sábado, 17 de octubre de 2020

29°. Ord. 18 octubre 2020.-

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 45: 1, 4-6
Salmo Responsorial,
del salmo 95
Segunda lectura:
de la carta del apóstol Pablo a los tesalonicenses 1: 1-5;
Evangelio: Mateo 22: 15-21.


La Antífona de entrada hace que nos interroguemos si, en el diario caminar, ponemos las condiciones para que se realice esa causal: “Te invoco porque Tú me respondes”. ¿Al orar, nos sentimos cobijados por el Señor? Si encontramos una respuesta afirmativa, ¡buena señal!, nuestra voluntad va encaminada para que, “quitando toda afección desordenada”, seamos cera moldeable y “le sirvamos de todo corazón.
 

Su Palabra, su Gracia, nos ha preparado para reconocerlo como el Único Dios, no desde un monoteísmo estático, sino alerta para admirar y admirarnos de su presencia en nuestro mundo, interno y externo.
 

Ciro el persa, no lo conocía; sin duda dotado de una naturaleza sensible a las mociones del Espíritu, percibió, sin saberlo, y lo más admirable, actuó como “ungido del Señor a quien ha tomado de la mano”, para ser instrumento de liberación para su pueblo Israel. Lo que Dios dice de Ciro, lo dice de cada ser humano, lo dice de mí: “te llamé por tu nombre, te di título de honor, aunque tú no me conocieras”. ¿No fue Él quien nos llamó a la existencia y nos dio el mejor título: “hijos de Dios”? ¿Ha habido alguien que lo conociera primero? ¿Regresamos “a Dios lo que es de Dios”? ¿Proclamamos, de palabra y de obra, que “Él es el Señor y no hay otro”? Misión que nos engrandece al aceptarla y vivirla en plenitud, “para ser en Ti, como al principio era”. Con esta actitud, ferviente y convencida, cobra toda su fuerza el Salmo: “Cantemos la grandeza del Señor”.
 

Pablo, en el escrito más antiguo del Nuevo Testamento, enaltece el sentido de Iglesia “congregados por Dios Padre y por Jesucristo, el Señor”. Además, expresa el camino imperdible para vivir según Dios: “las obras que manifiestan la fe, los trabajos emprendidos por el amor, la perseverancia que da la esperanzaTodo es posible “con la fuerza del Espíritu Santo que produce abundantes frutos”. ¡Sintamos cómo el Señor “nos cuida como a la niña de sus ojos”! 

En el Evangelio Jesús enfrenta, con maestría, no podía ser de otra forma, las acechanzas, las envidias, las trampas. Fariseos y herodianos, enemigos entre sí, se alían para “hacerlo caer y poder acusarlo”. Una duda, una ambigüedad de parte de Jesús, y saldrían triunfantes. Un “sí” al tributo al César, lo alinearía entre los colaboracionistas. Un “no”, entre los revolucionarios…, piensan que no tiene salida; pero nunca quisieron entender con Quién trataban.

La frase de Jesús quizá sea de las más conocidas, mas su mirada, su enseñanza van mucho más lejos. La moneda es necesaria para las transacciones pasajeras, la imagen del César en ella, intenta la absolutización de la creatura y la postergación de Dios, triste gran absurdo que nos envuelve.

¡Vayan, vayamos al interior!, ni condena ni sacraliza las relaciones económicas, sino que las sitúa en el terreno que les corresponde: medio de organización. La claridad reluce; la contextualización, ubica, la creaturidad, comprende: “A Dios lo que es de Dios”, y como todos somos suyos, nosotros sí que no tenemos salida…

domingo, 11 de octubre de 2020

28ª. Ord. 11 Octubre 2020


Primera
Lectura: del libro del profeta Isaías 25: 6-10
Salmo Responsorial,
del salmo 22
Segunda lectura:
de la carta del apóstol Pablo a los filipenses 4: 12-14, 19-20
Evangelio:
Mateo 22: 1-14

La Antífona de entrada nos prepara para constatar la universalidad del amor de Dios, que, al serlo, nos incluye a todos; “en Dios no hay acepción de personas”, su perdón y su misericordia, son como Él, inagotables; por eso brota en nosotros, seamos como seamos, algo que sobrepasa la esperanza: la certeza. Mi Padre bueno, me ama, me comprende, me acoge, me invita, me proporciona el vestido de fiesta, me espera para acompañarme, para enseñarme, para inspirarme la concreción exacta de mi respuesta a Él en el amor y en el servicio a los demás, a todos, como Él: sin peros, sin condiciones excluyentes. ¡No es una utopía! “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”.

El Profeta nos confirma: “El Señor del universo, preparará un festín con platillos suculentos para todos los pueblos”. Un banquete es momento de convivencia, de amistad, de cercanía; eso es lo que nos prometió y ya cumplió, más aún, sigue invitándonos a la claridad, a la alegría, a la plenitud. En verdad “¡Aquí está nuestro Dios!”   ¡Cómo no repetir convencidos: “El Señor es mi Pastor, nada me puede faltar”! Nos conduce a los mejores prados, a las aguas más cristalinas, a su propio Corazón traspasado de donde manan “ríos que saltan hasta la vida eterna”.

Manifestación clara de esa apertura infinita de Dios: la acción del Espíritu Santo en el Concilio Vaticano II,   Iglesia, luz del mundo, Iglesia Ecuménica, Iglesia en diálogo con todos, Iglesia continuadora de la Revelación, Iglesia de la libertad y el crecimiento, Iglesia, estandarte de Cristo Vivo. ¿Queremos más pruebas del amor de Dios, de la predilección por los hombres, de la esperanza que sigue teniendo en cada uno de nosotros? Imposible asistir al “Banquete de Bodas” sino en Iglesia, en comunidad, en mutua aceptación, en apoyo constante, vestidos y “revestidos de Cristo” (Gál. 3: 27)

Jesús, como verdadero hombre, sabe lo que significa un banquete y más un banquete de bodas; se refiere a “las suyas con la humanidad entera”, por eso invita a todos.

Con la misma claridad con que lo hizo el domingo pasado, echa en cara a los sumos sacerdotes y a los ancianos las consecuencias del rechazo de los profetas enviados a preparar el Reino. Cabe preguntarnos si de alguna forma los reencarnamos al vivir una fe anclada en la aceptación solamente intelectual, encerrada, temerosa del compromiso. ¿Qué tan rápido salimos a los cruces de los caminos a invitar, a cuantos encontremos, al Banquete? Nuestras acciones hablan por nosotros, ¿vamos con entusiasmo, sabedores del significado del convite?, ¿ayudamos a proporcionarles “el vestido de fiesta”?

Estar “adentro” no necesariamente implica el quedarse, por eso, volviendo a San Pablo, que nuestra actitud convencida sea: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”.

domingo, 4 de octubre de 2020

27°. Ord. 4 octubre 2020.-


Primera Lectura:
del libro del profeta Isaías 5: 1-7
Salmo Responsorial,
del salmo 79: La viña del Señor es la casa de Israel. 
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los filipenses 4: 6-9
Evangelio:
Mateo 21: 33-43.

¡Somos hechura de Dios y Él no hace seres a medias; estamos muy bien hechos, aunque a ratos, tristemente, ¡mal aprovechados! “Y vio Dios que todo lo que había hecho estaba muy bien hecho”, y nosotros: ¡corona de la Creación! Simplemente detenernos a considerar esta realidad, tratando de dejarnos impresionar por la gratuidad, por la delicadeza, por ser, de verdad “imagen y semejanza de Dios”, debe de exultar nuestro corazón y cantar a voz en cuello: “Eres el Señor del Universo.”

Nuestro desaprovechar lo que  nos ha concedido Dios, nos insta a pedir perdón y juntamente a solicitarle que Él, que todo lo penetra, hasta lo más íntimo de nuestra intimidad, nos conceda “aquellas gracias que necesitamos y ni siquiera sabemos expresar”, sabedores que “el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inenarrable por los consagrados para que actuemos como Dios quiere”. (Rom. 8: 27-28)

Tercer domingo que nos encontramos con la viña. Recordemos para situarnos: el dueño sale, a través del día a contratar trabajadores: el pago no es conforme a lo trabajado, sino según la largueza y bondad del Señor de la viña. El siguiente: ya no son jornaleros sin los hijos los invitados a colaborar; las respuestas dispares, la conclusión, que el mismo Jesús ha dejado a los escribas y fariseos, “cumplió el que fue”. ¿Algo hemos adelantado en el proceso de discernimiento, de reflexión, de superación del egoísmo? ¿Al menos tenemos, en frase de San Ignacio: “los deseos de tener los deseos” de que nuestro “ya voy, Señor”, ¿se vuelva realidad?

El canto de Isaías a la Viña, “la casa de Israel”, nos hace regresar a la primera consideración: la delicadeza, el amor, la ternura de Dios para con su Pueblo, y, extensivamente, para cada ser humano: “¿Qué más pude hacer por ti, que Yo no lo hiciera? Esperaba que dieras uvas buenas y las diste agrias”. Esmero, trabajo, confianza en la respuesta de Israel, en la respuesta de la humanidad, en mi respuesta; ¡Dios, respetuoso y expectante! Los resultados, lamentables, trágicos, destructivos: en lugar de “justicia y derecho”, “violencia y lamentos.” La reacción de Yahvé, nos admira, nos desconcierta: “derribaré la tapia, la arrasaré, será pisoteada, se convertirá en erial…”, y en verdad el Reino del Norte y luego Jerusalén fueron sometidos a la esclavitud y deportados por los asirios. ¡Hasta dónde nos llevan las consecuencias del olvido, de la negación al amor! ¿Tenemos que llegar a los límites para elevar el corazón y pedirle: “Señor, vuelve tus ojos, contempla la viña que plantaste, visítala…, ya no nos alejaremos de ti, ¿míranos con bondad y estaremos a salvo?” 

Jesús retoma el canto a la viña, recorre la historia: los profetas enviados, fueron asesinados, la súplica del Salmo ha sido olvidada, el rechazo violento al Hijo, se acerca cada vez más, será sacado fuera de la viña y morirá más allá de las murallas de Jerusalén.

La pregunta directa a los sumos sacerdotes y a los ancianos no puede tener sino una respuesta: “Dará muerte terrible a esos desalmados, y arrendará la viña a otros viñadores que le entreguen frutos a su tiempo.” Pensamiento lineal y acorde que Jesús utiliza para que reflexionen y reflexionemos: ¿descartamos la Piedra Angular o construimos sobre ella? ¿Dejaremos que el Reino nos sea arrebatado o intentaremos, con todo nuestro empeño, y, seguros de que Él “nos dará las gracias que necesitamos y ni siquiera sabemos expresar”, para producir los frutos “de justicia y de derecho”?

La delicadeza de Dios sigue en presente, y seguirá, si no se lo impedimos: “Que la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, custodie nuestros corazones y pensamientos en Cristo Jesús… busquemos lo verdadero, lo noble, lo justo, lo puro, lo amable y el Dios de la paz estará con nosotros.”

Ya no es la Viña la arrasada, sino Cristo Jesús que se dejó arrastrar hasta la Cruz y con su muerte nos dio nueva vida. “No he venido a destruir sino a construir.” ¡Constrúyenos, Señor!

domingo, 27 de septiembre de 2020

26°. Ord. 27 septiembre 2020.-

Primera Lectura: del libro del profeta Ezequiel 18: 25-28
Sa
lmo Responsorial,
del salmo 24
: Descúbrenos, Señor, tus caminos.
Segunda Lectura:
de la carta del apóstol Pablo a los filipenses 2: 1-11

Evangelio:
Mateo 21: 28-32.



Reconocemos, aceptamos nuestro olvido del Señor, pero más allá   está la confianza en su misericordia, en su inacabable paciencia, comprensión y perdón. ¡Nada que argüir en nuestro favor, nos dejamos en su Corazón y en sus manos! Con humilde sinceridad oramos: “de Ti esperamos la gracia para no desfallecer en el camino hacia Ti”.

¡Somos Israel actualizado! Con qué facilidad buscamos culpables y con qué falta de lógica y de verdad nos atrevemos a señalar al Señor como causa de los males; por eso nos responde con el profeta: “¿No es más bien el proceder de ustedes el injusto?” por más que intentemos ocultar la responsabilidad de nuestros actos, no podremos, las consecuencias nos siguen como sombra: maldad e injusticia, o bien: honradez y justicia. Lo que sale del fondo del corazón moldea nuestra persona. Muy conveniente interrogarnos: ¿cómo deseamos encontrarnos en el momento final?. No podemos engañarnos, sabemos la respuesta: ¡Quiero ser un “sí” en cada instante! Lo que debemos analizar es si la claridad de la percepción nos lleva a la eficacia en la acción.

Con todo el ser deseoso, repitamos lo dicho en el Salmo: “Descúbrenos, Señor, tus caminos, guíanos por la senda de tu doctrina”.

La conciencia creciente, iluminada por el asiduo trato con Jesucristo, haría resplandecer un mundo nuevo, una familia nueva, unas relaciones nuevas, todas ellas haciendo revivir en cada uno de nosotros “los sentimientos de Cristo Jesús”. ¡Esto es el Reino que nos vino a enseñar Jesús! Nada de egoísmos, ni prerrogativas, “hecho uno de tantos”, igualdad en la carne, ejemplaridad en el amor al Padre, en la obediencia, “en el caminar por sus sendas”, en la aceptación plena que supera el temor de la muerte, y, ¡qué muerte!, vivencia exacta de la meta, de la trascendencia, que tanto necesitamos, no tanto por el premio de la gloria, sino por el gozo de estar en consonancia con Dios. Ya Él se encargará de “escribir nuestros nombres en el libro de la Vida”, para que nuestro caminar llegue a su Principio.

La Viña necesita trabajadores; el domingo pasado el Dueño salió a diversas horas y el pago fue desde la Justicia Divina, que rompió nuestra concepción de justicia, y, ¡ojalá!, nos haya hecho pensar lo que son “los caminos de Dios”. Hoy la referencia directa está enfocada a los judíos que ni aceptaron a Juan Bautista ni aceptan a Jesús; pero en ellos estamos involucrados cada uno de nosotros; persiste el llamamiento y, precisamente, a los hijos: “Ve a trabajar a mi viña”. Las respuestas se repiten: “Sí, pero no fue”; respeto y corrección en la respuesta que se quedan en el vacío. El otro: “¡No quiero ir!, pero se arrepintió y fue”; retobo, mal humor, comodidad; flojera…, sin embargo: reflexión, discernimiento y acción.

Resuena Ezequiel y nos remueve la conciencia; resuena la Carta a los Filipenses y sigue resonando allá dentro, cómo escribe en la 2ª Carta a los Corintios (1:19): “Jesucristo no fue un ambiguo sí y no; en Él ha habido únicamente un sí.” Estos son “los sentimientos que hemos de compartir con Cristo Jesús”.

La decisión no es fácil: “¡Qué angosta es la puerta y estrecho es el camino que llevan a la vida, y pocos dan con ellos!” (Mt. 7:14); “No basta con decirme, Señor, Señor, para entrar en el Reino de Dios, hay que poner por obra los designios de mi Padre del cielo.” (Mt. 7: 21) Fortalece el contenido del compromiso San Pablo en 1ª Cor. 4: 20: “Porque Dios no reina cuando se habla, sino cuando se actúa.” ¡Cuánto encierra el verdadero “sí, Señor” !, digámoselo y pidámosle la Gracia y la fuerza para realizarlo ahora que aún tenemos tiempo! “Contigo a mi lado, no vacilaré”. (Salmo 16 (15): 8)

domingo, 20 de septiembre de 2020

25°. Ord. 20 septiembre 2020.-


Primera Lectura:
del libro del profeta Isaías 55: 6-9
Salmo Responsorial,
del salmo 144 
Segunda Lectura:
de la carta del apóstol Pablo a los filipenses 1: 20-24, 27
Evangelio:
Mateo 20: 1-16.

Dios Bondad, Dios apertura, Dios siempre a la escucha. ¡Cuántas veces lo hemos experimentado, y, sin embargo, nuestras voces no ascienden con la frecuencia, con la confianza, con la seguridad de ser escuchados! ¡Convéncenos, Señor, de que estás más presto de lo que imaginamos, a oír nuestras súplicas! Hoy te pedimos la gracia de “descubrirte y amarte en cada hermano”; que ilumines el corazón y las entrañas porque, solamente así, lograremos, con tu presencia, alcanzar lo único que debe importarnos en esta vida: ¡llegar hasta Ti!, que eres la Vida Eterna.

 “Buscarte mientras pueda encontrarte”, ¿cómo buscarte si, como nos recuerda San Agustín, yo no existiría si no estuvieras ya en mí? Lo que vivo constantemente es que “tus pensamientos no son los míos”. ¡Ayúdame a estar en sintonía con tus deseos, con la esperanza que has depositado en mí, a reaccionar a tu favor, que es a mi favor, contra tantas mociones que revolotean a mi alrededor, contra la facilidad de ir pasando como sombra por la vida sin dejar huella; a regresar, cada tarde a tu regazo y a reordenar pensamientos y deseos; a la constante conversión y a tu perdón que es paz profunda, que es solaz! “Tus designios son justos y no estás lejos de los que te buscan sinceramente.” ¿Por qué me canso de invocarte? ¿Por qué mi confianza tambalea? ¿No tengo ya suficientes pruebas de que solo no puedo? Muy lejos, de hacer mía la expresión de San Pablo: “para mí, la vida es Cristo y la muerte una ganancia”; sin embargo, arden deseos de tener los deseos “de que sea en vida, sea en muerte, te pertenezco” y de que cuanto realice en Ti y por Ti, tiene repercusión de eternidad!

Cualquier hora es oportuna para ir a “tu viña”. Sin medir el peso del día o del cansancio, con los ojos puestos en Ti, “el Gran Denario”, crecer en el esfuerzo, “que a jornal de gloria no hay trabajo duro”.

Gracias, Señor, por resanar el miedo, por abrir horizontes de ternura, porque das a mis pasos un sentido, porque puedo mirar hacia arriba y encontrarte sonriendo.

Gracias, Señor por ser como eres, por haberme invitado y por seguir confiando en mi respuesta más allá de mis yerros, y olvidos y apatías. 

sábado, 12 de septiembre de 2020

24° Ord. 13 septiembre 2020


Primera Lectura:
del libro del Eclesiástico (Sirácide): 27, 33 - 28, 9
Salmo Responsorial,
del salmo 102: El Señor es compasivo y misericordioso. Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los romanos 14: 7-9 Evangelio: Mateo 18: 21-35.

Esperar en el Señor es haber encontrado el camino de la paz; su mirada de amor y misericordia nos llenará de fuerzas para poder servirle.

El Eclesiástico, como Libro Sapiencial, hace que entremos hasta las más profundas entretelas de nuestro corazón, de nuestra mente. Sin hacer ofensa a nadie, pues todos llevamos, consciente o inconscientemente, heridas, actitudes destructoras que no queremos reconocer; entre ellas, en ocasiones, aun cuando no deseáramos usar la palabra “rencor”, ¿quién no ha sentido rabia, impotencia, ganas de vengarse, de borrar del mapa a quien nos despreció o no escuchó nuestra proposición o, peor aún, se burló de ella? Pensemos un momento, aunque hayan sido segundos los que nos dejamos envolver por ese sentimiento, ¿sirvió de algo?, ¿arregló el problema?, ¿tuvimos la sana audacia y la palabra oportuna para exponer lo que bullía en nuestro interior?. Y,  sobre todo, ¿caímos en la cuenta de que esos pensamientos negativos al único que afectaban era a mi propio ser? El otro ni se dio por enterado de la guerra que vivo internamente y logró, porque se lo permití, quitarme la paz. ¡Cuántas veces hemos meditado aquello de: “nadie te puede hacer perder tu paz, si tú no quieres perderla”! Con qué claridad termina el párrafo que hemos escuchado: “Recuerda la Alianza del Altísimo y pasa por alto las ofensas.”

El Salmo consolida lo que verdaderamente perdura: “El Señor no nos condena para siempre, ni nos gurda rencor perpetuo…, no nos trata como merecen nuestras culpas…, es compasivo como un padre con sus hijos.”

Si desde el punto de vista humano es tan importante que sepamos perdonar, que llevemos y sobrellevemos las flaquezas de nuestros prójimos como ellos llevan las nuestras, cuánto más si proyectamos este perdón con la fuerza de la trascendencia.

“Sea en vida, sea en muerte, somos del Señor.”  ¿Lo somos de verdad? El Aleluya resume cuanto hemos percibido de Jesús y lo que Él espera de nosotros: amor sin cortapisas, sin condiciones, reflejando en hechos, en concreción que alivia, en comprensión y en uno de los pilares de su Revelación: el perdón.

Activos en pedirlo, remisos en darlo; ¿hacemos conciencia de cómo esperamos encontrar al Padre?