jueves, 11 de noviembre de 2010

33º ordinario, 14 noviembre 2010.

Primera Lectura: del libro de Malaquías 3: 19-20
Salmo Responsorial, del salmo  97
Seguna Lectura: de la 2a carta del apóstol Pablo a los Tesalonicenses 3: 7-12
Evangelio: Lucas 21: 5-19.

Hoy es el último domingo del tiempo ordinario, el próximo será la Fiesta de Cristo Rey, fiesta que cerrará el ciclo litúrgico C.

La semana pasada reflexionábamos sobre la “Vida Nueva”, el camino y la llegada a la Patria; seguro nos impresionaron los jóvenes que prefirieron perder los miembros y la vida temporal con la seguridad de la Resurrección; certeza que floreció desde la fidelidad a la Ley, de la confianza plena en que Yahvé no permite que se pierda ninguno de sus hijos.

El Señor Jesús, único Mediador para llegar al Padre, nos mostró como ES: “Dios de vivos”; San Pablo nos exhortó a que permitamos que Él dirija nuestros corazones “para amar y para esperar, pacientemente, la venida de Cristo”.

Jeremías, en la antífona de entrada, nos prepara para que, con ánimo aquietado, miremos hacia la escatología y redescubramos que el Señor “tiene designios de paz, no de aflicción”, e insistamos en la oración, invocándolo porque “nos escuchará y nos librará de toda esclavitud”. Ésta es la forma de preparar lo que, sin ella, sería de temer: “El día del Señor, como ardiente horno”; pero con ella: “brillará el sol de justicia que trae la salvación en sus rayos”.

Conviene que volvamos a preguntarnos: ¿cómo y qué espero, no para el “fin del mundo”, sino para mi encuentro personal con Dios, para “el fin de mi mundo”, el que ahora se encuentra limitado por el espacio y el tiempo? No es temor, es conocimiento que ilumina la decisión del amor, San Juan no ayuda a profundizar: “En el amor no existe el temor; al contrario, el amor perfecto echa fuera el temor, porque el temor anticipa el castigo, en consecuencia, quien siente temor aún no está realizado en el amor”. (1ª.Jn.4:18); meditándolo acertaremos con la respuesta adecuada…, si no la encontramos como viva en nuestro interior, démonos tiempo para prepararla.

Las palabras de Jesús en el Evangelio, nos advierten y exhortan para que atendamos a los “signos de los tiempos”; no es que ya estemos al final, aunque si continuamos destruyendo el planeta, parecería que la humanidad entera quisiera adelantarlo. ¡Cuánto egoísmo y ausencia de conciencia! ¡Cuánta soberbia y ansia de riqueza! ¿En qué lado nos encontramos? Sabemos que el testimonio a favor de Jesús y del Evangelio, causan y causarán dificultades. Permanecer y actuar a favor de la justicia y de la verdad, será señal de que estamos bajo la Bandera de Cristo, dominemos la imaginación y, otra vez, el miedo, es Él quien nos asegura: “sin embargo, no teman, no caerá ningún cabello de la cabeza de ustedes. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida”. (Lc. 21: 18)

Recordando a Job: “Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré ahí” (1: 21), cubramos esa desnudez con actos nacidos de la entrega efectiva: “Escribe: Dichosos los que en adelante mueran en el Señor. Cierto, dice el Espíritu: podrán descansar de sus trabajos, pues sus obras los acompañarán”. (Apoc. 14: 13)

martes, 2 de noviembre de 2010

32º ordinario, 6 noviembre 2010.

Primera Lectura: del 2º libro de los Macabeos: 7:1-2, 9-14
Salmo Responsorial, del salmo 16  Al despertar, Señor, contemplaré tu rostro.
Segunda Lectura: de la 2ª carta del apostol Pablo a los Tesalonicenses 2:16, 3:5
Aclamación: Jesucristo es el primogénito de los muertos; a él sea dada la gloria y el poder por siempre.
Evangelio: Lucas 20:27-38.   

La liturgia de hoy nos pone en actitud de alerta llena de esperanza; no podemos quedarnos en el principio de la Revelación, recordemos que el Señor es el gran Pedagogo y sabe que necesitamos tiempo para asimilar, para descubrir el verdadero horizonte, el eterno. La muerte es algo real, ¿quién no ha experimentado, de cerca, la partida de un ser querido, de un amigo, de un compañero? Necesitamos, leer más allá del 2° Libro de las Crónicas: “Nuestra vida terrena no es más que una sombra sin esperanza”, (29: 15); anclarnos en esa visión nos llenaría de angustia sin sentido: ¿termina todo en la tumba o las cenizas?, entonces ¿para qué el esfuerzo, la oración, la mirada que busca la trascendencia? ¿Pereceremos igual que los animales?, ¿no existe ese “algo” que nos enaltece, que nos hace “semejantes a Dios”, quien ha plantado en cada ser humano la semilla de eternidad? En el lento camino que el Señor va iluminando, ya aparece en el libro de Job, un fuerte destello: “Yo sé que mi Redentor vive y que al final se levantará en mi favor; de nuevo me revestiré de mi piel y con mi carne veré a mi Dios; Yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo contemplarán. 

Ésta es la firme esperanza que tengo”. (19: 25-27)   
Esta convicción, fruto de la fidelidad a la Palabra, la que ilumina el espíritu, fortaleció a los jóvenes cuya valentía escuchamos en la primera lectura. Proclaman la certeza que tanto necesitamos en el mundo actual para reorientar pasos y decisiones, perdido en una absurda superficialidad, empentando en el egoísmo y en el incomprensible placer de la opresión y aun de la muerte, para adquirir poder. Podríamos preguntar: ¿por cuánto tiempo? 

El viento del Espíritu es más fuerte que el temor de la carne, ¿le creemos?, ¿somos capaces de pronunciar, sin dudar en lo más mínimo, esas palabras que dejan al descubierto corazones recios, y dejan mudos y admirados a los que viven encerrados en sí mismos?: “Dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres”. Crece la valentía, alentada por la fe “Asesino, tú nos arrancas la vida presente, pero el rey del universo nos resucitará a una vida eterna”. “De Dios recibí estos miembros y por amor a su ley los desprecio, y de Él espero recobrarlos”. La plenitud florece: “Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida”. Recalquemos las últimas: “resucitar para la vida”. 

Vivieron, en la fe, lo que es morir: “Morir es encontrar lo que se buscaba. Abrir la ventana a la Luz y a la Paz. Es encontrarse cara a cara con el Amor”. Así lo vivió Pablo: “Para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia”. (Filip. 1:21) Sin No hay posibilidad de huída; volvamos a preguntarnos: ¿qué actitud tengo ahora y quiero mantener ante la muerte? El misterio está delante, meditemos y aceptemos la realidad que nos encamina hacia la Realidad con mayúsculas: somos esa maravillosa unión de espíritu y corporeidad, lo que quede de nosotros, “la materia”, se destruye, se quema, perece, pero la corporeidad nos la “regresa” Dios en la resurrección, pues lo que Él ha hecho, permanecerá para siempre. Oigamos la afirmación de Jesús: “¡Dios no es Dios de muertos sino de vivos!”. El Padre jamás pierde a sus hijos: “nos ha dado por Jesús, gratuitamente, un consuelo eterno y una feliz esperanza”.

Amen a Dios y esperen pacientemente su venida”. El gozo nos aguarda, ¡preparémoslo!

martes, 26 de octubre de 2010

31° ordinario, 31 noviembre 2010

Primera Lectura: del libro de la Sabiduría 11:22- 12:2
Salmo Responsorial, del salmo 144: Bendeciré al Señor eternamente
Segunda Lectura: de la 2ª carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 1:11-2:2
Aclamación:  Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él, tenga vida eterna.
Evangelio: Lucas 19:1-10.

“¿Puede una madre olvidarse de su creatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré” (Is. 49: 15) Pienso que es la respuesta que desde la eternidad ha dado el Señor Dios a la humanidad y a cada uno de nosotros, ante el grito y súplica de la antífona de entrada: “Señor, no me abandones”. Su respuesta envuelve preguntas que conciernen  a todo ser humano: ¿quién es el que abandona, tú, o Yo?, ¿quién permite que el olvido teja sombras al recuerdo, quién apaga la curiosidad y deja arrinconado al asombro?, ¿quién no quiere aceptar la oferta de perdón y revestirse de gratitud ante la realidad de un amor reestrenado?

Lo hemos escuchado en la primera lectura, es la Sabiduría quien habla, después se pronunció Encarnada y continúa invitándonos a la reflexión, a que tomemos nuestro ser en las manos, lo veamos por todos lados, lo examinemos detenidamente y comprobemos que somos hechura suya, que le pertenecemos y que palpamos su Amor en la existencia, la nuestra y la de cada ser que nos rodea. ¿Cómo no brotará un ¡gracias interminable!, al releer en nosotros, en esa permanencia en el ser: “Tú amas todo cuanto existe y no aborreces nada de lo que has hecho; pues si hubieras aborrecido alguna cosa, no la habrías creado”, soy porque he sido y sigo siendo amado. Necesito, como toda creatura racional, corregir desviaciones, yerros, equívocos, caprichos, y otra vez, olvidos. Saboreemos la delicadeza de Dios, como la expresa la lectura: “Aparentas no ver los pecados de los hombres, para darles ocasión de que se arrepientan”. Aunque “No hay creatura que escape a tu mirada” (Heb. 4:13), y su paciencia, amor y comprensión lo inundan todo.

Entonces exclamamos: “Bendeciré al Señor eternamente”, diremos bien de Él, de palabra y de obra, porque hemos comprendido y queremos seguir penetrando la maravilla de “la vocación a la que nos ha llamado”. Esta fidelidad al llamamiento será imposible sin “el poder que viene de Dios en Jesucristo”; en Él se harán reales los propósitos emprendidos por la fe que contempla y aguarda, confiada, el futuro; que está segura de que el Señor Jesús vendrá; que supera perturbaciones que atosigan la imaginación, porque facilita “la acción de la gracia” que acalla falsas alarmas.  

Fe quizá ignorante o movida por la curiosidad, pero perseverante y decidida. Como la de Zaqueo, quien ha oído hablar de Jesús y siente interés por conocerlo. Moción interna que no puede ni imaginar lo que encontrará, pero la sigue. Supera las miradas suspicaces, las burlas; pone los medios: “corrió y se subió a un árbol para verlo cuando pasara por ahí”. Zaqueo es un fruto maduro, un profundo deseo lo prepara para el gran encuentro, aunque él mismo lo ignore.  

“Al llegar a ese lugar Jesús levantó la vista”; mirémonos en ese cruce de miradas, escuchemos la invitación hecha a aquel hombre, despreciado por muchos; pero acogido por Jesús, hagámosla nuestra, cambiemos su nombre por el nuestro, “bájate pronto, porque hoy me hospedaré en tu casa”. ¿De dónde he de bajarme? Nuestra  historia lo sabe. ¿Tengo la casa preparada para recibir al Señor? ¿Está mi ser dispuesto al desasimiento de aquello que me ata? ¿Siento el amor en vuelo de Aquel que se me ofrece y me asegura que “ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”?

La presencia de Jesús crea comunidad y contagia la alegría, el convivio es testigo. “La salvación ha llegado a esta casa, porque también él es hijo de Abraham”. El Bien Mayor ha sido descubierto, el contento circula por las venas de todos, excepto de aquellos que no han abierto su casa.  

¡Señor, que “el brinco” que he de dar, tenga feliz acogida entre tus brazos!

lunes, 18 de octubre de 2010

Domund, 2010.

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 56: 1: 6-7
Salmo Responsorial, del salmo 66.
Segunda Lectura: de la 1ª carta del apóstol San Pablo a Timoteo 2: 1-8
Evangelio: Mateo 28: 16-20.  

El llamado que hace Dios a todos y cada uno, nos compromete a “Anunciar a los pueblos la Gloria de Dios”, y a aceptar el encargo de ser parte viva de la Iglesia “como Sacramento de salvación”. La finalidad es patente: cooperar, desde nuestra individualidad, a que “surja una sola familia y una humanidad nueva”.

El camino lo conocemos: “por la fe a la justicia”, aunque, desde nuestra pequeña perspectiva parezca imposible que abarquemos a todo el mundo, sí  que debemos comenzar con el entorno en que vivimos y con la oración confiada “sin desfallecer”.  

El espíritu misionero nació con la Comunidad cristiana, creció con la conciencia de “ser enviados”, ese mismo Espíritu necesita cauces para manifestarse, más y más, en la sociedad que nos ha tocado vivir, esa sociedad que considera y actúa con la seguridad de no errar el blanco, que prosigue su marcha sin levantar la mirada a los cielos, sin preocuparse por oír ni a Dios ni a su conciencia, y menos aún dignarse poner los ojos en los más pobres, incapaces de considerarse parte de ellos, en frase de Sta. Teresa de Calcuta: “aquellos que no tienen a Dios”. ¿Cómo podrán creer si nadie les predica? Imposible poner su confianza en Aquel a quien no conocen. Aunque no lo sepan, la Palabra de Dios es eficaz y si Él la ha pronunciado por boca del profeta, es cierta: “mi Salvación está a punto de llegar y mi justicia a punto de manifestarse”.  

¡Cómo necesitamos paciencia y confianza!, del Señor es la última palabra, pero podemos “apresurarla” siguiendo la orientación de Pablo a Timoteo, la que hemos leído hace unas semanas y que, estamos convencidos de que se hace más urgente, si cabe, en nuestro tiempo: “Hagan súplicas y plegarias por todos los hombres, y en particular por los jefes de Estado y las demás autoridades”. La oración ya es misión, “para que los hombres, libres de odios y divisiones, lleguen al conocimiento de la verdad y se salven”.

Contemplemos a Jesucristo, El Padre le ha concedido “todo poder en el cielo y en la tierra”; poder que no subyuga, sino que libera. De ese mismo poder nos invita a participar  para que vayamos “a enseñar, a bautizar” con el signo Trinitario, a ilustrar, porque con el Espíritu hemos podido comprender su doctrina, lo hemos conocido y ha nacido en cada uno de nosotros, el deseo de comunicar, con el ejemplo, con la palabra, con la oración, el modo de cumplir sus mandamiento:”Ámense como Yo los he amado”, e, impregnados de su misma misión, ensanchemos el camino de fraternidad que lleva al Padre. 

Unidos a tantos hombres y mujeres que, dejándolo todo, han emprendido la senda de la Buena Nueva del  Evangelio, en medio de privaciones, soledad, persecuciones e incomprensiones, que se dejaron mover por el Espíritu y han sembrado luces de paz y de ternura, que se han convertido en “fuegos que encienden otros fuegos”. 

Que nuestra oración, unida a la Iglesia en el mundo entero, se eleve confiada porque aún creemos en el amor, la justicia y la verdad.

¡Jesús Eucaristía, que diariamente te ofreces por nosotros, escúchanos y realiza lo que Tú mismo sigues deseando: “¡Que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad!”

martes, 12 de octubre de 2010

29° Ord. 17 octubre 2010.

Primera Lectura:  del libro del Éxodo 17: 8-13; 
Salmo Responsorial, del salmo 120: El auxilio me viene del Señor.
Segunda Lectura: de la 2ª carta del apóstol Pablo a  Timoteo 3: 14 – 4: 2
Aclamación: La palabra de Dios es viva y eficaz y descubre los pensamientos e intenciones del corazón.
Evangelio: Lucas 18: 1-8. 

La invocación con que se abre la liturgia de hoy, nos descubre la ternura de Dios. ¡Cómo tenemos a nuestro alcance, si lo invocamos, la posibilidad de sentirnos, tiernamente, bajo su cuidado: “como la niña de tus ojos, bajo la sombra de tus alas”! Comparaciones que comprendemos, aun cuando Dios ni tenga ojos ni tenga alas; pero que el salmo utiliza para iluminar la relación, siempre cercana del Señor, para con aquellos que “lo invocan” –lo invocamos y atendemos como Él nos atiende. Con Él y desde Él obtendremos la fortaleza y la constancia para “ser dóciles a su voluntad” y encontrar el modo de “servir con un corazón sincero”.  

Nos conocemos, o al menos pensamos que nos conocemos, y encontramos en nosotros actitudes de una autosuficiencia que a la postre nos engaña, nos defrauda y nos induce al desánimo. Al detenernos a escuchar y profundizar la Palabra de Dios, captamos que todas las lecturas invitan a la oración, a la confianza, a la perseverancia, a examinar, con mucha atención, ¿cómo está nuestra relación de intimidad con Él; cómo está la Fe activa?, esa que pedíamos, junto con los apóstoles que Jesús hiciera crecer: “¡Señor, aumenta nuestra fe!”, no desde lo cuantitativo, sino desde lo cualitativo; la que hemos recibido como don y regalo, pero que necesita el cuidado y atención de nuestra parte para actuar en consonancia, la que parte desde el trato, el conocimiento, la aceptación, la que genera el compromiso…, que si no insistimos, se obscurecerá en medio de las preocupaciones que acaparan nuestra atención, nos envuelven y nos hacen olvidar lo fundamental. 

Bella imagen la de Moisés con los brazos levantados en actitud de súplica, de confianza, de la seguridad que da la conciencia de que Dios está con su Pueblo; al estar con Él, Él está con nosotros; al prescindir de Él, comienza la derrota. Momento de preguntarnos si elevamos, no solamente los brazos, sino el ser entero, hacia la altura “de donde nos viene todo auxilio”, como signo de confianza y abandono en Aquel “que protege nuestros ires y venires, ahora y para siempre” , si pedimos ayuda a los demás para que nos sostengan o volvemos a la encerrona de la estéril autosuficiencia. Una vez más encontramos en las personas del Antiguo y Nuevo Testamento que la oración es necesaria y en sí misma es eficaz en la búsqueda de orientar nuestras vidas hacia Dios. No es nuestra palabra la primera, el Padre ya ha hablado por Su Palabra que “es útil para enseñar, para reprender, para corregir y para educar en la virtud, a fin de que el hombre esté preparado para toda obra perfecta”. En nuestra oración ya está Dios, ya está Jesús presente; conocen nuestras necesidades pero “les gusta” que las expresemos “sin desfallecer”. 

Un juez inicuo “que no teme a Dios ni respeta a los hombres”, se determina a hacer justicia “por la insistencia de la viuda”, ¡cuánto más Aquel que es la Justicia y el Amor sin límites, nos escuchará “si clamamos día y noche”!

La última frase que pronuncia Jesús, quizá nos haga temblar, pero también adentrarnos más y más en la realidad que vivimos: “cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?”. Regresemos a la oración y renovemos nuestra súplica: “haz que nuestra voluntad sea dócil a la tuya y te sirvamos con corazón sincero”, firmes en Cristo Jesús.

martes, 5 de octubre de 2010

28° ordinario, 10 octubre 2010.

Primera Lectura: del 2° libro de los Reyes 5: 14-17
Salmo Responsorial, del salmo 90: El Señor nos ha mostradosu amor y su lealtad.
Segunda Lectura: de la 2ª carta del apóstol San Pablo a Timoteo 2: 8-13
Aclamación:  Den gracias siempre, unidos a Cristo Jesús, pues esto es lo que Dios quiere que ustedes hagan.
Evangelio: Lucas 17: 11-19.

La insistencia, para que nos convenzamos, permanece: Dios es “un Dios de perdón”, ¿hacia dónde nos volveríamos si “conservara el recuerdo de nuestras faltas”?, la verdad es fuerte y nos hace reflexionar: “¿quién habría que se salvara?” La respuesta es clara: ¡nadie! Nuestra actitud, si hemos reflexionado, será la de aquellos que están “colgados de Dios” y de su Gracia, para sentirnos acompañados siempre y podamos actuar en consonancia: “descubriéndolo, amándolo y sirviéndolo en cada prójimo”.
 
El compromiso, a primera vista, se presenta como un camino obvio, fácil, al alcance de cualquiera, pero, lo hemos comprobado en el recorrido de nuestra propia historia, lo que tenemos enfrente, ¡no lo vemos o lo complicamos y acabamos por descartarlo!  

Analicemos el proceder de Naamán, y descubramos lo que hay de él en nosotros: inicialmente se guía sensatamente: escucha, presenta al rey su petición, pues le ha impresionado la palabra de la doncella israelita “si mi amo fuera a ver al profeta, él lo curaría de la lepra”; emprende el camino, lleva regalos para el profeta, su imaginación lo acicatea: ¡me librará de esta ignominia de la lepra! Presenta la carta y se sorprende por la reacción del rey de Israel, probablemente Naamán pensaba que todo el pueblo sabía de la existencia de Eliseo, y de los prodigios que Yahvé realizaba por su medio. 

Eliseo, hombre de Dios, vive de la fe y la confianza, “colgado de Dios”. Naamán, extranjero, ignorante –sin culpa-, imagina según sus criterios y se desanima al escuchar la proposición de Eliseo: “Báñate siete veces en el Jordán y quedarás limpio”. No entiende –la Fe supera la lógica-, el enojo y la desilusión se apoderan de él; pero sus criados le invitan a reflexionar; accede, con humildad obedece y  su carne quedó limpia como la de un niño”. ¡Sanado de la lepra y la ignorancia!, entiende y agradece: “Ahora se que no hay más Dios que el de Israel”; ha experimentado lo inesperado aunque ansiado, y proclama su fe, fruto de la experiencia del encuentro con Dios Salvador: “A ningún otro dios volveré a ofrecer sacrificios”. 

A nosotros, también, constantemente “el Señor nos muestra su amor y su lealtad”, al reconocerla y revivirla, proclamemos vivamente el Aleluya: “Demos gracias, siempre, unidos a Cristo Jesús, esto es lo que Dios quiere”.
 
Jesús nos aguarda, ¡curados de tantos males!, a que regresemos, no solamente a darle las gracias, sino para, exultantes, “alabar  a Dios en voz alta”.  
Jesús, con el Padre y el Espíritu Santo, “Nos ha rescatado cuando aún éramos pecadores”, (Rom. 5: 8), nos conserva en la existencia, nos llena de oportunidades para reintegrarnos a la Comunidad, a la familia, al profundo sentido de la vida; por su muerte nos ha dado vida para que captemos que no somos extranjeros ni advenedizos, “sino ciudadanos del cielo”, (Filip. 3: 20). 

Jesús mismo nos ha enseñado a pedir, repasemos el Padre Nuestro, pero juntamente a ser agradecidos, a reconocer que el Señor es Dios; que el Gloria, que tantas veces hemos recitado, lo meditemos para que, lentamente, en contacto con la Trinidad, proyectemos que ¡“el agradecimiento es la memoria del corazón! Escuchemos con ánimo renacido: “¡Levántate y vete. Tu fe te ha salvado!”. 
Mucho por aprender: saber escuchar, obedecer, moderar la imaginación, a ser humildes y reconocer para regresar, alabar y bendecir a Dios. ¿De qué  lepra nos tiene que curar el Señor?

sábado, 2 de octubre de 2010

27° ordinario, 3 octubre, 2010.

Primera Lectura: Habacuc 1: 2-3; 2: 2-4; 
Salmo Responsrial: del salmo 94, Señor, que no seamos sordos a tu voz.
Segunda Lectura: de la 2ª carta de San Pablo a Timoteo 1: 6-8, 13-14; 
Aclamación: La palabra de Dios permanece para siempre. Y ésa es la palabra que se les ha anunciado.
Evangelio: Lucas 17: 5-10.  
El Señor es Dios, Creador, Absoluto, Padre, nosotros somos creaturas, relativos, de esta relación con Él, nacen por nuestra creaturidad, estos lazos, pero, en medio de todas nuestras pequeñeces, necesitamos hacer brillar la realidad de que Él nos ha hecho hijas e hijos por adopción, ¿qué sentido tendría, si hemos intentado profundizar todo esto, “resistirnos a su voluntad”?  

Detenernos a contemplar al “Señor del universo”, a beber y llenarnos de “todas sus maravillas”, y aprender a dejarnos en sus manos, corazón, deseos de Padre que nos conoce y nos invita a” recibir más de lo que merecemos y esperamos”; ¿cuántas cosas inútiles pedimos?, ¡dirijamos nuestras intenciones a lo esencial!: “que tu misericordia nos perdone y nos otorgue lo que no sabemos pedir y que Tú sabes que necesitamos”. Que resuenen, como recién pronunciadas, las palabras de Jesús: “Si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre dará el Espíritu a los que se lo piden!” (Lc. 11: 13). Al menos ¿intentamos pedirlo? 

El mismo Dios nos impulsa, por boca del profeta Habacuc, a que “gritemos”: ¡auxilio! “¿Hasta cuándo llegará tu salvación?” Igual que los israelitas, ellos acosados por los babilonios, estamos ahora acosados por injusticias, violencia, muerte, opresión y desórdenes; ¿nos unimos en oración, confiamos en verdad que el Señor hará justicia? Oigamos su respuesta: la salvación “viene corriendo y no fallará; si se tarda, espera, pues llegará sin falta…, el justo vivirá por su fe.”

Nos sumamos, Señor, a la súplica de tus apóstoles: “Auméntanos la fe”, ayúdanos a comprender el alcance y el compromiso que robusteció a Pablo en su constante lucha, en su desvivirse por contagiar la esperanza, más aún, la seguridad de saberse asentado sobre roca firme, como le escribe a Timoteo, 2ª. 1: 12: “Sé en Quién he puesto mi confianza”. Imposible confiar sin conocer, imposible conocer sin acercarnos, imposible acercarnos si permanecemos cerrados en nosotros, preocupados, exclusivamente, por el bienestar pasajero, si nos contentamos con cumplir, sin entusiasmo, la tarea que el mismo Señor ha dejado a nuestro cuidado: “reavivar el don de Dios que recibimos en el Bautismo, en la Confirmación, en la Ordenación, en cada Eucaristía”; Don que se proyecta en “el Espíritu de fortaleza, de amor y de moderación”, porque nos sabemos fundados en Cristo Jesús. 

Creer en Dios y creerle a Dios, creer en su Palabra y creerle a la Palabra Encarnada, Jesucristo; una vez más repetirnos: no hay nada amado que no sea previamente conocido. Como decía el P. Leoncio de Grandmaison: “Jesucristo conocido, amado, seguido”. 

Aceptar toda la potencialidad con que nos ha dotado para servir con fidelidad, no por convencionalismo, ni aguardando una paga, que “a salario de gloria no hay trabajo grande”. Con sencillez, humildad y convicción decirle y decirnos: “No somos más que siervos, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer”. ¡Señor pon tu Verdad en nuestra mente, en nuestras manos, en nuestros corazones! Y te recibiremos como el gran Don de la vida.

martes, 21 de septiembre de 2010

26º ordinario, 26 septiembre 2010.

Primera Lectura: del libro del profeta Amós 6: 1, 4-7
Salmo Responsorial, del salmo 145: Alabemos al Señor, que viene a salvarnos.
Segunda Lectura: de la  1ª carta del apóstol San Pablo a Timoteo 6: 11-16
Aclamación: Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza.
Evangelio: Lucas 16: 19-31.

Reflexionando en la antífona de entrada nos percatamos de ese tiempo condicional: “podrías hacer recaer en nosotros, todo el rigor de tu justicia”; hay suficiente razón para ello; pero “la misericordia triunfa sobre el juicio”, nos asegura Santiago (2: 13), mas no por eso podemos “abusar de la paciencia de Dios”. La lucha es real: “¿No es una milicia lo que hace el hombre sobre la tierra?” (Job 7:1). Necesitamos de una ayuda especial, como la pedimos en la oración, “para no desfallecer”, porque las tentaciones abundan, porque la reflexión y la oración se ausentan, porque el conformismo crece junto con la indiferencia hacia los otros, y todo ello tiene consecuencias, aunque no las percibamos de inmediato. El frío interior insensibiliza el corazón, ciega los ojos, oculta la trascendencia, nos deja vacíos y borra nuestros nombres del Libro de la Vida, ¡no podemos permanecer impasibles!

Las lecturas de este domingo reconfirman la advertencia, que el domingo pasado, nos hicieron Amós y Jesús: el peligro real de sobrevalorar los bienes materiales, -premorales en sí mismos-, pero cuyo uso correcto o abuso egoísta, les dan, con nuestra intención y actuación, la moralidad o la ausencia de sentido; si ésta es la que predomina en nuestras decisiones,  rompemos la visión fraterna, servicial, humana, nos rompemos a nosotros mismos. Recordemos “la regla de oro” que ofrece San Ignacio de Loyola en el Principio y Fundamento: “todo lo demás lo dio Dios al hombre para que lo use, tanto cuanto, le ayude a conseguir el fin para que fue creado, y se abstenga de aquello que le impida conseguir ese fin”. Otra vez la oración: “obtener el cielo que nos has prometido”.
 
Amós, como todo verdadero profeta es audaz, claro, contundente, como deberíamos de ser los que decimos escuchar y vivir la Palabra de Dios.  “¡Ay de ustedes – los que viven del placer- y no se preocupan por las desgracias de sus hermanos”, que repetirá el mismo Jesús en Lc. 6: 24 “¡Ay de ustedes los ricos, porque ya tienen ahora su consuelo”. ¿Qué clase de consuelo?: efímero, fugaz, incapaz de dar la felicidad que perdura. 

La parábola no trata de mostrar cómo será “el más allá”, sino cómo todo empieza desde “el más acá”. Pone de relieve las consecuencias de lo que realizamos si no tenemos en cuenta a los demás, especialmente a los que  -querámoslo o no-, nos necesitan. El rico, no tiene nombre, no tiene identidad, no hace el mal, sencillamente, tan fácil decirlo, no mira al que tiene a la puerta de su casa; la miseria y el dolor, ¡es mejor no verlos, fingir demencia, alejarlos de la experiencia!, ¿y luego?...  Lázaro, que significa “Dios ayuda”, confía en “el Señor que salva”. Lo sabemos, pero ¿lo aceptamos de verdad?, y Dios no defrauda.

La actitud que nos mantendrá preparados para “la venida de nuestro señor Jesucristo”, es la fe y el testimonio veraz, pero, como no sabemos “ni el día ni la hora”, necesitamos alimentarla con la Palabra, “Moisés y los profetas”, y con la corona que resume la Revelación: Jesucristo, “Rey de reyes y Señor de los señores”. ¡Señor, que aprendamos a conocerte y a seguirte, así no perderemos el camino!

miércoles, 15 de septiembre de 2010

25° Ordinario, 19 Septiembre 2010.

Primera Lectura: del libro del profeta Amós 8: 4-7
Salmo Responsorial, del salmo 112: Que alaben al Señor todos sus siervos.
Segunda Lectura: de la 1ª carta del apóstol San Pablo a Timoteo 2: 1-8
Aclamación: Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza.
Evangelio: Lucas 16: 1-13.


Las palabras de Yahvé por boca de Amós, podrían, ser el titular de cualquier periódico de nuestros días, aunque quizá la mayoría de los lectores y los no lectores evitarían reflexionarlas y mucho más aplicárselas: “Escuchen esto los que buscan al pobre sólo para arruinarlo…Disminuyen las medidas, aumentan los precios, alteran las balanzas. obligan al pobre a venderse, -los compran y los venden como si fueran cosas-, hasta venden el salvado por trigo”. La clara sentencia de Dios no puede hacerse a un lado: “No olvidaré jamás ninguna de estas acciones”.  

¡Cómo entran en juego las consecuencias de la libertad, la pérdida de la visión de fraternidad, el pensarnos imperecederos, la creencia de que lo único que cuenta es poseer, adquirir en esta vida, todo cuanto sea posible! Si nosotros olvidamos, el Señor “no olvida”, que no es lo mismo que “no perdona”, lo hará si recapacitamos y tratamos de realizar lo que dijimos tanto en la antífona de entrada como en la oración colecta: “nos escuchará en cualquier tribulación en que me llamen”, y, sin duda la mayor tribulación es no aprender o no querer llamarlo desde aquello que nos impide crecer como personas, como auténticos seres humanos: la egolatría, la pasión por las riquezas y las posesiones terrenas que impiden “descubrir y amar a los hermanos”, y en ellos amar a Dios. “El que dice que ama a Dios a quien no ve y no ama a quien ve, es un mentiroso”. (1ª. Jn. 4: 20) 

La parábola del administrador infiel,  que escuchamos en el Evangelio, ha suscitado, desde antiguo, bastante perplejidad, si no la analizamos a fondo. Salta a la vista que Jesús no alaba, en boca del amo, la habilidad de quien lo ha defraudado; y más, porque no se sabe dónde acaba la parábola. Obviamente Jesús no puede alabar la deshonestidad ni la estafa; si continuamos atentamente la lectura, encontramos un fuerte llamado de atención a cuantos nos decimos cristianos; es Jesús mismo quien nos “reprende”: “los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios, que los que pertenecen a la luz”. ¿Dónde está nuestra habilidad para encontrar respuestas rápidas e inteligentes para enfrentar al mundo actual, para ser portadores de la verdad, para invitar con palabras y obras a que todo ser humano se deje invadir por la Luz?, o ¿también nosotros participamos, de algún modo, disimulada, solapadamente, de los criterios que impulsan a tener, a acumular, a aprovechar las circunstancias, aunque el prójimo sea pisoteado, rebajado, tirado a la cuneta como ser inservible? Sigamos escuchando: “Gánense amigos con ese dinero tan lleno de injusticias, - y aun cuando sea fruto de un trabajo honesto, compartan, den, ayuden, hagan un mundo más humano-, para que cuando ustedes mueran, los reciban en el cielo”. Que suene viva en los oídos y en el interior la sentencia de Pablo: “Dios ama al que da con alegría” (2ª. Cor. 9: 7) 

Sigamos los deseos del Señor conforme expresa Pablo, y de manera especial en estas fiestas del Bicentenario: “Hagamos oraciones, plegarias, súplicas y acciones de gracias, en particular, por los jefes de Estado y demás autoridades…”  Todos lo tenemos al alcance de la intención y de la fe: lo que nos sobrepasa, lo que los hombres no podemos, Él sí lo puede: “¿Entonces quién podrá salvarse? Lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios; para Dios no hay nada imposible”. (Mt. 19: 26) 

Jesús, en esta Eucaristía dejamos en tus manos todas nuestras preocupaciones, sabemos que nos escuchas.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

24º Ordinario, 12 Septiembre 2010.

Primera Lectura: del libro del Éxodo 37: 2-11, 13-14
Salmo Responsorial, del salmo 50: Me levantaré y volveré a mi padre.
Segunda Lectura: de la 1ª carta del apóstol Pablo a Timoteo 1: 12-17
Aclamación: Dios ha reconciliado consigo al mundo, por medio de Cristo, y nos ha encomendado a nosotros el mensaje de la reconciliación.
Evangelio: Lucas 15: 1-32.

La liturgia de hoy está preñada de perdón, de comprensión, de amor misericordioso, de invitación a la confianza en el Padre, por Jesús, en el Espíritu Santo “dador de vida”. ¿Qué ser humano no necesita regresar a la paz interior, a que las raíces más hondas del ser reciban el agua que sana, la bendición que reanima, la luz que hace brillar de nuevo, con más intensidad un horizonte abierto, inacabable? ¿Nos encontramos entre aquellos que pueden, con honestidad aguardar, con la antífona de entrada: “A los que esperan en Ti, Señor, concédeles tu paz”? ¿Crece en nosotros la seguridad de que el Señor es fiel y que “nunca olvida sus promesas”? ¿Necesitaríamos recordárselo o más bien recordárnoslo?, su “mirada” de Padre jamás se aparta de nosotros, no podemos ni imaginar que alguien “se le pierda” y si un pueblo entero se extravía, si un solo ser humano trata de esconderse, de esquivar, de olvidar, de no reconocer al Padre amoroso, Él, sin violentar la libertad, va a su encuentro, renueva la invitación, propone todos los medios, acoge cariñoso, ofrece, como iniciamos la reflexión: el perdón sin condiciones, sin recriminaciones, sin pedir explicaciones, simplemente abrazando como sólo Él sabe hacerlo: con el amor vuelto a nacer.

Leamos con ojos iluminados por la fe, el fragmento del Éxodo. Dios no puede amenazar, pero necesitamos reflexionar y Él nos lo expresa con palabras a nuestro alcance, ¡vaya que nos conoce!: “perversión, cabeza dura, ceguera interna que intenta cambiar la realidad…”, de su parte se escucha una “amenaza”, parecería que “se enciende la ira que borraría al pueblo”…, ese no es el Padre que nos revela Jesucristo, no pueden caber en Él sentimientos de muerte y destrucción, ¡qué poco lo conocemos si queda en nosotros el más mínimo resabio de tal concepción! Su perdón aflora ante la pequeña intercesión de uno solo, Moisés; ¡cuánto más ante la intercesión del Hijo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc. 23: 34). Lo sintió en carne propia San Pablo; pidámosle sentirlo: “Dios tuvo misericordia de mí.., la gracia de nuestro Señor Jesucristo se desbordó sobre mí. Al darme la fe y el amor que provienen de Cristo Jesús”.

Podríamos recitar de memoria las parábolas que narra San Lucas; las tres reafirman cuanto hemos reflexionado: el Padre “goza” porque Jesús “vino a buscar lo que estaba perdido” y lo ha encontrado, “vino a dar vida y a darla en abundancia”. Dejémonos cubrir por ese Amor misericordioso; más que disquisiciones, quedémonos contemplando una tras otra, o las tres o una de ellas, la que el Espíritu nos dé a saborear más: El Buen Pastor nos carga sobre sus hombros, nos mima, nos regresa a la Comunidad para que la alegría se acreciente; la fiesta por la pequeña moneda encontrada, produce el mismo fruto. Todo nuevo, anillo, túnica, sandalias, corazón y abrazo porque “el que estaba muerto ha vuelto a la vida”.

La única palabra, aunque mil veces gastada: ¡Gracias!, ha de salir, asombrada, engrandecida por esta luz pacificadora que incita no solamente a volver sino a quedarnos en la casa del Padre. Nuestra oración-petición: que el compromiso, sellado por el amor, permanezca y dé frutos y dé a conocer, a cuantos encontremos, con nuestras palabras y nuestras obras, que Dios es el Padre bueno de todos los hombres.

martes, 31 de agosto de 2010

23º Ord. 5 septiembre 2010.

Primera Lectura: del libro de la Sabiduría. 9: 13-19
Salmo Responsorial, del salmo89: Tú eres, Señor, nuestro refugio.
Segunda Lectura: de la carta del apósol San Pablo a Filemón 9-10, 12-17
Aclamación:  Señor, mira benignamente a tus siervos y enséñanoscumplir tus mandamientos.
Evangelio: Lucas 14: 25-33.

El Señor, es Justo; de la justicia, no solamente aquella que “da a cada quien lo que le pertenece”, sino que va más allá, de donde proviene la Rectitud misma. Está a nuestro alcance, porque Él ya nos ha mostrado el camino, no podemos contentarnos con conocer y aprobar sus mandatos; una y otra vez nos insiste que escuchar la Palabra y no vivirla, es inútil, nos expondríamos a que nos diga lo que a las vírgenes necias: “No las conozco”, por ello pedimos fuerzas para cumplir su voluntad

La verdadera sabiduría, saboreada, goza con la verdad, el que la busca y acepta se deja poseer por ella y siente ansias por comunicarla. La ciencia, los avances tecnológicos, los descubrimientos ya son fruto de la sabiduría que Dios nos participa, pero todo ello es insuficiente, como nos dice la primera lectura, para “descubrir lo que hay en los cielos”, ésta solamente llega con la luz del Espíritu, porque “el barro hace pesada el alma y entorpece el entendimiento”, pero la que nos abre el camino de trascendencia, “endereza al hombre, para que encuentre lo que agrada al Señor”.

Al detenernos, prudente y sabiamente, a descubrir lo que somos, el salmo nos da los elementos suficientes para adentrarnos en nuestro ser, en la realidad, para que volvamos a insistir en la búsqueda y la recepción, en la aceptación y el compromiso de “saber”: “soy polvo, sueño, leve noche, yerba que se marchita…, pero al abrirnos a la luz del Espíritu, seremos sensatos”. Pletóricos de amor y del Amor, cada mañana, el júbilo, el gozo y la alegría nos acompañarán todos los días. Desde esta perspectiva no cabe el derrotismo, ni el desánimo y mucho menos la angustia: “soy creatura, pero igualmente soy hija, hijo del Padre, hermana y hermano de Jesucristo, morada del Espíritu”, desde esta experiencia comprendemos la petición que Pablo hace a Filemón, y en él a todo ser humano: ve más allá de los límites que traza la sociedad, abre tu corazón y tu casa; la fraternidad, vivida en autenticidad, es el pilar de la auténtica solidaridad

Jesucristo nos quiere seguidores conscientes, Sabiduría y libertad; conocimiento, reflexión y discernimiento para el compromiso; porque el impulso puramente afectivo no tiene la fuerza para aceptar y realizar las condiciones del verdadero discípulo; sus precisiones son radicales, inalcanzables a partir del puro razonamientos, se harán realidad, otra vez, por la iluminación de la sabiduría divina, porque hemos encontrado a Alguien que vive lo que proclama. La ofrenda de Sí mismo, la cruz que continuará siendo “escándalo para los judíos y locura para los paganos” (1ª Cor. 1: 23). La lucidez que lo entrega todo porque su saber llega al motor profundo: al Amor del Padre. Aceptemos la invitación para sentarnos a discernir: ¿mi presupuesto alcanza para terminar la torre?, ¿he sopesado las fuerzas para que el enfrentamiento con “los poderes de las tinieblas” no me venzan?

Como Iglesia, como seres humanos, como cristianos, Señor, que no dejemos a medio construir tu Reino, comenzado en nosotros, contigo a nuestro lado, con la conciencia plena de que eres la Piedra Angular, queremos renovar la decisión de seguirte, de ser discípulos que han sabido elegir “lo que más conduce al fin para que fuimos creados”.

miércoles, 25 de agosto de 2010

22° Ordinario, 29 Agosto, 2010.

Primera Lectura: del libro Sirácide 3: 19-21, 30-31,
Salmo Responsorial, del Salmo 67:Dios da libertad y riqueza a los cautivos
Segunda Lectura: de la carta a los Hebreos 12: 18-19, 22-24
Aclamación: Tomen mi yugo sobre ustedes, dice el Señor, y aprendan de que soy manso y humilde de corazón.

Evangelio: Lucas 14: 1, 7-14.

La antífona de entrada continúa teñida de deseos y parece un eco de la del domingo pasado; ¿será, otra vez, que el convencimiento de que el Señor es Bueno y Clemente, aún no enraiza en nuestros corazones y necesitamos repetirnos más a nosotros que a Dios, que lo necesitamos?

En la oración intentamos abrir, lo más ampliamente posible, nuestro ser para constatar, sin angustias, la realidad de nuestra limitación de creaturas, que no necesita ser expuesta al Señor, que nos conoce mejor de lo que podamos conocernos a nosotros mismos y, con humildad suplicamos aquello que, sin dudar ni poder dudar, nos hará erigirnos como personas y como hijos: su Gracia, su Amor, su Cercanía, y “que podamos perseverar en ella”. Subraya el camino de la felicidad verdadera que anhelamos, no solo hace ocho días, sino cada momento.

Las palabras sabias del Eclesiástico no encajan en la mentalidad de la sociedad en que vivimos: “dádiva, sencillez, - otra vez – humildad”, que contrastan con lo que se ha convertido en el motor del mundo: “posesión sin límites, poder, fama y reconocimiento, sin importar los medios, para conseguirlos”. Parece que hemos olvidado que no somos dueños, sino administradores, de todos los bienes con que el Señor nos ha dotado, olvidamos también que “lo que se pide de un administrador es que sea fiel”, como nos recuerda 1ª. Corintios 4: 2. Mirarnos en nuestro propio espejo y aprender de aquellos que nos rodean y viven con autenticidad esta realidad. Sabemos que no basta con mirar, como no bastó con “oír las palabras de Jesús”, sino que procedamos a hacerlo vida en nosotros, de manera especial en relación a nuestro trato con los demás; ahí se harán lúcidas la dádiva, la sencillez y la humildad. Comprendemos que no es fácil el camino, experimentamos el rechazo espontáneo, desde nuestra naturaleza egoísta, a esas actitudes; imaginamos que la distancia para lograr superarlo es inmensa, por eso la Carta a los Hebreos nos recuerda; “Se han acercado a Dios, se han acercado a Jesús, el mediador de la nueva alianza”, no en el fuego ardiente, no en los truenos ni en la obscuridad, sino en el gozo “de la asamblea de los primogénitos, cuyos nombres están escritos en el cielo”. La senda está trazada por y con la vida de Jesús, con su ejemplo, con su invitación: “Tomen mi yugo, aprendan de Mí que soy manso y humilde de corazón”.

En el Evangelio, Jesús vuelve a movernos el piso; no está en contra de las bellas y constructivas relaciones de familiaridad, de fraternidad, de amistad; sí lo está en contra del exclusivismo, del convencionalismo, de las mentes calculadoras que aguardan reciprocidad y empañan la auténtica dádiva, la apertura de todo lo nuestro hacia los demás y de modo especial, a los más desamparados.

Topamos, de nuevo, con criterios encontrados, los de Jesús y los del “mundo”; los de Jesús y los nuestros: ¿entregar gratuitamente?..., se nubla el entendimiento y se encoge la decisión.

La posibilidad de realización no es fácil, viene inspirada desde arriba, desde la acción alentadora del Espíritu Nuevo, para intentar vivir en plenitud como Dios, como Jesús que “pasó haciendo el bien” (Hech. 10:38), dando y dándose, semilla de la Glorificación con que lo coronó el Padre.

martes, 17 de agosto de 2010

21° Ord. 22 de Agosto 2010.

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 66: 18-21
Salmo Responsorial, del salmo 116: Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio.
Segunda Lectura: de la carta a los Hebreos 12: 5-7, 11-13
Aclamación: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre, si no es por , dice el Señor.
Evangelio: Lucas 13: 22-30.

Parecería que no hemos comprendido que el Señor siempre está atento a nuestras súplicas, e insistimos en que “nos escuche y nos responda”. Juzgo que lo que nos hace falta es tener abiertos los sentidos, porque el Señor Dios nos habla de mil maneras…; pero seguimos quejándonos, quizá preferiría decir que seguimos insistiendo porque deseamos palpar, casi físicamente, su ayuda y su presencia. 

La respuesta que Él nos da, la hacemos oración y ojalá la hiciéramos efectiva, con su ayuda: “concédenos amar lo que nos mandas y anhelar lo que nos prometes”; dos actitudes que van de la mano y que nos conducirán a superar los guiños que nos hacen las creaturas, a no fiarnos de inmediato en ellas, sino después de un maduro discernimiento, encontremos la paz, la felicidad que permanece; esa que nos impulsa a sortear los obstáculos de esta vida. 

La lectura del profeta Isaías y la lectura del fragmento de San Lucas, abren el sentido universal del mensaje de Dios, y, lógicamente el de Cristo. En ambos encontramos que nadie tiene la prerrogativa de posesión de Dios, Ël es el Señor del universo, desea que todos los hombres encuentren esa felicidad que buscan, muchas veces, a tientas. La verdadera felicidad está en la salvación y ésta necesita el apoyo de todos, “Dios quiso tener necesidad de los hombres”, de toda raza, pueblo y nación, y la elección que ofrece, sin distinción abarca  a todo ser humano: “de los países lejanos y de las islas remotas, ellos darán a conocer mi nombre…, de entre ellos escogeré sacerdotes y levitas”, seres consagrados al servicio del Reino. Esta decisión eterna, la encontramos, ampliada, sin límites, en el Salmo. De una tarea que confía Jesús mismo: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio”, a una petición que nace de la comunidad humana universal: “Que te alaben, Señor, todos los pueblos”; la razón, la única que nos sostiene: “porque su amor hacia nosotros es grande y su fidelidad dura por siempre”. No es Israel, no es, ni siquiera el ámbito de la Iglesia, es el mundo completo lo que el Señor desea abrazar y salvar.  

Ante la pregunta que le hace alguien a Jesús: “¿Son pocos los que se salvan?”, Él , según su costumbre, no responde directamente, invita a penetrar el sentido profundo, invita a superar lo cuantitativo y a adentrarse en lo cualitativo; su proposición hace trastabillar a los “judíos devotos” que creían tener la salvación asegurada con la práctica de ritos y cultos, sin importarle la suerte de los pobres, de los pecadores, de las prostitutas y los publicanos; no se trata de “comprar un seguro”, así su respuesta desconcertó y seguirá desconcertando, ¡qué bueno!: “Esfuércense en  entrar por la puerta angosta, pues muchos tratarán de entrar y no podrán”. No basta con haber oído, con haber leído la Escritura, con haber “conocido” al Mesías; la decisión es rotunda: “No sé quiénes son ustedes”. Conocer y seguir a Jesús nos abrirá la entrada: “Yo soy la puerta; si uno entra por Mí, será salvo”.
  
A continuación reafirma la invitación universal al banquete del Reino: “Vendrán del oriente y del poniente, del norte y del sur y participarán en el banquete del Reino”. Señor, no sabemos si somos de los primeros o de los últimos, queremos estar contigo a toda hora, en cada momento de nuestras vidas. Mantennos unidos a Ti y sabremos que Tú estas con nosotros.

martes, 10 de agosto de 2010

20°, La Asunción de María, 15 agosto 2010.

Primera Lectura: del libro del Apocalípsis 11: 19, 12: 1-6, 10
Samo Responsorial, del salmo 44: De pie, a tu derecha, está la reina.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol San pablo a los Corintios 15: 20-27
Aclamación: María fue llevada al cielotodos los ángeles se alegran.
Evangelio: Lucas 1: 39-56.

María, creyente, fiel, Hija y Madre, signo y realidad, constancia de la presencia de Dios en nuestra historia, abogada, mediadora; ejemplo de sencillez, de abandono, de confianza total ante el misterio, de heraldo del Espíritu, de actitud agradecida. Podríamos decir, sin exagerar, mil atributos más de Ella al celebrar la cosecha triunfal de lo que fue sembrando en su vida: Asumpta a los cielos en cuerpo y alma. Crió, guió, acompaño a Jesús desde el momento en que, sin deslumbrarse por el anuncio y la proposición del ángel, pronunció un ¡Sí!, definitivo, hasta ver a su Hijo morir en la Cruz. La segunda, después del Padre, que fue testigo de la Resurrección, que se revistió del gozo y del triunfo, del consuelo y la certeza de que la entrega, sin límites, produce frutos abundantes, eternos.

Inmaculada, Virgen y Madre, verdadera Arca de la Alianza, lazo de unión en amor y en oración desde la primitiva Iglesia, identificada con su Hijo, cuya Palabra meditaba, silenciosamente en su corazón, no podía sino experimentar, la primera, el triunfo sobre la muerte siguiendo los pasos de Jesús.

Si recorremos la Sagrada Escritura, no encontraremos ninguna referencia a esta glorificación de María, pero sí en la Sagrada Tradición, en la devoción y convicción del pueblo creyente que afirmó siempre: la Dormición de María; fundado en la fuerza de la fe del pueblo, Su Santidad Pío XII, en la Constitución “Munificentissmus Deus”, hace pública y universal esta constatación, en la Fiesta de Todos los Santos del 1° de Noviembre de 1950: “Proclamamos, declaramos y definimos ser dogma revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, consumado el curso de su vida terrena, fue lleva en cuerpo y alma a la gloria celeste”.

¿Quién no quiere lo mejor para su Madre y más si puede dárselo? Ya lo había anunciado Jesús: “Nadie va al Padre si no es por Mí”. (Jn. 14:6) ¿Quién más cerca de Jesús que María? La conclusión es obvia: entregada al servicio, llena del mayor conocimiento íntimo de Jesús que podemos imaginar, recibe la participación en la victoria.

María, portadora y comunicadora del Espíritu, por eso Isabel la reconoce: “Bendita entre las mujeres”, a lo que María responde, desde un corazón agradecido, con ese himno de alabanza que hace resplandecer la grandiosidad de una creatura llena de Dios, no soy yo, es Él: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava”.

Proclama al Dios que Jesús nos fue revelando, el amigo de los pobres, de los sencillos, de los marginados; al Dios misericordioso, lleno de bondad y de una justicia que nos impele a estar con Él y con ellos, “porque los potentados serán derribados y se irán vacíos”.

María es como Jesús: camino evangelizador, anuncio y esperanza de un mundo más justo y más humano. Confiemos, como Ella, que Dios “se acuerda siempre de su misericordia y viene en ayuda de todos sus siervos, sus hijos, sus fieles”.

miércoles, 4 de agosto de 2010

19° Ord. 8 agosto 2010.

Primera Lectura: del libro de la Sabiduría 18: 6-9
Salmo Responsorial, del salmo 32: Dichoso el pueblo elegido por Dios.
Segunda Lectura: de la carta a los Hebreos. 11: 1-2, 8-19
Aclamación antes del Evangelio: Estén preparados, porque no saben a qué hora va a venir el Hijo del hombre.

Evangelio: Lucas 12: 32-48.
Antífona de la Comunión: Alaba, Jerusalén, al Señorporque te alimenta con lo mejor de su trigo.

La antífona de entrada pide al Señor que “no olvide su Alianza”; ¿cómo puede olvidar esa Alianza que es Nueva y Eterna? Desde el inicio de la Eucaristía pensamos y examinamos si nuestras voces lo buscan en serio, con avidez, con ahínco, “como tierra desierta reseca y sin agua”, si experimentamos la necesidad de Dios, si escuchamos desde dentro: “mi alma me dice que te busque y buscándote estoy”, o nos vamos contentando con cumplir lo aprendido sin profundizar más en cuanto significa el compromiso de “crecer con un corazón nuevo, con corazón de hijos” que buscan la manera de complacer, por amor, al Padre en el servicio a los hermanos, en la fe y la confianza, con la seguridad puesta en la Patria lejana, pero ya presente porque la vamos construyendo, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, en la obediencia activa, en el desposeimiento para participar, a cuantos podamos, de los bienes espirituales y temporales, con una convicción que supera la lógica aprendida y practicada por nosotros y nuestra sociedad, y que nos hace “entender claramente que vamos en busca de una patria, no añoramos lo perecedero sino una Patria mejor”.

Sin angelismos, aceptando nuestra realidad de creaturas e intentando hacer realidad lo que la Carta a los Hebreos define e ilumina: “La Fe, forma de poseer, ya desde ahora, lo que se espera y conocer realidades que no se ven”.

Poseer lo que no tenemos, conocer lo que no vemos, suena a utopía, a irrealidad, a imposibilidad, a absurdez, a los oídos, a los ojos, al proceso “normal” de este mundo, que nos tachará de insensatos y soñadores; sin embargo es el camino; “la Fe, nos dice Santo Tomás es ´menos cierta´ que el conocimiento, porque las verdades de la fe, trascienden el conocimiento del hombre”; aceptamos humildemente el misterio y procedemos con la seguridad de Abraham que salió de su pueblo “sin saber a dónde iba”, que esperó “contra toda esperanza”, al hijo de la Promesa, que fue más lejos todavía: “dispuesto a sacrificarlo”, porque pensaba en efecto “que Dios tiene poder hasta para resucitar a los muertos”. No poseía, poseyó, entregó y recuperó; reconocemos que, con todo derecho, mere el título de “padre de los creyentes”; se aventuró y fue “bienaventurado”.

Jesús, en el Evangelio, vuelve a insistir en el mismo punto que el domingo pasado, con una previa y tierna advertencia: “no temas rebañito mío”, tienes tesoros aquí, úsalos para que tu corazón encuentre un tesoro mejor: “vende tus bienes, reparte, comparte, sé solidario, vigila, sé fiel, administra lo que se te ha dado, conoce a tu Señor y cumple, a toda hora teniendo en cuenta a los demás”.

Jesús se está retratando, no nos pide sino lo que ha vivido: “alerta y con la luz siempre encendida”, sin sombra de temor porque sabe que lo ha dado todo, lo ha entregado todo, y, por eso, lo recibirá todo.

Señor, sabemos que nunca estaremos suficientemente preparados, pero al conocer tu paso por el mundo, por nuestra, por mi historia, la fuerza de Cristo y del Espíritu nos ayudará a dar buena cuenta de cuanto nos has confiado.

sábado, 31 de julio de 2010

18° Ord. 1° agosto 2010.

Primera Lectura: del libro del Eclesiastés 1:2, 2: 21-23
Salmo Responsorial, del salmo: 89
Segunda Lectura: de la carta del apóstol San Pablo a los Colosenses 3: 1: 1-5, 9-11
Evangelio: Lucas 12: 13-21.

“Tú eres mi auxilio y mi salvación”; esta convicción limpiará nuestros ojos y nuestro corazón para encontrar la dimensión concreta de todo lo creado y levantar constantemente la mirada hacia los bienes que perduran. Cimentados en la eficacia de la Gracia, aprenderemos el modo de irnos asemejando más y más a Jesucristo, imagen y ejemplo de todos los hombres; esto impedirá que nos apesguemos a los bienes perecederos, buenos en sí, pero relativos. ¡Cuánta verdad en el dicho del P. Pedro Arrupe: “el dinero es magnífico esclavo pero pésimo patrón”!

La lectura del Cohélet, tan antigua y tan nueva, escudriña el interior del hombre, de cada uno de nosotros. Describe las ansias, la avaricia, los deseos que anidan en nosotros y nos lleva a la conclusión que, a pesar de saberla, la dejamos en el olvido: trajín, afanes, posesión más y más abundante. ¿Para qué, para quién? No es sentencia vacía, es aliento y luz que nos recuerda el dicho de San Ignacio: “usar de las cosas tanto cuanto nos ayuden a conseguir el fin para que fuimos creados y abstenernos de ellas tanto cuanto para ello nos lo impidan”. “Vanidad de vanidades y todo es vanidad” (1: 2). “En conclusión y después de haberlo oído todo, teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque eso es ser hombre; que Dios juzgará todas las acciones, aun las más ocultas, buenas y malas”. (12: 13). La verdadera sabiduría ennoblece al sabio pero embota la mente del necio.

Después de habernos examinado, no podemos sino recitar, desde lo más hondo de nosotros mismos, el Salmo: “Señor, ten compasión de nosotros”; somos polvo, mortales, breve noche, sueño y hierba que se marchita, “enséñanos a ver lo que es la vida y seremos sensatos”. La respuesta del Señor alegra el alma: “Llenos de su amor cada mañana, júbilo será la vida toda”. Es el faro que ilumina la llegada al puerto. Es como dice San Gregorio: “tener los pies en la tierra y el corazón en el cielo”. Es atender y entender las enseñanzas de San Pablo que hemos escuchado: “busquen los bienes de arriba. Donde está Cristo, porque han murto y su vida está escondida con Cristo en Dios”. Las tentaciones son múltiples, la concupiscencia está viva y el engaño activo, “renuévense con el conocimiento de Dios”, toda discriminación ha desaparecido y “Cristo es todo en todos”.Ésta es la novedad que ha iniciado y continúa, inacabable, nuestra conversión.

Jesús, en el Evangelio, confirma lo aprendido del Padre desde antes que el mundo fuera: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

Jesús no ha venido a ser juez en la repartición de las herencias, ha venido a mostrarnos cuál es la Herencia a la que debemos aspirar; ha venido a mostrarnos el camino de la sensatez: “No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla destruye y los ladrones abren boquetes y los roban. Amontonen riqueza en el cielo, donde ni la polilla carcome y los echa a perder, donde los ladrones no abren boquetes y los roban. Porque donde tengas tu riqueza tendrás el corazón” (Mt. 6: 19-20). ¡Creámosle y hagamos vida su Palabra!

viernes, 23 de julio de 2010

17° Ord. 25 julio 2010.

Primera Lectura: del libro del Génesis 18: 20-32
Salmo Responsorial, del salmo 137
Segunda Lectura: de la carta del apostol San Pablo a los Colosenses 2: 12-14
Evangelio: Lucas 11: 1-13.

¿Quién sino el Señor “nos hará habitar juntos en su casa”?, Él nos hará superar todas las desavenencias, las distancias, los posibles rencores (tan inútiles) y hará crecer en nosotros la confianza en la Sabiduría que viene desde arriba y que da la dimensión exacta a toda criatura a fin de que no nos quedemos deslumbrados por los bienes de la tierra, todos ellos buenos pues Él nos los ha regalado, sino que más bien “pongamos el corazón en los que duran para siempre”.

Dios no destruye, el único capaz de destruir familia, sociedad, ecología, planeta y armonía, es el hombre, creyendo poder realizar todo según su inclinación, su instinto; sin la luz de la fe, sin una razón equilibrada, acaba por romper, aniquilar y desaparecer.

La oración, encuentro con Dios, siempre dispuesto a la misericordia y al perdón, necesita ir acompañada de la justicia, de la fraternidad y el respeto a los demás. Abraham no fracasa, Dios no fracasa, fracasan los seres humanos que se niegan a ser salvados de sí mismos, sus peores enemigos, cegados, atorados en aquello que piensan les dará “la felicidad”.

El ejemplo, verdaderamente animante, de Abraham es que nunca pierde la esperanza, su diálogo es un verdadero “regateo” con Dios, porque sabe que Él escucha, se compadece y perdona…, si el corazón del hombre está preparado. ¿Encontrará el Señor “diez justos” en nuestras ciudades? Comencemos por intentar serlo personalmente, familiarmente para contagiar, por nuestras obras, para que “viéndolas, todos den gloria al Padre que está en los cielos”.

Por sobre todo aquello que estamos viviendo, que nos conmueve y aun horroriza, “demos gracias a Dios de todo corazón”: porque comprobamos su “lealtad y su amor, nos infunde ánimos, nos pone a salvo y concluye su obra en nosotros”. Que el Espíritu, recibido en el Bautismo, nos haga experimentar que, en verdad, somos de Dios, elegidos para la vida y para “la vida nueva con Cristo que anuló el documento que nos condenaba”. Si la gratuidad es manifiesta, la gratitud ha de responder ser sin límites.

¿Queremos aprender a orar, seguir aprendiendo?, con sencillez escuchemos a Cristo; con Él repitamos, conscientemente, la plegaria que eleva, que plenifica y que nos compromete a actuar como “hijos que se dirigen a su Abba, Padre”, para suplicarle que “vivamos en justicia y santidad” para santificar su nombre; para que la llegada del Reino colme la tierra; para que su Voluntad oriente nuestros pasos, que su Bondad sostenga nuestros días, que “condone” nuestras deudas y que hagamos lo mismo con todos los hermanos; nos libre del maligno que todo lo obscurece.

El Señor se complace en los que son constantes, los que piden porque saben que no tienen, buscan lo primordial y tocan en la puerta correcta; al “darnos su Espíritu”, con Él nos dará cuanto necesitamos: “dame tu Amor y tu Gracia, que esto me basta”.

viernes, 16 de julio de 2010

16° Ord. 18 julio 2010.

Primera Lectura: del libro del Génesis 18: 1-10;
Salmo Responsorial, del salmo 14
Segunda Lectura: de la carta de San Pablo a los Colosenses 1: 24-28
Evangelio: Lucas 10: 38-42.

“Auxilio y apoyo”, es lo que deseo seas para mí, Señor; hacia Ti encauzo mi vida y no puedo sino ofrecerte mi corazón para darte gracias. Para ello te necesito, para que fortalezcas en mi interior las virtudes que miran hacia ti: “la fe, la esperanza y el amor” como fundamento para buscar y cumplir tu voluntad.

Domingo de la hospitalidad, del servicio, de la atenta escucha, actitudes concretas para ser verdadero discípulo, ministro y heraldo del camino que conduce a la perfección.

Abraham no sabe si sabe que eres Tú quien lo visita, pero actúa como si supiera; se levanta e invita, ruega que no pases de largo. Tú siempre accedes a estar cerca de quien, de manera espontánea, desea recibirte; de quien no se contenta con palabras, sino que “corre, se da prisa, apresura a Sara y al criado”; amabilidad en acción, y te ofrece un banquete sazonado, primordialmente, con la verdadera caridad, con la apertura, con la universalidad; ¿Eres Uno o eres Tres?, poco importa, lo que cuenta es servirte, “el amante da de lo que tiene o de lo que tiene y puede”. Ya nos descubrirá tu Palabra, mucho tiempo después, “ese designio secreto que mantuviste escondido durante siglos y que ahora has revelado a tu pueblo santo”.

Jamás te quedas corto en la respuesta, y la promesa surge, no como una paga sino como un alargamiento de tu propia Bondad: “Dentro de un año volveré sin falta a visitarte por estas fechas, para entonces, Sara, tu mujer, habrá tenido un hijo”; donde estás Tú, todo florece, y, como eres fiel, llegará el momento de gozar el fruto.

¿Qué puede el hombre ofrecerte, a ti, Origen de todos los bienes? El Salmo nos lo indica: la prolongación de tu presencia activa en servicio a los demás: “honradez, justicia, sinceridad, desprendimiento y respeto, rectitud a toda prueba”. Mirando su interior, el hombre sabe que no puede lograrlo él solo, por eso pide, en unión comunitaria, ese aumento de fe, esperanza y amor para mantenerse en la fidelidad de manera constante. De modo especial en las pruebas, esas que van saliendo al paso en el camino, y que, unidas a Jesús, tu Hijo y Hermano nuestro, fortalecen a la Iglesia-Humanidad “con la esperanza de la gloria”, ¿qué otro apoyo puede mantenernos con el ánimo encendido?

María y Martha ejemplifican y complementan el proceso de convertirnos en discípulos: Jesús no “condena” el servicio, Él lo ha vivido siempre, simplemente enaltece “la mejor parte”: sentarse a escuchar para aprender a imitar, y, comprender que la preocupación por el Reino tiene prioridad absoluta sobre todo lo demás.

Acoger a Jesús en la Eucaristía nos impulsará a acogerlo en todo ser humano y a dar testimonio de que Él es el enviado del Padre para la salvación de todos los hombres.

martes, 6 de julio de 2010

15° ordinario, 11 julio 2010.

Primera Lectura: del libro del Deuteronomio: 30:10-14
Salmo Responsorial, del Salmo 68: Escúchame, Señor, porque eres bueno.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol San Pablo a los Colosenses: 1: 15-20
Evangelio: Lucas 10: 25-37.

“Quiero acercarme a Ti”; nadie se acerca a un desconocido, la consecuencia es obvia: si queremos acercarnos al Señor es porque estamos convencidos de que en Él lo encontraremos todo. La decisión de la voluntad no nace en el aire. Ya hemos meditado en la sentencia de Santo Tomás de Aquino: “no hay nada amado que no sea previamente conocido”. Si la liturgia de hoy está llena de preguntas, encontrémonos con ellas y dispongámonos a responder con sinceridad.

El que no ve, fácilmente tropieza; nuestro mundo parece caminar en tinieblas, huye de la luz “porque sus obras no son buenas, no agradan al Padre celestial ni invitan a otros hombres a emprender un camino diferente”; ¿por dónde va nuestro camino?, nos conocemos como amigos de lo fácil, de lo que no engloba compromiso, nos inclinamos más decididamente por una “libertad” que vamos convirtiendo en “libertinaje”, como nos advertía Pablo en su carta a los Gálatas, por eso insistimos en nuestra oración que nos inunde la Luz del Evangelio para que obrando en consonancia, verdaderamente nos comportemos como cristianos, como Cristo: pacientes, bondadosos, llenos de misericordia, decididos a la apertura universal, a reconocer como prójimo a todo ser humano. Que la Gracia del Espíritu irradie en nuestro ser para que jamás nos apartemos de lo que nos une a Cristo.

En el Deuteronomio encontramos lo que de sobra sabemos: Dios y sus orientaciones, no sólo están cerca, están dentro de nosotros, en el corazón, en la mente y ojala en la boca, en la profesión y realización del compromiso concreto. Él “ya ha escrito su Ley en nuestro interior”, como prometió por el profeta Jeremías (31: 33).. La pregunta inicial, ¿por qué no la seguimos?, ¿qué está sucediendo en el mundo?, ¿por qué ha perdido su fuerza esta Ley Natural que enlaza la doble vertiente del amor: a Dios y a los demás?, ¿qué es capaz de borrarla y encerrarnos en la actitud egoísta e idólatra?

“El Señor nos escucha, porque es bueno”, de nuevo preguntarnos qué tanto lo invocamos, qué tanto oramos por la paz, por nuestra sincera conversión, para que crezca el conocimiento que nos impulse “a acercarnos y permanecer con Él”.

El himno cristológico que nos brinda Pablo en la lectura de la carta a los Colosenses, ayuda a confirmar Quién es el Centro, el Fundamento, el Primogénito de toda la creación, también a descubrir, una vez más, que Cristo es el Camino para conocer al Padre, el Mediador de la nueva Alianza, la Cabeza de la Iglesia, y cómo por Él y por su entrega hasta la muerte, estamos reconciliados con Dios.

En San Lucas reafirma Jesús la unión que hay entre Deuteronomio y Levítico: La Ley Evangélica: el amor a Dios y el amor al prójimo tan íntimamente unidos que son la única fuente de la vida: “Haz esto y vivirás”. Omitamos preguntas inútiles: “¿Quién es mi prójimo?” Tenemos clara en la mente la respuesta: “El que tuvo compasión del caído en manos de ladrones”. Aceptemos la invitación que viene de labios de Jesús:

“Anda y haz tú lo mismo”. Ese “tú”, es el “yo” de cada uno de nosotros; esquivar la responsabilidad, matar la compasión, cerrar los ojos ante tantos que “nos necesitan”, es desdecirnos del nombre de cristianos, es apartarnos de Cristo, es no permitir que lo orado en unión con la Iglesia, se vuelva realidad. Que Jesús Eucaristía nos dé ánimos para ser “luz y sal de la tierra, ciudad construida en lo alto”, que nuestras obras den buena cuenta de nuestro corazón.