domingo, 14 de junio de 2020

11°. Ord. 14 junio 2020.-

Primera Lectura: del libro del Éxodo 19: 2-6

Salmo Responsorial, del salmo 99

Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los romanos 5: 6-11

Evangelio: Mateo 9: 36-10:8


“Oye, Señor, mi voz…, ven en mi ayuda”, clamamos en la antífona de entrada y completamos perfectamente en la oración: “porque sin tu ayuda, nada puede nuestra humana debilidad”; si en verdad sacamos a flor esa experiencia, soy débil,  no cesará mi boca, nuestra boca, de llamar al Señor, y seremos capaces de tratar de cumplir siempre su voluntad.



¿De dónde nace la confianza para invocar el nombre del Señor?, de Él mismo, de su bondad, de la fuerza que nos comunica y nos llena de esperanza; definitivamente, ¿qué pueblo pudo jamás escuchar la predilección del mismo Dios?, y nosotros somos ese pueblo “su especial tesoro entre todos los pueblos”; palabras del Éxodo que nos hacen recordar la Carta de San Pedro: “Pueblo de reyes, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo de su propiedad”, así, nuestro ser entero, sentirá lo que es el cobijo de Dios, ¿nos animaríamos a desear más?



Insiste en el mismo renglón el estribillo del Salmo, como para que esa verdad ilumine siempre nuestros pasos: “El Señor es nuestro Dios y nosotros su pueblo”. Reconozcamos que somos suyos; ya contamos con su gracia para guardar la Alianza.



Pablo en el fragmento de la Carta a los Romanos, ahonda todavía más: ¿cómo no vamos a ser agradecidos, profundamente agradecidos, y recordemos que el agradecimiento es la memoria del corazón, si “cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros”? No tenemos hacia dónde desviar la mirada, en todo lugar encontramos la misericordia y el amor de Dios por nosotros, el perdón y la misericordia nos arropan: ¡Gracias, Señor!



Definitivamente el Reino de Dios no está cerca,  está dentro de nosotros… ¡qué maravilla!



En el Evangelio continuamos escuchando la misma melodía: Jesús se compadece de las multitudes y lo sigue hacendó, porque en aquel entonces al igual que ahora: estaban y estamos extenuados y desamparados como ovejas sin pastor”; nuestro mundo continúa necesitando trabajadores en los campos de Dios: Señor, danos sacerdotes santos según tu corazón, que alienten y alimenten a tu  pueblo, que lo sanen y lo santifiquen con  y por la acción del Espíritu Santo; así como elegiste a los doce, sigue desgranando nombres que se alisten bajo tu bandera y, discerniendo tu mensaje, ahora sí vayan a tierra de paganos, de hombres y mujeres hambrientos de verdad y de vida, y sepan comunicar la luz que viene de tu Palabra.


domingo, 7 de junio de 2020

La Santísima Trinidad, 7 junio 2020.


Primera Lectura: del libro del Éxodo 34: 4-6, 8-9
Salmo Responsorial, del salmo 3
Segunda Lectura: de la segunda carta del apóstol Pablo a corintios 13 11-13
Evangelio: Juan 3: 16-18.

Celebramos el “misterio” escondido desde los siglos en Dios, pero revelado por Jesucristo y ratificado por el Espíritu Santo. “Misterio”, porque nosotros no podríamos ni imaginarlo, pero que Dios en y por Jesús lo ha manifestado al darnos a conocer “su inmenso amor”.

“Creados a imagen y semejanza de Dios”, (Gén. 1: 26) vemos la llamada y el alcance de nuestra manera de crecer conforme a esa “imagen y semejanza”: Dios no es ni solitario ni lejano; Dios es perfecta y continua Comunicación, convivencia, cordialidad, bondad, entrega. Identidad que es el Hijo Encarnado y Amor que es el Espíritu derramado en nuestros corazones. Amor que se define a Sí mismo: “Compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”. ¡Qué lejos estábamos de la Realidad íntima de Dios! ¡Qué agradecidos ahora que se nos ha dado a conocer! “Nadie conoce mejor el interior del hombre que el espíritu del hombre que está en el hombre; nadie conoce mejor el interior de Dios que el Espíritu de Dios que es Dios…” (1ª. Cor. 2: 10-11) Y “nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo ha revelado”.  Ya somos poseedores de ese conocimiento, “El que cree en el Hijo, cree en el Padre”, y todavía más: “Cuando les envíe el Espíritu los confirmará en la Verdad que les he enseñado”.   ¡Esta es nuestra Fe que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús, Señor nuestro! Es verdad que Dios Infinito nos sobrepasa y nuestra inteligencia se estremece y se siente tentada a dudar; pero no lo hará porque “sabe en Quién ha puesto su confianza”.

El cristianismo o es Trinitario o no es cristianismo. “La Gracia de nuestro Señor Jesucristo, el Amor del Padre y la Comunión del Espíritu Santo, están siempre con nosotros”.   Nos santiguamos Trinitariamente, todas nuestras oraciones finalizan con la invocación Trinitaria, Glorificamos, juntamente, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, creemos en el Padre, el Hijo y el Espíritu vivificador, hemos sido bautizados en el nombre de Dios Trino y Uno, nuestra despedida del día y de la vida está cobijada por el Padre Creador, por el Hijo Salvador, por el Espíritu santificador.

Alentadora, fortalecedora, comprometedora es nuestra aceptación porque está fundada, no en razonamientos humanos, sino en la Palabra Verdad y Promesa, que se ha cumplido y nos ha liberado; en el Amor Trinitario hecho “carne” como la nuestra en Cristo Jesús para que podamos recibir la herencia imperecedera de Aquel a quien confiadamente llamamos “¡Abba!”, “Padre”.

domingo, 31 de mayo de 2020

Pentecostés, 31 mayo 2020.-


Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 2: 1-11
Salmo Responsorial, del salmo 103
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 12: 3-7, 12-13
Evangelio: Juan 20: 19-23.

Concluye, hoy, el Tiempo Pascual, desde la “Pascua Florida”, llegamos a la “Pascua Granada”. “No sólo es de flores la fiesta, sino Flor de Fruto es ésta”. Cristo regresó al Padre; reconoció, con toda la fuerza de su Verdad que “todo estaba cumplido”, en lo que a Él se refería. Conforta a sus discípulos con esa presencia intermitente y repite, una y otra vez, que la promesa pronunciada, se cumplirá: “De aquí a pocos días serán bautizados en Espíritu Santo y en Fuego”.

Viento y fuego que rompen las ataduras de la timidez y la desesperanza, que construyen un lenguaje nuevo, que trastocan la confusión de Babel, que dejan atónitos a los oyentes y los congrega en el gozo de escuchar, en su propia lengua, “las maravillas del Señor”. La lista de tantos países diferentes anuncia la universalidad del llamamiento a la Esperanza, a la Verdad, a la Comunión.

La consolidación de la Iglesia está sellada e inicia su acción; exactamente la misma que Jesús ha llevado a plenitud en su entrega sin límites: la Buena Nueva, el perdón, la unión con el Padre a través del mismo Espíritu. “No son ustedes los que me han elegido, sino que yo los he elegido para que vayan y den fruto y ese fruto perdure”. “No tengan miedo, el Padre pondrá en sus bocas las palabras exactas que no podrán rebatir los adversarios.”

Que nuestra oración haya estado colmada de confianza al recitar el Salmo: Ahí está, verdaderamente, la única posibilidad de cambio: “Envía Señor tu Espíritu a renovar la tierra.” ¿Qué nos responderá el Señor?: Ya lo envié y continúa presente, ¡déjenlo actuar! Él es Quien conjuntará la diversidad de miembros, como lo hizo en la primera comunidad cristiana, para que sean Un solo Cuerpo en Cristo Jesús. Dones al por mayor, pero una sola finalidad: el bien común. En serio necesitamos esta fuerza que viene desde arriba para que anide en nuestros corazones. ¡Es tan profundo nuestro aislamiento egoísta, nuestra falta de audacia y valentía para dar una respuesta digna, que únicamente Él nos comunicará, la convicción, hecha acción, para decir: “Jesús Es el Señor”!

El saludo de Jesús a sus discípulos: “La paz esté con ustedes”, lleva consigo algo sumamente importante para nuestras vidas: ¡el perdón! Perdón y purificación que Él nos otorga para que hagamos lo mismo.

Reitera “el envío”, la misión y tarea: que seamos cristos vivos, consoladores y amigos, nos miremos y tratemos como hermanos “para que el mundo crea”.

Oremos al Espíritu: “Concede a aquellos que ponen en ti su fe y su confianza, tus siete sagrados dones. Danos virtudes y méritos, danos una buena muerte y contigo el gozo eterno.”