lunes, 22 de junio de 2009

13° Ordinario, 28 de junio, 2009.

Primera Lectura: Sabiduría 1: 13-15, 2: 23-24;
Salmo 29: Te alabaré Señor eternamente
Segunda Lectura: Segunda carta a los Corintios 8: 7-9, 13-15
Evangelio: Marcos 5: 21-43.

Nos alegramos ante un espectáculo que nos ha conmovido, que nos ha hecho vivir la plasticidad, la armonía, el ritmo. Nuestra vida toda debería de ser un sonoro aplauso de admiración ante la Creación, ante la maravilla de nuestro cuerpo, ante las, casi increíbles, capacidades de nuestro espíritu, porque reconocemos la mano providente de Dios. ¿Cómo no vamos a sentirnos dichosos si percibimos con plena conciencia la presencia del Creador?

El agradecimiento surge de la admiración silenciosa, meditativa; es como quien abre un regalo y lo disfruta aun antes de terminar de quitar la envoltura: “El Señor nos ha dado la luz para que vivamos en ella y la irradiemos, para que nos alejemos del error para que busquemos el esplendor de la verdad”.

En Génesis, la Palabra misma nos descubre la realidad: “Y vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno.” (Gén 1: 31) El Hacedor de la vida no puede estar asociado con la muerte, de manera exquisita “nos ha creado a su imagen y semejanza”, partícipes, de manera increíble, de su misma vida divina: “Todo lo creó para que subsistiera. Las creaturas del mundo son saludables”. ¿Cómo explicar ese “misterio de iniquidad”, (2ª Cor. 2: 7), esa ruptura de relaciones paternales, filiales, fraternas y racionales? Lo deduce San Pablo: “juzgaron inadmisible seguir reconociendo a Dios, rompieron, -y seguimos rompiendo-, toda regla de conducta, llenos de injusticias, perversidad, justicia y maldad, de envidias, homicidios y discordias, de fraudes y depravación…, arrogantes, con inventiva para lo malo, rebeldes a sus padres, sin conciencia, sin palabra, sin entrañas, sin compasión”. (Rom. 1: 28-31). Parecería que el apóstol estuviera contemplando nuestra sociedad. Ojalá dijera de nosotros lo que admira en los Corintios: “Se distinguen en todo: en fe, en palabra, en sabiduría, en diligencia para todo y en amor…”. La razón: “enriquecidos con la pobreza de Cristo”.
El canto del Aleluya nos conforta: “Jesucristo ha vencido la muerte y ha hecho resplandecer su luz sobre nosotros”.

No busquemos más, la solución es Jesucristo. En Él encontraron la salud, la alegría, la paz, tanto la mujer hemorroisa como Jairo, por caminos diferentes, llegaron a la Fuente de la Salvación. Doce años de sufrimiento, de segregación porque se consideraba “impura”, doce años de tortura y de angustia, doce años de búsqueda infructuosa, encontraron respuesta, silenciosa desde una fe envidiable, humilde, confiada, actuante: “pensando que con sólo tocarle el vestido se curaría”; el Señor no defrauda cuando el corazón es el que se acerca. ¿Cómo no nos curará de todos nuestros males, cómo no nos dará fuerzas para sobrellevarlos con fortaleza, ya que no solamente lo tocamos sino que entra en nosotros por la Eucaristía? “Tu fe te ha curado. Vete en paz y queda libre de tu enfermedad”. ¡Cura, Señor, nuestro “flujo” hacia fuera y ayúdanos a concentrarnos en Ti!

Jairo, supera otra clase de problemas: él es el jefe de la sinagoga, ¿qué dirán, si hace pública su fe en Jesús? Nada importa cuando la angustia aprieta: va a su encuentro y recibe, juntamente, la luz interior y la vida de su hija. Las burlas no cuentan cuando la brújula apunta al Norte y la confianza se ve consolidada. ¡Cuánto por aprender de estos dos ejemplos de Fe y de confianza! ¡Purifícanos, Jesús, y ayúdanos a encontrar la Vida verdadera!

lunes, 15 de junio de 2009

12° Ordinario, 21 junio, 2009

Primera Lectura: Job 18: 1, 8-11;
Salmo 106;
Segunda Lectura: Segunda carta a los Corintios 5: 14-17;
Evangelio: Marcos 4: 35-41.

En las Sagrada Escritura vamos encontrando rasgos de nuestra propia historia, la personal, la que tenemos que enfrentar, aun cuando no lo quisiéramos; preguntas que nos hace Dios mismo, reproche de parte de Jesús. En nuestro mundo, peligros que nos envuelven por todas partes: enfermedades, “epidemia”, secuestros, asaltos, corrupción, muerte. ¿Cómo reaccionamos ante lo que va mucho más allá de nuestras posibilidades para encontrar soluciones satisfactorias?, ¿hacia dónde volver nuestra mirada?

Repitamos la antífona de entrada, y pidamos la fuerza del Espíritu para que la convicción sea auténtica: “Firmeza es el Señor para su pueblo, defensa y salvación para sus fieles. Sálvanos, Señor, vela sobre nosotros y guíanos siempre”, ahí está el camino seguro, no cueva de resguardo, sino fortaleza para ver hacia delante. Sentiremos miedo, como los apóstoles, como el mismo Jesús en el huerto ante la pasión, los sufrimientos y la muerte, pero, con Él, superaremos la cobardía que, aunque nos apene, confesamos presente.

Aprendamos de Job, escuchemos al Señor. Leamos los capítulos 38 a 41 y nos reconciliaremos con nuestra realidad de creaturas; aceptaremos que el misterio del cosmos y la historia de cada hombre, con sus enigmas e incógnitas, están en manos de Dios. No de un Dios que nos habla desde la tormenta y que tendría “poder” para aniquilarnos, sino del Dios Creador, del Dios pacificador, del Dios que nos revela Jesucristo y afirmaremos con Job: “Te conocía sólo de oídas, ahora te han visto mis ojos; por eso me retracto y me arrepiento echándome polvo y ceniza”. (41: 5-6) De verdad podremos decirlo si hemos intentado “verlo” en y a través de Jesucristo: “Imagen del Dios invisible, nacido antes de toda creatura, modelo y fin del universo creado, Él es antes que todo y el universo tiene en Él su consistencia”. (Col. 1: 15-16)

El fragmento de Pablo a los corintios nos muestra el criterio de nuestros “quereres y pensares”, “es el amor de Cristo el que nos apremia” y hace que desaparezcan los juicios meramente humanos, es el “vivir como creaturas nuevas, porque vivimos según Cristo”. Egoísmos, miopías y encerramiento del yo, “han pasado y todo es nuevo”. La novedad redescubierta es que Dios mismo “nos ha arraigado en su amistad”, amistad que nos hace vivir en la reciprocidad del amor, tan universal como el de Dios, de modo que abrace a todos los hermanos. Ahí está la indicación de Jesús: “Vamos a la otra orilla”; hacia tierra extraña y hostil, necesitan atravesar el lago, la tormenta acecha, Jesús duerme, la barca se inunda, los discípulos temen.., es la realidad que ahora vivimos, el cristianismo se encuentra en medio de una fuerte tempestad y el miedo se ha apoderado de nosotros, nos enfrentamos a una cultura extraña, el encuentro nos atemoriza, el futuro es incierto, olvidamos que Jesús nos acompaña. Nos confesamos impotentes. ¡Despertemos al Señor, para que Él nos despierte; no temamos su reproche, será salvífico y revivificará nuestra fe!

Jesús todavía puede sorprendernos, su voz “calmará la tempestad” y acallará nuestros miedos. El Resucitado sigue actuando en nuestro mundo y está esperanzado en nuestra adhesión, a Él y al Reino, para inaugurar una fase nueva en la historia del cristianismo.

Esperar los milagros, sería infantil, grosero, superficial e inútil, más fruto del temor, que del amor sincero, la confianza y la fe. No es que dejes de escuchar la voz de nuestra angustia: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?”, más bien quieres que demos otro paso, no querer a Dios a nuestro servicio, sino el que nos aleje de lo fácil, el que encuentre en el milagro de tu entrega, la revelación del amor que Dios nos tiene.

Tu reproche, purifica: “¿Por qué tienen tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” Si Tú estás en mi barca, aunque parezcas dormido, con saber que ahí estás, debe bastarme: “Con el Señor a mi lado jamás temerá mi corazón.” Que seamos audaces y valientes, totalmente confiados como Santa Teresa: “Nada te turbe, nada te espante. Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta.”

miércoles, 10 de junio de 2009

11° Ordinario, 14 Junio, 2009

Primera Lectura: Ezequiel 17: 22-24;
Salmo 91;
Segunda Lectura: Segunda carta a los Corintios 5: 6-10;
Evangelio: Marcos 4: 26-34.

Necesitamos un momento de reposo, de atención a nuestro entorno, el de dentro y el de fuera; preguntarnos qué luce en nuestra vida: ¿consolación, paz y entusiasmo o bien tristeza, lejanía, abulia y desesperanza que entume? El Señor está atento, no se le ocultan los pasos que damos, sean hacia Él o solamente hacia nosotros, estos en un olvido lastimoso e inútil. La oración que enciende la confianza, que anima a la aventura del salto hacia el vacío, - sabemos que no hay vacío -, ya que “el Señor escucha nuestras voces y clamores y llega en nuestra ayuda, sin jamás rechazarnos”, consolida la fe que ilumina el qué y para qué, el hacia dónde de nuestras decisiones; ¿qué tan fuerte es el grito?, ¿atraviesa las nubes, supera sequedades y aprende a aguardar como la tierra “las lluvias tempranas y las tardías”? (Santiago 5: 8) ¿Nos insta a crecer en el Señor, de donde viene nuestra fuerza, porque somos, realmente, conscientes de que “sin su gracia nada puede nuestra humana debilidad”?

Dejemos revivir en nosotros la presencia del Espíritu, la inhabitación de la Trinidad, la de Jesús, intimidad, realidad que al venir a nosotros, como alimento, convertido en pan y vino que nos nutre e intenta transformarnos en retoños que crezcan y florezcan, que den sombra y cobijo, en primer lugar a nuestros seres y que inviten a todos al sosiego, la paz y el descanso. Su promesa conforta, no es voz al viento: “Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré”. Si la historia es “la maestra de la vida”, en frase de Cicerón, repasemos la nuestra, la de Israel, la de la humanidad entera y analicemos los resultados. No encontraremos mejor respuesta que la del Salmo: “¡Qué bueno es darte gracias, Señor!” Nos harás “capaces de dar fruto en la vejez, frondosos y lozanos”.

Que la inquietud se esfume, el consuelo amanezca y el Señor nos convenza de que nunca está lejos de nosotros. Aceptamos nuestro ser de peregrinos desterrados camino de la Patria. Preparemos desde ahora el encuentro y tengamos presentes las palabras de la Carta a los Hebreos, que explicitan lo dicho por Pablo a los Corintios: “Por cuanto es destino de cada hombre morir una vez, y luego un juicio, así también el Mesías se ofreció una sola vez, para quietar los pecados de tantos; la segunda vez, ya sin relación con el pecado, se manifestará a los que lo aguardan para salvarlos”. (9: 27-28) La gracia y nuestra adhesión a Cristo, harán que “la misericordia triunfe sobre el juicio”.

Es fácil entender cuando el Señor explica: Nos dio ya un dinamismo que duerme en la semilla, pidamos que despierte, que germine, que dé fruto; que seamos pacientes porque el Espíritu “enterrado en nosotros”, prosigue su tarea; los tallos, las espigas y los granos, conformes a su ritmo, sin que sepamos cómo, pero estando dispuestos, llegarán a su tiempo.

La fe, ya lo sabemos es un regalo, pero trigo y cizaña crecen juntos, esforcémonos para que el riego llegue abundante al primero y, con mucha prudencia, tratemos de ayudar al Señor, a arrancar la segunda; Él mismo Jesús nos advierte que la empresa no es simple, (Mt. 13:29) hay peligro de convertir el campo en yermo. ¡Señor para no tener que arrancar hierba mala, ayúdame a no sembrarla!

martes, 2 de junio de 2009

La Santísima Trinidad, junio 7, 2009.

Primera Lectura: Deuteronomio 4 32-34;

Salmo 32;
Segunda Lectura: Carta a los Romanos 8: 14-17;
Evangelio: Mt. 28: 16-20.

En la Antífona de entrada, confesamos, aceptamos y creemos lo que nos convierte en discípulos de Cristo, lo que nos abre, desde el misterio, a la vida Trinitaria. No sabemos cómo, pero estamos en el núcleo mismo de la Revelación maravillosa que nos ha hecho Cristo: Dios no es un Dios solitario, silencioso, incomunicado sino todo lo contrario: es familia, el ejemplo de la vivencia total del amor, de la participación, de la creatividad inacabable. Pero este Amor no es excluyente ni egoísta, no es un Amor “entre tres”, es la expansión misma de ese Amor que contagia, vivifica, anima y, en una palabra, crea y nos crea para compartir esa vida divina. Aceptamos el misterio que sobrepasa toda lógica terrena y que nos encontramos ante la imposibilidad de “comprender” la profundidad de la Realidad Máxima, ¿quién será capaz de entender la infinitud de Dios?, lo será no quien trate de llegar a Él a través del discurso reflexivo, sino quien se interese en saber algo sobre el Amor.

La fiesta de la Santísima Trinidad nos pone en presente lo que olvidamos con demasiada frecuencia: que Dios sólo es Amor y su gloria y su poder consisten solamente en Amar. Nos hace recordar la frase de San Ireneo: “La gloria de Dios consiste en que el hombre viva”.
La inquietud, el anhelo, el ansia por adentrarnos en el sentido del amor, ha acompañado y acompaña a la humanidad desde que comenzó a pensar y a pensarse, a experimentar y a experimentarse, a vislumbrar la grandeza que somos y el empequeñecimiento al que hemos llegado: “hechos a imagen y semejanza de Dios”; por lo tanto muy bien hechos, pero a ratos mal aprovechados, por olvido, por superficialidad, por egoísmo, por apesgamiento a las creaturas que nos deslumbran y que nos impiden entrar más adentro de nosotros mismos y sentir de dónde viene esa necesidad de amar y ser amados, de acoger y ser acogidos, de disfrutar cuando compartimos una amistad que nos impulsa a crecer, a dar y recibir vida; en esos momentos saboreamos el “amor trinitario” de Dios, amor que brota y que proviene de Él, y sabemos que viene de Él, porque al rebuscar en nosotros no encontramos veta alguna.

Persiste la inquietud, ¿cómo, de dónde puede nacer esa capacidad de amar a quienes no pueden o no quieren corresponder, de dar sin apenas recibir, de aceptar, sinceramente, a lo pobres y pequeños, de entregar el entusiasmo y la vida para intentar construir un mundo nuevo? Si aún no lo hemos experimentado, pidamos la oportunidad de hacerlo y encontraremos una fuerza, un impulso, una coherencia, una entrega que, quizá, ni siquiera hemos soñado.
Este Dios familia, comunidad, don, gozo, alegría, es el que nos revela Jesucristo para que nos dejemos “guiar por el Espíritu de Dios, - y por esa presencia invisible pero real -, podamos llamar Padre a Dios”; esta filiación gratuita, nos convierte en “herederos suyos y coherederos con Cristo”. De permitir en nosotros esa grandeza, entenderemos y aceptaremos, aunque nuestra corporalidad se estremezca, que “si sufrimos con El, seremos glorificados junto a Él”.

Entonces enseñaremos lo aprendido, esparciremos su deseo, completaremos su misión bautizando, proclamando y testimoniando que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. La confianza se afianza en su Palabra: “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo”.

Pentecostés, 31 mayo 2009.

Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles: 2: 1-11;
Salmo 103;
Segunda Lectura: Primera carta a los Corintios12: 3-7, 12-13;
Evangelio: Juan 20: 19-23.

“El Espíritu del Señor ha llenado la tierra; Él da unidad a todas las cosas y se hace comprender en todas las lenguas”. Vivimos en una sociedad en la que lo espiritual no evoca gran cosa; lo espiritual se considera como etéreo, inverificable, irreal; en esta sociedad – en nosotros con ella -, aparece fuertemente el interés por lo material, lo práctico, lo útil, lo eficaz. Resulta difícil y, a ratos, incomprensible, hablar de la fuerza del Espíritu, pues encontramos resistencias ideológicas y afectivas. En verdad necesitamos regresar a “la Fuente de Vida”, permitir que ese Espíritu, Dios mismo, penetre y ventile nuestros interiores, nos airee y proyecte, desde dentro, hacia una dimensión trascendente.

Parece una misión imposible ya que sentimos que los hombres actuales estamos programado para la producción y el consumo, encerrados en una atmósfera asfixiante para el espíritu y el vacío existencial ha llegado a ser un denominador común; sin interioridad, llevando una vida sin sentido, incapaces de dar cabida a la felicidad, ausentes de razones para vivir y preocuparnos de los demás, porque no queremos aceptar la condición de creaturas, limitadas, ¡sí! pero creadas para la plenitud, con tal que nos arriesguemos a abrirnos a la acción del Espíritu, con tal que abramos, o dejemos que el Señor nos abra, los ojos de la fe. Nuestro grito y súplica a la vez: “Ven Espíritu Divino; mira el vacío del hombre, si Tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento”.

Si no hay Espíritu, crecerá el miedo, cerraremos las puertas, nos sentiremos paralizado por el temor, igual que los discípulos: “Estaban reunidos en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos”, sin Jesús y carentes del Don del Espíritu. ¡Qué cambio cuando el Espíritu, Dios mismo, está presente! Antes: miedo, apatía, inacción, duda, silencio, ineficacia, falta de fe y de confianza; en cuanto “el viento que viene desde arriba” los enciende con “fuego nuevo”, experimentan el cambio -ese que nosotros mismos deseamos-, crecen la audacia y la necesidad de dar testimonio de la Fuente de Vida que los impulsa, de decir al mundo que Dios ES, que Jesús vive y proclamar fuerte y alegremente: “las maravillas de Dios”.

En este mundo que no cree en el Espíritu, ¿sabemos, los cristianos, testimoniarlo y dar razón de nuestra esperanza? ¿Hacemos viva la palabra que nos reanima, “los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Hemos recibido, no un espíritu de esclavitud para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos que nos hace gritar: ¡Abba!, ¡Padre”? (Rom. 8: 14-17)

Jesús, da la paz a los apóstoles y los y nos hace partícipes de la vida divina mediante el perdón que llena de “esa paz que el mundo no puede dar”. (Jn. 14: 27)

Si las palabras no nos conmueven, tomo una ilustradora reflexión de J. A. Pagola: “Medita lealmente y con rigor la existencia, detente en las experiencias más profundas del gozo o del dolor, en los momentos culminantes del amor o de la soledad, ¿no sientes que en el fondo de cada uno de nosotros hay un misterio último, inexpresable, que estamos casi siempre rehuyendo?”

lunes, 18 de mayo de 2009

La Ascensión del Señor, 24 mayo 2009.

Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 1: 1-11;
Salmo 46;
Segunda Lectura: Carta de San Pablo Efesios 4: 1-13;
Evangelio: Marcos 16: 15-20.

La antífona de entrada nos anticipa el fin del relato que leímos en Hechos de los Apóstoles: no podemos quedarnos inmóviles “mirando al cielo”, con un sabor amargo de separación y despedida, y menos aún con un corazón frustrado porque nada de los que esperábamos ha sido como lo esperábamos. ¿Cuánto de terreno existe en nuestra visión y trato con Cristo, con qué profundidad vamos, aunque sea poco a poco, penetrando en la totalidad del Misterio de Jesús, en una mirada global que se esclarecerá con la llegada del Espíritu Santo. Mirada que no se inició con la llamada del mismo Jesús a los discípulos, a cada uno de nosotros, sino desde el instante de su Encarnación, lo oculto de su vida oculta, sus andares por la tierra anunciando el Reino, su Pasión, su Muerte, su Resurrección y ahora, su glorificación: “nadie sube al cielo excepto el que bajó del cielo”. (Jn. 3: 13) Verdaderamente ahora “Todo está cumplido”, (Jn. 19: 30)

En el camino que finalizará con su despedida, el Señor instruye a los discípulos, y como siempre, en ellos a nosotros; igual que ellos, necesitamos crecer en la fe, mirar más allá de los anhelos terrenos, sentir que la debilidad propia de nuestra naturaleza, es capaz de ser fortalecida: “Aguarden a que se cumpla la promesa del Padre…, dentro de pocos días serán bautizados en el Espíritu Santo”. De sobra sabemos que “Dios es fiel a sus promesas”; ésta la sigue cumpliendo, en la Iglesia, en los Sacramentos, en la Eucaristía. El Espíritu de Dios, que es Dios, como el Padre y Jesucristo, está presente, la Santísima Trinidad, misteriosa pero, eficazmente, nos guía, nos conduce y nos ilumina continuamente. De verdad necesitamos la luz del Espíritu par seguir confiando “en la eficacia de su fuerza poderosa” Llamados a ser uno en Cristo para que se cumpla su Palabra: “en Él nuestra alegría será plena”.

Ayúdanos, Señor, a comprender lo que dijiste en ese largo “testamento” preñado de sentido de trascendencia, de cariño y de entrega: “Si me amaran, se alegrarían conmigo de que me vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo”. (Jn. 14: 28) Aceptar tu realidad humana como la nuestra y nuestra vocación de eternidad, como la tuya. La exhortación de Pablo nos hace pisar la realidad para llegar a la Realidad: “llevar una vida digna del llamamiento que hemos recibido; humildes, amables, comprensivos, - simplemente como Tú -, unidos en el amor y en la certeza de que el Espíritu nos conjunta para formar un solo cuerpo”.

Tú sí puedes decir: “me voy pero me quedo”; ya no hay fronteras terrenas ni limitaciones espaciales, te nos entregas a todos y tu llamamiento persiste, incesante, de modo que no exista quien no haya escuchado de Ti y del Reino. Lo sabemos pero nos lo recuerdas: ha llegado la hora de la Iglesia, Tú quisiste tener necesidad de los hombres y nos sentimos, debemos sentirnos contentos porque, desde Ti, todas nuestras acciones cobran sentido, tienen horizonte y se encaminan a la meta que ya lograste en Ti y para todos.

Te pedimos que sigas reforzando la fe de la Iglesia, la nuestra y que tengamos los ojos abiertos para constatar que “actúas con nosotros y confirmas la predicación”; en verdad no te pedimos milagros, sino que nos conviertas a cada uno en un milagro de tu presencia en el mundo.

miércoles, 13 de mayo de 2009

6º de Pascua, 17 mayo, 2009

Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 10:25-26, 34-35, 44-48;
Salmo 97;
Segunda Lectura: Primera carta de Juan 4: 7-10;
Evangelio: Juan Jn. 15: 9-17.

Ya fuimos elegidos como heraldos del Amor que no debe encontrar límites en ninguna creatura, y menos aún, en ningún hombre, el único ser capaz de responder con libertad y conciencia a las “exigencias” del Amor. Es una alegría que brota, si la fe sigue actuando, por el triunfo de Jesús sobre el pecado y sobre la muerte. Alegría de sabernos ya resucitados con Él, porque confiamos en su Palabra: “Para que donde esté Yo, estén también ustedes”. (Jn. 14: 4)

Sigue prolongándose la culminación del “quehacer” de Cristo: su Resurrección; el centro de la esperanza viva y el inicio de nuestra transformación, inacabable mientras dure el camino; transformación que, de ser auténtica, no podrá dejar de manifestarse en nuestras obras, ese es el trasfondo de la petición que hacemos en la Oración junto con toda la Iglesia.

Al lado de Pedro y sus acompañantes, necesitamos vivir el asombro cotidiano del actuar del Espíritu. Solamente perciben la acción creadora de Dios los que mantienen los ojos de la fe abiertos, “lo verdaderamente importante se mira, no con los ojos, sino con el corazón”, y ese “descender del Espíritu Santo sobre los que estaban escuchando el mensaje”, no se capta con la retina, tan empañada de pequeñeces, sino adhiriéndose al canto de alabanza, a la proclamación de las maravillas de Dios. Aprender de Dios mismo lo que significa, sin pliegues ni reticencias, la universalidad; El Señor no es prerrogativa de nadie, Él no soporta muros que separen, “en Él no hay distinción de personas, acepta al que lo teme (filialmente) y practica la justicia, sea de la nación que fuere”. ¿Quién puede oponerse al Espíritu?... la respuesta es trágica: ¡yo!, en mi alocada libertad, en mi enconado egoísmo, puedo impedir que el Espíritu me mueva y remueva cuanto me rodea. ¡Señor concédeme querer no querer seguir así!

El Salmo nos reanima, reaviva el asombro y nos invita a unirnos al coro de gratitud, porque Dios “nos ha mostrado su amor y su lealtad”. San Juan responde a las inquietudes que han acompañado al hombre: ¿Quién es Dios?, no desde la filosofía, sino desde la iniciativa y el dinamismo: “Dios es Amor”, Dios es relación, Dios es cercanía, Dios es entrega, pues nos da lo más preciado: a su Hijo, para que nosotros seamos hijos suyos. ¿Se puede pedir más? “Nacidos de Dios para conocerlo y amarlo”, para encontrar en Él lo que nada ni nadie puede darnos, ese anhelo que, día a día, nos acompaña: la felicidad.

El cristianismo no es teoría, no es una serie de doctrinas, es la concreción pura: “Permanezcan en mi amor”, lo haremos si “cumplimos sus mandamientos, como Jesús cumplió los del Padre y permanece en su amor”. No multiplica preceptos, con sencillez recalca: “Éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como Yo los he amado.” Y la promesa se va cristalizando: “para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena”. Vivir, proclamar, difundir y proyectar esa “alegría”, desde nosotros mismos es imposible, pero lo haremos fincados en sus palabras: “Yo los elegí para que vayan y den fruto y su fruto permanezca”. ¡Qué seguridad!: “Cuanto pidan en mi nombre, el Padre se lo concederá”. Te pedimos, Padre: ¡renueva tu Reino de justicia, de amor y de paz!

martes, 5 de mayo de 2009

5° Pascua, mayo 10 2009

Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 9: 26-31,
Salmo 21;
Segunda Lectura: Primera carta de Juan 3: 18-24;
Evangelio: Juan 15: 1-8.

Permanezcamos con los ojos abiertos, éstos abrirán las mentes y los corazones, para seguir cantando las maravillas del Señor. Contemplar y reflexionar: proseguir la conjunción de sentidos, razón y fe es darle la correcta finalidad a nuestro ser humano que mira la creación, busca las causas y acepta la revelación para encontrar en el diario caminar el Amor con que Dios nos mira y gozarnos en la realidad de la filiación divina, inmerecida, pero, ya realizada por la entrega de Cristo y la fuerte y constante acción del Espíritu Santo.

Escuchando la narración de los Hechos de los Apóstoles, ojalá aprendamos a no quejarnos de la incomprensión que, muchas veces simplemente imaginamos, sino a ser apoyo para los que se sienten solos, desconocidos. Fácilmente imaginamos a los discípulos de Jerusalén mirando con desconfianza a Pablo, ¡no pueden explicarse lo que sucede!: el perseguidor sostiene ahora nuestra misma visión de Jesús. Seamos como Bernabé que habla y explica, a quien tiene que hacerlo, para que todos recuerden las palabras de Jesús: “Para Dios nada es imposible”, (Mc. 10:27); la aceptación del testimonio da enorme confianza a Pablo y, como oíamos a Pedro el domingo pasado, la audacia y la libertad se apoderan de él, toca las fronteras peligrosas, lo amenazan de muerte. Pablo, sin duda, habrá recordado las palabras de Ananías: “Yo le enseñaré cuánto tiene que sufrir por Mí”, (Hechos 9:16). Los hermanos actúan (cuánto nos hace falta esto) y lo envían a Tarso, ahí está la presencia del Espíritu que cuida y guía y consolida a la Comunidad, y, bajo este impulso, ésta “crece y se multiplica”.

San Juan vive lo que enseña: “amemos de verdad y con las obras”. Lo vio con Bernabé y Pablo; reflexiona en la conversión de éste, comprende que obraba con una conciencia honesta: “fidelidad al propio interior” y constata que: “Dios es más grande que nuestra conciencia”; mira cómo el Señor hace que las conciencias honestas se vuelvan rectas, Pablo es un claro ejemplo: de perseguidor, a Apóstol de las gentes.

Ahora estamos en una situación difícil, magnífica ocasión para que crezca la fe en la oración, para que hagamos caso al Espíritu: “si hacemos lo que le agrada, ciertamente obtendremos de Él todo lo que le pidamos”, porque hablar del Espíritu es hablar del Padre, es hablar de Jesucristo, es permanecer en la Vida Trinitaria.

Jesús, atento observador, se adapta a su pueblo, sabe que conocen los cuidados que requiere una viña: limpieza, poda y cariño, habla sobre seguro, pero cambia las coordenadas, ya no se trata de cualquier viña: “Yo soy la vid, mi Padre el viñador, ustedes los sarmientos”. Cortar a tiempo, quizá sea doloroso, pero necesario; solamente así la savia se concentrará y dará fruto a su tiempo. Lo inútil: ¡al fuego! ¡Lo imprescindible: permanecer unidos al tronco que alimenta! Las consecuencias brillan por sí mismas.

“¡Sin Mí no pueden hacer nada!” ¿De verdad creemos y aceptamos su Palabra? Vuelven a resonar las escritas por San Juan, pero ahora desde los labios del que Es la Palabra: “Si permanecen en Mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá”. ¿Tendríamos que pensar mucho para tomar la decisión correcta?
¡Ilumínanos, Señor y danos el ímpetu para ofrecerte aquello que impida la Gloria del Padre! Corta lo que sea; sabemos que restañarás las heridas y nos ayudarás a dar fruto.

miércoles, 29 de abril de 2009

4° de Pascua, 3 de mayo 2009.

Primera Lectura:  Hechos de los Apòstoles 4, 8-12; 
Salmo Resposorial: 117; 
Segunda Lectura: 1ª Carta de Juan 3: 1-2; 
Evagelio: Juan 10: 11-18.

Continuamos asombrados por la maravilla del amor que cubre todo: tierra, cielos y abismos y, sobre todo, nuestros corazones. La presencia del Seño tranquiliza, ilumina, guía, precede y conduce con cercanía, casi palpable, a los pastos frescos. Si existe seguridad en este mundo, es la que encontramos junto a Él.

No es nada nuevo, el Espíritu sigue actuando, dando forma y valor a la primitiva Comunidad cristiana. Pedro va encontrando la mesura, pero con audacia da testimonio de su profesión de fe en Jesucristo; testimonio del que está ansioso, aunque no lo sepa, el mundo actual, nuestra sociedad, nuestra juventud, y no lo quiere oír sino mirarlo en acción. Jesús es “la piedra angular, el desechado, el crucificado”, Jesús es el “resucitado de entre los muertos”, el Único en quien encontramos todos, la salvación.

Pedro, intuye cuál puede ser el desenlace; pero siente una fuerza interna que lo sostiene, que se convierte en “un fuego que enciende otros fuegos”, vive conscientemente, los riesgos de estar en las fronteras difíciles. Habla con claridad inusitada, tiene encendida la lámpara y no teme la amenaza de las tinieblas; está presente la palabra del Maestro: “¡La verdad los hará libres”! Verdad que rompe esquemas, que renueva los valores que, a gritos, pide apertura, y conversión. No hay otro camino que Cristo.

Invitación y ejemplo para que, sin mirarnos a nosotros mismos, nos lancemos, firmes en la fe y en la confianza, a proclamar la Verdad que libera. Sin duda habremos de  interiorizarnos personalmente y contagiar de entusiasmo a todos los familiares, a la comunidad y a la sociedad en que estamos insertados; comenzar a discernir o seguirlo haciendo para que la decisión sea acorde a esa fe, confianza y Verdad.

En el Salmo encontramos mucho más que una fortaleza amurallada: “Te damos gracias, Señor, porque eres Bueno, porque tu misericordia es eterna. Más vale refugiarse en el Señor que poner en los hombres la confianza”. Ni estamos solos ni luchamos por una utopía; el Señor ya nos mostró Quién y Dónde está la Topía.

San Juan aviva la llama: “Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos”. ¡Qué reto!: reflejar la imagen del Hijo rechazado pero Resucitado. Ánimo para que nuestras obras sean conforme al Reino Ese es el camino para encontrarnos con el Señor “cara a cara, y ser semejantes a Él”. Conocemos nuestra debilidad, pero muchos recordarán que es una injuria a Dios considerarnos como “gusanos”; permitamos que el Espíritu culmine su obra y nos convierta en mariposas.

Jesús, el Buen Pastor, no descuida a ninguno, quiere acoger a todos, no cesa de llamarnos. Conoce todos los caminos, los internos y externos, se convierte en la Puerta que nos lleva hasta el Padre; sabe que el amor es gratuito: lo recibe y lo regresa al Padre en llamas del Espíritu y así nos lo ofrece. “Doy la vida por mis ovejas”. Escuchemos su voz, distingámosla entre tantas otras y así podremos reconocerla y, seguirlo. Oremos para que su deseo se cumpla: “Un solo rebaño bajo un solo Pastor”.

martes, 21 de abril de 2009

3º de Pascua, 26 abril 2009.

Priemra Lectura: Hechos. 3: 13-15, 17-19;
Salmo Responsorial: 4
Segunda Lectura: 1ª. Jn. 2: 1-5;
Evangelio: Lc. 35-48.

Jesús sabe lo que sucede en nuestro interior, de preocupa por nosotros: ”¿Por qué se alarman? ¿Por qué surgen tantas dudas en su corazón?»

Cuántos hombres y mujeres de nuestros días responderíamos inmediatamente enumerando razones y factores que provocan el nacimiento de mil dudas y vacilaciones en la conciencia del hombre moderno que desea creer.

Es bueno recordar que muchas de nuestras dudas, aunque quizá las percibamos hoy con una sensibilidad especial, son dudas de siempre, vividas por hombres y mujeres de todos los tiempos.

No olvidar lo que con tanto acierto dice Jaspers: «Todo lo que funda es oscuro». La última palabra sobre el mundo y el misterio de la vida se nos escapa. El sentido último de nuestro ser se nos oculta.

Pero, ¿qué hacer ante interrogantes e inquietudes que nacen en nuestro corazón? Cada uno ha de recorrer su propio camino y buscar a tientas, con nuestras propias manos, el rostro de Dios. Pero es bueno recordar algunas cosas válidas para todos.

Reconocer y aceptar que el valor de la vida depende del grado de sinceridad y fidelidad con que vive cada uno de cara a Dios. No es necesario que hayamos resuelto todas y cada una de nuestras dudas para vivir en verdad ante Él.

Comprender que para que muchas de nuestras dudas se diluyan, es necesario que nos alimentemos interiormente con oración y sacramentos. Desde estas fuentes comenzaremos a comprender algo, si nos dejamos arrebatar por el misterio.

Anhelar el querer creer, a pesar de las interrogantes que nos asedian sobre el contenido de dogmas o verdades cristianas, - no se trata de evidencias inmediatas -, eso ya es una manera humilde pero auténtica de vivir en verdad ante Dios.

Quisiéramos vivir algo más grande y gozoso y nos encontramos con nuestra pobre lógica que desea todo claro y rectilíneo. Quisiéramos agarrarnos a una fe firme, serena, radiante y vivimos una fe oscura, pequeña, vacilante.

Si en esos momentos, sabemos «esperar contra toda esperanza», creer contra toda increencia y poner nuestro ser en manos de ese Dios a quien seguimos buscando a pesar de todo, en nuestro corazón hay fe. Somos creyentes. Dios entiende nuestro pobre caminar por esta vida.

Jesús Resucitado nos acompaña y seguirá acompañándonos hasta el fin de los tiempos. Una vez más pidamos como el padre del niño epiléptico: “¡Creo, Señor, aumenta mi fe!”

miércoles, 1 de abril de 2009

Ramos, 5 Abril 2009

Evangelio De la Procesión: Jn. 12: 12-16
Primera lectura: Isaías 50: 4-7
Salmo Responsorial: 21
Carta de Pablo a los Filipenses 2: 6-11
Pasión según San Marcos 15: 1-39. (Breve)

Hay júbilo en el recibimiento de Jesús, palmas, aleluyas porque ha llegado el Salvador de Israel. No dudamos de la autenticidad del júbilo de los judíos: creían cumplida su esperanza, la imaginaban cumplida: un Mesías Rey, Guerrero poderoso, Restaurador del esplendor perdido, por fin se acabaría y caería por tierra el poderío de los romanos. ¡Pero qué frágil es la memoria y con qué facilidad deja en el olvido lo que no le conviene!: “Israel, tus caminos no son mis caminos, ni tus pensamientos son mis pensamientos; como distan el cielo de la tierra, así tus pensamientos de los míos.” O no había leído atentamente o no habían querido comprender los “Cánticos del Siervo Sufriente”. El Señor Jesús acepta la alegría del Pueblo, que empezará a dudar al ver a su Rey montado en un burrito. La desilusión crecerá en pocos días. Espero que nuestra consciente preparación a la Pascua, término y principio de la Salvación que perdura, nos centre y nos ayude a aceptar en su totalidad a Cristo Jesús. Más que las palmas, agitemos los corazones purificados y agradecidos y acompañemos, con cariño a Aquel que no dosificó su entrega. (Antes de las lecturas.)

Lo pedido en la Oración nos ubica en esa totalidad: que a ejemplo de Cristo, humildad, Pasión y Muerte, nos lleven a participar de la Resurrección. ¡No hay otro camino, es difícil, pero no, si de verdad estamos con Él!

Ya escuchábamos ese Cántico del Siervo Sufriente que no deja de ser aterrador; la forma en que trataron -tratamos– al Señor. ¿Por qué no opuso resistencia? Porque había orado siempre: “Aquí estoy, Padre, para hacer tu voluntad.” Porque vivía profundamente la realidad de la cercanía del Padre: “El Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido, no quedaré avergonzado.”

El Salmo 21 no es desesperación, Jesús quiso sentir el peso y las consecuencias del pecado: lo que significa el alejamiento de Dios. El amor, la confianza en el triunfo, diferente a nuestra mentalidad, lo escuchamos en el final: “A mis hermanos contaré tu gloria y en la asamblea alabaré tu nombre. Que alaben al Señor los que lo aman. Que el pueblo de Israel siempre lo adore.” El precio de esta conquista es totalmente inefable, anonadante.

Pablo nos hace palpar la verdadera Humanidad de Cristo. “Tomó la condición de siervo y se hizo semejante a los hombres; por eso recibió un Nombre sobre todo nombre.” Una vez más, el triunfo es de otra dimensión, el botín es “la gloria de Dios”. ¿Intentamos abrirnos a esta nueva concepción? Es don, es gracia. ¡Pidámoslo!

Escucharemos el relato de la Pasión según San Marcos. Dejemos que nos conmueva, Cristo, verdadero hombre, sufrió, ¡y de qué manera!, para presentarnos limpios ante el Padre. Es bueno recordar que la realidad es ¡ESTA! Vayamos pensando lo qué nos dice el Apóstol: “Me amó y se entregó por mí… Clavó en la Cruz el documento que nos condenaba…” Pidamos que nuestra sensibilidad lo acompañe de cerca y que de Él saquemos fuerzas para enfrentar cuanto de molesto, nos salga al encuentro en la vida. Pidámosle que nos permita sentir lo que estaba sintiendo: dolor, soledad, abandono, fracaso humano… y juntamente el gozo de cumplir su misión, la que anunció en la Última Cena: “Este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la Alianza Nueva y Eterna, que será derramada por ustedes y por todos los hombres, para el perdón de los pecados.” Desde Él somos, como nos recuerda San Pablo, “criaturas nuevas”, no volvamos a lo antiguo.

lunes, 23 de marzo de 2009

5° Cuaresma, 29 de marzo 2009

Primera Lectura: Jeremías 31: 31 - 34
Salmo 50
Segunda Lectura: Carta a los Hebreos 5: 7 - 9
Evangelio: Juan 12: 20 - 33

¿Quién es Dios? ¿Cómo es Dios? ¿Cómo podríamos conocer de verdad a Dios? Las culturas de todos los tiempos y pueblos han buscado las respuestas a estas preguntas. Las religiones no son más que un esfuerzo gigantesco en el intento de conocer a Dios, sin que ninguna de ellas haya llegado a una respuesta evidente. El misterio profundo nos lo viene a revelar Jesucristo y el único camino para llegar a Dios es el de la FE

Descartada la evidencia inmediata, caemos en la cuenta que la respuesta no se encuentra en los libros ni en la palabra de los sabios, porque el conocimiento de Dios no cabe en los medios limitados, cargados además de condicionamientos y prejuicios. Por ello, el profeta Jeremías nos indica otro camino, cuando dice: “No tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: ‘Reconoce al Señor”. Porque todos me reconocerán, desde el pequeño al grande”. Es la promesa de que Dios mismo se da a conocer, y lo seguirá haciendo..

Reflexionando en el camino de los santos, en el camino del mismo Jesucristo, constatamos que al verdadero conocimiento de Dios, más que por el esfuerzo de la razón, se llega por la experiencia vital de todo nuestro ser, como ocurre con el amor o la felicidad. Nadie, en efecto, experimenta el amor cuando él quiere sino cuando aquél se hace presente. Del mismo modo, nadie hace la experiencia de Dios hasta que él se manifiesta, se deja encontrar de alguna manera o hace casi tangible su presencia. En este sentido el profeta Jeremías ha dicho: “Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo”.

Para conocer a Jesús, Hijo de Dios, tomemos la enseñanza del evangelio, buscar lo que se desea: “Algunos griegos...acercándose a Felipe, le rogaban: “¿Señor, quisiéramos ver a Jesús?” Felipe y Andrés fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre”. Todo lo conocerán, -lo conoceremos-, verdaderamente, hasta que creamos, como experiencia personal, en su resurrección.

Creer que Jesús ha resucitado y vive para siempre entre nosotros es el punto de partida. Los mismos apóstoles vivieron en continua desorientación sobre quién era Jesús y cuál el contenido exacto de su misión, mientras no alcanzaron experiencia viva y personal del resucitado.

Si alguno de nosotros no creyera firmemente en la resurrección de Cristo y en su vida nueva, nada sabría sobre Jesús. Necesitamos la asidua lectura meditada de los evangelios, de otra forma, nos quedaríamos en interesantes anécdotas, ni siquiera todas históricas, pero, al aceptarlas por la fe y, otra vez, por la experiencia en el trato con Él, llegaremos a confesar de corazón el triunfo final del resucitado.

Dios se revela a los hombres por medio de hechos históricos, mejor todavía que por palabras. Así, la muerte y resurrección de Jesús nos muestran que es acogida por Dios, para la salvación, la muerte y la resurrección de la humanidad. Con él morimos y con él resucitamos: “El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará”.

No es necesario demostrar científicamente nuestra fe ni entender exhaustivamente su contenido: nos basta creer en Jesús, confiarnos a él y seguirle con decisión y afecto; seguros de que Él mismo irá transformando nuestra vida en el pensamiento, el amor y la obras. Esta transformación obrada por Dios en nosotros, sirviéndose de la misión de Jesús, es la gestación de la vida nueva que tendremos en Dios, después de pasar por la muerte y de ser transformados por la resurrección.

martes, 17 de marzo de 2009

4º Cuaresma, 22 Marzo 2009.

Primera Lectura: 2º Crónicas 36: 14-16, 19-23;
Salmo 136;
Segunda Lectura: Efesios 2: 4-10;
Evangelio: Juan 3. 14-21.

¿Alegría en el tiempo fuerte de Cuaresma?, ¡por supuesto!, porque levantamos la conciencia, sentimos la fraternidad, nos reunimos, no física pero sí espiritualmente, a todos los hombres, para ponernos de pie, juntos, dejar de lado el duelo, apartarnos de aquello que nos tiene postrados en una tristeza, fruto de nuestras faltas, de nuestro alejamiento de Dios –la referencia cruza los siglos, físicamente los israelitas estaban alejados del Templo, del lugar santo, del sitio de Encuentro con Dios, exiliados y sin poder “cantar en tierra extraña, las alabanzas al Señor”-, pero ahora su Palabra anima, llena de regocijo y de consuelo, esa Palabra resuena desde entonces y nos alcanza, nos invita, nos conmueve y,, pedimos al Señor “que ya que nos ha reconciliado por medio de su Hijo, nos conceda prepararnos con fe viva a celebrar las fiestas de la Pascua”.

En la primera lectura encontramos el epílogo del libro de las Crónicas que interpreta teológicamente, la historia de Israel, historia que continuamos repitiendo todos los seres humanos, acumulando el peso terrible de los pecados. No nos extrañemos si nos molesta la palabra “pecado”, pues parecería que el mundo actual quisiera erradicarlo no sólo de las conciencias, sino aun del mismo diccionario.

Pecar es perder la perspectiva de la filiación divina y de la fraternidad humana, es persistir en el constante desear tener a cualquier precio, aun en estos momentos más difíciles, y no dudo que por ello se multipliquen los robos, los secuestros, las muertes, las venganzas y crezca, de forma alarmante, el lema: “¡Dios no existe!”, ese intento de convicción es muy cómodo, me libero de dar cuentas a nadie, ni siquiera a mí mismo, y el camino para mi acción, se ensancha sin límites. En serio no creo que con tanta facilidad se borre la Ley Natural y su complementación: la Ley Evangélica: “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti; trátalos como quisieras que te traten”, y “Ámense como Yo los he amado”, Yo, el Padre que les “he enviado a mi Hijo para que todo el que crea en Él, tenga vida eterna”.

La necesidad de rehacer el Templo, de levantar las murallas, sigue presente, ya no se trata de Jerusalén sino de ofrecerle al Señor, como recordábamos el domingo pasado, ese sitio interior donde nos encontremos diariamente con Él y Él con nosotros, para cantar con sólida confianza: “Tu recuerdo, Señor, es mi alegría”, el fundamento de esta alegría la externa claramente San Pablo: “Dios nos dio la vida con Cristo y en Cristo, por pura generosidad…, con Él nos ha resucitado y nos ha reservado un sitio en el cielo”. Nada de qué gloriarnos, “somos hechura de Dios” y nuestra meta queda definida: “para hacer el bien que Dios ha dispuesto que hagamos”.

En tanto que seamos más conscientes de esto, “elegiremos la Luz, para que se vea que nuestras obras están hechas según Dios”. Jesús nos externa la razón, ya considerada en la primera lectura, por la que el mundo, los hombres, la sociedad está en la situación en que está: “habiendo venido la Luz, prefirieron las tinieblas porque sus obras eran malas”.
La cura es tan sencilla como aprender a levantar la mirada y contemplar a Aquel que ha venido “no a condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”. ¡Danos mirarte!

martes, 10 de marzo de 2009

3º Cuaresma, 15 marzo 2009.

Primera Lectura: Éxodo 20: 1-17;
Salmo 18;
Segunda Lectura: 1ª Corintios 1: 22-25;
Evangelio: Juan 2: 13-25.

Hemos vivido, los domingos anteriores las dos naturalezas de la Persona de Cristo, en las tentaciones, su verdadera Humanidad; en la Transfiguración, su verdadera Divinidad. Hoy la liturgia nos invita a recorrer el camino de la radicalidad total que termina y se comprende, solamente, a la luz del Misterio Pascual: la Resurrección. Y una vez más, ¡qué insistencia del Señor!: la presencia de la Pasión y la Muerte, como condiciones necesarias para entender la novedad del Espíritu, la verdad de la purificación y la actuación de la Santidad de Dios en nosotros.

La Alianza se expresa en la comunicación del Decálogo. Advertimos la claridad con la que inicia: “Yo Soy el Señor, tu Dios”, no tengas dudas, no te dejes desviar, no pongas los ojos en los ídolos que nada pueden, no permitas que aniden en tu corazón intenciones extrañas, las que intentan desplazar mi Ser del tuyo y te destruyen aunque no lo percibas de inmediato; en verdad “Soy un Dios celoso que castiga la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación”, - entendamos que no es Él quien castiga sino que, al respetar el don de la libertad, advierte de las consecuencias de lo que los padres enseñan y ejemplifican -, pero es “misericordioso hasta la milésima generación de aquellos que aman y cumplen mis preceptos”; la explicitación enaltece lo noble de alianza que, al vivirla con respeto y cariño, comprobamos que la misericordia del Señor triunfa siempre.

Sin duda habremos escuchado que los mandamientos son dos trazos, uno vertical –el que mira hacia Dios- y el horizontal –que contempla a los hermanos-, ambos se cruzan en el centro del hombre, en su conciencia, para que al abrirla hacia todos los ángulos, advierta que lo que el Señor nos pide no es pesado, que consolida la interioridad de la doble relación y nos hace crecer superando los “topes” del camino. Pidamos que, convencidos, cantemos sin cesar: “Tú tienes, Señor, palabras de vida eterna”; ahí están el origen de la sencillez, la rectitud, la alegría, la estabilidad y la justicia, ¿qué más anhelamos? Lo sabemos, oremos para poder cumplir, ciertamente lo haremos “reconfortados con su amor”.

Con Pablo traspasamos, en la fe, los deseos de signos y el imperio de la lógica; en verdad si no nos fiamos de Dios, la impotencia de la comprensión nos empujaría a la locura, a la decepción, ¿quién entenderá o intentará aceptar, si no es desde la mirada de la fe, lo que va contra nuestra naturaleza: la Cruz? ¿Qué sabiduría elegimos? Vivimos en el constante cruce de caminos y cada decisión nos acerca o nos aleja más de la Verdad, por dura que nos parezca.

Jesús procede con una acción violenta a purificar “la Casa del Padre”, no permite que el sitio de Encuentro se haya convertido en un mercado. Nuestro corazón es ese “sitio de Encuentro con el Padre, con Jesús, con el Espíritu”…, sin duda habrá que purificarlo de muchas presencias inútiles que impiden la visión y la experiencia que nos prepare a la intelección de las Escrituras, que nos “hagan recordar y creer” en la Resurrección; la de Jesús y en la nuestra para seguir “Al que es Primicia de los resucitados”. (1ª Cor. 15: 20)

jueves, 5 de marzo de 2009

2º Cuaresma, 8 marzo 2009.

Primera Lectura: Génesis 22: 1-2, 9-13, 15-18;
Salmo 115;
Segunda Lectura: Carta a los Romanos 8: 31-34;
Evangelio: Marcos 9: 2-11.

Una vez más, no es Dios quien tiene que recordar que “su amor y su ternura son eternos”, somos nosotros los que tenemos que vivir en esa presencia activa para que “no nos derrote el enemigo” y que nos defienda del peor de todos que somos nosotros mismos, con nuestros caprichos, nuestra despreocupación por lo que perdura, para mantenernos firmes, abiertos los ojos para poder contemplar su Gloria en Jesucristo que nos deja ver, aceptando en la fe, su divinidad. Sabemos que para llegar a la Resurrección, es imprescindible pasar por la Pasión y por la Muerte; se vuelven a presentar las dos últimas realidades que no nos atraen, pero al escuchar al Señor, una y otra vez, y pedirle que nos convenza, Él sí lo logrará.

En la narración del Génesis constatamos que la fe lo vence todo, la confianza se convierte en fortaleza, la apertura hacia lo imposible e impensable va mucho más allá de nosotros mismos y nos pone, así simplemente, ante el Señor. ¡Cuántas veces habremos meditado e imaginado la subida de Abrahám al monte Moria, el fuego en una mano, el cuchillo, para sacrificar, en la otra y siguiéndolo, Isaac, “el hijo de la promesa”, cargando el haz de leña! ¡Obediente para, sin mapa, abandonar su tierra, peregrino de esperanzas, asombrado y gozoso al recibir al hijo prometido, al heredero…, y ahora lleno de interrogaciones en su interior, pero no indeciso, pues ha experimentado al Señor, y sabe “de Quién se ha fiado”; pero, sin duda, la angustia lo atenaza, la penumbra interior le obscurece el entorno, sabe que no entiende y lo acepta, y contra todo eso, avanza: vive el “esperar contra toda esperanza” y es ejemplo para que actuemos en consonancia. El Señor le detuvo la mano, porque comprobó, como asegura el ángel: “que temes a Dios y no le has negado a tu único hijo”, por ello –confirma la bendición- “multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y las arenas del mar…, porque obedeciste a mis palabras”. ¿Cuántos “hijos” pide el Señor que sacrifiquemos, ni siquiera son hijos de la promesa, son adherencias recogidas en el camino que hacen el fardo más pesado y entorpecen la subida hasta el Monte del Señor? Sepamos, de antemano, que ningún ángel detendrá nuestra mano, que el sacrificio será real, habrá derramamiento de sangre y humo de sacrificio, que la purificación es necesaria, si es que deseamos “ver” el rostro de Dios. Sabemos que “falta fuerza en las venas y que es muy difícil amar cuando se ama sólo con el espíritu, porque el corazón no sabe y tiembla y llora”.

“Dios está a nuestro favor, nos ha entregado a su Hijo y con Él, todos los bienes, ¿quién podrá separarnos del amor de Dios?” El que ama, contempla, como quedaron trastornados Pedro, Juan y Santiago; pero es necesario “entregar a los demás, lo contemplado”, como dice Santo Domingo; bajar del monte y hacer llegar a todos “el mandato” del Padre: “Este es mi Hijo muy amado, escúchenlo”.

Él es para todos, a todos alcanza la promesa de la Resurrección, que si bien no sabemos cómo será, sí sabemos que será. Nos acosan las mismas inquietudes que a los discípulos: “qué querrá decir eso de resucitar de entre los muertos”. La Pascua, a la que nos preparamos, nos dará la respuesta en la realización completa de la Misión de Cristo: Descansar, felices, en el Reino del Padre.

miércoles, 25 de febrero de 2009

1º Cuaresma, 1º Marzo 2009.

Primera Lectura: Gén 9: 8-15;
Salmo 24
Segunda Lectura: 1ª Pedro 3: 18-22;
Evangelio: Mc 1: 12-15.

La liturgia se abre con la invitación determinante a la oración: “Me invocarán y Yo los escucharé, los liberaré, los glorificaré”; ¿estamos convencidos o al menos queremos querer convencernos de que la unión con Dios, el reconocimiento de la realidad que somos – creaturas -, no llegará a la plenitud de la realización a base de esfuerzos de voluntad, sino de la súplica reconocida por la experiencia de aquello que nos acompaña siempre: pequeñez, desánimo, tristeza, porque las circunstancias no son como quisiéramos. Nos mueve y deseamos dejarnos mover por la petición que universalmente hacemos en la Oración Colecta: “que las prácticas cuaresmales, -las que proceden del interior a veces temeroso, otras derruido, otras más repletas de disgusto de nosotros mismos y que piden auxilio, luz y guía-, sin que dejemos de lado la penitencia que proyecta “arrepentimiento” y que no es sólo ceniza, sayal y limosna, sino que deseamos manifestar lo que anida en el corazón: “busco tu rostro, Señor”, más allá de nosotros, pero saliendo de nosotros mismos, nos conducirán, por la fuerza del Espíritu y su intensa luz, si no cerramos los ojos, “a progresar en el conocimiento de Cristo y a llevar una vida más cristiana”. ¡Somos un solo y mismo ser: carne, espíritu y “soplo divino”, que quiere “caminar por tus caminos”, por Jesús descubiertos y vividos!

Ya lo tenemos ampliamente conocido: de Ti no puede provenir la destrucción, fuimos nosotros, -humanidad entera- quienes provocamos el desorden, la muerte y el olvido. De Ti, en cambio, proviene la Creación Nueva, Alianza florecida, no sólo con Noé, sino con todos los que queramos ser como Tú quieres. Fue el Diluvio un signo “bautismal” que purificó cuanto de mal había, y en el “arrepentimiento”, -midrasch antromomórfico-
nos enseñas que no eres Tú quien debe “recordar”, sino nosotros, al ver tu signo en Arcoiris, que la Promesa es y seguirá siendo, una memoria eficaz que nos mantenga mirando hacia el cielo y traspasarlo para encontrarte siempre generoso, leal y compasivo. ¿Con qué cara pedimos que “recuerdes que son eternos tu amor y tu ternura”, que ellos superen lo que de nosotros te es patente? Te siento sonreír cuando tres veces repetimos: “Descúbrenos, Señor, tus caminos”, y escucho y escuchamos al Camino hecho Vida, quien con sólo recorrerlos nos los dejó marcados claramente.

La Justicia murió para que seamos justos, y nos trazó la vía que nos lleva, directa, hasta llegar Ti, Padre, a través de la Pasión y la muerte de tu Hijo, que en la Resurrección abren la vida; quizá los dos trazos primeros nos molestan pero que al pensarlos y ver a los demás, vernos nosotros y ver a Jesucristo, entendemos que únicamente en contacto contigo por tiempo ilimitado, llegaremos a donde ya no hay límite en el tiempo, porque éste se ha acabado. Con razón dice Pablo: “Lo interior se renueva cada día, nuestras penalidades momentáneas y ligeras nos producen una riqueza eterna, una gloria que las sobrepasa desmesuradamente.” (2ª Cor. 4: 17-18) ¡Corrijamos la meta hacia donde los ojos miran y aligeran los pasos!

Jesús se viste de nosotros y vive la tentación, más allá del monte a donde el Espíritu lo lleva y lo espera Satán, ¡con qué determinación prosigue el designio del Padre y nos deja el ejemplo de oración y constancia!; “la asistencia de los ángeles”, no es alimento externo, es fuerza de Dios en el Espíritu, ¡el que nos hace falta para escuchar la voz que advierte y asegura: “El Reino está cerca, arrepiéntanse y crean en el Evangelio!” Ayúdanos a oír, Señor, aquello que nos salva.

martes, 17 de febrero de 2009

7º Ordinario, 22 febrero, 2009.

Is. 43: 18-19, 21-22, 24-25; Salmo 40; 2ª. Cor. 1: 18-22; Mc. 2: 1-12.

La confianza nace y crece del conocimiento y del reconocimiento, ¿qué ha hecho y hace y seguirá haciendo el Señor por nosotros?, lo único que “sabe hacer”: sólo lo bueno. Palpar y saborear “el bien que nos ha hecho”, nos mantendrá tranquilos en sus manos, atentos a su Espíritu que nos irá descubriendo en cada instante, con sus inspiraciones, el camino seguro para cumplir sus designios, los que nos realizarán como seres humanos, como hijos, como hermanos.

Al escuchar al profeta Isaías, con toda seguridad entendemos, y quizá revivimos la situación de los israelitas: ellos deportados, con una identidad desconcertada, añorando las acciones liberadoras de Yahvé, lejanas pero que hacían presentes todos los días al repetir el “Shema Israel: Recuerda Israel”, no es malo el recuerdo, si lo es la nostalgia que entumece, que adormece los ojos, se solaza en la queja e impide ver lo nuevo, por eso la voz que los despierta y nos despierta: “Yo voy a realizar algo nuevo” , es el Dios verdadero, el eternamente Nuevo, que cambia los paisajes porque nos abre los oídos al grado de poder escuchar el crecer de la hierba, de descubrir oasis en todos los desiertos y comprobar que la aridez se ha ido de la tierra, porque los corazones, los de ellos, los nuestros recuperan la paz, a pesar de haber abusado de la bondad de Dios “al poner sobre Él la carga de todos los pecados y cansarlo con nuestras iniquidades”;

Su respuesta, su propuesta, no puede venir sino del mismo centro de su Ser: “he borrado tus crímenes, no he querido acordarme de tus pecados”, porque El Amor que Soy, supera toda culpa; mi cariño por ti, limpia, perdona y comunica vida. Este recuerdo es sano porque vive el presente y cuaja de esperanzas el futuro. No podremos quedarnos en la súplica: “Sáname, Señor, pues he pecado contra ti”, sino que, en acción agradecida, nos esforzaremos por invocarlo y servirlo “proclamando – admirados de ese incansable Amor -, su alabanza”.

Conscientes de haber sido marcados con el sello de Aquel que fue un ¡Sí imperturbable!, que convirtió en realidad las promesas hechas por el Padre, y nos ha dado a beber del mismo Espíritu, seremos capaces de pronunciar, ante cualquier obstáculo, un atento y constante “Amén” a Dios, recordando la entrega de María: “lo que quieras, Señor, estoy a tu servicio”, no por la garantía de lo que me espera, sino porque quiero, en algo, parecerme a Ti en tu bondad.

En la narración del Evangelio encontramos que es posible vivir esa aventura de confiar en Jesús, de avivar el dinamismo que construye, de convivir en la fe que hermana y acompaña y encuentra mucho más de aquello que buscaba. La mirada de Jesús, que aparece en varios pasajes de Marcos, se fija de inmediato “en la fe de aquellos hombres”, es lo primero que resalta: ellos están sanos, llevan en andas al enfermo, lo descuelgan desde el techo, han superado risas burlonas y murmuraciones y han compartido la intención y la acción a favor de aquel hombre impedido.

Todos se extrañan de la palabra de Jesús: “Hijo tus pecados te quedan perdonados”, va más allá que lo hecho por el leproso, la cura inicia desde dentro, levantar la camilla confirmará del todo la Misión del Mesías: ha venido a salvar al hombre entero y a confirmar que Dios es misericordia total. Los fariseos, pasivos, se quedan mudos, la gente que sabe mirar, admira: “¡Nunca habíamos visto cosa igual!” ¡Enséñanos, Señor a mirar con tu mirada y sánanos por dentro, el resto lo dejamos en tus manos!

martes, 10 de febrero de 2009

6º Ordinario, 15 Febrero 2009.

Lev. 13: 1-2, 44-46; Salmo 31;
1ª Cor. 10: 31 a 11: 1; Mc. 1: 40-45.

Peligros verdaderos nos rodean, aunque a veces no queramos verlos: temor y desconfianza en lugar de estrechos lazos que nos unan; egoísmo que clausura la entrada a otros que necesitan un momento de amor, de escucha, de ternura; deshechura interior que nos tortura a pesar de negarla; falta de sinceridad y rectitud que impiden que el Señor encuentre reposo en nuestro ser y nos conceda reposar en el suyo, que es fiel compañero y guía seguro. ¡Por eso oramos, pedimos y esperamos, sentirlo siempre cerca, como roca y baluarte que nos defienda de nosotros mismos!

Volando por los siglos, nos sentamos a escuchar lo que los sacerdotes explicaban, siguiendo las voces de Moisés y de Aarón: “Si aparecen esas escamas o una mancha brillante, ¡es la lepra!, ese tal será declarado, impuro”. La sentencia lo rompe por completo, lejos de Dios, de su familia, de la comunidad. Condenado a vagar sin esperanza confesando a gritos su impureza; ¿qué horizonte le espera?: su vida está marcada de soledad y de tristeza; seguirá cargando “el fruto del pecado”, nadie podrá acercarse, no volverá a sentir lo que es una caricia, un beso o un abrazo, está maldito y segregado. Ya leíamos el domingo pasado la corrección que hace Yahvé en el libro de Job, la enfermedad no es consecuencia de culpa personal, ni venganza o castigo, sí es clara manifestación de la presencia del mal, reflejo del absurdo querer del hombre, creatura al fin, encumbrarse hasta Dios sin contar con Dios. Esta actitud es la peor de “las lepras” y sólo hay una cura: acercarse a Jesús, humildes y confiados y pedir lo que cualquiera sin la fe, consideraría imposible: “Si Tú quieres, puedes curarme”.

¿Qué aprendimos de Jesús el domingo pasado?, su quehacer cotidiano era curar, sanar, orar, marchar en busca de todos los dolidos, ¿qué otra respuesta cabe esperar de Aquel que ha venido a enseñar con su vida que el amor es más que la ley, que el amor tiene una fuerza enorme que rompe las cadenas y que ese amor fluye de toda su Persona como río impetuoso que limpia cuanto toca y se deja tocar por Él? Escuchemos con alegría su palabra, eterna, que llega hasta nosotros, que no teme acercarse a la impureza cualquiera que ella sea; escuchemos esa voz que nos devuelve a nuestro propio ser, el que salió de sus manos completo, sin mancha, sin arruga, sin torpezas, y, gocemos la vida que renace al decirnos: “¡Sí quiero: Sana!” Mirémonos de nuevo, ¡nuevos!

Jesús le pide que no lo cuente a nadie, no quiere que confundan la misión del Mesías y la reduzcan a un poder milagroso, Él viene a algo más, a limpiar toda la suciedad del mundo al precio de su sangre; pero sí le indica que vaya y ofrezca en el templo lo prescrito por la ley para que pueda reintegrarse a la comunidad y a la familia. Pero cuando el don recibido es tan grandioso, ni el corazón ni los labios pueden guardar silencio y “divulgó el hecho por toda la región”.

Igual hemos quedado limpios, porque Él ha querido. Pienso que ahora no nos pide que guardemos el don en lo secreto sino que seamos testigos clamorosos que busquemos, por todos los caminos, encaminar a todos hacia Cristo, que cuantos nos conozcan y a cuantos conozcamos, encuentren en nosotros el gozo compartido de saber orientar cualquier acción para gloria de Dios y en grito silencioso, fincado en cada obra, invitemos a todos a “ser imitadores nuestros como nosotros lo somos de Cristo”.

miércoles, 4 de febrero de 2009

5º Ordinario, 8 febrero 2009.

Job 7: 1-4, 6-7; Salmo 146; 1ª Cor. 9: 16-19, 22-23; Mc. 1: 29-39.

La ubicación auténtica del hombre, la que lo hace crecer inmensamente: “¡caer de rodillas ante su Creador!”, saber penetrar la hondura de su ser de creatura y reconocerlo sin rodeos, ¡eso es liberación!, confesar la realidad que engendra una confianza inacabable: “Porque Él es nuestro Dios”.

Del libro de Job aprendemos, siguiendo la lectura sapiencial y didáctica, como la que encontrábamos en Jonás, ¿qué explicación dar al dolor y al sufrimiento y más cuando envuelven a un hombre justo, al que camina en rectitud y honestidad, al que confiesa todo como es en realidad, venido de Dios, y no acepta apropiarse nada, ni siquiera la salud y la vida? Es verdad que surgen la queja, la incomprensible interrogante, la inútil búsqueda de causas que expliquen la soledad amarga, pues en la confrontación de su interior no encuentra faltas, no hay ausencia de Dios, al contrario, en medio del dolor permanece el anhelo: “Recuerda, Señor, que mi vida es un soplo. Mis ojos no volverán a ver la dicha”. Dios nunca permanece ajeno al que lo invoca, parece que se tarda, pero “amanece el día”, el de Él, que ojalá sea el nuestro, por la aceptación y la confianza, y que nos acompañe hasta el fin de la vida y podamos comprender lo que desde la mirada humana sigue en la obscuridad y la pregunta, y gritar gozosos, porque al fin el Señor nos da la luz, como a Job: “Sé que mi Redentor vive y que con estos ojos, no los de otro, yo mismo lo veré” (19: 17), ya está actuando, como siempre, “el amor incansable del Señor, que cuida y que protege a quienes en Él ponemos la esperanza”.

La viva percepción de esta esperanza, la que mira con seguridad la resurrección, hace presente, el cántico del salmo: “Alabamos al Señor, nuestro Dios”; ya hemos pensado en la razón última para ello: “porque es hermoso y justo el alabarlo”, mirándolo a Él, y porque “sana, venda y tiende la mano a los humildes”, mirándonos a nosotros; completamos el círculo de partida y de llegada, no perdemos camino, mantenemos los ojos en la brújula – que es misterio de amor -, desde Dios y hacia Dios, pasando por el mundo.

La alabanza se vuelve acción, pues no puede permanecer en el silencio quien se ha sentido llamado y penetrado por Cristo; llamado que hace imposible evadir el compromiso, “¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!” Vocación desde la gratuidad que sabe que ha de responder en el mismo nivel de gratuidad y por ello se agranda la mirada con alcance universal, con abrazo que abarca a todo hombre, que acepta, alegremente, el ser débil porque “ahí reluce la fuerza de Dios” (2ª Cor. 12:10), ahí se cifra la recompensa, no como paga, sino como fruto del sarmiento adherido a la Vid: participar del Reino.
Marcos nos narra una jornada ordinaria de Jesús: servicio y más servicio, de la madrugada hasta la noche, no para de hacer patente la Buena Nueva: la liberación, el perdón, la compasión, la sanación, acción que abarca a “una, a muchos” y prosigue hasta recorrer “a toda Galilea”. Misión que se cumple cada día, sin descansos, sin flojeras, sin desvíos, ¿por qué?, lo hemos escuchado, porque ora, porque constantemente acude al Padre y en la soledad con Él, aprende y comprende el sentido y orientación de esa Voluntad que lo guía: “De madrugada, cuando todavía estaba muy obscuro, se levantó y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar”. Pienso que la pregunta es obvia: ¿buscamos esa voluntad en el silencio que se transforma en Palabra cuando viene desde el Padre?

martes, 27 de enero de 2009

4º Ordinario, 1º febrero 2009.

Deut. 18: 15-20; Salmo 94; 1ª. Cor. 7: 32-35; Mc. 1: 21-28.
Se alarga el contenido de la oración que, litúrgicamente finalizó el domingo pasado, pero que debe continuar indefinida desde el deseo y la petición, tal como lo expresa la antífona de entrada: “Reúnenos de entre todas las naciones”, que por tu gracia lleguemos a realizar esa unidad ansiada por Ti, Señor, y por todos: “Un solo cuerpo, un solo espíritu, como también es una la esperanza de la vocación con la que hemos sido llamados”; (Ef. 4: 4), unificación no sólo de las Iglesias sino de todos los hombres. Desde esta experiencia viviremos con mayor plenitud lo que pedimos: “amarte con todo el corazón, y con el mismo amor, amar a nuestros prójimos”; incapaces ni siquiera de soñarlo si no es desde Ti y contigo.

Escuchamos en la lectura del Deuteronomio una promesa que palpamos realizada en el Evangelio que nos narra San Marcos. Los israelitas temen, y lo confiesan: “No nos hable el Señor porque moriremos, háblanos tú, Moisés”. Y Dios, aquiescente y comprensivo, “pronuncia” su palabra: “Yo haré surgir en medio de tus hermanos un profeta como tú. Pondré mis palabras en su boca y él dirá lo que le mande Yo”. Un Profeta que vive entre los humanos, que camina en su historia, que habla de Dios con las palabras de Dios, que no inventa sino que comunica lo que ha recibido, y se vuelve testigo de tal calidad, que “A quien no escuche las palabras que él pronuncie en mi nombre, Yo le pediré cuentas”.

Esto fue lo que llamó la atención de los oyentes en la sinagoga de Cafarnaúm; no era cualquier palabra la que escuchaban, sino la misma palabra de Dios, que al ser pronunciada por Cristo, Palabra Encarnada, traslucía autoridad, magnificencia, claridad, cercanía, poder de convicción y de acción; por eso no es de extrañar “que quedaran asombrados, pues hablaba no como los escribas”, estos hacían referencia a otros maestros, Jesús tiene como referencia al Autor de la Ley y de la Alianza; es la Escritura viva, porque “aprendió a escuchar”, “aceptó la vocación”, y eso transmite: “Lo que el Padre me enseñó, es lo que digo”. (Jn. 8:28) “Les doy a conocer todo lo que le he oído al Padre, (Jn. 15: 15).

La promesa hecha a Moisés, llegó a cristalizar la figura ideal del profeta y creció a tal grado que sintetizó la persona del Mesías; los asistentes a la sinagoga, lo viven, de inmediato hacen referencia y, espontánea llega la pregunta: “¿Qué es esto?, ¿qué nueva doctrina es ésta?”, y más después de ser testigos de la curación de un enfermo que padecía una anormalidad psíquica, (por ello eran vistos como poseídos por un espíritu impuro); atónitos porque Jesús con su sola voz domina esa fuerza maligna que le impedía a esa persona realizar su identidad y vivir en familia. La coherencia de Jesús, su cercanía a cuantos necesitan cariño, protección y alivio, deja al descubierto en qué consiste la Buena Nueva; no es el temor del Sinaí, sino el amor comprensivo y compasivo que nos trae de Dios, que nos descubre al Padre y que de paso, nos hace comprender, a través de San Pablo, que toda vocación, todo estado de vida es importante, es valioso, “si se vive en presencia del Señor, tal como conviene”.

Que la Eucaristía en la que participamos nos ayude a vivir más profundamente nuestra fe, como lo pediremos en la oración después de la Comunión.

jueves, 22 de enero de 2009

3º Ordinario, 25 enero 2009

Jonás 3: 1-5, 10; Salmo 23; 1ª. Cor. 7: 29-31; Mc. 1: 14-20.

Termina hoy, con la celebración de la Conversión de San Pablo, la octava de oraciones por la unión de las Iglesias.

Conversión, palabra que, nacida del corazón arrepentido, engendra novedades, horizontes luminosos y ojos limpios que descubren lo ignorado hasta entonces; antes, al volverse hacia adentro, encontraban tinieblas y vacío, superficialidad y nada duradero, pero al escuchar la llamada que llega desde arriba, sea por boca de Jonás, los ninivitas, sea por la luz que derriba en el caso de Pablo, todo cambia: valores, actitudes, entusiasmo, esfuerzo que exige sacrificio, confianza que surge vigorosa y derriba, porque la fe la impulsa, los muros que asfixiaban y que, ni unos ni otro, advertían.

¡Cómo va madurando la Palabra – el Señor que no deja de invitarnos -, dentro del ser humano, aunque al principio choque con el rechazo! Cada uno es testigo de sí mismo y sin duda confiesa, en el silencio íntimo, que el llamamiento quema porque duele lo profundo del yo que tiene que aprender a romperse para que salga a luz todo lo nuevo; para decirle a Dios, con actos, que queremos cambiar, que no nos satisface tanta palabra vana que hemos pronunciado; tampoco vestirnos de sayal y de ceniza y aparentar por fuera; cierto que en Nínive fue signo y “convirtió al Señor”, que “al ver sus obras no les envió el castigo”. No olvidemos el lenguaje “sapiencial y didáctico” del libro de Jonás, el modo pedagógico en el que Dios se nos da a conocer como perdón y amor, nunca como castigo…, que su Palabra nos ayude a madurar en el aprendizaje.

Regresemos a Pablo, hombre de carne y hueso, de pasiones violentas, de formación legal e intransigente, sin duda busca la verdad, pero el Señor le sale al encuentro como quien Es, La Verdad, y frente a tal resplandor que penetra la entraña e ilumina todas las intenciones del corazón, no hay otra respuesta: “¿Qué debo hacer, Señor?” La ceguera de fuera ha curado la interna; la obediencia guía ahora sus pasos; la oración de Ananías le quita las escamas y le anuncia la misión que le espera: “El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conocieras su voluntad, vieras al Justo y escucharas sus palabras, porque deberás atestiguar ante todos los hombres lo que has visto y oído”. La conversión es plena, se realiza el bautismo, reconoce que Jesús es el Señor y él queda limpio de sus pecados. Algo muy parecido sucede con nosotros si queremos escuchar y mirar y aceptar el encargo de decir y vivir la Verdad; hemos sido elegidos, simplemente porque el Señor nos quiere. Hace tiempo que se inició el proceso, ¡que no lo interrumpamos!

“El tiempo apremia”, “este mundo que vemos es pasajero”, la experiencia de Pablo se une a los cuatro primeros: Pedro, Andrés, Santiago y Juan y captan que escuchar la Voz significa seguirla; ¡encontrarse con Cristo no deja alternativa!, sin que violente la libertad del ¡sí!

El Amor no requiere decirse, se transforma en unión de intereses y vidas que saltan al vacío sin dejar de mirarse, sin más explicaciones rompe las ataduras, todas ellas, y aprende a mantener el ritmo de los pasos, los que con Él culminen en el Reino.

viernes, 16 de enero de 2009

2º Ordinario, 18 enero, 2009

1º Samuel 3: 3-10, 19; Salmo 39; 1ª. Cor. 6: 13-15, 17-20;
Jn. 1: 35-42.

El Señor, en la Epifanía ilumina a todos los hombres, con su Bautismo los purifica, con su Voz, que llama constantemente, los guía; los que lo aceptan, son llamados “hijos de Dios” que invitan a la tierra entera a que entone himnos en su honor. Si nos encontramos entre ellos, nuestros días transcurrirán en su paz.

Finalizó el tiempo de Navidad, inicia el Tiempo Ordinario, semana tras semana, meditaremos, paso a paso, las acciones, los dichos, las enseñanzas, la voz de Jesucristo. Oírlo, sentirlo cercano a cada hombre, encontrar dónde vive y aprender a pasar toda la tarde escuchándolo, nos hará comprender la inquietud que lo invade: ¡Conóceme, acéptame, sígueme!

En Samuel admiramos una fe obediente, que supera flojeras, que tres veces se yergue, presurosa, en medio de la noche, que no pone pretextos y en su constancia abre, todavía sin saberlo, su interior para que el Espíritu del Señor halle en él su morada.

Responder al llamado en silencio expectante, delinea lo que ha de ser la oración cristiana: “Habla, Señor, tu siervo te escucha”. ¡Interioridad, discernimiento; percepción de la Voz, para superar los ruidos que adentro provocamos y los que desde fuera aturden!

Captada, sin temores, la llamada, hace surgir la respuesta a tono con el Salmo: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”, y completamos alegres y sinceros: “Lo que deseo: tu ley en medio de mi corazón”.

El Señor nos habla en muchas formas, la paciencia es necesaria, seguimos como escuchas, pero el amor nos urge a salir al encuentro; no interrumpir los pasos tras aquel al que Juan señaló como “El Cordero de Dios”; que el asombro lo alcance y los labios enuncien la pregunta que inicie el diálogo profundo: “¿Dónde vives, Rabí?” Su respuesta nos llevará con Él, “Vengan a ver”. Con Él descubriremos que son posibles la paz y la amistad.

La convivencia pone el corazón a disposición de Dios. Haber “visto” a Jesús en su pobre morada nos invita a ofrecernos para que nos habite. La comunicación con Él, y el descubrir la Verdad, harán brotar el ansia de decirla a los otros.

La experiencia vivida exigirá anunciarla para que todo aquel que la oiga, pueda sentir el mismo pero diverso gozo, según el nombre con que La Voz lo nombre. Ya lo sabemos, el que pone nombre a los seres, es dueño de los mismos; el Padre nos ha nombrado hijos en el Hijo, por tanto “ya no somos dueños de nosotros mismos”, “somos miembros de Cristo y nos hacemos con Él un solo espíritu”. ¡Glorifiquemos a Dios con nuestro ser entero!

jueves, 8 de enero de 2009

2º Navidad, El Bautismo del Señor, 11 Enero 2009.

Is. 55: 1-11; Salmo 12; 1ª Jn. 5: 1-9; Mc. 1: 7-11.

“Después de que Jesús se bautizó, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo se posó sobre Él, y resonó la voz del Padre que decía: Éste es mi Hijo amado, en quien he puesto todo mi amor”. Materia para reflexionar íntimamente es a lo que orienta la Antífona de Entrada. Jesús se ha hecho en todo igual a nosotros menos en el pecado; Él no precisa del Bautismo de arrepentimiento, pero desea comenzar su vida pública mostrándose “como simple hombre” (Filip. 2: 7); se ha preparado durante 30 años en la soledad, en el anonimato, en la constante relación con el Padre. No con palabras sino con actitudes sencillas, humildes, irá corrigiendo, y ahora comienza, las expectativas mesiánicas del pueblo de Israel: nada de poder, ni exterminio, ni temor a la ira de Dios, (algo totalmente impensable), “ni el hacha tocando la base de los árboles, y todo árbol que no da buen fruto será cortado y echado al fuego” (Mt. 3:10), sino amigo de los hombres, derrochador de misericordia y comprensión, cercano a los pobres, débiles, enfermos y desvalidos, por eso “se abren los cielos”, para significar que la Alianza, la Promesa sigue en pie, que la gratuidad venida desde el Padre, continua llegando a todos los hombres: “como bajan del cielo la lluvia y la nieve y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar…, así será la palabra que sale de mi boca, no volverá a mi sin resultados, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión”.


La Palabra del Padre confirma a Jesús como Su Palabra que unirá cielo y tierra, que nos enseñará a comprender que “sus pensamientos no son nuestros pensamientos, ni nuestros caminos son sus caminos”. El único camino para llegar al Padre es y será, exclusivamente, Jesucristo, y para que se acreciente nuestra fe, nos permite escuchar la gran Revelación: “Tú eres mi Hijo amado, Yo tengo en ti mis complacencias”. Cristo que llega a “cumplir la misión que el Padre le ha encomendado”. Él es “la fuente de la que sacaremos agua con gozo, para nuestra salvación”; es quien nos ofrece, “trigo, vino y leche, sin pagar”; “préstenme atención, vengan a mí, escúchenme y vivirán”.

¿En qué gastamos y nos gastamos?, ¿caminamos por senderos derechos, proseguimos en la tarea de preparar, constantemente, el camino del Señor?, ¿aceptamos la nueva visión que Jesús nos trae, sabiendo que no concuerda con nuestros sentimientos, con nuestros apetitos, con nuestras inclinaciones y deseos?

Sacudamos la modorra interior y tomemos muy en serio la Palabra que se expresa en San Juan: “Nuestra fe es la que nos da la victoria sobre el mundo. Porque ¿quién es el que vence al mundo? Sólo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios”. Ya hemos sido bautizados no solamente en agua, sino en agua y con el Espíritu. Hemos recibido la semilla, el germen que, si lo dejamos crecer, precisamente, por la acción y obra del Espíritu, nos hará capaces de irnos configurando a la imagen del Hijo de las complacencias del Padre y seremos “verdaderos hijos por adopción” (Rom. 8; 15)´

Ha llegado el más fuerte, el que ha vencido a la muerte y al pecado con su muerte, su sangre y el Espíritu. La gratuidad, a pesar de serlo, pide nuestra respuesta en reciprocidad y ésta consiste en que no solamente creamos que “Jesucristo es el Hijo de Dios”, sino en que vivamos según su ejemplo, para que el Padre pueda decir de cada uno de nosotros: “éste es mi hijo muy amado, esta es mi hija muy amada, en ellos tengo mis complacencias”. Nuestra meta: ¡Vivir a gusto de Dios!, como lo hizo Jesucristo.

martes, 16 de diciembre de 2008

4º Adviento, 21 Diciembre 2008.

2º Samuel 7: 1-5, 8-12, 14. 16; Salmo 88; Rom. 16: 25-27; Lc. 1: 26-38.

El Señor nos esclarece más y más la razón de nuestra alegría, la invitación que nos dejaba algo perplejos la semana pasada, pues nos sentíamos como sin luz, sedientos, perdidos en el camino, hoy se ve iluminada por la misma Palabra de Dios a través de Isaías, Palabra que anuncia, para nosotros, lo que ya es Historia, pero que la humanidad tuvo que aguardar siglos para contemplarlo: “Destilen, cielos, el rocío, y que las nubes lluevan al Justo; que la tierra se abra y haga germinar al Salvador”. Unión de lo divino y lo humano, el cielo, que sensiblemente imaginamos “arriba”, y la tierra, nuestro barro, nuestra pequeñez, nuestra debilidad, pero que recibe una fuerza tal que, por la presencia activa del Dios Trinitario, es cuna humana de Jesús, el Emmanuel, el que realiza, desde la Encarnación hasta la Resurrección y Ascensión, sin olvidar el paso amargo de la Pasión y de la Cruz, la total afirmación del “Dios con nosotros”.

En la primera lectura, David desea construir una “casa” para Yahvé, pero a través de Natán, Dios mismo le hace cambiar la visión: no quiero un espacio reducido, mi casa son los hombres, mi casa no son piedras inanes, es mi Pueblo, ustedes “piedras vivas en las que se va edificando el templo espiritual” (1ª. Pedro 2: 5); especialmente es “la dinastía que te prometo, es tu hijo y es Mi Hijo”, “es el trono y el reino que será estable eternamente”. Ya está gestado el Misterio que se mantuvo secreto durante siglos y que ahora ha quedado de manifiesto, en Cristo Jesús, “para atraer a todas las naciones a la obediencia de la fe”. Sin duda resuenan las palabras de Jesús: “Dichosos ustedes porque oyen”; el misterio aunque siga siendo misterio, ahora nos permite entrever su contenido porque el Señor se ha hecho presente entre nosotros; pero no basta con oírlo, la respuesta ha de ser: aceptar a Jesús “todo entero”, sin convencionalismos, sin partijas, en la radicalidad de su entrega, de su amor, de su obediencia al Padre. Por eso, “el Hijo de las complacencias del Padre”, ya heredó y convirtió la promesa en realidad “al heredar el trono que será estable eternamente”. Están abiertas las puertas del Reino, e invitados todos los hombres a pasar el umbral y unirse al canto de alabanza con todos los que han aceptado y seguirán aceptando, -confiamos contarnos entre ellos-, ingresar a la Gloria: “Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor”.

En los domingos anteriores, personajes sin tacha, que no pusieron “peros” al Espíritu de Dios, Isaías y Juan Bautista, nos mostraron cómo prepararnos a la venida del Señor. Al concluir el Adviento, María centra nuestra atención; Ella es el último eslabón en la larga cadena de personas a las que Dios invitó a colaborar para hacer posible que el Verbo de Dios, Jesús, se hiciera hombre. ¡Cuánto debemos aprender de Ella!

María, “llena de Gracia”, aprendió a decidir desde la fe y la confianza, desde la penumbra de lo incomprensible, pues no puede acceder a la evidencia que proviene de la clara manifestación del ser, y acepta la palabra del ángel, testigo que sabe lo que dice y dice lo que sabe, al fin y al cabo cumplidor de la misión recibida de parte de la Trinidad, y se deja cobijar por “la sombra del Espíritu”.

La total disponibilidad de María, aun cuando le sea imposible entender todo lo que encierra la petición de Dios –Él siempre pide permiso para entrar a los corazones-, accede a salir de sí misma y deja que Dios disponga de su vida: “Yo soy la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que has dicho”. Dios quiso y quiere tener necesidad de los hombres. Que en cada uno de nosotros, como en María, “Jesús se haga carne y habite desde nosotros, para todos los hombres y mujeres de nuestro mundo”.