la Palabra que permanece siempre. 

¿Cuándo será el momento decisivo? Lo incierto de lo cierto es lo más cierto, por eso regreso a la expresión paulina: “El justo vivirá de la fe” y pido estar tan afincado en ella, que a cualquier hora que escuche la llamada, pueda extender las alas del encuentro.   

domingo, 7 de noviembre de 2021

32°. Ordinario, 7 noviembre 2021.-


Primera Lectura:
del primer libro de los Reyes 17: 10 – 16
Salmo Responsorial,
del salmo 145: El Señor siempre es fiel a su palabra.

Segunda Lectura:
de la carta a los
Hebreos 9: 24 – 28
Evangelio:
Marcos 12: 38 - 44 

Al recorrer nuestra vida y detenernos, al menos un instante, a analizar nuestra forma de orar, de confiar, de permitir que el Espíritu nos haga experimentar la cercanía de Dios, ¿hemos encontrado en Él, oídos sordos?, o más bien ¿no hemos escuchado su respuesta? Su Palabra no es ni puede ser vacía: “El Señor escucha el clamor de los pobres y los toma a su cuidado”. ¿Nos hará falta elevar más nuestro clamor y vivir despegados de lo que, según nosotros, nos da seguridad?

Ya nos lo enseñaba Jesús: “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos”. Pobreza que no se aferra a nada de este mundo porque sabe que todo pasa, que se abre a la aventura, porque ha aprendido “a dejar en las manos paternales de Dios, todas sus preocupaciones”; es la forma de liberarnos de la neurosis de posesión, para aceptar, vivencialmente, que el ser es inmensamente más que el poseer.

Lo sabemos, lo sentimos, pero, hurgando en el interior, y, sin prejuzgar, probablemente en el de cada uno de nosotros, encentremos que mucho se ha quedado a nivel de intención, de deseo, de horizonte lejano, de cierta impotencia práctica, todo surgido de la naturaleza que se contenta con una fe fría que no ha logrado entusiasmarse por Cristo y por el Reino, que se fía más de lo palpable, de lo que está al alcance, de lo que resuelve los problemas inmediatos y olvida mirar el final del camino.

¡Qué diferencia entre nuestras actitudes y las de Elías y la viuda de Sarepta! El profeta, perseguido, pobre, errante, acepta la indicación de Dios y se encamina a tierra pagana; lleva lo único que no falla: “la fe en el Señor”, allá lo encontrará en una mujer pobre como él, que escucha una voz, quizá temblorosa, que le pide todo lo que tiene: “Tráeme, por favor un poco de agua para beber…, y un poco de pan”. La respuesta es trágica: “Te juro, por el Señor, tu Dios, que no me queda ni un pedazo de pan; tan sólo un puñado de harina y un poco de aceite en la vasija…, prepararé un pan para mí y para mi hijo, lo comeremos y luego moriremos”. En tierra pagana existen corazones grandes, abiertos al Señor Dios, con una confianza envidiable, que aceptan lo imposible y ven cumplidas las promesas; dan todo y ya no les faltará nada. Veámonos en ella, ¿en quién pensamos primero, y cómo actuamos? ¡Descúbrenos, Señor, tus caminos, porque el ansia de seguridad, de guardar lo que creemos tener, ¡impide la aventura de crecer!

Jesús, en el Evangelio, enseña a mirar y a deducir la riqueza interior: “El Señor no juzga por las apariencias” (Is. 11:3); no se dejen impresionar por las dádivas de lo que sobra: “Esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir”. Dos moneditas que no aumentarían el tesoro del templo. Jesús no se fija en la cantidad, sino en la grandeza del corazón, la confianza y el desprendimiento.

Animarnos a dar, como Cristo Jesús, el todo, sin detenernos a medir. Él se da a Sí mismo de una vez para siempre, para purificarnos, para abrirnos el camino hacia el Padre, y “ser la salvación de aquellos que lo aguardamos y tenemos en Él nuestra esperanza”

sábado, 30 de octubre de 2021

31°. Ordinario, 31 octubre 2021.-


Primera Lectura:
del libro del Deuteronomio 6: 2-6
Salmo Responsorial,
del salmo 17: Yo te amo, Señor, Tú eres mi fuerza.
Segunda Lectura:
de la carta a los Hebreos 7: 23-28
Evangelio:
Marcos 12: 28-34.

Ni que Tú te alejes, ni que yo me aleje; te necesito para tratar de comprenderte, de comprenderme y de comprender a los demás; sin Ti será imposible penetrar el alcance de tu mandamiento, porque en uno los reúnes todos: vertical y horizontal, todos en Ti y Tú  en todos; El resto, es consecuencia que brota, que desborda, que fecunda la vida. 

“¡Atrápame, Señor! ¡Átame fuerte!, que mis pasos no puedan más la hudía y mi mano a tu mano quede asida más allá del dolor y de la muerte.”  Son muchas las tentaciones de olvidarte, de perderte y perderme, me envuelve la ceguera y no te miro ni a Ti ni a los demás. Obstáculos que llegan desde dentro y de fuera, multiplican tropiezos; la meta es superarlos, pero sin Ti, sin mi ser en mí mismo, sin los hermanos, se volverá utopía.

En el Deuteronomio nos recuerdas que eres el Único Principio, el Fundamento, la Causa Primordial que ha de estar en presente todo el tiempo, el precepto que guía, el “Shema Israel”, colgado en cada puerta y la memoria: “Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas. Guarda en tu corazón los mandamientos que hoy te he transmitido”. Nuestra naturaleza lo percibe, sabe que el ser le fue entregado, que la única forma de volver al principio es encontrarte para cerrar el círculo y hallar la paz con todos.

¿Por qué el olvido constante y repetido? ¿Dónde quedó  el amor que fortifica? ¿Quién podrá suplantarlo? Nos sentimos cansados y vacíos, la multitud de las creaturas jamás podrá romper la soledad del hombre.

Tú entiendes, Señor, los pasos vacilantes, los nudillos que tocan en las casas sin eco de ternura y las ansias de llenarnos de emociones y cosas que se acaban. Haznos capaces de mirar esa Luz que trasciende, a Jesucristo que salva a todos, el único inocente que se entregó de una vez para siempre y es la puerta abierta para el acceso al Reino. Su Sacerdocio, recibido de Ti, envuelve a todo hombre, y en él lo purifica. Con la experiencia viva de sentirnos amados, entonamos el canto de alegría: “Yo te amo, Señor, Tú eres mi fuerza”. 

Regresando al inicio: Jesús engloba, el par de mandamientos; reducción increíble, ya no 613 que había en la Tradición hebrea. El “Shema Israel”, pide en reciprocidad lo dicho en el Levítico: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (19: 18), y concluye: “No hay ningún mandamiento mayor que éstos”. 

Dejemos convencernos para poder decir con el escriba: “¡Tienes razón, Señor!”, y que Jesús añada esas palabras que resuenen adentro, que nos llenen de paz y de confianza porque miramos seguro el horizonte, el cercano y el último: “No estás lejos del Reino de Dios”. 

Las preguntas, aun antes de enunciarlas, ya las ha respondido: Busca a Dios en el hombre y te hallarás con Él entre las manos, junto a ti mismo y a tu hermano.

sábado, 23 de octubre de 2021

30°. Ordinario, 24 octubre 2021.-


Primera Lectura:
del libro del profeta Jeremías 31: 7-9
Salmo Responsorial,
del salmo 125: Cosas grandes has hecho por nosotros, Señor.

Segunda Lectura:
de la carta a los Hebreos 5: 1-6
Evangelio:
Marcos 10: 40-52.

Buscar, aunque sea a tientas, pero con la mente y el corazón puestos en la meta. No podemos caminar por la vida sin la meta precisa, de seguro nos perderíamos. Quien siente la inquietud de llegar, pondrá los medios, no solamente unos medios, para conseguir lo anhelado. Tenderá la mano y encontrará seguridad de donde asirse. La presencia del Señor es visible aun en la obscuridad más densa; intentemos hacer real la antífona de entrada: “Busquemos continuamente su presencia”. 

Colgados del amor, en alas de la fe y de la esperanza, nos sentiremos como flechas lanzadas por el Arquero experto que nos orienta al centro mismo de los seres, a Dios, que nos espera para dársenos a Sí mismo, no como premio, sino como don gratuito, que llena, que rebosa, que transforma en luz nuestras tinieblas; completará así el círculo perfecto, salimos de Él y a Él volvemos. “Los cantos de alegría y regocijo” son prenda clara de que El Camino sale a nuestro encuentro. Es un Camino amplio, todos caben; el Corazón de Dios es grande, acoge a todos los que sufren: “cojos, ciegos, mujeres en cinta y aquellas que acaban de dar a luz”. Es un Camino llano y sin tropiezos, es la mano buscada y encontrada, es el cariño del Padre que funde, en un abrazo inacabable, a todo ser humano que acepte reconocerse como hijo.

No es sólo Israel, el Pueblo liberado, somos también nosotros, que miramos y admiramos “las grandes cosas que ha hecho por nosotros”; ha roto cadenas más pesadas que las de la esclavitud, de la lejanía, de la ilusión quebrada, del horizonte oculto a la mirada, del alma solitaria; ha roto las cadenas del olvido y se ofrece a romperlas sin cansarse, para formarse un Pueblo nuevo, limpio de pecado. Regresarán la risa y la alegría, las que superan todos los pesares, porque al levantar los ojos, miraremos los campos florecidos, las espigas fecundas, las aguas claras y abundantes.

Lo que fue signo y promesa en la voz del profeta, se torna en plenitud palpable en Jesucristo; ya no serán sacrificios de corderos, ni incienso, ni cantos de alabanza agradecida, sino la Sangre de Aquel que nos conoce y que no duda un instante en ofrecerla para que sirva como riego fecundo y nos lave por dentro; el nuevo y eterno sacerdocio ha quedado instaurado: “Tú eres sacerdote eterno como Melquisedec”. 

 El sacerdocio antiguo pedía primero perdón por sus pecados; Jesús, el único Justo, “el Hijo, eternamente engendrado”, la transparencia misma, en el que todo es gracia, el que nos lleva al Padre, se entrega libremente y es, a un mismo tiempo, Víctima, Sacerdote y Altar; con Él el retoño renace y nos pide, simplemente: ¡ayúdenme a crecer!

Son del mismo Jesús los pasos que resuenan muy cerca de nosotros; como Bartimeo, sentados al lado del camino, escuchemos, desde la obscuridad, la mano que anhelamos, la que salva y levanta, y gritemos sin miedo: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!” Nos urge la insistencia de una fe que confía, que no haga caso de aquellos que la quieren callar. Imploremos más fuerte. Sabemos que Jesús siempre atiende al que con fe lo invoca. Sigamos escuchando: “¡Ánimo!, levántate, porque Él te llama”. Arrojemos el manto, todo aquello que estorbe nuestro encuentro; demos el salto decidido hacia la Voz que aguarda, y, ya cerca de Él, pidamos lo que tanto nos falta: “Maestro, que pueda ver”.

Las maravillas del Señor continúan al alcance de un corazón deseoso; la claridad, la luz y los colores, darán vida a la vida, y Él mismo nos dará la fuerza necesaria para mantenernos humildes y sencillos para seguir sus pasos.