viernes, 31 de agosto de 2012

22° Ordinario, 1º. Sept. 2012.

Primera Lectura: del libro del Deuteronomio 4: 1-2, 6-8
Salmo Responsorial, del salmo 14:  ¿Quién será grato a tus ojos, Señor?
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Santiago Santiago 1: 17-18, 21-22, 17
Aclamación: Por su propia voluntad, el Padre nos engendró por medio del Evangelio, para que fuéramos, en cierto modo, primicias de sus creaturas.
Evangelio: Marcos 7: 1-8, 14-15, 21-23. 

Invocar a Dios y ser escuchado, no son dos acciones separadas; su amor nos responde de inmediato, no precisamente conforme a lo que solicitamos, sino según lo que necesitamos. Ya nos lo advertía San Agustín: “cuando oramos, si no obtenemos lo que pedimos es o bien porque pedimos mal o bien porque pedimos lo que no nos conviene”

De lo que sí podemos estar completamente seguros es, que si buscamos su Amor, lo encontraremos en seguida, o mejor, él nos encontrará a nosotros, nos llenará con su Gracia y así podremos perseverar. 

Intentemos “dejar a Dios ser Dios”, Él nos mostrará el camino para vivir la verdadera religión, para re-ligarnos con Él. “Hemos hecho la prueba y hemos visto qué bueno es el Señor”, recitábamos en los tres domingos anteriores; sabemos que está con nosotros, ahora urge preguntarnos si nosotros estamos con Él. La vía para saberlo es fácil: tenemos su Palabra y al considerar el lenguaje hebreo, “palabra y hecho” van tan unidas que es imposible escuchar la palabra sin que ésta impulse a la acción, al grado que quien no realice lo oído, da muestra cierta de no haber escuchado la palabra.  

En el Deuteronomio, Moisés, heraldo de Yahvé, cierra toda escapatoria: “Escucha, Israel, los mandatos y preceptos que te enseño para que los pongas en práctica y vivas en paz”. Los Mandamientos son Sabiduría de Dios, no quites ni añadas nada. Son sabiduría práctica, envuelven la vida del hombre y trascienden toda historia y toda época; Palabras que siguen siendo vida para Israel y para toda comunidad humana. Podemos recitar de memoria los Diez Mandamientos, los hemos escuchado, ahora, con honestidad, preguntémonos si son realidad en nuestras vidas.  

¿Se nos aplica, con todas sus consecuencias, el Salmo que hemos recitado? “¿Quién será grato a tus ojos, Señor?” Aquel que cumple, que es honrado, justo, no desprestigia ni hace mal al prójimo, presta sin usura, no acepta sobornos y ayuda al inocente. “éste es agradable a los ojos de Dios”. La Palabra ha surtido su efecto, se ha convertido en acción; el hombre re-ligado con Dios, sirviendo al prójimo, llega a ser “primicia de las creaturas”. Lograr este ritmo de vida, no es voluntarismo descarnado, es Gracia, como nos recuerda Santiago: “Todo don perfecto viene de arriba, del Padre de las luces”. 

“Engendrados por medio del Evangelio”, no convirtamos nuestro interior en monstruo informe. Con una conciencia iluminada por la fe, con un Cristo vivo allá dentro: conocido, amado e imitado, pondremos toda ley humana donde debe de estar: al servicio de la Palabra divina y nunca como subterfugio que nos desvíe de la autenticidad y nos haga sentirnos “contentos” con las apariencias, con el “cumplimiento” partido (cumplo y miento). 

¿Qué  sale de nuestro interior? ¿Quién llena nuestro corazón, quién guía nuestras intenciones, nuestras convicciones? Volvamos a la autenticidad, al gozo del ideal de ser “yo mismo” y no otro; realidad y no máscara. Lo fácil y deslumbrante, lo exitoso, es pasajero, en cambio la “Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de dos filos que penetra hasta la médula de los huesos”. Pidámosle al Señor que de veras nos parta, que deje al descubierto nuestro ser para que se oree, se purifique y crezca según su Voluntad.

domingo, 26 de agosto de 2012

21º Ordinario, 25 Agosto 2012.

Primera Lectura: del libro de Josué: 24: 1-2,15-17, 18. 
Salmo Responsorial, del salmo 33: Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor.
Segunda Lectura: de la carta de San Pablo a los efesios 5: 21-32
Aclamación: Tus palabras, Señor, son espíritu y vida. Tú tienes palabras de vida eterna.
Evangelio: Juan  6:55, 60-69.  
 
¿Qué anhelamos los seres humanos? ¡La paz, la seguridad,  por eso elevamos nuestra súplica a Dios! En medio de tanta turbulencia y desasosiego,  entre guerras, mítines, voces alteradas, en medio del desconcierto, deseamos “sentir” como diría San Ignacio, que Él nos escucha. 

Retorna el deseo del domingo anterior: La Paz. ¿Puede haber paz entre los hombres, entre nosotros, que más parecería que no la buscamos o que vamos por caminos diferentes? Al darnos cuenta de ello y ante la incapacidad egoísta que nos caracteriza, acudimos a Aquel que “puede darnos un mismo sentir y un mismo querer”. Como la condición es ardua, insistimos en nuestra súplica: solamente Tú puedes hacer “que amemos lo que nos mandas y anhelemos lo que nos prometes” ¡Nos miramos derramados hacia fuera, cuando la felicidad está dentro! El amor es fruto del conocimiento que ilumina la elección; y el anhelo, de visión trascendente nos pedirá decisión clara, firme, persistente para lograr el Bien Mayor. 

Elegir es renunciar a todo lo demás. La proposición de Josué en la primera lectura, lo deja en claro: “Si no les agrada servir al Señor, sigan aquí y ahora digan a quién quieren servir…, en cuanto a mí toca, mi familia y yo serviremos al Señor”. El patriarca, consciente y coherente, sirve de ejemplo: abandona los ídolos, los caprichos, las seguridades reafirma su compromiso de tal forma que hace recordar al pueblo “¡Quién es el Señor! ¡Quién los sacó de Egipto!”. La respuesta, al menos en ese momento, surge espontánea: “Lejos de nosotros abandonar al Señor”. Reconocer es recordar, iluminar para decidir. ¡Cuánto necesitamos tener presente lo que el Señor ha hecho por nosotros, por cada uno, para amacizar la decisión de servirlo! 

Por tercer domingo consecutivo el Salmo nos invita “a hacer la prueba y ver qué bueno es el Señor”, la insistencia del Espíritu no es casualidad, ahí está actuando para que “amemos lo que nos manda y anhelemos lo que nos promete”. 

En el fragmento de la Carta a los Efesios, San Pablo presenta la importancia de una elección de estado de vida; una elección que no esté dictada por el capricho o las circunstancias sino por la fe viva, por la imitación de Cristo que se entregó a sí mismo para presentar a la Iglesia “sin mancha ni arruga ni nada semejante sino santa e inmaculada”. Si cada matrimonio: fuera reflejo de la unión de Cristo con la Iglesia y de la Iglesia con Cristo, sería muy diferente nuestra sociedad. ¿No está, de nuevo, insistiendo el Espíritu? 

Jesús finaliza el discurso del Pan de Vida; sus palabras son tajantes, definitivas, directas. Los oyentes “se escandalizan: duras son estas palabras, ¿quién podrá soportarlas?”  Y muchos lo abandonaron. La elección de los que se fueron es la más fácil: huir la confrontación, impedir la entrada “del Espíritu y la Vida”, eso exigiría muchos cambios y no están dispuestos.  

La pregunta de Jesús a sus discípulos nos atañe también a nosotros: “¿También ustedes quieren dejarme?” Antes de responder, ¿nos detenemos a pensar en las renuncias que implica nuestra decisión, ¿dejamos que broten la espontaneidad del amor, del reconocimiento de todo lo recibido, para que hagamos nuestra la respuesta de Pedro y salga de los labios y del corazón: “Señor, ¿a Quién iremos?, Tú tienes Palabras de vida eterna”. ¡Señor haznos coherentes con la fe en Ti, danos ese mismo “sentir y querer”! 

viernes, 17 de agosto de 2012

20º. Ordinario, 19 agosto 2012.

Primera Lectura: del libro de los Proverbios 9: 1-6
Salmo Resposorial, del salmo 33:
Haz la prueba
y verás qué bueno es el Señor.
Seguda Lectura: de la carta de san Pablo a los efesios 5. 15-20
Aclamación:
El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él, dice el Señor.Evangelio: Juan 6.51-58.
  ¿Dónde nos encontramos plenamente a gusto? La Antífona de  entrada nos da la respuesta como eco del salmo del domingo pasado que coincide con el de ésta liturgia: Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor”. Si la hemos hecho, no dudaremos en lo más mínimo en la aseveración: “Un día en tu casa es más valioso que mil en cualquier parte”.

  Nos afanamos, corremos, buscamos la felicidad…, palabra que apenas pronunciada, se evapora. La experiencia de San Ignacio de Loyola es aleccionadora: libros de caballería, ensoñaciones, imaginación desbordada de hechos heroicos, de honras y triunfos, de amores imposibles…, gozo fugaz que lo deja vacío y pensativo. En cambio, la providencial experiencia de Dios a través de la lectura de la Imitación de Cristo y de las vidas de los santos, le abre cauces insospechados, le inyecta un entusiasmo real que no se arredra ente los retos de ir más allá de sí mismo; la verdadera felicidad le sale al paso, le hace gustar ya “el banquete preparado para los de corazón sencillo”. La Gracia del encuentro lo conduce – y él se deja conducir – “para comer el pan y beber el vino” preparados por la Sabiduría. Comprueba vivamente que en verdad “un día en la casa del Señor, vale más que mil en cualquier otra parte”. La ignorancia se ha ido y el camino comienza; no será nada fácil, pero ahora ya sabe Quién es quien lo acompaña y a qué lo invita.

  Discernimiento, necesidad de intiorización sin tregua en nuestras vidas, prudencia en cada paso “aprovechando el momento presente, porque los tiempos son malos”. La riada nos acosa y amenaza con arrastrar nuestras vidas sin dirección alguna; pero recordando el Cantar de los Cantares: “los ríos no pueden arrasar al amor”, encontramos el puntal que nos sostiene seguros en medio del torbellino; llenos del Espíritu Santo elevaremos los cantos de alabanza con un corazón agradecido; ya gozamos el encuentro con el Padre en Jesucristo el Señor.

  Jesús, en el Evangelio, continúa el diálogo iniciado el domingo pasado. Su insistencia sacude: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que Yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida”. El asombro se asombra, la lógica rechina al enfrentarse y confrontar el peso de lo dicho, la duda lo ensombrece: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” La imposibilidad copa la puerta e impide subir al nivel superior, ahí donde habitan “los de corazón sencillo”, ahí donde la fe tiene su morada, ahí donde los cuestionamientos se responden no desde la lógica, sino desde el amor y la confianza, ahí donde reina el “Amén”.

  Jesús, sin inmutarse, abre aún más el horizonte: “Yo les aseguro: si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en Mí y Yo en él… y vivirá eternamente”.

  No habla de símbolos, hace referencia al pan con que se hartaron; no es ilusión ni es magia, es Amor Encarnado que quiere alimentarnos, participarnos su Vida en el presente, transfigurarnos, que aprendamos “a dar pasos sin tiempo, en tiempo apenas”, que aprendamos a vivir, desde este mundo, la eternidad gozosa con Él y con el Padre.
La Mesa ya está puesta a nuestro alcance, ¿hay alguien que elija perecer de hambre?

viernes, 10 de agosto de 2012

19º Ord. 12 Agosto, 2012.

Primera Lectura: del primer libro de los Reyes 19: 4-8
Salmo Responsorial,del salmo 33:Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor.
Segunda Lectura: de la carta de San Pablo a los efesios 4: 30 a 5: 2
Aclamación:  Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, dice el Señor; el que coma de este pan vivirá para siempre.
Evangelio: Juan 6: 41-51.
Tu Alianza, Señor, es imperecedera, ¿cómo te pedimos que no la olvides? Tú que nos conoces, haz que seamos conscientes y elevemos nuestras voces hasta Ti. Te pedimos el Pan que fortalece, el Pan que transforma, el Pan que nos hace crecer como hijos tuyos, para que al reconocer en nosotros a Jesucristo, nos permitas participar de la herencia eterna.

Ignoramos lo largo del camino que nos queda por recorrer. Al intentar medirlo desde nuestra perspectiva antes de iniciarlo, el temor y el cansancio nos invaden, y evitamos el esfuerzo. Elías, se sabía lleno de Ti, la lucha por ser portador de tu Palabra y la nula respuesta del pueblo, quizá  su propia flaqueza, lo desaniman y por eso pide: “Quítame la vida, no valgo más que mis padres”.

El sueño, ventana de evasión, se convierte en fácil herramienta de huída, en frágil espejo de paz; pero Tú no cejas, dos veces despiertas su conciencia, le ofreces lo necesario y vences: “Comió y bebió, y con la fuerza de ese alimento caminó, cuarenta días y cuarenta noches, hasta el monte de Dios”.

Si al Profeta, colmado de tu Espíritu, tuviste que sacudirlo dos veces, ¡cuántas no tendrás que sacudirnos y alimentarnos para quedar convencidos de que tu camino es el único! ¡Despiértanos, Señor, para que “hagamos la prueba y confirmemos que de verdad eres Bueno”!

Esta experiencia evitará “que contristemos al Espíritu con el que nos has marcado para el día de la liberación final”. El camino entre los hermanos estará lleno de comprensión, de servicio, de perdón y de un amor lo más semejante al de Jesús.  Imposible iniciarlo y menos aún continuarlo, sin Ti, sin Él, sin el Espíritu.

Soñar el camino, es placentero; en el sueño nada duele, nada cuesta. Contemplación engañosa que nos impide bajar a la realidad; ésta sí duele, exige trabajo, dominio propio, oídos abiertos, fe actuante, confianza sin límites, ¿dónde conseguir el entusiasmo, cómo crecer en fortaleza? No tenemos que ir muy lejos, ya está puesta la mesa y en ella, no el pan que comió Elías, sino “el Pan vivo que ha bajado del cielo”, Jesucristo en presente, todo entero.

La gente que tocaba su manto, de inmediato sanaba, ¿qué explicación le damos si, aun después de comerlo, nos sentimos enfermos de duda y de pereza? ¿Le creemos en serio? Ojalá la respuesta quiera ser positiva, sólo así resonará en nosotros la eternidad como eco: “Yo les aseguro que el que cree en Mí, tiene vida eterna”.

El Padre escuchó  nuestras voces hambrientas, aunque nada dijéramos, bastó con contemplarnos pobres y desvalidos y nos envió a Jesús, hacia Él nos guía, por eso lo encontramos, y en Él, la fuerza poderosa de la resurrección.

jueves, 2 de agosto de 2012

18º Ordinario, 5 agosto 2012.

Primera Lectura: del libro del Éxodo 16: 2-4, 12-15 
Salmo Responsorial, del salmo 77: El Señor les dio pan del cielo.
Segunda Lectura: de la carta de San Pablo a los efesios 4: 17, 20-24
Aclamación: No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Evangelio: Juan 6: 24-35.
“Dios mío, ven en mi ayuda…, Tú eres mi auxilio y mi salvación”. Oración del que se sabe necesitado, del que ha palpado su impotencia y acude a Aquel que es la fuente de toda fortaleza. Vivimos en la cotidianidad de nuestras limitaciones y, ojalá hagamos lo mismo desde la conciencia de creaturas dependientes, de hijos, para que Dios vea realizado en nosotros su deseo: “ser imágenes de su Hijo querido”; solamente se hará realidad si nos disponemos, si nos dejamos abrazar por la Gracia, para vivir, como nos dice San Pablo “en la justicia y santidad de verdad”.

Rozamos, una vez más el misterio de la acción de Dios y la conjunción con nuestra libertad; Él ya ha hecho y sigue haciendo cuanto está de su parte, a nosotros nos compete darle la respuesta adecuada, digna de cuanto nos ha dado.

Afincados en la visión de fe, aceptamos aquello que nuestros ojos no ven, que nuestro gusto no capta, que nuestro tacto no puede palpar, aquello que como nos dice Santo Tomás de Aquino: “solo se cree por el oído”. 

Si en el Antiguo Testamento, Dios, Padre amoroso, cumplió el capricho, a pesar de las murmuraciones de los israelitas, de darles el “maná´”, pan que bajaba del cielo, Jesús, en el Evangelio de hoy, nos promete lo que hará realidad en la última Cena. Aquello fue figura, Él nos clarifica: Yo les aseguro: No fue Moisés quien les dio pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que baja del cielo y da la vida al mundo”.

Ya había dicho a los que lo seguían: “Me andan buscando por haber comido de esos panes hasta saciarse”. Ese alimento no fue ilusión, fue pan verdadero, comieron y quedaron satisfechos, no de símbolos sino de realidades.

El milagro nos pone en contacto con el admirable proceso de la Revelación, es progresivo y, ya sabemos, lo que el Señor promete, lo cumple, por eso llaman los exegetas a este capítulo sexto de San Juan “El Sermón del Pan de Vida”.

La multitud busca a Jesús, hay algo en Él que los atrae, no solamente el signo que han presenciado; buscan algo más, tienen hambre de Dios, de Trascendencia, de Paz interior…, pero los corazones aún no están preparados. Pienso que es una magnífica oportunidad para preguntarnos, honradamente,: ¿si buscamos en Jesús, si sabemos a Quién y para qué queremos encontrarlo? ¿Vislumbramos lo que espera de nosotros?   

Jesús se preocupa de nosotros, de cada uno, sabe de nuestra corporeidad, sabe que necesitamos, en la oración por excelencia nos enseña a pedir «el pan de cada día». Nos hace falta mucho más. Jesús se nos ofrece como alimento que saciará nuestra hambre de vida. Escuchemos la respuesta a la pregunta que las gentes y nosotros le hacemos: « y ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere? »; ¿simplemente “cumplir con las reglas?

Su respuesta debe llegarnos al corazón, a la vida en acción: «la obra que Dios quiere es ésta: que crean en el que Él ha enviado». Jesús el  gran regalo que el Padre nos ha dado.   Para subsistir en medio de una sociedad carente de Dios, nos urge el conocimiento, del que brotará el amor, de y a Cristo el Señor: Pan “de Vida Eterna y Cáliz de Eterna Salvación”. ¡Dios mismo dentro de nosotros!

viernes, 27 de julio de 2012

17 ordinario, 29 julio 2012.

Primera Lectura: del segundo libro de los Reyes 4: 42-44
Salmo Responsorial, del salmo 144: "Abres tú la mano, Señor, y nos sacias."
Segunda Lectura: de la carta de San Pablo a los efesios 4: 1-5
Aclamación: El Espíritu del Señor está sobre mí; él me ha enviado para anunciar a los pobres la buena nueva.
Evangelio: Juan 6: 1-15.

La creación entera nos invita a adorar a Dios, a reconocer que toda creatura es hechura de Dios, obviamente incluidos nosotros mismos como lo admitimos en el Salmo; Él nos hace habitar juntos en su casa… ¡cuánto necesitamos reflexionar en esto para hacerlo realidad!

Sin duda la oración nos hace evocar las palabras de San Ignacio de Loyola: “usar de las cosas tanto cuanto nos ayuden a conseguir el fin para que fuimos creados y abstenernos de aquellas que de ese fin nos aparten”. Toda creatura es buena, cumple con su cometido, el único que rompe esa armonía es el hombre, somos nosotros que impedimos el orden, precisamente por “nuestros afectos desordenados”; entonces la reflexión se tornará  en súplica que desemboque en la confianza, en la recta justipreciación de las cosas y nos llevará a aprender a compartir, tal como hemos escuchado en las lecturas; compartir lo material y lo espiritual para que luzcan la equidad, la paz, la unión, la auténtica fraternidad.

Eliseo, hombre de Dios, fincado en Dios, no duda que el Señor proveerá, que dará  mucho más de lo que la realidad puede ofrecer: “Veinte panes de cebada para cien hombres”, “todos comieron y todavía sobró”. ¿Llegaremos algún día a poner todo nuestro ser en manos de Dios?, ¿alcanzaremos a saborear lo que es el cumplimiento de sus promesas?

San Pablo nos invita a algo mucho más profundo, a la interioridad puesta al servicio de los demás, a la edificación sólida del Cuerpo Místico de Cristo, a aquilatar la exhortación para que “llevemos una vida del llamamiento que hemos recibido”. Sabemos que el llamado sube “de tono” al conocer de Quién viene, y nos impulsa a obrar en consonancia: “humildes, amables, comprensivos, enraizados en el amor y siempre esforzados por mantenernos unidos en el Espíritu con el vínculo de la paz”. Si es el mismo Dios el que nos une, ¿quién podrá romper ese vínculo?, ¡dejémoslo actuar, dispongámonos a ser guiados por Aquel que reina sobre todos y actúa y vive en todos!, ¡imaginemos lo que sería la humanidad entera! Vale la pena y el esfuerzo por intentarlo en cada uno de nosotros.

En el Evangelio, pasamos de la narración de Marcos a la de Juan para contemplar, para recrear el “sermón del Pan de Vida”. Jesús ha curado a muchos, los sigue la gente, Él se sienta en un monte, viendo a la gente, hambrienta de pan y de Palabra, pide a sus discípulos que den de comer a todos…., responde Felipe en nombre de los demás: “ni doscientos denarios bastarían para dar de comer a tanta gente”, la realidad es así, limitada; pero al poner en manos de Jesús lo poco que aporta un muchacho, Jesús bendice y reparte, todos comen y quedan satisfechos…, la gente ve, admira, comprende, se entusiasma y grita: “Éste es el profeta que habría de venir al mundo”. Los signos provocan admiración, evocan promesas aún no comprendidas, pero Jesús, fiel a la misión encomendada por el Padre, “se retira al monte, solo”, no se deja deslumbrar por la gloria que le ofrecen: “proclamarlo rey”

Rumiemos como hacía María, lo que ya nos dio a conocer: “Mi reino no es de este mundo”, y pidámosle con humildad y sinceridad, “ser aceptados debajo de su bandera”, con cuanto esto significa.

viernes, 20 de julio de 2012

16° ordinario, 22 de julio de 2012

Primera Lectura: del libro del profeta Jeremías 23; 1-6
Salmo Respnsorial, del salmo 22: "El Señor es mi pastor, nada me falta."
Segunda Lectura: de la segunda carta de San Pablo a los efesios 2: 13-18
Aclamación: El Espíritu del Señor está sobre mí; él me ha enviado para anunciar a los pobres la buena nueva.
Evangelio: Marcos 6: 30-34.

El domingo pasado pedíamos “saciarnos de gozo en tu presencia, Señor”, en la antífona de entrada; ahora confesamos que “Él es nuestro único auxilio y apoyo, y por ello le daremos gracias, y recalcamos la razón: “porque eres bueno”. Si ahondáramos en serio esta convicción, nuestro agradecimiento jamás terminaría y de él colectaríamos las fuerzas necesarias para ser perseverantes de corazón.

Como nos conocemos y nos seguimos conociendo más sincera y profundamente, captamos la necesidad de crecer en las virtudes que nos unen más directamente a Dios, las teologales, de ahí nuestra petición: “multiplica tu gracia en nosotros para que llenos de fe, esperanza y caridad, que es el amor, permanezcamos fieles en el cumplimiento de tus mandatos”. ¿Qué mejor regalo podemos pedir que aquel que nos mantenga en el nivel que el Señor espera de nosotros y que por nosotros mismos no podemos alcanzar?

El mensaje del “Señor Dios de Israel” es triple: Primero “contra los pastores que apacientan a mi pueblo”, no cuidan, rechazan a mis ovejas; sin duda habremos tenido la experiencia de admirar el cariño del pastor por su rebaño, cómo conoce a cada oveja y las llama por su nombre. Luego “Yo mismo las reuniré”. Finalmente: “Les pondré pastores que las apacienten”. Vendrá la promesa definitiva: “Haré surgir un renuevo del tronco de David: será un Rey justo y prudente y hará que en la tierra se observen la ley y la justicia”. Esperanza que se cumple en Jesucristo pero que está, de alguna forma condicionada a que las ovejas escuchen su voz, ahora tan apagada por tanto ruido extraño –que nos deja- en una sordera, lamentablemente, creciente. No queremos oír “Al Señor que es nuestra justicia”. ¡Señor, danos pastores según tu corazón; que nos precedan con el ejemplo, no solamente con la palabra, entonces sí seremos capaces de distinguir tu voz entre tantas voces que nos circundan!

En el Salmo la esperanza crece porque la promesa proviene del mismo Jesús que cumple cabalmente: “repara nuestras fuerzas, nos lleva a fuentes tranquilas y a pastos abundantes, nos prepara la mesa – en la que Él es el manjar- nos da la seguridad al estar con nosotros porque su bondad y su misericordia nos acompañan”. ¿Podríamos esperar un Pastor más seguro y entregado?

San Pablo fortalece aún más nuestra confianza: en Cristo Jesús encontrarán todos los pueblos la unificación, pues no se queda en una figura que anima, va hasta el final: mediante la Cruz dio muerte en sí mismo al odio que nos separaba”. La conquista está finiquitada, nos ha acercado al Padre por la acción de un mismo Espíritu.

Jesús, verdadero hombre, igual a nosotros, se cansa y sabe que los discípulos están cansados, su invitación también nos atañe: “Vengan conmigo a un lugar solitario, para que descansen un poco”. La tranquilidad para reposar, para reflexionar, para analizar lo hecho, pero lo importante: con Él. Sin embargo, su impulso de Pastor le hace olvidar lo planeado porque se compadece, porque “andaban como ovejas sin pastor”, y se pone a enseñar a la multitud. Jesús vive lo que predica, lo enseña, lo contagia, lo importante para Él son siempre los demás; ¿qué tan cerca lo imitamos? Insistamos en la petición: aumento de fe, de esperanza, de amor, y Él nos ayudará a conseguirlo.

domingo, 15 de julio de 2012

15 ordinario, 15 julio 2012.

Primera Lectura: del libro del profeta Amos 7,12-15
Salmo Responsorial, del samo 48: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los efesios 1: 3-14 
Aclamación : El Espíritu del Señor está sobre mí; él me ha enviado para anunciar a los pobres la buena nueva.
Evangelio: Marcos. 6: 7-13.

El clamor - oración - suplica - reconocimiento que levamos en la antifona de entrada, tiene que haber brotado de la realidad de nuestra realidad| "Quiero  acercarme a ti, Señor, y saciarme de gozo den tu presencia"; ¿Que difícil nos resulta vivir fuera del ámbito De la fe, de la confianza; desde dentro, en cambio, sentiremos el impulso, de manera espontánea, a tratar de ser lo que decimos que somos: cristianos, lo recibido gratuitamente y, por desgracia, tantas veces olvidado, de tenerlo presente no esforzaríamos por serlo en serio, avalados por Aquel que es la Verdad, Cristo, en una búsqueda que engendra convicción,  que ilumina el camino, clarifica obscuridades y calienta los fríos.  

Sabemos que encontraremos, en este peregrinar, oposiciones, obstáculos, incomprensión, contrariedades que, de manera inmediata, nos parecerán insuperables; asi las encontró Óseas, asi todos los profetas, así Cristo, igualmente los apóstoles y cuantos intenten - intentemos- seguir con fidelidad el llamamiento.
 
En la lectura de Amos, escuchamos como Amasias se le enfrenta, el sacerdote que debería estar al servicio de Yahwe, se ha encerrado en sus visiones terrenas y ha preferido servir al rey temporal; de haber escuchado a Amos, seguramente hubiera recitado muchas veces nuestra antifona; pero no dio paso en ese camino, su culto vacío proviene de un corazón lejano de Dios, ¿Nos pareceremos a el, nos querremos saciar con lo que no sacia y pedimos lo contrario a la Verdad?: "¡Vete de aquí"!, tu palabra molesta, inquieta, pide lo que no estamos dispuestos a conceder, porque servimos a Betel, el santuario real, pero temporal y superficial, a las ordenes del poder, y asi nos sentimos a gusto..., pregunte nos: ¿Por cuanto tiempo, con que frutos?  ¿Somos capaces de revestirnos de la mision de Amos, de Cristo, de los Apóstoles: "¡Ve, vayan y profeticen"!?

Es lo que narra Marcos, salen a luz los frutos de la Verdad, de la sanacion; hay ejemplar idas de confianza y abandono total en la Providencia que llega desde Jesus: "ligeros de equipaje", por la fuerza del Espíritu, con la Palabra encendida en el pecho, pronunciada con labios limpios para que se lleve a cabo la promesa del mismo Jesus: enseñar, sanar, purificar de cualquier "demonio" que pudiera tratar de ocultar la Verdad; esta fue y sigue siendo la mision: de la fe a la accion a la sanacion en y por Cristo.

Amos hace siglos, los Apóstoles fincados en la Palabra, nosotros con la fuerza de la fe, para dar a conocer al mundo la elección que viene desde siempre, porque viene del Señor del tiempo y de la historia, que todos seamos santos e irreprochables a Sus. Ojos, porque su Amor nos ha favorecido y nos ha hechos hijos en el Hijo. Herencia que nos dejo Jesús, y ¡A que precio!, para ser continua alabanza de sus gloria; lo haremos con seguridad porque ya sesteamos "sellados" como pertenencia de Dios por el Espíritu que nos garantiza la perseverancia en la búsqueda y fidelidad a la Verdad, si nos hemos dejado saciar de gozo en su presencia.

sábado, 7 de julio de 2012

14º ordinario, 8 julio 2012.

Primera Lectura: del libro del profeta Ezequiel 2: 2-5
Salmo Responsorial, del salmo 122:Ten piedad de nosotros, ten piedad.
Segunda Lectura: de la segunda carta del apóstol Pablo a los corintios  12: 7-10
Aclamación: El Espíritu del Señor está sobre mí; él me ha enviado para anunciar a los pobres la buena nueva.
Evangelio: Marcos 6: 1-6.
Recordar es revivir, es tener presentes los regalos recibidos y a los amigos que nos han tenido presentes con ocasión del onomástico, del cumpleaños, de la boda; quizá, lo ignoramos porque no conocemos los interiores, algunos de ellos, de los regalos, fueron “por compromiso”, de todas formas los agradecemos; pero en el caso del Señor no hay duda, “todo son dones de su amor. Revivimos, de manera especial la liberación de aquello que nos oprime internamente; el pecado. ¿Cómo hubiéramos obtenido esa liberación imposible desde nosotros mismos?, por eso añadimos en la oración colecta: “concédenos participar de una santa alegría y después de la felicidad eterna”.

Si el agradecimiento es la memoria del corazón, hemos de preguntarnos con más frecuencia: ¿qué tan vivo es ese agradecimiento y si va acorde a nuestros actos? La alegría de sabernos, gratuitamente, redimidos, ha de convertirse en una actitud contagiosa que invada todos los ámbitos de nuestro actuar; la interioridad auténtica acaba por manifestarse aunque no pronunciemos palabra, al grado que muchos se pregunten ¿de dónde le viene esta alegría? No necesitamos ser oradores ni predicadores “oficiales”, simplemente vivamos “la alegría del Evangelio” y ella, con la presencia de Jesús y la fuerza del Espíritu en nuestro interior, completara su obra.

Si acaso algo llegara a empañarla, por nuestra desidia, nuestra inconstancia, nuestro olvido, conocemos el camino de retorno: la súplica confiada: “Ten piedad de nosotros, ten piedad”, y Aquel que conoce los corazones, las intenciones y las flaquezas, nos escuchará; tocará nuestro interior para despertarnos.

Las mociones del Espíritu están siempre actuantes, quizá nos falte fineza en los oídos y audacia en el corazón, reconocimiento de nuestra realidad de creaturas que palpamos la flaqueza, las tentaciones, las dudas, otra vez, la impotencia, la incredulidad y aun el enojo…, recordemos lo que nos dice Santiago: “Que nadie diga en el momento de la prueba: Dios me manda la prueba, porque Dios no tienta a nadie. Cada uno es tentado por su propio deseo que lo arrastra y lo seduce; el deseo concibe y da a luz el pecado; el pecado crece y, al final, engendra la muerte. No se equivoquen, son las cosas buenas y los dones perfectos los que proceden de lo alto, y descienden del Padre de las luces”. (1: 16-17) La fuerza viene de Él y por eso le llega la respuesta a Pablo y en él a nosotros: “Te basta mi gracia, porque mi poder se muestra en la debilidad”; muy bien que lo comprendió el apóstol y nos comunica su experiencia: “Me alegro en mis debilidades, porque cuando soy débil, soy fuerte porque reluce en mí la fuerza de Cristo Jesús”.

En Jesús mismo están las respuestas a las inquietudes de sus coetáneos que no quisieron abrir ni corazón, ni mente, ni ojos, al grado que Jesús se extrañara de su incredulidad. Recordamos a S. Juan: “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”, ahora es bueno preguntarnos: ¿Nos sentimos de “los suyos”? Que nuestra respuesta afirmativa en obras y palabras, “le devuelva” la confianza que siempre ha tenido en los hombres.

jueves, 28 de junio de 2012

13° Ordinario, 1º. De julio, 2012.

Primera Lectura: del libro de la Sabiduría 1: 13-15, 2: 23-24
Salmo Responsorial, del salmo 30: Te alabaré, Señor, eternamente.
Segunda Lectura: de la segunda carta del apóstol Pablo a los corintios 8: 7-9, 13-15
Aclamación: Jesucristo, nuestro salvador, ha vencido la muerte y ha hecho resplandecer la vida por medio del Evangelio.
Evangelio: Marcos 5: 21-43.

Aplaudimos con júbilo al admirar un espectáculo que nos ha conmovido, que nos ha comunicado plasticidad, armonía, ritmo. ¡Cómo no lo vamos a hacer diariamente, al estar en contacto con la Creación, con la maravilla de nuestro cuerpo, con las incalculables potencias de nuestro espíritu, y reconocer en todo ello la mano providente de Dios! ¡Alegría inacabable de la creatura que siente la presencia del Creador!  En incontables ocasiones hemos meditado el dicho de San Ireneo: “La Gloria de Dios es que el hombre viva”, y viva feliz.

Contentos, agradecidos, porque “somos hijos de la luz, porque Él nos ha sacado de las tinieblas del error y nos conduce al esplendor de la verdad”. “No somos hijos de las tinieblas; somos hijos de la luz”.  

Lo que Dios hace “está bien hecho”, entonces ¿por qué existen las aflicciones, la enfermedad, la tristeza, la muerte? La Sabiduría divina nos responde con toda claridad: “Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera. Las creaturas del mundo son saludables”. El Señor, el gran ecólogo, el Arquitecto perfecto, el que invita a la Vida, el que goza al ver en cada uno Su propia imagen, no puede ser el origen de lo roto, de lo partido; hemos sido nosotros, al dialogar con la tentación, los introductores del pecado y de la muerte; hemos tergiversado las relaciones paterno-filiales, las fraternas, las racionales y estérilmente buscamos, desde nosotros, el camino del retorno.

¿Por qué  la pregunta ancestral sigue acuciándonos si ya tenemos la respuesta?: el pecado, el olvido de Dios, la ausencia de alegría profunda y duradera, llegan por la falta de fe y de caridad, falta de amor concreto y servicial, de no haber hecho nuestro el ejemplo de Jesucristo, “que siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para hacernos ricos con su pobreza”. Bien lo clarifica San Pablo: “no se trata de que vivamos en la indigencia, sino en la justicia”, en la equidad, en una fraternidad vivificante; esto implica renuncia personal en bien de los demás, sin ella, será imposible disminuir la pobreza. Hoy, día de las elecciones, seguramente recordamos las promesas de todos los candidatos para erradicar la pobreza; el ¿cómo?, es el problema y será irresoluble sin la visión de fe que active la caridad,  la solidaridad,  la unidad que trascienden. Ninguno ha propuesto este horizonte, y sin él, todo quedará en palabras que se van con el viento. La decisión no es fácil, mas sí es posible.

La enfermedad, la muerte, la impotencia, encuentran solución en Jesucristo. “Hija, tu fe te ha curado Vete en paz y queda sana de tu enfermedad.”  Doce años de sufrimiento han quedado borrados. En Jairo un doble paso: acude a Jesús superando obstáculos sociales y posturas religiosas, recordemos que era jefe de la sinagoga: “Mi hija está agonizando. Ven a imponerle las manos para que se cure y viva”. El segundo, el anuncio de que la hija ha muerto, hasta le impide hablar. Es Jesús quien reanima la esperanza: “No temas, basta que tengas fe”.
La incredulidad no es cosa “nueva”, “Se reían de él”. Jesús entra y toma de la mano doce años dormidos y con su amor y su voz, los despierta. Vida, salud y alegría, no pueden ser otras las actitudes  las de Aquel que dio su vida por nosotros. ¿Crecerán nuestra fe y nuestra confianza en el Señor que vence hasta la misma muerte?  

jueves, 21 de junio de 2012

12° Ord. La Natividad de San Juan Bautista, 24 Junio, 2012.

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 49: 1-6
Salmo Responsorial, del salmo 138: Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente.
Segunda Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 13: 22-26
Aclamación: Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitadoa su pueblo.
Evangelio: Lucas 1: 57-66, 80.

En la liturgia, solamente celebra la Iglesia tres nacimientos: el de Jesús, el de María y el de Juan el Bautista; en todos los demás santos recuerda su nacimiento definitivo: el martirio o la muerte como el final que lleva a la participación de la Gloria.  Juan el Bautista es al único que encontramos en esas dos ocasiones: nacimiento en la carne y nacimiento para el Reino, ¡algo nos dice en especial!

Es el gozne entre los dos Testamentos, el último de los Profetas, la Voz que clamó en el desierto y luego señaló a Jesús entre los hombres; en él se realiza el inicio del cumplimiento de todas las promesas que culminarán en Jesús, Único Mediador.

Voz que sabe lo que dice, voz obediente a la moción del Espíritu, voz que busca con ahínco expresar la verdad, voz que sufre en la búsqueda de sí  misma dentro de un hombre elegido desde el seno de su madre, pero que colabora, sin poner condiciones, para que el pueblo prepare el camino al Salvador. Al detenernos a contemplar este ejemplo, lo sentimos muy cercano, como que nos invita a que revivamos, cada uno, las características del profeta, del que habla en nombre de Dios, del que está henchido de Dios, del que sabe que “en vano se cansa, porque en realidad su suerte está en manos del Señor, su recompensa ese el mismo Dios”.

En diversas ocasiones hemos meditado que la vocación es un llamamiento que viene desde fuera: “Alguien nos llama”, nos encomienda una misión y, al mismo tiempo, nos da las fuerzas necesarias para cumplirla. No es hipérbole, también el Señor nos llama para ser “luz de las naciones, para que la salvación llegue hasta los últimos rincones de la tierra”. El estribillo del salmo nos retrata: “Te doy gracias Señor, porque me has formado maravillosamente”. Sin duda nuestro nacimiento no estuvo acompañado con los signos del de Juan, pero el solo hecho de haber nacido, ya es una maravilla; el seguir conociéndonos y conocer al Señor, hace que suba de tono esa maravilla, el percibir y aceptar ser escogidos, la culmina. En todos y cada uno se realiza el significado de Juan: “Dios es favorable”. Ya adivinamos lo que sigue: ¿qué tanto llevamos a cabo esa misión y hacemos patente “la luz que congregue a las naciones”?  ¿La sentimos brillar en el corazón y proyectarse en nuestras acciones?  No nos pedirá la vida austera ni el juicio tajante ni la amenaza de que la segur ya esté apuntando a la raíz; pero sí que exista congruencia, fidelidad, penitencia, oración, entrega sin temores hasta la misma muerte, que recordemos con frecuencia lo que dice San Juan en el Apocalipsis: “Y porque no amaron tanto la vida que temieran la muerte, por eso ahora reinan con el Cordero”.

En el nacimiento de Juan Bautista, más precisamente en el momento de escoger su nombre, se le suelta la lengua a Zacarías, lengua muda por la duda, ahora se deshace en alabanzas a Dios: ¡cuánto tuvo que aguardar para entender que el Señor es Bueno, que Dios es fiel a sus promesas! Todos los presentes se preguntaban impresionados “¿Qué va a ser de este niño? Esto lo decían, porque realmente la mano de Dios estaba con él”.

Nuestros padres, seguramente, se preguntaron lo mismo, porque la mano de Dios está en cada nacimiento. Fuimos respondiendo en la vida, algunos ya no nos oyen físicamente, otros aguardan la realización de sus sueños. Es bueno que nos preguntemos a nosotros mismos: ¿qué ha sido, qué es y qué queremos que sea nuestra vida? Ojalá como la del Bautista el Espíritu nos fortalezca y nos presentemos, sin miedos, como heraldos de Jesucristo.

domingo, 17 de junio de 2012

11° Ordinario, 17 Junio, 2012.

Primera Lectura: del libro del profeta Ezequiel 17: 22-24
Salmo Responsorial, del salmo 91: ¡Qué bueno es darte gracias, Señor!
Segunda Lectura: de la segunda carta del apóstol Pablo a los corintios 5: 6-10
Aclamación: La semilla es la palabra de Dios y el sembrador es Cristo; todo aquel que lo encuentra vivirá para siempre.
Evangelio: Marcos 4: 26-34.

Aun cuando el Señor jamás nos abandona, lo hemos escuchado dos domingos seguidos: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”, tenemos experiencias de desolación, de sequedad, de lejanía que nos hacen clamar por su presencia. Es tiempo de detenernos a reflexionar, a discernir, como nos enseña San Ignacio, para descubrir la causa de esos sentimientos: ¿nuestras culpas, cierta tibieza, una prueba que el Señor permite “para que no pongamos nido en casa ajena”? La desidia nos empuja a abandonar la oración, la súplica, la confianza, a omitir el paso “obscuro y seguro de la fe”. Creamos a los maestros del espíritu y redoblemos el esfuerzo, la petición concreta que nos sugiere la antífona de entrada: “Escucha mi voz y mis clamores y ven en mi ayuda, Dios salvador mío”. Que resuenen fuerte las palabras de Pablo: “coherederos con Cristo si sufrimos con Él, para ser glorificados con Él”. Aparece, otra vez, el fantasma que rehuimos, porque deseamos un Cristo fácil, hecho a la medida, lejos de la sangre y de los clavos, lejos de las heridas y la muerte. ¿Cómo superar las debilidades de la carne? Atentos a la Oración Colecta, la respuesta está clara:
“Ayúdanos con tu gracia, sin la cual nada puede nuestra humana fragilidad”. ¿Nos lanza esta realidad entre sus manos? ¿Reconocemos “que el espíritu está pronto pero la carne es débil”? ¿Tratamos de vigilar, al menos, una hora con Cristo? Los discípulos no lo hicieron y, al llegar la prueba, sucumbieron. ¿Por qué somos reacios a la voz de la historia?

Ezequiel nos recuerda que el Señor está cerca, le interesa su Pueblo, le interesamos todos; de un pequeño retoño hace surgir un bosque, “en él anidarán todos los pájaros, descansarán al abrigo de sus ramas”. Somos ese retoño, esa es “la esperanza a la que hemos sido llamados”. No es promesa vana ni palabra al viento: “Yo, el Señor, lo he dicho, y lo haré”. Escucharlo, nos motiva a repetir, con alegría, lo que hemos dicho en el Salmo: “¡Qué bueno es darte gracias, Señor. Celebrar tu nombre, pregonar tu amor cada mañana y tu fidelidad, todas las noches!”  La inquietud ha decrecido, el consuelo amanece y el Señor nos convence que nunca está lejos de nosotros. Reemprendemos el camino hacia la Patria, conscientes de nuestro ser de peregrinos, guiados por la fe y por la esperanza, donde el Señor aguarda. No aceptaremos al temor de compañero, porque el soplo del Espíritu, aunado a nuestro esfuerzo, hará que “la misericordia triunfe sobre el juicio”. 

¡Qué fácil entender cuando el Señor platica! La fuerza que duerme en la semilla, de pronto se despierta, y sin que se sepa cómo, comienza a germinar. Todo es espera de noches y de días, ningún grito apresura su crecida, va siguiendo su tiempo, florece y cuaja en fruto.

El Reino, nos dice Jesús, es como ella, parece pequeñito; encierra un asombroso dinamismo que al encontrar la tierra removida, el agua suficiente y el clima favorable, crecerá de tal forma que las aves harán nido en sus ramas. La fe es don regalado, limpiemos la parcela, arranquemos yerbas y espinas que puedan impedir el crecimiento;  que la esperanza y la paciencia sean el riego que fecunde hasta alcanzar el fruto apetecido por Dios y por nosotros.

jueves, 7 de junio de 2012

10°. Ordinario, 10 junio, 2012.

Primera Lectura: del libro del Génesis 3: 9-15
Salmo Responsorial, del salmo 129: Perdónanos, Señor, y viviremos.
Segunda Lectura: de la segunda carta de San Pablo a los corintios 4: 13-5: 1
Aclamación: Ya va a ser arrojado el príncipe de este mundo. Cuando yo sea levantado de latierra, atraeré a todos hacia mí, dice el Señor.
Evangelio: Marcos 3: 20-35.

Imploramos al Señor que nos inspire deseos de justicia y de santidad, sin duda nos escucha, con todo, debemos insistir para que nos ayude a cumplir lo anhelado. Todavía cabría preguntarnos si de verdad surgen de nuestros corazones esos deseos, si aceptamos todas las consecuencias que conlleva la búsqueda de la justicia, la divina, una justicia que busca con ahínco ayudar al necesitado, dar mucho más de lo que se pide, ir más allá de lo que juzgamos posible, darnos a los demás, y sin trabas, al Señor.

La lectura de Génesis nos pone en contacto con el nacimiento del pecado, del mal, de la elección tergiversada que ha hecho y sigue haciendo la humanidad, que hemos hecho y seguimos haciendo nosotros; igual que a Adán, nos pregunta “¿Dónde estás?”, no físicamente sino interiormente, ¿cómo está tu relación conmigo, contigo, con los demás? Pensamos que podemos escondernos de Dios, que podemos acallar la claridad de conciencia con que Él nos ha creado y encontrar pretextos que orienten la culpabilidad hacia los otros, y, tristemente, a los más cercanos, y que rompen las relaciones de fraternidad;  más aún, intentamos culpabilizar al mismo Señor: “La mujer que me diste me ofreció y comí…”, que en el fondo es un  reproche: si no me la hubieras dado, no hubiera pecado.

La sentencia a la serpiente, “personificación del mal”, pone de manifiesto el futuro cauce de nuestras relaciones: “te arrastrarás, comerás polvo, acecharás el talón”: tiene que ver con nosotros, con la humanidad entera: el pasto más pequeño te ocultará el horizonte de trascendencia, te apegarás a los bienes perecederos, combatirás contra tu hermano…, se ha roto el plan amoroso de Dios?, ¿fue un equívoco dotarnos de libertad?, ¿ha perdido fuerza el amor que Él depositó en nosotros? La respuesta la tenemos experiencialmente a la vista, la hermandad se ha ausentado, lo inmediato nos asedia y nos vence, parece que el mal triunfa en todas partes; pero Dios no se desanima, su Amor sigue en presente y la promesa de restauración brilla, Dice a la serpiente: “Pondré enemistad entre ti y la mujer y un descendiente te pisará la cabeza, acabará con el mal”. ¡Ya está delineada la misión de Cristo, su triunfo total: “Confíen, Yo he vencido al mundo”!

La Fe mira hacia el futuro, primero a la plenitud de los tiempos, con la Encarnación, con la actuación, siempre acorde a la voluntad del Padre, Heraldo de la Buena Nueva, Fundador de la nueva humanidad con su vida, con su muerte, con su resurrección, con la maravilla de poder llamar a Dios “Abbá”, Padre. Y más lejos, como nos dice San Pablo en la segunda lectura, nos dará un cuerpo nuevo, libre del pecado y de la muerte: “Sabemos que Aquel que resucitó a Jesús nos resucitará también a nosotros con Jesús y nos colocará a su lado”, por eso no nos acobardamos, la restauración de nuestro ser se realiza cada día y con ello la gloria de Dios se extiende más y más. Ciertamente sabemos que nuestra morada terrenal se desmorona, pero “Dios nos tiene preparada en el cielo una morada eterna”.

Quizá siga asaltándonos el desánimo, pero nuestra confianza en el poder del Espíritu superará cualquier obstáculo, aun el más peligroso que somos nosotros mismos; sintámonos miembros de esta nueva familia, porque de verdad “Tratamos de cumplir la voluntad de Dios”. ¡Dejémonos contagiar con la locura de eternidad!

jueves, 31 de mayo de 2012

La Santísima Trinidad, junio 3, 2012.

Primera Lectura: del libro del Deuteronomio  4 32-34
Salmo Responsorial, del salmo 32: Dichoso el pueblo escogido por Dios.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol Pablo a los romanos 8: 14-17
Aclamación: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Al Dios que es,que era y que vendrá.
Evangelio: Mateo 28: 16-20.

¡En mar abierto de la Revelación!: ¿cómo entender que uno más uno más uno, igual a UNO; la lógica y las matemáticas enmudecen, sólo el Amor habla, se explaya y deja al descubierto la intimidad de Dios.

Volúmenes de reflexiones y disquisiciones, incapaces de penetrar el misterio, ese no es el camino para llegar a Dios. Para encontrarnos con Él, la vía es la Fe hecha humildad, sencillez y aceptación  Permitir que la Palabra hecha Carne nos ilumine. Jesucristo, en quien reside la Plenitud, al hablarnos de Sí mismo, nos descubre al Padre y al ascender a los cielos, el Padre y Él nos envían al Consolador, al Espíritu de Verdad que nos confirma en todo lo nos ha dicho. ¿Vislumbramos algo del misterio?: El Padre y el Hijo nos envían al Espíritu Santo; está claro y no está claro pero ¡creemos en Quien lo dice!

El intento comparativo que han buscado los Santos y los teólogos, queda siempre incompleto. La Santísima Trinidad es como el sol, que es el mismo, pero su luz, sus rayos, su calor, procedentes de él, ¡son él!, pero su muestra y sus frutos son diferentes; como la fuente: es manantial, es estanque, es canal por donde corre y empapa y da vida, ¡la misma agua!, en manifestaciones diferentes… ¿Qué entendimos de la esencia de Dios? ¡Nada! Todo esfuerzo por penetrar lo impenetrable queda trunco.

Diez y nueve siglos mantuvo Israel la Fe en un Dios Único: “Reconoce, pues, y graba en tu corazón que el Señor es el Dios del cielo y de la tierra y que no hay otro”. Fundado en un monoteísmo “monolítico”, para superar la ideología de los pueblos circundantes, pero todavía muy lejano de la realidad que nos trae Jesús al llegar la plenitud de los tiempos. Dios no es ni solitario ni lejano, es compañía, es comunicación, es, en la encantadora frase de San Juan “Amor”. Imposible amar en soledad, imposible Amar sin compartir, imposible Amar sin donarse. ¿Quién  podría penetrar la intimidad de Dios, sino “El Espíritu que lo penetra todo”? “Nadie conoce mejor el interior del hombre que el espíritu del hombre que está en el hombre, nadie conoce mejor el interior de Dios que el Espíritu de Dios que es Dios”.(1ª. Cor. 1: 10-11) Él ha recorrido el velo y como  resultado nos entrega la Vida íntima Revelación de Dios.

“La fe cristiana confiesa que hay un solo Dios, por naturaleza, por substancia y por esencia”. (Catecismo Católico, n. 200)  ¿Cuántas veces nos hemos santiguado, cuántas hemos recitado el Credo? Y de ese incontable número, ¿cuántas veces nos hemos detenido a considerar lo que hacemos y lo que confesamos? “Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo”, Tres Personas distintas y un solo Dios verdadero. Inútil estrujar el pensamiento, es la Fe en el Testigo Primordial, en Jesús, la que nos da un atisbo y hace estremecer todo el ser al pronunciar la Palabra que nos engendra: “Padre”. Comenzamos a entender, de verdad, lo que nos decía San Pablo: “anhelando que se realice plenamente en nosotros la condición de hijos de Dios”, (Rom. 8: 23). Si hijos, “herederos y coherederos con Cristo”; en la adhesión completa, aunque nos estremezca; “porque si sufrimos con Él, seremos glorificados junto a Él.” Si el temor nos acosa, el Espíritu nos libera para ir por todo el mundo “enseñando a todas las naciones, enseñándoles a cumplir todo cuanto Jesús nos ha mandado.” La misión universal vuelve a relucir, nuestra impotencia nos puede hacer flaquear, pero “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, con la certeza de que Jesús estará con nosotros hasta el fin de los siglos, ¡nos arriesgamos!

viernes, 25 de mayo de 2012

Pentecostés, 27 mayo, 2012.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 2: 1-11
Salmo Responsorial, del salmo 103: Envía, Señor, tu Espíritua renovar la tierra. Aleluya.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol Pablo a los corintios 12: 3-7, 12-13
Aclamación: Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Evangelio: Juan 20: 19-23.

La vida, las obras, las palabras de Cristo rebosan sinceridad, definitivamente hacemos bien en confiar: “Dentro de poco me volverán a ver”, y lo vieron; “Dentro de pocos días serán bautizados con el Espíritu Santo”, y lo cumple. “El Señor siempre fue un Sí”

Nos reunimos cada semana bajo la acción del Espíritu, es Cristo mismo que lleva a plenitud otra de sus promesas: “No los dejaré huérfanos. Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. “Recibirán la fuerza del Espíritu y serán mis testigos hasta los últimos rincones de la tierra”. Ese puñado de hombres medrosos, escondidos, temblorosos, decepcionados, ¿será capaz de cumplir esa misión? Nosotros, herederos no sólo del nombre sino de la vida íntima de Cristo, ¿seremos capaces de cumplir nuestra misión? ¡Jamás, sin la conmoción del Espíritu! Con el “ruhaj” de Dios, con el aliento de Dios, con el mismo con el que creó el universo, viene a renovar la tierra, a “encender los corazones con el fuego de su amor”.

Nos sabe humanos, desconfiados, expectantes de signos y prodigios y se acopla a nuestro ser: “De repente se oyó un gran ruido que venía del cielo, como cuando sopla un viento fuerte, que resonó por toda la casa donde se encontraban. Aparecieron lenguas de fuego que se distribuyeron y se posaron sobre ellos, se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otros idiomas, según el Espíritu los inducía a expresarse”. Suceso que conmueve, que convoca, que asombra, que convierte. Se congregan gentes de 16 países diferentes, diversidad de lenguas conjuntadas en una: escuchan: “Proclamar las maravillas del Señor”. La Babel invertida, la dispersión reunida, porque el Espíritu es Uno y “el Señor, que hace todo en todos, es el Mismo”.  Inicia el cumplimiento de la oración-deseo que escuchábamos de labios de Jesús, el 4° domingo de Pascua: “Tengo otras ovejas que no son de este redil, es necesario que las traiga, que escuchen mi voz para que haya un solo rebaño bajo un solo pastor”.

La Iglesia se consolida con la llegada del Espíritu Santo. Nosotros solos no podríamos ni imaginarlo, pero sí con Él que es “Luz que penetra las almas, dador de todos los dones, que lava, fecunda y cura”.  

En la lectura del Evangelio, San Juan, vuelve sobre el tema: el miedo arrincona, atrinchera, paraliza. Jesús rompe toda barrera, con su presencia trae la paz: “la paz sea con ustedes”, lo repite dos veces para que el temblor se aquiete en sus discípulos. “Ellos se llenaron de alegría” al ver al Señor. ¿Puede ser otra la reacción de un ser humano ante Su Señor? ¿Qué tanto compartimos y difundimos la alegría del Evangelio?

De discípulos los convierte en Apóstoles, en Enviados. Para que esa paz se extienda, se derrame de manera que alcance a todo ser humano. Jesús, profundo conocedor del hombre, les confiere, y con ellos a la Iglesia, el poder de perdonar los pecados, el camino de reencuentro con Él y con el Padre, por la acción del Espíritu Santo. ¡Cuánto hemos de revalorar el Sacramento de la Reconciliación! “Sin tu inspiración divina, los hombres nada podemos y el pecado nos domina.” ¡Señor, danos tu paz y tu alegría, y con ellas, un corazón agradecido! Verdaderamente te quedaste con nosotros, que nunca te perdamos de vista.