jueves, 5 de noviembre de 2015

32º Ordinario, 8 Noviembre, 2015



Primera Lectura: del primer libro de los Reyes 17: 10-16
Salmo Responsorial, del salmo 145: El Señor siempre es fiel a su palabra.
Segunda Lectura: de la carta a los Hebreos 9: 24-28
Aclamación: Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Evangelio: Marcos 12: 38-44.

La imaginación nos permite ver a nuestro Padre Dios con una sonrisa amable, como Él, cuando le decimos: “que llegue hasta ti nuestra súplica; acoge nuestras plegarias”. Sonrisa que hace preguntarnos si de verdad hemos orado, si hemos dirigido confiadamente hacia Él nuestra oración. Multitud de respuestas, venidas desde su Palabra, llenan nuestra memoria: “Pidan y recibirán, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá”. (Mt. 7:7). “Aunque una madre olvide al hijo de sus entrañas, Yo no me olvidaré de ti”. (Is. 49:15). “El Padre sabe de antemano lo que ustedes necesitan”. (Mt. 6: 32), ¿puede caber alguna duda de que nos oye, de que nos tiene presentes? Al permitir que esta realidad se convierta en realidad viva en nosotros, actuaremos acordes a lo que pedimos, unidos a toda la Iglesia, en la Oración colecta: aprender a “dejar en tus manos paternales todas nuestras preocupaciones”, y, a “entregarnos con mayor libertad a tu servicio”. ¿Dónde estaremos más seguros y de dónde obtendremos la gracia para ser congruentes y enlazar necesidad, súplica y actuación?

Las lecturas de hoy nos presentan espejos donde podemos mirarnos de cuerpo entero, seres que nos interpelan violentamente, que si los consideramos con sinceridad, nos hacen estremecer al constatar el abismo que hay entre nuestro querer y nuestro ser, entre el deseo y la realización, que nos acicatean para reducir la distancia entre el aquí y el hacia allá, que nos hacen palpar cómo viven aquellos que están “colgados de Dios”, y, por eso, son capaces de mirar antes al otro que a sí mismos. ¡Cómo necesitamos experimentar, sin miedo, con audacia, el desprendimiento y la confianza! Creer en serio, como lo vivió Pablo:“que hay más gozo en dar que en recibir”, (Hech. 20: 35), como la viuda de Sarepta, que no dudó en servir primero al profeta Elías con lo último que le quedaba, dispuesta a morir junto con su hijo; confió y no quedó defraudada. Percibió, de alguna manera, que “El Señor es siempre fiel a su palabra”, y “ni la harina faltó ni la vasija de aceite se agotó”. ¡Descúbrenos, Señor, tus caminos, porque el ansia de seguridad, de guardar lo que creemos tener, impide la aventura de crecer!

Jesús, en el Evangelio, nos muestra cómo analizar las acciones, cómo enriquecernos al mirar con ojos nuevos a los demás: “El Señor no juzga por las apariencias” (Is. 11:3), ve las intenciones del corazón: “Esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobraba; pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir”. Dos moneditas, las de menor valor, no aumentarían el tesoro del templo, destinado a ayudar a los menesterosos. Jesús no exalta la eficacia, sino la grandeza del corazón y la confianza. Volver al espejo y preguntarnos: ¿qué damos y con qué intención?

El último espejo, el perfecto, el que refleja la imagen del Padre: Cristo Jesús, fiel a una misión incomprensible sin fe y sin amor. Él no da pan, agua, monedas, va siempre más allá, a donde quiere que lo sigamos; se da Él mismo de una vez para siempre, no para incrementar el tesoro del templo, sino para purificarnos de toda mancha, para abrir las puertas del Templo Eterno, para volver por nosotros “que lo aguardamos y ponemos en Él nuestra esperanza”.

Tres espejos para analizar el reflejo de nuestra vida, para medir nuestras intenciones, para que, con la ayuda del Espíritu, “quitemos de nosotros toda afección que desordenada sea”.
 
Invitación que clama: ¡Abandona el simple parecer y abrázate al ser!

jueves, 29 de octubre de 2015

Todos Santos, 1º noviembre, 2015.--.


Primera Lectura: del libro del Apocalipsis 7: 2-4, 9-14
Salmo Responsorial, del salmo 23: Esta es la clase de hombres que te buscan, Señor.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Juan 3: 1-3
Aclamación: Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga,  y Yo los aliviaré, dice el Señor.
Evangelio: Mateo 5: 1-12.

Domingo de alegría que ha nacido y es fecundada por la fe hasta que alcance la plenitud al encontrarnos con Dios. ¡Creo en la resurrección de los muertos y en la Vida Eterna! ¡Creo que existe la verdadera felicidad y que nuestra vida no es “un ¡ay! entre dos nadas”! ¡Creo que el Padre nos creó para que participáramos de su Bondad, de su cariño, de sus abrazos y de su mirada! ¡Creo en la Comunión de los santos, y, en esa Comunión estrecharé a todos mis seres queridos! Crecerá, junto con la alegría, la admiración al encontrar a tantos hombres y mujeres que supieron amar más a los otros que a sí mismos, porque sabiéndolo o sin saberlo, amaron a Dios en Jesucristo presente en cada hombre y mujer a quien amaron, por quien se preocuparon, a quien atendieron y apoyaron. Agradeceré, ya jubiloso, su intercesión por mí cuando aún era peregrino.

Fe perseverante en que la Gracia siempre ha sido y será más fuerte que mis flaquezas y mis inconstancias. Fe en que encontrarás en mí, Señor, “el sello de pertenencia a Ti”, de aceptación de tu Historia en mi historia y que me asegurará, gratuitamente, hacer trascender mi propia historia, porque “la salvación viene de nuestro Dios y del Cordero”.   

Confío que me cuentes “en esa inmensa muchedumbre que nadie puede contar y que hermana para siempre a hombres de todas las naciones y razas, de todo los pueblos y lenguas”. Me has “lavado en tu Sangre”, que en el día señalado, me encuentres  “con el manto blanqueado”, como fruto seguro de tu amor predilecto; no será por mis méritos, Tú y yo lo sabemos, sino por tu misericordia inacabable que perdona, que sana y capacita para que pueda ser “de la clase de hombres que te buscan, Señor”.

Me sé en el camino, porque Tú, Jesús, has abierto el camino que nos conduce al Padre y al conjuntar el texto de san Pablo en Rom. 8: 16, con el que acabo de leer en 1ª Jn. 3: 1-2, se ensancha el corazón; puedo llamar a Dios, sin ningún titubeo: “¡Abba!”, “¡Padre!”, porque Tú intercediste para que el Espíritu residiera en mí y que “no sólo me llame sino que sea hijo”, y si hijo, heredero, coheredero contigo de la gloria “que me haga semejante”, y “poder contemplarlo” –no sé cómo, ya me enseñarás a abrir los ojos- “tal cual Es”. Puesta en Él mi esperanza, seré purificado.

Que ese Espíritu me ayude a rehacer mi escala de valores, a vivir los que Tú me propones para “bien aventurarme”; felicidad y dicha diferentes al programa que acosa desde fuera, el que insiste en el éxito, el tener y el valer por sobre los demás; el tuyo, en cambio, apunta a lo profundo, revuelve las entrañas, porque buscar el Reino es volcarme, por entero, a los otros, deshacerme de mí y caer en la cuenta del presente que afirmas al abrir y cerrar las Bienaventuranzas: “la pobreza de espíritu”,  ya es el Reino; “la constancia en la fidelidad ante las oposiciones”, “ya es  el Reino”. Mi carne se rebela, mi espíritu se aquieta, porque vale más tu Palabra, tu actuar, siempre coherente, que todas las promesas que nacen de este mundo y en él se quedan.

Mi alegría y mi salto de contento, se unirán, para siempre a todos los que en fe caminaron y siguieron tu ejemplo. Lléname de tu Espíritu para que el Padre me acoja como hijo.

jueves, 22 de octubre de 2015

30° Ordinario, 25 octubre 2015.-



Primera Lectura: del libro del profeta Jeremías 31: 7-9
Salmo Responsorial, del salmo 125: Cosas grandes has hecho por nosotros, Señor.
Segunda Lectura: de la carta a los Hebreos 5: 1-6
Aclamación: Jesucristo, nuestro salvador, ha vencido a la muerte y ha hecho resplandecer la vida por medio del Evangelio.
Evangelio: Marcos 0: 40-52.

El hombre es el ser que busca, sabiendo lo que busca. Podemos ir por la vida sin meta precisa, ¿a dónde llegaríamos? La sabiduría popular nos enseña: “el que no sabe es como el que no ve”. Pero aquel que verdaderamente siente la inquietud de llegar, hará lo imposible por encontrar ayuda que lo lleve, aunque no mire, a donde la necesidad interna lo conduce. La confianza en la mano que le tienden, es báculo seguro.

La obscuridad que nos rodea, por dentro y por fuera, nos impide el encuentro que cambie nuestras vidas. ¿Existe, al menos, el deseo que nos pide el Señor: “Busquen continuamente mi presencia”?

La nebulosa experiencia que obscurece el camino, nos hace ser conscientes de lo que pedimos a nuestro Padre Dios: “Aumenta en nosotros la fe, la esperanza y la caridad”, virtudes que orientan directamente la relación contigo, que esclarecen y guían, que enseñan lo profundo y dan lo necesario para amar en concreto cuanto dices y mandas; sólo así obtendremos la realidad del Reino.

“Volver”, implica haber partido, habernos alejado, como Israel, a países lejanos. Ellos vivieron el dolor del exilio, la soledad, el llanto y la añoranza. Nosotros hemos partido sin movernos de sitio, lejos del corazón y los deseos. Ellos escucharon la voz de la promesa que allanó los caminos y dio seguridad a todo paso; aun los ciegos y cojos, junto a esa multitud, encontraron consuelo, porque “El Señor es amigo de su Pueblo”, y  congregó “ a los supervivientes de Israel”, se comportó como Quien es, Padre amoroso. La invitación para nosotros es la misma; la Voz que nos conduce, si queremos oírla, hará que regresemos a la senda segura, donde no tropecemos.

Detrás de la Voz, descubramos a Aquel que la pronuncia, al que no pude sino “hacer maravillas por nosotros”, que nos hace reír, que nos alegra, que nos transforma en admiración para los pueblos, pues nos ha liberado de un cautiverio más cruel que las cadenas. 

El Padre se nos hace presente en Jesucristo, Sacerdote y ofrenda que se entrega a sí mismo por nosotros. Nos sabe desde sí, desde su carne, débil como la nuestra; por eso nos comprende, se apiada y nos consuela; nos enseña a superar los miedos y la muerte. El Padre lo constituye en Único Mediador, “Piedra angular” que todo lo sostiene.

Es el mismo Jesús quien va por el camino de la vida, sus pasos suenan firmes y claros, decididos, de modo que aun los ciegos los distingan. Bartimeo está alerta; la salvación roza su sombra, no la ve, pero el sentido interno, la descubre. El grito de “¡Piedad!”, surgido desde la soledad en que vivía, se escucha más allá de todo ruido. Su insistencia es fe que actúa, no se deja acallar por otras voces que desvíen su deseo de mirar; grita más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”.  Jesús, que siempre oye al que con fe lo invoca, se detiene. Él sabe lo que hay en el corazón del hombre, y lo llama. La esperanza del ciego ha crecido, arroja el manto y de un salto camina hacia Jesús dando tropiezos, no le importa, siente cerca el encuentro que cambiará su vida. Pregunta y respuesta van unidas por un lazo invisible que se transforma en luz: “¿Qué quieres que haga por ti?” “Maestro, que pueda ver”. El milagro está hecho; la claridad, venida desde dentro, iluminó sus pasos hacia fuera, lo llenó de alegría y le dio el tono del canto agradecido: “Grandes cosas ha hecho por mi, el Señor”.

Ilumina, Señor, a tanto Bartimeo que vaga por el mundo sin sentido; nosotros como él, te suplicamos: ¡Que veamos, Señor tus maravillas, y por encima de ellas, a Ti mismo!