viernes, 3 de octubre de 2014

27º Ordinario, 5 octubre, 2014.



Primera Lectura: del libro del profeta  Isaías 5: 1-7
Salmo Responsorial, del salmo 79: La viña del Señor es la casa de Israel.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los filipenses  4: 6-9
Aclamación: Yo los he elegido del mundo, dice el Señor, para que vayan y den fruto y su fruto permanezca.
Evangelio: Mateo 21: 33-43.

“Todo depende de tu voluntad. Señor, nadie puede resistirse a ella”. Es verdad, somos creaturas, “hechura de Dios” que gozaremos de esa realidad tanto cuanto aceptemos que “la creación es una dependencia para la libertad”; no es contradicción, es lo más nuestro de nuestro ser: seremos auténticamente libres desde la total aceptación de nuestra cuádruple relación con Dios: creaturas, contingentes, relativos, hijos e hijas; de no convertirla en vida, aunque nunca dejaremos de ser “hechura de Dios”, nos estaremos resistiendo a su Voluntad; somos los únicos que, usando mal del precioso don de la libertad, podemos romper el plan de Dios: “Ninguna creatura estorba a su compañera, nunca desobedecen las órdenes de Dios”, (Eclesiástico 18: 28), por eso le pedimos que continúe “dándonos más de lo que merecemos y deseamos, perdone nuestras ofensas y nos otorgue lo que necesitamos”, para realizar siempre lo que espera de nosotros.

Por tercer domingo consecutivo encontramos la comparación de la Viña; primero fueron los contratados por el dueño, a diversas horas y comentábamos que nunca es tarde para trabajar por el Reino; después la petición del padre a los hijos para que fueran a trabajar, y con seguridad nos vino a la mente la palabra de Jesús: “No el que me dice, Señor, Señor – ya voy – sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos”; ahora “el canto a la viña”, poema de contrastes, desde el cariño del amado que limpia, prepara, construye, confía y aguarda, hasta le decepción: “¿Qué más pude hacer por mi viña que no lo hiciera?”; los frutos jamás aparecieron. La reacción es violenta: rompe y derriba, deja esa tierra querida a su propia suerte que, alejada de la mano protectora, producirá solamente “espinas y abrojos”. Israel, “la plantación preferida”, se convirtió en erial porque la justicia ya no encontraba lugar en sus corazones. “El dolor y la tristeza del Dueño, del Señor, parece que no acaba, sigue buscando frutos en el nuevo Israel, en la Iglesia, en cada uno de nosotros. Que escuche nuestra súplica humilde: “vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala; protege la cepa plantada por tu mano…, ya no nos alejaremos de Ti…, míranos con bondad y estaremos a salvo”.   Aquí encontraremos “la Paz de Dios que sobrepasa toda inteligencia”, entonces la fidelidad nos sostendrá para buscar y cumplir “lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable y honroso”. Volviendo sobre la no contradicción: “la creación, una dependencia para la libertad”, hallamos su profundo sentido: somos de Dios y para Dios.

Jesús hace la aplicación de Isaías, la actualiza, compromete a los Jefes del pueblo, y en ellos a todo ser humano, a conocer y reconocer “la historia de la Historia”; nadie es simple espectador, todos somos actantes, libres para aprender y decidir, libres para aceptar y proseguir, libres para escoger o desechar la Piedra que sostenga, con firmeza, el proyecto de casa que queremos. El tiempo aún es nuestro, mientras tengamos tiempo.

¡Señor, Tú nos plantaste, nos has cuidado con un esmero que sólo encontramos en Ti, nos llenas de gracias y oportunidades, iluminas las mentes y enciendes los corazones!, una vez más te pedimos nos des “aquello que necesitamos” para que nunca perdamos el Reino, sino que demos frutos que duren para siempre.

sábado, 27 de septiembre de 2014

26º Ordinario, 28 septiembre 2014.


Primera Lectura: del libro del profeta Ezequiel 18: 25-28 
Salmo Responsorial, del salmo 24: Descúbrenos, Señor, tus caminos.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pabo a los filipenses 2: 1-11.
Aclamación: Yo soy el Pan vivo que ha bajado del cielo, dice el Señor; el que coma de este Pan vivirá para siempre.
Evangelio: Mateo 21: 28-32.

“Haz honor a tu nombre, trátanos conforme a tu misericordia”;  si nos miramos solamente a nosotros, desde nuestra realidad de creaturas, fácilmente caeremos en el desánimo: ¡cuántas promesas hacemos y qué escasos cumplimientos!, ¿valdrá la pena seguir insistiendo?; por supuesto que sí; porque confiamos una y otra vez en la Bondad del Señor, en su paciencia, en su misericordia, en la multiplicación de su gracia para que aquilatemos la calidad de sus promesas y desde Él y con Él nos encaminemos a los bienes eternos.

El Salmo nos alerta, ¿es cierto que la conciencia no me acusa?, ¿qué tan laxa la tengo? ¿Puede ser un ser tratar de engañarme a sí mismo? No en balde rogamos al Señor: “Descúbrenos, Señor, tus caminos”. Apartarme de Ti es apartarme de mí; lejos de Ti y de mí, perderé el sendero de la Verdad, y ¿a dónde terminarán mis pasos?; que me repita con insistencia hasta que se convierta en conciencia presente que alumbre, que sosiegue, que sostenga el ánimo ascendente: “Acuérdeme que son eternos tu amor y tu ternura”.

Desde este contexto comprenderé mejor la advertencia de Pablo: “nada por rivalidad ni presunción, tengan los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús”; ¿tener sus sentimientos sin conocerlo íntimamente?, ¿sin tratarlo personalmente?, ¿sin caminar al ritmo de sus pasos?, sin mucho pensarlo, sé que es imposible; ¡qué abismo de amor y de humildad, qué anonadamiento –ese hacerse nada-, sin propalar a los vientos su realidad divina, “haciéndose uno de tantos, tomando la condición de siervo, misterio insondable, siendo Dios, “se hace semejante a los hombres”, pobre, débil y pequeño como yo para que imitándole crezca de verdad! No se trata de buscar la exaltación sino la identificación en lo más preciso: Vivencia exacta de la meta, de la trascendencia que tanto necesitamos, no tanto por el premio de la gloria, sino por el gozo de estar en consonancia con Dios. Ya Él se encargará de “escribir nuestros nombres en el libro de la Vida”, y de que nuestro caminar llegue a su Principio.

La Viña necesita trabajadores; el domingo pasado el Dueño salió a diversas horas y el pago fue desde la Justicia Divina, que rompió nuestra visión y, ¡ojalá!, nos haya hecho pensar lo que son “los caminos de Dios”. Hoy persiste el llamamiento y, precisamente, a los hijos: “Ve a trabajar a mi viña”. Las respuestas se repiten: “Sí, pero no fue”; respeto, corrección, que se quedan en un concepto vacío. “¡No quiero ir!, pero se arrepintió y fue”;  retobo, mal humor, inmediatismo, comodidad; sin embargo: reflexión, discernimiento y acción.

Resuena Ezequiel y nos remueve la conciencia. Resuena la Carta a los Filipenses y resuena allá dentro (2ª. Cor. 1:19): “Jesucristo no fue un ambiguo sí y no; en Él ha habido únicamente un sí.”  Estos son “los sentimientos que hemos de compartir con Cristo Jesús”.

Sé y sabemos que la decisión no es fácil: “¡Qué angosta es la puerta y estrecho es el camino que llevan a la vida, y pocos dan con ellos!” (Mt. 7:14); “No basta con decirme, Señor, Señor, para entrar en el Reino de Dios, hay que poner por obra los designios de mi Padre del cielo.”  (Mt. 7: 21)  Y para consolidar el contenido del compromiso con frase de San Pablo en 1ª Cor. 4: 20: “Porque Dios no reina cuando se habla, sino cuando se actúa.”  ¡Cuánto encierra el verdadero “sí, Señor”!, digámoselo y realicémoslo ahora que aún tenemos tiempo! “Con Él a mi lado, no vacilaré”. (Salmo 16 (15): 8)

jueves, 18 de septiembre de 2014

25º Ordinario, 21 Septiembre, 2014


Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 55: 6-9
Salmo Responsorial, del salmo 144: Bendeciré al Señor, eternamente.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los filipenses 1: 20-24, 27
Aclamación: Abre Señor, nuestros corazones para que comprendamos las palabras de tu Hijo.
Evangelio: Mateo 20: 1-16

Dios Bondad, Dios apertura, Dios siempre a la escucha. ¡Cuántas veces lo hemos experimentado, y, sin embargo, nuestras voces no ascienden con la frecuencia, con la confianza, con la seguridad de ser escuchados! ¡Convéncenos, Señor, de que estás más presto de lo que imaginamos, a oír nuestras súplicas! Hoy te pedimos la gracia de “descubrirte y amarte en cada hermano”; que ilumines el corazón y las entrañas porque, solamente así, lograremos, con tu presencia, alcanzar lo único que debe importarnos en esta vida: ¡llegar hasta Ti!, que eres la Vida Eterna.

  “Buscarte mientras pueda encontrarte”, ¿cómo buscarte si, como nos recuerda San Agustín, yo no existiría si no estuvieras ya en mí? Lo que vivo constantemente es que “tus pensamientos no son los míos”. ¡Ayúdame a estar en sintonía con tus deseos, con la esperanza que has depositado en mí, a reaccionar a tu favor, que es a mi favor, contra tantas mociones que revolotean a mi alrededor, contra la facilidad de ir pasando como sombra por la vida sin dejar huella; a regresar, cada tarde a tu regazo y a reordenar pensamientos y deseos; a la constante conversión y a tu perdón que es paz profunda, que es solaz! “Tus designios son justos y no estás lejos de los que te buscan sinceramente.”  ¿Por qué me canso de invocarte? ¿Por qué mi confianza tambalea? ¿No tengo ya suficientes pruebas de que solo no puedo? ¡Muy lejos, de hacer mía la expresión de San Pablo: “para mí, la vida es Cristo y la muerte una ganancia”!; sin embargo arden deseos de tener los deseos “de que sea en vida, sea en muerte, te pertenezco” y de que cuanto realice en Ti y por Ti, tiene repercusión de eternidad.

  Cualquier hora es oportuna para ir a “tu viña”. Sin medir el peso del día o del cansancio, con los ojos puestos en Ti, “el Gran Denario”, crecer en el esfuerzo, “que a jornal de gloria no hay trabajo duro”.

  Gracias, Señor, por resanar el miedo, por abrir horizontes de ternura, porque das a mis pasos un sentido, porque puedo mirar hacia arriba y encontrarte sonriendo.

  Gracias, Señor por ser como eres, por haberme invitado y por seguir confiando en mi respuesta más allá de mis yerros, y olvidos y apatías. 



viernes, 12 de septiembre de 2014

24° Ordinario, 14 Sept. 2014.



Primera Lectura: del libro del  Eclesiástico 27:33, 28: 9;
Salmo Responsorial, del salmo 102: El Señor es compasivo y misericordioso.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los romanos 14: 7-9
Aclamación: Les doy un mandamiento nuevo, dice el Señor, que se amen los unos a los otros, como Yo los he amado
Evangelio: Mateo 18: 21-35

Esperar en el Señor es haber encontrado el camino de la paz; su mirada de amor y misericordia nos llenará de fuerzas para poder servirle.

El Eclesiástico, como Libro Sapiencial, hace que entremos hasta las más profundas entretelas de nuestro corazón y de nuestra mente. Sin hacer ofensa a nadie, pues todos llevamos, consciente o inconscientemente, heridas, actitudes destructoras que no queremos reconocer; en efecto, aun cuando no deseáramos usar la palabra “rencor”, ¿quién no ha sentido rabia, impotencia, ganas de vengarse, de borrar del mapa a quien nos despreció o no escuchó nuestra proposición o, peor aún, se burló de ella? Pensemos un momento, aunque hayan sido segundos los que nos dejamos envolver por ese sentimiento, ¿sirvió de algo?, ¿arregló el problema?, ¿tuvimos la sana audacia y la palabra oportuna para exponer lo que bullía en nuestro interior? Y sobre todo, ¿caímos en la cuenta de que esos pensamientos negativos al único que afectaban era a mi propio ser? El otro ni se da por enterado de la guerra que vivo internamente y logró, porque se lo permití, quitarme la paz. ¡Cuántas veces hemos meditado aquello de: “nadie te puede hacer perder tu paz, si tú no quieres perderla”! Con qué claridad termina el párrafo que hemos escuchado: “Recuerda la Alianza del Altísimo y pasa por alto las ofensas.”

El Salmo consolida lo que verdaderamente perdurará: “El Señor no nos condena siempre ni nos gurda rencor perpetuo…, no nos trata como merecen nuestras culpas…, es compasivo como un padre con sus hijos.”

Si desde el punto de vista humano es tan importante que sepamos perdonar, que llevemos y sobrellevemos las flaquezas de nuestros prójimos como ellos llevan las nuestras, cuánto más si proyectamos este perdón con tintes de trascendencia.

“Sea en vida, sea en muerte, somos del Señor.”  ¿Lo somos de verdad?

El Aleluya resume cuanto hemos percibido de Jesús y lo que Él espera de nosotros: amor sin cortapisas, sin condiciones, reflejando en hechos, en concreción que alivia, en comprensión y uno de los pilares de su Revelación: el perdón.

Activos en pedirlo, remisos en darlo; ¿hacemos conciencia de cómo esperamos encontrar al Padre?

El versículo 7° del capítulo 6° de Pablo a los Gálatas, hace estremecer: “¡Con Dios no se juega!”