sábado, 3 de agosto de 2013

18° Ord. 4 agosto 2013.

Primera Lectura: Eclesiastés 1:2, 2: 21-23
Salmo Responsorial, del salmo 89: 
Señor, ten compasión de nosotros.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los colosenses 3: 1: 1-5, 9-11
Aclamación: Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Evangelio: Lucas 12: 13-21.

“Señor, no tardes”; Tú no te retrasas, somos nosotros los que no nos preparamos convenientemente para esperarte y recibir de ti lo que purificará nuestro ser por completo, aquello que nos hará asemejarnos, cada día más. a imagen de tu Hijo, Jesucristo, hermano nuestro, modelo perfecto, reflejo fiel de tu propio ser. La tardanza del amado aumenta el gozo pregustado del encuentro, ¿lo deseamos de verdad?, ¿meditamos con frecuencia la radical sentencia del Qohelet: “dolores, penas, fatigas, agotamiento por conseguir lo que no perdura?, todo es vana ilusión”. No se trata de condena de los bienes temporales, sino de la medida exacta de las creaturas. No es sentencia vacía, es aliento y luz que nos recuerda lo que ya reconsiderábamos el domingo pasado: la regla del “tanto cuanto”; desde esta perspectiva comprendemos el Salmo: “Enséñanos a ver lo que es la vida y seremos sensatos”.
  
La súplica al Señor alegra el alma: “Llénanos de tu amor cada mañana y júbilo será la vida toda”. Luz que ilumina cada paso; tener los ojos y el corazón fijos en ella  e irnos llenando de aquello que perdura: “buscar los bienes de arriba, donde está Cristo, porque hemos muerto y nuestra vida está escondida con Cristo en Dios”.   Novedad que inició en nuestro bautismo y que pide florecer hasta la meta. Sabemos que pide sacrificio: “no puedo ser el ser que quiero si no inmolo el no-ser-del-ser-que-soy-ahora”; ¡cuánto peso inútil cargo en mi bagaje!

¡Cómo desfiguramos el mensaje evangélico! : “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”; caminos tortuosos y empedrados, que no acaban de entender el consejo de Cristo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”; rupturas entre hermanos, obtusos deseos que obnubilan, legítimos amores desgarrados, y todo ¿para qué?
  
Jesús ha venido a enseñarnos cuál es la herencia a la que debemos aspirar; ha venido a mostrarnos el camino de la sensatez: “No acumulen riquezas para ustedes mismos, háganse ricos de lo que vale ante Dios”, que con exactitud completa el evangelio de Mateo: “Donde está tu tesoro, ahí está tu corazón”. (Mt. 6: 19-20). ¡Crea en nosotros, Señor, un corazón puro!

17° Ord. 28 julio 2013.

Gén. 18: 20-32; Salmo 137; Col. 2: 12-14; Lc. 11: 1-13.
El único que puede darnos la fuerza y la constancia para “habitar juntos en su casa”, es el Señor. Él nos hará capaces de superar todo aquello que rompe, rasga y divide, porque nos dará la Sabiduría que viene desde arriba y nos permitirá ver la estatura exacta de cada criatura; con su luz impedirá que nos quedemos deslumbrados por los bienes de esta tierra, que, si bien todos son buenos, no todos nos ayudan a crecer mirando a la trascendencia. ¡Qué a modo llega a la memoria la “regla de oro”: “usar de las cosas tanto cuanto nos guíen para el fin que fuimos creados, y, apartarnos de aquellas que nos lo impidan”!

   La oración confiada, consciente, filial, platica con Dios, es universal, mira al bien de los demás y está dispuesta a considerarlo todo con una visión teológico- profética: “viene de Dios y vuelve a Dios”; parece que regatea, pero con ello expresa el abandono total a la voluntad divina. No siempre obtiene lo que pide pero sabe que recibe lo que le conviene. No fracasa, Dios tampoco fracasa, fracasamos los seres humanos cuando no aceptamos ser salvados de nosotros mismos.
  
 “Te damos gracias de todo corazón”: porque comprobamos tu “lealtad y tu amor, que nos infunde ánimos, nos pone a salvo y concluye su obra en nosotros”, la recibida en el Bautismo; ¿lo decimos convencidos?, ¿nos hace superar las dificultades que encontramos?, ¿sale de un corazón filial?, ¿experimentamos que somos de Dios, elegidos para la vida y para “la vida nueva con Cristo que anuló el documento que nos condenaba”? La gratuidad es manifiesta, que la gratitud responda sin límites.
  ¿Queremos aprender a orar, seguir aprendiendo?, con sencillez escuchemos a Cristo; con Él repitamos, conscientemente, la plegaria que eleva, que plenifica y que nos compromete a actuar como “hijos que se dirigen a su Abba, Padre”, para suplicarle que “vivamos en justicia y santidad” para santificar su nombre; para que la llegada del Reino colme la tierra; para que su Voluntad oriente nuestros pasos, que su Bondad sostenga nuestros días, que “condone” nuestras deudas y que hagamos lo mismo con todos los hermanos; nos libre del maligno que todo lo obscurece.

   El Señor se complace en los que son constantes, los que piden porque se saben necesitados, buscan lo que perdura y tocan en la puerta correcta; al “darnos su Espíritu”, con Él nos dará cuanto necesitamos: “dame lo que pides, y pide lo que quieras”.

16° Ord. 21 julio 2013.

Gén. 18: 1-10; Salmo 14; Col. 1: 24-28; Lc. 10: 38-42.
En unión con la Iglesia Universal, te pedimos que multipliques los dones de tu gracia, esas virtudes que dicen directamente contigo: la fe, la esperanza, la caridad que es amor; sin ese amento, no seremos nunca capaces de mantenernos en tu servicio y ni en el servicio  a los demás.

¿De dónde sino de Ti puede venir la capacidad de escucha, de hospitalidad, de contemplación y de una acción que no nos sirva de vano escudo para atender tu llamado? Meditábamos el domingo pasado qué difícil es recibir con amabilidad a un desconocido y ahora os haces comprender lo que muchos años después, inspiraste al escritor de la carta a los Hebreos, en 13:2: “No se olviden de la hospitalidad; gracias a ella algunos, sin serlo, hospedaron ángeles”, y, en ellos, a Ti, como le sucedió a Abrahám. Recibirte es acoger la promesa, es, vivir ya la salvación.

Muchos han visto, en el relato del Génesis, una anticipación de la Trinidad, “misterio mantenido oculto  desde siglos y generacionesy que ahora has revelado a tu pueblo santo”, que, unido a las tribulaciones de Cristo, Dios hombre, nos invita a acoger a todo hombre, sin distinción de raza, pueblo o nación, para llevar a cabo la obra de la redención.

¿Qué podemos los hombres ofrecerte que sea grato a tus ojos?: “Honradez, justicia, sinceridad y apertura”, y cómo lograrlo sino contemplándote y escuchando tu palabra desde la Palabra para iluminar la acción.Son demasiadas exterioridades las que nos preocupan, cuando “una es necesaria”, que sepamos escogerla y, como el prudente del Evangelio, cimentados en Roca, llevarla a cabo.

María y Martha nos muestran el camino de conjunción, el que, sin duda, ya habremos escuchado: “Ser contemplativos en la acción”; que Jesús Eucaristía nos ayude a esa conversión tan necesaria.

15° ordinario, 14 julio 2013.

Dt. 30: 10-14; Salmo 68; Col. 1: 15-20; Lc. 10: 25-37.
Difícilmente nos acercamos, confiados, a un desconocido; pero es obvio que para iniciar una amistad, tendremos que hacerlo, de otra manera nos quedaríamos solos como hongos; el resultado puede ser maravilloso, del conocer, del frecuentar, del compartir, crecerá el gozo de la presencia aun en la ausencia. Tratándose del Señor, aun la aparente ausencia es presencia; nunca tendremos que hacernos las preguntas que aparecen en el fragmento del Deuteronomio, pues la experiencia nos confirmará que la boca dice lo que hay en el corazón, y al pronunciar el nombre del Señor, sabemos que ya está en  el corazón.

 “El Señor nos escucha, porque es bueno”, analicemos qué tanto lo invocamos, si oramos, confiadamente, por la paz, por esa constante conversión, que nos impulse “a acercarnos y permanecer con Él”.
En el himno cristológico, que es oración y profesión de fe, confirmamos que Cristo es el Centro, el Fundamento, el Dios cercano, el Camino para llegar al Padre, el que resume en sí la creación entera; ya no más preguntas, ¡tenemos la respuesta total!

  Sin duda habremos escuchado y meditado la parábola del buen samaritano; muchas veces, también, habremos propuesto preguntas de las que sabemos las respuestas, pero nos hacemos los ingenuos, los ignorantes para no tener que aceptar la responsabilidad que implican: “¿Quién es mi prójimo?”; Jesús nos ha respondido con su vida toda y todavía resuenan en nuestro interior las palabras de San Pablo: “Dios quiso reconciliar en Cristo todas las cosas, del cielo y de la tierra, y darles la paz por medio de su sangre, derramada en la cruz.” ¿Queremos una explicación más clara?
Ciertamente no podemos resolver los problemas del mundo entero, pero sí tratar de purificar los de nuestro pequeño entorno; no tendremos que ir muy lejos: casa, parientes, trabajo, amigos, vecinos, cuantas personas se van cruzando en nuestra vida…, ¿estamos sinceramente dispuestos poner al servicio de los demás nuestro vino, nuestro aceite, nuestra cabalgadura, nuestros denarios?, entonces estaremos haciéndole caso al deseo-envío de Jesús: “Anda y haz tú lo mismo”

viernes, 5 de julio de 2013

14° ordinario, 7 de julio 2013.

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 66: 10-14
Salmo Responsorial, del salmo 65: Las obras del Señor son admirables.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Palo a los gálatas 6: 14-18
Aclamación: Que en sus corazones reine la paz de Cristo; que la palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza
Evangelio: Lucas 10: 1-12, 17-20.

"Recordaremos, Señor, los dones de tu amor”, recordar lo agradable, tonifica, anima, constata que los sueños son realizables, enumera todo lo recibido, y al hacerlo, reafirma el cariño y el deseo sincero de respuesta, la más acorde a la generosidad del Dador de los dones.

Isaías invita a la alegría que fluye del Señor y su presencia, que riega como un río una paz que perdura, que “acaricia y arrulla con amor de madre” a todo ser que a Él se acerca.

Elevemos la esperanza, la que procede del Espíritu que revela todo lo nuevo: invocar a Dios como Padre y Madre, alejar el temor, el error y las tinieblas, cantar convencidos, con las pruebas en las manos y en el corazón, con la
esperanza cierta de huesos florecidos: “las obras del Señor son admirables”.

San Pablo proclama lo que a la limitación humana sería imposible, lo que al escucharlo provoca el estremecimiento del ser entero, lo que a los ojos terrenos es un absurdo: “No permita Dios que me gloríe en algo que no sea la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo”, que se hizo realidad en sus andares y en la entrega final, hasta la muerte, no por su propio valer, sino por la Gracia de Jesucristo que no fue estéril en él.

El “envío”, es más universal, son 72 que se acompañan, que van “como ovejas en medio de lobos”, les encomienda que “rueguen al Dueño de la mies que envíe operarios”. Las condiciones para la realización, simplemente como ha sido la vida de Jesús: en oración, en pobreza y como portadores de paz. No habrá éxito inmediato, la libertad humana decide aceptar o no el Reino, pero, en caso de rechazo, no contengan el anuncio: “de todos modos, sepan que el Reino de Dios está cerca”.

El resultado final es lo que importa: “Alégrense más bien de  que sus nombres están escritos en el cielo”.  Es la meta, ya “nos ha preparado un sitio”; la fidelidad a la Buena Nueva, la fidelidad a Jesús es y será el lazo que nos mantenga unidos.

viernes, 28 de junio de 2013

13º Ordinario, 30 junio del 2013.

Primera Lectura: del primer libro de los Reyes 19: 16, 19-21
Salmo Responsorial, del salmo 15: Enséñanos, Señor, el camino de la vida.
Segunda Lectura: de la carta de apóstol Pablo a los gálatas 5: 1, 13-18
Aclamación: Habla, Señor, que tu siervo te escucha. Tú tienes palabras de vida eterna.
Evangelio: Lucas 9: 51.62.

La luz engendra claridades, disipa los temores, enciende las verdades y cada uno de nosotros la ha recibido a partir del Bautismo, transformados en hijos de la Luz. La activa presencia de la Gracia hace que proyectemos esa nitidez, venzamos los temores y nos convirtamos en faro que guíe a todos hacia la Verdad sin límites. Una vez más pedimos que la Gracia actúe y que la dejemos transformarnos.

Elías es el medio por el que Eliseo percibe el llamamiento al “ser cubierto con el manto.”  

Si bien es cierto que en el Evangelio el Señor Jesús “no permite que nadie vuelva la cabeza atrás”, también es cierto que la calidad del llamamiento es diferente. Los siglos cuentan al igual que la Voz que convoca. 

Eliseo actúa de inmediato y con su actitud demuestra que ha comprendido, que el paso inicial es desprenderse de todo: la quema de los aperos de labranza y el sacrificio de los bueyes lo atestiguan, es la señal concreta de que acepta cuanto viene con la vocación: ruptura, cambio, decisión. Acepta globalmente el riesgo: “bien sabes lo que el Señor ha hecho contigo”. Lo sabía sin saberlo en el desarrollo específico y, sin embargo,  se lanza al entender con quién emprende su camino y que éste queda determinado por el servicio.

¿Qué espera todo caminante?: Recorrer el camino hasta el final, pedimos el alimento que sostenga: “Sáciame de gozo en tu presencia y de alegría perpetua junto a Ti”. 

Jesús es el caminante decidido, no hay engaño en sus pasos, sabe de adversidades, de cansancio y de muerte…, las supera: “tomó la firme determinación de subir a Jerusalén”, allá habrá de llevar a plenitud la actitud que sostuvo su vida: “¡Vivir a gusto de Dios!”

Samaria se niega a recibirlos, Jesús modera los ímpetus jóvenes: “No saben de qué espíritu son; el Hijo del hombre no ha venido a destruir sino a construir”. Y continúan adelante.

 Alguien se ofrece a seguirlo, Jesús aclara: lo único que te ofrezco es estar conmigo, las carencias son mi cobijo… y la aceptación no queda constatada.

El siguiente se parece a nosotros, los cristianos del “pero”, de las adversativas, del tiempo no entregado, de las explicaciones que retardan el encuentro..., parece más bien que posterga el seguimiento hasta que pueda enterrar a su padre, no porque ya haya muerto... Jesús no es inhumano, vive los sentimientos de los hombres, pero el Reino apremia, no admite dilaciones.

No está Jesús en contra del 4º mandamiento, simplemente pone de relieve el 1º, la vocación, el seguimiento, no aceptan componendas, por eso Cristo es el revolucionario más radical, va a lo profundo, a lo definitivo, a que rompamos amarras y nos dejemos conducir por el único viento que lleva a Puerto seguro: El Espíritu Santo.
Pablo invita a que reflexionemos sobre la auténtica libertad, ¡esa, con la que podemos comprometernos con el Señor!, ¡esa, la que impulsa a ser servidores por amor y que rasga el lastre egoísta!

Que el aleluya corone nuestro deseo convencido: “Habla., Señor, que tu siervo te escucha. Tú tienes palabras de vida eterna”.

viernes, 21 de junio de 2013

12° ordinario 24 junio 2013.

Primera Lectura: del libro del profeta Zacarías 12: 10-11; 13: 1
Salmo Responsorial, del salmo 62: Señor mi alma tiene sed de Tí.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los gálatas 3: 26-29; Aclamación: Mis ovejas escuchan mi voz, dice el Señor; Yo las conozco y ellas me siguen
Evangelio: Lucas 9: 18-24.

El salmo 27, en la Antífona de entrada hace que reavivemos los ánimos y confesemos que el Señor es “la única firmeza firme”, el que vela y guía nuestros pasos para que hundamos las raíces de nuestro ser en el suyo; ahí encontramos la amistad que guiará nuestras acciones por caminos de amor y nos recordará lo que significa el “temor filial”, nunca determinarnos por algo que pudiera contristar al Amigo

Descendientes de Abraham, como nos recuerda Pablo en la Carta a los Gálatas, porque hemos aceptado ser incorporados a Cristo, -como aceptó el Patriarca vivir conforme a la voluntad de Yahvé-, hemos recibido, igual que Israel, “el espíritu de piedad y compasión para tener los ojos fijos en el Señor”, para que nunca se borre de nuestra mente, de nuestra vida, de nuestro interior lo que anuncia Zacarías: “mirarán al que traspasaron” y que recoge San Juan como testigo presencial; (19:37) de ese costado abierto manan la sangre y el agua que nos purifican “de todos los pecados e inmundicias”.  Pablo insiste, ya lo hizo el domingo pasado, en la necesidad de la fe en Cristo, al incorporarnos a Él por el bautismo, “quedamos revestidos de Cristo”.  Profundizando en la mentalidad bíblica, encontramos que el vestido indica la dignidad personal; una persona desnuda, la ha perdido; pero no juzga el apóstol con criterios humanos, nos hace penetrar más: esa incorporación hace que la dignidad personal se vuelva dignidad eclesial, unidad que acaba con cualquier división porque ahora “somos uno en Cristo”. Ahondar en esta realidad, por la fe, nos ayudará a ver la luz que debe iluminar nuestras relaciones, en medio de tanta convulsión y confusión de actitudes que, no solamente parece, sino que en verdad quieren acabar con la dignidad humana, muy lejos de lo que todos somos, por gratuidad divina, hijos e hijas de Dios.

Parafraseando el salmo, universalizando la mirada, podemos constatar que no sólo “mi alma tiene sed de ti”, sino que el mundo entero tiene sed de Ti, quizá sin querer confesarlo, pero queda de manifiesto en ese deseo, que brota por todas partes, de paz, de tranquilidad, de comprensión, de solidaridad, que es imposible encontrar en la violencia, en el egoísmo, en el ansia de poder y de tener. ¡Cómo necesitamos, Señor, que“derrames – todavía con más abundancia, porque no queremos comprender- tu espíritu de piedad y compasión”.

En el Evangelio Jesús hace presente la pregunta que interpela a todo ser: “¿Quién dices tú, que es el Hijo del hombre?”, un plural personalizado para que busquemos, allá adentro, no una respuesta vaga y nada comprometedora, sino la que surja del encuentro vivo con Él, de tal forma que nos disponga a intentar crecer en su conocimiento “para más amarlo y seguirlo”, para no soñar en heroísmos lejanos, sino con la rutinaria cruz de cada día, aceptada en la entrega, en el sacrificio, en las molestias y fatigas, sin brillo externo, la que va unida a la pasión y muerte, la que colabora, silenciosamente, a la salvación de la humanidad. Vivida en el amor que vence al  mal. Entonces constataremos que la promesa se cumple en cada uno de nosotros: “el que pierda su vida por Mí, la encontrará”.


La senda es ardua, difícil, fatigosa, por eso nos ofrece el alimento necesario en la Eucaristía, “para no desfallecer en el camino”.

viernes, 14 de junio de 2013

Domingo 11° Ord. 16 junio 2013.


Primera lectura: del segundo libro de Samuel 12: 7-10, 13
Salmo Responsorial, del salmo 31: Perdona, Señor, nuestros pecados
Segunda lectura: de la carta del apóstol Pablo a los gálatas 2: 16, 19-21
Aclamación: Dios nos amó y nos envió a su Hijo, como víctima de expiación por nuestros pecados.
Evangelio: Lucas 7: 36 a 8: 3.

Tres historias de debilidad, de pecado, de conversión y de arrepentimiento, y un Corazón siempre dispuesto y ansioso por perdonar: David, la mujer pecadora, Pablo y, no puede ser otro que el Corazón de Cristo, el “Corazón”  de Dios. 

El día 7 recordábamos sus palabras: ¡He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres y no recibe de ellos sino olvidos y menosprecios; tú, al menos ámame!”, le decía a Santa Margarita y el eco de su queja amorosa llega hasta nosotros, con ese imperativo: “¡Tú, al menos ámame!”  El complemento que añade tiene que impulsarnos a la entrega: “Cuida tú de mis cosas, que Yo cuidaré de las tuyas” ¿Qué es cuidar de las cosas del Señor sino dejarse amar y dar a conocer ese amor?

La primera historia: David ha recibido todo: “Te consagré…, te libré, te confié la casa de tu Señor, te di poder, y si te parece poco, estoy dispuesto a darte más”. Éste es el Dios verdadero, que da sin detenerse, hasta darse Él mismo. Pensemos en el desarrollo de nuestra vida, ¿no podemos apropiarnos cada una de esas palabras? David no ha respondido, la debilidad, la ocasión lo han vencido, al adulterio ha añadido el asesinato, y ¡es el elegido del Señor! Natán, en nombre del Señor, habla sin rodeos: “me has despreciado”. ¡Qué poca cosa somos dejados a nosotros mismos y qué grande es el Corazón de Dios! David reconoce: “¡He pecado contra el Señor!”, la respuesta es inmediata: “El Señor perdona tu pecado. No morirás”. Así de sencillo: reconocimiento, confesión, arrepentimiento y perdón. ¿No se conmueven nuestras entrañas al comprobar que “Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva”? No hay tiempo de jugar con el tiempo. “Dichoso aquel que ha sido absuelto de su culpa y su pecado. Dichoso aquel en el que Dios no encuentra ni delito ni engaño”.

Después, Pablo, educado en la férrea adhesión a la Ley, comprende que el camino es otro: la Fe en Jesucristo. Aprendió a desaprender para aprender lo Nuevo: “Vivo, pero ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí…, que me amó y se entregó por mí. Así no vuelvo inútil la gracia de Dios”. Ni es sueño ni utopía, Dios nos ama hasta el extremo de darnos a su Hijo y en Él, dársenos. Preguntémonos si somos esos cristos vivos que aprovechan al máximo la Gracia del Espíritu. No dejemos nuestras vidas como una respuesta a medias.

Finalmente la  mujer pecadora: signos sin palabras que dejan al descubierto el corazón; el amor que es arrepentimiento y el arrepentimiento que engendra amor.

Lágrimas, besos, unción; sólo quien conoce el interior descifra el significado de los signos, en cambio, quien se queda aferrado a sus pensamientos, jamás tendrá la dichosa aventura de creer: “Si este hombre fuera profeta, sabría qué clase de mujer es la que lo está tocando, es una pecadora”. ¡Qué distante tu corazón, Simón, para entender! ¡Qué distante el nuestro en tantas ocasiones! Jesús le ayuda: “dos deudores, uno debía mucho otro poco, los dos perdonados, ¿quién amará más? Cuando no está en juego nuestro yo, somos perspicaces en el juicio: “Supongo que aquel a quien más se le perdonó”. Entendiste, Simón: “Haz juzgado bien”. Lo que tú no hiciste, esta mujer lo ha superado, por eso “Yo te digo: sus pecados, que son muchos, le han quedado perdonados porque ha amado mucho. En cambio, al que poco se le perdona, poco ama”. Jesús dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado, vete en paz”.

Dejémonos envolver por esa Paz, la que el mundo no puede dar. Sintamos el abrazo cariñoso de Cristo que cura las enfermedades, vuelve a la vida a los muertos y libera del mal radical, del pecado, del olvido, de la debilidad. “¡Creo, Señor, aumenta mi fe!”.

miércoles, 5 de junio de 2013

10º Ordinario, 9 Junio de 2013.


Primera Lectura: del primer libro de los Reyes 17: 17-24
Salmo Responsorial, del salmo 29: Te alabaré, Señor, eternamente.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los gálatas 1: 11-19
Evangelio: Lucas 7: 11-17.

“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?”; las lecturas de este domingo propician que  reflexionemos sobre algo que, aun cuando digamos que hemos superado el miedo, nos deja temblorosos, en penumbra de expectación y nos inspira a repetir desde lo más hondo de nuestro ser que de verdad queremos que el Señor sea nuestra luz y nuestra salvación, para mirar de frente a la muerte.

La hemos experimentado cercana cuando parientes o amigos han partido, probablemente nos hayamos imaginado tendidos en la cama o ya “quietos” en el ataúd; quizá hayamos recordado a Isaías: “Como un tejedor, yo enrollaba mi vida y de pronto me cortan la trama…” (38: 14), o de La Imitación de Cristo: “Piensa que pronto será contigo este negocio”. No estamos en esa circunstancia con el corazón apesadumbrado; sentimos que la sangre fluye, que el latido es uniforme, que el aire llena nuestros pulmones, y damos gracias porque, con serenidad, llenos de confianza, constatamos que Dios es Dios de vida y con esa misma seguridad sabemos que nos espera al final del camino: “cada paso me acerca al momento del abrazo”, abrazo en el que, sin duda, sentiremos lo que es el Amor del Padre, la participación de la Vida Trinitaria en nosotros y nosotros en Ella. ¡Qué confortador poder afirmar: no sé cómo será eso de la resurrección, pero CREO!

Viajamos con Elías a Sarepta, son tiempos tristes para Israel, los reyes han emparentado con pueblos vecinos, el nombre de Dios ha sido olvidado y persiste la idea de que por culpa de los pecados llegan las desgracias: “¿Qué te he hecho yo, hombre de Dios? ¿Has venido a mí casa para que me acuerde de mis pecados y se muera mi hijo?”  El profeta no inicia un diálogo clarificador, actúa como verdadero hombre de Dios. “Señor, devuélvele la vida a este niño”, y el Señor lo escuchó. Una vuelta a la vida, devolvió a la viuda, la verdadera vida: “Sé que tus palabras vienen del Señor”.

Jesús no se cansa de repetirnos: “Yo soy la resurrección y la vida, el que viene a mí, aunque muera, vivirá…; el que come mi carne y bebe mi sangre no morirá para siempre…; he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”, pero no es como nosotros: palabras, palabras y palabras, Él vive la congruencia, el amor hecho acto. Su  corazón, el más lleno de humanidad, se compadece, no exclusivamente en Naím sino desde siempre y para siempre: “No llores”, ¿a qué le habrán sonado estas dos palabras a la mamá del joven muerto?, ¡sorpresa, asombro, incomprensión…! pero al ver a Jesus todo tuvo que cambiar, al cruzarse las miradas, vio la vida, la paz, la serenidad. Jesús, no en lo escondido como Elías, ni invocando a Yahvé, sino ante todos y en la fuerza de su propio nombre dice: “Joven, Yo te lo mando: Levántate .El que había muerto se levantó y comenzó a hablar. Jesús lo entregó a su madre”.

“Dios ha visitado a su pueblo”, comentan todos, y lo sigue visitando, sigue invitando a la vida, sigue ofreciendo vida a cuantos hemos experimentado la muerte de la ilusión, de la esperanza, de la eternidad y nos pide que nos levantemos y ¡que hablemos!, que comuniquemos, que seamos, ¡cuántas veces lo hemos comentado!, testigos de la Gracia y la presencia del Espíritu entre nosotros, que actúa en nosotros, nos sostiene para que divulguemos la alegría del Evangelio, para que convenzamos a cuantos nos encontremos en 
el camino que “La gloria de Dios es que el hombre viva y viva feliz”.