martes, 1 de julio de 2014

14° Ordinario. 6 Julio 2014.

Primera Lectura: del libro del profeta  Zacarías  9: 9-10
Salmo Responsorial, del salmo 144: Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los romanos 8: 9, 11-13

Dios se entrega no a los autosuficientes sino a los humildes, ya que abren su corazón al mismo Dios. Cristo los librará de cargas pesadas inventadas por los hombres y les enseñará a llevar la carga ligera del servicio amoroso
Evangelio: Mateo  11: 25-30.

Recordar lo agradable, anima, fortalece, entusiasma; ¿con qué frecuencia recordamos “los dones del amor del Señor”? No es necesario hacerlo en medio de su templo, es posible siempre, en el templo de nuestra interioridad: “Ustedes son templos de Dios”, y más consolador lo que el mismo Jesús asegura: “El que me ama, guardará mis mandamientos, vendremos a él y haremos en él nuestra morada”. Recordar los dones, es recordar, tener presente, al dador de los dones y al hacerlo, conocemos y reconocemos su bondad, su compasión, su misericordia, su amor y brotará, espontánea, la alabanza; bendeciremos al Señor, “diremos bien” de Él, como él lo hace de nosotros.

Al domingo antepasado lo llamamos: ¡liturgia de la Confianza!, hoy es de la alegría y el reposo. ¿Qué mayor alegría que sabernos libres de la esclavitud del pecado?  Ya anuncia esa alegría Zacarías: “Mira tu Rey viene a ti, justo y victorioso, humilde y montado en un burrito”, arco que se abre aquí y se cerrará en el Domingo de Ramos en el que vemos a Jesús, no con esplendor ni montando un caballo, sino en un burrito,  descalificando los poderes terrenales, los carros y los arcos, para trocar el poder que subyuga por el que lleva a la paz y ofrece un reposo que no termina, en la felicidad eterna.

No aceptar a Cristo, vivir al margen de su mensaje, (¡cuántos lo hacemos “de manera callada”!), es sencillamente no tener el Espíritu de Cristo, y “continuar sujetos al desorden egoísta que hace del desorden regla de conducta”. Con tristeza nos vemos envueltos en ese desorden; con tristeza y angustia constatamos que la humanidad, nuestra sociedad, y nosotros con ellas, nos movemos en ese “desorden egoísta”, que nubla la visión, cierra el horizonte y priva de la paz, la felicidad y el reposo. ¡Qué luz nos ofrece, el cambio!, “si el Espíritu del Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en nosotros”, ese mismo Espíritu “dará vida a nuestros cuerpos mortales”, inicio, sin fin, de esa alegría y reposo, tan anhelados.
Mateo nos permite contemplar a Jesús que da libre curso a lo que llena su corazón: ora lo que vive y vive lo que ora; dejémonos impresionar por su actitud, sus palabras, su ejemplo, su invitación.

¿Consideramos la oración como dimensión importante en nuestro diario caminar? Jesús la hace en medio de la actividad; oración filial, intensa, cimentada en la unidad del Padre con el Hijo; brota de la riqueza de su vida interior en constante relación con el Padre. “¡Da gracias!”,  reconoce y alaba. ¡Cuánto por aprender! Son los” sencillos” quienes comprenderán “estas cosas”: la unidad del Padre y el Hijo, la divinidad de Jesús, la realidad de que sólo Él es Camino para ir al Padre. Esto es incomprensible para “los sabios y entendidos”, para quienes buscan un Dios a la medida de su razón y piden pruebas “lógicas”. Una vez más, ¿confiamos en la acción del Espíritu de Dios en nosotros?


“Aprendan de Mí que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán reposo, porque mi yugo es suave y mi carga es ligera”. Jesús no oculta que el camino es arduo, pero posible. Él va delante y nos promete, Palabra de Dios, que “dará alivio a los fatigados y agobiados”, hagámosle caso, todavía más cuando la fatiga y el agobio nos acosen. Pidamos ser sinceros con Él y con nosotros mismos.    

viernes, 27 de junio de 2014

Fiesta de San Pedro y San Pablo. 29 junio 2014.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 3: 1-10
Salmo Responsorial, del salmo 18
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los gálatas 1: 11-20
Evangelio: Juan 21: 15-19.

Celebramos, no el recuerdo sino la presencia de dos pilares de la Iglesia: Pedro: Roca, torbellino, entusiasmo, promesas, fallos, conversión y entrega hasta la muerte en cruz. Pablo: celo incansable, fidelidad y constancia en sus creencias, convencimiento que lo impulsa con todas sus fuerzas a perseguir a los que siguen el Camino, hasta que Jesús hecho Camino, lo envuelve en su luz y lo transforma en incansable Pluma peregrina a la que ni siquiera la espada podrá detener.

Creaturas, tal como nos percibimos a nosotros mismos, llenas de dones, de cualidades, pero también de limitaciones, encuentran a Cristo y se dejan encontrar por Él, por caminos muy diferentes que coincidirán, porque no puede ser de otra forma, en Aquel que los llamó y a Quien ellos aceptaron. ¡Qué variadas son las manifestaciones del Espíritu!

Pedro sigue, así, simplemente sin más a Jesús, si leemos la narración de Mateo: “Vengan y síganme y los haré pescadores de hombres e inmediatamente lo siguieron.”  (4:19-20), estaba con su hermano Andrés; no hay preguntas, no hay proposiciones, seguro si que hubo un profundo intercambio de miradas y eso bastó. Coincide con Marcos. En Lucas precede una experiencia que Pedro asimila rápidamente; el Señor elige su barca para predicar a la orilla del lago, “la fe viene por la predicación”, ¿qué quedó en el interior del pescador?, lo descubrimos después de la invitación que le hace Jesús para que eche las redes y él, a pesar de su experiencia y no haber sacado nada en toda la noche, supera su propio parecer, obedece y en la pesca se encuentra a sí mismo “pescado por el Señor”: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”, (5: 4-11), Jesús ha tomado posesión de esa interioridad: Lo sosiega: “No temas…, y dejándolo todo lo siguieron”.

Sólo teme a su propia debilidad y la llora arrepentido. Siente confusión ante la pregunta de Jesús: “¿Me amas más que estos?”, la amarga experiencia vivida ha transformado el arrebato en humildad y confianza: “Señor, Tú sabes que te amo”, y, otra vez, sin detenerse a medir consecuencias, acepta el encargo de Cristo: “Apacienta mis ovejas”. Guía a la Comunidad naciente, sufrirás por ella pero ella orará por ti y volverás a ser libre para repartir lo que colma tu corazón. ¡Que pudiéramos decir, como Pedro al paralítico:”Lo que tengo eso te doy, en nombre de Jesús Nazareno, levántate y camina”!

Pablo, viajero incansable, intenso en su entrega, supo discernir y dejar que creciera en él la fuerza del Espíritu, nos deja ver hasta dónde puede llegar un apasionado por Cristo y por el Evangelio: “Vivo yo, ya no yo, sino que Cristo vive en mí”. Nada le importa de este mundo, sus ojos, su mente, su corazón y sus deseos están puestos en la meta final: “Todo lo considero como basura, con tal de ganar a Cristo”. Ejemplo que nos impulsa a anhelar lo que perdura: “Ahora sólo espero la corona merecida, con la que el Señor, justo juez, me premiará aquel día, y no sólo a mí sino a todos los que esperan, con amor, su glorioso advenimiento”.

¡Qué fácil es la conversión auténtica cuando la creatura permite actuar a su Creador y Señor!

Dios siempre está dispuesto, pidamos a Pedro y Pablo su intercesión para que Él nos ayude a disponernos  y a hacer florecer las mociones del Espíritu.  

   

viernes, 20 de junio de 2014

12º ordinario, 22 junio 2014.

Primera Lectura: del libro del profeta Jeremías 20: 10-13
Salmo Responsorial, del salmo 68, Glorifica al Señor, Jerusalén
Segunda Lectura: de la carta de san Pablo a los romanos 5: 12-15
Evangelio: Mateo 10: 26-33.

 ¡Confianza! Es el hilo conductor de la liturgia de este domingo; confianza continuada, firme, que si lo es, será segura aunque el ámbito interior y exterior infundan miedo, por eso sentimos la necesidad de buscarla más allá de las limitaciones y las amenazas, de la debilidad de nuestra naturaleza dejada a sí misma.

 Fe, esperanza, confianza, están íntimamente unidas por el conocimiento de Aquel en cuyas manos hemos dejado nuestro ser, pues nos ha sembrado en su amistad: “A ustedes los he llamado amigos”; nuestras raíces se alimentan de la hondura de Dios, como árboles plantados junto al río,  jamás se secarán, producirán frutos congruentes: respuesta de amor filial y alejamiento aun de lo más mínimo que pudiera empañar esta relación.

 No estamos en la situación de Jeremías, ante una persecución abierta: “Oía el cuchicheo de la gente…, todos esperaban a que tropezara, diciendo: si tropieza y cae, lo venceremos…”, sino ante una más peligrosa: la indiferencia, quizá la burla y el desprecio: ¡Mira estos todavía creen en Dios y en Jesucristo, en que el Espíritu actúa en la Iglesia; creen en la oración y los sacramentos; pobres ilusos!

 ¿Confiamos como Jeremías, oramos como él?, “Señor de los ejércitos que pones a prueba al justo y conoces lo más profundo de los corazones…, a Ti he encomendado mi causa y has salvado la vida de tu pobre de la mano de los malvados”; no queremos invocar al Dios de la venganza, sino de la misericordia, de la luz, del perdón, para que, por nuestra firme adhesión a su voluntad, a ejemplo de Jesucristo, invitemos a los hombres, a todos, a que descubran “que el Señor es bueno”, que la prueba de esa bondad se encarnó en su Hijo que vino a librarnos del pecado y de la muerte, y aun cuando veamos en nuestra sociedad, y aun en nosotros mismos, los delitos, la creciente ruptura de relaciones con Dios y entre los hombres, confiemos que “el don otorgado por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos”.

 Jesús, nos  pide tres veces que no temamos: “No teman a los hombres”, la verdad acabará por relucir en todo su esplendor, nada quedará oculto, la Buena Nueva no es pequeño anuncio de una alborada que queda inconclusa, sino realidad de que el Padre nos quiere y nos cuida mucho más que a los pajarillos o a los cabellos de nuestra cabeza; “valemos mucho más que todos los pájaros del mundo”.


 El final del Evangelio de hoy nos hace pensar y volver a pensar si el entretejido de nuestra vida avanza en el camino de la conjunción de Fe, Esperanza y Confianza, si permanece mirando hacia la trascendencia, si nuestra unión a Jesús y la aceptación y vivencia de sus criterios se convierten en la forma cotidiana de los pasos, si con Él superamos los miedos internos y externos…, de ser así, ¡saltaremos de gozo porque  “nos reconocerá ante el Padre que está en los cielos”!  

domingo, 15 de junio de 2014

Santísima Trinidad, 15 junio 2014.

Primera Lectura: del libro del  Éxodo 34: 4-6, 8-9
Salmo Responsorial, del salmo 3, A ti gloria y alabanza por los siglos
Segunda Lectura: de la carta de san Pablo a los corintios 13, 11-13
Evangelio: Juan 3: 16-18.

Celebramos el “misterio” escondido desde los siglos en Dios, pero revelado por Jesucristo y ratificado por el Espíritu Santo. “Misterio”, porque nosotros no podríamos ni imaginarlo, pero que Dios en y por Jesús lo ha manifestado al darnos a conocer “su inmenso amor”.

“Creados a imagen y semejanza de Dios”, (Gén. 1: 26) vemos la llamada y el alcance de nuestra manera de crecer conforme a esa “imagen y semejanza”: Dios no es ni solitario ni lejano; Dios es perfecta y continua Comunicación, convivencia, cordialidad, bondad, entrega. Identidad que es el Hijo Encarnado y Amor que es el Espíritu derramado en nuestros corazones. Amor que se define a Sí mismo: “Compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”. ¡Qué lejos estábamos de la Realidad íntima de Dios! ¡Qué agradecidos ahora que se nos ha dado a conocer! “Nadie conoce mejor el interior del hombre que el espíritu del hombre que está en el hombre; nadie conoce mejor el interior de Dios que el Espíritu de Dios que es Dios…” (1ª. Cor. 2: 10-11) Y “nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo ha revelado”.  Ya somos poseedores de ese conocimiento, “El que cree en el Hijo, cree en el Padre”, y todavía más: “Cuando les envíe el Espíritu los confirmará en la Verdad que les he enseñado”.   ¡Esta es nuestra Fe que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús, Señor nuestro! Es verdad que Dios Infinito nos sobrepasa y nuestra inteligencia se estremece y se siente tentada a dudar; pero no lo hará porque “sabe en Quién ha puesto su confianza”.

El cristianismo o es Trinitario o no es cristianismo. “La Gracia de nuestro Señor Jesucristo, el Amor del Padre y la Comunión del Espíritu Santo, están siempre con nosotros”.   Nos santiguamos Trinitariamente, todas nuestras oraciones finalizan con la invocación Trinitaria, Glorificamos, juntamente, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, creemos en el Padre, el Hijo y el Espíritu vivificador, hemos sido bautizados en el nombre de Dios Trino y Uno, nuestra despedida del día y de la vida está cobijada por el Padre Creador, por el Hijo Salvador, por el Espíritu santificador.


Alentadora, fortalecedora, comprometedora es nuestra aceptación porque está fundada, no en razonamientos humanos, sino en la Palabra Verdad y Promesa, que se ha cumplido y nos ha liberado; en el Amor Trinitario hecho “carne” como la nuestra en Cristo Jesús para que podamos recibir la herencia imperecedera de Aquel a quien confiadamente llamamos “¡Abba!”, “Padre”.  

jueves, 5 de junio de 2014

Pentecostés, 8 de junio de 2014.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 2: 1-11
Salmo Responsorial, del salmo 103: Envía, Señor, tu Espíritu a renovar la tierra. 
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 12: 3-7, 12-13
Aclamación: Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. 
Evangelio: Juan 20: 19-23.

Concluye, hoy, el Tiempo Pascual, desde la “Pascua Florida”, llegamos a la “Pascua Granada”. “No sólo es de flores la fiesta, sino Flor de Fruto es ésta”. Cristo regresó al Padre; reconoció, con toda la fuerza de su Verdad que “todo estaba cumplido”, en lo que a Él se refería. Conforta a sus discípulos con esa presencia intermitente y repite, una y otra vez, que la promesa pronunciada, se cumplirá: “De aquí a pocos días serán bautizados en Espíritu Santo y en Fuego”.

Viento y fuego que rompen las ataduras de la timidez y la desesperanza, que construyen un lenguaje nuevo, que trastocan la confusión de Babel, que dejan atónitos a los oyentes y los congrega en el gozo de escuchar, en su propia lengua, “las maravillas del Señor”.  La lista de 15 países diferentes anuncia la universalidad del llamamiento a la Esperanza, a la Verdad, a la Comunión.

La consolidación de la Iglesia está sellada e inicia su acción; exactamente la misma que Jesús ha llevado a plenitud en su entrega sin límites: la Buena Nueva, el perdón, la unión con el Padre a través del mismo Espíritu. “No son ustedes los que me han elegido, sino que yo los he elegido para que vayan y den fruto y ese fruto perdure”. “No tengan miedo, el Padre pondrá en sus bocas las palabras exactas que no podrán rebatir los adversarios.”  

Que nuestra oración haya estado colmada de confianza al recitar el Salmo: Ahí está, verdaderamente, la única posibilidad de cambio: “Envía Señor tu Espíritu a renovar la tierra.”  ¿Qué nos responderá el Señor?: Ya lo envié y continúa presente, ¡déjenlo actuar! Él es Quien conjuntará la diversidad de miembros, como lo hizo en la primera comunidad cristiana, para que sean Un solo Cuerpo en Cristo Jesús. Dones al por mayor, pero una sola finalidad: el bien común. En serio necesitamos esta fuerza que viene desde arriba para que anide en nuestros corazones. ¡Es tan profundo nuestro aislamiento egoísta, nuestra falta de audacia y valentía para dar una respuesta digna, que únicamente Él nos comunicará, la convicción, hecha acción, para decir: “Jesús Es el Señor”!

El saludo de Jesús a sus discípulos:”La paz esté con ustedes”, lleva consigo algo sumamente importante para nuestras vidas: ¡el perdón! Perdón y purificación que Él nos otorga para que hagamos lo mismo.

Reitera “el envío”, la misión y tarea: que seamos cristos vivos, consoladores y amigos, nos miremos y tratemos como hermanos “para que el mundo crea”.


Oremos al Espíritu: “Concede a aquellos que ponen en ti su fe y su confianza, tus siete sagrados dones. Danos virtudes y méritos, danos una buena muerte y contigo el gozo eterno.”

domingo, 1 de junio de 2014

La Ascensión del Señor, 1º. Junio 2014.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 1: 1-11
Salmo Responsorial, del salmo 46
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los Ef. 4: 1-13
Evangelio: Marcos Mc. 16: 15-20.

La antífona de entrada nos anticipa el fin del relato que leímos en Hechos de los Apóstoles: no podemos quedarnos inmóviles “mirando al cielo”, con un sabor amargo de separación y despedida, y menos aún con un corazón frustrado porque nada de lo  que esperábamos ha sido como lo esperábamos. ¿Cuánto de visión terrena existe en el trato con Cristo, vamos penetrando en la totalidad del Misterio de Jesús, con una mirada pobre pero que se esclarecerá con la llegada del Espíritu Santo? Mirada que no se inició con la llamada del mismo Jesús a los discípulos y a cada uno de nosotros, sino desde el instante de su Encarnación, lo escondido de su vida oculta, sus andares por la tierra anunciando el Reino, su Pasión, su Muerte, su Resurrección y ahora, su glorificación: “nadie sube al cielo excepto el que bajó del cielo”. (Jn. 3: 13) Verdaderamente ahora “Todo está cumplido”, (Jn. 19: 30).

En el camino que finalizará con su despedida, el Señor instruye a los discípulos, y como siempre, en ellos a nosotros; igual que ellos, necesitamos crecer en la fe, mirar más allá de los anhelos terrenos, sentir que la debilidad propia de nuestra naturaleza es capaz de ser fortalecida: “Aguarden a que se cumpla la promesa del Padre…, dentro de pocos días serán bautizados en el Espíritu Santo”. De sobra sabemos que “Dios es fiel a sus promesas”; ésta la sigue cumpliendo, en la Iglesia, en los Sacramentos, en la Eucaristía. El Espíritu de Dios, que es Dios, como el Padre y Jesucristo, está presente, la Santísima Trinidad, nos guía, nos conduce y nos ilumina continuamente. De verdad necesitamos la luz del Espíritu par seguir confiando “en la eficacia de su fuerza poderosa”. Llamados a ser uno en Cristo para que se cumpla su Palabra: “en Él nuestra alegría será plena”.

Ayúdanos, Señor, a comprender lo que dijiste en ese largo “testamento” preñado de sentido de trascendencia, de cariño y de entrega: “Si me amaran, se alegrarían conmigo de que me vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo”. (Jn. 14: 28) Aceptar tu realidad humana como la nuestra y nuestra vocación de eternidad, como la tuya. La exhortación de Pablo nos hace pisar la realidad para llegar a la Realidad: “llevar una vida digna del llamamiento que hemos recibido; humildes, amables, comprensivos, - simplemente como Tú -, unidos en el amor y en la certeza de que el Espíritu nos conjunta para formar un solo cuerpo”.

Tú sí puedes decir: “me voy pero me quedo”; ya no hay fronteras terrenas ni limitaciones espaciales, te nos entregas a todos y tu llamamiento persiste, incesante, de modo que no exista quien no haya escuchado de Ti y del Reino. Lo sabemos pero nos lo recuerdas: ha llegado la hora de la Iglesia, Tú quisiste tener necesidad de los hombres y nos sentimos, debemos sentirnos contentos porque, desde Ti, todas nuestras acciones cobran sentido, tienen horizonte y se encaminan a la meta que ya lograste en Ti y para todos.


Te pedimos que sigas reforzando la fe de la Iglesia, la nuestra y que tengamos los ojos abiertos para constatar que “actúas con nosotros y confirmas la predicación”; en verdad no te pedimos milagros, sino que nos conviertas a cada uno en un milagro de tu presencia en el mundo.

jueves, 22 de mayo de 2014

6° de Pascua, 25 mayo 2014.

Primera Lectura: lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 8, 5-8. 14-17
Salmo Responsorial, del salmo 65: Las obras del Señor son admirables, Aleluya. 
Segunda Lectura: lectura de la Primera Carta del apóstol san Pedro 3, 15-18
Aclamación: El que me ama, cumplirá mi palabra, dice el Señor; y mi Padre lo amará y vendremos a él.
Evangelio: Juan 14, 15-21

¡Promesas que de verdad se cumplen, porque, ya lo sabemos, provienen del Señor! La invitación a anunciar la Buena Nueva hasta los últimos rincones de la tierra, sigue en presente.

Continuamos, captemos el tiempo verbal ”continuar celebrando”, significa que iniciamos y permanecemos en la misma actitud: Gozo, Alegría, Aceptación, Fe en Cristo Resucitado, “primicia de los que duermen”. Ya hemos reflexionado muchas veces que si la primicia es buena, la cosecha está asegurada, nosotros somos esa cosecha: “Cristo en su Cuerpo Místico, estará completo cuando el último hombre resucite.”

San Lucas narra que ha comenzado la “diáspora”, la dispersión, a causa de la persecución, ¡qué medios tan especiales utiliza el Señor, para que se desarrolle su mandato: “vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio”.  Los seres humanos creemos que con la muerte, en este caso la de Esteban, todo termina; para el Señor, es el principio de la Vida. Felipe, uno de los diáconos, llega a Samaria, predica, convence, convierte, con y por la acción que le inspira el Espíritu. Posteriormente llegan Pedro y Juan, imponen las manos y los samaritanos “reciben el Espíritu Santo”.  Una vez más: Dios entre nosotros, por Cristo en el Espíritu hace crecer a la Iglesia.

Desde lo profundo de nuestros corazones pidámosle que veamos que con su venida “renueve continuamente la faz de la tierra.”  Que llevemos a cabo lo orado en el Salmo y nos dejemos impregnar de esa presencia amorosa, inacabable de Dios: “Las obras del Señor son admirables”, y no pueden ser de otra manera.

Insiste San Pedro en que la convicción salga a flote: “Den razón de su esperanza a los que se la pidan”, y me permitiría añadir: aunque no nos la pidan, que al vernos superar las tribulaciones, las disensiones, los embates de quienes se resistan a creer, por nuestras obras hagamos comprender que hemos aprendido la enseñanza de Cristo, El Justo, y junto con cuantos nos rodean lleguemos a la resurrección. Todo esto avalado con las obras, como nos pide el mismo Jesús en el Evangelio: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos y Yo rogaré al Padre y les enviará otro Consolador, el Espíritu de la Verdad”. Ya Él mismo ha realizado su misión de consolar, de animar, de impulsar, se va al Padre, pero nos enviará “Otro” con las mismas funciones y este Espíritu, que es Dios, nos enseñará a entender lo que es la Fe: la Unidad entre el Padre y Cristo en el mismo Espíritu; esa es la manera de participar en y de la vida Trinitaria: “Estar en el Padre y estar en Cristo y ambos en nosotros”. Manifestación que, valga la redundancia, debe manifestarse, “para que el mundo crea”.


El final es grandemente esperanzador: “Al que me ama a Mí, mi Padre lo amará, y Yo también lo amaré…”  Futuro que ya es pasado y continúa en presente: “Lo amo” ¡Dejémonos penetrar por esta realidad!: ¡Dios me ama!, y estoy seguro que cambiará nuestra vida.

martes, 13 de mayo de 2014

5° Pascua, 18 mayo 2014.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 6: 1-7
Salmo Responsorial, del salmo 32: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pedro 2: 4-9
Evangelio: Juan 14: 1-12.

Cristo, Nuestro Camino, Verdad y Vida
Los que creen en Cristo pueden hacer lo que Cristo hizo, e ir a donde él les conduzca, ya que Cristo es para nosotros el Camino, la verdad y la vida.

¡Qué insistencia de parte del Espíritu a través de la Liturgia, para que abramos lo más grande posible, nuestros ojos y nuestro corazón, para que nos solacemos en las maravillas de la Creación, para que no cese nuestra boca de reconocer las maravillas del Señor! La velocidad en la que vivimos, por la que nos hemos dejado arrastrar, nos impide los momentos de interiorización, de silencio, de asombro, de gratitud. ¿Nos hemos acostumbrado a ver sin “mirar”, a vivir lo inmediato como si nos fuera debido y no como regalo de nuestro Padre, a vagar sin rumbo?

En la oración persistimos, de otra forma, en lo pedido el domingo anterior: “que llegue tu pequeño rebaño, a donde ya está su Pastor resucitado”.  Hoy: que su mirada de amor, sentido y consentido, nos mantenga y acreciente en la fe, para que “quienes creemos en Cristo, obtengamos la verdadera libertad y la herencia eterna.” Reinsistencia en lo que perdura, en lo que llena de paz, en lo que conduce a lo que debe ser, diario, nuestro único horizonte, como le decíamos en el Salmo hace ocho días: “El Señor cuida de aquellos que lo temen.” 

La primera lectura nos hace ver que en toda comunidad, al fin y al cabo formada por seres humanos, aparecen ciertas disensiones, envidias, malentendidos; la solución debe ser la misma: “Piensen, oren, disciernan, bajo la Luz del Espíritu Santo”. ¡Con qué increíble familiaridad, con qué convicción oran, creen y actúan buscando siempre lo mejor para que el Reino, la Iglesia, crezcan! Ejemplo a imitar urgentemente: la importancia de la colaboración de todos, como “piedras vivas”, para la construcción del templo espiritual. Asistimos al nacimiento del diaconado, del servicio material y espiritual: los diáconos, que significa servidores, son elegido de en medio de la comunidad, pero fijémonos en sus características: “honrados, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría”, y volvemos al punto crucial: El Espíritu Santo es quien prosigue la obra de Cristo. ¿Qué tan dispuestos estamos para esta elección-misión? La Iglesia somos todos, o existe una colaboración activa, o seremos “piedras muertas”. Hay muchas cosas que no pueden realizar los Pastores, sean obispos, párrocos, sacerdotes o religiosas, es imprescindible que cada fiel se sienta comprometido con el Cuerpo de Cristo, con los demás, con el trabajo parroquial, con la promoción de la evangelización, con una sólida preparación. ¿Captamos lo importante que es nuestra respuesta?

Vamos juntos hacia el Padre, el único Camino es Jesucristo quien, gracias a las inquietudes y dudas de Felipe y Tomás, nos descubre su identidad con el Padre y nos anima a seguirlo para llegar a “la casa del Padre donde hay muchas habitaciones que ya nos tiene preparadas, para que donde Él está, estemos también nosotros.” Confirmamos la meta de nuestro caminar: la trascendencia y la felicidad sin límites, sin sobresaltos, sin temores. Como comentaba el domingo pasado: Quien tiene a Dios y es tenido por Él, lo tiene todo.

Oremos al Espíritu Santo para que reafirme nuestra fe en el Padre, en Cristo y en Él mismo, no tanto para hacer “cosas mayores”, sino para mantenernos en la fidelidad y en el amor prácticos, constantes y crecientes.


miércoles, 7 de mayo de 2014

4°. Pascua, 11 Mayo 2014.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 2: 14, 36-41
Salmo Responsorial, del salmo 22: El Señor es mi pastor, nada me falta
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pedro 2: 20-25
Evangelio: Juan 10: 1-10.
Jesús es el Buen Pastor que no abusa de su poder, sino que nos conoce personalmente y es nuestra puerta hacia la felicidad y alegría perdurables.

Toda la liturgia de hoy está enfocada para que escuchemos la voz del Buen Pastor. “El Buen Pastor da la vida por sus ovejas”. No corramos el riesgo de quedarnos en la comparación que quizá ahora no nos diga mucho: el rebaño y el pastor, vayamos más adentro: Cristo Puerta, Cristo Guía, Cristo Vida.

La oración que elevamos a nuestro Padre, ya nos pone en la ruta: “llévanos a gozar de las alegrías celestiales, para que tu rebaño, a pesar de su fragilidad, llegue también a donde lo precedió su glorioso Pastor”.   Seguir a Cristo es ir hacia el Reino, ¿algo más debe importarnos en la vida?

Pedro, no olvidemos que está impulsado por el Espíritu, prosigue en su arenga y echa en cara a los israelitas su desvío y trata de convencerlos de que Jesús es “el Señor”. El Espíritu continúa con su acción: “sus palabras les llegaron al corazón”. ¿Llegan al nuestro de manera que repitamos la pregunta que le hicieron?: “¿Qué tenemos que hacer?”. La respuesta sigue vigente: “Conviértanse en el nombre del Señor Jesucristo, se les perdonarán los pecados y recibirán el Espíritu Santo”. La promesa de Dios, tengámoslo presente, es promesa que se cumple y aquí ya abarca a todos los hombres. “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad,”  esa verdad que nos “pondrá a salvo de este mundo corrompido.” Es el mensaje del mismo Jesús, es el Espíritu que inspira, que conmueve, que convierte. Nos consideramos parte integrante de la Comunidad de la Iglesia, ¿actuamos como aquellos que recibieron así esta realidad e incrementaron la primitiva comunidad?

Si acaso la interrogante del camino nos asalta, tenemos la respuesta en el Salmo: “El Señor es mi Pastor, nada me puede faltar”. Quien tiene a Dios y es tenido por Él, lo tiene todo. Sin duda se presentarán “cañadas obscuras, hambre y sed”, todo quedará resuelto porque “su vara y su cayado nos dan seguridad”.  La petición que hicimos, se convierte en deseo ardiente: “Viviré en la casa del Señor por años sin término.”

Para llegar a la meta es necesario caminar, y en ese camino encontraremos, si de veras seguimos a Jesús: incomprensiones, calumnias, dificultades, desprecios…, Él, sin merecerlos, ya nos enseñó el modo de superarlos. “Con su muerte saldó la deuda que nos condenaba.” “Se ha convertido en Pastor y guardián de nuestras vidas.”  Dejemos que esta realidad nos transforme, no permitamos que nuestros interiores se “habitúen” a lo grandioso del Amor que Dios nos tiene y oremos, convencidos, para que seamos atentos a su voz, que la reconozcamos en medio de tanto ruido, que encontremos y traspasemos la puerta que Jesús nos abre para la Vida, no cualquiera, sino la “Vida en abundancia”.

Nos habla por nuestro nombre, ni se equivoca ni se olvida. ¿Lo escuchamos pronunciarnos, invitarnos, guiarnos, iluminarnos, alimentarnos? Como con los discípulos de Emaús persiste en alcanzarnos, en interesarse por nuestros pensamientos, en dialogar para que despejemos nuestras dudas y desahoguemos nuestros corazones. Sinceramente no podemos dejar nuestra respuesta al aire, seríamos unos desagradecidos e inconscientes. ¡Contamos con el Espíritu par no serlo!


domingo, 4 de mayo de 2014

3° Pascua, 4 mayo, 2014.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 2: 14, 22-23
Salmo  Responsorial, del salmo 15: Enséñanos, Señor, el camino de la vida. Aleluya
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pedro 1: 17-21
Aclamación: Señor Jesús, haz que comprendamos la Sagrada Escritura. Enciende nuestro corazón mientras nos hablas.
Evangelio: Lucas 24: 13-35.

Continúa la alegría de la Pascua. La Resurrección del Señor nos hace aclamarlo, cantarle, darle gracias y esto será grato a sus ojos si proviene de corazones renovados en los que bullen el gozo y la esperanza. Pedimos al Señor que nuestros labios no encuentren trabas.

Aunque, litúrgicamente hablando, no celebramos aún Pentecostés, Pedro y los discípulos ya sentían fuertemente su impulso. Los ánimos apocados y temerosos han desaparecido y florece, impetuoso, el viento del Espíritu. Pedro lleva a cabo el encargo de ser testigo de lo que es el núcleo del cristianismo: “Jesús, acreditado por Dios en obras y palabras, al que ustedes, israelitas, crucificaron, ha resucitado”.  Por eso se alegró el corazón de David, por eso se alegran nuestros corazones. No podía ser abandonado a la muerte el que es el autor de la vida, “recibió del Padre el Espíritu Santo y lo ha comunicado, como ustedes lo están viendo y oyendo.”   ¡Cómo necesitamos que cuantos nos rodean, puedan ver y oír lo que realiza ese mismo Espíritu en nosotros! Él sigue presente, pero, en ocasiones le amarramos las alas, impedimos que su gracia actúe en el mundo, no permitimos que haga patente el triunfo logrado ya por Cristo sobre el mal, el pecado y la muerte! 

El Salmo, orado conscientemente, ávidamente, hará, como lo hizo Jesús con los discípulos caminantes, “se nos abran los ojos y lo reconozcamos”.  De verdad, Señor, ansiamos que nos “enseñes el camino de la vida”, ese camino que nos aparte de “la estéril manera de vivir”; ese que nos haga aquilatar el precio que pagaste por nosotros, redimidos “no con oro ni plata, sino con tu sangre preciosa.”  ¡Qué valioso soy, qué valioso es cada ser humano! ¿Crezco en esta conciencia al tratarlos? ¿Caigo en la cuenta de la dignidad que Cristo ha recuperado para cada uno de nosotros? ¿Preparo, cada día, el encuentro con los demás para encontrar en ellos a Cristo? Como Pedro y los discípulos, ¿crezco en la Fe en el Padre, precisamente a través de Cristo y es Él la semilla cierta de mi propia resurrección? ¡Cuántas preguntas surgen y cómo cobra sentido lo pedido en el Aleluya: “Que comprendamos las Escrituras; enciende nuestros corazones”.


Parece que uno de los peregrinos que se dirigían a la aldea distante unos 11 Km. Era el mismo evangelista Lucas; acompañémoslos, escuchemos sus lamentos, miremos sus ojos cegados por la tristeza y la desesperanza. ¿No nos pasa lo mismo al acercarse Jesús? Tenemos horizontes estrechos, y eso nos impide “reconocerlo”. Mucho de bueno podemos aprender de ellos, al menos iban hablando “de lo sucedido”, Jesús aún estaba en ellos pero no lo comprendían.  Él nos sale al paso en lo cotidiano, nos alcanza en la vida, se interesa por nuestras pesadumbres, invita al diálogo, brinda amistad, con delicadeza, pero sin rodeos, reprende, sacude e ilumina: “¡Insensatos, duros de corazón para creer!”, y comienza a ilustrarlos a través de un recorrido, desde Moisés y los Profetas, hasta llegar a su propia entrega para “así entrar en su gloria”.  Lenta transformación de los interiores al contacto con la Palabra de Dios. No dudo que la paz los fuera inundando. El momento del reconocimiento lo tenemos a la mano: “En el partir el pan”.  Es la fuerza del Espíritu, el mismo Cristo que actúa y convierte: “Con razón nuestro corazón ardía cuando nos explicaba las Escrituras”.  Poco antes Jesús había aceptado la invitación, pero fijémonos bien en lo que dice el Evangelio: “Entró para quedarse con ellos.”  Y se ha quedado de la misma forma con nosotros. Con qué velocidad recorrieron el camino de regreso para ser como Jesús: partícipes del gozo a los compañeros. ¡Mucho para pensar!

miércoles, 23 de abril de 2014

2° de Pascua, 27 abril

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 2: 42-47
Salmo Responsorial, del salmo 117: La misericordia del Señor es eterna. Aleluya
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pedro 1: 3-9
Aclamación:
Evangelio: Juan  20: 19-31.

Abrir el corazón a la alegría, a la gratitud, porque Dios nos ha llamado al Reino. No por nuestros méritos, nos preguntaríamos: ¿cuáles?, los que mira el Señor, ¿encontraría alguno que mereciera lo que nos promete? Es su Misericordia la que nos ilumina, levanta en vuelo y asegura que la Fe en Él vale la pena; por ella superamos todas las adversidades y nos sentimos consolidados por el triple don ya recibido: “El Bautismo que nos purifica”, “el Espíritu que nos da Nueva Vida” y “la Sangre que nos redime”; profundizar en estos tres regalos bastaría para meditar y prolongar nuestra acción de gracias sin cesar e intentar recrear las actitudes de la primitiva comunidad cristiana, que, aun cuando algo idealizada, proyecta los frutos palpables de una Resurrección vivida y compartida: “constancia en escuchar la Palabra”, porque solamente conociendo el Bien podemos amarlo, tratar de hacerlo nuestro con raíces profundas, “como árboles plantados cerca del torrente, que dan fruto abundante” (Ez. 47: 12).

“La comunión fraterna”, precisamente la que reinstaura las relaciones que el pecado rompió, la que se abre universalmente a todos los hombres, aunque nos suene a utopía, la que Dios escribió en los corazones de todo y cada ser humano.

“La fracción del pan”, la Eucaristía como centro de la auténtica vida cristiana, la que alimenta y da cohesión más allá de las limitaciones de lengua, raza o nación, y nos permite, si lo dejamos, ser asimilados por Cristo. “La oración”, personal y familiar, la que conjunta a los amigos en el Señor, la que reconoce las carencias pero sabe dónde y a Quién acudir para remediarlas. Por eso causaban admiración, asombro, deseo de participar en ese género de vida. Sin individualismo egoísta, aceptando los sacrificios que suponía “tenerlo todo en común para que nadie pasara necesidad”. ¡Ese es el ideal, realizable desde la presencia del Espíritu que nos ha dejado Jesús! El reto está en presente, ¿no podríamos iniciar su realización, al menos, en el seno familiar e irlo extendiendo a cuanto podamos? Brotará, espontanea, la alegría que contagia y da vida a la vida.

El Salmo nos recuerda al Señor de la misericordia; desde Él nos sabemos edificados “en la Piedra que desecharon los constructores y Es la Piedra angular”, ningún torrente, ninguna avenida de las aguas, ningún viento impetuoso podrán destruir esa casa. “Sabemos en Quién hemos puesto nuestra confianza” (2ª. Tim. 1: 12). San Pedro sobreabunda en el tema de la Fe y la Esperanza: el Señor está con nosotros y nosotros queremos estar con Él para rebosar de alegría porque de Él viene la salvación.

Jesús Resucitado “regresa a buscar lo que estaba perdido”, a los que “estaban con las puertas cerradas”, es Consolador, es Paz, es seguridad que supera toda expectativa que, ni por asomo, pudiera imaginar la mente humana; sigue ofreciéndonos esa Paz, esa reconciliación, los fundamentos para que realicemos su anhelo, su proyecto, el fruto maduro de su entrega hasta la muerte: la comunidad de creyentes que se transformen en testigos de su vida, de su permanencia entre nosotros, por el Espíritu que ha comunicado a la Iglesia.

Tomás pide pruebas y la delicadeza de Jesús se las ofrece: “Aquí están mis manos…, aquí está mi costado, no sigas dudando, sino cree”. Al discípulo, desde su turbación, se le abren los ojos de la fe y va más allá de lo que mira: “Señor mío y Dios mío”.


Pidamos a Jesús que también a nosotros nos ilumine para reconocerlo en la creación, en los hermanos, en la Eucaristía y confesemos igualmente: “Señor mío y Dios mío”.

sábado, 19 de abril de 2014

Domingo de Resurrección. 20 abril 2014.

Primera Lectura: del Libro de los Hechos de los Apóstoles: 10: 34, 37-43
Salmo Responsorial, del salmo 117: Este es el día del triunfo del Señor. Aleluya Aleluya.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol pablo a los colosenses 3: 1-4
Aclamación: Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado; celebremos, pues, la Pascua.
Evangelio: Jn. 20: 1-9.”

¡Este es el día del triunfo del Señor!”. Aleluya.  La soledad, la angustia, el sufrimiento tienen un sentido, jamás han sido ni serán lo definitivo; son realidad y misterio a la vez; son compañeros de nuestro caminar al lado de Cristo; son invitación a penetrar, con fe, a veces temblorosa y dubitante, pero que quiere ser sincera, lo que vivió con plena convicción Jesús y cuantos lo han seguido, con la mirada y el ser entero clavados en Él y que confesaron con San Pablo: “Que nuestro orgullo sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo, porque  en Él tenemos la salvación, la vida y la resurrección, y por El hemos sido salvados y redimidos.”  (Gál. 6: 14) Quizá lo balbucimos temerosos, no será, si miramos el presente con la seguridad del futuro pleno de certeza: “He resucitado y viviré siempre contigo; has puesto tu mano sobre mí, tu sabiduría es maravillosa.”

Más allá de toda ciencia, de toda filosofía, de toda imaginación, está la realidad, la Palabra que se cumple, la promesa que llega a su plenitud: “El Hijo del hombre va a ser entregado a los gentiles, y será objeto de burlas, insultado y escupido y después de azotarlo, lo matarán y al tercer día resucitará.”  (Lc. 18: 31-33) El trago amargo, verdadero, dramático,    brutal, ha pasado, ahora está la victoria sobre el último enemigo que sería destruido, la muerte. (1ª. Cor. 15:25) “¿Dónde está, muerte tu victoria?, ¿dónde tu aguijón?”  (1ª. Cor. 15: 55) “Muriendo, destruyó nuestra muerte, resucitando nos dio nueva vida.”

¡Esta es la fe que alienta y fortalece a la primitiva comunidad cristiana! Es la que nos tiene    que consolidar en la Esperanza que con firmeza expresa San Pedro: “Dios ungió con el Espíritu Santo a Jesús de Nazaret y pasó haciendo el bien Lo mataron colgándolo de la cruz, pero Dios lo resucitó al tercer día… Nosotros hemos sido testigos… Hemos comido y bebido con Él, nos mandó a predicar al pueblo y a dar testimonio de que Dios lo ha constituido Juez de vivos y muertos… El testimonio de los profetas es unánime, que cuantos creen en Él, por su medio, recibirán el perdón de sus pecados.”   ¡Ésta es nuestra fe que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús, Señor nuestro! Ya resucitados con Él, “busquemos  los bienes de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios…, nuestra vida está escondida con Cristo en Dios.”  ¡Hagámosla patente! Como Él, “pasemos por la vida haciendo el bien”, pensando en lo que nos espera: “la manifestación gloriosa, juntamente con Él.”

Quien ama busca, aun lo que “humanamente parece perdido sin remedio”; ¡Busca la vida aun en la muerte! María lo hace, va al sepulcro, ve que la piedra ha sido removida, la agitación la envuelve, echa a correr y, angustiada, avisa a Pedro y a Juan: “Se han llevado al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto.”  Estos, a toda prisa se dirigen al sepulcro; llega Juan primero pero, respetuoso, aguarda a Pedro, mientras llega se asoma y mira “los lienzos puestos en el suelo”.  Llega Pedro y entran juntos, constatan lo ya visto “los lienzos en el suelo pero el sudario doblado, puesto en sitio aparte.”  Juan confiesa de sí mismo “vio y creyó, pues no había entendido las Escrituras según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos.”

¡Lázaro salió atado! Aquí comprende que las ataduras de la muerte han sido rotas y que ¡ésta es la verdadera Resurrección!

Cristo vive, Cristo triunfa, Cristo aguarda a que lo busquemos. Estemos seguros de que se dejará encontrar. Está mucho más cerca de lo que imaginamos. Confiemos en que nos abrirá el entendimiento y el corazón para comunicar a todos esta certeza y demos, con nuestras vidas, nueva vida al mundo. “Ya está su mano sobre nosotros”.


sábado, 12 de abril de 2014

Domingo de Ramos. 2014.

Bendición de las palmas: Mt. 21: 1-11.

Por un momento los judíos viven lo que anhelaban: ¡la llegada del Mesías Victorioso! La actitud de Jesús muestra lo que no pensaban, se presenta como: “...un rey, apacible, montado en un burro, un burrito, hijo de animal de yugo”…, no entendieron el mensaje. La emoción del momento fue fugaz, pues esos mismos que ahora lo aclaman: “¡Hosanna!, ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!,  gritarán días después: “¡Crucifícalo!”

Que el Señor fortalezca nuestros corazones para que no nos envuelvan la ingratitud y la superficialidad, y que nuestro júbilo sea porque vamos asimilando, “los sentimientos de Cristo Jesús”.

Textos de la Misa: Is. 50:4-7; Filip. 2: 6-11; Mt. 26:14 a 27: 66.

  • Es una liturgia larga, pero ¡bien lo merece el Señor y mucho lo necesitamos nosotros! Orar, meditar, contemplar y quedarnos admirados.
  • Isaías,  en uno de los cuatro cantos del “Sirvo Sufriente”, muchos años antes, nos describe a Jesús. Pablo en la carta a los Filipenses, nos hace recapacitar en el fruto de la obediencia al Padre, el himno cristológico: ese es el camino del amor por nosotros, la causa de su exaltación en la Resurrección.  Durante el relato de la Pasión, apliquemos las realidades contempladas.  En ella está condensada la confesión fundamental de la fe cristiana: “Jesucristo es el Señor”.    
  • La oración Colecta, el Prefacio y la oración sobre las Ofrendas nos hacen mantener el  ritmo en el mismo tono: por la Pasión, la Cruz y la Muerte, hacia la Resurrección.
  • Mateo narra lo sucedido. Sorprende la extensión del relato de un solo día de la vida del Señor.
  • Acompañemos a Cristo en esta máxima prueba. “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.” (Jn. 15:13)
  • Mientras escuchamos, vayamos captando las actitudes de Cristo y las de los personajes que intervienen. ¿Con quiénes nos identificamos?
  • En un momento de silencio permitamos que se asienten en nuestro interior las vivencias que el Espíritu haya suscitado.
  • Escuchamos la Pasión, en la liturgia dominical, para que nuestros corazones vivan en la semana lo que Cristo hizo por nosotros y para que comprendamos cómo inicia la ascensión la Pascua.
  • El próximo domingo reviviremos el culmen de esta entrega: “Por eso Dios le dio un nombre sobre todo nombre” (Filip. 2: 9)
  • Solamente asemejándonos a Cristo en la entrega lo seguiremos en la resurrección.
  • Pidamos esta actitud para recibir el don nuevo de Cristo y de su Espíritu.

viernes, 4 de abril de 2014

5° Cuaresma, 6 abril, 2014.

Primera Lectura: del libro del profeta Ezequiel 37: 12-14
Salmo Responsorial, del salmo 120: Perdónanos, Señor, y viviremos. 
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los romanos 8: 8-11
Aclamación: Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor; el que cree en mí no morirá para siempre. 
Evangelio: Juan 11: 1-45.

¡Defiéndeme, Señor, de mí mismo; de mi superficialidad, de mi apatía, de mi injusticia para contigo y los demás! ¡Soy, tantas veces, mi peor enemigo que por eso quiero poner toda mi confianza en Ti, mi Dios y mi defensa!

Con la seguridad de ser escuchados, pedimos a Dios aprender y continuar ese camino de entrega que nos dejó Jesús, su Hijo y hermano nuestro. Ahí está la auténtica liberación, la salvación, la resurrección.

Permitamos que nuestros interiores reaccionen, que nuestros corazones latan con más fuerza, sabiendo que “Dios siempre cumple sus promesas”. ¿Qué escuchamos por medio del profeta Ezequiel?: “Yo mismo abriré sus sepulcros, los conduciré a la tierra prometida” – la que ellos esperaban -, a la Patria eterna, la que nosotros esperamos.

¿Queremos mejor prueba que la Palabra del mismo Dios?: “Sabrán que Yo, el Señor, lo dije y lo cumplo.”

Cómo nos parecemos al Pueblo de Israel, “Pueblo de cabeza dura”, lo reconocemos en el Salmo y le confesamos al Señor nuestra impotencia, pero juntamente nuestro arrepentimiento “desde el abismo de nuestros pecados”; nos apoyamos en lo único que podemos: su amor, su misericordia, su consciente olvido de nuestras faltas, para alcanzar su perdón.”

Tenemos ya un anclaje seguro en el mensaje de San Pablo, si de verdad nos esforzamos por vivirlo: “Ustedes llevan una vida conforme al Espíritu que ya está en ustedes. Ese Espíritu, que es Dios mismo, que resucitó a Jesucristo, los resucitará a ustedes y les dará, aun a sus cuerpos mortales, una nueva vida.”   Esta visión tiene que iluminarnos ante la certeza de que un día nos encontraremos con Él y que queremos esperar contra toda esperanza meramente humana: encontrarnos con Aquel que “es la Resurrección y la Vida”  y nos hará partícipes de la felicidad que no termina.

El Evangelio nos anima, abre el horizonte, rompe las cadenas del espacio y el tiempo, confirma la victoria que Jesús ya logró frente a la muerte. Nos enseña a superar los “peros”, las lágrimas, (verdaderas, porque el cariño sufre), las lamentaciones inútiles, lo incomprensible: “ya hace cuatro días…, huele mal…, si hubieras estado aquí…, las críticas: ¿no podía éste que abrió los ojos al ciego, hacer que Lázaro no muriera…?”

Jesús ora, implora al Padre y con voz segura, manda: “¡Lázaro, sal de ahí!”  El milagro está patente, la Palabra de Jesús, él mismo, es Vida y la comparte: “Desátenlo para que pueda andar.”  El asombro sacude a todos; Martha y María llevarán grabado para siempre: “¿No les he dicho que si creen, verán la Gloria de Dios’?”


Quizá muchas veces hemos dicho: “todo tiene remedio menos la muerte”, ¡qué equivocados estábamos! La resurrección nos aguarda, vivamos de tal manera el presente que preparemos el futuro para ser envueltos en la Gloria de Dios.

jueves, 27 de marzo de 2014

4° Cuaresma, 30 Marzo 2014.

Primera Lectura: del primer libro del profeta Samuel 16: 1, 6-7, 10-13
Salmo Responsorial, del salmo 22: El Señor es mi pastor, nada me falta. 
Segunda Lectura; de la carta del apóstol Pablo a los efesios 5: 8-14
Aclamación: Yo soy la Luz del mundo, dice el Señor, el que me sigue tendrá la luz de la vida. 
Evangelio: Juan 9: 1-41.

A medio camino hacia la Pascua, la Iglesia nos invita a alegrarnos porque se acerca la abundancia del consuelo; porque hemos crecido en el acercamiento a Dios y a nuestros corazones y la alegría, que irradia desde dentro, nos anima a continuar el peregrinaje.

Jesús ya  ha reconciliado a la humanidad entera; de nosotros espera que continuemos preparándonos con fe y entrega a la culminación de esta salvación.

La mirada de Dios penetra los corazones, no se queda en las apariencias. Samuel, al fin ser humano, se deja impresionar por el aspecto y la estatura, pero escucha al Señor y aguarda a que llegue “el más pequeño” para ungirlo. Lo hace “como en secreto”, todavía tendrá que pasar muchas peripecias para guiar a su pueblo; lo que debemos percibir claramente e intentar proyectarlo, pues ya fuimos ungidos, es que a partir de aquel día, el Espíritu del Señor estuvo con David.”  Cómo se afianza la realidad de que “la fuerza de Dios reluce en la debilidad”, y “cuando soy débil, soy fuerte, porque vive en mí la fuerza de Dios”. “No yo, sino la gracia de Dios conmigo”.

David de pastor de ovejas, será el Pastor que guíe a Israel; Cristo el Buen Pastor nos conduce a verdes praderas, a aguas cristalinas, ilumina nuestro camino por cañadas obscuras, es fiel a sus promesas, llena nuestra copa hasta los bordes, su bondad y su misericordia nos acompañan todos los días de nuestra vida. ¿A quién temeremos si de verdad lo seguimos?

Ya somos “hijos de la luz, no de las tinieblas, aunque una vez lo fuimos, ya no lo somos, levantémonos pues el mismo Cristo es nuestra Luz”.  Mostrémonos como tales con frutos “de bondad, santidad y verdad”,  “cuanto es iluminado por la Luz, se convierte en luz.”. Los cristianos no podemos vivir apagados.

San Juan, en el Evangelio, largo pero ilustrador, nos muestra paso a paso las oposiciones a Cristo, consolador y siempre cercano a los más necesitados. El milagro provoca tensiones y reacciones diferentes: miedo en los padres del ciego, rabia e incredulidad en los fariseos, audacia y valentía en el ciego que ahora no solamente ve las maravillas de la creación, sino que va mucho más allá: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea en Él?”, Jesús se le revela con toda claridad: “Ya lo has visto, el que está hablando contigo, ese Es”.  La inmediata respuesta del ciego curado por fuera y por dentro, tiene que ser la nuestra: “Creo, Señor”. “Y postrándose lo adoró”.

Reescuchemos con gran atención el final: “Yo he venido para que se definan los campos, para que los ciegos vean y los que ven queden ciegos”. ¿A qué campo pertenecemos?

Pidámosle confiadamente: ¡Señor cura nuestra ceguera, esa, la interior, la de la soberbia, la que no nos deja verte porque nos miramos demasiado a nosotros mismos, la que se fija más en las creaturas que en Ti, Creador y Señor, Amigo y Compañero de nuestro peregrinar hacia Ti! Ya nos has revelado tu amor, que todo nuestro ser te responda como el ciego: “Creo, Señor”  y con reverencia agradecida Te adoremos.