domingo, 3 de agosto de 2014

18° ordinario, 3 agosto 2014.



Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 55: 1-3
Salmo Responsorial, del salmo 144: Abres, Señor, tu mano y nos sacias de favores.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los romanos8. 35, 37-38
Aclamación: No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Evangelio: Mateo: 14: 13-21.

En la antífona de entrada hay un eco de la de hace dos domingos: “Tú eres mi auxilio y mi salvación”, ¿lo pronunciamos con labios de verdad, o continuamos tratando de apoyarnos en lo que tenemos al alcance de la vista, de las manos, de los deseos?, ¿hemos tratado de realizar en nosotros lo que el mismo Dios concedió a la petición de Salomón: “sabiduría y discernimiento”?

El ánimo y la esperanza que infunde Isaías al pueblo que inicia el segundo Éxodo, nos atañe a nosotros: ¿tienen hambre y sed y no poseen dinero?, “vengan, coman y beban sin pagar”, el Amor de Dios se hace constantemente presente y de manera gratuita. Hambre y sed de Dios que deberían escocernos, acicatearnos para crecer y creer en lo imposible: el Señor nos ama en serio, cuida de nosotros, colma nuestras necesidades, sin que haya, detrás de esta actitud, costos ocultos. Él es Verdad, Él es Amor, Él es dádiva inacabable: “Escúchenme atentos y comerán bien, saborearán platillos suculentos”, ¡me saborearán a Mí mismo! Entremos en nuestro corazón y preguntémonos si nuestra fe y nuestra confianza están fincadas en esta realidad que nos sobrepasa, pero que está a nuestro alcance…, si acudimos a su invitación. Abrir los ojos a la experiencia diaria: ¡Dios se preocupa por mí: “Abres, Señor, tus manos y nos sacias de favores”! Repasemos el final del Salmo: “No estás lejos de aquellos que te buscan; muy cerca está el Señor de aquellos que lo invocan”, y confiemos en la fuerza de su Gracia para actuar en consonancia.

¿Habrá algo que verdaderamente nos aparte del amor de Cristo?, ¿problemas, inquietudes, angustias, recuerdos que lastiman? El viernes celebrábamos la festividad de Santiago apóstol; él y su hermano Juan habían pedido sentarse uno a su izquierda, otro a su derecha en el Reino…, Jesús responde con una pregunta: “¿pueden beber el cáliz que yo he de beber”?, no les habla de sufrimiento ni de muerte, sí de auténtico seguimiento y fidelidad; no fue la prudencia ni la mente quienes respondieron sino el amor y la total adhesión a Cristo: “Sí podemos”. Y no fue su determinación sino la gracia la que les concedió la total oblación: nada los separó de Él.

En el Evangelio, no nos quedaremos como los Apóstoles, pidiéndole a Jesús “que despida a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer”, más bien, llenándonos de la compasión de Jesús, -compasión que es sentir con el otro-, aceptaremos que desde nuestra penuria, desde nuestra pequeñez, si las ponemos en las manos de Aquel “que sacia de favores a todo viviente”, seremos el puente para el milagro; en Él y con Él veremos que todo se multiplica y nos convertiremos en auténticos puentes para que las personas, tantas que tienen hambre y sed, encuentren en Jesús la posibilidad de saciar esa hambre y esa sed.

Los gestos de Jesús, antes de la multiplicación, nos recuerdan lo mismo que hizo antes de entregársenos en la Eucaristía; en ella encontramos la comida y la bebida gratuitas que nos darán fuerzas para emprender lo que a nuestros ojos parecería imposible: darnos a los demás

sábado, 26 de julio de 2014

17º Ordinario, 27 julio 2014.



Primera Lectura: del primer libro de los Reyes 3: 5-13
Salmo Responsorial, del salmo 118: Yo amo, Señor, tus mandamientos.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los romanos 8: 28-30
Evangelio: Mateo 13: 44-52.
Vende cuanto tiene y compra aquel campo.

Será imposible “habitar juntos en la casa del Señor”, sin la Sabiduría que viene de Él mismo, sin la protección que nos enseñe a usar de tal forma de los bienes de la tierra que no nos impida obtener los eternos”. La “regla de oro” que propone San Ignacio en el Principio y Fundamento de los Ejercicios. La conocemos bien conceptualmente, pero para bajarla a la práctica necesitamos comprender y vivir “la Indiferencia”; en ella encontraremos la capacidad, otra vez como Gracia, pero buscada, la capacidad del discernimiento, del auténtico desasimiento de todo lo que nos ata a lo efímero, a lo inmediatamente gustoso, atractivo, deleitable, ciertamente no por desprecio sino por justiprecio, porque, ¡ojalá sea cierto!, “solamente buscamos lo que más conduce al fin para que hemos sido creados”.

¡Que tuviéramos la visión de Salomón para pedir lo que necesitamos!: “no larga vida, ni riquezas, ni el triunfo sobre los enemigos, sino sabiduría para gobernar y gobernarnos”; con la verdadera Sabiduría “vendrán todos los bienes”, aun los no solicitados. ¿De dónde sino del mismo Dios llega esa inspiración, esa mirada que apunta a lo trascendente, que busca y desea mucho más allá de lo que nos rodea? Ejemplo e invitación para pedirla con fe, con firmeza, constancia, seguridad, porque sabemos a Quién acudimos: “Al Dador de todo bien”. Fruto inmediato, si el Señor nos la concede, será la coherencia entre deseo y acción: “Yo amo, Señor, tus mandamientos”. Las razones convincentes que mueven ese amor, las explaya con profusión el Salmo: “Valen más que miles de monedas de oro y plata, son luz para el entendimiento y llenan el interior de contento”.

¿Experimentamos en la vida lo que nos dice San Pablo: “todo contribuye para bien de los que aman a Dios”?  ¡Limpiemos de escoria nuestra visión de Dios; ciertamente no es el Dios de la ley, de los cumplimientos exteriores, de los sacrificios en el Templo, es el Padre que nos vino a revelar Jesucristo, el Dios de los deseos, el Dios que atrae, no por obligación, no por miedo, no por costumbre, sino por su Bondad, su cercanía, su invitación para que “reproduzcamos la imagen de Aquel que es el primogénito entre muchos hermanos, en quien tiene sus complacencias”. Hacerlo, desgranará las consecuencias, las que miran el “para siempre”. No excluye a nadie, pues todos somos hijos e hijas y a todos “predestina, llama, justifica y glorifica”.

Las parábolas animan a la búsqueda y prometen el encuentro: “el tesoro escondido, la perla valiosa, la red llena de pescados”, son el discernimiento en acción, el que nos da a conocer el bien encontrado, apreciado, abrazado de tal forma que cambie la orientación de una vida que podría convertirse en monótona y gris, en alegría que nos alumbre y alumbre al mundo, a todos los que entren en contacto con nosotros, porque percibirán que hay algo totalmente nuevo en nuestros corazones: ¡nos hemos encontrado con el Dios de la vida!

jueves, 17 de julio de 2014

16° ordinario, 20 julio 2014.


Primera lectura: del libro de la Sabiduría 12: 13, 16-19
Salmo Responsorial, del salmo 85: Tú, Señor, eres bueno y clemente
Segunda lectura: de la carta del apóstol Pablo a los romanos 26-27
Evangelio: Mateo 13: 24-43.

La antífona de entrada nos invita a reflexionar si de verdad vivimos colgados de Dios, si tenemos en Él, sin vanas ilusiones, “nuestro auxilio y único apoyo”; y todavía más, para que nos adentremos en la razón que avala estas actitudes: “me poyo en Ti, Señor, porque eres Bueno”, ¿hace falta algo más convincente? Sinceramente si penetramos en la Bondad de Dios y  nos dejamos penetrar por ella, crecerán, simultáneamente la confianza, la esperanza y la paciencia, como nos explicará el Señor Jesús en el Evangelio.

El Libro de la Sabiduría nos lleva, a grandes trazos, a considerar la historia de la humanidad y nuestra propia historia y a reconocer, desde nuestra pequeñez, que “no hay más Dios que el Señor”. Somos hechura suya, nos cuida, nos guía, no con mano férrea sino con delicadeza y dulzura, con esa paciencia, única en Él, que sabe dar su tiempo a cada ser, que nos indica lo que perdura, lo que salva, lo que realiza esa colaboración que aguarda de cada uno de nosotros: “el justo debe ser humano”. ¡Cuánto abarca ese “ser humano”! Tolerante, paciente, comprensivo, servicial, capaz de juzgar y condenar las injusticias y buscarles remedio, pero que nunca juzga a las personas, pues solamente Él conoce las intenciones del corazón. Ciertamente no deja de estremecernos su Palabra: “muestras tu fuerza y tu poder soberano a quienes, conociéndote, desconfían”, pero nos confortan las que siguen: “juzgas con misericordia y gobiernas con delicadeza…, y siempre nos das tiempo para arrepentirnos.”

 En el fragmento de la carta a los Romanos, se abre un amplísimo horizonte de esperanza: “no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu intercede por nosotros”, ¿podemos vislumbrar un apoyo más seguro?, Él nos conseguirá lo necesario conforme a la voluntad de Dios, ¿convendrá pertenecerle?, una vez más, desde nuestra experiencia de creaturas e hijos, desde nuestra inconstancia, miopía y egoísmo, ¿a Quién mejor acudiremos que nos fortalezca y sostenga?, por eso ya cantamos en el Salmo: “Tú, Señor, eres bueno y clemente”, en Ti está la seguridad que todo hombre anhela. ¡Haznos conscientes, lúcidos, fervientes!

Las tres parábolas que patica Jesús: la convivencia del trigo y la cizaña, el grano de mostaza, la levadura en la maza, nos ponen en sintonía con la realidad del Reino: todo pide tiempo, ritmo y paciencia. La realidad de una coexistencia que quisiéramos que no existiera: el Bien y el mal, que no podemos atribuir al Señor, que captamos que son fruto de nuestras respuestas y que, no será en “este mundo” que veamos la total eficacia del Reino, pero que sí debemos de esforzarnos por construirlo; la Sabiduría de Dios tiene otra línea, su Prudencia se reserva el juicio final donde aparecerá lo que es realmente bueno y lo que es malo. Aceptemos que aquí en la tierra, los procesos personales y sociales, tienen su ritmo de crecimiento y que no es posible hacer resplandecer el bien absoluto, aun cuando nos parezca insuficiente, “el mal menor es, con frecuencia, que el mejor bien posible”. ¡Seamos pequeña semilla, buena levadura, minoría quizá, pero confiemos que el Señor “cuida del bien de los que lo aman”! 
 

viernes, 11 de julio de 2014

15° Ordinario, 13 julio 2014

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 55: 10-11
Salmo Responsorial, del salmo 64: Señor, danos siempre de tu agua.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los romanos 8: 18-23
Aclamación: La semilla es la palabra de Dios y el sembrador es Cristo; todo aquel que lo encuentra vivirá para siempre.
Evangelio: Mateo 13: 1-23.

Yo quiero acercarme a Ti, Señor,” y saciarme de gozo en tu presencia “. El querer, acción volitiva, que si no es iluminada por el conocimiento y el razonamiento, decidirá en la obscuridad con el riesgo de elegir equivocadamente. Por eso pedimos, con enorme confianza, en la oración que “la Luz del Evangelio nos devuelva al camino de la Verdad”, solamente así  seremos capaces de realizar en plenitud el significado de nuestro cristianismo: el seguimiento de Cristo, y aprenderemos a discernir y a determinarnos por cuanto nos allegue a Él.

La Palabra, lluvia que fecunda, que hace germinar, que da de comer,  meditada, rumiada a ejemplo de María, nos transformará en campo fecundo, y, solamente volverá a Dios después de cumplir su voluntad y llevar a cabo la misión que en ella nos sigue encomendando.

 Todos hemos vivido la experiencia de angustiantes sequías, de campos desolados, de tantos hermanos que se afanan por cosechar en tierra dura que no responde a la entrega diaria de horas y horas de trabajo; elevamos las súplicas al Señor para que “prepare las tierras para el trigo”, el maíz, el sorgo y tantos frutos más, “riegue los surcos, aplane los terrenos, reblandezca el suelo, bendiga los renuevos”.

Sabemos que Dios no “maneja” a capricho ni estaciones, ni voluntades, al aprender a confiar en su Providencia, nos comprometemos a aceptarla, a colaborar, a reconocer que desde su Luz y su Palabra encontraremos que es verdad  lo que nos dice Pablo en la segunda lectura: “los sufrimientos de esta vida no se pueden comparar con la gloria que un día se manifestará en nosotros”; esperanza firme, segura, que nos da la trascendencia, que brota desde la Revelación que el Señor nos proporciona: “gloria de los hijos de Dios”, liberados de la esclavitud y junto con nosotros la creación, en la realidad del ya-pero-todavía-no, pero con el mejor apoyo que pudiéramos imaginar: “el Espíritu que intercede por nosotros y nos asegura la redención de nuestros cuerpos”.

San Mateo abre el capítulo 13 con la parábola del Sembrador y proseguirá con más y más parábolas. La de este domingo la sabemos de memoria, la hemos meditado y tratado de comprender esa explicación que Jesús da a sus discípulos y a nosotros, que debemos sentirnos gozosos porque “muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven, y no lo vieron, oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron”. Más que detenernos a considerar en dónde cayó la semilla, la sugerencia iría más adentro: ¿qué tanto la Palabra de Jesús, su actuación, su ejemplaridad, su desvivirse por el Reino, ocupan el lugar central de nuestra vida? Dificultades, problemas, tentaciones de desánimo, de inconstancia, nos cercarán siempre, para superarlas, regresemos a las últimas palabras de Isaías, que son de Dios mismo: “Las palabras que salen de mi boca, -ya pronunciadas por Jesús-, no volverán a mí sin resultado”, y podríamos añadir otras: “Por sus frutos los conocerán”. (Mt. 7: 16). Tenemos en la Eucaristía la fuerza del Pan de Vida, comámoslo, asimilémoslo y dejémonos asimilar por Él.



martes, 1 de julio de 2014

14° Ordinario. 6 Julio 2014.

Primera Lectura: del libro del profeta  Zacarías  9: 9-10
Salmo Responsorial, del salmo 144: Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los romanos 8: 9, 11-13

Dios se entrega no a los autosuficientes sino a los humildes, ya que abren su corazón al mismo Dios. Cristo los librará de cargas pesadas inventadas por los hombres y les enseñará a llevar la carga ligera del servicio amoroso
Evangelio: Mateo  11: 25-30.

Recordar lo agradable, anima, fortalece, entusiasma; ¿con qué frecuencia recordamos “los dones del amor del Señor”? No es necesario hacerlo en medio de su templo, es posible siempre, en el templo de nuestra interioridad: “Ustedes son templos de Dios”, y más consolador lo que el mismo Jesús asegura: “El que me ama, guardará mis mandamientos, vendremos a él y haremos en él nuestra morada”. Recordar los dones, es recordar, tener presente, al dador de los dones y al hacerlo, conocemos y reconocemos su bondad, su compasión, su misericordia, su amor y brotará, espontánea, la alabanza; bendeciremos al Señor, “diremos bien” de Él, como él lo hace de nosotros.

Al domingo antepasado lo llamamos: ¡liturgia de la Confianza!, hoy es de la alegría y el reposo. ¿Qué mayor alegría que sabernos libres de la esclavitud del pecado?  Ya anuncia esa alegría Zacarías: “Mira tu Rey viene a ti, justo y victorioso, humilde y montado en un burrito”, arco que se abre aquí y se cerrará en el Domingo de Ramos en el que vemos a Jesús, no con esplendor ni montando un caballo, sino en un burrito,  descalificando los poderes terrenales, los carros y los arcos, para trocar el poder que subyuga por el que lleva a la paz y ofrece un reposo que no termina, en la felicidad eterna.

No aceptar a Cristo, vivir al margen de su mensaje, (¡cuántos lo hacemos “de manera callada”!), es sencillamente no tener el Espíritu de Cristo, y “continuar sujetos al desorden egoísta que hace del desorden regla de conducta”. Con tristeza nos vemos envueltos en ese desorden; con tristeza y angustia constatamos que la humanidad, nuestra sociedad, y nosotros con ellas, nos movemos en ese “desorden egoísta”, que nubla la visión, cierra el horizonte y priva de la paz, la felicidad y el reposo. ¡Qué luz nos ofrece, el cambio!, “si el Espíritu del Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en nosotros”, ese mismo Espíritu “dará vida a nuestros cuerpos mortales”, inicio, sin fin, de esa alegría y reposo, tan anhelados.
Mateo nos permite contemplar a Jesús que da libre curso a lo que llena su corazón: ora lo que vive y vive lo que ora; dejémonos impresionar por su actitud, sus palabras, su ejemplo, su invitación.

¿Consideramos la oración como dimensión importante en nuestro diario caminar? Jesús la hace en medio de la actividad; oración filial, intensa, cimentada en la unidad del Padre con el Hijo; brota de la riqueza de su vida interior en constante relación con el Padre. “¡Da gracias!”,  reconoce y alaba. ¡Cuánto por aprender! Son los” sencillos” quienes comprenderán “estas cosas”: la unidad del Padre y el Hijo, la divinidad de Jesús, la realidad de que sólo Él es Camino para ir al Padre. Esto es incomprensible para “los sabios y entendidos”, para quienes buscan un Dios a la medida de su razón y piden pruebas “lógicas”. Una vez más, ¿confiamos en la acción del Espíritu de Dios en nosotros?


“Aprendan de Mí que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán reposo, porque mi yugo es suave y mi carga es ligera”. Jesús no oculta que el camino es arduo, pero posible. Él va delante y nos promete, Palabra de Dios, que “dará alivio a los fatigados y agobiados”, hagámosle caso, todavía más cuando la fatiga y el agobio nos acosen. Pidamos ser sinceros con Él y con nosotros mismos.    

viernes, 27 de junio de 2014

Fiesta de San Pedro y San Pablo. 29 junio 2014.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 3: 1-10
Salmo Responsorial, del salmo 18
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los gálatas 1: 11-20
Evangelio: Juan 21: 15-19.

Celebramos, no el recuerdo sino la presencia de dos pilares de la Iglesia: Pedro: Roca, torbellino, entusiasmo, promesas, fallos, conversión y entrega hasta la muerte en cruz. Pablo: celo incansable, fidelidad y constancia en sus creencias, convencimiento que lo impulsa con todas sus fuerzas a perseguir a los que siguen el Camino, hasta que Jesús hecho Camino, lo envuelve en su luz y lo transforma en incansable Pluma peregrina a la que ni siquiera la espada podrá detener.

Creaturas, tal como nos percibimos a nosotros mismos, llenas de dones, de cualidades, pero también de limitaciones, encuentran a Cristo y se dejan encontrar por Él, por caminos muy diferentes que coincidirán, porque no puede ser de otra forma, en Aquel que los llamó y a Quien ellos aceptaron. ¡Qué variadas son las manifestaciones del Espíritu!

Pedro sigue, así, simplemente sin más a Jesús, si leemos la narración de Mateo: “Vengan y síganme y los haré pescadores de hombres e inmediatamente lo siguieron.”  (4:19-20), estaba con su hermano Andrés; no hay preguntas, no hay proposiciones, seguro si que hubo un profundo intercambio de miradas y eso bastó. Coincide con Marcos. En Lucas precede una experiencia que Pedro asimila rápidamente; el Señor elige su barca para predicar a la orilla del lago, “la fe viene por la predicación”, ¿qué quedó en el interior del pescador?, lo descubrimos después de la invitación que le hace Jesús para que eche las redes y él, a pesar de su experiencia y no haber sacado nada en toda la noche, supera su propio parecer, obedece y en la pesca se encuentra a sí mismo “pescado por el Señor”: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”, (5: 4-11), Jesús ha tomado posesión de esa interioridad: Lo sosiega: “No temas…, y dejándolo todo lo siguieron”.

Sólo teme a su propia debilidad y la llora arrepentido. Siente confusión ante la pregunta de Jesús: “¿Me amas más que estos?”, la amarga experiencia vivida ha transformado el arrebato en humildad y confianza: “Señor, Tú sabes que te amo”, y, otra vez, sin detenerse a medir consecuencias, acepta el encargo de Cristo: “Apacienta mis ovejas”. Guía a la Comunidad naciente, sufrirás por ella pero ella orará por ti y volverás a ser libre para repartir lo que colma tu corazón. ¡Que pudiéramos decir, como Pedro al paralítico:”Lo que tengo eso te doy, en nombre de Jesús Nazareno, levántate y camina”!

Pablo, viajero incansable, intenso en su entrega, supo discernir y dejar que creciera en él la fuerza del Espíritu, nos deja ver hasta dónde puede llegar un apasionado por Cristo y por el Evangelio: “Vivo yo, ya no yo, sino que Cristo vive en mí”. Nada le importa de este mundo, sus ojos, su mente, su corazón y sus deseos están puestos en la meta final: “Todo lo considero como basura, con tal de ganar a Cristo”. Ejemplo que nos impulsa a anhelar lo que perdura: “Ahora sólo espero la corona merecida, con la que el Señor, justo juez, me premiará aquel día, y no sólo a mí sino a todos los que esperan, con amor, su glorioso advenimiento”.

¡Qué fácil es la conversión auténtica cuando la creatura permite actuar a su Creador y Señor!

Dios siempre está dispuesto, pidamos a Pedro y Pablo su intercesión para que Él nos ayude a disponernos  y a hacer florecer las mociones del Espíritu.  

   

viernes, 20 de junio de 2014

12º ordinario, 22 junio 2014.

Primera Lectura: del libro del profeta Jeremías 20: 10-13
Salmo Responsorial, del salmo 68, Glorifica al Señor, Jerusalén
Segunda Lectura: de la carta de san Pablo a los romanos 5: 12-15
Evangelio: Mateo 10: 26-33.

 ¡Confianza! Es el hilo conductor de la liturgia de este domingo; confianza continuada, firme, que si lo es, será segura aunque el ámbito interior y exterior infundan miedo, por eso sentimos la necesidad de buscarla más allá de las limitaciones y las amenazas, de la debilidad de nuestra naturaleza dejada a sí misma.

 Fe, esperanza, confianza, están íntimamente unidas por el conocimiento de Aquel en cuyas manos hemos dejado nuestro ser, pues nos ha sembrado en su amistad: “A ustedes los he llamado amigos”; nuestras raíces se alimentan de la hondura de Dios, como árboles plantados junto al río,  jamás se secarán, producirán frutos congruentes: respuesta de amor filial y alejamiento aun de lo más mínimo que pudiera empañar esta relación.

 No estamos en la situación de Jeremías, ante una persecución abierta: “Oía el cuchicheo de la gente…, todos esperaban a que tropezara, diciendo: si tropieza y cae, lo venceremos…”, sino ante una más peligrosa: la indiferencia, quizá la burla y el desprecio: ¡Mira estos todavía creen en Dios y en Jesucristo, en que el Espíritu actúa en la Iglesia; creen en la oración y los sacramentos; pobres ilusos!

 ¿Confiamos como Jeremías, oramos como él?, “Señor de los ejércitos que pones a prueba al justo y conoces lo más profundo de los corazones…, a Ti he encomendado mi causa y has salvado la vida de tu pobre de la mano de los malvados”; no queremos invocar al Dios de la venganza, sino de la misericordia, de la luz, del perdón, para que, por nuestra firme adhesión a su voluntad, a ejemplo de Jesucristo, invitemos a los hombres, a todos, a que descubran “que el Señor es bueno”, que la prueba de esa bondad se encarnó en su Hijo que vino a librarnos del pecado y de la muerte, y aun cuando veamos en nuestra sociedad, y aun en nosotros mismos, los delitos, la creciente ruptura de relaciones con Dios y entre los hombres, confiemos que “el don otorgado por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos”.

 Jesús, nos  pide tres veces que no temamos: “No teman a los hombres”, la verdad acabará por relucir en todo su esplendor, nada quedará oculto, la Buena Nueva no es pequeño anuncio de una alborada que queda inconclusa, sino realidad de que el Padre nos quiere y nos cuida mucho más que a los pajarillos o a los cabellos de nuestra cabeza; “valemos mucho más que todos los pájaros del mundo”.


 El final del Evangelio de hoy nos hace pensar y volver a pensar si el entretejido de nuestra vida avanza en el camino de la conjunción de Fe, Esperanza y Confianza, si permanece mirando hacia la trascendencia, si nuestra unión a Jesús y la aceptación y vivencia de sus criterios se convierten en la forma cotidiana de los pasos, si con Él superamos los miedos internos y externos…, de ser así, ¡saltaremos de gozo porque  “nos reconocerá ante el Padre que está en los cielos”!  

domingo, 15 de junio de 2014

Santísima Trinidad, 15 junio 2014.

Primera Lectura: del libro del  Éxodo 34: 4-6, 8-9
Salmo Responsorial, del salmo 3, A ti gloria y alabanza por los siglos
Segunda Lectura: de la carta de san Pablo a los corintios 13, 11-13
Evangelio: Juan 3: 16-18.

Celebramos el “misterio” escondido desde los siglos en Dios, pero revelado por Jesucristo y ratificado por el Espíritu Santo. “Misterio”, porque nosotros no podríamos ni imaginarlo, pero que Dios en y por Jesús lo ha manifestado al darnos a conocer “su inmenso amor”.

“Creados a imagen y semejanza de Dios”, (Gén. 1: 26) vemos la llamada y el alcance de nuestra manera de crecer conforme a esa “imagen y semejanza”: Dios no es ni solitario ni lejano; Dios es perfecta y continua Comunicación, convivencia, cordialidad, bondad, entrega. Identidad que es el Hijo Encarnado y Amor que es el Espíritu derramado en nuestros corazones. Amor que se define a Sí mismo: “Compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”. ¡Qué lejos estábamos de la Realidad íntima de Dios! ¡Qué agradecidos ahora que se nos ha dado a conocer! “Nadie conoce mejor el interior del hombre que el espíritu del hombre que está en el hombre; nadie conoce mejor el interior de Dios que el Espíritu de Dios que es Dios…” (1ª. Cor. 2: 10-11) Y “nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo ha revelado”.  Ya somos poseedores de ese conocimiento, “El que cree en el Hijo, cree en el Padre”, y todavía más: “Cuando les envíe el Espíritu los confirmará en la Verdad que les he enseñado”.   ¡Esta es nuestra Fe que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús, Señor nuestro! Es verdad que Dios Infinito nos sobrepasa y nuestra inteligencia se estremece y se siente tentada a dudar; pero no lo hará porque “sabe en Quién ha puesto su confianza”.

El cristianismo o es Trinitario o no es cristianismo. “La Gracia de nuestro Señor Jesucristo, el Amor del Padre y la Comunión del Espíritu Santo, están siempre con nosotros”.   Nos santiguamos Trinitariamente, todas nuestras oraciones finalizan con la invocación Trinitaria, Glorificamos, juntamente, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, creemos en el Padre, el Hijo y el Espíritu vivificador, hemos sido bautizados en el nombre de Dios Trino y Uno, nuestra despedida del día y de la vida está cobijada por el Padre Creador, por el Hijo Salvador, por el Espíritu santificador.


Alentadora, fortalecedora, comprometedora es nuestra aceptación porque está fundada, no en razonamientos humanos, sino en la Palabra Verdad y Promesa, que se ha cumplido y nos ha liberado; en el Amor Trinitario hecho “carne” como la nuestra en Cristo Jesús para que podamos recibir la herencia imperecedera de Aquel a quien confiadamente llamamos “¡Abba!”, “Padre”.  

jueves, 5 de junio de 2014

Pentecostés, 8 de junio de 2014.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 2: 1-11
Salmo Responsorial, del salmo 103: Envía, Señor, tu Espíritu a renovar la tierra. 
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 12: 3-7, 12-13
Aclamación: Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. 
Evangelio: Juan 20: 19-23.

Concluye, hoy, el Tiempo Pascual, desde la “Pascua Florida”, llegamos a la “Pascua Granada”. “No sólo es de flores la fiesta, sino Flor de Fruto es ésta”. Cristo regresó al Padre; reconoció, con toda la fuerza de su Verdad que “todo estaba cumplido”, en lo que a Él se refería. Conforta a sus discípulos con esa presencia intermitente y repite, una y otra vez, que la promesa pronunciada, se cumplirá: “De aquí a pocos días serán bautizados en Espíritu Santo y en Fuego”.

Viento y fuego que rompen las ataduras de la timidez y la desesperanza, que construyen un lenguaje nuevo, que trastocan la confusión de Babel, que dejan atónitos a los oyentes y los congrega en el gozo de escuchar, en su propia lengua, “las maravillas del Señor”.  La lista de 15 países diferentes anuncia la universalidad del llamamiento a la Esperanza, a la Verdad, a la Comunión.

La consolidación de la Iglesia está sellada e inicia su acción; exactamente la misma que Jesús ha llevado a plenitud en su entrega sin límites: la Buena Nueva, el perdón, la unión con el Padre a través del mismo Espíritu. “No son ustedes los que me han elegido, sino que yo los he elegido para que vayan y den fruto y ese fruto perdure”. “No tengan miedo, el Padre pondrá en sus bocas las palabras exactas que no podrán rebatir los adversarios.”  

Que nuestra oración haya estado colmada de confianza al recitar el Salmo: Ahí está, verdaderamente, la única posibilidad de cambio: “Envía Señor tu Espíritu a renovar la tierra.”  ¿Qué nos responderá el Señor?: Ya lo envié y continúa presente, ¡déjenlo actuar! Él es Quien conjuntará la diversidad de miembros, como lo hizo en la primera comunidad cristiana, para que sean Un solo Cuerpo en Cristo Jesús. Dones al por mayor, pero una sola finalidad: el bien común. En serio necesitamos esta fuerza que viene desde arriba para que anide en nuestros corazones. ¡Es tan profundo nuestro aislamiento egoísta, nuestra falta de audacia y valentía para dar una respuesta digna, que únicamente Él nos comunicará, la convicción, hecha acción, para decir: “Jesús Es el Señor”!

El saludo de Jesús a sus discípulos:”La paz esté con ustedes”, lleva consigo algo sumamente importante para nuestras vidas: ¡el perdón! Perdón y purificación que Él nos otorga para que hagamos lo mismo.

Reitera “el envío”, la misión y tarea: que seamos cristos vivos, consoladores y amigos, nos miremos y tratemos como hermanos “para que el mundo crea”.


Oremos al Espíritu: “Concede a aquellos que ponen en ti su fe y su confianza, tus siete sagrados dones. Danos virtudes y méritos, danos una buena muerte y contigo el gozo eterno.”

domingo, 1 de junio de 2014

La Ascensión del Señor, 1º. Junio 2014.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 1: 1-11
Salmo Responsorial, del salmo 46
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los Ef. 4: 1-13
Evangelio: Marcos Mc. 16: 15-20.

La antífona de entrada nos anticipa el fin del relato que leímos en Hechos de los Apóstoles: no podemos quedarnos inmóviles “mirando al cielo”, con un sabor amargo de separación y despedida, y menos aún con un corazón frustrado porque nada de lo  que esperábamos ha sido como lo esperábamos. ¿Cuánto de visión terrena existe en el trato con Cristo, vamos penetrando en la totalidad del Misterio de Jesús, con una mirada pobre pero que se esclarecerá con la llegada del Espíritu Santo? Mirada que no se inició con la llamada del mismo Jesús a los discípulos y a cada uno de nosotros, sino desde el instante de su Encarnación, lo escondido de su vida oculta, sus andares por la tierra anunciando el Reino, su Pasión, su Muerte, su Resurrección y ahora, su glorificación: “nadie sube al cielo excepto el que bajó del cielo”. (Jn. 3: 13) Verdaderamente ahora “Todo está cumplido”, (Jn. 19: 30).

En el camino que finalizará con su despedida, el Señor instruye a los discípulos, y como siempre, en ellos a nosotros; igual que ellos, necesitamos crecer en la fe, mirar más allá de los anhelos terrenos, sentir que la debilidad propia de nuestra naturaleza es capaz de ser fortalecida: “Aguarden a que se cumpla la promesa del Padre…, dentro de pocos días serán bautizados en el Espíritu Santo”. De sobra sabemos que “Dios es fiel a sus promesas”; ésta la sigue cumpliendo, en la Iglesia, en los Sacramentos, en la Eucaristía. El Espíritu de Dios, que es Dios, como el Padre y Jesucristo, está presente, la Santísima Trinidad, nos guía, nos conduce y nos ilumina continuamente. De verdad necesitamos la luz del Espíritu par seguir confiando “en la eficacia de su fuerza poderosa”. Llamados a ser uno en Cristo para que se cumpla su Palabra: “en Él nuestra alegría será plena”.

Ayúdanos, Señor, a comprender lo que dijiste en ese largo “testamento” preñado de sentido de trascendencia, de cariño y de entrega: “Si me amaran, se alegrarían conmigo de que me vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo”. (Jn. 14: 28) Aceptar tu realidad humana como la nuestra y nuestra vocación de eternidad, como la tuya. La exhortación de Pablo nos hace pisar la realidad para llegar a la Realidad: “llevar una vida digna del llamamiento que hemos recibido; humildes, amables, comprensivos, - simplemente como Tú -, unidos en el amor y en la certeza de que el Espíritu nos conjunta para formar un solo cuerpo”.

Tú sí puedes decir: “me voy pero me quedo”; ya no hay fronteras terrenas ni limitaciones espaciales, te nos entregas a todos y tu llamamiento persiste, incesante, de modo que no exista quien no haya escuchado de Ti y del Reino. Lo sabemos pero nos lo recuerdas: ha llegado la hora de la Iglesia, Tú quisiste tener necesidad de los hombres y nos sentimos, debemos sentirnos contentos porque, desde Ti, todas nuestras acciones cobran sentido, tienen horizonte y se encaminan a la meta que ya lograste en Ti y para todos.


Te pedimos que sigas reforzando la fe de la Iglesia, la nuestra y que tengamos los ojos abiertos para constatar que “actúas con nosotros y confirmas la predicación”; en verdad no te pedimos milagros, sino que nos conviertas a cada uno en un milagro de tu presencia en el mundo.