jueves, 10 de marzo de 2011

1° Cuaresma, 13 marzo. 2011.

Primera Lectura: del libro del Génesis 2: 7-9, 3: 1-7
Salmo Responsorial, del salmo 50: Misericordia, Señor, hemos pecado.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los Romanos 5: 12-19
Aclamación: No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Evangelio: Mateo 4: 1-11. 

En la Antífona de Entrada volvemos a encontrarnos con la invitación a orar, a invocar, a confiar en el Señor; seguro que lo hacemos cuando la angustia nos cerca y no encontramos salida, pero eso es convencionalismo no convicción ardiente de que en verdad necesitamos a Dios, su Palabra, su perdón, su cercanía, la fuerza del Espíritu para realizar lo que pedimos en la oración: “por las prácticas cuaresmales, - oración, obras de misericordia, penitencia, arrepentimiento, ayuno de todo aquello que nos aleje de Él, crezcamos en el conocimiento de Jesucristo y llevemos una vida más cristiana.”

El miércoles pasado recordamos nuestro origen: “polvo”, pero, hoy nos muestra el Génesis que es polvo con el Aliento de Dios, con la vida de Dios, con la libertad que nos “asemeja a Él” para poder elegir con toda conciencia el ¡Sí! a su voluntad; ¡Sí! que es camino de felicidad y eternidad.

El salto al capítulo 3°, tentación y caída, es la historia de la humanidad, es nuestra propia historia; “por el pecado entró la muerte en el mundo”. ¿Por qué cayeron los primeros hombres, por qué caemos nosotros?, por seguir el camino del deslumbramiento, por entrar en diálogo con la tentación, porque “vemos que el árbol es bueno para comer, agradable a la vista y codiciable para alcanzar sabiduría”; pero al margen de Dios, de sus preceptos, de la obediencia que le debemos como creaturas e hijos. ¿Qué sabiduría alcanzamos? Mirarnos “desnudos, enredados en la mentira que nos empuja a escondernos de Dios”. Eso es el pecado: querer ser como Dios, pero sin Dios. ¿A dónde nos lleva? “Ahora es el tiempo oportuno, el tiempo de la conversión”. ¡Cuántos no han tenido la oportunidad, ¡nosotros la tenemos!

¿Qué  elegimos, ser como el primer Adán, o asemejarnos a Cristo, el nuevo Adán? Por su “obediencia”, ¡a qué precio!, “recibimos el don de la Gracia y la Justificación.” Poner en la balanza la elección, ya es una injuria al Señor y a la ejemplar entrega de Jesús. El solo considerarlo nos decidirá a confiar en el Amor y la Misericordia y al seguir, en serio, a Jesús.  Él quiso experimentar en la realidad humana que había asumida, la tentación: “en todo semejante a nosotros, menos en el pecado”, y enseñarnos el modo de proceder ante el tentador: ¡nada de diálogo!, sino tajante y fiel a su Misión, fiel a la voluntad del Padre, lejos de servirse de su filiación divina para provecho propio: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que viene de la boca de Dios.” Sin espectacularidades, imaginemos el “impacto” que habría causado al bajar volando desde la cornisa del Templo, “no tentarás al Señor tu Dios”.  Acepta la sencillez del camino de todo hombre sin “querer manejar a Dios”. El reconocimiento de que solamente hay un Absoluto, el Padre y “que toda creatura es como flor de heno que florece en la mañana y por la tarde no parece”,  el poder y la riqueza, son realidades efímeras, el Único que permanece es Dios: “¡Retírate, Satanás!”, porque también está escrito: “Adorarás al Señor tu Dios y a Él sólo servirás.”  ¡Cuán intensa y profunda es en Jesús la interpretación y la vivencia de la Palabra de Dios!

Pidamos al Señor aprender esta lección, porque las tentaciones seguirán acechándonos; Jesús ya nos trazó el camino: ayuno, oración, cercanía a Dios, confianza, fortaleza y convicción.

Tengamos muy presente la advertencia de San Pedro: “Miren que el demonio, anda como león rugiente, buscando a quién devorar; resístanle firmes en la fe.”  (1ª. 5: 8-9) Y San Pablo: “Fiel es Dios que no permitirá que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas. Más aún, nos dará modo para resistir con éxito.” (1ª. Cor. 10: 13) ¡Ánimo! “que las tribulaciones de este mundo, producirán un imponderable peso de gloria.” (2ª. Cor. 4: 17-18)  Dios es quien nos espera, Él es nuestro premio, ¿qué creatura podría suplantarlo? 

martes, 1 de marzo de 2011

9° Ordinario. 6 marzo, 2011.


Primera Lectura: del libro del Deuteronomio 11: 18, 26-28, 32;
Salmo Responsorial, del salmo 30:Sé tú, Señor,mi fortaleza y mi refugio.
Segunda Lectura: de la carta del apóstil Pablo a los Romanos 3: 21-25, 28
Aclamación: Yo soy la vid y ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante.
Evangelio: Mateo 7: 21-27.

“Los ojos, puestos en el Señor”, para mirar que nos mira y al percibirlo, se aleje de nosotros la soledad y la aflicción.

Su Providencia orienta nuestro camino; ella, si se lo permitimos, apartará de nosotros todo mal y nos concederá todo bien. ¡Nos equivocamos tan fácilmente! Esgrimimos pseudo razones, tan subjetivas, para aquietar nuestra conciencia, que hasta llegamos a creer que estamos en lo cierto, cuando en realidad, en las disyuntivas, nuestra elección ha olvidado “poner los ojos en el Señor”.  Cuán distinto sería nuestro proceder si viviéramos, conscientemente, lo expresado en el Salmo: “Sé, Tú, Señor,  mi fortaleza y mi refugio”.

Las lecturas son variaciones sobre el mismo tema: la relación entre la manifiesta voluntad de Dios y la libre decisión de nuestra parte. ¡Libertad!, enorme don, que, el primero que la respeta, es Dios mismo. Por ella nos tomamos en nuestras manos y decidimos, y el Señor acepta tanto nuestro ¡sí!, como nuestro ¡no!, y las consecuencias que se siguen. Él propone, nosotros elegimos; de Él parte la iniciativa, la respuesta es nuestra, ¿la pronunciamos con “los ojos puestos en el Señor”? Libres, sí, pero como creaturas y como hijos, con la conciencia de pertenencia compartida: le pertenecemos y nos pertenecemos; libres para poder amar y para poder comprometernos en reciprocidad al don recibido, que florece en los actos acordes al AMOR, así, con mayúsculas, y no se queda en exclamaciones estériles, llenas de asombro y agradecimiento, pero ayunas de obras. “La bendición, si obedecen los mandatos del Señor…” Esos “mandatos”, de ninguna manera coartan nuestro ser, más bien lo enmarcan, lo iluminan para que construyamos “sobre roca y no sobre arena.” 

Paradójica conjunción, la única que asegura nuestros pasos: ¡Libres para obedecer! ¡Libres para aceptar! ¡Libres para creer en la gratuidad de la salvación por Cristo y decididos a proyectar esa fe en cada decisión concreta. Santiago Apóstol  nos ayuda a descifrarla: “Muéstrame tu fe sin obras que yo por mis obras te mostraré mi fe” (2: 18).

Al tener “nuestros ojos puestos en el Señor”, aprenderemos a mirar como Él, y, sólo así, podremos descubrirlo en los demás, para servirlos. Cada ser humano “es mi hermano”; henchido el corazón con esta Fe, con la fuerza del Espíritu que ha sido derramado en nuestro interior, buscaremos no el “tener éxito”, sino “dar frutos que permanezcan para siempre”: “Tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber…, y lo que sigue y sabemos de memoria, preparados, con su Gracia, para escuchar en el momento que El decida:: “¡Vengan, benditos de mi Padre…!”  

Aceptamos nuestra fragilidad y nuestra inconstancia, por ello repetimos el Salmo: “Sé, Tú, Señor, mi fortaleza y mi refugio”.  Contigo, “aunque venga la lluvia, bajen las crecientes y se desaten los vientos”, no sucumbiré.

Confiemos en que el Señor nos ayudará a elegir lo correcto y a permanecer en ello..

miércoles, 23 de febrero de 2011

8º Ordinario, 27 febrero 2011.

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 49: 14-15
Salmo Responsorial, salmo 61: Sólo en Dios he puesto mi confianza.
Segunda Lectura: de la 1ª carta del apóstol San Pablo a los Corintios 4: 1-5
Aclamación: La palabra de Dios es viva y eficaz y descubre los pensamientos e intenciones del corazón.
Evangelio: Mateo 6: 24-34.

En múltiples ocasiones hemos reflexionado en que la única razón que pudo “mover” a Dios a crearnos, fue y sigue siendo el Amor; “nos libra y nos salva porque nos ama”, como hemos escuchado en la antífona de entrada. “El Amor es difusivo de sí mismo”, y la prueba la tenemos al alcance de la mano, de la mente, del corazón, de todos los acontecimientos, aun cuando, de momento, algunos nos desconcierten, pero si los consideramos con atención, “todo redunda en bien de los que aman a Dios”, Él se encuentra, de corazón, en cada cosa, roguemos para poder descubrirlo y constatar que la Conservación es la Creación continuada. Esta visión de fe experimentada, nos impulsará a vivir conforme a la voluntad del Señor, consolidará nuestros pasos en los caminos de justicia de paz, esa Paz que vino a entregarnos y sin la que nos será imposible comprendernos y comprender el mundo que vivimos.

Mirando la realidad actual, fácilmente llega a nuestros labios la queja que subía de los de los israelitas en el exilio: “El Señor nos ha abandonado, el Señor nos tiene en el olvido”; o el lloroso gemido de impotencia expresado en el Salmo 13: “¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?”…, la ternura maternal de Dios nos responde por boca del profeta:“¿Puede acaso una madre olvidarse de su creatura hasta dejar de enternecerse por el hijo de sus entrañas? Aunque hubiese una madre que se olvidara Yo nunca me olvidaré de ti”. Es el Señor mismo el que nos habla, es su cobijo, su preocupación, su cariño el que nos hace cambiar la mirada, el que da ánimos, el que nos sostiene en cualquier adversidad. Dios Padre y Madre, cuidadoso y preocupado de todas sus creaturas, “Poderoso defensor en el peligro”; si estamos convencidos, habrá brotado, de manera espontánea, el canto del Salmo: “Sólo en Dios he puesto mi confianza”. De ser sincera esta actitud, las consecuencias se seguirán como río que fluye: “Servidores de Cristo, del Reino, y administradores fieles de los misterios de Dios”. Sin vana presunción, sabiéndonos en sus manos, aguardaremos, serenos, a “que saque lo que está oculto, ponga de manifiesto nuestras intenciones y nos dé, -no como premio, que a jornal de gloria no hay trabajo grande, sino porque es Bueno-, “la alabanza que merezcamos”.

El Evangelio de hoy nos suena provocador, su aplicación casi irreal, ¿confiar en Dios, en su cuidado por nosotros, en medio de una lucha cruel por la supervivencia?, ¿le interesamos más que los pájaros y las flores?, ni sufren ni se afanan, nosotros tenemos que buscar el sustento diario, prever el futuro, trabajar para ahorrar, utilizar las herramientas internas y externas que nos ha proporcionado para poder subsistir, ¿de qué tiempo disponemos para preocuparnos por el Reino y su Justicia? La brújula apunta al norte, Jesús nos orienta a la trascendencia que supera las preocupaciones de cada día. Dos veces nos recuerda la realidad de Dios como Padre, y nos indica la imposibilidad de vivir divididos y, consecuentemente, la necesidad de dar a toda realidad su dimensión exacta; no condena las riquezas, pero nos advierte del peligro de cambiar la Roca de apoyo: “No pueden servir a Dios y a las riquezas”. La Opción Fundamental está clara, lo que se nos dificulta es el paso concreto y sostenido.

¡Señor, necesitamos de tu Luz y de tu Gracia para decidir, con valentía y con fe, la meta que nos confirme en tu Amor!

miércoles, 16 de febrero de 2011

7º Ordinario, 20 febrero 2011.

Primera Lectura: de libro del Levítico 19: 1 - 2, 17 - 18
Salmo Responsorial, del salmo 102: El Señor es compasivo y misericordioso.
Segunda Lectura: de la 1ª carta del apóstol San Pablo a los Corintios 3: 16 - 23
Aclamación: En aquel que cumple la palabra de Cristo el amor de Dios ha llegado a su plenitud.
Evangelio: Mateo 5: 38 - 48.
 
“Cantar al Señor por el bien que nos hace, porque alegra nuestro corazón, porque nos muestra su misericordia”; porque nos revela el último sentido de nuestras vidas: “Sean santos porque Yo soy santo”.

¿Ser santo?, y la pregunta se queda sin respuesta; consideramos la proposición como algo demasiado lejano, ajeno a nuestra cotidianidad, quizá nos dé miedo tomarla en serio por cuanto encierra de compromiso, de dominio del egoísmo, de total apertura al servicio desinteresado, en pocas palabras, por lo que significa amar de verdad. Nos vamos acostumbrando a ese círculo, que consideramos irrompible porque nosotros mismos lo hemos cerrado y hemos impedido que brote, florezca y dé fruto la Palabra de Dios; perdemos el punto de referencia que con toda claridad nos ha expresado la lectura del Levítico, referencia que ilumina el horizonte, que puntualiza el contenido de la santidad: “Habla a la asamblea y diles: sean santos, porque Yo, el Señor, soy santo”. Ahí está la respuesta, la posibilidad, el camino: en Él, no en nosotros. El es el único santo, el único bueno, el “totalmente Otro”, pero desea que el hombre se acerque, que participe de su santidad, que realice lo que fue desde el principio: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”, que vayamos pareciéndonos más y más a Él, superando, con la presencia y la acción del Espíritu,  la realidad de nuestra pequeñez, de nuestras tontas envidias, de nuestras perezas, de nuestros miedos, de nuestra visión meramente terrena, y aceptemos el reto de “amar a los prójimos como a nosotros mismos”. ¡De lograrlo, con su ayuda, otro será el mundo que construyamos!

Una vez más, al quedarnos contemplándonos a nosotros mismos, al sentir la impotencia que nos ata, el Salmo nos indica el sendero ascensional: “El Señor es compasivo y misericordioso…, perdona, cura, colma de amor; nos trata según su Santidad”. Desde Él aprendemos a desterrar la venganza, “el desquite”, “el que me la hace la paga”… ¿qué gozo hemos experimentado al ser absueltos de una culpa?, ¿no podemos propiciar que los demás lo sientan en nuestras relaciones interpersonales? Esto es actuar según Dios, según Cristo: mucho más allá del sentimiento inmediato, de la respuesta nacida de la ira y de la rabia ante una ofensa recibida. Sabemos, hemos constatado, que la violencia engendra violencia; mejor vivamos la seguridad de Jesús:
“Dichosos los obradores de paz, porque de ellos es el Reino de los cielos”.

Jesús nos propone algo muy superior, que supera “la lógica que esgrimimos”: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que les hacen mal, rueguen por los que los persiguen y maltratan…” Sin duda es algo que rechaza la mente, pero que ensancha al corazón; será realizable porque el Espíritu habita en nosotros”, y “viene en ayuda de nuestra debilidad” para “actuar como hijos del Padre Celestial que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda su lluvia sobre justos e injustos”; ser del todo universales como el Padre es universal y abraza a todo ser humano, sin excepción.

El camino hacia nuestro Padre, roto por el pecado, nos lo recuerda Pablo: “Todo es de ustedes, ustedes de Cristo y Cristo es de Dios”.

Jesús, que al venir a nosotros en la Eucaristía, encuentres un Templo digno de Dios.

jueves, 10 de febrero de 2011

6º Ordinario, 13 febrero 2011.

Primera Lectura: Lectura del libro del Eclesiástico (Sirácide) 15: 16-21
Salmo Responsorial, del salmo 118: Dichoso el que cumple la voluntad del Señor.

Segunda Lectura: de la 1ª carta del apóstol Pablo a los Corintios 2: 6-10
Aclamación:  Te doy gracias, padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del Reino a la gente sencilla.
Evangelio: Mateo 5: 17-37. 

¿De verdad somos conscientes de ser “sal de la tierra”, de ser faros encendidos que alumbren nuestra vida y la de los demás para que juntos “glorifiquemos al Padre que está en los cielos”? Para ser fieles, constantes, perseverantes, al irnos conociendo, al ir experimentando nuestra flaqueza, aprendemos a afirmar que “Dios es nuestra defensa, roca, fortaleza, baluarte y escudo, guía y compañía”. En Él y sólo en Él encontraremos la rectitud y sinceridad de corazón “que nos haga dignos de esa presencia suya” que nos mantenga como la sal de la tierra y luz encendida.  

¡Libertad, cuánto te ansiamos y qué poco te utilizamos rectamente! ¡Qué  fácil nos dejamos envolver por el “sensamiento” para encubrir nuestros caprichos y actuar sin detenernos a reflexionar que nuestras decisiones tienen consecuencias que repercuten en la consecución o en la pérdida de la Vida Verdadera!  

“El Señor conoce todas las obras del hombre”, aun aquellas que ignoramos o pretendemos ignorar, por eso recordando el Salmo 19: “De mis pecados ocultos, líbrame, Señor”, y que desde lo profundo de nuestro ser, hagamos viva la experiencia del salmo que recitamos en la liturgia: “Dichoso el que cumple la voluntad del Señor”, en ella está la sabiduría auténtica, la que repele las engañifas de este mundo, la que el Señor Jesús ha traído desde el Padre, la del Espíritu que nos sigue enseñando a buscar y a aquilatar la profundidad de Dios. 

Busquemos la voluntad del Padre con la pasión con que lo hizo Jesús, Él va siempre más allá de lo que dicen las leyes. Para encaminarnos hacia ese mundo más humano que Dios quiere para todos, lo importante no es observar simplemente la letra de la ley, sino tratar de ser hombres y mujeres que se parezcan a él. 

Quien no mata, cumple la Ley, pero si no arranca de su corazón la agresividad hacia su hermano, no se parece a Dios. Aquel que no comete adulterio, cumple la Ley, pero si desea egoístamente la esposa de su hermano, no se asemeja a Dios. En estas personas reina la Ley, pero no Dios; son observantes, pero no saben amar; viven correctamente, pero no construyen un mundo más humano.
 
Entendamos las palabras de Jesús: «No he venido a abolir la Ley y los profetas, sino a dar plenitud». No ha venido a echar por tierra el patrimonio legal y religioso del antiguo testamento. Ha venido a «dar plenitud», a ensanchar el horizonte del comportamiento humano, a liberar la vida de los peligros del legalismo. 

Nuestro cristianismo será más humano y evangélico cuando vivamos las leyes, normas, preceptos y tradiciones como los vivía Jesús: buscando ese mundo más justo y fraterno que quiere el Padre. ¡Jesús, que al recibirte en la Eucaristía, nos concedas estar abiertos a la acción de ese Espíritu de amor y de servicio, de sinceridad y transparencia que nos enseñaste a través de tu vida!

martes, 1 de febrero de 2011

5° Ordinario, 6 Febrero 2011.

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 58: 7-10
Salmo Responsorial, del samo 111: El justo brilla como una luz en las tinieblas.
Segunda Lectura: de la 1ª carta del apóstol Pablo a los Corintios 2: 1-5
Aclamación: Yo soy la luz del mundo, dice el Señor; el que me sigue tendrá la luz de la vida.
Evangelio: Mateo 5: 13-16. 

Dice Paul Claudel: “Nunca el hombre es más grande que cuando está de rodillas ante su Creador”. Actitud de reconocimiento agradecido por la vida, por los dones recibidos y al mismo tiempo, afirmación de que Absoluto solamente existe Uno: el Señor, nuestro Dios. En Él ponemos totalmente nuestra esperanza; ¿cuántas veces habremos repetido: “Sagrado Corazón de Jesús en Ti confío”? Pues que a la confesión que hacemos, sigan las obras. Esas, las que conocemos de memoria, pero que a veces están ausentes de nuestra vida diaria.

¿Qué  significado puede tener un “culto meramente externo”? Ya escuchamos la respuesta de labios de Isaías, - de labios de Dios mismo -: ¿Quieres ser luz y que esa Luz presida y cierre tus pasos?, actúa, “abre tu corazón a los demás, comparte tu pan, cobija al que no tiene techo, no des la espalda a tu hermano, viste al desnudo…, entonces clamarás y Yo te escucharé, brillará tu luz en las tinieblas…, entonces Yo te diré ¡Aquí estoy!”.  Parecería que escuchamos “El juicio de las naciones” del capítulo 25 de San Mateo: “Vengan benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber…”, y lo que sigue y tenemos en la memoria. No en balde llaman a Isaías el Protoevangelista, el clarividente con la Luz de Dios. ¿No es la predicción de lo que escuchábamos el domingo pasado en “Las Bienaventuranzas”? ¿Cómo llegará a Dios nuestro clamor si desdecimos con las obras lo que afirmamos con los labios? ¡Te amo, Señor, cumplo con el precepto dominical, comulgo, oro, pero eso de  ocuparme de mis hermanos en serio, está más allá de mis posibilidades!  ¿Dónde queda la integración de mi vida en la de Cristo que “pasó haciendo el bien”?
 
Sin tu Luz, ¿cómo podré brillar en las tinieblas?, ¿cómo caminar en la justicia, en la clemencia y en la compasión? 

Sin tu decisiva presencia en mí, no alcanzo a saborearme como esa sal que da tu auténtica sazón a la vida; soy ciudad en lo alto de un monte, pero cubierta de nubes; soy, inconsecuentemente, “luz apagada.” Siento surgir en mí la desilusión, porque no realizo lo que esperas de mí; por eso vuelvo a la oración: “Que tu amor incansable me proteja porque quiero poner en Ti toda mi esperanza.” El pecado, el egoísmo, la comodidad que me envuelven, me impiden dar el paso hacia el encuentro del otro, de Ti en cada ser humano y la brújula de mis decisiones se enloquece, da vueltas sin parar, sin apuntar hacia el único norte. ¿Me he quedado en una fe conceptual, teórica, que rehuye el compromiso, que busca “razones” para escudarse y no acepta tu realidad, que vendría a ser la mía, de la Buena Nueva “fincada en Cristo Crucificado”?

¡Me doy miedo de mí mismo! Sé que puedo sacudírmelo y “caminar no en tinieblas sino a la luz de tu gloria”, si desde mi debilidad capto, percibo y procedo desde “la fuerza de tu poder por medio del Espíritu”, entonces mis obras serán realizadas según tu voluntad e invitarán a cuantos trato “a dar gloria al Padre que está en los cielos.”

¡Convéncenos, Señor, que formamos parte de “ese pequeño resto” destinado a colaborar en la salvación de todos!

viernes, 28 de enero de 2011

4° Ord. 30 Enero 2011.

Primera Lectura: del libro del profeta Sofonías 2:3, 3:12-13
Salmo Responsorial, del salmo 145:  Dichosos los pobres de espíritu, porque de elloses el Reino de los cielos.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol San Pablo a los Corientios 1: 26-31
Aclamación: Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos.
Evangelio: Mateo 5: 1-12. 

El martes terminó la Octava de Oraciones por la unión de las Iglesias, hoy le pedimos al Señor que nos reúna de entre todas las naciones para agradecer su poder y cantar sus alabanzas. Todo ser humano está en “la mira de Dios” en orden a la salvación, nos rodea a todos con un infinito abrazo de su Paternidad y, para tratar de asemejarnos a Él, pedimos en la Oración “amarlo con todo el corazón y con el mismo amor, amar a nuestros prójimos.”

En la visión cristiana, si es que en verdad queremos tenerla, no cabe la acepción de personas; nuestras relaciones interpersonales no deben guiarse por simple empatía o romperse por antipatía; hay en nuestros corazones algo mucho más grande, el Señor, el Dios siempre Mayor, si permitimos que su Gracia actúe, seremos capaces de vivir lo que hemos pedido: un corazón, una visión, una actuación auténticamente universales.

Las tres lecturas de hoy confirman una única línea, la de Dios, iniciada desde la Antigua Alianza y reafirmada por Pablo, quien vive con profunda convicción el ejemplo y el mensaje del Señor Jesús.

“¿Quién será grato a tus ojos, Señor?: el que procede honradamente, el que no juzga, el que no miente, el que no es altanero”. Es tan fuerte la palabra profética, al fin y al cabo, Palabra de Dios, que trasciende los tiempos y las épocas. Cala la realidad, descubre los secretos más íntimos. No tolera las acciones destructivas contra los hermanos, hace reflexionar para que nos unamos a ese “pequeño resto”, para que la justicia y la humildad nos plenifiquen. La humildad es la verdad, nuestra verdad de ser creaturas, de ser hijos, de ser hermanos; de ella brotarán la justicia, el respeto y la paz.  ¿De verdad deseamos vivir tranquilos?, sometamos a juicio nuestro proceder, ¿es fraterno o sigue los criterios de la sociedad que nos rodea, en la que estamos enclavados y cuyo único interés es el poseer, el poder, la primacía, la triste pero total ausencia de los demás en su vida.   ¡Qué diverso es el camino de Dios, va, y si vamos con Él, contracorriente! “No escogió a sabios y poderosos de este mundo…, sino a los pobres, a los débiles, a los ignorantes, a los que nada valen”. Contrastes golpeantes, condena flagrante del “parecer”. Nuestra única gloria es estar ya injertados en Jesucristo y gozar “en Él nuestra santificación y redención”. ¡Qué bien aprendió Pablo el “Sermón del Monte”, sin haberlo escuchado!

Al exponer el camino del Reino, Jesús no utiliza el lenguaje legislativo, no da mandamientos, señala la senda que conduce a la felicidad plena, y lo hace desde Él mismo, con su ejemplo. Invita a que nos centremos en lo que vale y permanece: “Dichosos, bienaventurados, los pobres de espíritu”, sólo desean vivir ¡a gusto de Dios! Dichosos los que lloran ante la injusticia y la impiedad que han olvidado a Dios, los pobres y necesitados porque, libres de toda atadura,  ponen toda su confianza en el Señor; los que sufren porque se sienten asociados a la Pasión de Cristo; los que con un corazón limpio trabajan por el bien de todos. Es un programa de vida exigente y radical, tan opuesto a los criterios del mundo, que nos advierte el mismo Jesús: “los perseguirán, los injuriarán, dirán cosas falsas de ustedes, por causa mía, pero alégrense porque su recompensa será grande en los cielos.”

El contenido y la invitación sin duda trastornan muchos de nuestros planes; las incomodidades, quizá nos atemoricen, pero, o miramos con intensos ojos de fe nuestra realidad desde la vida y la entrega de Jesús y nos lanzamos, confiados en que Él y el Espíritu nos sostendrán, o nos veremos arrastrados por el contrasentido que nos rodea.

La decisión de correr el riesgo y la aventura, está en nosotros, en ese ¡sí!, sin reticencias al Señor. ¡Convéncenos, Señor, que “sólo en Ti podemos gloriarnos!”

jueves, 20 de enero de 2011

3º Ord. 23 enero 2011.

Primera Lectura: del profeta Isaías 8: 23 - 9: 3
Salmo Resposorial, del salmo  26: El Señor es mi luz y mi salvación.
Segunda Lectura: de la  primera carta del apóstol San Pablo a los Corintios 1:10-13, 17
Aclamación:  Jesús predicaba la buena nueva del Reino y curaba las enfermedades y dolencias del pueblo 
Evangelio: Mateo 4: 12-23.


 “El que canta ora dos veces”, nos dice San Agustín, ¡que coro más maravilloso si todos los hombres de la tierra aprendiéramos letra y tono!, sería algo nuevo pero que no se acabaría: “Canten al Señor, hay brillo y esplendor en su presencia, y en su templo belleza y majestad”. Abrir los ojos y el corazón y dejar que la lengua reconozca todas las cosas bellas con que el Señor nos ha favorecido; aprender a vivir como verdaderos seres humanos, como auténticos hijos de Dios, unidos a Jesús “el Hijo amado, para producir frutos abundantes”.

La primera lectura nos transporta a la Noche de Navidad: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz…, engrandeciste a tu pueblo e hiciste grande su alegría”. Dios es el Señor de la alegría, el Señor de la Paz, el Señor que rompe las tinieblas e ilumina el camino de salvación; nos transporta también a la fiesta de Epifanía, fiesta de la universalidad del amor de Dios “que no tiene acepción de personas”, que, de verdad se interesa por cada hombre, como un Padre vela por cada uno de sus hijos; esta realidad, por sí misma nos tiene que llenar de gozo y esperanza, de gratitud y compromiso: ¡Dios me ama, a mí, en concreto, con este ser que soy, pero que me quiere cada día mejor!; por eso le pedimos que nos guíe por el camino de sus mandamientos, cumplirlos es caminar según su voluntad y dar a conocer que nuestra respuesta y nuestro amor no son quimera sino verdad anclada en Él. Si auténticamente esa es la luz que seguimos, habremos hecho caso al mismo Dios que nos exhorta por boca de San Pablo: realizaremos la concordia en Jesús y las divisiones se evaporarán. Cualquier división o partidismo desgaja el Cuerpo Místico, escucharlo nos regresa al Único Eje.

¿Percibimos el valor de nuestras vidas y la de cada hombre, desde el Sacrificio del Señor, desde nuestro Bautismo? ¿Nos ofrecemos para extender, vivencialmente, la Buena Nueva, la Conversión, la Alegría del Evangelio, la convicción de trascendencia? ¿Queremos hacer eficaz la Cruz de Cristo? Signo y significado se conjuntan a la perfección. Ante tal demostración los “llamados”, sin violentar su interioridad, no pudieron sino “dejarlo todo y seguirlo.” Es, una vez más, la voz y la mirada que siguen tocando nuestros interiores; ¿al menos tenemos la intención, el deseo de detenernos a escucharlo? “Dejarlo todo”, ¿qué es “todo”, en comparación con poseer y ser poseído por Cristo?  

Démonos un tiempo para analizar si es verdad lo que repetimos en el Salmo: “El Señor es mi Luz y mi Salvación, a quién voy a tenerle miedo… Lo único que anhelo es vivir en la Casa del Señor por años sin término para disfrutar de las bondades del Señor y estar continuamente en su presencia.”
 
Si la aseveración  procede de la convicción, la consecuencia será inmediata: “Ármate de valor y fortaleza y en el Señor confía.”   Nunca nos sentiremos decepcionados; ya hemos sido elegidos por Aquel que es el Camino de la Luz, de la Alegría y de la Salvación. ¡Señor, que no desdigamos, con nuestra actitud apática, del don que nos das!

martes, 11 de enero de 2011

2º Ordinario, 16 de enero 2011.

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 49: 3, 5-6
Salmo Responsorial, del salmo 39: Aquí estoy, Señor,para hacer tu voluntad.
Segunda Lectura: de la 1ª carta del apóstol San Pablo a los Corintios 1: 1-3
Aclamación: Aquel que es la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros. A todos los que lo recibieron les concedió poder llegar a ser hijos de Dios.
Evangelio: Juan 1: 29-34. 

Bautizados por Jesús, no solamente en el agua, sino, en el Espíritu Santo, nos unimos en la Antífona de Entrada a  “los himnos en honor y alabanza del Señor en toda la tierra”. Himnos que nos ayudan a reconocer el “amor con el que gobierna cielo y tierra”, presencia que hará que “los días de nuestra vida transcurran en su paz”. 

Isaías nos pone, otra vez, en contacto, a través del segundo cántico del Siervo de Yahvé, con “el Elegido” para manifestar a través de él, su gloria. El apelativo de “Siervo”, en la Sagrada Escritura, se reserva a grandes personajes en la historia de la salvación: Abrahám, Moisés, David, pero referido a Jesucristo realiza todo su contenido: “formado desde el seno materno…, luz de las naciones, para que haga llegar la salvación hasta los últimos rincones de la tierra”.  

Ya considerábamos en la fiesta de Epifanía, la manifestación universal de Dios que abarca a todos los hombres. Y el domingo pasado, al asombrarnos que la misma Pureza quiera recibir el bautismo, escuchamos la voz del Padre que rompe toda duda: “Este es mi Hijo muy amado en quien tengo todas mis complacencias”.  

¿En qué consisten las complacencias del Padre?, sencillamente en vivir conforme a su voluntad, como entonamos en el Salmo: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”; en esperar plenamente en Dios; en experimentar su acción con una docilidad sorprendente y aguardar las consecuencias: “Él se inclinó hacia mí y escuchó mis plegarias. Él puso en mi boca un canto nuevo, un himno a nuestro Dios”.  Desde un corazón de tal manera abierto que comprende y acepta que no bastan sacrificios ni holocaustos para agradar a Dios, comprendemos que nuestro Padre “no quiere cosas”, nos quiere, conforme al ejemplo de Jesús que se pronuncia, de manera definitiva: “¡Aquí estoy!”; penetremos en el compromiso que esta decisión encierra: “Hacer tu voluntad, esto es lo que deseo: tu ley en medio de mi corazón”.  

Misterio que empuja al asombro y a la contemplación más que a una ilación de disquisiciones intelectuales:
  • Ver al Hijo de Dios hecho hombre como yo. 
  • Mirar a Aquel que existe desde siempre, “en quien reside la plenitud de la divinidad” (Col. 1: 19), dispuesto a buscar su misión, encontrarla y cumplirla. 
  • Considerar lo que hace: pasa, ¡con qué sencillez!, y atrae y arrastra miradas y corazones. 
  • Acepta ser “el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo” y el camino que lo llevará hasta cumplir, hasta la mínima coma, la Voluntad del Padre. 
A esto nos conduce el estar “bautizados por el Espíritu de verdad”; a recuperar nuestra identidad de cristianos, seguidores de Cristo; a liberarnos del egoísmo y la cobardía; a abrirnos al amor solidario, gratuito y compasivo; a mostrarnos como “santificados, como pueblo santo que invoca el nombre de Cristo Jesús”.  La consecuencia surge de inmediato: experimentar “la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre”. El Espíritu Santo no se equivoca, ¡pidamos aprender a dejarnos guiar por Él!

miércoles, 5 de enero de 2011

El Bautismo del Señor, 9 enero, 2011.

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías  42: 1-4, 6-7
Salmo Responsorial, del salmo 28: Te alabamos Señor.
Segunda Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 10: 34-38
Aclamación: Se abrió el cielo y resonó la voz del Padre, que decía: “Este es mi Hijo amado; escúchenlo”.
Evangelio: Mateo 3: 13-17. 

La festividad del Bautismo de Jesús cierra el tiempo de Navidad; los cielos se juntan con la tierra, la Palabra, del Padre, habita entre nosotros, los ángeles cantaron su gloria, el Amor universal de Dios para con todos, se manifestó en la Epifanía. Hoy, crece la admiración: el Padre unge con el Espíritu a Jesús para confirmar la realidad del Hijo, del Amado, “de Aquel en quien tiene sus complacencias”, Él será, toda su vida, testimonio de justicia, de liberación y de paz.  

Dios siempre nos sorprende, toda novedad viene de Él; gracia y misericordia que sacan a la humanidad del profundo pozo de la desesperanza, de la angustia, de la impotencia del que no puede salir por sí misma; Él tiende “su mano”, en Jesús “Su elegido, su Providencia respetuosa, camino de alianza y de luz para todas las naciones, Él rompe las cadenas y abre las mazmorras”.    

¿Cuál es, tiene que ser, la reacción que brote de cada uno de nosotros? No otra sino la del Salmo: “Te alabamos, Señor”. Actitud que abarca admiración y agradecimiento: “¿Qué es el hombre para que te ocupes de él?”, la respuesta es la misma que escuchó Jesús al salir del agua: “El hijo amado en quien tengo mis complacencias”. 

Esto sucedió en nuestro bautismo, no lo percibimos entonces, ahora tratemos de experimentarlo: con la unción Trinitaria, recibimos el mismo Espíritu que descendió sobre Jesús, recibimos el mismo fuego que Jesús ha venido a traer a la tierra y espera que sea incendiada, “fuego que enciende otros fuegos”, es el Espíritu del Padre, Espíritu de amor, y, solamente con su fuerza seremos capaces de vivir lo que pedimos en la oración: “ser fieles en el cumplimiento de su voluntad”. ¡El amor no tolera esperas!   

Los frutos tienen que ser palpables, “es Dios quien nos sostiene”, ya somos sus elegidos, espera de nosotros que actuemos como Jesús: “no gritará, no clamará, no hará oír su voz por las calles, no romperá la caña resquebrajada…, embajador de justicia y de paz”.

Ser rostros resplandecientes de Dios en el mundo, tan necesitado de luz, de comprensión, de amistad, de fe. Él no solamente lo ha hecho realidad, sino que es La Realidad misma de lo que nos enseña.  La misión es para todos: “Ahora caigo en la cuenta de que Dios no hace acepción de personas, a todos nos ha envuelto con su Palabra.” ¡Cristianos, cristos vivos, para, como Él, “pasar haciendo el bien!”   

Nos urge, y cada quien sabe su propia historia, purificar y enderezar nuestras intenciones, para sanar con nuestra oración, nuestras acciones, nuestra compañía a cuantos se sienten solos, abandonados, discriminados, rotos en su interior.  

El Bautismo nos ha marcado para siempre como hijos de Dios, como hermanos de todos los hombres; que esa fuerza nos acompañe, durante al Año que inicia, hasta que nos llame a su presencia.