lunes, 29 de septiembre de 2008

27º Ordinario, 5 octubre, 2008.

Is. 5: 1-7; Salmo 79; Filip. 4: 6-9; Mt. 21: 33-43.

“Todo depende de tu voluntad. Señor, nadie puede resistirse a ella”. Es verdad, somos creaturas, “hechura de Dios” que gozaremos de esa realidad tanto cuanto aceptemos que “la creación es una dependencia para la libertad”; no es contradicción, es lo más nuestro de nuestro ser: seremos auténticamente libres desde la total aceptación de nuestra cuádruple relación con Dios: creaturas, contingentes, relativos, hijos e hijas; de no convertirla en vida, aunque nunca dejaremos de ser “hechura de Dios”, nos estaremos resistiendo a su Voluntad; somos los únicos que, usando mal del precioso don de la libertad, podemos romper el plan de Dios: “Ninguna creatura estorba a su compañera, nunca desobedecen las órdenes de Dios”, (Eclesiástico 18: 28), por eso le pedimos que continúe “dándonos más de lo que merecemos y deseamos, perdone nuestras ofensas y nos otorgue lo que necesitamos”, para realizar siempre lo que espera de nosotros.

Por tercer domingo consecutivo encontramos la comparación de la Viña; primero fueron los contratados por el dueño, a diversas horas y comentábamos que nunca es tarde para trabajar por el Reino; después la petición del padre a los hijos para que fueran a trabajar, y con seguridad nos vino a la mente la palabra de Jesús: “No el que me dice, Señor, Señor – ya voy – sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos”; ahora “el canto a la viña”, poema de contrastes, desde el cariño del amado que limpia, prepara, construye, confía y aguarda, hasta le decepción: “¿Qué más pude hacer por mi viña que no lo hiciera?”; los frutos jamás aparecieron.
La reacción es violenta: rompe y derriba, deja esa tierra querida a su propia suerte que, alejada de la mano protectora, producirá solamente “abrojos y espinas”. Israel, “la plantación preferida”, se convirtió en erial porque la justicia ya no encontraba lugar en sus corazones. “El dolor y la tristeza” del Dueño, del Señor, parece que no acaba, sigue buscando frutos en el nuevo Israel, en la Iglesia, en cada uno de nosotros. Que encuentre nuestra súplica humilde: “vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala; protege la cepa plantada por tu mano…, ya no nos alejaremos de Ti…, míranos con bondad y estaremos a salvo”. Aquí encontraremos “la Paz de Dios que sobrepasa toda inteligencia”, entonces la fidelidad nos sostendrá para buscar y cumplir “lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable y honroso”. Volviendo sobre la no contradicción: “la creación, una dependencia para la libertad”, hallamos su profundo sentido: somos de Dios y para Dios.

Jesús hace la aplicación de Isaías, la actualiza, compromete a los Jefes del pueblo, y en ellos a todo ser humano, a conocer y reconocer “la historia de la Historia”; nadie es simple espectador, todos somos actantes, libres para aprender y decidir, libres para aceptar y proseguir, libres para escoger o desechar la Piedra que sostenga, con firmeza, el proyecto de casa que queremos. El tiempo aún es nuestro, mientras tengamos tiempo.

¡Señor, Tú nos plantaste, nos has cuidado con un esmero que sólo encontramos en Ti, nos llenas de gracias y oportunidades, iluminas las mentes y enciendes los corazones!, una vez más te pedimos nos des “aquello que necesitamos” para que nunca perdamos el Reino, sino que demos frutos que duren para siempre.

lunes, 22 de septiembre de 2008

26º ordinario, 28 septiembre 2008.

Ez. 18: 25-28; Salmo 24; Filip. 2: 1-11; Mt. 21: 28-32.

“Podrías, Señor, hacer recaer sobre nosotros todo el rigor de tu justicia…”. Ese tiempo condicional podría hacernos temblar como resultado de un sincero examen de conciencia, de una introspección profunda, de un recorrer nuestras intenciones y más aún nuestras acciones, porque ¿quién habrá que encuentre en su ser la transparencia total?; lo que ciertamente encontramos es que “hemos desobedecido tus mandatos, hemos pecado contra Ti”; reconocer el desvío es el principio para corregir el camino, eso ya es Gracia, y continuará actuando positivamente al afianzarnos en que Dios “hace honor a su nombre y nos trata conforme a su inmensa misericordia”. Experimentar su presencia, su cercanía, su comprensión, evitará que “desfallezcamos en la lucha por obtener el cielo que nos ha prometido”. No está de más recordar que el cielo no es un sitio, es donde el Señor está, y que inicia aquí, en el cumplimiento de su voluntad.

¡Cómo nos parecemos a Israel cuando nos atrevemos a juzgar a Dios sin habernos visto previamente! ¡Con qué facilidad encontramos culpables a quienes achacar los males, las desgracias, los infortunios y dejamos de lado nuestra responsabilidad al tomar decisiones! Seguirá siendo un misterio la conjunción de nuestra libertad y la acción que Dios nos ofrece para la salvación; el profundo respeto que manifiesta por nuestro ser y al mismo tiempo la paciente espera de nuestra respuesta que anhela en el versículo 23, poco antes de lo que hoy leímos: “que enmendemos nuestra conducta y vivamos”.

¡Vivir en paz y en convivencia, en la seguridad, toda la que pueda darnos una conciencia, avalada por la fuerza del Espíritu Santo, recta y honesta, que pide “encontrar sus caminos para tener todos, los mismos sentimientos que Cristo Jesús, evitar rivalidades y buscar el interés de los demás antes que el propio”.

Aquí está condensado el trabajo en la viña, para realizarlo, no de cualquier manera, sino conforme al Ejemplar: Cristo Jesús, “que no fue un ambiguo sí y no; mas en Él ha habido únicamente un sí” (2ª.Cor. 1: 19), “para mí es alimento cumplir el designio del que me envió y llevar a cabo su obra” (Jn. 4:34), hasta “la muerte y una muerte de cruz”. Sin duda temblamos otra vez, pero ahora por el horizonte abierto y experimentado por Jesús: por la Cruz y Pasión a la gloria de la Resurrección, temor que amainará porque el Señor aumenta y afianza nuestra esperanza: que a salario de Gloria no hay trabajo pequeño.

El Señor nos hace la misma pregunta que a los fariseos: “¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?” ¿Con qué hijo nos identificamos? ¿Con el de las promesas amables que tratan de tranquilizar al Padre y a la propia conciencia, pero quedan al viento? ¿Ofrecemos la Paz, decimos el Amén, pedimos ser perdonados y todo se vuelve viejo cada día sin llegar a la vida?, o ¿con el de la actitud, inicialmente rebelde y egoísta, pero que aprovechó la capacidad para reflexionar, rectificar el camino y cumplir con la voluntad del Padre?

Muchas voces persisten invitándonos, sabemos que no podemos contentarnos con oírlas; todo tiempo es tiempo para crecer en coherencia de amor, pensamiento y acción. ¡Ya hemos visto!

Pidamos que la conversión prosiga como un “sí” continuado.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

25º ordinario, 21 septiembre 2008.

Is. 55: 6-9; Salmo 144; Filip. 1: 20-24, 27; Mt. 20: 1-16.

El trayecto de relación con nuestro Dios es inalcanzable desde nosotros; inútil entrar en vericuetos intransitables que sobrecogen nuestra mente y nuestro corazón; esas nubes se disipan al escuchar la antífona de entrada: “Yo soy la salvación de mi pueblo…, los escucharé en cualquier tribulación en que me llamen y seré siempre su Dios”. Eres Tú quien acorta el camino para encontrarnos, ¡no podría ser de otra manera!, y en ese encuentro descubrimos, otra vez, “que tu bondad se extiende a todas las creaturas”, y de manera especial, en los hombres, en los prójimos, en los hermanos. Descubrimos el contenido de la Buena Nueva: “Que todos reconozcamos a Dios como Padre y nos amemos como hermanos”; ¡ésta es la Nueva Ley! Amor que no calcula, que no actúa por la recompensa, que se da gratuita, total, enteramente.

Isaías anima al pueblo que sufre el exilio, que busca, sin encontrar, remedio a sus males, a su tristeza, a su tribulación; pero sin mirar hacia arriba ni hacia dentro, sin cambiar de actitud, pertinaz en tener la vista fija en el suelo y no en el cielo. La salvación no llega desde un horizonte terreno, viene desde Aquel que se muestra siempre piadoso aunque las circunstancias digan otra cosa. La inteligencia y la lógica humana, al no poder subir más allá, pierden toda esperanza; ésta renacerá al intentar comprender que “los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos, ni nuestros caminos son los suyos”; entonces ¿cómo se realizará nuestra liberación? “Dejemos a Dios ser Dios”, “Él es justo en sus designios y están llenas de amor todas sus obras”, sin que por eso nos ahorremos el trabajo, el esfuerzo, la oración, que no son contrato comercial sino reconocimiento y confianza en su promesa: “El Señor no está lejos de aquellos que lo buscan”. ¡Tenemos alas para llegar al Infinito!

Este nuevo rumbo nos dará la posibilidad, en esa ascensión a Dios por Cristo, de exclamar con Pablo: “Cristo será glorificado en nosotros; porque para nosotros la vida es Cristo y la muerte una ganancia”, y mientras llega esa corona de gloria, “trabajamos todavía con fruto, llevando una vida digna del Evangelio”. Para mantener firmes la mente y los pasos, pedimos: “Abre, Señor, nuestros corazones para que comprendamos las palabras de tu Hijo”.

Sin considerarnos “privilegiados” porque ya nos llamó a trabajar en su viña, hagámoslo “soportando el peso del día y del calor”, ya que el Denario sobrepasa todo esfuerzo, pues como expresa Santo Tomás de Aquino: el Denario es Dios mismo, y, Dios no puede menos de dársenos a Sí mismo.

La elección, el llamamiento nos ha llegado desde el Dueño de la Viña: “no son ustedes los que me eligieron, sino que Yo los elegí a ustedes”, (Jn. 15: 16), esta convicción alejará de nosotros cualquier pensamiento de envidia –tristeza del bien ajeno-, y nos llenará de alegría porque el Señor es de todos y para todos, aun para los que llegaron a última hora ya que ¡nunca es tarde para el encuentro con Él!

Señor, no sabemos si somos de los últimos o de los primeros, lo que sabemos es que no quieres “que estemos todo el día sin trabajar”; deseamos, con tu gracia, esforzarnos y recibir de Ti el mejor salario: Tú mismo en un abrazo gratuito que dura para siempre.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

24º Ordinario, 14 septiembre 2008.

Eclesiástico 27: 33 a 28: 9; Salmo 102; Rom. 14: 7-9; Mt. 18: 21-35.

Reflexionábamos, el domingo pasado, en la justicia, la rectitud, la equidad, la sincera vivencia de esa Ley Natural ya impresa en todo ser humano; ahora el Señor nos invita a dar un paso más: no es suficiente esa Ley, necesitamos completarla con la Ley Evangélica: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”. De ahí que pidamos “experimentar vivamente su amor”, como innumerables veces ya ha sucedido, pero que tiene que volverse costumbre impulsadora, a partir de la reflexión, del reconocimiento y de la acción de gracias porque nos ha perdonado y nos seguirá perdonando, para que nos llene de fuerza y decisión, y llegar a ser coherentes, desde el interior, ya purificados gratuitamente, y comportarnos con los demás como Él lo hace con nosotros.

La primera lectura, tomada del Eclesiástico, Libro Sapiencial, insiste en el daño que nos hacemos a nosotros mismos si damos cabida al rencor, que nos amarga, y a la venganza; que nos quita la paz, e insiste en la reciprocidad del perdón, actitud que sólo desde la fe, con la luz de la Gracia y a través del constante recordar que el camino de la vida llegará, por sí mismo, hasta su término, nos ayudará a dar ese paso, que condensaría San Ignacio en el “magis”: siempre más allá de los estrechos límites del cálculo, permítaseme la palabra, de la “desquitanza”. El brillo de “la Alianza con el Señor hará que pasemos por alto las ofensas”.

“Vivos o muertos, somos del Señor”, y ¡Qué Señor! Recordemos el Salmo: Él es: “compasivo, misericordioso, que perdona, cura, rescata, colma de amor y de ternura, no nos trata como merecemos”, su compasión, que “siente con nosotros”, cubre cielos y tierra. ¿Hacemos el esfuerzo por ser algo parecidos a Él? No dudo que el perdonar en serio, sin que permanezcan residuos, más si nos “hemos dejado herir”, parecería imposible, en verdad no lo es si nos dejamos traspasar por el perdón total de Dios, en Jesucristo…, después de mirarnos y mirarlo en su entrega a la muerte para darnos la vida, ¿qué podríamos esgrimir para no perdonar?

En el Evangelio, Pedro se detiene en cifras que considera desmedidas: “hasta siete veces”, pero Jesús, imagen viva del Padre, no sólo expresa el “más”, sino el “Siempre” que Él vive y nos incita a vivirlo desde Él y con Él, no por las consecuencias que se nos seguirían de no hacerlo, sino para ser como el Padre Celestial “que hace salir el sol sobre buenos y malos y deja caer la lluvia sobre justos e injustos” (Mt. 5: 45) Es un “siempre” cotidiano, universal, inacabable.

La parábola, toda ella claridad, nos entrega un termómetro-compromiso: ¿me comporto como el rey magnánimo o como el compañero insensible? Del mismo modo que a los compañeros del “entregado a los verdugos”, nos arrebata la indignación, pero antes de emitir ningún juicio contra otro, volvamos a nuestro interior con toda la sinceridad posible y pidámosle, una y mil veces, las necesarias, al Padre Celestial, que nos enseñe a perdonar como Él, gratuita y definitivamente, pues “si somos fieles, Dios permanece fiel; si somos infieles, Dios permanece fiel pues no puede desmentirse a sí mismo”, (2ª. Tim. 2: 13) ¡qué alivio y a la vez, cómo crecen la gratitud y la presencia de una respuesta fiel!

martes, 2 de septiembre de 2008

23º Ordinario, 7 Septiembre 2008.

Ez. 33: 7-9; Salmo 94; Rom. 13: 8-10; Mt. 18: 15-20.

Reconocer la justicia, la verdad, la rectitud, aun en nuestro tiempo tan envuelto de excesivo subjetivismo, podemos considerar que, racional y primariamente, debería ser lo normal; de hecho correspondería al proceder de una naturaleza humana bien hecha por Dios Creador y Padre: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno”, (Gén 1: 31) Si estamos tan bien hechos, ¿por qué nos encontramos, a veces, quizá más de las que querríamos, tan mal aprovechados? Por ello, en el imprescindible viaje a nuestro interior, en el intento de crecer coherentes a esa maravillosa creación de Dios, descubrimos la necesidad de reconocernos anhelantes de perdón y de fuerzas, de amor y de confianza, de apoyo y de sostén para que, en nuestra libertad, obremos “libremente en justicia, verdad y rectitud”.

Pidamos al Espíritu Santo nos guíe con su luz para que comprendamos y ubiquemos lo que su Palabra nos ha comunicado por medio del profeta Ezequiel y de San Pablo y que Jesús, Palabra Encarnada, nos pide en el Evangelio, con tales acompañantes se hará realidad lo que proclamamos juntos al responder al Salmo: “Señor, que no seamos sordos a tu voz”.

El punto de partida lo marca el primer renglón del párrafo que oímos de la carta a los Romanos: “Hermanos: No tengan con nadie otra deuda que la del amor mutuo, porque el que ama al prójimo, ha cumplido ya toda la ley…” Volviendo con esta perspectiva a lo que el Señor Dios dice a Ezequiel, queda de manifiesto que no se trata de enjuiciar ni condenar a nadie, sino de mirar con verdadero amor, con un deseo enorme de que la salvación se realice en todo ser humano, y todo ello porque hemos “escuchado” previamente al Señor, porque, “el ser constituido centinela para la casa de Israel”, ya es misión que acompaña a todos los hombres y mujeres que nos queremos interesar vivamente por el bien de los demás; lejos de cualquier crítica vana, deseosos de comunicar, con el corazón en la mano, el camino que lleva a la vida porque lo vamos experimentando. ¡Qué gran responsabilidad velar celosamente por el bien profundo de los otros! ¡Qué responsabilidad ser espejos que ejemplifiquen el verdadero uso de la libertad! No es el Señor quien amenaza, no es Él quien condena, recordemos lo que dice Jesús: “Yo no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores” (Mt. 9:13), y lo que dice San Ireneo: “La gloria de Dios es que el hombre viva”, son nuestras decisiones desquiciadas.

Llamar con nuestra vida a la Vida. Hacer Comunidad que atraiga, que ore, que ruegue, que afiance, que se preocupe, efectivamente, por todos; aquí está el verdadero poder de “atar y desatar”, no solamente concedido a Pedro sino a la Comunidad, para atar con los lazo del amor y la comprensión, para desatar del mal.

Sentimos que hay situaciones que nos desbordan, que nos hacen mascar la impotencia, si en verdad le creyéramos a Cristo, no cejaríamos en la oración: “si se ponen de cuerdo en pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”.

¡Señor, ilumina, todavía más a la humanidad, Tú sabes lo que necesitamos; ilumina a nuestro país, ilumina a nuestras familias, ilumina a nuestra Comunidad!

martes, 26 de agosto de 2008

22º Ordinario, 31 Agosto 2008.

Jer. 20: 7-9; Salmo 67; Rom. 12: 1-2; Mt. 16: 21-27.

Ojalá continúe la disposición de ánimo que engendró la antífona de entrada del domingo pasado: “Sin cesar te invoco”, la constancia de esta oración está fundada en lo qué más resplandece de nuestro Padre Dios: “porque es Bueno y su amor cobija a quien lo invoca”. El contacto con la fuente de Bondad, de la que mana el Amor, no puede menos de inflamarnos en ese mismo amor, y, con él, mantenernos perseverantes, cercanos a la fuente que brota y hace brotar la Gracia que enriquece la Vida de Dios en nosotros.

En Jeremías debería calcarse nuestra historia: “Me sedujiste y me dejé seducir”, la aceptación sin medir, porque supo, sabemos de dónde procede la llamada, y la confianza dice el ¡sí! sin condiciones. La calca prosigue: Jeremías se siente perseguido, acosado, objeto de oprobio y de burla porque la fidelidad a la Palabra resuena fuerte en los oídos que no quieren escucharla. ¿Nos sucede lo mismo?, ¿nos dejamos arrastrar por el remolino violento de la Palabra, o comenzamos a claudicar por las dificultades, porque el sacrificio nos cuesta, porque parecería que nos dirigiéramos al desierto, el que inicia en nuestro propio corazón? Y queremos volver la espalda, huir de Dios, olvidar; pero la seducción de Dios es constante, persiste en su llamado, la fuerza de su presencia es avasalladora, Jeremías, lejano ejemplo de Jesús, se rinde y reconoce: “había en mí como un fuego ardiente, encerrado en mis huesos; yo me esforzaba por contenerlo y no podía”. ¿Nos opondremos a la acción del Espíritu?

Lo sensato es cantar con todas nuestras fuerzas el salmo, de modo que lo dicho encienda más y más ese fuego: “Señor, mi alma tiene sed de ti”, “Canto con gozo, a Ti se adhiere mi alma y tu diestra me da seguro apoyo”. Entenderemos en plenitud la exhortación de Pablo: “ofrézcanse como ofrenda viva, santa y agradable a Dios…, no se dejen transformar por los criterios de este mundo, sepan distinguir cuál es la voluntad de Dios lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto”. Es lo que aprendió de Jesús, lo que concluyó, con discernimiento, de la reacción de Pedro.

El único alimento de Jesús: “Hacer la voluntad del Padre”, sin detenerse ante los escarnios, la condenación y la muerte porque es lo que lleva a la Resurrección. Para Pedro: el temor a perder lo que acaba de recibir, se esfuman el poder y el encumbramiento y actúa según “los criterios de este mundo”, se enfrenta a Jesús, ¡lo incomprensible, y, más después de la confesión que ha hecho!: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. ¡Superficialidad e incongruencia nacidas del inmediatismo, del desear mantener lo que apenas tiene en promesa y negarse a la aventura de ser lo que el Señor le ha ofrecido! No nos extrañemos, de igual forma actuamos en la vida cuando aparece, aun cuando sea a distancia, le realidad del sacrificio y el valor de la entrega.

¡Cómo deben sacudirnos las palabras de Cristo!: “Apártate Satanás no quieras hacerme tropezar… tú no piensas según Dios sino según los hombres”. No te pongas delante, tu vocación es seguirme, donde voy pisando, que coincidan tus huellas, sólo así salvarás tu vida.
Señor, ¿de verdad Te quiero y me quiero?, si me encierro en mí mismo, ¿quién podrá liberarme? Nada tengo ni puedo darte a cambio sino mi fe en Ti y mi cariño sincero que sobrepase todo otro criterio; no espero recompensas, Tú no eres comerciante, simplemente espero poseerme cuando Tú me poseas por completo.

viernes, 22 de agosto de 2008

21º Ordinario, 24 Agosto 2008.

Is. 22: 19-23; Salmo 137; Rom. 11: 33-36; Mt. 16: 13-20.

La antífona de entrada nos hace prolongar el eco de la mujer cananea: “Salva a tu siervo que confía en Ti”; la confianza, nacida de la fe, nos ayuda a mantener constante nuestra voz: “pues sin cesar te invoco”.
¿A Quién invocamos?, “a Aquel de quien todo proviene”, a nuestro Padre “que todo lo ha hecho y hacia quien todo se orienta”. Otro momento propicio para adentrarnos hasta lo hondo de nuestro ser y preguntarnos si de verdad tratamos de vivir la realidad de ser: creados por Dios y encaminados, diariamente, hacia su encuentro, en alabanza, reverencia y servicio, en agradecimiento y en compromiso; si encontramos momentos de vacío, insistiremos en ese “invocarlo sin cesar”, para amar y anhelar lo.que nos promete y poder superar las preocupaciones, porque Él será nuestra única preocupación.

La relación de la primera lectura con la misión que confiere Cristo a san Pedro, reluce por sí misma; el Señor, por boca del profeta, confiere a Eleacím “la túnica, la banda y las llaves”, poder y autoridad para abrir y cerrar; todo en servicio del pueblo, para obrar siempre, con el cariño que distingue a quien es y se ha de comportar como “padre para todos los habitantes de Israel”. Jesús nombra a Simón Pedro, “Piedra sobre la que edificará su Iglesia”, la da la misma autoridad de “atar y desatar”, ya no limitada a Jerusalén sino que abarque todas las naciones, para el servicio y la liberación de todos los hombres. Ocasión propicia para pedir a nuestro Padre Bueno por el Papa, los obispos y cuantos tienen alguna autoridad, dentro y fuera de la Iglesia, para que no caigan en la tentación de buscarse a sí mismos, ni su propio provecho, su enriquecimiento, su encumbramiento…, sino que sean como el Señor Jesús “que no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida por todos”. (Mt. 20: 28)

En el pasaje del Evangelio continúa resonando en cada uno de nosotros y de cuantos buscan con autenticidad la verdad, la pregunta que Jesús hace a los discípulos: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?”... Las respuestas genéricas, comparativas, totalmente extrañas al corazón, no le interesan y por ello su precisión: “¿Quién dicen ustedes que soy Yo?”. ¿Cuál es la realidad de tu relación conmigo, cuál la visión, la imagen, el compromiso, la adhesión, la fe? ¿Te dejas iluminar como Pedro, aunque de momento no alcances a comprender la hondura de tu respuesta? ¿Qué decirle y cómo decírselo, sin quedarnos en conceptos aéreos que alejan?
Pienso que pueden servirnos como pista las reflexiones de San Alberto Hurtado: “El cristianismo no es una doctrina abstracta, no es un conjunto de dogmas, preceptos y mandatos, ¡El Cristianismo es Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios, (que fue, y sigue siendo lo insoportable para muchos): “El Padre y Yo somos Uno…, quien me ve a Mí, ve al Padre…, Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Que la persuasión llegue desde dentro: “Cristo no es una devoción, ni siquiera la primera ni la más grande, ¡el Cristianismo es Cristo!” Que Él se apodere de mí, que deje que su Gracia actúe eficazmente y me atreva, por la fuerza del Espíritu Santo a expresar, humilde pero gozosamente: “Mi vivir es Cristo… Vivo yo, ya no yo, sino que Cristo vive en mí”; porque me he esforzado en conocerlo, en tratarlo, en seguirlo, y, con gran humildad, en imitarlo, con una fe “que me haga hambrear lo sobrenatural:¡ser Cristo!”

El mundo creerá en las obras, dudará de cuanto se quede en palabras: “¡Seamos realizadores de la Palabra, no nos quedemos simplemente en oyentes!”

¡Que caminemos no por tus caminos sino por Ti, Camino que conduces al Padre!

20º Ordinario, 17 Agosto 2008.

Is. 56: 1, 6-7; Salmo 66; Rom. 11: 13-15, 29-32; Mt. 15: 21-28.

“¡Un solo día en la casa del Señor, vale más que mil lejos de Él!” Estar constantemente bajo su protección, vivir a su vera, “sentir la palma de su mano sobre nuestra cabeza”, como tiernamente expresa el salmo 139; ¡qué tranquilidad se experimenta cuando esta realidad se hace consciente! Desde ese contacto con Él, ciertamente se encenderán los corazones de tal forma que incendiaremos al mundo, amaremos al Señor no por lo que nos promete, y que ni siquiera alcanzamos a imaginar, sino por que Él “lo es todo”.

Ese fuego nos abrirá los ojos para encontrar en los demás y especialmente en aquellos que más nos necesitan, la fuerza para velar por sus derechos, para luchar por la justicia e invitar a la salvación. ¡Cuántas veces hemos escuchado a los profetas recordarnos que lo que agrada al Señor no son tanto los holocaustos, sino la fidelidad y la misericordia, signos indispensables para una verdadera convivencia humana. Si la insistencia persiste, y, más hoy en día, es porque señala el camino para llegar “al monte santo y colmarnos de alegría en la Casa de Oración”, así nos convertiremos en conductores de los pueblos para que alaben al Señor.

¡Que contraposición tan ilustrativa: el rechazo de unos se ha convertido en llamado para todos! La tristeza que expresa Pablo por el alejamiento de su pueblo, el elegido, lo ha empujado, movido por el Espíritu, a llevar la Buena Nueva a los gentiles. Sabe Pablo leer los signos de los tiempos y los interpreta de modo constructivo: el ver los judíos el gozo que llena los corazones de los “que antes eran rebeldes”, sin duda los impulsará a aceptar la misericordia que Dios siempre ofrece, porque “Él no se arrepiente de sus dones ni de su elección”.

Mirémonos atentamente: fuimos y seguimos siendo “elegidos”, porque Dios es fiel; ¿nos hemos vuelto rebeldes? Llamados a ser ejemplo y conductores de los pueblos, ¿nos desviamos del camino? ¡Demos gracias a Dios porque nos brinda la oportunidad de recapacitar, de desandar los equívocos, de retomar la senda que lleva al “monte santo, a la casa de oración”!

Oración, confianza, fe que crecen en tierra de “gentiles”, en medio de un pueblo hostil al judaísmo, en el corazón de una mujer cananea; el más grande acicate para implorar a Dios es el amor por los demás, por los más próximos y ahí está ella, gritando, quizá sin medir la hondura de sus palabras, “Señor, hijo de David, ten compasión de mí”. Jesús la ignora, sigue caminando; los discípulos, no por compasión sino por propia conveniencia, interceden: “Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”. La respuesta de Jesús a ellos y a la mujer, nos desconcierta, probablemente nos molesten, ¿cómo es que se resiste y aun parece injuriar a la extranjera? “He sido enviado a las ovejas descarriadas de la casa de Israel…, no está bien quitar el pan a los hijos y echarlo a los perritos”; cuando la necesidad y el amor son intensos, los obstáculos se hacen pequeños: “Es cierto, pero los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”¡ Cómo se hace presente el grito de Pablo: “¡Sé en Quién me he confiado!” La alabanza y el don no se hacen esperar: “Mujer, qué grande es tu fe, que se cumpla lo que deseas”. ¿Qué más cabría comentar después de que Jesús Camino nos redescubre el camino para llegar, como iniciamos, al Monte santo, a la Casa de Oración”? ¡Señor que puedas decir de nosotros lo que dijiste de la mujer cananea!

Presentación

Con mucho gusto, y con permiso expreso del autor, presento las reflexiones de las lecturas de la Eucaristía para las celebraciones dominicales de mi amigo Federico Brehm SJ, el P. Fritz.

Oportunamente aparecerán cada semana, en periodos de recesos vacacionales escolares posiblemente no puedan aparecer.

Si alguien se quiere poner en contacto con el autor, con gusto lo remitiré.

Atentamente.

Manuel Durón Olloqui, administrador del blog.