lunes, 30 de mayo de 2011

La Ascensión del Señor, junio 5, 2011..

Priimera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 1: 1-11
Salmo Responsorial, del salmo 46: Entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono. Aleluya.
Seguna Lectura: de la carta de San Pablo a los Efesios 1: 17-23
Aclamación: Vayan y enseñen a todas las naciones, dice el Señor, y sepan que yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.
Evangelio: Mateo 28: 16-20. 

Es bueno “mirar al cielo”, pero con los pies en la tierra. Aprender a ser, como nos dice San Gregorio: “hombres intramundanos y supramundanos a la vez”. Entre las creaturas, especialmente entre los hombres, a ejemplo de Jesús, sin huir contrariedades, molestias, incluso la muerte, porque vislumbramos, más aún, sabemos que “su triunfo es nuestra victoria, pues a donde llegó Él, nuestra Cabeza, tenemos la seguridad de llegar nosotros, que somos su cuerpo.” Esta es la forma de ser lo que somos para llegar a ser lo que seremos; ahora aquí en la entrega incondicional al Reino; después allá, adonde Cristo nos ha precedido.

Camino al monte de la Ascensión, el Señor Jesús refuerza nuestra confianza: “Aguarden a que se cumpla la promesa del Padre…, dentro de pocos días serán bautizados en el Espíritu Santo”. Hemos aprendido, en la lectura de la Sagrada Escritura y en la experiencia personal, que “Dios es fiel a sus promesas”; ésta también la cumplió y la sigue cumpliendo, “iluminando nuestras mentes para que comprendamos cuál es la esperanza a la que hemos sido llamados, la rica herencia que Dios da a los que son suyos.” ¿Aprenderemos a confiar “en la eficacia de su fuerza poderosa”? Convocados a ser uno en Cristo para participar de su Plenitud.

Como respuesta a la pregunta que le hacen los discípulos: “Señor, ¿ahora sí vas a restablecer la soberanía de Israel?”, imagino a Cristo esbozando una sonrisa comprensiva, no en balde han sido seres totalmente intramundanos, Él ha convivido con los hombres, les ha abierto su corazón pero no han aprendido a “mirar hacia arriba”. ¿Qué clase de reino esperan todavía? ¿La riqueza, el poder, el engrandecimiento? ¡Qué pronto han olvidado aquella lección cuando discutían ente ellos sobre ¿quién era el mayor? “No sea así entre ustedes, porque el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”. Ni lo que, sin duda, supieron que respondió a Pilatos: “Mi Reino no es de este mundo”. Ya les y nos enviará al Espíritu para comprender cuanto nos ha dicho. De su mismo Espíritu brotará la fortaleza para cumplir la encomienda: “Serán mis testigos hasta los últimos rincones de la tierra.”  Los ángeles los sacan del asombro y les confirman que “ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo, volverá, como lo han visto alejarse”. ¡Revivamos con fe lo que diariamente decimos en la Misa!: “que vivamos libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la venida gloriosa de nuestro Salvador Jesucristo”.

Sin dejar de mirar al cielo, es hora de volver a los hombres y de anunciar la Buena Nueva; es la hora de la Iglesia, es nuestra hora de “ir y enseñar a todas las naciones”. Su Palabra es el aval: “Yo estaré con ustedes, todos los días, hasta el fin del mundo”. 

La pléyade ejemplar de los que le han sido fieles, nos anima, aunque no hagamos milagros, ni curemos enfermos, ni expulsemos demonios. Aunque nos digan que vamos en sentido contrario, que es una utopía creer en el amor y en la bondad, en el servicio desinteresado, en la fraternidad universal  y el mundo nos grite que abramos los ojos y veamos el mal, el odio y la violencia que persisten, mostremos con las obras que el Señor “actúa con nosotros” y afirma nuestros pasos. ¡Alguien que vale la pena, nos espera, preparemos el encuentro final ya desde ahora!

jueves, 26 de mayo de 2011

6° de Pascua. 29 mayo 2011.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 8: 5-8, 14-17
Salmo Responsorial, del salmo 65:  Las obras del Señor son admirables. Aleluya.
Segunda Lectura: de la 1ª carta del apóstol Pedro 3: 15-18
Aclamación: El que me ama, cumplirá mi palabra, dice el Señor; y mi Padre lo amará y vendremos a él.
Evangelio: Juan 14: 15-21
 
¡Promesas que de verdad se cumplen, porque, ya lo sabemos, provienen del Señor! La invitación a anunciar la Buena Nueva hasta los últimos rincones de la tierra, sigue en presente.

Proseguimos, captemos el tiempo verbal:”continuar celebrando”, significa que comenzamos y permanecemos en la misma actitud: Gozo, Alegría, Aceptación, Fe en Cristo Resucitado, “primicia de los que duermen”. Ya hemos reflexionado muchas veces que si la primicia es buena, la cosecha está asegurada, nosotros somos esa cosecha: “Cristo en su Cuerpo Místico, estará completo cuando el último hombre resucite.”
 
San Lucas narra que ha comenzado la “diáspora”, la dispersión, a causa de la persecución, ¡qué medios tan especiales utiliza el Señor, para que se desarrolle su mandato!: “vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio”. Los seres humanos creíamos que con la muerte, en este caso la de Esteban, todo termina; para el Señor, es el principio de la Vida. Felipe, uno de los diáconos, llega a Samaria, predica, convence, convierte, con y por la acción que le inspira el Espíritu. Posteriormente llegan Pedro y Juan, imponen las manos y los samaritanos “reciben el Espíritu Santo”. Una vez más: Dios entre nosotros, por Cristo en el Espíritu hace crecer a la Iglesia. 

Desde lo profundo de nuestros corazones pidámosle que veamos cómo “renueva la faz de la tierra.” Que llevemos a cabo lo orado en el Salmo y nos dejemos impregnar de esa presencia amorosa, inacabable de Dios: “Las obras del Señor son admirables”, y no pueden ser de otra manera. 

Insiste San Pedro en que la convicción salga a flote: “Den razón de su esperanza a los que se la pidan”, y me permitiría añadir: aunque no nos la pidan, que al vernos superar las tribulaciones, las disensiones, los embates de quienes se resistan a creer, por nuestras obras hagamos comprender que hemos aprendido la enseñanza de Cristo, El Justo, y junto con cuantos nos rodean llegaremos a la resurrección. Todo esto avalado con las obras, como nos pide el mismo Jesús en el Evangelio: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos y Yo rogaré al Padre y les enviará otro Consolador, el Espíritu de la Verdad”. Ya Él mismo ha realizado su misión de consolar, de animar, de impulsar, se va al Padre, pero nos enviará “Otro” con las mismas funciones y este Espíritu, que es Dios, nos enseñará a entender lo que es la Fe: la Unidad entre el Padre y Cristo en el mismo Espíritu; esa es la manera de participar en y de la vida Trinitaria: “Estar en el Padre y estar en Cristo y ambos en nosotros” Manifestación que, valga la redundancia, debe manifestarse, “para que el mundo crea”.  
 
El final es grandemente esperanzador: “Al que me ama a Mí, mi Padre lo amará, y Yo también lo amaré…” Futuro que ya es pasado y continúa en presente: “Lo amo”. ¡Dejémonos penetrar por esta realidad!: ¡Dios me ama!, seguro que cambiará nuestra vida.

miércoles, 18 de mayo de 2011

5° Pascua, 22 Mayo 2011.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles. 6: 1-7
Salmo Respnsorial, del salmo 32: El Señor cuida de aquellos que lo temen. Aleluya
Segunda Lectura: de la 1ª carta del apóstol Pedro 2: 4-9
Aclamación: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre, si no es por mí, dice el Señor.
Evangelio: Juan 14: 1 -12. 


¡Qué  insistencia de parte del Espíritu a través de la Liturgia, para que abramos lo más grande posible, nuestros ojos y nuestro corazón, para que nos solacemos en las maravillas de la Creación, para que no cese nuestra boca de reconocer las maravillas del Señor! La velocidad en la que vivimos, por la que nos hemos dejado arrastrar, nos impide los momentos de interiorización, de silencio, de asombro, de gratitud. ¿Nos hemos acostumbrado a ver sin “mirar”, a vivir lo inmediato como si nos fuera debido y no como regalo de nuestro Padre, a vagar sin rumbo?
En la oración persistimos, de otra forma, en lo pedido el domingo anterior: “que llegue tu pequeño rebaño, a donde ya está su Pastor resucitado”. Hoy: que su mirada de amor, sentido y consentido, nos mantenga y acreciente en la fe, para que “quienes creemos en Cristo, obtengamos la verdadera libertad y la herencia eterna.”  Reinsistencia en lo que perdura, en lo que llena de paz, en lo que conduce a lo que debe ser, diario, nuestro único horizonte, como le decíamos en el Salmo hace ocho días: “Vivir en la casa del Señor por años sin término.” 

La primera lectura nos hace ver que en toda comunidad, al fin y al cabo formada por seres humanos, aparecen ciertas disensiones, envidias, malentendidos; la solución debe ser la misma: “Piensen, oren, disciernan, bajo la Luz del Espíritu Santo”. ¡Con qué increíble familiaridad, con qué convicción oran, creen y actúan buscando siempre lo mejor para que el Reino, la Iglesia, crezcan! Ejemplo a imitar urgentemente: la importancia de la colaboración de todos, como “piedras vivas”, para la construcción del templo espiritual. Asistimos al nacimiento del diaconado, del servicio material y espiritual: los diáconos, que significa servidores, son elegido de en medio de la comunidad, pero fijémonos en sus características: “honrados, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría”, y volvemos al punto crucial: El Espíritu Santo es quien prosigue la obra de Cristo. ¿Qué tan dispuestos estamos para esta elección-misión? La Iglesia somos todos, o existe una colaboración activa, o seremos “piedras muertas”. Hay muchas cosas que no pueden realizar los Pastores, sean obispos, párrocos, sacerdotes o religiosas, es imprescindible que cada fiel se sienta comprometido con el Cuerpo de Cristo, con los demás, con el trabajo parroquial, con la promoción de la evangelización, con una sólida preparación. ¿Captamos lo importante que es nuestra respuesta?

Vamos juntos hacia el Padre, el único Camino es Jesucristo quien, gracias a las inquietudes y dudas de Felipe y Tomás, nos descubre su identidad con el Padre y nos anima a seguirlo para llegar a “la casa del Padre donde hay muchas habitaciones que ya nos tiene preparadas, para que donde Él está, estemos también nosotros.” Confirmamos la meta de nuestro caminar: la trascendencia y la felicidad sin límites, sin sobresaltos, sin temores. Como comentaba el domingo pasado: Quien tiene a Dios y es tenido por Él, lo tiene todo.

Oremos al Espíritu Santo para que reafirme nuestra fe en el Padre, en Cristo y en Él mismo, no tanto para hacer “cosas mayores”, sino para mantenernos en la fidelidad y en el amor prácticos, constantes y crecientes.

lunes, 9 de mayo de 2011

4° de Pascua, 15 de Mayo 2011.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 2: 14, 36-41
Salmo Responsorial, del salmo 22: El Señor es mi pastor,nada me faltará. Aleluya.
Segunda Lectura: de la 1ª carta del apóstol Pedro 2: 20-25
Aclamación: Yo soy el buen pastor, dice el Señor; yo conozco a mis ovejas y ellas me conocena mí.
Evangelio: Juan 10: 1-10

Toda la liturgia de hoy está enfocada para que encontremos y escuchemos la voz del Buen Pastor. “El Buen Pastor da la vida por sus ovejas”. No nos quedemos en la comparación que probablemente ahora no nos diga mucho: el rebaño y el pastor, vayamos más adentro: Cristo Puerta, Cristo Guía, Cristo Vida.

La oración que elevamos a nuestro Padre ya nos pone en la ruta: “guíanos a la felicidad eterna del Reino de tu Hijo, para que el pequeño rebaño llegue seguro a donde ya está su Pastor resucitado.”   Seguir a Cristo es encaminarnos al Reino, ¿puede importarnos algo más?

Pedro, inspirado por el Espíritu, sigue adelante en su arenga y echa en cara a Israel su desvío y trata de convencer a todos, que Jesús es “el Señor”. El Espíritu de verdad actúa: “sus palabras les llegaron al corazón”. ¿Llegan al nuestro de manera que repitamos la pregunta que le hicieron?: “¿Qué tenemos que hacer?”. La respuesta está vigente: “Conviértanse en el nombre del Señor Jesucristo, se les perdonarán los pecados y recibirán el Espíritu Santo”. La promesa de Dios es promesa que se cumple y abarca a todos los hombres. “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad,”  esa verdad que nos “pondrá a salvo de este mundo corrompido”. Es el mensaje del mismo Jesús, es el Espíritu que inspira, que conmueve, que convierte. ¿Nos consideramos parte integrante de la Comunidad de la Iglesia?, ¿actuamos como aquellos que recibieron así esta realidad e hicieron crecer a la primitiva comunidad?

Si acaso la inseguridad del camino nos asalta, tenemos la respuesta en el Salmo: “El Señor es mi Pastor, nada me puede faltar”. Quien tiene a Dios y es tenido por Él, lo tiene todo. Ciertamente habrá “cañadas obscuras, hambre y sed”, todo se resolverá, porque “su vara y su cayado nos dan seguridad”. La petición que hicimos, se convierte en deseo ardiente: “Viviré en la casa del Señor por años sin término.”

Para llegar a la meta es necesario caminar, y en ese camino encontraremos, si de veras seguimos a Jesús: incomprensiones, calumnias, dificultades, desprecios…, Él, sin merecerlos, ya nos enseñó el modo de superarlos. “Con su muerte saldó la deuda que nos condenaba.” “Se ha convertido en Pastor y guardián de nuestras vidas.” Dejemos que esta realidad nos transforme, no permitamos que nuestros interiores se “habitúen” a lo grandioso del Amor que Dios nos tiene y oremos, convencidos, para que seamos atentos a su voz, que la reconozcamos en medio de tanto ruido, que encontremos y traspasemos la puerta que Jesús nos abre para la Vida, no cualquier puerta, sino la de la “Vida en abundancia”.

Nos habla por nuestro nombre, ni se equivoca ni se olvida. ¿Lo escuchamos pronunciarnos, invitarnos, guiarnos, iluminarnos, alimentarnos? Como con los discípulos de Emaús persiste en alcanzarnos, en interesarse por nuestros pensamientos, en dialogar para que despejemos nuestras dudas y desahoguemos nuestros corazones. Sinceramente no podemos dejar nuestra respuesta al aire, seríamos unos desagradecidos e inconscientes. ¡Contamos con el Espíritu para no serlo!

Feliz día del Maestro... 
San Juan Bautista De La Salle, 
patrono de los maestros, 
bendice a los educadores de nuestros hijos.

martes, 3 de mayo de 2011

3° Pascua, mayo 7, 2011.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 2: 14, 22-23
Salmo Responsorial, del salmo 15: Enséñanos, Señor, el camino de la vida. Aleluya.

Segunda Lectura: de la 1ª carta del apóstol Pedro 1: 17-21
Aclamación: Señor Jesús, haz que comprendamos la Sagrada Escritura. Enciende nuestro corazón mientras nos hablas.
Evangelio: Lucas  24: 13-35. 


Continúa la alegría de la Pascua. La Resurrección del Señor nos hace aclamarlo, cantarle, darle gracias y esto será grato a sus ojos si proviene de corazones renovados en los que bullen el gozo y la esperanza. Pedimos al Señor que nuestros labios no encuentren trabas.


Aunque, litúrgicamente hablando, no celebramos aún Pentecostés, Pedro y los discípulos ya sentían fuertemente su impulso. Los ánimos apocados y temerosos han desaparecido y florece, impetuoso, el viento del Espíritu. Pedro lleva a cabo el encargo de ser testigo de lo que es el núcleo del cristianismo: “Jesús, acreditado por Dios en obras y palabras, al que ustedes, israelitas, crucificaron, ha resucitado”. Por eso se alegró el corazón de David, por eso se alegran nuestros corazones. No podía ser abandonado a la muerte el que es el autor de la vida, “recibió del Padre el Espíritu Santo y lo ha comunicado, como ustedes lo están viendo y oyendo.” ¡Cómo necesitamos que cuantos nos rodean, puedan ver y oír lo que realiza ese mismo Espíritu en nosotros! Él sigue presente, pero, en ocasiones le amarramos las alas, impedimos que su gracia actúe en el mundo, no permitimos que haga patente el triunfo logrado ya por Cristo sobre el mal, el pecado y la muerte! 


El Salmo, orado conscientemente, ávidamente, hará, como lo hizo Jesús con los discípulos caminantes, que “se nos abran los ojos y lo reconozcamos”. De verdad, Señor, ansiamos que nos “enseñes el camino de la vida”, ese camino que nos aparte de “la estéril manera de vivir”; ese que nos haga aquilatar el precio que pagaste por nosotros, redimidos “no con oro ni plata, sino con tu sangre preciosa.” ¡Qué valioso soy, qué valioso es cada ser humano! ¿Crezco en esta conciencia al tratarlos? ¿Caigo en la cuenta de la dignidad que Cristo ha recuperado para cada uno de nosotros? ¿Preparo, cada día, el encuentro con los demás para descubrir en ellos a Cristo? Como Pedro y los discípulos, ¿crezco en la Fe en el Padre, precisamente a través de Cristo, y, es Él la semilla cierta de mi propia resurrección? ¡Cuántas preguntas surgen y cómo cobra sentido lo pedido en el Aleluya: “Que comprendamos las Escrituras; enciende nuestros corazones”.


Parece que uno de los peregrinos que se dirigían a la aldea, distante unos 11 Km., era el mismo evangelista Lucas; acompañémoslos, escuchemos sus lamentos, miremos sus ojos cegados por la tristeza y la desesperanza. ¿No nos pasa lo mismo al acercarse Jesús? Tenemos horizontes estrechos, y eso nos impide “reconocerlo”. Mucho de bueno podemos aprender de ellos, al menos iban hablando “de lo sucedido”, Jesús aún estaba en ellos, pero no lo comprendían.  Él nos sale al paso en lo cotidiano, nos alcanza en la vida, se interesa por nuestras pesadumbres, invita al diálogo, brinda amistad; con delicadeza, pero sin rodeos, reprende, sacude e ilumina: “¡Insensatos, duros de corazón para creer!”, y comienza a ilustrarlos a través de un recorrido, desde Moisés y los Profetas, hasta llegar a su propia entrega para “así entrar en su gloria”. Lenta transformación de los interiores al contacto con la Palabra de Dios. Seguro que la paz los fue inundando. El momento del reconocimiento lo tenemos a la mano: “En el partir el pan”. Es la fuerza del Espíritu, el mismo Cristo que actúa y convierte: “¡Con razón nuestro corazón ardía cuando nos explicaba las Escrituras!”. Poco antes Jesús había aceptado la invitación, pero fijémonos bien en lo que dice el Evangelio: “Entró para quedarse con ellos.” Se ha quedado de la misma forma con nosotros. Con qué velocidad recorrieron el camino de regreso para ser, como Jesús, partícipes del gozo a los compañeros. ¡Mucho para pensar!

miércoles, 27 de abril de 2011

2° de Pascua, 1° mayo 2011

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 2: 42-47;
Salmo Resposorial, del salmo 117: La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.
Segunda Lectura: de la 1ª carta del apóstol Pedro 1: 3-9
Aclamación:  Tomás, tú crees porque me has visto. Dichosos los que creen sin haberme visto, dice el Señor.
Evangelio: Juan 20: 19-31. 

Abrir el corazón a la alegría, a la gratitud, porque Dios nos ha llamado al Reino. No son nuestros méritos, podríamos preguntarnos: ¿cuáles?, los que mira el Señor, ¿encontraría alguno que mereciera lo que nos promete? Es su Misericordia la que nos envuelve, nos levanta en vuelo y nos asegura que la Fe en Él vale la pena; por ella superamos todas las adversidades y nos sentimos consolidados por el triple don ya recibido: “Bautismo que nos purifica”, “el Espíritu que nos da Nueva Vida”, y “la Sangre que nos redime”; profundizar en estos tres regalos bastaría para meditar y prolongar nuestra acción de gracias sin cesar e intentar recrear las actitudes de la primitiva comunidad cristiana, que, aun cuando algo idealizada, proyecta los frutos palpables de una Resurrección vivida y compartida: “constancia en escuchar la Palabra”, porque solamente conociendo el Bien podemos amarlo, tratar de hacerlo nuestro con raíces profundas, “como árboles plantados cerca del torrente, que dan fruto abundante” (Ez. 47: 12). “La comunión fraterna”, precisamente la que reinstaura las relaciones que el pecado rompió, la que se abre universalmente a todos los hombres, aunque nos suene a utopía, es la que Dios escribió en los corazones de todo y cada ser humano. “La fracción del pan”, la Eucaristía como centro de la auténtica vida cristiana, la que alimenta y da cohesión más allá de las limitaciones de lengua, raza o nación, y nos permite, si lo dejamos, ser asimilados por Cristo. “La oración”, personal y familiar, la que conjunta a los amigos en el Señor, la que reconoce las carencias pero sabe dónde y a Quién acudir para remediarlas. Por eso causaban admiración, asombro, deseo de participar en ese género de vida. Sin individualismo egoísta, aceptando los sacrificios que suponía “tenerlo todo en común para que nadie pasara necesidad”. ¡Sí, ese es el ideal, realizable desde la presencia del Espíritu que nos ha dejado Jesús! El reto está en presente, ¿no podríamos iniciar su realización, al menos, en el seno familiar e irlo extendiendo todo lo que podamos? Brotará, espontanea, la alegría que contagia y da vida a la vida.

El Salmo nos recuerda al Señor de la misericordia; desde Él nos sabemos edificados “en la Piedra que desecharon los constructores y Es la Piedra angular”, ningún torrente, ninguna avenida de las aguas, ningún viento impetuoso podrán destruir esa casa. “Sabemos en Quién hemos puesto nuestra confianza” (2ª. Tim. 1: 12). San Pedro sobreabunda en el tema de la Fe y la Esperanza: el Señor está con nosotros y nosotros queremos estar con Él para rebosar de alegría porque de Él viene la salvación.

Jesús Resucitado “regresa a buscar lo que estaba perdido”, a los que “estaban con las puertas cerradas”, es Consolador, es Paz, es seguridad que supera toda expectativa que, ni por asomo, pudiera imaginar la mente humana; sigue ofreciéndonos esa Paz, esa reconciliación, los fundamentos para que realicemos su anhelo, su proyecto, el fruto maduro de su entrega hasta la muerte: la comunidad de creyentes que se transformen en testigos de su vida, de su permanencia entre nosotros, por el Espíritu que ha comunicado a la Iglesia. 

Tomás pide pruebas y la delicadeza de Jesús se las ofrece: “Aquí están mis manos…, aquí está mi costado, no sigas dudando, sino cree”. Al discípulo, desde su turbación, se le abren los ojos de la fe y va más allá de lo que mira: “Señor mío y Dios mío”.

Pidamos a Jesús que también a nosotros nos ilumine para reconocerlo en la creación, en los hermanos, en la Eucaristía y confesemos igualmente: “Señor mío y Dios mío”.

miércoles, 20 de abril de 2011

Domingo de Resurrección. 24 abril, 2011.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 10: 34, 37-43
Salmo Resposorial, del salmo  117: Este es el día del trinunfo del Señor. Aleluya.

Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los Colsences  3: 1-4
Aclamación: Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado; celebremos, pues, la Pascua.
Evangelio: Juan 20: 1-9.

“¡El Señor ha resucitado! Aleluya”. La soledad, la angustia, el sufrimiento tienen un sentido, jamás han sido ni serán lo definitivo; son realidad y misterio a la vez; son compañeros de nuestro caminar al lado de Cristo; son invitación a penetrar, con fe, a veces temblorosa y dubitante, pero que quiere ser sincera, lo que vivió con plena convicción Jesús y cuantos lo han seguido con la mirada y el ser entero clavados en Él; lo confesamos con San Pablo el Jueves Santo: “Que nuestro orgullo sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo, porque  en Él tenemos la salvación, la vida y la resurrección, y por El hemos sido salvados y redimidos.”  (Gál. 6: 14) Quizá lo balbucimos temerosos, pero no, si miramos el presente con la seguridad del futuro pleno de certeza: “He resucitado y viviré siempre contigo; has puesto tu mano sobre mí, tu sabiduría es maravillosa.” Más allá de toda ciencia, de toda filosofía, de toda imaginación, está la realidad, la Palabra que se cumple, la promesa que llega a su plenitud: “El Hijo del hombre va a ser entregado a los gentiles, y será objeto de burlas, insultado y escupido y después de azotarlo, lo matarán y al tercer día resucitará.” (Lc. 18: 31-33) El trago amargo, verdadero, dramático, brutal, ha pasado, ahora está la victoria sobre el último enemigo que sería destruido, la muerte. (1ª. Cor. 15:25) “¿Dónde está, muerte tu victoria?, ¿dónde tu aguijón?”  (1ª. Cor. 15: 55) “Muriendo, destruyó nuestra muerte, resucitando nos dio nueva vida.”  

¡Esta es la fe que alienta y fortalece a la primitiva comunidad cristiana! Es la que nos tiene que consolidar en la Esperanza que con firmeza expresa San Pedro: “Dios ungió con el Espíritu Santo a Jesús de Nazaret y pasó haciendo el bien… Lo mataron colgándolo de la cruz, pero Dios lo resucitó al tercer día… Nosotros hemos sido testigos… Hemos comido y bebido con Él, nos mandó a predicar al pueblo y a dar testimonio de que Dios lo ha constituido Juez de vivos y muertos… El testimonio de los profetas es unánime, que cuantos creen en Él, por su medio, recibirán el perdón de sus pecados.”  ¡Ésta es nuestra fe que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús, Señor nuestro! Ya resucitados con Él, “busquemos  los bienes de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios…, nuestra vida está escondida con Cristo en Dios.” ¡Hagámosla patente! Como Él, “pasemos por la vida haciendo el bien”, pensando en lo que nos espera: “la manifestación gloriosa, juntamente con Él.”

Quien ama busca, aun lo que “humanamente parece perdido sin remedio”; ¡Busca la vida aun en la muerte! María lo hace, va al sepulcro, ve que la piedra ha sido removida, la agitación la envuelve, echa a correr y, angustiada, avisa a Pedro y a Juan: “Se han llevado al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto.” Estos, a toda prisa se dirigen al sepulcro; llega Juan primero pero, respetuoso, aguarda a Pedro, no obstante, se asoma y mira “los lienzos puestos en el suelo”. Llega Pedro y entran juntos, constatan lo ya visto “los lienzos en el suelo pero el sudario doblado, puesto en sitio aparte.” Entonces “vio y creyó, pues no había entendido las Escrituras según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos.”

¡Lázaro salió atado! Aquí comprende que las ataduras de la muerte han sido rotas y que ¡ésta es la verdadera Resurrección!

Cristo vive, Cristo triunfa, Cristo aguarda a que lo busquemos. Estemos seguros de que se dejará encontrar. Está mucho más cerca de lo que imaginamos. Confiemos en que nos abrirá el entendimiento y el corazón para comunicar a todos esta certeza y demos, con nuestras vidas, nueva vida al mundo. “Ya está su mano sobre nosotros”.

miércoles, 13 de abril de 2011

Domingo de Ramos. 2011

Bendición de las palmas: Mt. 21: 1-11. 


Por un momento los judíos viven lo que anhelaban: ¡la llegada del Mesías Victorioso! La actitud de Jesús muestra que no es lo que pensaban: “...un rey, apacible, montado en un burro, un burrito, hijo de animal de yugo”, mas no entendieron el mensaje. La emoción del momento fue fugaz, pues esos mismos que ahora lo aclaman: “¡Hosanna!, ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!,  gritarán días después: “¡Crucifícalo!”

Que el Señor fortalezca nuestros corazones para que no nos envuelvan la ingratitud y la superficialidad, y que nuestro júbilo sea porque vamos asimilando, “los sentimientos de Cristo Jesús”.

Textos de la Misa: Is. 50:4-7; Filip. 2: 6-11; Mt. 26:14 a 27: 66. (Invitar antes de las lecturas). 
Es una liturgia larga, pero ¡bien lo merece el Señor y mucho lo necesitamos nosotros! Orar, meditar, contemplar y quedarnos admirados. 

Isaías,  en uno de los cuatro cantos del “Sirvo Sufriente”, muchos años antes, nos describe a Jesús. Pablo en la carta a los Filipenses, nos hace recapacitar en el fruto de la obediencia al Padre: el himno cristológico: ese es el camino del amor por nosotros, la causa de su exaltación en la Resurrección.  Durante el relato de la Pasión, apliquemos las realidades contempladas.  En ella está condensada la confesión fundamental de la fe cristiana: “Jesucristo es el Señor”. 

La oración Colecta, el Prefacio y la oración sobre las Ofrendas nos hacen mantener el  ritmo en el mismo tono: por la Pasión, la Cruz y la Muerte, hacia la Resurrección. 

Mateo narra lo sucedido. Sorprende la extensión del relato de un solo día de la vida del Señor.  
Acompañemos a Cristo en esta máxima prueba. “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.” (Jn. 15:13) 

Mientras escuchamos, vayamos captando las actitudes de Cristo y las de los personajes que intervienen. ¿Con quiénes nos identificamos? 

En un momento de silencio permitamos que se asienten en nuestro interior las vivencias que el Espíritu haya suscitado. 

Escuchamos la Pasión, en la liturgia dominical, para que nuestros corazones vivan en la semana lo que Cristo hizo por nosotros y para que comprendamos cómo inicia el camino de la Pascua.  

El próximo domingo reviviremos el culmen de esta entrega: “Por eso Dios le dio un nombre sobre todo nombre” (Filip. 2: 9). 

Solamente asemejándonos a Cristo en la entrega lo seguiremos en la reurrección.

Pidamos esta actitud para recibir el don nuevo de Cristo y de su Espíritu.

lunes, 4 de abril de 2011

5° Cuaresma, 10 Abril, 2011.

Primera Lectura: del libro del profeta Ezequiel 37: 12-14
Salmo Responsorial, del salmo 129: Perdónanos, Señor, y viviremos.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los Romanos 8: 8-11
Aclamación: Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor; el que cree en mí no morirá para siempre.
Evangelio: Juan 11: 1-45. 

¡Defiéndeme, Señor, de mí mismo; de mi superficialidad, de mi apatía, de mi alejamiento de Ti y de los demás! ¡Soy, tantas veces, mi peor enemigo y por eso pongo toda mi confianza en Ti, mi Dios y mi defensa!

La auténtica liberación, la salvación, la resurrección: conocer, aprender y continuar el camino de entrega que nos dejó Jesús, Hijo de Dios y hermano nuestro.

Pidamos que nuestros interiores reaccionen, que nuestros corazones latan con más fuerza, sabiendo que “Dios siempre cumple sus promesas”. ¿Qué escuchamos por medio del profeta Ezequiel?: “Yo mismo abriré sus sepulcros, los conduciré a la tierra prometida” – la que ellos esperaban -, a la Patria eterna, la que nosotros esperamos.

Palabra y promesa llegan desde Dios mismo: “Sabrán que Yo, el Señor, lo dije y lo cumplo.”  Revivimos al Pueblo de Israel, “Pueblo de cabeza dura”; reconocemos en el Salmo y confesamos al Señor nuestra impotencia, junto a nuestro arrepentimiento “desde el abismo de nuestros pecados”; nos sentimos fuertes porque nos apoyamos en lo que permanece: “su amor, su misericordia, su consciente olvido de nuestras faltas, para alcanzar su perdón.”

Tenemos un ancla segur en lo que nos comunica San Pablo, si de verdad nos esforzamos por vivirlo: “Ustedes llevan una vida conforme al Espíritu que ya está en ustedes. Ese Espíritu, que es Dios mismo, que resucitó a Jesucristo, los resucitará a ustedes y les dará, aun a sus cuerpos mortales, una nueva vida.”   Esta visión tiene que iluminarnos ante la certeza de que un día nos encontraremos con Él y que queremos, esperando contra toda esperanza meramente humana: mirarnos en Aquel que “es la Resurrección y la Vida”  y que nos hará partícipes de la felicidad que no termina.

El Evangelio nos anima, abre el horizonte, rompe las cadenas del espacio y el tiempo, confirma la victoria que Jesús ya logró frente a la muerte. Nos enseña a superar los “peros”, las lágrimas, (verdaderas, porque el cariño sufre), las lamentaciones inútiles, lo incomprensible: “ya hace cuatro días…, huele mal…, si hubieras estado aquí…, las críticas: “¿no podía éste que abrió los ojos al ciego, hacer que Lázaro no muriera…?” 

Jesús ora, implora al Padre y con voz segura, manda: “¡Lázaro, sal de ahí!” El milagro está patente, la Palabra de Jesús, él mismo, es Vida y la comparte: “Desátenlo para que pueda andar.” El asombro sacude a todos; Martha y María llevarán grabado para siempre: “¿No les he dicho que si creen, verán la Gloria de Dios’?” 
 
Probablemente habremos dicho: “todo tiene remedio menos la muerte”, ¡qué equivocados estábamos!, la resurrección nos aguarda, vivamos de tal manera el presente que preparemos el futuro para ser envueltos en la Gloria de Dios.

lunes, 28 de marzo de 2011

4° Cuaresma, 3 Abril 2011

Primera Lectura: del primer libro del profeta Samuel 16: 1, 6 - 7, 10 - 13; 
Salmo Responsorial, del salmo 22: El Señor es mi pastor, nada me faltará.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los Efesios 5: 8 - 14; 
Aclamación: Yo soy la luz del mundo, dice el Señor; el que me sigue tendrá la luz de la vida.
Evangelio: Juan 9: 1 - 41. 

A medio camino hacia la Pascua, la Iglesia nos invita a alegrarnos porque se acerca la abundancia del consuelo; porque hemos crecido en el acercamiento a Dios y a nuestros corazones y la alegría, que irradia desde dentro, nos anima a continuar el peregrinaje.

Jesús ya  ha reconciliado a la humanidad entera; de nosotros espera que continuemos preparándonos con fe y entrega a la culminación de esta salvación.

La mirada de Dios penetra los corazones, no se queda en las apariencias. Samuel, al fin ser humano, se deja impresionar por el aspecto y la estatura, pero escucha al Señor y aguarda a que llegue “el más pequeño” para ungirlo. Lo hace “como en secreto”, todavía tendrá que pasar muchas peripecias para guiar a su pueblo; lo que debemos percibir claramente e intentar proyectarlo, pues ya fuimos ungidos, es que a partir de aquel día, el Espíritu del Señor estuvo con David.”  Cómo se afianza la realidad de que “la fuerza de Dios reluce en la debilidad”, y “cuando soy débil, soy fuerte, porque vive en mí la fuerza de Dios”. “No yo, sino la gracia de Dios conmigo”.  

David de pastor de ovejas, será el Pastor que guíe a Israel; Cristo el Buen Pastor nos conduce a verdes praderas, a aguas cristalinas, ilumina nuestro camino por cañadas obscuras, es fiel a sus promesas, llena nuestra copa hasta los bordes, su bondad y su misericordia nos acompañan todos los días de nuestra vida. ¿A quién temeremos si de verdad lo seguimos? 

Ya somos “hijos de la luz, no de las tinieblas, aunque una vez lo fuimos, ya no lo somos, levantémonos pues el mismo Cristo es nuestra Luz”. Mostrémonos como tales con frutos “de bondad, santidad y verdad”,  “cuanto es iluminado por la Luz, se convierte en luz.”. Los cristianos no podemos vivir apagados.

San Juan, en el Evangelio, largo pero ilustrador, nos muestra paso a paso las oposiciones a Cristo, consolador y siempre cercano a los más necesitados. El milagro provoca tensiones y reacciones diferentes: miedo en los padres del ciego, rabia e incredulidad en los fariseos, audacia y valentía en el ciego que ahora no solamente ve las maravillas de la creación, sino que va mucho más allá: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea en Él?”, Jesús se le revela con toda claridad: “Ya lo has visto, el que está hablando contigo, ese Es”. La inmediata respuesta del ciego curado por fuera y por dentro, tiene que ser la nuestra: “Creo, Señor”. “Y postrándose lo adoró”.

Reescuchemos con gran atención el final: “Yo he venido para que se definan los campos, para que los ciegos vean y los que ven queden ciegos”. ¿A qué campo pertenecemos? 
 
Pidámosle confiadamente: ¡Señor cura nuestra ceguera, esa, la interior, la de la soberbia, la que no nos deja verte porque nos miramos demasiado a nosotros mismos, la que se fija más en las creaturas que en Ti, Creador y Señor, Amigo y Compañero de nuestro peregrinar hacia Ti! Ya nos has revelado tu amor, que todo nuestro ser te responda como el ciego: “Creo, Señor” y con reverencia agradecida Te adoremos.

lunes, 21 de marzo de 2011

3° Cuaresma, 27 marzo 2011.

Primera Lectura: del libro del  Éxodo. 17: 3 -7
Salmo Responsorial, del salmo 94: Señor, que no seamos sordos a tu voz.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los Romanos 5: 1 - 2,  5 - 8
Aclamación: Señor, tú eres el Salvador del mundo. Dame de tu agua viva para que no vuelva a tener sed.
Evangelio: Juan 4: 5 - 42.  

“Tener los ojos puestos en el Señor”, no ocasionalmente, sino como fruto que se desgrana de la Opción Fundamental: con Dios, que baja, de manera lógica, a iluminar nuestras actitudes: nuestra postura ante nosotros mismos, ante el mundo, y, obviamente, ante el Señor; mirarlo, experimentarlo, es el camino cierto para librarnos de todo peligro. Con este modo de ver, no puede haber aflicción ni soledad. Nos sentimos perdidos, sedientos, ¿dónde buscamos al Guía, dónde buscamos el “agua viva”? Con pasmosa facilidad olvidamos, como los israelitas, las maravillas que el Señor ha hecho por nosotros y llegamos a preguntarle y a preguntarnos: “¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?” Pedimos pruebas, entramos en discusión, que eso significan Masá y Meribá; constatamos, tristemente, que nuestra Opción por Él no es decidida, convencida, confiada.

El Señor, paciente y amoroso, hace brotar agua de la roca y al mismo tiempo, que el pueblo pase, de la murmuración, a la confianza: de verdad el Señor está con nosotros. ¡Cómo necesitamos abrir los ojos y mantenerlos fijos en el Señor! ¡Abrir los oídos para “no ser sordos a su voz”! Ojalá resonara fuerte la indicación del Padre, que escuchábamos el domingo pasado: “Éste es mi Hijo en quien tengo todas mis complacencias, escúchenlo”. Está y sigue estando como Palabra viva, como Guía seguro, como Camino y Verdad. La Alianza ha sido sellada, inquebrantable porque Cristo es el Mediador, renovemos nuestra adhesión por medio de la fe. 

La justificación, la liberación, la filiación, como nos dice San Pablo, ha sido ofrecida y realizada por Jesús; Él nos abre la puerta de la gracia, y al venir de Dios “no defrauda”, porque la esperanza nos llega por “el amor que ha infundido en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo”, nueva oportunidad para preguntarnos si creemos y gustamos este don. Cada uno de los hombres, todos nosotros, éramos incapaces de salir del pecado, pero el Dios de perdón y misericordia nos da la prueba más clara: “Cristo murió por nosotros cuando aún éramos pecadores”; ¡cómo no va a resonar en nuestro interior la palabra misma de Jesús: “Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn. 15: 13). ¡Firme columna para robustecer nuestra Opción Fundamental!, a nosotros nos ha llamado “amigos”. (Jn. 15: 15), ¿deseamos serlo de verdad? 

Como la samaritana, estamos sedientos; hemos buscado la felicidad, la realización, la vida, por senderos equivocados, ¡no la hemos encontrado!, perdura la sed, buscamos siempre más allá de lo que tenemos. La samaritana no lo sabe, nosotros lo sabemos, se ha encontrado con la Fuente de agua viva; su actitud inicial es de extrañeza, luego de cierta agresión, pasa a la curiosidad ante la respuesta de Jesús: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”; no comprende, hay en su pregunta un dejo de mofa, se ha quedado en lo inmediato y reacciona en ese mismo nivel: “Dame de esa agua para que no tenga que venir hasta acá a buscarla”. Siente escozor ante la propuesta de Jesús, la confrontación la hace trastabillar y cambia el giro: “Veo que eres profeta…”, y prosigue: “¿Dónde hay que dar culto a Dios?”. Jesús abre su corazón fiel a su misión: “He venido a salvar lo que estaba perdido”, (Lc. 19: 10) y le revela su identidad: ¿el Mesías?, “Soy Yo, el que habla contigo”. Corrobora Jesús lo que había dicho antes: “Los que quieran dar culto verdadero, adorarán al Padre en espíritu y en verdad”. 

¿Está o no está el Señor con nosotros? La samaritana corrió  a participar su maravilloso encuentro personal con Dios, su proceder incita a todos a buscar ese mismo fruto y a constatar que de verdad existe “un manantial de agua que salta hasta la vida eterna”.

En la Eucaristía, en la meditación de la Palabra, encontraremos la fuerza para participar a todos que verdaderamente Dios está con nosotros.

jueves, 17 de marzo de 2011

2° de Cuaresma, 20 marzo 2011.

Primera Lectura: del libro del Génesis 12: 1-4; 
Salmo Responsorial, del salmo 32: Señor, ten misericordia de nosotros.
Segunda Lectura: de la  2ª carta del apóstol Pablo a Timoteo 1: 8-10
Aclamación:  En el esplendor de la nube se oyó la voz del Padre, que decía: “Este es mi Hijo amado:escúchenlo”.
Evangelio: Mateo 17: 1-9. 

“Busco tu rostro, Señor”, ¿sale del fondo de nuestro corazón esta aseveración, va más allá de las palabras y se convierte en acción continua? Él nunca se “nos esconde”, está patente en la creación, en nuestro interior, en el rostro de cada hombre, por difícil que nos sea comprenderlo; ¿buscamos con ansia de encontrar? El modo y el camino nos los deja muy claros, ¿por qué retrasamos el Encuentro?  

La liturgia de hoy gira, toda ella, en torno a la respuesta de Fe. De Fe, así con mayúsculas, la que implica un salto, un desasimiento al que muchas veces no estamos dispuestos, implica la aventura de salir de nuestros propios criterios, para que, desde el conocimiento, un conocimiento que no es inmediatamente perceptible en la integridad de su contenido, porque se trata del “totalmente Otro”, surja la confianza y podamos actuar con la determinación que impulsó a Abraham, que ha sostenido a tantos hombres y mujeres a través de la historia, a dejar las seguridades inmediatas, que pensamos que son auténticas porque podemos palparlas y a lanzarnos “a la tierra que Yo te mostraré”. Abraham vive colgado de la esperanza, de la promesa porque ha comprendido Quién es el que lo llama; todo es futuro, nada es inmediatamente evidente, ni la tierra ni la descendencia, éstas se cumplirán en Jesucristo, plenitud de la revelación, más allá de limitaciones geográficas, no es “una tierra”, es el Reino, es la Patria definitiva.  

“Abraham partió, como se lo había ordenado el Señor”, llamamiento que no proviene de sus méritos, exactamente igual nos llama a nosotros, no por nuestros méritos, sino, como escuchamos en la Carta a Timoteo, “porque Él lo dispuso gratuitamente”; ¿ya iniciamos el peregrinaje o preferimos quedarnos en un inmovilismo estéril, aferrados a lo que pensamos que tenemos ya como posesión? Aquí puede estar la causa del por qué retrasamos el Encuentro.  

El don ha sido por medio de Cristo Jesús, en su manifestación, en su fidelidad, conseguido por la totalidad de su vida y específicamente porque “con su muerte destruyó nuestra muerte” y hace brillar la luz de la vida y de la inmortalidad por medio del Evangelio, que tememos escuchar y hacer vida, porque no acabamos de percibir lo que oiremos en el Prefacio: “que la pasión es el camino de la resurrección”; preferimos una contemplación agradable, lejana del compromiso que “exprime nuestro egoísmo”; oír la invitación que viene del Padre: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”, aunque de momento nos haga caer en tierra “llenos de un gran temor”, al abrir los ojos, los oídos y el corazón, nos encontraremos con la voz cálida, con la palmada cariñosa de Jesús que nos anima: “Levántense y no teman”, mediten y crean en lo que han visto: la seguridad del resplandor de la vida que espera a toda la humanidad: “el Hijo del hombre y todos, resucitaremos de entre los muertos”. 
 
No tenemos la limitación que Jesús impuso a los tres discípulos, ahora nuestra misión, fruto de la Fe, es dar testimonio del Resucitado, con palabras y obras, en un seguimiento decidido, que supera cualquier dificultad con la fuerza del Espíritu, y mostrar, en realidad, que hemos escuchado al Padre y su Palabra.

jueves, 10 de marzo de 2011

1° Cuaresma, 13 marzo. 2011.

Primera Lectura: del libro del Génesis 2: 7-9, 3: 1-7
Salmo Responsorial, del salmo 50: Misericordia, Señor, hemos pecado.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los Romanos 5: 12-19
Aclamación: No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Evangelio: Mateo 4: 1-11. 

En la Antífona de Entrada volvemos a encontrarnos con la invitación a orar, a invocar, a confiar en el Señor; seguro que lo hacemos cuando la angustia nos cerca y no encontramos salida, pero eso es convencionalismo no convicción ardiente de que en verdad necesitamos a Dios, su Palabra, su perdón, su cercanía, la fuerza del Espíritu para realizar lo que pedimos en la oración: “por las prácticas cuaresmales, - oración, obras de misericordia, penitencia, arrepentimiento, ayuno de todo aquello que nos aleje de Él, crezcamos en el conocimiento de Jesucristo y llevemos una vida más cristiana.”

El miércoles pasado recordamos nuestro origen: “polvo”, pero, hoy nos muestra el Génesis que es polvo con el Aliento de Dios, con la vida de Dios, con la libertad que nos “asemeja a Él” para poder elegir con toda conciencia el ¡Sí! a su voluntad; ¡Sí! que es camino de felicidad y eternidad.

El salto al capítulo 3°, tentación y caída, es la historia de la humanidad, es nuestra propia historia; “por el pecado entró la muerte en el mundo”. ¿Por qué cayeron los primeros hombres, por qué caemos nosotros?, por seguir el camino del deslumbramiento, por entrar en diálogo con la tentación, porque “vemos que el árbol es bueno para comer, agradable a la vista y codiciable para alcanzar sabiduría”; pero al margen de Dios, de sus preceptos, de la obediencia que le debemos como creaturas e hijos. ¿Qué sabiduría alcanzamos? Mirarnos “desnudos, enredados en la mentira que nos empuja a escondernos de Dios”. Eso es el pecado: querer ser como Dios, pero sin Dios. ¿A dónde nos lleva? “Ahora es el tiempo oportuno, el tiempo de la conversión”. ¡Cuántos no han tenido la oportunidad, ¡nosotros la tenemos!

¿Qué  elegimos, ser como el primer Adán, o asemejarnos a Cristo, el nuevo Adán? Por su “obediencia”, ¡a qué precio!, “recibimos el don de la Gracia y la Justificación.” Poner en la balanza la elección, ya es una injuria al Señor y a la ejemplar entrega de Jesús. El solo considerarlo nos decidirá a confiar en el Amor y la Misericordia y al seguir, en serio, a Jesús.  Él quiso experimentar en la realidad humana que había asumida, la tentación: “en todo semejante a nosotros, menos en el pecado”, y enseñarnos el modo de proceder ante el tentador: ¡nada de diálogo!, sino tajante y fiel a su Misión, fiel a la voluntad del Padre, lejos de servirse de su filiación divina para provecho propio: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que viene de la boca de Dios.” Sin espectacularidades, imaginemos el “impacto” que habría causado al bajar volando desde la cornisa del Templo, “no tentarás al Señor tu Dios”.  Acepta la sencillez del camino de todo hombre sin “querer manejar a Dios”. El reconocimiento de que solamente hay un Absoluto, el Padre y “que toda creatura es como flor de heno que florece en la mañana y por la tarde no parece”,  el poder y la riqueza, son realidades efímeras, el Único que permanece es Dios: “¡Retírate, Satanás!”, porque también está escrito: “Adorarás al Señor tu Dios y a Él sólo servirás.”  ¡Cuán intensa y profunda es en Jesús la interpretación y la vivencia de la Palabra de Dios!

Pidamos al Señor aprender esta lección, porque las tentaciones seguirán acechándonos; Jesús ya nos trazó el camino: ayuno, oración, cercanía a Dios, confianza, fortaleza y convicción.

Tengamos muy presente la advertencia de San Pedro: “Miren que el demonio, anda como león rugiente, buscando a quién devorar; resístanle firmes en la fe.”  (1ª. 5: 8-9) Y San Pablo: “Fiel es Dios que no permitirá que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas. Más aún, nos dará modo para resistir con éxito.” (1ª. Cor. 10: 13) ¡Ánimo! “que las tribulaciones de este mundo, producirán un imponderable peso de gloria.” (2ª. Cor. 4: 17-18)  Dios es quien nos espera, Él es nuestro premio, ¿qué creatura podría suplantarlo? 

martes, 1 de marzo de 2011

9° Ordinario. 6 marzo, 2011.


Primera Lectura: del libro del Deuteronomio 11: 18, 26-28, 32;
Salmo Responsorial, del salmo 30:Sé tú, Señor,mi fortaleza y mi refugio.
Segunda Lectura: de la carta del apóstil Pablo a los Romanos 3: 21-25, 28
Aclamación: Yo soy la vid y ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante.
Evangelio: Mateo 7: 21-27.

“Los ojos, puestos en el Señor”, para mirar que nos mira y al percibirlo, se aleje de nosotros la soledad y la aflicción.

Su Providencia orienta nuestro camino; ella, si se lo permitimos, apartará de nosotros todo mal y nos concederá todo bien. ¡Nos equivocamos tan fácilmente! Esgrimimos pseudo razones, tan subjetivas, para aquietar nuestra conciencia, que hasta llegamos a creer que estamos en lo cierto, cuando en realidad, en las disyuntivas, nuestra elección ha olvidado “poner los ojos en el Señor”.  Cuán distinto sería nuestro proceder si viviéramos, conscientemente, lo expresado en el Salmo: “Sé, Tú, Señor,  mi fortaleza y mi refugio”.

Las lecturas son variaciones sobre el mismo tema: la relación entre la manifiesta voluntad de Dios y la libre decisión de nuestra parte. ¡Libertad!, enorme don, que, el primero que la respeta, es Dios mismo. Por ella nos tomamos en nuestras manos y decidimos, y el Señor acepta tanto nuestro ¡sí!, como nuestro ¡no!, y las consecuencias que se siguen. Él propone, nosotros elegimos; de Él parte la iniciativa, la respuesta es nuestra, ¿la pronunciamos con “los ojos puestos en el Señor”? Libres, sí, pero como creaturas y como hijos, con la conciencia de pertenencia compartida: le pertenecemos y nos pertenecemos; libres para poder amar y para poder comprometernos en reciprocidad al don recibido, que florece en los actos acordes al AMOR, así, con mayúsculas, y no se queda en exclamaciones estériles, llenas de asombro y agradecimiento, pero ayunas de obras. “La bendición, si obedecen los mandatos del Señor…” Esos “mandatos”, de ninguna manera coartan nuestro ser, más bien lo enmarcan, lo iluminan para que construyamos “sobre roca y no sobre arena.” 

Paradójica conjunción, la única que asegura nuestros pasos: ¡Libres para obedecer! ¡Libres para aceptar! ¡Libres para creer en la gratuidad de la salvación por Cristo y decididos a proyectar esa fe en cada decisión concreta. Santiago Apóstol  nos ayuda a descifrarla: “Muéstrame tu fe sin obras que yo por mis obras te mostraré mi fe” (2: 18).

Al tener “nuestros ojos puestos en el Señor”, aprenderemos a mirar como Él, y, sólo así, podremos descubrirlo en los demás, para servirlos. Cada ser humano “es mi hermano”; henchido el corazón con esta Fe, con la fuerza del Espíritu que ha sido derramado en nuestro interior, buscaremos no el “tener éxito”, sino “dar frutos que permanezcan para siempre”: “Tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber…, y lo que sigue y sabemos de memoria, preparados, con su Gracia, para escuchar en el momento que El decida:: “¡Vengan, benditos de mi Padre…!”  

Aceptamos nuestra fragilidad y nuestra inconstancia, por ello repetimos el Salmo: “Sé, Tú, Señor, mi fortaleza y mi refugio”.  Contigo, “aunque venga la lluvia, bajen las crecientes y se desaten los vientos”, no sucumbiré.

Confiemos en que el Señor nos ayudará a elegir lo correcto y a permanecer en ello..