viernes, 21 de marzo de 2014

3° Cuaresma, 23 marzo 2014.



Primera Lectura: del libro del Éxodo 17: 3-7
Salmo Responsorial, del salmo 94: Señor, que no seamos sordos a tu voz.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los romanos 5: 1-2, 5-8
Aclamación: Señor, Tú eres el Salvador del mundo. Dame de tu agua viva para que no vuelva a tener sed.
Evangelio: 4: 5-42.

“Un espíritu nuevo que purifica y cura…” ¿de dónde viene esa maravilla que anima, que reúne, que otorga y posibilita lo que juzgábamos imposible: “Sean santos porque Yo soy santo”, lo seremos con la abundancia de agua que Él mismo nos ofrece. Parecemos israelitas, olvidamos rápidamente  las maravillas que el Señor ha hecho y sigue haciendo por nosotros, nos preguntamos: “¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?” Queremos constatación, entablamos discusión, como ellos en Masá y Meribá, y “ponemos en prueba a Dios”; ¡triste constatación de que la Opción Fundamental no es decidida, convencida ni confiada!

El Señor, paciente y amoroso, hace brotar agua de la roca y al mismo tiempo, que el pueblo pase, de la murmuración, a la confianza: de verdad el Señor está con nosotros. ¡Cómo necesitamos abrir los ojos y mantenerlos fijos en el Señor! ¡Abrir los oídos para “no ser sordos a su voz”! Ojalá resonara fuerte la indicación del Padre, que escuchábamos el domingo pasado: “Éste es mi Hijo en quien tengo todas mis complacencias, escúchenlo”. Está y sigue estando como Palabra viva, como Guía seguro, como Camino y Verdad. La Alianza ha sido sellada, inquebrantable porque Cristo es el Mediador, renovemos nuestra adhesión por medio de la fe.

La justificación, la liberación, la filiación, como nos dice San Pablo, ha sido ofrecida y realizada por Jesús; Él nos abre la puerta de la gracia, y al venir de Dios “no defrauda”, porque la esperanza nos llega por “el amor que ha infundido en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo”, nueva oportunidad para preguntarnos si creemos y gustamos este don. Cada uno de los hombres, todos nosotros, éramos incapaces de salir del pecado, pero el Dios de perdón y misericordia nos da la prueba más clara: “Cristo murió por nosotros cuando aún éramos pecadores”; ¡cómo no va a resonar en nuestro interior la palabra misma de Jesús: “Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos”! (Jn. 15: 13). ¡Firme columna para robustecer nuestra Opción Fundamental!, a nosotros nos ha llamado “amigos”. (Jn. 15: 15), ¿deseamos serlo?

Como la samaritana, estamos sedientos; hemos buscado la felicidad, la realización, la vida, por senderos equivocados, ¡no hemos encontrado!, perdura la sed. La samaritana no lo sabe, nosotros lo sabemos, se ha encontrado con la Fuente de agua viva; su actitud inicial es de extrañeza, luego de cierta agresión, pasa a la curiosidad ante la respuesta de Jesús: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”; no comprende, hay en su pregunta un dejo de mofa, se ha quedado en lo inmediato y reacciona en ese mismo nivel: “Dame de esa agua para que no tenga que venir hasta acá a buscarla”. Siente escozor ante la propuesta de Jesús, la confrontación la hace trastabillar y cambia el giro: “Veo que eres profeta…”, y prosigue: “¿Dónde hay que dar culto a Dios?”. Jesús, fiel a su misión, abre su corazón: “He venido a salvar lo que estaba perdido”, (Lc. 19: 10) y le revela su identidad: ¿el Mesías?, “Soy Yo, el que habla contigo”. Corrobora Jesús lo que había dicho antes: “Los que quieran dar culto verdadero, adorarán al Padre en espíritu y en verdad”.

¿Está o no está el Señor con nosotros? La samaritana corrió a participar su maravilloso encuentro personal con Dios, su proceder incita a todos a buscar ese mismo fruto y a constatar que hay “un manantial de agua que salta hasta la vida eterna”.

En la Eucaristía, en la meditación de la Palabra, encontraremos la fuerza para participar a todos que verdaderamente Dios está con nosotros.

domingo, 16 de marzo de 2014

2° de Cuaresma, 16 marzo 2014.


Primera Lectura: del libro del Génesis 12: 1-4
Salmo Responsorial, del salmo 32: Señor, ten misericordia de nosotros.
Segunda Lectura: de la segunda carta del apóstol Pablo a Timoteo 1: 8-10
Aclamación: En el esplendor de la nube se oyó la voz del Padre, que decía: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo”.
Evangelio: Mateo  17: 1-9.

“¿Recuerdo que tu ternura y tu misericordia son eternas? ¿Estamos convencidos de esta realidad? Él se nos presenta en cada creatura y más en lo escondido de nuestro corazón. Está en el rostro de cada hombre, por difícil que nos sea comprenderlo; ¿lo encontramos de verdad? Tenemos claros los modos y el camino, ¿por qué  retrasamos el Encuentro?

La Fe, así con mayúsculas es el resultado del encuentro con Dios. Conlleva la aventura de salir de nuestros propios criterios, para que, desde un conocimiento que no es inmediatamente perceptible en la integridad de su contenido; surja la confianza y nos animemos a seguir adelante como Abraham. Esta Fe que ha alimentado y sostenido a miles antes de nosotros, se dejaron guiar por ella en medio de la niebla “a la tierra que Yo les mostraré”. El patriarca vive colgado de la esperanza, ha aceptado que “Dios no miente”; la gracia le ha hecho entrever Quién lo llama; todo es futuro, nada es evidente, ni tierra ni descendencia, ya se cumplirán en Jesucristo, culmen de la revelación, superará los límites geográficos, ya  es anuncio del Reino, de la Patria definitiva.

“Abraham partió, como se lo había ordenado el Señor”, llamamiento que no proviene de sus méritos; exactamente igual nos llama a nosotros, no por nuestros méritos, sino, como escuchamos en la Carta a Timoteo, “porque Él lo dispuso gratuitamente”; ¿ya iniciamos el peregrinaje o hemos preferido quedarnos en un inmovilismo estéril, aferrados a lo que pensamos que tenemos ya como posesión? Aquí puede estar la causa del por qué retrasamos el Encuentro.

El don ha sido por medio de Cristo Jesús, en su manifestación, en su fidelidad, conseguido por la totalidad de su vida y específicamente porque “con su muerte destruyó nuestra muerte” y ha hecho brillar la luz de la vida y de la inmortalidad por medio del Evangelio; hemos de escuchar y hacer vida, porque no acabamos de percibir lo que oiremos en el Prefacio: “que la pasión es el camino de la resurrección”; querríamos una contemplación agradable, que engolfa nuestro egoísmo lejana del compromiso; sin duda es mejor oír la invitación que viene del Padre: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”, aunque de momento nos haga caer en tierra “llenos de un gran temor”, al abrir los ojos, los oídos y el corazón,  encontraremos la voz cálida y la palmada cariñosa de Jesús que nos anima:  “Levántense y no teman”, mediten y crean en lo que han visto: la seguridad del resplandor de la vida que espera a toda la humanidad: “el Hijo del hombre y con él todos, resucitaremos de entre los muertos”.

Jesús no nos pide silencio como a los tres discípulos; ahora, al contrario debemos dar fe del Resucitado, con palabras y obras. Contamos con la Gracia para un seguimiento decidido, para supera toda dificultad y mostrar, que no solamente hemos oído sino, de verdad, escuchado al Padre y a Jesús, la Palabra Encarnada.

viernes, 7 de marzo de 2014

1° Cuaresma, 9 marzo. 2014.


Primera Lectura: del libro del Génesis 2: 7-9, 3: 1-7
Salmo Responsorial, del salmo 50: Misericordia, Señor, hemos pecado.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los romanos 5: 12-19
Aclamación: No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Evangelio: Mateo 4: 1-11.

En la Antífona de Entrada volvemos a encontrarnos con la invitación a orar, a invocar, a confiar en el Señor; estoy seguro que lo hacemos en la angustia y la tristeza y habrá que hacerlo en toda ocasión: “oren sin intermisión”, con la convicción ardiente de estar auténticamente colgados de Él, y así “crezcamos en el conocimiento de Jesucristo y llevemos una vida más cristiana.”

Hace unos días recordábamos nuestro origen: “polvo”; hoy el Génesis ilumina ese polvo con el Aliento de Dios, con la vida de Dios, que nos “asemeja a Él”; por eso no terminaremos en el perecer porque la resurrección nos aguarda

El capítulo 3° del Génesis, narra nuestra historia; “por el pecado entró la muerte en el mundo”, es el desenlace de un diálogo que nunca debería haber comenzado, fue el mirar con otros ojos: “vio que el árbol era bueno para comer, agradable a la vista y codiciable para alcanzar sabiduría”; ¿sabiduría al margen de Dios?, mirémonos junto a Adán, “desnudos, enredados en la mentira que empuja a esconderse de Dios”.  Pecado: querer ser como Dios, pero sin Dios. La Cuaresma nos recuerda: “Ahora es el tiempo oportuno, el tiempo de la conversión”, ¿cuántos no la han descubierto?, a nosotros el Señor nos brinda la oportunidad.

El camino a elegir está delante: ¿ser como el primer Adán, o asemejarnos a Cristo, el nuevo Adán? En Éste “recibimos el don de la Gracia y la Justificación.”  Él quiso experimentar la tentación en la realidad humana que había asumida: “en todo semejante a nosotros, menos en el pecado”, y enseñarnos el modo de proceder ante el tentador: ¡nada de diálogo!, sino tajante y fiel a su Misión, fiel a la voluntad del Padre, lejos de servirse de su filiación divina para provecho propio: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que viene de la boca de Dios.”  Nada de sensacionalismos, ¿bajar volando desde lo alto del templo?: “no tentarás al Señor tu Dios”.  Quiere recorrer el camino de todo hombre sin manejar a Dios. Reconoce y afirma que solamente hay un Absoluto, el Padre y “que toda creatura es como flor de heno que florece en la mañana y por la tarde no parece”, poder, riqueza, fama, son realidades efímeras, el Único que permanece es Dios: “¡Retírate, Satanás!”, porque también está escrito: “Adorarás al Señor tu Dios y a Él sólo servirás.”  Así es la vivencia de la Palabra de Dios.

Aprendamos la lección; las tentaciones seguirán acechándonos, y aunque lo mejor es huirlas, Jesús ya trazó el camino para superarlas: ayuno, oración, cercanía a Dios, confianza, fortaleza y convicción.

Recordemos la advertencia de San Pedro: “Miren que el demonio, anda como león rugiente, buscando a quién devorar; resístanle firmes en la fe.”  (1ª. 5: 8-9) y la de San Pablo, plena de confianza: “Fiel es Dios que no permitirá que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas. Más aún, nos dará modo para resistir con éxito.”  (1ª. Cor. 10: 13) ¡Ánimo! “que las tribulaciones de este mundo, producirán un imponderable peso de gloria.”  (2ª. Cor. 4: 17-18)

Dios es quien nos espera, Él es nuestro premio, ¿qué creatura podría suplantarlo?

viernes, 14 de febrero de 2014

6º Ordinario, 16 febrero 2014.

Primera Lectura: del libro del Eclesiástico 15: 16-21
Salmo Responsorial, del salmo 118: Dichoso el que cumple la voluntad del Señor. 
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 2: 6-10
Aclamación: Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del reino a la gente sencilla.
Evangelio: Mateo 5: 17-37.

En la antífona de entrada, al unir nuestras voces en el Salmo, expresamos lo más profundo de nuestra confianza en Dios: “roca, fortaleza, baluarte y refugio”, si Él lo es para nosotros, habremos encontrado al mejor compañero y guía. Consecuencia de esta experiencia, empujarnos aún más y por eso pedimos: queremos ser rectos y sinceros para que “hagas tu morada en nuestros corazones y nunca dejemos de ser dignos de esa presencia tuya”.

La presencia del Señor, de la furza del Espíritu nos hará querer querer guardar los mandamientos, vivir en la fidelidad, saber elegir, sin dudar ni poder dudar, la vida bajo la luz de su mirada, para poder cantar a pulmón lleno, desde la experiencia vivida en casa paso: “Dichoso el que cumple la voluntad del Señor”.

San Pablo prosigue en su carta, el hilo enhebrado: no es la sabiduría de este mundo la que ilumina, sino la divina, misteriosa pero eficaz, la que asegura que llegaremos a donde la mente humana ni puede imaginar: “Conocer a Dios como somos conocidos”. (1ª. Cor. 13: 12)

Entendamos las palabras de Jesús: «No he venido a abolir la Ley y los profetas, sino a darles plenitud». Nada de romper el proceso progresivo de la Revelación; para llegar a la meta, es necesario cada paso:”En múltiples ocasiones y de muchas maneras habló Dios a nuestros padres por los Profetas. Ahora, nos ha hablado por su Hijo”. (Heb. 1: 1-2) La misma Palabra, pero ahora Encarnada.

Jesús acepta antiguos contenidos, pero llena la letra con un nuevo espíritu, el de la finura en el trato con los hermanos y el de la total sinceridad en las relaciones con Dios.


Las proposiciones adversativas contraponen, pero las conclusiones, elevan, clarifican y conducen: no sólo lo inmediato es lo que cuenta, no basta el ritualismo vivido sin resquicios, quedaríamos envueltos en “la sabiduría de este mundo”, es preciso ese “más” que Jesús enarbola en cada decisón de su paso entre nosotros: “Mi alimento es hacer la voluntad de Aquel que me envió”. (Jn. 4: 34)  

viernes, 7 de febrero de 2014

5° Ordinario, 9 Febrero 2014

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 58: 7-10
Salmo Responsorial, del salmo 111: El justo brillará como una luz en las tinieblas.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 2: 1-5
Aclamación: Yo soy la luz del mundo, dice el Señor; el que me sigue tendrá la luz de la vida.
Evangelio: Mateo 5: 13-16.

“Entremos y adoremos de rodillas al Señor, creador nuestro, porque él es nuestro Dios”, orábamos en la antífona de entrada y al hacerlo reconocemos nuestra realidad de creaturas, de seres relativos, que tenemos la referencia total de nuestra existencia en Dios, el Creador, el Absoluto; pero sin quedarnos en una concepción abstracta, aceptamos lo que nos complementa, al recitar la oración colecta: “somos hijos” que sabemos “en Quién hemos puesto nuestra confianza”.

Isaías nos sacude, aleja de nosotros la vaciedad de una adoración que se escuda en lo exterior, en la aceptación universal que no compromete, que se queda en ideas que no comprometen, que huyen de la acción, nos propone lo concreto, lo que proyecte aquello que decimos tener en el interior: “abre tu corazón a los demás, comparte tu pan, cobija al que no tiene techo, no des la espalda a tu hermano, viste al desnudo…, entonces clamarás y Yo te escucharé, brillará tu luz en las tinieblas…, entonces Yo te diré ¡Aquí estoy!”.  Isaías preanuncia lo que Jesús proclama en el inicio de este capítulo quinto de Mateo, y que deberíamos haber leído el domingo pasado; no lo hicimos porque celebrábamos La Presentación del Señor en el templo: las Bienaventuranzas, que al vivirlas, elevarán nuestro clamor hasta Dios y escucharemos su respuesta: “Aquí estoy”. Si las dejamos en la mente, donde “nada duele”, jamás imitaremos, desde la posibilidad de nuestra pequeñez, la integración de la vida en la de Cristo que vino  repartir vida a costa de la suya, a hacer brillar la luz en las tinieblas.

San Pablo analiza la experiencia tenida en Atenas: no es con sabiduría humana como dará testimonio de Cristo, sino hablando de lo único que salva: de Jesucristo y “de Jesucristo crucificado”, convencido de que la fuerza para hacerlo viene del Espíritu y del poder de Dios. Este es el camino para convertirnos en “sal de la tierra”, en “luz del mundo”, en “ciudad construida en lo alto de un monte”, en “lámpara encendida que alumbre a todos los de casa”.

Misión que enaltece, que consolida y clarifica las relaciones que considerábamos al inicio: creaturas, relativos e hijos; nuestras acciones ya no quedarán vacías de contenido, cada una será, en serio, “para dar gloria al Padre que está en los cielos”.

domingo, 2 de febrero de 2014

La Presentación del Señor, 2 febrero 2014.


Primera Lectura: del libro del profeta Malaquías 3: -1-4
Salmo Responsorial, del salmo 23: El Señor es el rey de la gloria.
Segunda Lectura: de la carta a los hebreos 2: 14-18; 
Aclamación: Tú eres el Señor, la luz que alumbra las naciones y la gloria de tu pueblo, Israel.
Evangelio: Lucas 2: 22-40

Celebración de la luz, de la llegada del mensajero, de la presentación del Mesías, el Esperado de Israel; presentación no ante las autoridades civiles ni religiosas, no ante una Ley que ahogaba (y que sin embargo viene a cumplir); sino ante dos corazones sencillos, llenos de fe y de esperanza  que no han puesto trabas a la acción del Espíritu; ante dos ancianos Simeón, que lleva en su propio nombre el ritmo de sus pasos: “Dios ha escuchado”, y Ana, quien es un “Regalo de Dios”, regalo desconocido, silencioso, que en el momento justo, habla, da testimonio y representa al verdadero Israel, ese pequeño resto que aguardaba la liberación interior no sólo de Israel sino del mundo  entero.

Malaquías describe, vivamente, la misión de Aquel que viene: fuego que funde, que derrite, que limpia de escoria, que purifica no sólo corazones sino los seres enteros para que la ofrenda sea digna del Señor. 

La ejemplaridad nos deja mudos; ya no será la ofrenda “como en los años antiguos”, ya no pichones, ni tórtolas, sino el Hermano Mayor, el que lleva nuestra misma sangre, el auténtico representante de familia, nuestro Sumo Sacerdote que continua el rumbo marcado desde su entrada en la historia humana: pobreza y obediencia, por eso escuchará, más tarde, la voz de aceptación del Padre: “Este es mi Hijo muy amado en quien tengo todas mis complacencias; escúchenlo”. Quienes han hecho caso, ya han entonado el canto de Simeón, la mejor despedida de este mundo, porque llenaron sus ojos con la Luz de la salvación. María escucha y guarda en su corazón cada palabra; el dolor preanunciado no le aterra, porque la Luz habita en Ella, más aún, nos hará partícipes de sus rayo a través de los siglos, con su ayuda seremos capaces de perseverar en el triple crecimiento, a ejemplo de Su Hijo: “en edad”, que no nos costará trabajo; “en sabiduría”, que requerirá esfuerzo, y “en gracia”, que, aunque gratuita, pide cercanía al Fuego para permanecer iluminados.

El Bautismo nos encendió, presentémonos ahora con Jesús y con María y pidamos ser testigos creíbles del Amor y de la Fe.