sábado, 19 de noviembre de 2016

Festividad de Cristo Rey. 20 noviembre, 2016.--


Primera Lectura: del segundo libro del profeta Samuel 5: 1-3
Salmo Responsorial, del salmo 121: Vayamos con alegría al encuentro del Señor.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los colosenses 1: 12-20
Aclamación: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino que llega, el reino de nuestro padre David!
Evangelio: Lucas 23: 35-43.

Es el domingo de la paradoja que confunde nuestros deseos e intereses, nuestras perspectivas, pero que, iluminados, desde la visión de Cristo, nos ayuda a comprender la magnitud del Amor del Padre que se ha hecho palpable en la entrega total del Hijo.

En la Antífona de Entrada encontramos siete reconocimientos que, sólo pueden atribuirse al Cordero Inmolado; el siete como símbolo de plenitud que nos abre el Reino junto al Padre. No lo captaron ni las autoridades, ni el pueblo, ni siquiera sus discípulos, nosotros aún nos vemos envueltos en la penumbra del misterio, y por eso pedimos: “que toda creatura, liberada de la esclavitud, sirva a su majestad y la alabe eternamente.”  ¡Limpia los corazones para que vean!

David, es profecía y figura del Mesías, elegido por Dios, rey y pastor, conquistador de Jerusalén, unificador del reino, pero no deja de ser una realeza terrena con todos los límites y debilidades del ser humano. La de Cristo es de orden divino y trascendente, y se realiza en la medida en la que, quienes lo queremos reconocer, nos alejemos del desorden, del mal y del pecado.  Cristo, Ungido, nos participa de esa unción para que seamos “Pueblo elegido, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo de su propiedad.”   La luz aparece y por eso cantamos: “Vayamos con alegría al encuentro del Señor”.

Que crezca esa luz y nos permita penetrar la profundidad del himno que entona San Pablo: “Aquel que es el primogénito de toda creatura, Fundamento de todo, donde se asienta cuanto tiene consistencia, Cabeza de la Iglesia, Primogénito de entre los muertos, Reconciliador de todos por medio de su Sangre”.  La paradoja endereza nuestras mentes, nos abre el horizonte, aunque nos sacuda con violencia; complementa lo escuchado en los domingos anteriores: “Morir para vivir.”

¡Cómo habrá luchado Jesús para superar la última tentación, repetida tres veces!: “¡A otros ha salvado, que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios!“. Los soldados se burlan mientras le ofrecen el brebaje: “¡Sálvate a Ti mismo!”.  “Sálvate a ti y a nosotros”, grita uno de los ladrones crucificados.

¡Qué fácil hubiera sido, para Él, bajarse de la Cruz! Al darles gusto, hubieran creído en Él, pero ese no era el camino, no era esa la Voluntad del Padre, y Jesús ya la había aceptado: “No se haga mi voluntad sino la tuya.”   ¡Qué difícil, aceptar este Reino tan diferente a los que conocemos!, sin lujo, sin poder, sin ejército, sino a través de una muerte cruel, deshonrosa, como fracaso de un desdichado… Este es nuestro “Camino, Verdad y Vida…”, oímos, meditamos y sabemos pero allá, donde las ideas no duelen.

Una vez más te pedimos: “auméntanos la fe”, para escuchar de Ti, en el último encuentro, como eco de esperanza, desde nuestro arrepentimiento que te quiere querer: “Yo te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso”.  

viernes, 11 de noviembre de 2016

33º ordinario, 13 noviembre 2016.--



Primera Lectura: del libro del profeta Malaquías 3: 19-20
Salmo Responsorial, del salmo 97: Toda la tierra ha visto al Salvador.
Segunda Lectura: de la segunda carta del apóstol Pablo a los tesalonicenses 3: 7-12
Aclamación: Estén atentos y levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación, dice el Señor.
Evangelio: Lucas 21: 5-19.

Celebramos el último domingo del tiempo ordinario, el próximo será la Fiesta de Cristo Rey con la que finalizará el año litúrgico.

Hace ocho días todo estaba teñido de “Vida Nueva”, del camino y llegada a la Patria; nada importó a los jóvenes perder los miembros y la vida porque la seguridad de la Resurrección ya la sentían internamente; esta certeza los fortaleció.

El Señor Jesús, único Puente para llegar al Padre, nos lo mostró como ES: “Dios de vivos”, y San Pablo nos exhortó a que permitamos que el Señor dirija nuestros corazones “para amar y para esperar, pacientemente, la venida de Cristo”.

Hoy, Jeremías, en la antífona de entrada, nos prepara para que con ánimo aquietado, miremos hacia la escatología y descubramos, mejor redescubramos que el Señor “tiene designios de paz, no de aflicción”, y sigamos invocándolo porque “nos escuchará y nos librará de toda esclavitud”. Ésta es la forma de preparar lo que, sin ella, sería de temer: “El día del Señor, como ardiente horno”; pero con ella: “brillará el sol de justicia que trae la salvación en sus rayos”.

De manera espontánea vuelve la pregunta que nos hicimos: ¿cómo y qué espero, no para el “fin del mundo”, sino para mi encuentro personal con Dios, para “el fin de mi mundo”, el ahora encerrado en la trama del espacio y el tiempo? Pidamos que nos atraviese, de parte a parte, la reflexión de San Juan: “En el amor no existe el temor; al contrario, el amor acabado echa fuera el temor, porque el temor anticipa el castigo, en consecuencias, quien siente temor aún no está realizado en el amor”.  (1ª.Jn.4:18), y nos daremos la respuesta adecuada…, si no la tenemos, aún hay tiempo para prepararla.

Las palabras de Jesús en el Evangelio, nos alertan para que continuemos analizando los “signos de los tiempos”; no es que ya estemos al final, pero parecería que la humanidad entera quisiera adelantarlo, si continuamos destruyendo el planeta. ¡Cuánto egoísmo y ausencia de conciencia! ¡Cuánta soberbia y ansia de riqueza! ¿Pensamos, en serio, que lo único que nos acompañará en el último vuelo, serán las horas dedicadas a los demás? ¿Aceptamos que la valentía del testimonio a favor de Jesús y de los valores del Evangelio, nos deben causar molestias? La persecución por estar del lado de la justicia y de la verdad, será señal de que estamos bajo la Bandera de Cristo, “sin embargo, no teman, no caerá ningún cabello de la cabeza de ustedes. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida”.

¡Señor que resuene constantemente en nosotros la Voz del Espíritu!: “Escribe: Dichosos los que mueren en el Señor; cierto, dice el Espíritu: podrán descansar de sus trabajos, pues sus obras los acompañarán”.  (Apoc. 14: 13)

sábado, 5 de noviembre de 2016

32 Ord. 6 noviembre 2016



Primera Lectura: del segundo libro de los Macabeos 71-2, 9-14
Salmo Responsorial, del salmo 16: Al despertar, Señor, contemplaré tu rostro
Segunda Lectura: de la segunda carta del apóstol Pablo a los tesalonicenses 2: 16 – 3:5
Aclamación: Jesucristo es el Primogénito de los muertos; a Él sea dada la gloria y el poder por siempre.
Evangelio: Lucas 20: 27-38.

Insiste la Antífona de Entrada en que Dios escuche nuestras súplicas, “¿El que hizo el oído no va a oír? Más bien hemos de preguntarnos qué tan constante es nuestra súplica, nuestra oración, la viva presencia de Dios en nuestras vidas. Regresa el eco de la advertencia de Jesús: “Oren sin intermisión.” Y del Salmo: “Dios jamás desoye los gritos de sus fieles.” Estamos en tesitura de futuro, de trascendencia, de conciencia de caminantes hacia “La Vida Otra”, de la permanencia real de nuestro ser para siempre: “Para ser como en Ti al principio era”. No está de más el que recordemos la 1ª. Lectura del domingo pasado: “Si algo hubieras aborrecido no lo hubieras creado. Amas a todas tus criaturas.”; señal de su Amor por nosotros es que existimos; vuelve la interrogante que conmueva la interioridad: ¿Vivimos para Él?, ¿permanece consciente la conciencia de que vamos hacia Él?

Solamente tomaré de la 1ª. Lectura los segundos indicios que aparecen en el Antiguo Testamento de la seguridad de la Resurrección: los testimonios de los muchachos martirizados que han aprendido de labios de su madre la rectitud y la fuerza de la fe: “Tú nos arrancas la vida presente, pero el Rey del Universo nos resucitará a una vida eterna, puesto que hemos muerto por fidelidad a sus leyes.” Y el cuarto, con el que termina hoy el relato de Macabeos: “Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida.” Más claro, ni el agua. Participamos de la vida divina y ésta es inmortal. Bajemos a nuestro interior y preguntémonos ¿por qué nos afanamos tanto por lo que no es duradero?

El Salmo nos confirma en esta fe: “Al despertar, Señor, contemplaré tu rostro”. Subrayo: contemplaremos con nuestros ojos. Ya lo decía Job: “Sé que mi Redentor vive y con estos ojos lo contemplaré, yo, no otro…”, (19:25-27), así contemplaron a Jesús Resucitado los Apóstoles. No sabemos cómo será el hecho mismo de la resurrección, pero sabemos que será. Y en esta fe y esperanza caminamos.

Pablo insiste en la gratuidad de la Gracia, de la Vida Eterna, por los méritos de Cristo; por Él tenemos el “consuelo eterno y una feliz esperanza” Y al final nos conforta, como él mismo se siente confortado: “Que el Señor dirija su corazón para que amen a Dios y esperen pacientemente la venida de Cristo.”

¡Qué diferencia tan grande poseemos en contraposición con los que no tienen esperanza! Los saduceos, fundamentalistas, arraigados exclusivamente en el Pentateuco, “se ríen de la resurrección” y proponen una trampa a Jesús. Aducen la Ley del Levirato (Deut. 25: 5-10), mantienen la visión inmediatista: Dar descendencia al nombre del hermano ya todo termina en esta tierra. Jesús “ataca” directamente: “En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos  de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni morirán, porque serán como los ángeles e hijos de Dios, pues Él los habrá resucitado.” Será una vida verdaderamente biológica, pero de otro nivel; otra vez el testigo es Cristo, Primogénito de los Resucitados, “vean, un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo…, y todavía para tranquilizarlos más: ¿tienen algo de comer?”; este “salto” sobrepasa nuestra pobre lógica, pero confirma la Fe;  Él está ahí, presente, conversando, comiendo, sin duda, riendo con ellos.

El colofón que deja mudos a los saduceos y que nos pinta de certeza la esperanza, es la cita que les recuerda: “Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob, Dios no es Dios de muertos sino de vivos, para Él todos viven.”

Último viaje a nuestro interior: ¿vivimos con el Dios vivo? ¿Hacemos creíbles nuestras acciones haciendo realidad las palabras del mismo Jesús?: “El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá.” “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y Yo lo resucitaré el último día”.  Termino con San Pablo: “Los padecimientos de esta vida no son comparables con el peso de gloria que se revelará en nosotros.”  (2ª. Cor. 4: 17)