martes, 10 de agosto de 2010

20°, La Asunción de María, 15 agosto 2010.

Primera Lectura: del libro del Apocalípsis 11: 19, 12: 1-6, 10
Samo Responsorial, del salmo 44: De pie, a tu derecha, está la reina.
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol San pablo a los Corintios 15: 20-27
Aclamación: María fue llevada al cielo y todos los ángeles se alegran.
Evangelio: Lucas 1: 39-56.

María, creyente, fiel, Hija y Madre, signo y realidad, constancia de la presencia de Dios en nuestra historia, abogada, mediadora; ejemplo de sencillez, de abandono, de confianza total ante el misterio, de heraldo del Espíritu, de actitud agradecida. Podríamos decir, sin exagerar, mil atributos más de Ella al celebrar la cosecha triunfal de lo que fue sembrando en su vida: Asumpta a los cielos en cuerpo y alma. Crió, guió, acompaño a Jesús desde el momento en que, sin deslumbrarse por el anuncio y la proposición del ángel, pronunció un ¡Sí!, definitivo, hasta ver a su Hijo morir en la Cruz. La segunda, después del Padre, que fue testigo de la Resurrección, que se revistió del gozo y del triunfo, del consuelo y la certeza de que la entrega, sin límites, produce frutos abundantes, eternos.

Inmaculada, Virgen y Madre, verdadera Arca de la Alianza, lazo de unión en amor y en oración desde la primitiva Iglesia, identificada con su Hijo, cuya Palabra meditaba, silenciosamente en su corazón, no podía sino experimentar, la primera, el triunfo sobre la muerte siguiendo los pasos de Jesús.

Si recorremos la Sagrada Escritura, no encontraremos ninguna referencia a esta glorificación de María, pero sí en la Sagrada Tradición, en la devoción y convicción del pueblo creyente que afirmó siempre: la Dormición de María; fundado en la fuerza de la fe del pueblo, Su Santidad Pío XII, en la Constitución “Munificentissmus Deus”, hace pública y universal esta constatación, en la Fiesta de Todos los Santos del 1° de Noviembre de 1950: “Proclamamos, declaramos y definimos ser dogma revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, consumado el curso de su vida terrena, fue lleva en cuerpo y alma a la gloria celeste”.

¿Quién no quiere lo mejor para su Madre y más si puede dárselo? Ya lo había anunciado Jesús: “Nadie va al Padre si no es por Mí”. (Jn. 14:6) ¿Quién más cerca de Jesús que María? La conclusión es obvia: entregada al servicio, llena del mayor conocimiento íntimo de Jesús que podemos imaginar, recibe la participación en la victoria.

María, portadora y comunicadora del Espíritu, por eso Isabel la reconoce: “Bendita entre las mujeres”, a lo que María responde, desde un corazón agradecido, con ese himno de alabanza que hace resplandecer la grandiosidad de una creatura llena de Dios, no soy yo, es Él: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava”.

Proclama al Dios que Jesús nos fue revelando, el amigo de los pobres, de los sencillos, de los marginados; al Dios misericordioso, lleno de bondad y de una justicia que nos impele a estar con Él y con ellos, “porque los potentados serán derribados y se irán vacíos”.

María es como Jesús: camino evangelizador, anuncio y esperanza de un mundo más justo y más humano. Confiemos, como Ella, que Dios “se acuerda siempre de su misericordia y viene en ayuda de todos sus siervos, sus hijos, sus fieles”.

miércoles, 4 de agosto de 2010

19° Ord. 8 agosto 2010.

Primera Lectura: del libro de la Sabiduría 18: 6-9
Salmo Responsorial, del salmo 32: Dichoso el pueblo elegido por Dios.
Segunda Lectura: de la carta a los Hebreos. 11: 1-2, 8-19
Aclamación antes del Evangelio: Estén preparados, porque no saben a qué hora va a venir el Hijo del hombre.

Evangelio: Lucas 12: 32-48.
Antífona de la Comunión: Alaba, Jerusalén, al Señor, porque te alimenta con lo mejor de su trigo.

La antífona de entrada pide al Señor que “no olvide su Alianza”; ¿cómo puede olvidar esa Alianza que es Nueva y Eterna? Desde el inicio de la Eucaristía pensamos y examinamos si nuestras voces lo buscan en serio, con avidez, con ahínco, “como tierra desierta reseca y sin agua”, si experimentamos la necesidad de Dios, si escuchamos desde dentro: “mi alma me dice que te busque y buscándote estoy”, o nos vamos contentando con cumplir lo aprendido sin profundizar más en cuanto significa el compromiso de “crecer con un corazón nuevo, con corazón de hijos” que buscan la manera de complacer, por amor, al Padre en el servicio a los hermanos, en la fe y la confianza, con la seguridad puesta en la Patria lejana, pero ya presente porque la vamos construyendo, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, en la obediencia activa, en el desposeimiento para participar, a cuantos podamos, de los bienes espirituales y temporales, con una convicción que supera la lógica aprendida y practicada por nosotros y nuestra sociedad, y que nos hace “entender claramente que vamos en busca de una patria, no añoramos lo perecedero sino una Patria mejor”.

Sin angelismos, aceptando nuestra realidad de creaturas e intentando hacer realidad lo que la Carta a los Hebreos define e ilumina: “La Fe, forma de poseer, ya desde ahora, lo que se espera y conocer realidades que no se ven”.

Poseer lo que no tenemos, conocer lo que no vemos, suena a utopía, a irrealidad, a imposibilidad, a absurdez, a los oídos, a los ojos, al proceso “normal” de este mundo, que nos tachará de insensatos y soñadores; sin embargo es el camino; “la Fe, nos dice Santo Tomás es ´menos cierta´ que el conocimiento, porque las verdades de la fe, trascienden el conocimiento del hombre”; aceptamos humildemente el misterio y procedemos con la seguridad de Abraham que salió de su pueblo “sin saber a dónde iba”, que esperó “contra toda esperanza”, al hijo de la Promesa, que fue más lejos todavía: “dispuesto a sacrificarlo”, porque pensaba en efecto “que Dios tiene poder hasta para resucitar a los muertos”. No poseía, poseyó, entregó y recuperó; reconocemos que, con todo derecho, mere el título de “padre de los creyentes”; se aventuró y fue “bienaventurado”.

Jesús, en el Evangelio, vuelve a insistir en el mismo punto que el domingo pasado, con una previa y tierna advertencia: “no temas rebañito mío”, tienes tesoros aquí, úsalos para que tu corazón encuentre un tesoro mejor: “vende tus bienes, reparte, comparte, sé solidario, vigila, sé fiel, administra lo que se te ha dado, conoce a tu Señor y cumple, a toda hora teniendo en cuenta a los demás”.

Jesús se está retratando, no nos pide sino lo que ha vivido: “alerta y con la luz siempre encendida”, sin sombra de temor porque sabe que lo ha dado todo, lo ha entregado todo, y, por eso, lo recibirá todo.

Señor, sabemos que nunca estaremos suficientemente preparados, pero al conocer tu paso por el mundo, por nuestra, por mi historia, la fuerza de Cristo y del Espíritu nos ayudará a dar buena cuenta de cuanto nos has confiado.

sábado, 31 de julio de 2010

18° Ord. 1° agosto 2010.

Primera Lectura: del libro del Eclesiastés 1:2, 2: 21-23
Salmo Responsorial, del salmo: 89
Segunda Lectura: de la carta del apóstol San Pablo a los Colosenses 3: 1: 1-5, 9-11
Evangelio: Lucas 12: 13-21.

“Tú eres mi auxilio y mi salvación”; esta convicción limpiará nuestros ojos y nuestro corazón para encontrar la dimensión concreta de todo lo creado y levantar constantemente la mirada hacia los bienes que perduran. Cimentados en la eficacia de la Gracia, aprenderemos el modo de irnos asemejando más y más a Jesucristo, imagen y ejemplo de todos los hombres; esto impedirá que nos apesguemos a los bienes perecederos, buenos en sí, pero relativos. ¡Cuánta verdad en el dicho del P. Pedro Arrupe: “el dinero es magnífico esclavo pero pésimo patrón”!

La lectura del Cohélet, tan antigua y tan nueva, escudriña el interior del hombre, de cada uno de nosotros. Describe las ansias, la avaricia, los deseos que anidan en nosotros y nos lleva a la conclusión que, a pesar de saberla, la dejamos en el olvido: trajín, afanes, posesión más y más abundante. ¿Para qué, para quién? No es sentencia vacía, es aliento y luz que nos recuerda el dicho de San Ignacio: “usar de las cosas tanto cuanto nos ayuden a conseguir el fin para que fuimos creados y abstenernos de ellas tanto cuanto para ello nos lo impidan”. “Vanidad de vanidades y todo es vanidad” (1: 2). “En conclusión y después de haberlo oído todo, teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque eso es ser hombre; que Dios juzgará todas las acciones, aun las más ocultas, buenas y malas”. (12: 13). La verdadera sabiduría ennoblece al sabio pero embota la mente del necio.

Después de habernos examinado, no podemos sino recitar, desde lo más hondo de nosotros mismos, el Salmo: “Señor, ten compasión de nosotros”; somos polvo, mortales, breve noche, sueño y hierba que se marchita, “enséñanos a ver lo que es la vida y seremos sensatos”. La respuesta del Señor alegra el alma: “Llenos de su amor cada mañana, júbilo será la vida toda”. Es el faro que ilumina la llegada al puerto. Es como dice San Gregorio: “tener los pies en la tierra y el corazón en el cielo”. Es atender y entender las enseñanzas de San Pablo que hemos escuchado: “busquen los bienes de arriba. Donde está Cristo, porque han murto y su vida está escondida con Cristo en Dios”. Las tentaciones son múltiples, la concupiscencia está viva y el engaño activo, “renuévense con el conocimiento de Dios”, toda discriminación ha desaparecido y “Cristo es todo en todos”.Ésta es la novedad que ha iniciado y continúa, inacabable, nuestra conversión.

Jesús, en el Evangelio, confirma lo aprendido del Padre desde antes que el mundo fuera: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

Jesús no ha venido a ser juez en la repartición de las herencias, ha venido a mostrarnos cuál es la Herencia a la que debemos aspirar; ha venido a mostrarnos el camino de la sensatez: “No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla destruye y los ladrones abren boquetes y los roban. Amontonen riqueza en el cielo, donde ni la polilla carcome y los echa a perder, donde los ladrones no abren boquetes y los roban. Porque donde tengas tu riqueza tendrás el corazón” (Mt. 6: 19-20). ¡Creámosle y hagamos vida su Palabra!

viernes, 23 de julio de 2010

17° Ord. 25 julio 2010.

Primera Lectura: del libro del Génesis 18: 20-32
Salmo Responsorial, del salmo 137
Segunda Lectura: de la carta del apostol San Pablo a los Colosenses 2: 12-14
Evangelio: Lucas 11: 1-13.

¿Quién sino el Señor “nos hará habitar juntos en su casa”?, Él nos hará superar todas las desavenencias, las distancias, los posibles rencores (tan inútiles) y hará crecer en nosotros la confianza en la Sabiduría que viene desde arriba y que da la dimensión exacta a toda criatura a fin de que no nos quedemos deslumbrados por los bienes de la tierra, todos ellos buenos pues Él nos los ha regalado, sino que más bien “pongamos el corazón en los que duran para siempre”.

Dios no destruye, el único capaz de destruir familia, sociedad, ecología, planeta y armonía, es el hombre, creyendo poder realizar todo según su inclinación, su instinto; sin la luz de la fe, sin una razón equilibrada, acaba por romper, aniquilar y desaparecer.

La oración, encuentro con Dios, siempre dispuesto a la misericordia y al perdón, necesita ir acompañada de la justicia, de la fraternidad y el respeto a los demás. Abraham no fracasa, Dios no fracasa, fracasan los seres humanos que se niegan a ser salvados de sí mismos, sus peores enemigos, cegados, atorados en aquello que piensan les dará “la felicidad”.

El ejemplo, verdaderamente animante, de Abraham es que nunca pierde la esperanza, su diálogo es un verdadero “regateo” con Dios, porque sabe que Él escucha, se compadece y perdona…, si el corazón del hombre está preparado. ¿Encontrará el Señor “diez justos” en nuestras ciudades? Comencemos por intentar serlo personalmente, familiarmente para contagiar, por nuestras obras, para que “viéndolas, todos den gloria al Padre que está en los cielos”.

Por sobre todo aquello que estamos viviendo, que nos conmueve y aun horroriza, “demos gracias a Dios de todo corazón”: porque comprobamos su “lealtad y su amor, nos infunde ánimos, nos pone a salvo y concluye su obra en nosotros”. Que el Espíritu, recibido en el Bautismo, nos haga experimentar que, en verdad, somos de Dios, elegidos para la vida y para “la vida nueva con Cristo que anuló el documento que nos condenaba”. Si la gratuidad es manifiesta, la gratitud ha de responder ser sin límites.

¿Queremos aprender a orar, seguir aprendiendo?, con sencillez escuchemos a Cristo; con Él repitamos, conscientemente, la plegaria que eleva, que plenifica y que nos compromete a actuar como “hijos que se dirigen a su Abba, Padre”, para suplicarle que “vivamos en justicia y santidad” para santificar su nombre; para que la llegada del Reino colme la tierra; para que su Voluntad oriente nuestros pasos, que su Bondad sostenga nuestros días, que “condone” nuestras deudas y que hagamos lo mismo con todos los hermanos; nos libre del maligno que todo lo obscurece.

El Señor se complace en los que son constantes, los que piden porque saben que no tienen, buscan lo primordial y tocan en la puerta correcta; al “darnos su Espíritu”, con Él nos dará cuanto necesitamos: “dame tu Amor y tu Gracia, que esto me basta”.

viernes, 16 de julio de 2010

16° Ord. 18 julio 2010.

Primera Lectura: del libro del Génesis 18: 1-10;
Salmo Responsorial, del salmo 14
Segunda Lectura: de la carta de San Pablo a los Colosenses 1: 24-28
Evangelio: Lucas 10: 38-42.

“Auxilio y apoyo”, es lo que deseo seas para mí, Señor; hacia Ti encauzo mi vida y no puedo sino ofrecerte mi corazón para darte gracias. Para ello te necesito, para que fortalezcas en mi interior las virtudes que miran hacia ti: “la fe, la esperanza y el amor” como fundamento para buscar y cumplir tu voluntad.

Domingo de la hospitalidad, del servicio, de la atenta escucha, actitudes concretas para ser verdadero discípulo, ministro y heraldo del camino que conduce a la perfección.

Abraham no sabe si sabe que eres Tú quien lo visita, pero actúa como si supiera; se levanta e invita, ruega que no pases de largo. Tú siempre accedes a estar cerca de quien, de manera espontánea, desea recibirte; de quien no se contenta con palabras, sino que “corre, se da prisa, apresura a Sara y al criado”; amabilidad en acción, y te ofrece un banquete sazonado, primordialmente, con la verdadera caridad, con la apertura, con la universalidad; ¿Eres Uno o eres Tres?, poco importa, lo que cuenta es servirte, “el amante da de lo que tiene o de lo que tiene y puede”. Ya nos descubrirá tu Palabra, mucho tiempo después, “ese designio secreto que mantuviste escondido durante siglos y que ahora has revelado a tu pueblo santo”.

Jamás te quedas corto en la respuesta, y la promesa surge, no como una paga sino como un alargamiento de tu propia Bondad: “Dentro de un año volveré sin falta a visitarte por estas fechas, para entonces, Sara, tu mujer, habrá tenido un hijo”; donde estás Tú, todo florece, y, como eres fiel, llegará el momento de gozar el fruto.

¿Qué puede el hombre ofrecerte, a ti, Origen de todos los bienes? El Salmo nos lo indica: la prolongación de tu presencia activa en servicio a los demás: “honradez, justicia, sinceridad, desprendimiento y respeto, rectitud a toda prueba”. Mirando su interior, el hombre sabe que no puede lograrlo él solo, por eso pide, en unión comunitaria, ese aumento de fe, esperanza y amor para mantenerse en la fidelidad de manera constante. De modo especial en las pruebas, esas que van saliendo al paso en el camino, y que, unidas a Jesús, tu Hijo y Hermano nuestro, fortalecen a la Iglesia-Humanidad “con la esperanza de la gloria”, ¿qué otro apoyo puede mantenernos con el ánimo encendido?

María y Martha ejemplifican y complementan el proceso de convertirnos en discípulos: Jesús no “condena” el servicio, Él lo ha vivido siempre, simplemente enaltece “la mejor parte”: sentarse a escuchar para aprender a imitar, y, comprender que la preocupación por el Reino tiene prioridad absoluta sobre todo lo demás.

Acoger a Jesús en la Eucaristía nos impulsará a acogerlo en todo ser humano y a dar testimonio de que Él es el enviado del Padre para la salvación de todos los hombres.

martes, 6 de julio de 2010

15° ordinario, 11 julio 2010.

Primera Lectura: del libro del Deuteronomio: 30:10-14
Salmo Responsorial, del Salmo 68: Escúchame, Señor, porque eres bueno.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol San Pablo a los Colosenses: 1: 15-20
Evangelio: Lucas 10: 25-37.

“Quiero acercarme a Ti”; nadie se acerca a un desconocido, la consecuencia es obvia: si queremos acercarnos al Señor es porque estamos convencidos de que en Él lo encontraremos todo. La decisión de la voluntad no nace en el aire. Ya hemos meditado en la sentencia de Santo Tomás de Aquino: “no hay nada amado que no sea previamente conocido”. Si la liturgia de hoy está llena de preguntas, encontrémonos con ellas y dispongámonos a responder con sinceridad.

El que no ve, fácilmente tropieza; nuestro mundo parece caminar en tinieblas, huye de la luz “porque sus obras no son buenas, no agradan al Padre celestial ni invitan a otros hombres a emprender un camino diferente”; ¿por dónde va nuestro camino?, nos conocemos como amigos de lo fácil, de lo que no engloba compromiso, nos inclinamos más decididamente por una “libertad” que vamos convirtiendo en “libertinaje”, como nos advertía Pablo en su carta a los Gálatas, por eso insistimos en nuestra oración que nos inunde la Luz del Evangelio para que obrando en consonancia, verdaderamente nos comportemos como cristianos, como Cristo: pacientes, bondadosos, llenos de misericordia, decididos a la apertura universal, a reconocer como prójimo a todo ser humano. Que la Gracia del Espíritu irradie en nuestro ser para que jamás nos apartemos de lo que nos une a Cristo.

En el Deuteronomio encontramos lo que de sobra sabemos: Dios y sus orientaciones, no sólo están cerca, están dentro de nosotros, en el corazón, en la mente y ojala en la boca, en la profesión y realización del compromiso concreto. Él “ya ha escrito su Ley en nuestro interior”, como prometió por el profeta Jeremías (31: 33).. La pregunta inicial, ¿por qué no la seguimos?, ¿qué está sucediendo en el mundo?, ¿por qué ha perdido su fuerza esta Ley Natural que enlaza la doble vertiente del amor: a Dios y a los demás?, ¿qué es capaz de borrarla y encerrarnos en la actitud egoísta e idólatra?

“El Señor nos escucha, porque es bueno”, de nuevo preguntarnos qué tanto lo invocamos, qué tanto oramos por la paz, por nuestra sincera conversión, para que crezca el conocimiento que nos impulse “a acercarnos y permanecer con Él”.

El himno cristológico que nos brinda Pablo en la lectura de la carta a los Colosenses, ayuda a confirmar Quién es el Centro, el Fundamento, el Primogénito de toda la creación, también a descubrir, una vez más, que Cristo es el Camino para conocer al Padre, el Mediador de la nueva Alianza, la Cabeza de la Iglesia, y cómo por Él y por su entrega hasta la muerte, estamos reconciliados con Dios.

En San Lucas reafirma Jesús la unión que hay entre Deuteronomio y Levítico: La Ley Evangélica: el amor a Dios y el amor al prójimo tan íntimamente unidos que son la única fuente de la vida: “Haz esto y vivirás”. Omitamos preguntas inútiles: “¿Quién es mi prójimo?” Tenemos clara en la mente la respuesta: “El que tuvo compasión del caído en manos de ladrones”. Aceptemos la invitación que viene de labios de Jesús:

“Anda y haz tú lo mismo”. Ese “tú”, es el “yo” de cada uno de nosotros; esquivar la responsabilidad, matar la compasión, cerrar los ojos ante tantos que “nos necesitan”, es desdecirnos del nombre de cristianos, es apartarnos de Cristo, es no permitir que lo orado en unión con la Iglesia, se vuelva realidad. Que Jesús Eucaristía nos dé ánimos para ser “luz y sal de la tierra, ciudad construida en lo alto”, que nuestras obras den buena cuenta de nuestro corazón.

miércoles, 30 de junio de 2010

14° ordinario, 4 de julio 2010.

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 66: 10-14
Salmo Responsorial, del salmo 65:  Las obras del Señor son admirables
Segunda Lectura: de la carta del apóstol San Pablo a los Gálatas 6: 14-18
Evangelio: Lucas 10: 1-12, 17-20.

“Recordaremos, Señor, los dones de tu amor”, en todo tiempo; recordar es traer al presente, revivir, y cuando se trata de los dones recibidos, es avivar el compromiso de reciprocidad, es continuar el aplauso interminable que reconoce cuanto el Señor hizo, hace y continúa haciendo con nosotros y en nosotros. “Tú que creaste maravillosamente al ser humano y más maravillosamente aún, lo reformaste”, concédenos mantener y aumentar la alegría que da la experiencia de la liberación y que, desde Ti nos asegura la “felicidad de que nuestros nombres estén escritos en el cielo”.

A esta alegría nos incita Isaías, al gozo y al consuelo, porque el Señor mismo nos alimenta con “la abundancia de su gloria”. El tiempo que vivimos, el ambiente que respiramos no es de paz; la inseguridad y la angustia nos rodean, no encontramos hacia dónde mirar desde nuestro entorno, estamos como los israelitas en situación de exilio, de incertidumbre; escuchemos la Palabra que anima, que conforta, que alienta, Palabra que promete y que cumple, que “acaricia y arrulla con amor de madre”; es Dios mismo “Padre y Madre” quien nos cuida y “nos hará florecer como un prado”. Escuchemos a Jesús mismo: “La paz les dejo, la mía, no la que da el mundo”. (Jn. 14: 27) El mundo no puede dar esa paz, porque “la Luz vino al mundo y, aunque el mundo se hizo mediante ella, el mundo no la conoció”; pero “a los que la recibieron, los hizo capaces de ser hijos de Dios”. (Jn. 1: 9, 12). Elevemos la esperanza, la que procede del Espíritu que nos ayudará a invocar a Dios como Padre-Madre y a alejar de nosotros todo temor, toda tiniebla, todo error. A cantar alborozados con el Salmo, como fruto palpable de que “las obras del Señor son admirables; no rechaza nuestra súplica ni nos retira su favor”.

San Pablo en la secuencia de la Carta a los Gálatas, ahonda más y más en el significado del amor, del que reluce en la práctica, del que no se queda anclado en prácticas y ritos sin compromiso sino que va a la donación total, la que siempre nos estremece porque sacude nuestro conformismo, nuestra inmovilidad: la Cruz. Pidamos al Señor poder afirmar, un día, como Pablo: “No permita Dios que me gloríe en algo que no sea la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo”, con voz temerosa pero valiente porque no proviene de nosotros mismos, sino de la Gracia que el mismo Jesús nos concede.

Una vez más aparece el “envío”, en el pasaje que nos narra San Lucas, es más universal, ya no son 12, sino 72 que se acompañan, que van “como ovejas en medio de lobos”, que juntamente le encomienda el Señor que “rueguen al Dueño de la mies que envíe operarios”, y las condiciones para la realización, simplemente como ha sido la vida de Jesús: en oración, en pobreza y portadores de paz, para que aprendan a dar lo que han recibido. Que no esperen éxito, porque la libertad humana es la que decide aceptar o no el Reino, pero, en caso de rechazo, que confirmen, a pesar de la oposición: “de todos modos, sepan que el Reino de Dios está cerca”.

El gran consuelo, la esperanza florecida que da seguridad, la reafirma Jesús: “Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo”. Allá está el final de la meta, allá “nos ha preparado un sitio”; la fidelidad al anuncio, la fidelidad a Jesucristo es y será el lazo que nos mantenga unidos.

miércoles, 23 de junio de 2010

13º Ord., 27 junio 2010.

Primera Lectura: del primer libro de los Reyes 19: 16b, 19-21
Salmo Responsorial, del salmo 15: Enséñame, Señor, el camino de la vida.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol San Pablo a los Gálatas 5: 1, 13-18
Evangelio: Lucas 9: 51-62.

En estos días hemos escuchado muchos aplausos que coreaban acciones aguerridas, audaces, valientes, efectivas de los jugadores en el campeonato de futbol; destellos, instantes que ya se han esfumado. La alegría de unos contrastaba con la tristeza y la derrota de otros; momentos de euforia, gritos de entusiasmo que se fueron apagando con el correr del tiempo en el reloj. Los aplausos, signos de aprobación más los merece quien más brilla, por ello la antífona de entrada nos invita a “aplaudir al Señor, a aclamarlo con gritos de júbilo”, porque sus obras no son pasajeras, permanecen, iluminan el camino de la verdad y alejan nuestras mentes y nuestros corazones del error, ¡vaya que merece todo reconocimiento, gratitud, aplauso y alabanza!; pero no bastan esas expresiones, y menos cuando se trata de Él, necesitamos que su gracia nos prepare para escuchar la llamada y nos ayude a responder a ella, para superar los lazos que pudieran detenernos. ¡Qué importante clarificar de Quién viene el llamamiento, y a qué llama y envía!

En la primera lectura el Señor indica a Elías: “Unge a Eliseo, para que sea profeta en lugar tuyo”. El profeta usa un signo al cubrir con su manto a Eliseo; el significado: “tomar posesión de su persona y asociarlo a la misión profética”. Lo que en el Evangelio no concede Jesús, lo concede Elías: “Déjame dar a mis padres el beso de despedida y te seguiré”. Acción que en el fondo nos permite ver, primero el acto de piedad que prepara la ruptura total con el pasado y lo confirma con el sacrificio de la yunta y la quema del arado, “luego se levantó, siguió a Elías y se puso a su servicio”. Emprendió de verdad “el camino de la vida”; camino que nunca fue –ni es fácil-, pero “llena de gozo y alegría junto al Señor”.

Toda respuesta es libre, Dios nos ha dado lo que más nos asemeja a Él: “poder decir ¡sí!” Cuánto por reflexionar en lo que nos dice Pablo: “Vivan de acuerdo con las exigencias del Espíritu”. Es la razón que da razón a la “libertad de”, la que rompe las barreras del egoísmo, de las pasiones desordenadas, y actuar con la “libertad para” cumplir con el mandamiento siempre nuevo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, amor que es compromiso de servicio, amor que es radicalidad en la entrega, amor que no puede contentarse con prescripciones legales, amor que sigue al que es el Amor Encarnado.

Jesús, ¿hasta cuándo lo aceptaremos en plenitud?, es el ejemplo vivo de quien es fiel al ¡sí! Sabe que “se acercaba el tiempo en que tenia que salir de este mundo”, y toma “la firme determinación de emprender el viaje”. La “subida” implica la muerte como paso previo a la glorificación. Deja muy claro lo que es seguirlo. Él no quiere más seguidores, sino seguidores más comprometidos, que no aduzcan excusas ni pretextos por más lógicos que pudieran parecer al “yo”.

Renuncias a las seguridades materiales: “ni dónde reclinar la cabeza”; a los afectos más lícitos: “Deja que los muertos entierren a sus muertos”, el Reino es trabajar por una vida más humana y no podemos retrasar la decisión. Una vez emprendido el camino, no hay sitio para nostalgias que nos anclen en el pasado: “El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”. El proyecto del Reino está en presente pero mira siempre adelante, sin dedicación y confianza, jamás aparecerá la audacia. El que inspiró el deseo de comenzar, dará lo necesario para terminarlo.

martes, 15 de junio de 2010

12° ordinario 20 junio 2010.

Primera Lectura: del libro del profeta Zacarías 12: 10-11; 13: 1
Salmo Responsorial, del salmo 62: Señor, mi alma tiene sed de ti.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol San Pablo a los Gálatas 3: 26-29
Evangelio: Lucas 9: 18-24.

El salmo 27, en la Antífona de entrada hace que reavivemos los ánimos y confesemos que el Señor es “la única firmeza firme”, el que vela y guía nuestros pasos para que hundamos las raíces de nuestro ser en el suyo; ahí encontramos la amistad que moverá nuestras acciones en los caminos del amor y nos recordará lo que significa el “temor filial”, aquel que jamás elegirá algo que pudiera contristar al Amigo

Descendientes de Abraham, como nos recuerda Pablo en la Carta a los Gálatas, porque hemos aceptado ser incorporados a Cristo, como aceptó el Patriarca vivir conforme a la voluntad de Yahvé, hemos recibido, igual que Israel “el espíritu de piedad y compasión para tener los ojos fijos en el Señor”, para que nunca se borre de nuestra mente, de nuestra vida, de nuestro interior lo que anuncia Zacarías: “mirarán al que traspasaron” y que recoge San Juan como testigo presencial; (19:37) de ese costado abierto manan la sangre y el agua que nos purifican “de todos los pecados e inmundicias”. Pablo insiste, ya lo hizo el domingo pasado, en la necesidad de la fe en Cristo, al incorporarnos a Él por el bautismo, “quedamos revestidos de Cristo”. Profundizando en la mentalidad bíblica, encontramos que el vestido indica la dignidad personal; una persona desnuda, la ha perdido; pero no juzga el apóstol con criterios humanos, nos hace penetrar más: esa incorporación hace que la dignidad personal se vuelva dignidad eclesial, unidad que acaba con cualquier división porque ahora “somos uno en Cristo”. Ahondar en esta realidad, por la fe, nos ayudará a ver la luz que debe iluminar nuestras relaciones, en medio de tanta convulsión y confusión de actitudes que, no solamente parece, sino que en verdad quieren acabar con la dignidad humana, muy lejos de lo que todos somos, por gratuidad divina: hijos e hijas de Dios.

Parafraseando el salmo, universalizando la mirada, podemos constatar que no sólo “mi alma tiene sed de ti”, sino que el mundo entero tiene sed de Ti, quizá sin querer confesarlo, pero queda de manifiesto en ese deseo, que brota por todas partes, de paz, de tranquilidad, de comprensión, de solidaridad, que es imposible encontrar en la violencia, en el egoísmo, en el ansia de poder y de tener. ¡Cómo necesitamos, Señor, que “derrames – todavía con más abundancia, porque no queremos comprender- tu espíritu de piedad y compasión”!

En el Evangelio Jesús hace constantemente presente la pregunta que interpela a todo ser: “¿Quién dices tú, que es el Hijo del hombre?”, un plural personalizado para que busquemos, allá adentro, no una respuesta vaga y nada comprometedora, sino la que surja del encuentro vivo con Él, de tal forma que nos disponga a intentar crecer en su conocimiento “para más amarlo y seguirlo”, para no soñar en heroísmos lejanos, sino con la rutinaria cruz de cada día, aceptada en la entrega, en el sacrificio, en las molestias y fatigas, sin brillo externo, la que va unida a la pasión y muerte, la que colabora, silenciosamente, a la salvación de la humanidad. Vivida en el amor que vence al mal. Entonces constataremos que la promesa se cumple en cada uno de nosotros: “el que pierda su vida por Mí, la encontrará”. La senda es ardua, difícil, fatigosa, por eso nos ofrece el alimento necesario en la Eucaristía, “para no desfallecer en el camino”.

martes, 8 de junio de 2010

Domingo 11° Ord. 13 junio 2010.

Primera Lectura: del segundo libro del profeta Samuel 12: 7-10, 13
Salmo Responsorial, del salmo 31: Perdona, Señor, nuestros pecados.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol San Pablo a los Gálatas 2: 16, 19-21
Evangelio: Lucas 7: 36 a 8: 3.

Cinco espejos en que mirarnos para exclamar, débiles, y, desde esa realidad, convencidos: “Ven en mi ayuda…”. Mil veces lo he escuchado, otras tantas vivido, una vez más pido eso que me falta: “sin tu gracia, nada puede mi –nuestra- humana debilidad”, solamente contigo conseguiremos ser y serte fieles.

David, Pablo, el fariseo, la mujer y el inmenso amor del Corazón de Cristo; veámonos, pero de manera insistente en el último.

David: poder que acapara y sucumbe, que busca, con ingenio pervertido, excusar su pecado; que poco antes, ante la parábola que le expone Natán ha externado su furia, sin mirarse a sí mismo: “Ese hombre merece la muerte”. Cuando el profeta lo pone ante su ser, después de hacer recuento de tantos beneficios con que Dios lo ha bendecido, el Rey medita, reconoce y pide perdón. ¡Qué grande es el Amor, qué comprensivo y magnánimo! “El Señor te perdona tu pecado. No morirás”. No existe otro camino para la reconciliación que dejarnos en manos de la misericordia; la moción viene de Dios, Él mismo nos ayuda a dar la respuesta sincera, y desde Él regresa la paz.

Pablo, acérrimo defensor de la Ley, ha comprendido que no es posible la purificación alegando los méritos propios; no es el cumplimiento de preceptos legales, no es aferrarse al grupo de “los elegidos”, sino abrirse a la fe y al inefable amor de Jesucristo lo que nos purifica y redime, el encuentro que identifica y hace proclamar, entusiasmado, el gozo recibido: “no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí, Él, que se entregó por mí”, y sólo con Él “no vuelvo inútil la gracia de Dios”. Dejémonos iluminar por este reflejo; dejemos que queme todo aquello que hace estéril la acción de la gracia en nosotros.

El fariseo invita a Jesús a comer a su casa; no rompe las reglas de hospitalidad, pues no eran “obligatorios” los detalles de ofrecer agua, aceite, ni el beso de saludo; actúa correctamente, pero “sólo correctamente”. Vemos retratado el “cumplimiento partido”: cumplo y miento. Relucen las apariencias, el corazón está distante y la lengua afilada. No sabemos si se quedó rumiando la parábola y dijo “sí” a la conversión.

La mujer ha saboreado lo agrio de la vida, la soledad, el desprecio, el abandono, la falsa felicidad y se encuentra vacía. Rompe todas las reglas al entrar en casa del fariseo, porque el impulso interior es muy fuerte. No habla, sencillamente, actúa. ¡Cuánta verdad la del dicho: más vale una acción que mil palabras! Y ella va, de acción en acción, dejando al descubierto su interior, ansioso de ser llenado por la comprensión, el cariño, la aceptación, el perdón, y sabe a Quién acercarse.

Jesús propone con delicadeza la parábola de los deudores; da tiempo para que la verdad reluzca por sí misma: “¿Cuál lo amará más?, la respuesta brota espontánea: “Supongo que aquel al que se le perdonó más”. El fariseo y nosotros somos hábiles para el juicio, pero tardos para la acción; Jesús deja que su Corazón se expanda y lleva a cabo la encomienda del Padre: “No he venido a juzgar sino a perdonar; he venido a buscar a los pecadores y a sanar a los enfermos”. (Jn. 3: 17 y Lc. 5: 32)

Todos los reflejos coinciden en la invitación a la conversión, a la fe y a la confianza, a la necesidad de escuchar, de viva voz: “Tus pecados te han quedado perdonados. Tu fe te ha salvado; vete en paz”. Reconciliación que devuelve la alegría que no termina. Amor que reencuentra al Amor y que acepta la encomienda de hacerlo florecer todos los días. ¡Que Jesús Eucaristía, nos reconforte y nos conceda vivirlo desde dentro!

martes, 1 de junio de 2010

10º Ordinario, 6 Junio de 2010

Primera Lectura: del primer libro de los Reye 17: 17-24;
Salmo Responsorial, del salmo 29: Te alabaré Señor eternamente.
Segunda Lectura: de la carta del apóstol San Pablo a los Gálatas 1: 11-19
Evangelio: Lucas 7: 11-17.

Antífona de entrada que llama al centro de nuestro ser, que nos hace elevar el ánimo y dar gracias, confesar, por experiencia, que no estamos solos, que hemos experimentado lo que decimos: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?”. Las actuaciones de Elías y de Jesús, querámoslo o no, nos enfrentan a lo todos sabemos y esperamos, unas veces con miedo, otras con serenidad, éstas, si hemos permitido que, el Espíritu que habita en nosotros, ilumine el presente y el futuro, cercano o lejano, no lo sabemos, pero cierto: un día, será el último aquí y el primero junto al Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, porque “no somos como los que no tienen esperanza”, (1ª. Tes. 4: 13); porque nos hemos dejado poseer por “la esperanza que no defrauda y que ya ha sido derramada en nuestros corazones”, (Rom. 5: 5); porque sabemos que “no tenemos aquí ciudad permanente”, (Hebr. 13: 14), somos peregrinos, vamos de pasada. Nos encaminamos, diariamente, al momento del abrazo para sentir lo que es el Amor del Padre, para constatar lo que Jesús vino a plantar en nuestra historia: la participación en la Vida Trinitaria. Ignoramos el “cómo”, aceptamos la realidad prometida: “creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna”. (Credo).

Leemos en el libro de los Reyes que Israel se ha olvidado de Yahvé: Acab, hijo del rey se ha casado con Jesabel, hija del rey-sacerdote de Tiro, se multiplican los altares a Baal, las creencias extranjeras han secado la fe, ya no se invoca el nombre sagrado. El pueblo desaprueba pero no reacciona; llegan la sequía y el hambre y todos las atribuyen a la multitud de pecados, inclusive la viuda de Sarepta que ha recibido a Elías en su huída: “¿Qué te he hecho yo, hombre de Dios? ¿Has venido a mí casa para que me acuerde de mis pecados y se muera mi hijo?” El profeta responde con actos, como mediador, confiado en Dios, ora, es escuchado; por su intercesión vuelve la vida al niño y al entregarlo a la madre, ésta descubre la nueva vida: “Sé que tus palabras vienen del Señor”. ¡Señor, que descubramos tu presencia, tu cercanía, no sólo en momentos difíciles sino aun en los signos de la gris rutina de la vida!

En el Antiguo Testamento Yahvé da la vida y saca de la muerte; en el Nuevo Testamento, es Jesús quien crea la nueva vida, porque Él ha recorrido el camino que va de la muerte a la vida y quiere que su Vida se manifieste en aquellos que lo siguen; quiere que los hombres lleguemos a crear algo nuevo a través del servicio y del amor, de la compasión y la cercanía; como Él. Inicialmente desconcertante en su palabra: “no llores”, vivificante en su acción: “Joven, Yo te lo mando: Levántate”. No hubo más palabras, los ojos que se encontraron dijeron mucho más. Un Corazón divino y humano se manifiesta ante todos; la reacción inmediata de los presentes nos alecciona: “todos se llenaron de temor”, una actitud reverencial de adoración ante la trascendencia infinita de Dios, y “comenzaron a glorificar a Dios diciendo: un gran profeta ha surgido entre nosotros; Dios ha visitado a su pueblo”, el asombro convertido en acción de gracias.

Jesús continúa invitando a levantarnos, a crecer y crecer en la fe en Él: “Yo he venido al mundo como luz, para que ninguno que cree en mí quede a obscuras” (Jn. 12: 46), y esa luz ilumina el final: “Este es el designio de mi Padre: que todo el que reconoce al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna y Yo lo resucite en el último día” (Jn. 6: 40)

jueves, 27 de mayo de 2010

La Santísima Trinidad, mayo 30, 2010.

Primera Lectura: del libro de los Proverbios 8: 22-31
Salmo Responsorial, del Salmo 8: ¡QUé admirable, Señor, es tu poder!
Segunda Lectura: de la carta del apostol San Pablo a los Romanos Rom. 5: 1-5;
Evangelio: Juan 16: 12-15.

“Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”; el Misterio de Dios que Él mismo nos ha revelado; Misterio que no podríamos ni siquiera imaginar y que nos descubre la profunda Comunicación en la que Dios vive y de la que nos hace partícipes.

Los teólogos se han esforzado por encontrar fórmulas que nos acercaran, al menos un poco, a la misma profundidad de Dios y nos quedamos con conceptos, vinculaciones, procesiones, diferencias y unidad, que poco nos dicen de Aquel que nos sobrepasa.

Nuestro cristianismo es Trinitario, Dios no es solitario, es Familia. Buscamos, desde Jesucristo, hacer referencia a la gran revelación que nos trajo.

¿Quién eres, Señor, cómo eres? La respuesta no nos llena de ideas, Jesús, como lo hizo con sus discípulos, como lo hace con nosotros a través del Evangelio, nos ofrece una vía de contacto existencial, de acercamiento desde la Fe, desde el trato íntimo con Él, porque encontrarnos con Jesús es encontrarnos con el Padre y con el Espíritu Santo.

Es lo que fueron aprendiendo sus discípulos, es lo que nos sigue enseñando, no conceptos fríos e inalcanzables, sino la vivencia diaria, el proceso lento pero profundo, la paciencia y la confianza para aceptar a Dios como Es, imposible de imaginar pero “palpable” a través de sus obras, a través de “su enviado, Jesucristo”. En Él descubrimos la Bondad, la Compasión, la Misericordia y el Amor: “Al Padre nadie lo ha visto nunca, el Hijo Unigénito es quien nos lo ha revelado” (Jn. 1: 18) Jesús nunca actúa sino siguiendo la Voluntad del Padre: “que el mundo sepa que amo al Padre y que cumplo exactamente su encargo”. (Jn. 14: 31) Su testimonio es claro: “Si Yo no hago lo que me encarga mi Padre, no se fíen de mí, pero si lo hago, aunque no se fíen de mí, fíense de mis obras; así sabrán de una vez que el Padre está conmigo y Yo estoy con mi Padre” (Jn.10: 37-38). Que resuenen en nuestros corazones las palabras dirigidas a Felipe: “Quien me ve a mí, está viendo al Padre. ¿No crees que Yo estoy con el Padre y el Padre está conmigo?” (Jn. 14: 9) Aun así, nuestro entendimiento vacila, Señor, ¿cómo podremos comprender?; atendamos y confiemos: “Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios”. (Mt. 19: 26)

Mantengámonos en paz con Dios por mediación de nuestro Señor Jesucristo, con la esperanza que no defrauda, “porque Dios ha infundido en nuestros corazones su amor por medio del Espíritu Santo, que Él mismo nos ha dado”.

El Espíritu que es la Vida de Dios, ese Espíritu prometido y enviado por Jesús, ese Espíritu que está en Jesús es el que nos descubre Quién es Dios.

Jesús Palabra del Padre, nos ilumina para que atisbemos la Vida Trinitaria: Él regresa al Padre y ambos nos envían al Espíritu. “Todo lo que tiene el Padre es mío”, posee todo lo que el Padre posee; “El Espíritu me glorificará, porque primero recibirá de mí lo que les vaya comunicando”. Más íntimo que mi misma intimidad, Guía seguro, si me dejo conducir, a la Verdad Plena.

Al recorrer la Liturgia de la Misa, reconozcamos, confirmemos la presencia Trinitaria, desde el inicio mismo, al santiguarnos, hasta la despedida en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

¡Qué la intimidad de esta presencia crezca a lo largo de lo que nos reste de vida, y al iniciar cada actividad, sean el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo Quienes la presidan!

miércoles, 19 de mayo de 2010

Pentecostés, 23 mayo 2010.

Primera Lectura: Hech. 2: 1-11;
Salmo Responsorial, del salmo 103: Envía, Señor, tu Espíritu a renovar la tierra. Aleluya.
Segunda Lectura: de la 1ª carta de SAn Pablo a los  Corintios 12: 3-7, 12-13
Evangelio: Juan 20: 19-23.

¿Llegaremos a comprender algún día, en esta tierra, el significado del amor de Dios? A partir de la antífona de entrada nos llega la invitación, fuerte, fiel, para que profundicemos esa realidad que va más allá de la limitada inteligencia humana: “El amor de Dios ha sido infundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que habita en nosotros”. Jesús ha cumplido su palabra: “Les conviene que Yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito; en cambio, si me voy, Yo se lo enviaré” (Jn. 16: 7) Y lo ha hecho, lo ha enviado a renovar la tierra, a darle la configuración primigenia, tal como salió, como salimos, de “las manos de Dios”; dejémonos habitar, dejémonos conducir, aprendamos a escuchar en el silencio de la profundidad de Dios en nosotros y constataremos que “somos otros” a través del amor y la unidad, de los dones abundantes que nos otorga para que surja una humanidad nueva, “en justicia y santidad verdaderas”. Es Su obra, “no opongamos resistencia al Espíritu que nos selló para el día de la liberación”. (Ef. 4: 30)

San Lucas nos lleva a Jerusalén, es la fiesta judía de Pentecostés, 50 días después de la Pascua, hay una multitud de personas “venidas de todas partes del mundo”. Nos hace testigos del Don del Espíritu Santo como el “Viento de la creación” y el “Hálito divino” que insufló Dios a los primeros hombres, Vida, Fuego, Presencia de Dios en Israel y en el mundo que lleva a cabo el deseo de Cristo: “Fuego he venido a traer a la tierra y qué quiero sino que arda”. (Lc. 12: 49). Fuego que despierta y acucia la comprensión entre los hombres: los sonidos son diferentes, pero la intelección es la misma, todos escuchan “las maravillas de Dios”.

¡Señor, consolídanos en la unidad!, que tratemos de recibir tu regalo, que encuentre en nuestros corazones sitio preparado donde posarse: “Envía, Señor, tu Espíritu a renovar la tierra”.

Precisamente de esa solidaridad, de esa ayuda mutua, de esa colaboración, fruto del Espíritu, nos habla Pablo en el fragmento de la Primera Carta a los Corintios: todos para todos, cualquier cualidad, por pequeña que parezca, la pongamos en acción para el bien común; hay Alguien que nos guía y nos une, más allá de todos nuestros esfuerzos: “El Espíritu que es el mismo”, “Dios que hace todo en todos, es el mismo”. Invitación, tarea, misión, continuidad de un Cristo vivo en nosotros para formar Un solo Cuerpo. ¡Dejémonos impresionar por esta dignación de Dios en Cristo por el Espíritu!

Jesús nos da, con abundancia, la Paz que nos aquieta y nos llena de esperanza. Nos conoce, como conocía a sus Apóstoles, y aun así nos quiere, y repite el envío, no cualquiera, sino el que Él recibió y cumplió: “Cómo el Padre me envió, así los envío a ustedes”. Y vuelve, otra vez, el soplo creador de lo nuevo: “Reciban el Espíritu Santo”, y con Él la seguridad de volver siempre a la amistad del primer encuentro con el Amor que perdona y acepta, que confía y acompaña, que conduce y espera. ¡Haz, Señor, que te aceptemos y contigo, al Padre, al Espíritu, a la Iglesia que te pedimos renueves siempre!

martes, 11 de mayo de 2010

La Ascensión del Señor. 16 Mayo 2010.

Primera Lectura : Hechos de los Apóstoles 1: 1-11
Salmo Responsorial, del salmo 46: Entre voces de júbilo Dios asciende a su trono. Aleluya.
Segunda Lectura: de la carta a los Hebreos 9: 24-28, 10: 19-23
Evangelio: Lucas 24: 46-53.

En este día de la Ascensión, Jesús realiza lo que nos dice el Salmo 19: 6:“Salió como un héroe, contento a recorrer su camino”; llega a la meta, entra en la Gloria que tenía desde antes de la Creación.

La oración nos recuerda la petición que hicimos, como Iglesia, el domingo del Buen Pastor, que se realice lo que nos ofreció: para que donde Él esté, estemos también nosotros: Cabeza y Cuerpo Místico unidos de modo inseparable y eterno

En el libro de los Hechos de los apóstoles, San Lucas expresa brevemente, el último adiós de Jesús. En la dedicación a Teófilo, afirma que ha escrito “todo lo que Jesús hizo y enseñó hasta el día en que ascendió al cielo”. Tiene muy presentes los momentos en que “Jesús dio numerosas pruebas de que estaba vivo”, sigue reinando el ambiente de la Pascua. La instrucción es muy sencilla: “Aguarden a que se cumpla la promesa de mi Padre, y sean bautizados en el Espíritu Santo”. De verdad lo necesitaban, como lo necesitamos nosotros, para que enderece las mentes y superemos lo material, que, ni por asomo se nos ocurra preguntar: “Señor, ¿ahora sí vas a restablecer la soberanía de Israel?”, que aprendamos a ver, como Él, los designios del Padre, que aprendamos a confiar, como Él, en las decisiones del Padre. La respuesta de Jesús a sus discípulos, los y nos deja con la misma incógnita: “A ustedes no les toca conocer el tiempo y hora que el Padre ha determinado con su autoridad; pero el Espíritu Santo cuando descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos hasta los últimos rincones de la tierra.” Mejor atiendan a la misión que les encomiendo; ¡los necesito activos! Con intensa mirada de fe no alegramos con el triunfo del Señor y cantamos desde lo más profundo el Salmo: “Entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono. Aleluya”

El Sacerdocio de Cristo confirma la Nueva Alianza. La presencia de la Nueva Creación que hemos recordado los dos domingos anteriores en la lectura del Apocalipsis, ya es realidad: “Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos…, nos abrió un camino nuevo y viviente a través del velo, que es su propio cuerpo”. Por eso estamos seguros, “al frente de la casa de Dios, tenemos un sacerdote incomparable”, y podremos acercarnos con sinceridad, con una conciencia limpia, con esperanza inquebrantable, porque sabemos que las promesas de Dios ya se cumplieron, lo que nos falta es revestirnos de ellas.

Jesús se va, pero antes de su partida, les refresca la memoria para que no olviden lo que Él ha cumplido: Todo lo ha realizado como “El Hijo amado del Padre”: sembrar sin interrupción, dar un Amor sin límites, el dolor en su pasión, la angustia real de la muerte, el logro victorioso de la resurrección y ahora “la vuelta al Padre”. Jesús es la plenitud de la Revelación; su Persona y su doctrina no pueden separarse.

Se eleva, los y nos bendice, ha terminado su tiempo en el mundo, desde el Padre enviará al Consolador, al que es “la Fuerza de lo alto” que los y nos hará capaces de ser testigos fidedignos de que Cristo “Es el Señor”. El tiempo de la Iglesia ha comenzado con los mejores auspicios, regresemos alabando con gozo al Padre, Él nos ayudará, con ese Espíritu, a continuar la misión que comenzó el Hijo.

martes, 4 de mayo de 2010

6° de Pascua, 9 de Mayo, 2010.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 15: 1-2, 22-29
Salmo Responsorial, del salmo 66: Que te alaben, Señor, todos los pueblos. Aleluya.
Segunda Lectura: del libro del Apocalipsis 21: 10-14, 22-23
Evangelio: Juan 14: 23-29.

El júbilo sigue presente, la fuerza de su eco resuena y llega a toda la tierra porque: “¡El Señor, ha redimido a su pueblo!” La Iglesia canta, la comunidad canta, cada corazón agradecido, canta y todos nos sentimos comprometidos a dejar en claro, con nuestras obras, que la alegría es sinceridad y convicción de que Jesús Resucitado es la raíz, las flores y los frutos de una vida renovada, fraterna y servicial.

La lectura de Hechos de los Apóstoles nos liga a la realidad de la Iglesia, entonces como ahora, constituida por seres humanos, frágiles, a veces temerosos de perder lo adquirido como si fuera posesión en exclusiva. Aparece un conflicto concreto, surgen altercados, opiniones diversas: “los convertidos del paganismo deben aceptar la Ley de Moisés y el signo que los una al Pueblo elegido, la circuncisión” Sentimientos y visiones personales contrapuestas, sin duda con buena intención, pero no conforme al Espíritu. Es necesario clarificar que el Evangelio es la Buena Nueva que nos trajo Jesús, quien, sin hacer menos las tradiciones de la Antigua Alianza, las supera, y así, abre el mensaje “a toda raza, lengua, pueblo y nación”. (Apoc. 5: 9-10)

La solución se encuentra en comunidad, en actitud de escucha, en oración, en la experiencia de fe, en la presencia de Dios y de Jesús que han enviado al Espíritu. ¡Actitudes que necesitamos en la Iglesia actual, la que vivimos, la que formamos, pero abiertos totalmente a la acción de Dios! ¡Que podamos expresar con humildad porque la unción nos viene desde arriba: “El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponerles más cargas que las estrictamente necesarias”. Meditábamos el domingo pasado las palabras de la Nueva Creación: “Ahora Yo voy a hacer nuevas todas las cosas”. ¡Señor que aprendamos a discernir con docilidad tus decisiones, y a cumplirlas!

La visión que nos presenta el Apocalipsis, debería llenarnos del fulgor que lo inspira; reafirmar en nosotros la pertenencia a la universalidad de la acción redentora que mira a los cuatro puntos cardinales, que tiene una Única Luz, la de Dios y del Cordero, la que une Antigua y Nueva Alianza, Patriarcas y Apóstoles, todos, sin excepción, fincados en “Cristo, la piedra angular, sobre quien se construye todo lo nuevo y duradero”.

Jesús, continuando su sermón de despedida, insiste, en lo único que perdura: el amor y subraya las consecuencias, aquel que ama: “cumple su palabra” y prosigue con algo que aumenta la profunda alegría: “Mi Padre lo amará, vendremos a él y haremos en él nuestra morada”. ¡Ser morada de Dios, vivir de la vida de Dios Trinitario!

Todavía sube más el tono de alegría: nos deja “Su Paz para que no nos acobardemos”, nos promete estar, no solamente cerca, sino dentro de nosotros con la fuerza del Espíritu Santo Consolador “que nos recordará todo”.

Toda despedida es triste pero Jesús nos pide que nos alegremos porque ha cumplido con la Misión encomendada por el Padre; su ida ya es promesa de regreso: “volveré a su lado”. Con Él, en estos tiempos difíciles que sufrimos como Iglesia, nos sentiremos fuertes para presentarnos, con palabras y obras, como hijos de la Luz y sus fieles discípulos, guiados por el Espíritu que animó, paso a paso, toda su vida.

martes, 27 de abril de 2010

5º de Pascua, 2 mayo 2010.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 14: 21-27,
Salmo Responsorial, del salmo 144: Bendeciré al Señor eternamente. Aleluya.
Segunda Lectura: del libro del Apocalipsis 21: 1-5
Evangelio: Juan 13: 31-35.

La novedad hecha cántico, porque hemos dejado que la alegría pascual nos abriera los ojos de la fe en Cristo Resucitado, propicie la experiencia constante de la mirada del Padre que nos confirma en “la verdadera libertad”, y nos ofrece ya, “la herencia eterna”.

Oremos de verdad para que nuestra Fe vaya creciendo; sabemos que es don de Dios pero, juntamente, aceptación nuestra que o se proyecta en las obras o se irá marchitando. Sabemos, aceptamos; mas ¿cuántas veces sin llegar al compromiso personal que envuelva al comunitario y se convierta en misionero? Si nos rodea la “sensación” de Dios, ese hálito experimentable aunque inexplicable, nos ayudará a mirar más allá de lo que vemos y nos proyectaremos como verdaderos hijos.

Pablo y Bernabé la viven, y animan, exhortan a los primeros cristianos a “perseverar en la fe”; a nadie ocultan la realidad que la acompaña: “hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”. No fueron menores las dificultades que ellos enfrentaron a las que enfrentamos nosotros, las superaron con la oración y el ayuno, con la solidaridad y la alegre participación de cuanto Dios había obrado por medio de ellos, fieles seguidores del Espíritu, que inspira a Pablo a afirmar: “Sostengo que los sufrimientos del tiempo presente son cosa de nada comparados con la gloria que va a revelarse reflejada en nosotros” (8: 18). Entusiasmo para compartir con cuantos se encuentran, -nos encontremos-, la presencia y acción de Dios en la comunicación del Evangelio.

“Mi Padre es un trabajador y Yo también trabajo”, (Jn. 5: 17), Dios en acción constante porque la conservación es la creación continuada; Él, sin tener que “mirar al futuro”, nos asegura la realidad final: “un cielo nuevo, una tierra nueva, una nueva Jerusalén, engalanada como una novia”; “Esta es la morada de Dios con los hombres, vivirá con ellos y serán su pueblo”; su promesa abarca al universo sin limitaciones: “Ahora Yo voy a hacer nuevas todas las cosas”.

En el capítulo 13 de San Juan, después del Lavatorio de los pies, comienza el “discurso de despedida”, el testamento de Jesús, la oración sacerdotal. Jesús acepta totalmente su “Ahora”, la de la entrega final que da sentido a la glorificación, sin rodeos, de la muerte como partida, acompañada de la seguridad del regreso: “Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes…, pero volveré para llevarlos conmigo para que donde esté Yo, estén también ustedes” (14: 3-4).

Y brotan las palabras desde un corazón profundamente conmovido, las del adiós mientras nos vemos de nuevo, palabras nunca vacías, palabras avaladas por su vida, por su andar “haciendo el bien”, palabras que confirman que el Camino roturado es la verdad y la vida, que ratifican “el mandamiento siempre nuevo” porque junto a nosotros habrá un ser humano concreto en quien hacer luz la Ley Evangélica que, casi a modo de súplica, nos entrega: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”. Va mucho más allá del “amar a los demás como me amo a mí mismo”, es cambiar la mirada, la intención, los deseos y poner todo en Cristo que nos amó primero y dejó claro ejemplo de que “el tú” es el que vale, el que da la dimensión definitiva al ser de ser cristianos: “En esto reconocerán que son mis discípulos: en que se aman los unos a los otros”.

La ocasión de vivirlo nos acompaña cada instante. El entonces “Ahora” de Jesús, es el “ahora” nuestro para anunciar con hecho y palabras que el Reino ha triunfado sobre el mal, que la fe es actuante, que la esperanza sigue mirando el horizonte y sabe de “lo nuevo”, que supera angustias y zozobras, que crea comunidad, que une, que procura el mutuo apoyo, que cultiva y que riega, sin perderse en ensueños, “esa morada de Dios entre los hombres” donde todos nos sepamos pertenencia de Dios.

Confiemos en que Jesús, ya vencida la muerte, nos ayude a vencer nuestros temores y a crecer más y más en la fe y en la confianza.

martes, 20 de abril de 2010

4° de Pascua, 25 Abril 2010.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles13: 14, 43-52;
Salmo Responsorial, del Salmo 99: El Señor es nuestro Dios y nosotros su pueblo. Aleluya
Segunda Lectura: del libro del Apocalipsis 7: 9, 14-17;
Evangelio: Juan 10: 27-30.

Debe seguir creciendo el gozo de una Pascua vivida en la esperanza, con la certeza iluminada por la fe, que experimenta la verdad del amor constante, la prueba de que el Señor ha resucitado y nos guía para “que el pequeño rebaño llegue seguro a donde está su Pastor resucitado”, deseo que se hace oración.

Jesús es el Hijo y vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo; el Misterio de la Santísima Trinidad, la gran Revelación que nos trae Jesucristo. Si reflexionamos en cuántas ocasiones invocamos a la Trinidad, de manera especial durante la celebración de la Eucaristía, seremos más conscientes de la participación de la íntima comunicación divina hacia la cual marchamos cada segundo, para ser como Cristo: “Del Padre salí y vuelvo al Padre”, (Jn. 16: 28)

La petición del mismo Jesús nos anima y confirma: “Padre, quiero que a donde esté Yo, estén también ellos conmigo y contemplen esa gloria que Tú me has dado, porque me amabas ya antes que el mundo existiera”. (Jn. 17: 24)

Los Apóstoles han escuchado con atención, han aprendido y han retenido la Palabra y la misión encomendada: “Así nos lo ha ordenado el Señor, cuando dijo: Yo te he puesto como luz de los paganos, para que lleves la salvación hasta los últimos rincones de la tierra”. De manera semejante al Señor: van a los suyos y ellos no los reciben; el pueblo de Israel es el destinatario inicial, pero al “rechazar la Palabra y no juzgarse digno de ella,” la luz toma otro rumbo, se hace brillante para los paganos y en ellos, para toda la humanidad a la que nos unimos cantando: “El Señor es nuestro Dios y nosotros su pueblo”. Al escuchar el gozo de nuestros corazones, Pablo y Bernabé “no tendrán que sacudirse el polvo de los pies como testimonio contra nosotros”.

Formemos parte activa de la visión apocalíptica de San Juan, que no puede ser más clara: “Una muchedumbre que nadie podía contar; individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas”, de parte de Dios no hay exclusiones; De parte de nosotros, que suba la oración confiada para que no haya hombres que se cierren al llamamiento de fraternidad y de paz, que saboreemos, todos, con anticipación la vida que nos aguarda junto al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, junto a todos aquellos que queremos y ya han emprendido el viaje a la Patria, y porque “no amaron tanto la vida que temieran la muerte y por eso ahora reinan eternamente”. La Promesa ya se ha cumplido en Cristo y en nuestros hermanos, en Él confiamos para que se realice en nosotros: “No habrá hambre ni sed, ni sol abrasador, ni llanto, ni tristeza ni angustia, porque el Señor será nuestro Pastor que nos conduce a las fuentes de agua viva”. Que el Señor, llene nuestros corazones de fe y esperanza, porque sin ellas, será vano todo esfuerzo.

Las palabras de Jesús en el Evangelio, renuevan el llamamiento y el triple proceso, que se convertirá en reciprocidad: conocer, escuchar y seguir. El Buen Pastor no es sólo una imagen, es la Realidad que, con la Gracia, pone a nuestro alcance la única seguridad imperecedera, la ansiada felicidad, la que perdurará más allá del tiempo y del espacio: “estar en manos de Cristo y saber que nadie nos podrá arrebatar de ellas”; y todavía más, “en las manos del Padre, que es superior a todos, y menos aún habrá quien intente arrebatarnos”.

La conclusión tiene que hacer crecer, inconmensurable, el asombro al escuchar de labios del mismo Jesús, la proclamación de su identidad con el Padre: “Somos Uno”, y la consecuencia: quiere que estemos con Ellos para siempre.

martes, 13 de abril de 2010

3° de Pascua, 18 abril 2010.

Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 5: 27-32, 4’-41
Salmo Responsorial, del salmo 29: Te alabaré, Señor, eternamente. Aleluya.
Segunda Lectura: del libro del Apocalipsis 5: 11-14
Evangelio: Juan 21: 1-19.

Himno que nace de la aceptación de lo que ya ha ido más allá de lo imaginable: El Señor ha resucitado; ¡sí!, no es otro, es el mismo que pendió de la Cruz, murió, fue traspasado, sepultado y “custodiado para que no desapareciera”, y ahora está vivo, por eso: “Aclamen al Señor todos los habitantes de la tierra, canten, denle gracias”. Su actuar sigue en presente, su ejemplo sigue invitando a superar toda tristeza, a renovar los bríos que, sabemos de sobra, no pueden provenir de nosotros, como lo supieron los Apóstoles, sino del Espíritu que llena toda la tierra, que fortalece, anima y provoca a “obedecer a Dios antes que a los hombres”, a exponernos al rechazo, al sufrimiento, y a aceptarlo todo con “la felicidad de haber padecido por el nombre de Jesús”. Van y vamos guiados por el primer Testigo, el mismo “Espíritu que Dios da a quienes lo obedecen”. ¡Vaya que te necesitamos! ¡Ven y planifícanos!

La visión de Juan confirma a Jesús como el Mediador, el acceso al Padre, la Realidad y no sólo la figura del Cordero cuya sangre nos ha redimidos, digno de recibirlo todo: “el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza”. Tras la ardua lucha la victoria completa.: el Padre “ha rehabilitado al Ajusticiado”, pone de manifiesto lo que su Voz nos ha transmitido en el Bautismo y en la Transfiguración: “Éste es mi Hijo muy amado, ¡escúchenlo!” Escucharlo y seguirlo es vivir lo que nos ha conseguido: “la dignidad de ser hijos de Dios”.

En el Evangelio encontramos a Pedro y otros seis discípulos de regreso a su diario quehacer, lo que sabían pescar. ¿Recordarían las palabras de Jesús?, “Cuando me vaya les enviaré al Espíritu Santo; Él les confirmará cuanto les he dicho”.

Pasan una noche frustrante que engendra el mal humor, la respuesta cortante a un desconocido que amable les pregunta: “¿Han pescado algo?”, “¡No; la invitación que sigue, desata un proceso que quizá sí recuerden: “Lancen las redes a la derecha…”: palabra que resuena con eco interior, indicación precisa que hace olvidar la fatiga, obediencia que ha aprendido y… el regreso del signo que descifra con claridad el significado: “¡Es el Señor!”. En la playa, los sorprende la delicadeza de Jesús: pan y pescado preparados: “Vengan a almorzar”. Y traigan de lo suyo; cercanía que desborda.

Al finalizar el desayuno, relucen la sutileza y el respeto propios de Jesús: “¿Simón, hijo de Juan, me amas más que estos? ¡Tres preguntas! Las respuestas, son ahora mesuradas! Tres veces confirma Jesús a Pedro en el amor y en la misión: “Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos”.

Recordamos ahora, vivimos la respuesta que le dimos y tratamos de darle a Jesús al preguntarnos: “¿Quién dices que Soy Yo”? Y ¿ante la actual? “¿Me amas más que estos?”

Me acojo a la última respuesta de Pedro: “Tú lo sabes todo”, Tú sabes que quiero amarte.

De nuevo en contacto

Después de la pausa por las "vacaciones" de Semana Santa y Pascua del buen Federico Brehm seguimos compartiendo la Palabra de Dios que alimenta, acompaña, fortalece, ilumina, guía... al que se deje tocar.

Estatua de San Ignacio de Loyola, Instituto Cultural Tampico, donde actualmente P. Fritz presta su servicio.

martes, 23 de marzo de 2010

Domingo de Ramos. 2010.

* Bendición de las palmas: Lc. 19: 28-40

. Por un momento los judíos viven lo que anhelaban: ¡la llegada del Mesías Victorioso! La actitud de Jesús muestra que no es lo que pensaban: “...un rey, apacible, montado en un burro, un burrito, hijo de animal de yugo”, pero no entendieron el mensaje. La emoción del momento fue fugaz, pues esos mismos que ahora lo aclaman: “¡Hosanna!, ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!, gritarán días después: “¡Crucifícalo!” Ante el coraje de los fariseos, el Señor responde: “Si estos callaran, las piedras gritarían”.

. Que el Señor fortalezca nuestros corazones para que no nos envuelvan la ingratitud y la superficialidad, y que nuestro júbilo sea porque vamos asimilando, “los sentimientos de Cristo Jesús”.

. Textos de la Misa:
Primera Lectura: del profeta Isaías 50:4-7;
Segunda Lectura: de la carta de San Pablo a los Filipenses 2: 6-11;
Evanegilio de la Pasión: Lucas 22: 14-23, 56.

Es una liturgia larga, pero ¡bien lo merece el Señor y mucho lo necesitamos nosotros! Orar, meditar, contemplar y quedarnos admirados.

. Isaías, en uno de los cuatro cantos del “Sirvo Sufriente”, muchos años antes, nos describe a Jesús. Pablo en la carta a los Filipenses, nos hace recapacitar en el fruto de la obediencia al Padre: el himno cristológico: ese es el camino del amor por nosotros, la causa de su exaltación en la Resurrección. Durante el relato de la Pasión, apliquemos las realidades contempladas. En ella está condensada la confesión fundamental de la fe cristiana: “Jesucristo es el Señor”.

. La oración Colecta, el Prefacio y la oración sobre las Ofrendas nos hacen mantener el ritmo en el mismo tono: por la Pasión, la Cruz y la Muerte, hacia la Resurrección.

Lucas narra lo sucedido. Sorprende la extensión del relato de un solo día de la vida del Señor.

. Acompañemos a Cristo en esta máxima prueba. “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.” (Jn. 15:13)

. Mientras escuchamos, vayamos captando las actitudes de Cristo y las de los personajes que intervienen. ¿Con quiénes nos identificamos y por qué, que hacer para cambiar de actitud?

. En un momento de silencio permitamos que se asienten en nuestro interior las vivencias que el Espíritu haya suscitado.

. Escuchamos la Pasión, en la liturgia dominical, para que nuestros corazones vivan en la semana lo que Cristo hizo por nosotros y para que comprendamos cómo inicia el camino de la Pascua.

. El próximo domingo reviviremos el culmen de esta entrega: “Por eso Dios le dio un nombre sobre todo nombre” (Filip. 2: 9).

. Solamente asemejándonos a Cristo en la entrega lo seguiremos en la resurrección.

. Pidamos esta actitud para recibir el don nuevo de Cristo y de su Espíritu.

lunes, 15 de marzo de 2010

5° de Cuaresma, 21 de Marzo, 2010.

Primera Lectura: del libro del profeta Isaías 43: 16-21;

Salmo Responsorial, del Salmo 125: Grandes cosas has hecho por nosotros, Señor.
Segunda Lectura: de la carta de San Pablo a los Filipenses 3: 7-14
Evangelio: Juan 8: 1-11.

Celebramos el último domingo de Cuaresma, ¿hemos recorrido todos esos días con un ánimo esforzado que ha buscado ansiosamente la conversión interior? ¿Hemos orado, ayunado, propiciado el encuentro cariñoso con los demás? ¿Hemos sido misericordiosos, “lanzando el corazón por delante?

Sin duda, lo digo por experiencia personal, nos ha faltado entusiasmo, atención, interiorización; permitir que la palabra de Dios, en Isaías, nos haga comprender que la mirada, si bien iluminada por el pasado, la dirijamos conscientes hacia el futuro.

No se trata de olvidar “las maravillas que el Señor ha hecho con nosotros”, sino proyectarlas, como un aliciente siempre activo, hacia el porvenir que descubre, si mira con detenimiento, si contemplamos admirados, que el Señor es “siempre nuevo”, que nos invita a descubrir paisajes alentadores, a abrir los oídos internos para poder “escuchar el brote nuevo”, y ver cómo todo cambia: “ríos en el desierto, bestias salvajes que captan y agradecen la delicadeza del Señor”, entonces, desde lo antiguo, vestido de futuro, “proclamaremos las alabanzas de un pueblo que Él se ha formado”.

Damos el salto del sueño y la ilusión, a la realidad: Dios nos ha liberado de lo más peligroso, de nosotros mismos, de nuestra pasividad, del adormecimiento, del temor al sacrificio, de la visión materialista que nos ha hecho tener como necesario lo superfluo, para ser, como escuchábamos el domingo pasado “creaturas nuevas”.

Panorama difícil que arredra y estremece, por ello oramos fuerte y confiadamente: “Ven en nuestra ayuda para que podamos vivir y actuar siempre con aquel amor que impulsó a tu Hijo a entregarse por nosotros”. ¿De dónde sino de Él podremos obtener la gracia y la convicción para decir, a ejemplo de Pablo: “Nada vale la pena en comparación con el bien supremo que consiste en conocer a Cristo Jesús. Por su amor he renunciado a todo y lo considero como basura con tal de ganar a Cristo y vivir unido a Él”? ¿Dónde encontrar el ánimo y la decisión “para compartir sus sufrimientos y asemejarnos a Él en su muerte con la esperanza de resucitar de entre los muertos”? El que corre en el estadio tiene la mira puesta en la meta, ¿cuál es la nuestra? Ojala podamos afirmar, con hechos, que es “el trofeo al que Dios, por medio de Jesús, nos llama desde el cielo”. Es obra de la gracia el querer y el cumplir; una vez más “Dejémonos reconciliar con Dios”, de Él viene la abundante misericordia.

Jesús mismo nos da la prueba del amor y del perdón. No le importa que hayamos caído sino que nos esforcemos por levantarnos. No mira nuestro pasado sino que nos abre a nuestro futuro. Las transgresiones, los yerros, los pecados, quedan borrados porque “no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva”.

El pasaje que hemos leído nos anima: “El Hijo del hombre no ha venido a condenar sino a perdonar”. No se desentiende del mal, lo purifica. No se escuda en la dureza de la ley, la supera. Con una tierna dureza a todos nos confronta: “El que esté sin pecado, que tire la primera piedra”, y deja que su palabra remueva la realidad personal; “los acusadores comenzaron a escabullirse, empezando por los más viejos”, el silencio, otorga…

Sintamos sobre nosotros la mirada que limpia, que reconoce el mal, pero renueva: “Yo tampoco te condeno. Vete y no vuelvas a pecar”. Perdón que compromete y que invita a vivir con la esperanza puesta en el futuro. “Aún es tiempo, conviértanse y crean en el Evangelio”.

martes, 9 de marzo de 2010

4º Cuaresma, 14 de marzo, 2010.

Primera Lectura: del libro de Josué 5: 9, 10-12
Salmo Responsorial, del Salmo 33: Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor.
Segunda Lectura: de la segunda carta del apóstol San Pablo a los Corintios 5: 17-21
Evangelio: Lucas 15: 1-3, 11-32.

“Alégrate, Jerusalén y todos los que la aman. Regocíjense”. Cántico de enorme alegría en medio de la austeridad del camino cuaresmal. Encontramos lo que hemos buscado: “El rostro del Señor”. Continuemos andando para sentir intensamente que el resultado es claro: “Hicimos la prueba y vimos qué bueno es el Señor”; sacudimos las hojas y aparecieron los frutos, no por méritos propios sino por la acción mediadora de Aquel “que nos reconcilió con Dios: Jesucristo”.

El pueblo de Israel llevaba tatuadas en las entrañas, las maravillas que el Señor Dios fue manifestando para que se viera “liberado del oprobio”. La libertad ansiada, la posesión dichosa, la promesa cumplida, lo sacia de frutos nuevos; la Pascua, “el paso del Señor”, sigue con él, su presencia jamás terminará.

Israel olvidó, los hombres olvidamos, Dios, en cambio nos tiene entre sus manos y “escucha el clamor de los pobres y los libra de todas sus angustias”. ¿Hasta cuándo obraremos en consonancia con la fe que pronuncian los labios?, por eso suplicamos, pedimos con urgencia: “concédenos prepararnos con fe viva y entrega generosa a celebrar las fiestas de la Pascua”.

La reconciliación, aun cuando comience desde una profunda actitud reflexiva sobre el vacío en que nos ha dejado un camino sin rumbo, no obtiene el fruto anhelado sino por Cristo; en Él, y sólo en Él, podemos “abandonar lo viejo” y ser “creaturas nuevas”.

Magnífica oportunidad para aceptar nuestra realidad de pecadores y acudir a Aquel que nos devuelve la paz; de Dios viene la invitación que se hace presente en el Sacramento – hoy tan olvidado – de la confesión; releamos las palabras de Pablo: “Dios reconcilió al mundo consigo y renunció a tomar en cuenta los pecados de los hombres, y a nosotros nos confirió el mensaje de la reconciliación…, es como si Dios mismo los exhortara a ustedes”, e invoca el nombre por el que somos salvados: “En nombre de Cristo les pedimos que se dejen reconciliar con Dios”. Espontánea llega a mi mente la frase de mi hermano en uno de sus últimos poemas: “¡Déjame que me atrapes!”

Infinidad de veces hemos intentado “imaginar” el ser de Dios. Jesús, en la parábola que nos narra San Lucas, nos enseña “lo que ha aprendido del Padre”. Creador, sí, Absoluto, sí, pero coherente con su creación: respeta nuestra libertad de “hijos pródigos” que pensamos que la libertad total es el camino de la felicidad, que los límites anulan la verdad de nuestro ser, que la vida es una y hay que disfrutarla…, y aguarda, paciente, el resultado de nuestra experiencia: el sabor de la lejanía, de la soledad, del hambre, del ansia de cariño. Atisba el horizonte para salir al encuentro de la silueta que arrastra, penosamente, su existencia; los abrazos y besos, el vestido, las sandalias, el anillo y la fiesta, nos hablan más que las palabras, de la ternura, el cariño y el corazón ardiente. ¡Aún es tiempo de volver y de fundirnos entre sus brazos!

Quizá “el hijo pródigo” no escuchó lo que dijo a su hermano: “Era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”. ¿Nos resuena que el “estar” del hermano mayor no basta si no se ha abierto al amor?

Ignoramos si el menor se quedó en la casa, ignoramos si el mayor entró a la fiesta, lo que no podemos ignorar es el Amor del Padre que a todos nos invita, más aún, nos ruega que vivamos en fiesta, y si es necesario, que seamos la causa de la fiesta.

martes, 2 de marzo de 2010

3º Cuaresma, 7 Marzo 2010.

Primera Lectura: del libro del Éxodo 3: 1-8,13-15
Salmo Responsorial, del Salmo 102: El Señor es compasivo y misreicordioso
Segunda Lectura: de la primera carta del apostol San Pablo a los Corintios 10: 1-6, 10-12
Evangelio: Lucas 13: 1-9.

“Mírame, Dios mío y ten piedad de mí”; la soledad y la aflicción nos empujan a la desolación, a la tristeza, al obscurecimiento del horizonte… ¿Qué nos responde el Señor, no qué nos respondería, sino en presente, ahora, en nuestro momento concreto? “Conozco sus sufrimientos, he oído sus quejas…, he descendido para librarlos”.

Dios es “fuego que transforma pero no consume”, necesitamos acercarnos para que su llama nos abrase, darnos la oportunidad, aun cuando fuera por mera curiosidad, para que el misterio nos invada, para escuchar y aprender el nombre de Dios: “Yo Soy”. Aquel “que Es, que Era y que Vendrá”, (Apoc. 1: 8), sale a nuestro encuentro; una vez más constatamos que la iniciativa parte de Él, que el llamamiento y la misión vienen de Él, que es un Dios presente, cercano, que acompaña, guía e instruye. Para escucharlo necesitamos quitarnos “las sandalias”, ésta es la verdadera humildad y el reconocimiento de nuestra creaturidad, despojarnos de todo lo que pueda impedir su actuar, su elección, verdaderamente, “dejar a Dios ser Dios”, sin tratar de imponerle nuestro paso, nuestra limitación, nuestro temor; dejarle expresarse desde nuestros balbuceos, y confiar en que su grandeza nos hará capaces de lo que considerábamos imposible desde nuestra perspectiva.

Moisés se había considerado liberador, confió en sus propias fuerzas y fracasó; huyó y olvidó los primeros impulsos, pero el Señor Dios le hace recordar y le confiere, desde el fuego, la fuerza para que lleve a cabo la misión que había soñado; la ilusión del hombre se ha trocado en acción de Dios. ¡Aceptar, libre y confiadamente, ser portadores de la libertad que el Señor ofrece, sin detenernos a pensar en las dificultades y oposiciones que, propios y extraños, levanten contra nosotros! Repetirnos íntimamente: “No teman Yo estoy con ustedes”.

En el Evangelio, Jesús nos hace reflexionar sobre dos realidades trágicas, históricas: la represión brutal de Herodes y el derrumbamiento de la torre de Siloé; el mal no puede provenir de Dios, Él no castiga, sí nos advierte de las consecuencias, tanto de las que provienen de la libertad errada del hombre, como de la violencia desatada de la naturaleza. Nos hace comprender que “las cosas suceden”, pero afina y orienta lo que nuestra lógica hubiera deducido equivocadamente: “¿Piensan que lo sucedido a los galileos o a los 18 que perecieron en Siloé, fue por ser más pecadores que el resto que habitaba en Jerusalén? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante.” Nuestros actos y decisiones van delineando nuestro camino, lo externo, lejos de nuestro alcance, vuelve a presentarse como “signo” que hemos de discernir. A los habitantes de Haití, de Chalco, de Chile, no podemos considerarlos “más pecadores”; mirarnos en el espejo y volvamos a escuchar la invitación: “Arrepiéntete y cree en el Evangelio”.

La otra realidad: ¡ya somos higuera plantada en el campo de Dios!, no basta con producir frondoso follaje, el Dueño busca frutos y frutos que perduren; aún es tiempo y más con tal intercesor, Jesús, que intercede constantemente ante el Padre: “No la cortes, aflojaré la tierra, la abonaré para ver si da fruto. Si no, el próximo año la cortaré”. ¡No sabemos ni el día ni la hora; sí sabemos que el camino ya está trazado hacia la eternidad! ¡Señor Jesús, contigo podré dar frutos!