viernes, 10 de febrero de 2023

6º Ordinario, 12 febrero 2023.-


Primera Lectura:
del libro del Eclesiástico 15: 16-21
Salmo Responsorial, del salmo 118:
Dichoso el que cumple la voluntad del Señor.

Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 2: 6-10

Evangelio: Mateo 5: 17-37.
 

¿De verdad reflexionamos en lo escuchado el domingo pasado: “sal de la tierra”, faros encendidos que alumbren nuestra vida y la de los demás para que juntos “glorifiquemos al Padre que está en los cielos”? Para ser fieles, constantes, perseverantes, al irnos conociendo, al ir experimentando nuestra flaqueza, aprendemos a afirmar que “Dios es nuestra defensa, roca, fortaleza, baluarte y escudo, guía y compañía”. En Él y sólo en Él encontraremos la rectitud y sinceridad de corazón “que nos haga dignos de esa presencia suya” que nos mantenga como la sal de la tierra y luz encendida. 

¡Libertad, cuánto te ansiamos y qué poco te utilizamos rectamente! ¡Qué fácil nos dejamos envolver por el “sensamiento” para encubrir nuestros caprichos y actuar sin detenernos a reflexionar que nuestras decisiones tienen consecuencias que repercuten en la consecución o en la pérdida de la Vida Verdadera! 

“El Señor conoce todas las obras del hombre”, aun aquellas que ignoramos o pretendemos ignorar, por eso recordando el Salmo 19: “De mis pecados ocultos, líbrame, Señor”, y que desde lo profundo de nuestro ser, hagamos viva la experiencia del salmo que recitamos en la liturgia: “Dichoso el que cumple la voluntad del Señor”, en ella está la sabiduría auténtica, la que repele las engañifas de este mundo, la que el Señor Jesús ha traído desde el Padre, la del Espíritu que nos sigue enseñando a buscar y a aquilatar la profundidad de Dios. 

Busquemos la voluntad del Padre con la pasión con que lo hizo Jesús, Él va siempre más allá de lo que dicen las leyes. Para encaminarnos hacia ese mundo más humano que Dios quiere para todos, lo importante no es observar simplemente la letra de la ley, sino tratar de ser hombres y mujeres que se parezcan a él. 

Quien no mata, cumple la Ley, pero si no arranca de su corazón la agresividad hacia su hermano, no se parece a Dios. Aquel que no comete adulterio, cumple la Ley, pero si desea egoístamente la esposa de su hermano, no se asemeja a Dios. En estas personas reina la Ley, pero no Dios; son observantes, pero no saben amar; viven correctamente, pero no construyen un mundo más humano. 

Entendamos las palabras de Jesús: «No he venido a abolir la Ley y los profetas, sino a dar plenitud». No ha venido a echar por tierra el patrimonio legal y religioso del antiguo testamento. Ha venido a «dar plenitud», a ensanchar el horizonte del comportamiento humano, a 2liberar la vida de los peligros del legalismo. 

Nuestro cristianismo será más humano y evangélico cuando vivamos las leyes, normas, preceptos y tradiciones como los vivía Jesús: buscando ese mundo más justo y fraterno que quiere el Padre. 

¡Jesús, que al recibirte en la Eucaristía, nos concedas estar abiertos a la acción de ese Espíritu de amor y de servicio, de sinceridad y transparencia que nos enseñaste a través de tu vida!

viernes, 3 de febrero de 2023

5° Ordinario, 5 Febrero 2023.-


Primera Lectura:
del libro del profeta Isaías 58: 7-10
Salmo Responsorial, del salmo 111: El justo brillará como una luz en las tinieblas.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 2: 1-5
Evangelio: Mateo 5: 13-16

Dice Paul Claudel: “Nunca el hombre es más grande que cuando está de rodillas ante su Creador”. Actitud de reconocimiento agradecido por la vida, por los dones recibidos y al mismo tiempo, afirmación de que Absoluto solamente existe Uno: el Señor, nuestro Dios. En Él ponemos totalmente nuestra esperanza; ¿cuántas veces habremos repetido: “Sagrado Corazón de Jesús en Ti confío”? Pues que a la confesión que hacemos, sigan las obras. Esas, las que conocemos de memoria, pero que a veces están ausentes de nuestra vida diaria. 

¿Qué significado puede tener un “culto meramente externo”? Ya escuchamos la respuesta de labios de Isaías, - de parte de Dios mismo -: ¿Quieres ser luz y que esa Luz presida y cierre tus pasos?, actúa, “abre tu corazón a los demás, comparte tu pan, cobija al que no tiene techo, no des la espalda a tu hermano, viste al desnudo…, entonces clamarás y Yo te escucharé, brillará tu luz en las tinieblas…, entonces Yo te diré ¡Aquí estoy!”.  Parecería que escuchamos “El juicio de las naciones”: “Vengan benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber…”, y lo que sigue y tenemos en la memoria. No en balde llaman a Isaías el Protoevangelista, el clarividente con la Luz de Dios. ¿No es la predicción de lo que escuchábamos el domingo pasado en “Las Bienaventuranzas”? ¿Cómo llegará a Dios nuestro clamor si desdecimos con las obras lo que afirmamos con los labios? ¡Te amo, Señor, cumplo con el precepto dominical, comulgo, oro, pero eso de ocuparme de mis hermanos en serio, está más allá de mis posibilidades!  ¿Dónde queda la integración de mi vida en la de Cristo que “pasó haciendo el bien”.

Sin tu Luz, ¿cómo podré brillar en las tinieblas?, ¿cómo caminar en la justicia, en la clemencia y en la compasión?  

Sin tu decisiva presencia en mí, no alcanzo a saborearme como esa sal que da tu auténtica sazón a la vida; soy ciudad en lo alto de un monte, pero cubierta de nubes; soy, inconsecuentemente, “luz apagada.” Siento surgir en mí la desilusión, porque no realizo lo que esperas de mí; por eso vuelvo a la oración: “Que tu amor incansable me proteja porque quiero poner en Ti toda mi esperanza.”  El pecado, el egoísmo, la comodidad que me envuelven, me impiden dar el paso hacia el encuentro del otro, de Ti en cada ser humano y la brújula de mis decisiones se enloquece, da vueltas sin parar, sin apuntar hacia el único norte. ¿Me he quedado en una fe conceptual, teórica, que rehúye el compromiso, que busca “razones” para escudarse y no acepta tu realidad, que vendría a ser la mía, la de la Buena Nueva “fincada en Cristo Crucificado”? 

¡Me doy miedo de mí mismo! Sé que puedo sacudírmelo y “caminar no en tinieblas sino a la luz de tu gloria”, si desde mi debilidad capto, percibo y procedo desde “la fuerza de tu poder por medio del Espíritu”, entonces mis obras serán realizadas según tu voluntad e invitarán a cuantos trato “a dar gloria al Padre que está en los cielos.” 

¡Convéncenos, Señor, que formamos parte de “ese pequeño resto ” destinado a colaborar en la salvación de todos! 

 

 

sábado, 28 de enero de 2023

4º. Ordinario, 29 de enero 2023.-


Primera Lectura:
del libro del profeta Sofonías 2:3, 3:12-13
Salmo Responsorial, del salmo 145:
Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los corintios 1: 26-31

Evangelio: Mateo 5: 1-12.
 

El sábado terminó la Octava de Oraciones por la unión de las Iglesias, hoy le pedimos al Señor que nos reúna de entre todas las naciones para agradecer su poder y cantar sus alabanzas. Todo ser humano está en la mira de Dios en orden a la salvación, nos rodea a todos con un infinito abrazo de su Paternidad y, para tratar de asemejarnos a Él, pedimos en la Oración “amarlo con todo el corazón y con el mismo amor, amar a nuestros prójimos.” 

En la visión cristiana, si es que en verdad queremos tenerla, no cabe la acepción de personas; nuestras relaciones interpersonales no deben guiarse por simple empatía o romperse por antipatía; hay en nuestros corazones algo mucho más grande, el Señor, el Dios siempre Mayor, si permitimos que su Gracia actúe, seremos capaces de vivir lo que hemos pedido: un corazón, una visión, una actuación auténticamente universales. 

Las tres lecturas de hoy confirman una única línea, la de Dios, iniciada desde la Antigua Alianza y reafirmada por Pablo, quien vive con profunda convicción el ejemplo y el mensaje del Señor Jesús. 

“¿Quién será grato a tus ojos, Señor?: el que procede honradamente, el que no juzga, el que no miente, el que no es altanero”. Es tan fuerte la palabra profética, al fin y al cabo, Palabra de Dios, que trasciende los tiempos y las épocas. Cala la realidad, descubre los secretos más íntimos. No tolera las acciones destructivas contra los hermanos, hace reflexionar para que nos unamos a ese “pequeño resto”, para que la justicia y la humildad nos planifiquen. La humildad es la verdad, nuestra verdad de ser creaturas, de ser hijos, de ser hermanos; de ella brotarán la justicia, el respeto y la paz. ¿De verdad deseamos vivir tranquilos?, sometamos a juicio nuestro proceder, ¿es fraterno o sigue los criterios de la sociedad que nos rodea, en la que estamos enclavados y cuyo único interés es el poseer, el poder, la primacía, la triste pero total ausencia de los demás en su vida.   ¡Qué diverso es el camino de Dios, va, y si vamos con Él, contracorriente! “No escogió a sabios y poderosos de este mundo…, sino a los pobres, a los débiles, a los ignorantes, a los que nada valen”. Contrastes golpeantes, condena flagrante del “parecer”. Nuestra única gloria es estar ya injertados en Jesucristo y gozar “en Él nuestra santificación y redención”. ¡Qué bien aprendió Pablo el “Sermón del Monte”, sin haberlo escuchado! 

Al exponer el camino del Reino, Jesús no utiliza el lenguaje legislativo, no da mandamientos, señala la senda que conduce a la felicidad plena, y lo hace desde Él mismo, con su ejemplo. Invita a que nos centremos en lo que vale y permanece: “Dichosos, bienaventurados, los pobres de espíritu”, sólo desean vivir a gusto de Dios! Dichosos los que lloran ante la injusticia y la impiedad que han olvidado a Dios, los pobres y necesitados porque, libres de toda atadura,  ponen toda su confianza en el Señor; los que sufren porque se sienten asociados a la Pasión de Cristo; los que con un corazón limpio trabajan por el bien de todos. Es un programa de vida exigente y radical, tan opuesta a los criterios del mundo, que nos advierte el mismo Jesús: “los perseguirán, los injuriarán, dirán cosas falsas de ustedes, por causa mía, pero alégrense porque su recompensa será grande en los cielos.” 

El contenido y la invitación sin duda trastornan muchos de nuestros planes; las incomodidad quizá nos atemoricen, pero, o miramos con intensos ojos de fe nuestra realidad desde la vida y la entrega de Jesús y nos lanzamos, confiados en que Él y el Espíritu nos sostendrán, o nos veremos arrastrados por el contrasentido que nos rodea. 

La decisión de correr el riesgo y la aventura, está en nosotros, en ese ¡sí!, sin reticencias al Señor. ¡Convéncenos, Señor, que “sólo en Ti podemos gloriarnos!”

sábado, 21 de enero de 2023

3°. Ord. 22 enero 2023.-


Primera Lectura:
del libro del profeta Isaías 8: 23 - 9: 3
Salmo Responsorial, del salmo 26:
El Señor es mi luz y mi salvación.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 1:10-13, 17

Evangelio: Mateo 4: 12-223.
 

“El que canta ora dos veces”, nos dice San Agustín, ¡que coro más maravilloso si todos los hombres de la tierra aprendiéramos letra y tono!, sería algo nuevo pero que no se acabaría: “Canten al Señor, hay brillo y esplendor en su presencia, y en su templo belleza y majestad”. Abrir los ojos y el corazón y dejar que la lengua reconozca todas las cosas bellas con que el Señor nos ha favorecido; aprender a vivir como verdaderos seres humanos, como auténticos hijos de Dios, unidos a Jesús “el Hijo amado, para producir frutos abundantes”. 

La primera lectura nos transporta a la Noche de Navidad: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz…, engrandeciste a tu pueblo e hiciste grande su alegría”. Dios es el Señor de la alegría, el Señor de la Paz, el Señor que rompe las tinieblas e ilumina el camino de salvación; nos transporta también a la fiesta de Epifanía, fiesta de la universalidad del amor de Dios “que no tiene acepción de personas”, que, de verdad se interesa por cada hombre, como un Padre vela por cada uno de sus hijos; esta realidad, por sí misma nos tiene que llenar de gozo y esperanza, de gratitud y compromiso: ¡Dios me ama, a mí, en concreto, con este ser que soy, pero que me quiere cada día mejor!; por eso le pedimos que nos guíe por el camino de sus mandamientos, cumplirlos es caminar según su voluntad y dar a conocer que nuestra respuesta y nuestro amor no son quimera sino verdad anclada en Él. Si auténticamente esa es la luz que seguimos, habremos hecho caso al mismo Dios que nos exhorta por boca de San Pablo: realizaremos la concordia en Jesús y las divisiones se evaporarán. Cualquier división o partidismo desgaja el Cuerpo Místico, escucharlo nos regresa al Único Eje. 

¿Percibimos el valor de nuestras vidas y la de cada hombre, desde el Sacrificio del Señor, desde nuestro Bautismo? ¿Nos ofrecemos para extender, vivencialmente, la Buena Nueva, la Conversión, la Alegría del Evangelio, la convicción de trascendencia? ¿Queremos hacer eficaz la Cruz de Cristo? Signo y significado se conjuntan a la perfección. Ante tal demostración los “llamados”, sin violentar su interioridad, no pudieron sino “dejarlo todo y seguirlo.” Es, una vez más, la voz y la mirada que siguen tocando nuestros interiores; ¿al menos tenemos la intención, el deseo de detenernos a escucharlo? “Dejarlo todo”, ¿qué es “todo”, en comparación con poseer y ser poseído por Cristo?

 Démonos un tiempo para analizar si es verdad lo que repetimos en el Salmo: “El Señor es mi Luz y mi Salvación, a quién voy a tenerle miedo… Lo único que anhelo es vivir en la Casa del Señor por años sin término para disfrutar de las bondades del Señor y estar continuamente en su presencia.” 

Si la aseveración procede de la convicción, la consecuencia será inmediata: “Ármate de valor y fortaleza y en el Señor confía.”   Nunca nos sentiremos decepcionados; ya hemos sido elegidos por Aquel que es el Camino de la Luz, de la Alegría y de la Salvación. ¡Señor, que no desdigamos, con nuestra actitud apática, del don que nos das!

viernes, 13 de enero de 2023

2°. Ordinario, 15 enero 2023.-


Primera Lectura:
del libro del profeta Isaías 49: 3, 5-6
Salmo Responsorial,
del salmo 30: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Segunda Lectura:
de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 1: 1-3;
Evangelio:
Juan 1: 20-34.
 

Bautizados por Jesús, no solamente en el agua, sino, en el Espíritu Santo, nos unimos en la Antífona de Entrada a “los himnos en honor y alabanza del Señor en toda la tierra”. Himnos que nos ayudan a reconocer el “amor con el que gobierna cielo y tierra”, presencia que hará que “los días de nuestra vida transcurran en su paz”. 

Isaías nos pone en contacto, a través del segundo cántico del Siervo de Yahvé, con “el Elegido” para manifestar a través de él, su gloria. El apelativo de “Siervo”, en la Sagrada Escritura, se reserva a grandes personajes en la historia de la salvación: Abrahán, Moisés, David, pero referido a Jesucristo realiza todo su contenido: “formado desde el seno materno…, luz de las naciones, para que haga llegar la salvación hasta los últimos rincones de la tierra”. 

¿En qué consisten las complacencias del Padre?, sencillamente en vivir conforme a su voluntad, como entonamos en el Salmo: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”; en esperar plenamente en Dios; en experimentar su acción con una docilidad sorprendente y aguardar las consecuencias: “Él se inclinó hacia mí y escuchó mis plegarias. Él puso en mi boca un canto nuevo, un himno a nuestro Dios”.  Desde un corazón de tal manera abierto que comprende y acepta que no bastan sacrificios ni holocaustos para agradar a Dios, comprendemos que nuestro Padre “no quiere cosas”, nos quiere, conforme al ejemplo de Jesús que se pronuncia, de manera definitiva: “¡Aquí estoy!”; penetremos en el compromiso que esta decisión encierra: “Hacer tu voluntad, esto es lo que deseo: tu ley en medio de mi corazón”. 

Misterio que empuja al asombro y a la contemplación más que a una ilación de disquisiciones intelectuales: Ver al Hijo de Dios hecho hombre como yo.

Mirar a Aquel que existe desde siempre, “en quien reside la plenitud de la divinidad” (Col. 1: 19), dispuesto a buscar su misión, encontrarla y cumplirla.

Considerar lo que hace: pasa, ¡con qué sencillez!, y atrae y arrastra miradas y corazones. Acepta ser “el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo” y el camino que lo llevará hasta cumplir, hasta la mínima coma, la Voluntad del Padre. 

A esto nos conduce el estar “bautizados por el Espíritu de verdad”; a recuperar nuestra identidad de cristianos, seguidores de Cristo; a liberarnos del egoísmo y la cobardía; a abrirnos al amor solidario, gratuito y compasivo; a mostrarnos como “santificados, como pueblo santo que invoca el nombre de Cristo Jesús”.  La consecuencia surge de inmediato: experimentar “la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre”. El Espíritu Santo no se equivoca, ¡pidamos aprender a dejarnos guiar por Él!

La Epifanía, 8 enero 2023.-


Primera Lectura:
del libro del profeta Isaías 60: 1-6

Salmo Responsorial,
del salmo 71: Hoy nos ha nacido el Salvador.

Segunda Lectura:
de la carta del apóstol Pablo a los efesios 3: 2-3, 5-6

Evangelio:
Mateo 2: 1-12
 

Al mirar atentamente, descubrimos los signos, encontramos lo que consolida la fe. Iluminados por esa fe, no perderemos el camino para llegar a contemplar, “cara a cara”, la hermosura de la Gloria.

Este pasaje de San Mateo es ¿una historia real o es un cuento de niños?  Es un cuento, lleno de cariño del Niño Dios para los niños del Reino. 

Mateo narra al modo oriental enseñando que ese Niño ante el que se postran hombres venidos de lejanas tierras es el mismo del que habla Isaías. Y al mismo tiempo nos enseña lo mismo que Juan va a decir en el prólogo de su evangelio: “Que vino a los suyos (los judíos) y no lo recibieron”. Ninguna autoridad religiosa o civil se postra ante el Niño Dios, solo aquellos Magos venidos del Oriente. 

Mateo hace Teología, y la Teología es necesariamente “ciencia de los niños”, de esas gentes sencillas y humildes, de esos pequeños, a los que el Padre les revela los misterios guardados por siglos en el corazón de Dios: “Te doy gracias, Padre, porque has revelado estas cosas a los sencillos y humildes”. 

Para entender y entrar en el Reino de los cielos tenemos que hacernos como niños, allá no puede entrar nadie que no nazca de nuevo comenzando por ser niño otra vez. La Teología no cabe en programas de computadora. Se estudia de rodillas, como los Magos se pusieron ante el Niño. 

Hoy es el día de las estrellas, día de la ilusión del que cree en lo maravilloso, del que entiende el asombro que hay en aquel dicho japonés: “Cuando una flor nace, el universo entero se hace primavera”. Día del que sabe apreciar la grandeza de lo pequeño. Del que no desprecia la luz vacilante de la estrella de la Fe, y sabe aceptar en un Niño a Dios, y con alegría se pone a sus pies y le entrega todo lo que tiene, como los Magos. 

Cuántos hombres han querido ver a Dios a la luz del sol de mediodía y no han conseguido más que quemarse la retina, sin caer en la cuenta que Dios es demasiada luz para que quepa en nuestro entendimiento y que necesitamos de la mediación de la estrella de la Fe para llegar a Él sin abrasarnos. A veces decimos que nos falta Fe, lo que nos falta es sencillez de niño para aceptar la estrella que lleva a Dios y aceptar a Dios bajo la forma de Niño. 

San Ignacio nos invita a entrar en casa de José y María, junto con los Magos y que hablemos con el Niño Dios. Y le digamos: “Señor, también yo vengo caminando por el desierto de la vida, tratando de seguir la estrella de la Fe, que se me oculta con frecuencia; sin embargo aquí me tienes creyendo en Ti como en mi Dios,  no me da vergüenza admitirlo, aunque muchos te nieguen. 

Yo no tengo nada que ofrecerte como estos Reyes. Sólo te entrego en propia mano mi carta, como eres pequeño y todavía no sabes leer te la leo: Te pido que me hagas niño, niño que se confíe totalmente a su Padre Dios, niño que crea y espere en Ti sin límites, niño que pase por el mundo dando cariño y sonrisas, confiando en que hay todavía bondad en los hombres de buena voluntad.

sábado, 31 de diciembre de 2022

Santa María Madre de Dios, 1° enero 2023.-


Primera Lectura:
del libro de los Números 6: 22-27
Salmo Responsorial, del salmo 66:
Te piedad de nosotros, Señor, bendícenos.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los gálatas 4: 4-7

Evangelio: Lucas 2: 16-21.
 

¿Costumbre, rutina? ¡Aguardamos el 1º de Enero para decir a voces: ¡Feliz Año Nuevo!, si detenemos por un momento el paso y el pensamiento, captamos que “lo nuevo” es cada instante y lo grandioso de la novedad es que, al fijarnos en el tiempo, comprendemos que en sí mismo, mirando el segundero del reloj, “no es, es y deja de ser”, en un paso rítmico e interminable que recorre, acompasado, carátulas y vidas, como un algo que se va, se va y no retorna. 

¿Qué novedad es ésta, que no es; esa a la que apenas miro y ya se ha ido? La que señala el camino que acaba y no termina, la que nos hace conscientes de estar viviendo entre la trama del espacio y aquello que llamamos tiempo, magnitudes que estrechan la visión y por lo mismo  invitan a romperla porque el latido sigue, porque el horizonte de la esperanza se abre en infinito y urge, no a acelerar el paso, no podemos, ya que él mismo nos lleva hasta el final concreto, desconocido en sí, pero seguro en el encuentro cuando se rompan, en silencio, lo que llamábamos el espacio y el tiempo y comencemos, sin otra referencia externa, a vivir la intensidad total, fuera de miedos, de distancia y relojes, el hacia dónde, que el Señor imprimió, desde el principio, en lo profundo del ser de cada uno. Ésta es la novedad: ¡ya estamos viviendo la Eternidad! 

La “bendición de Dios” nos acompaña, “hace resplandecer su rostro sobre nosotros, nos mira con benevolencia y nos concede la paz”. ¿Qué mejor augurio podemos desear para el año que inicia? El mismo Señor nos enseña a invocar su nombre. 

“La plenitud de los tiempos”, no hace referencia temporal, indica la maduración progresiva de la historia que ha alcanzado la plenitud necesaria para que Dios, en Cristo, por María, } traiga hasta nosotros la filiación divina, en un hermano, en un hombre cuyo nombre nos salva y enaltece: Jesús, el Salvador, Hijo de Dios e Hijo de María. Jesús por Quien y en Quien podemos llamar a Dios ¡Padre!, y ser herederos del Reino que ¡ya está entre nosotros! 

Seamos como los pastores: corramos y encontremos a María a José y al Niño y salgamos, con una nueva luz, a proclamar que la salvación ha llegado; ese es el distintivo del cristiano: contemplar, llenarse de Dios en Cristo y en María y promulgar con alegría que ya no somos esclavos sino hijos. 

Imitemos también a María, la creyente, la fiel y obediente, la que se da tiempo y da tiempo a Dios “guardando y meditando todas estas maravillas en su corazón”, la discípula excelsa que escucha y pone en práctica la Palabra de Dios. 

Antiguamente se celebraba en este día El Santo nombre de Jesús: “El Señor salva”, hoy están unidas las dos festividades: la circuncisión, momento en que se imponía el nombre al nuevo miembro de la comunidad judía, que abarca ahora a la comunidad humana, y la de María, Madre de Dios al haber dado a luz, con la fuerza del Espíritu Santo, al Hijo Unigénito de Dios. Vuelve a relucir la Buena Nueva: “hemos sido transladados de las tinieblas a su luz admirable”.

viernes, 23 de diciembre de 2022

Natividad del Señor, 25 diciembre 2022.-


Primera Lectura: de
l libro del profeta Isaías 9: 1-3
Salmo Responsorial, del salmo 95
: Hoy nos ha nacido el Salvador.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a Tito 2: 11-14
Evangelio: Lucas 2: 1-14.
 

¡El tiempo se ha cumplido! “Tú eres mi Hijo, hoy te engendré Yo”. Luz, Vida, Esperanza, Camino, Verdad, Paz, Guía y podríamos continuar sin parar, enumerando los atributos-realidades que no son de Cristo, son Cristo mismo.

Aun cuando no lo confiese, la humanidad entera está hambrienta de luz y de verdad, de fraternidad, de gozo, paz y serenidad. 

El misterio de la interioridad del hombre dejará de serlo cuando aceptemos el misterio de Dios hecho Hombre que esta noche se nos hace patente y nos invita a recorrer el camino de regreso a las manos del Padre; entonces dejaremos de ser misterio para nosotros al sumergirnos, inundados de su luz, en el misterio de Dios.

Para cosechar necesitamos haber sembrado, para repartir el botín, debimos haber vencido. Cristo nos provee de semilla abundante, de armas imbatibles para la lucha “que no es contra hombres de carne y hueso, sino contra las estratagemas del diablo, contra los jefes que dominan las tinieblas, contra las fuerzas espirituales del mal”. Revistámonos con ellas: “el cinturón de la verdad, la coraza de la honradez, bien calzados y dispuestos a dar la noticia de la paz, embrazado el escudo de la fe que nos permitirá apagar las flechas incendiarias del enemigo; el casco de salvación y la espada del Espíritu, es decir la Palabra de Dios” (Ef. 6: 12-17), solamente así conseguiremos que su Humanidad engrandezca la nuestra.

¡Increíble: ¡un Niño “ha quebrantado el yugo que nos esclavizaba”! ¿No es absurdo, una vez libres, regresar a las ataduras? Abramos ojos y oídos para escuchar al “consejero admirable, a Dios poderoso, al Padre amoroso, al Príncipe” que viene a reinar “en la justicia y el derecho para siempre”; ofrezcámosle como trono inicial, la interioridad de nuestro ser. 

Hoy todo ha de ser canto, alegría y regocijo porque “nos ha nacido el Salvador”. Viene el que ES la Gracia, con Él aprenderemos a vivir en constante religación con Dios, a renunciar a los deseos mundanos, a ser sobrios, justos y fieles a Dios, a practicar el bien. Verdaderamente no tenemos excusa si actuamos de otra forma.

Hagámonos, como dice San Ignacio en la contemplación del Nacimiento, “esclavitos indignos” y extasiémonos mirando a las personas, escuchando sus palabras, rumiando en nuestros corazones la grandiosidad en la pequeñez, el incomprensible silencio de “Aquel por quien fueron hechas todas las cosas, y sin Él nada existiría de cuanto existe”. (Jn.1: 3). Pidamos que entre con toda su fuerza y rompa nuestra ansia loca de tener sin tenerlo a Él. Verdaderamente “nos enriqueció con su pobreza”. 

No podemos menos de unirnos al coro de todo el universo para entonar el Himno de la Gloria, de la Alegría, de la Paz porque Dios en su Hijo Jesucristo, hermano nuestro, ha rehecho nuestros corazones, nuestros ideales y orientado hacia Él nuestras vidas. 

 


sábado, 17 de diciembre de 2022

4°. Adviento, 18 diciembre 2022.-


Primera Lectura:
del libro del profeta Isaías 7: 10-14
Salmo Responsorial, del salmo 23: Ya llega el Señor, el Rey de la Gloria.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los romanos 1:1-7
Evangelio:
Mateo 1: 18-24. 

Toda la Creación se une en asombro, en expectativa, en esperanza: “Destilen, cielos, el rocío, y que las nubes lluevan al Justo; que la tierra se abra y haga germinal al Salvador”, unámonos a esta petición y preparémonos a recibir la caricia del rocío, de la lluvia y a recibir de la tierra el Fruto Nuevo. 

Más gozosos que la creación, somos los que “hemos conocido por el anuncio del ángel la encarnación del Hijo de Dios, para que lleguemos – siguiendo sus pasos, su mirada, sus preferencias, que sobrepasan todo entendimiento humano -, por su pasión y su cruz, a la gloria de la resurrección”. 

La petición condensa cuanto hemos meditado durante el tiempo de Adviento: nuestra Patria nos aguarda y el único Camino es Jesucristo, Mediador, desde su Naturaleza Divina que lo constituye en “Emmanuel”, Dios con nosotros, y su naturaleza Humana, verdadero hombre “del linaje de David”, en esa misteriosa y maravillosa unión en una sola Persona Divina, cuyos méritos son infinitos y por ello capaces de salvar a todos los hombres. 

En la primera lectura, Isaías se opone a que Ajaz haga alianza con Asiria para defenderse de Damasco y Samaria, pues la única Alianza sólida es con Yahvé; es el mismo Dios quien invita al rey, y, en él a nosotros, a confiar, a renunciar a la seguridad aparente y lanzarse y lanzarnos, dejarse y dejarnos en sus manos, como Él se ha puesto en las nuestras a pesar de cómo lo tratamos y lo relegamos al olvido. La confirmación de que su amor es verdad, viene en la profecía: “El Señor mismo les dará una señal. He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán el nombre de Emmanuel”. Desde la más antigua tradición cristiana este oráculo tiene un horizonte profético profundo, que se va haciendo patente a las generaciones sucesivas; la garantía de la continuidad dinástica tiene su razón de ser en el heredero mesiánico; la salvación sigue gravitando hacia El Salvador. 

Esta aplicación la expresa con toda claridad Pablo, todo es Gracia, fundada en Jesucristo, a fin de que todos los pueblos acepten la fe para gloria de su nombre; “entre ellos se encuentran ustedes, llamados a pertenecer a Cristo Jesús; en Él la paz de Dios, nuestro Padre”. 

Dios espera nuestra cooperación en el misterio de la salvación, tal como lo hicieron María y José. La aceptación por la fe, el ¡sí! al plan de Dios, sin pedir más explicaciones. El fiat de María. La justicia de José que vive “el santo temor de Dios”, piadoso, profundamente religioso, que confía más en María que en sí mismo y experimenta lo que muchas veces habría cantado: “El Señor está siempre cerca de sus fieles”, le hace superar el estupor, lo incomprensible y crecer en la certeza de que lo bueno para todos los hombres, es “estar junto a Dios”.  Imitemos a María y José en ese estar junto a Cristo y que nos enseñen a disponernos, como ellos, a seguir la voluntad de Dios con toda fidelidad.

sábado, 10 de diciembre de 2022

3º Adviento, 11 diciembre 2022.--.


Primera Lectura:
del libro del profeta Isaías 35: 1-6, 10
Salmo Responsorial, del salmo 145:
Ven, Señor, a salvarnos.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Santiago 5: 7-10

Evangelio; Mateo. 11: 1-11.
 

¡Alegría, Alegría!, repetida, multiplicada, inacabable porque viene del Señor. Esperar al que viene a liberarnos del pecado, del desierto, del cansancio, esperanza que anima y que  reanima.

Ya meditábamos el domingo pasado que la esperanza es el lapso que va de la ilusión a la consecución; la vivimos repetidamente: las fiestas de familia, las bodas, los bautizos, los 15 años…, todos los aniversarios que van adornando nuestro caminar, rompen lo cansino del desierto, hacen florecer los sueños, adivinan oasis llenos de  agua, de sombra, de palmeras donde recuperar las fuerzas y alimentar los ojos para mirar más claro el horizonte y divisar, de lejos, la llegada.  “Volver a casa, rescatados, vestidos de júbilo, con el gozo y la dicha por escolta; dejadas atrás penas y  aflicciones”. 

Imagen colorida, apropiada a nuestro ser sensible, que se queda en pálido reflejo de lo que el Señor, en persona, viene a darnos, ¡cuántas veces lo hemos oído y repetido!: ¡la salvación total!

Nos preparamos a celebrar el inicio histórico de esta salvación, ¡cómo no vamos rezumar alegría! Jesús nace y crecerá, preparando el cumplimiento total de lo profetizado por Isaías: “Se iluminarán los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos se abrirán. Saltará como un venado el cojo y la lengua del mudo cantará”. Todo lo que aqueja a nuestra humanidad pecadora, está en vías de sanación; comienza con lo que palpamos, con aquello que percibimos de inmediato, pero penetra más adentro, en palabras del mismo Jesús, más allá de lo externo, “a los pobres se les anuncia el Evangelio. Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí”. 

Guiados por Santiago, “seamos pacientes hasta la venida del Señor, sean como el labrados que aguarda las lluvias tempranas y las tardías, mantengan el ánimo, porque la venida del Señor está cerca”. Es conveniente repetirlo, pues el conocer se trueca en entender cuando es querido: Jesús ya vino, sigue viniendo en cada inspiración, en cada llamada a la conciencia, en cada clamor, en toda relación humana…, y volverá: “Miren que el juez está a la puerta”, pero no teman aunque sea “vengador y justiciero, viene ya para salvarnos”. Para lanzar lejos el temor, “no murmuren los unos de los otros”, reaparece la necesidad de acogernos, de querernos, de ser “hombres y mujeres para los demás”, del tratar a cada uno como hijo de Dios.

Juan, “el más grande nacido entre los hijos de mujer”, encerrado en la cárcel,  en su duda, envía mensajeros, pues la imagen de Jesús no concuerda con la que él esperaba: Mesías glorioso, victorioso, liberador del yugo romano, el anunciado por las Escrituras. Juan y nosotros tenemos que corregirla, y lo haremos si nos acercamos a Jesús y contemplamos sus acciones, su mensaje, su acercamiento a los desvalidos, la Buena Nueva de la conversión que trastoca todas las expectativas terrenas; ya lo vimos en la comparación de la realeza de David con la de Cristo. En la obscuridad de la celda, se hizo la luz para el Bautista: ¡Es Él, seguro que es Él, el Mesías, no hay que esperar a otro! Su convicción lo llevó hasta entregar la vida.

Señor, que te anunciemos en la verdad, en la humildad y en la austeridad, sólo así los hombres comprenderemos a lo que estamos llamados: “el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que Juan el Bautista”. Todos, a participar de tu misma Vida.