sábado, 11 de noviembre de 2017

32º Ordinario, 12 Noviembre 2017.-



Primera Lectura: del libro de la Sabiduría 6:12-16
Salmo Responsorial, del salmo 62: Señor, mi alma tiene sed de ti.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los tesalonicenses 4: 13-18
Aclamación: Estén preparados, porque no saben a qué hora va a venir el Hijo del hombre.
Evangelio: Mateo 25: 1-13

¿Cuándo no han llegado hasta el Señor nuestras plegarias? Simplemente  cuando no las hemos hecho. Nos acordamos de Dios cuando la necesidad nos apremia, cuando la tentación ronda incansable, cuando el dolor nos muerde…, está bien, eso demuestra que hay fe en nuestro corazón, que sabemos a quién acudir en el momento del apremio cuando el camino se angosta y no encontramos respuesta en ninguna creatura y menos aún en nosotros mismos; sin embargo eso parecería más bien una transacción comercial que una relación amorosa que dejara “en sus manos paternales todas las preocupaciones”.

 La oración es plática confiada con el Amigo, con quien conoce nuestras necesidades y aguarda, deseoso, que las expongamos. No es un monólogo inútil; es la aplicación de la verdadera Sabiduría: el saborear el amor de Dios, el buscarlo con todas nuestras fuerzas, salir a su encuentro y hallarlo siempre a la puerta. Esa Sabiduría Encarnada no sólo nos espera ya vino a encontrarnos: el fruto de ese encuentro conjunta nuestra voluntad con la suya y el resultado es lanzarnos a la trascendencia, a la plenitud y a la paz, en la total posesión de nuestro ser en el suyo. Esto es captar la “benevolencia del Señor”, Él quiere todo el bien para nosotros; todavía más, coopera, ilumina y guía nuestras decisiones para lograr y realizar el Proyecto de nuestros proyectos: ¡Llegar a Él! “La sed será saciada”, “la añoranza será realidad”, “la bendición colmada no terminará”, “el júbilo será nuestra túnica, nos cubrirá por completo”.

No ignoramos “la suerte de los que se duermen en el Señor”. “Jesús, primicia de los resucitados, nos arrebatará con El para estar siempre a su lado.” ¿Necesitamos alguna consolación mayor? Las palabras están confirmadas por la vida de Aquel que vino para que tuviéramos Vida.

En el Evangelio Jesús nos previene, no amenaza, nos hace pisar, con firmeza, nuestra realidad de creaturas: “Estén preparados porque no saben ni el día ni la hora” cuando llegue la  certeza más cierta y más incierta: la muerte. Realidad que nos conmueve, que vemos con recelo, que quisiéramos borrar del futuro y que, a pesar de todos los esfuerzos, sabemos que está en camino, que nos cruzaremos con ella, que nos vencerá…, pero no definitivamente pues confiamos en tener “aceite para la lámpara”  y ésta se encontrará encendida cuando llegue el Esposo y “entraremos al banquete de bodas”; la seguridad nace de nuestra adhesión a Cristo, quien, “ya  aniquiló a la muerte.”  (1ª Cor. 15: 26).

La oración, la fidelidad, la cercanía, son la previsión para mantenernos encendidos: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero.”  (Salmo 119 (118)): 105).
“El que consulta a Dios, recibirá su enseñanza; el que madruga por él, obtendrá respuesta.”  (Eclesiástico 32: 14)  San Pedro, con la experiencia viva, nos afianza: “Esta voz, llegada del cielo…, hacen bien en prestarle atención como a lámpara que brilla en la obscuridad, hasta que despunte el día y el lucero nazca en sus corazones”. (2ª Pedro 1: 19). “Quiero estar consciente al preinstante de verte para poner en Ti el consentimiento y repetirte el ¡sí! definitivo”.