jueves, 2 de junio de 2022

Pentecostés, 5 junio 2022.-

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 2: 1-11

Salmo Responsorial,
del salmo 103: Envía, Señor, tu Espíritu a renovar la tierra. Aleluya.
Segunda Lectura:
de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 12: 3-7, 12-13
Evangelio:
Juan 20: 19-23.

“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones…: “Ven, Espíritu Santo y llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.”  ¡Ya lo ha hecho, ha colmado la tierra, ha dado la unidad, pidamos percibirlo, aceptarlo, seguir el flujo del soplo que consolidó a la Iglesia, que guió a la Primitiva Comunidad y quiere continuar su acción en nuestro vivir de cada día para que crezcamos y hagamos fructificar los dones que constantemente nos regala!

En la lectura de Hechos, San Lucas nos sitúa en Jerusalén, precisamente en la fiesta judía de Pentecostés, 50 días después de la Pascua cuando multitud de israelitas y extranjeros “venidos de todas partes del mundo”, acudía al Templo para conmemorar la salida de Egipto. El relato, fuertemente simbólico, realza el Don del Espíritu Santo: evoca el Viento de la creación y el Hálito que insufló Dios a los primeros hombres, Vida divina. El fuego, como presencia de Dios a través de la historia de Israel, y que ahora realza el deseo de Cristo: “Fuego he venido a traer a la tierra y qué quiero sino que arda”. La maravilla de la comprensión entre los hombres: diferentes sonidos, pero una misma intelección “de las maravillas de Dios”.

¡Qué lejos estamos de esa unidad!, pidamos con el mayor ardor, con fe viva, con esperanza cierta, lo que Jesús prometió y cumplió y necesitamos que realice de nuevo desde y con el Padre: “Envía, Señor, tu Espíritu a renovar la tierra”. En el mismo salmo sentimos la presencia de Dios en sus creaturas, en cada uno de nosotros; creados para ser “gozo de Dios”, ¿puede haber algo que nos entusiasme más que ser causa de “la alegría” de Dios?

Pablo, sin rodeos, reconoce la imposibilidad de elevarnos sin la acción y la fuerza del Espíritu, ni pronunciar podemos el nombre de Jesús, “el Señor”, sin la presencia del Espíritu. Hacia donde sea que miremos, si lo hacemos con fe, encontraremos que todo invita a la unidad, a la fraternidad, a la comunión, a la participación  de la Vida Trinitaria; “multiplicidad de dones, pero un solo Espíritu”, “manifestaciones diversas pero el mismo Dios que hace todo en todos y precisamente para el bien común”, y todo ello sin violentar nuestra libertad, sin coaccionar nuestro interior, haciendo aflorar, si se lo permitimos, la conciencia de ser miembros del mismo Cuerpo en Cristo Jesús.

Dones inacabables, de los cuales el mayor es el mismo Dios; como nos dice Santo Tomás: “Dios no puede darnos menos que a Él mismo”, de Él proceden la filiación que nos engrandece, la fraternidad que nos conjunta, la Paz que nos aquieta. Sabernos pecadores y aun así enviados, sería imposible comprenderlo; pero no si dejamos que vibren fuertemente la palabra de la Palabra y el “nuevo soplo” que reaviva:

“Cómo el Padre me envió, así los envío a ustedes”, verdaderos cristos, con el mismo encargo de parte del Padre: llevar la paz y el perdón al mundo entero; hacer conscientes, a cuantos seres encontremos, que el Reino consiste en eso: en reconocer a Dios como Padre y en reconocernos y tratarnos como hermanos, jamás seremos capaces sin el Espíritu, sin Cristo, sin el Padre mismo en el centro de nuestros corazones. ¡Ven a renovarnos!

viernes, 27 de mayo de 2022

Ascensión del Señor, 29 mayo 2022.-


Primera Lectura:
del libro de los Hechos de los Apóstoles 1: 1-11
Salmo Responsorial
, del salmo 46: Entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono. Aleluya.
Segunda Lectura:
del libro de los hebreos 9:24-28, 10: 19-23
Evangelio:
Lucas 24: 46-53

Atinadamente decimos de Jesús: “Salió como un héroe, contento, como un héroe, a recorrer su camino”; hoy lo vemos culminarlo para entrar en la Gloria.  Un día volverá a cumplir lo que nos ha prometido: “Padre, quiero que donde Yo esté, estén también los que me has confiado”.  En incontables ocasiones hemos reflexionado que es imprescindible que donde esté la Cabeza, ahí deberán estar los miembros y comprendemos la ilación lógica: permanecer unidos e ir alimentando la esperanza cierta, desde la experiencia vivida de seguir a Cristo aquí en la tierra para llegar, como Él, a la Gloria del Padre. No nos quedemos mirando al cielo, el trabajo está aquí.

San Lucas, en el inicio del libro de los Hechos, narra, someramente, el último adiós de Jesús. En un resumen magnífico, le recuerda a Teófilo y en él a nosotros “todo lo que Jesús hizo y enseñó hasta el día en que ascendió al cielo”; quizá no en ese momento, pero sí después, habrán recordado los discípulos, sus palabras: “Salí del Padre y vuelvo al Padre”. Este recordar será obra del Espíritu Santo, porque aun en esos postreros instantes, todavía no se les había abierto la mente y preguntaban ansiosos, ajenos a la magnitud del misterio y con el anhelo, no tan oculto, de gozar de un triunfo tangible, terreno: “Señor, ¿ahora sí vas a restablecer la soberanía de Israel?” Jesús los conoce y nos conoce: necesitamos mirar a través del velo de la fe; Jesús no se desespera; su respuesta los deja en la misma situación: “A ustedes no les toca conocer el tiempo y hora que el Padre ha determinado con su autoridad; pero el Espíritu Santo cuando descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos hasta los últimos rincones de la tierra.”  ¡Cuánto por corregir en la visión y en la misión! Para aprender a dar pasos firmes en el suelo, tener los ojos fijos en el cielo. Solamente así entonaremos, conscientes, el canto de júbilo: “Dios asciende a su trono. Aleluya”.

Antes de partir, Jesús les recuerda lo que ha sido su vida, su misión, lo que lo ha hecho, en toda la plenitud de la palabra: “El Hijo amado del Padre”: la entrega total por los que ama: su pasión, su muerte, su resurrección, en Él se realiza la plenitud de la Revelación; de Predicador se convierte en Predicado. No es una doctrina abstracta la que hemos de dar a conocer sus discípulos, es su Persona viva, la que ha de llenar los corazones de fe y de esperanza.

Únicamente Él puede decir con toda verdad: “me voy pero me quedo”; estoy junto al Padre pero también junto a cada uno de ustedes, mediante la Fuerza que ya han recibido desde lo alto: El Espíritu que vivifica.

Junto con los Apóstoles, recibamos la bendición de Jesús e imitemos su modo de permanecer unidos, en oración, alabando a Dios. ¡Ahí está la luz que ilumina y fortalece!

viernes, 20 de mayo de 2022

6° de Pascua, 21 mayo 2022.-


Primera Lectura:
Hechos de los Apóstoles 15: 1-2, 22-29

Salmo Responsorial, del salmo 66: Que te alaben, Señor, todos los pueblos. Aleluya.
Segunda Lectura: del libro del Apocalipsis 21: 10-14, 22-23

Evangelio: Juan 14: 23-29.
 

El canto debe proseguir, su eco debe resonar hasta los últimos rincones del universo: “¡El Señor, ha redimido a su pueblo!” Cantamos en Iglesia, en comunidad, en convivencia, en verdadera consolación, en actitud de espera porque Jesús nos anuncia la venida del Espíritu Santo, nos asegura la participación, misteriosa pero real, en la vida Trinitaria, nos describe la Nueva Jerusalén que ya ha comenzado a construir, ¡Cómo no vamos a unirnos en la alabanza e invitar a todos los pueblos a adherirse a ella! 

La lectura de Hechos de los Apóstoles nos pone ante los ojos la realidad de la Iglesia, de esa Comunidad constituida por hombres, como nosotros, con diversidad de sentimientos, de expectativas, de visión, a veces aun de encerramiento intelectual y afectivo; pero con una diferencia que tiene que motivarnos a la reflexión, a la confrontación, a la clarificación, ¡nunca solos ni apoyados exclusivamente en motivos inmediatos!; sino en la oración, la consulta, el discernimiento y la apertura a la diversidad que no rompa la unidad con fáciles concesiones, sino que consolide la que Cristo fundó y que sólo se mantendrá y crecerá con y por la acción del Espíritu, “Señor y dador de vida”.  El conflicto se resuelve en conexión con la Inspiración que actúa, mediante la fe y la experiencia de la “sensación” de Dios en el desarrollo de la vida: “El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponerles más cargas que las estrictamente necesarias”. ¡Qué ejemplo de humanidad y trascendencia hermanadas en la comprensión! Claridad de decisión que no procede nada más del “saber” humano, que “imita” a Dios en el conocimiento de los hombres, en la universalidad de la Salvación, que deja en claro que el Nuevo Camino, es precisamente Nuevo y no un agregado a la Antigua Alianza. Ya escuchábamos el domingo pasado: “Ahora Yo voy a hacer nuevas todas las cosas”. La Iglesia, y nosotros con ella, necesitamos aprender que Dios no es “nuestra exclusiva”, que Es el Siempre Mayor y su creatividad no tiene límites.  

El Apocalipsis nos transporta a una visión inimaginable para nosotros; visión de Fe y de Esperanza, visión de novedad y permanencia, visión de luz y claridad que tiene como centro a Jesús, el Cordero que todo lo une, a cuantos vivieron sinceramente la Antigua Alianza, representados en los doce ancianos que hacen actuales a las doce tribus de Israel y a los doce Apóstoles que significan a cuantos creemos en la Alianza Nueva y Eterna. “Cristo, la piedra angular, sobre quien se construye todo lo nuevo y duradero”. 

El mismo Jesús, en su sermón de despedida, insiste, continuando lo iniciado el domingo pasado, en lo único que perdura: El amor y las lógicas consecuencias de quien ama: “cumplir su palabra”.  

¡Qué maravillas nos promete: ¡ser morada de Dios, vivir de la vida de Dios! “Mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada” Me pregunto a mí mismo si de verdad creo en esta delicadeza de Dios: ¿Dignarse vivir en mí! Y toda vía más: no sólo es el Padre, ¡es la Trinidad que desea habitar en mí! ¿Quiero saber de Dios, encontrarme con la plenitud del conocer, sin resabios de duda o de ignorancia? Jesús Camino, me muestra el camino: “El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre – revelación del Dios Comunidad -, les enseñará todo  cuanto les he dicho”. ¡Cómo lo necesitamos para recordar las Bienaventuranzas, el desasimiento de las creaturas, el amor universal, la conciencia de trascendencia, el perdón, la resurrección y la vida eterna! Esta es “la paz que nos ha dejado”, ¿la aceptamos y queremos vivirla?